LOS DESIERTOS DE SONORA Y BAJA CALIFORNIA
El Desierto de Sonora es parte del inmenso
corredor norteamericano de ecosistemas áridos que se
extiende desde el sureste del estado de Washington, en EUA,
hasta el estado de Hidalgo en el altiplano central de México,
y desde el centro de Texas hasta las costas del Pacífico
en la península de Baja California. Este corredor árido,
que cubre casi un millón de kilómetros cuadrados,
se divide en cuatro grandes desiertos: la Gran Cuenca, el
Desierto de Mojave, el Desierto de Sonora y el Desierto de
Chihuahua. El Gran Desierto de Chihuahua consta de una serie
de tierras bajas, de menos de 1000 msnm, que circundan el
Golfo de California o Mar de Cortés. Aunque se trata
de una sola entidad en Estados Unidos, al penetrar en México
se bifurca en una región de tierras áridas continentales,
conocida como el Desierto de Sonora en el sentido más
estricto, y una franja de desiertos costeros que recorre la
península de Baja California y a la que se le denomina
Desierto de Baja California.
En el presente capítulo descubriremos estas dos áreas
silvestres áridas: el Desierto de Sonora, que incluye
los desiertos continentales de Arizona, California y Sonora,
y el Desierto de Baja California, que comprende los desiertos
centrales y meridionales de la península, que juntos
integran un continuo de espectaculares ecosistemas áridos
prácticamente intactos. Este complejo desierto sonorense-bajacaliforniano,
tal como lo definimos aquí, abarca 101 291 km2 del
Desierto de Baja California y 223 009 km2 del verdadero Desierto
de Sonora. En total, 29% de esta área silvestre (93
665 km2) se encuentra en Estados Unidos, con el 71% restante
(230 635 km2) en México. Según estimamos, hasta
80% del área silvestre se conserva intacta.
Debido a su historia biogeográfica única y sus
estrechas conexiones con las selvas bajas caducifolias tropicales
que cubren las costas del Pacífico poco más
al sur en México, el Desierto de Sonora es sumamente
rico en especies de árboles y gigantescas cactáceas
columnares, lo que le confiere el aspecto de un área
silvestre extrañamente arborescente, con inmensas cantidades
de biomasa vegetal aérea en comparación con
otros desiertos de clima semejante. Los desiertos de Sonora
y Chihuahua están entreverados con una compleja serie
de cadenas montañosas que se yerguen como islas en
un mar de áridas planicies sedimentarias a las que
se les denomina bajadas y llanos. La mayoría de esas
montañas albergan relictos de la flora madroterciaria
ancestral, es decir, un conjunto de plantas propias del bosque
templado que cubrió la región desde principios
del Pleistoceno, hace unos 25 millones de años. Dos
millones de años atrás cuando el Pleistoceno
trajo un clima más tórrido y seco, las comunidades
del desierto remplazaron gradualmente enormes partes de esos
bosques. Al finalizar la última glaciación,
hace unos 15 000 años, los desiertos actuales se enseñorearon
en las llanuras. No obstamte, aún sobreviven restos
de aquel bosque ancestral, en calidad de proscritos antediluvianos
refugiados en las alturas de las frescas y húmedas
montañas, a las que se conoce como “islas celestes”.
La historia evolutiva de los Desiertos de Sonora y Baja California
es diferente en cuanto a modo y tiempo. Mientras que el Desierto
de Sonora continental evolucionó durante el Pleistoceno
como un corredor terrestre, es decir, un puente terrestre
que conectó las selvas bajas caducifolias del Pacífico
mexicano con los ecosistemas templados de la región
central de Estados Unidos, la historia de la península
de Baja California ha sido de espléndida evolución
en aislamiento (Robles Gil y cols., 2001). A todo lo largo
de las costas del Mar de Cortés, el tema que prevalece
es el aislamiento (Berger, 1998). Durante los últimos
seis millones de años, las aguas del Golfo de California
han separado la árida península de la tierra
firme mexicana; a su vez, la península de Baja California
ha mantenido el Mar de Cortés literalmente encerrado
en sus confines, apartándolo del Océano Pacífico.
En este ambiente, los fragmentos aislados se superponen en
escalas menores: islas marinas que surgen de las profundidades
del Mar de Cortés. Las islas celestes de las serranías
albergan relictos de ecosistemas templados que rememoran los
climas del pasado. Los oasis de palmas presentes en profundas
cañadas disyuntivas forman, una vez más, miles
de islas de humedal inmersas en la árida matriz rocosa
de las cordilleras peninsulares. Lagunas costeras que repiten
de manera fraccionaria el tema del aislamiento en forma de
cuerpos de agua cada vez más pequeños, bordean
las costas marinas.
Luego de millones de años de aislamiento, las fuerzas
de la evolución y la fragmentación han producido
formas de vida únicas, plantas desertícolas
de extrañas formas y animales extraordinarios. De hecho,
los Desiertos de Sonora y Baja California han sido poco menos
que islas biológicas y culturales, hábitats
con asombrosas y a menudo extravagantes formas de crecimiento,
y territorios de inmensa belleza natural (Hornaday, 1908;
Jordán, 1951; Krutch y Porter, 1957; Krutch, 1961;
Lumholtz, 1990; Martínez, 1947).
Mientras que la mayor parte del territorio continental de
México y Estados Unidos está sentado en la Placa
Tectónica Norteamericana, la península de Baja
California es una lasca continental que cabalga en otra placa
de la corteza de la Tierra: la Placa del Pacífico.
La península de Baja California está separándose
lentamente de la tierra firme mexicana mediante una serie
de fallas o abras que van ensanchando poco a poco el Golfo
de California y desplazan la placa entera hacia el noroeste.
En California el movimiento de la deriva de la península
genera una larga línea de fricción, la Falla
de San Andrés, donde las dos placas resbalan una contra
otra. Estas fuerzas tectónicas son la causa de la tipografía
regional, incluyendo la columna dorsal montañosa de
Baja California, la Sierra Madre en Sonora, y las sierras
menores que están dispersas en las planicies desérticas.
La abrupta topografía de los Desiertos de Sonora y
Baja California, a su vez, propicia los climas locales y el
desarrollo del suelo, siendo, en última instancia,
una fuerza causal mayor de la peculiar diversidad biológica
de la región. Puesto que la mayoría de las fallas
geológicas están dispuestas en dirección
noroeste-sureste, los corredores ecológicos formados
a lo largo de dichas fallas vinculan la región de norte
a sur; el largo continuo de ecosistemas peninsulares define
una región natural homogénea (Baja California),
mientras que los ecosistemas situados entre las altas montanas
de la Sierra Madre y las costas del Mar de Cortés abarcan
su contraparte continental: el Desierto de Sonora.
En la misma medida en que los procesos geológicos son
la fuerza que conformó el inhóspito paisaje
de estos desiertos, la circulación de los vientos y
las corrientes oceánicas es el mecanismo subyacente
que generó los increíbles ecosistemas de la
región y mantiene su existencia. En el Pacífico,
la fría corriente de California, que recorre sus costas
de norte a sur, se desvía hacia el oeste impulsada
por el movimiento de rotación de la Tierra; este fenómeno
se conoce como Fuerza de Coriolis. Las capas superficiales
desviadas de la corriente de California son remplazadas por
un afloramiento de aguas frías, más profundas
y ricas en nutrientes, que proceden del fondo del mar y traen
fertilidad a la superficie. Fuertes corrientes, impulsadas
por las mareas, producen fenómenos de afloramiento
similares en el aislado Golfo de California y hacen de éste
uno de los mares más productivos de la Tierra.
Sin embargo, los afloramientos también son una de las
principales causas de la aridez de la tierra, pues los vientos
húmedos que soplan desde los mares fríos hacia
los desiertos calurosos se vuelven cálidos y secos.
El invierno es la única época en que la tierra
se enfría lo suficiente como para atraer algo de precipitación.
Durante el verano, nubes de tipo monzónico se dirigen
hacia el sistema de baja presión generado por el desierto
candente, pero la mayoría de esas tormentas caen en
los bosques tropicales más al sur. El desierto verdadero
recibe únicamente tormentas eléctricas espectaculares,
pero muy poca lluvia. Por lo tanto, sus llanuras reciben una
muy escasa precipitación, que va de 40 mm en las partes
"más áridas del Gran Desierto a casi 600
mm en las faldas de la Sierra Madre.
Únicamente en las cadenas montañosas el aire
ascendente se enfría lo suficiente para atraer lluvias
importantes, mismas que sustentan bosques templados de pino
y encino. Durante los años en que se presenta El Niño,
las fluctuaciones aleatorias del flujo del aire en la Tierra
debilitan los vientos alisios y eso disminuye la fuerza que
desvía las corrientes marinas hacia el oeste. Como
resultado, las aguas oceánicas tibias se acumulan superficialmente
en las costas y el afloramiento de aguas ricas en nutrientes
disminuye. Por consiguiente, el ciclo natural se invierte:
a medida que las corrientes oceánicas pierden ímpetu
y se templan, el mar se vuelve menos productivo y la tierra
es empapada frecuentemente por las abundantes lluvías
propiciadas por las aguas marinas tibias.
Esta alternancia en la abundancia de los recursos resulta
una fuerza determinante en cuanto a la organización
ecológica de los desiertos de Sonora y Baja California.
Durante estos periodos de abundancia anómala, las plantas
perennes del desierto se establecen y aprestan para largas
sequías, enterrando profundamente en el suelo del desierto
sus raíces pivotantes; las plantas efímeras
resarcen sus bancos de semillas; los sapos desertícolas
se reproducen en grandes cantidades antes de entrar nuevamente
en latencia debido a la aridez, mientras que los granívoros,
como las ratas de abazones y las ratas canguro, reabastecen
sus almacenes subterráneos. El desierto se renueva
y queda listo para enfrentar, una vez más, décadas
de extrema escasez.
Biodiversidad
Pocos lugares exhiben la extraordinaria
heterogeneidad ambiental de los Desiertos de Sonora y Baja
California. Los climas regionales van desde un ambiente con
lluvias en invierno de tipo mediterráneo en el noroeste,
hasta lluvias veraniegas de tipo monzónico en el sureste.
Las inclinadas pendientes de las cordilleras generan algunos
de los gradientes ambientales más impresionantes de
la Tierra.
La parte norte del Desierto de Baja California se vincula
con los ecosistemas de tipo mediterráneo de la Provincia
Florística de California, ecorregión terrestre
amenazada de importancia mundial que fue descrita en un libro
anterior de esta serie y con el cual comparte muchas especies
(Minnich y Franco Vizcaíno, 1998; Mittermeier y cols.,1999).
En el sur, ambos desiertos se unen a las selvas bajas caducifolias
del trópico mexicano (Bowden y Dykinga, 1993; Martín
y cols., 1999; Robichaux y Yetman, 2000), que son parte de
la Región Mesoamericana, otra ecorregión terrestre
amenazada de importancia mundial (Mittermeier y cols., 1999).
En particular, una forma rara de selva baja caducifolia, muy
rica en endemismo, ocupa las tierras bajas de la región
de Los Cabos, en el extremo sur de la península de
Baja California (Zwinger, 1983). En esa misma región,
pero a mayores alturas, existe un remoto bosque templado de
pino y encino en las montañas de la Sierra de La Laguna.
Este ecosistema templado, único en su tipo, evolucionó
en total aislamiento y consta principalmente de especies raras
y estrictamente endémicas. En las cadenas montañosas
centrales de Baja California y Sonora existen otras áreas
similares de aislamiento geográfico y rareza biológica,
lo mismo que en las islas oceánicas (Case y Cody, 1983).
La parte norte del Desierto de Sonora va desde un enorme sistema
de dunas interiores móviles en California y el Gran
Desierto mexicano, hasta un desierto arborescente y bosques
de encino xerófilos en las faldas de las sierras orientales.
Al sur, la trayectoria ascendente de oeste a este va, desde
los matorrales espinosos de Sinaloa (un tipo raro de selva
baja caducifolia achaparrada en la que predominan especies
neotropicales junto con formas del matorral xerófilo),
hasta las exuberantes selvas bajas caducifolias de los pies
de monte de la Sierra Madre.
Wiggins (1980) en su Flora de Baja California, describe 2958
especies de plantas e identifica 686 de éstas como
endémicas de de toda la península. Sin embargo,
muchas de estas plantas se encuentran en los matorrales y
chaparrales de la Provincia Florística de California;
es decir, en los ecosistemas de tipo mediterráneo del
noroeste de Baja California que no forman parte de los desiertos
de la región. La verdadera diversidad de los desiertos
peninsulares se ubica en alrededor de 2 000 especies, con
unos 550 endemismos. Shreve y Wiggins (1975), en su Vegetation
and Flora of the Sonoran Desert, describen 2 621 especies
de plantas, con cerca de 500 endémicas. Ambos desiertos
poseen una diversidad florística total de casi 3 300
especies, con un grado de endemismo para la región
combinada, tal como la hemos definido aquí, de más
de 50 por ciento. El microendemismo de las plantas (es decir,
especies restringidas exclusivamente a un área muy
chica) es particularmente alto en las islas oceánicas
del Mar de Cortés, en sierras aisladas como El Aguaje,
San Francisco, Guadalupe o La Laguna, y en las dunas del Gran
Desierto de Altar.
En la porción sonorense del Desierto de Sonora, que
incluye el noreste de Baja California, existen al menos 14
especies de anfibios (dos de ellas endémicas), 68 de
reptiles (cinco endémicas), 190 de aves y 84 de mamíferos
(dos endémicas, aunque compartidas con el Desierto
de Baja California), mientras que en la porción bajacaliforniana
las cifras son de al menos 4 especies de anfibios, 59 de reptiles
(20 endémicas), 134 de aves y 54 de mamíferos
(cuatro endémicas). De éstas, dos especies de
anfibios, 21 de reptiles, 118 de aves y 45 de mamíferos
se encuentran en ambos desiertos. Las aves, dado su medio
de locomoción, tienen bajos grados de endemismo en
la región. Sin embargo, la península de Baja
California, que está más aislada que los desiertos
continentales, alberga cuatro especies de aves raras y cuasiendémicas,
restringidas principalmente a la península y comunes
en esta área silvestre desértica, aunque también
existen fuera de estos hábitats, tanto en los matorrales
de tipo mediterráneo del norte como en los matorrales
tropicales xerófilos de la región de Los Cabos.
Se trata del zafiro peninsular (Hylocharis xantusii), la mascarita
peninsular (Geothlypis beldingi), el tecolote peninsular (Glaucidium
hoskinsii) y el cuitlacoche ceniciento (Toxostoma cinereum).
Aparte de la fauna de los dos desiertos, las islas del Mar
de Cortés albergan 42 especies endémicas de
reptiles y 15 de mamíferos terrestres (Case y Cody,
1983). Por lo tanto, la fauna desertícola total de
la región mayor consta de 16 especies de anfibios (dos
endémicas), 148 de reptiles (67 endémicas),
206 de aves (cuatro endémicas) y 108 de mamíferos
(21 endémicas). Además de estos habitantes estrictos
del desierto, existen 162 especies de aves marinas y zancudas
que se alimentan en las ricas aguas del Mar de Cortés
y en las costas del Pacífico del Desierto de Baja California,
así como un gran número de tetrápodos
marinos y especies que dependen estrictamente del agua, como
tortugas y mamíferos marinos, lo mismo que muchas especies
agrícolas y urbanas que sólo en raras ocasiones
se encuentran en los hábitats de desierto verdaderos
(Russell y Monson, 1998). Si se incluyen estas especies ocasionales
y marginales, la biodiversidad total aumenta considerablemente.
Además de su diversidad y endemismo regional, los Desiertos
de Sonora y Baja California marcan el límite septentrional
de la zona tropical. Esta región alberga al menos 16
familias y probablemente más de 200 especies de árboles
tropicales que encuentran su límite norte en la misma
(Felger, 2000), incluyendo las familias del copal, la ceiba,
el zapote prieto, el negrito y la teophrasta. Otros grupos,
como las abejas euglossinas de brillantes colores metálicos
verde y azul y las industriosas abejas sin aguijón
(Melipona spp.), también encuentran sus límites
septentrionales en estos desiertos.
Así como la península está aislada de
la tierra firme por el Mar de Cortés, el Golfo es,
en sí, una especie de "península marina"
aislada del Pacífico por 1 500 km de tierra peninsular.
Biológicamente, es uno de los mares más productivos
y diversos del mundo. México obtiene de esta agua entre
30 y 50 por ciento de su pesca nacional y en ellas existen
unas 4 500 especies de invertebrados conocidas (excepto protozoarios);
872 especies de peces (122 elasmobranquios y 750 teleósteos,
271 de los cuales son peces arrecifales raros), y 33 especies
de mamíferos marinos, 28 de ellos cetáceos,
incluyendo la marsopa vaquita (Phocoena sinus), que es endémica
del Alto Golfo y se considera amenazada.
Especies emblemáticas
Hasta la fecha, las descripciones ecológicas
más importantes de los Desiertos de Sonora y Baja California
han sido las de Forrest Shreve (Shreve y Wiggins, 1975). Su
clasificación refleja la manera en la que la selección
natural y la evolución han adaptado la morfología
y las formas de vida predominantes a los difíciles
ambientes del desierto. Este investigador identifica tres
ecorregiones en el Desierto de Sonora continental (las Tierras
Altas de Arizona, los Llanos de Sonora y los Pies de Monte
de Sonora), dos ecorregiones en la Península de Baja
California (los Llanos de Magdalena y el Desierto de El Vizcaíno)
y dos ecorregiones compartidas (el Valle del Bajo Colorado,
que ocupa la parte occidental de Sonora y la parte norte de
las costas del Golfo en Baja California; y las Costas Centrales
del Golfo, una estrecha franja de la región costera
central del Mar de Cortés). El bosquejo de Shreve sigue
siendo la mejor descripción ecológica de los
Desiertos de Sonora y Baja California y, por lo tanto, nos
apegaremos a ella al describir esta extraordinaria área
silvestre.
El Valle del Bajo Colorado fue descrito como un desierto micrófilo,
es decir, una región con plantas de hojas pequeñas
como la gobernadora (Larrea tridentatá) y la jécota
(Ambrosia dumosa). De hecho, estas plantas son las verdaderas
xerofitas del desierto, pues soportan las sequías más
severas sin marchitarse. El Bajo Colorado es el corazón
del Desierto de Sonora (Bowden y Dykinga, 1993; Hayden y Dykinga,
1998), una región vasta y sumamente árida, con
pocas montañas y grandes bajadas aluviales que forman
llanuras secas muy amplias, hogar del amenazado berrendo sonorense
(Antilocapra americana sonoriensis). Aquí los inmensos
arenales que bordean el Mar de Cortés poseen varios
animales únicos, cuyas adaptaciones especiales para
soportar las inhóspitas condiciones locales son tipificadas
por la rata-canguro desértica (Dipodomys deserti) y
la víbora-cascabel cornuda (Crotalus cerastes). Esta
región se ha vuelto tan árida durante el actual
periodo interglacial (es decir, el Holoceno), que los sedimentos
secos del río Colorado, arrastrados hacia el este por
los vientos, han formado las dunas de arena más extensas
del Nuevo Mundo: el Gran Desierto de Altar. Aparte de las
plantas micrófilas predominantes, la vegetación
también incluye algunos árboles achaparrados
como el palo fierro (Olneya tesota), el palo-verde (Parkinsonia
florida y P. microphylla) y los mezquites (Prosopis pubescens
y P. glandulosa var. torreyana). La escasez de vegetación
leñosa es compensada por la gran abundancia de plantas
efímeras que brotan despúes de las lluvias,
cubriendo el desierto con un denso y colorido manto de flores.
De hecho, la abundancia de semillas es tan alta en esta región
que la base de las redes tróficas son especies granívoras
como las ratas canguro, las ratas-cambalacheras (Neotoma spp.),
las codornices (Callipepla spp.) y varias hormigas. Cuando
los ríos Colorado y Gila corrían libremente
(Sykes, 1937; Fradkin, 1984), antes de la construcción
de las presas en los años treinta), en sus márgenes
prosperaba un denso sistema de ecosistemas ribereños
con predominio de chopos (Populus fremontil), sauces negros
de Goodding (Salix gooddingii) y grandes mezquites, donde
también abundaban los castores (Castor canadensis).
Las plantas con tallos suculentos predominan en las Tierras
Altas de Arizona, de modo que éste es un desierto crasicaule
(del griego crassos, suculento; y caulon, tallo). Situadas
al este del Valle del Bajo Colorado y a mayor altitud, las
tierras altas reciben más precipitación pluvial
(unos 300 mm en promedio) y en ellas predominan los nopales
y las chollas (subgéneros Platyopuntia y Cylindropuntia,
respectivamente, ambos pertenecientes al género Opuntia),
cactáceas columnares como el saguaro (Camegiea gigantea),
biznagas (Ferocactus spp.) y palo-verdes (principalmente Parkinsonia
microphyllá). Aquí la vegetación es más
compleja, la proporción de plantas perennes es mayor
y la diversidad es más alta. El gigantesco saguaro
columnar es una especie emblemática que no sólo
confiere a esta ecorregión su aspecto único,
sino que mantiene una íntima relación con animales
que, sin ser endémicos de la misma, la representan
muy bien. Notable entre ellas son la paloma ala blanca (Zenaida
asiática) y el murciélago-hocicudo de Curazao
(Leptonycteris curasoae'), en el cual recaen muchas de las
tareas locales de polinización, y el carpintero del
desierto (Melanerpes uropygialis), que al labrar sus nidos
en los saguaros crea un habitat esencial para otras especies
que anidan secundariamente en esas cavidades.
Los Llanos de Sonora se encuentran al sur de las tierras altas
de Arizona, en las tierras bajas centrales del estado de Sonora.
Aquí las formas de vida predominantes son árboles
y arbustos leñosos, por lo que se trata de un desierto
arbofrutescente. En el estrato arbóreo predominan los
palo fierros, con el espectacular color verde cenizo de las
hojas del incienso (Encella farinosa) destacando en el matorral
leñoso inferior. La mayor abundancia de lluvia (200
a 400 milímetros) y el menor riesgo de heladas permite
a los Llanos albergar cuatro especies de cactos columnares
gigantes: el saguaro, el pitayo dulce (Stenocereus thurberi),
la cina (S. alamosensis) y la senita (Lophocereus schottii).
Algunos elementos de clara afinidad tropical meridional alcanzan
su límite norte en esta subdivisión. Tal es
el caso de los géneros Bursera y Jacquinia, así
como el del llamativo palo blanco (Acacia willardiana), la
única acacia del Nuevo Mundo que ha perdido evolutivamente
sus hojas compuestas y realiza la fotosíntesis mediante
filodios, es decir, estructuras especiales derivadas de peciolos
planos. Las especies emblemáticas de esta ecorregión
son la codorniz cresta dorada (Callipepla douglassi) y la
tortuga del desierto (Gopherus agassizzi).
Los Pies de Monte de Sonora se encuentran al este de los Llanos
como una serie de lomas ondulantes, pequeñas serranías
y cañadas que corren en sentido noroeste-sureste, paralelas
a las faldas de la magnífica Sierra Madre. Las cañadas,
que son más húmedas y mejor resguardadas que
los Llanos despejados, albergan los relictos más septentrionales
de las selvas bajas caducifolias tropicales del Pacífico
mexicano. Considerada un desierto arborescente, esta región
es rica en leguminosas leñosas como las acacias y los
mezquites, aunque también predominan algunas especies
claramente tropicales como el cardón barbón
gigante (Pachycereuspecten -aboriginum), la ceiba menor (Ceiba
acuminata), el trompillo (Ipomoea arborescens), el lomboy
(Jatropha cordata), el torete fragante (Bursera fagaroides)
y el guayacán (Guaiacum coulterí), entre otras.
Los límites de la distribución septentrional
normal del jaguar (Panthera oncá) se encuentran en
estas cañadas, donde este raro depredador vagabundea
al cobijo de los doseles tropicales. Algunos animales característicos,
como el zacatonero ala rufa (Aimophila carpalis) y la iguana
de cola espinosa de Sonora (Ctenosaura hemilopha macrolopha),
son endemismos casi estrictos de esta ecorregión. Algunos
investigadores se han opuesto a la clasificación de
esta región como parte del Desierto de Sonora verdadero,
pues se trata en realidad de un complejo mosaico de grados
de aridez con exuberantes cañadas tropicales. Sin embargo,
la intercalación de diferentes ecosistemas y la compleja
fragmentación del paisaje son algunos de los factores
que dan al Desierto de Sonora su gran diversidad.
La siguiente subdivisión son las Costas Centrales del
Golfo, una estrecha franja de tierras desérticas que
ocupa casi 800 km de las costas del Mar de Cortés en
Baja California y 400 km en Sonora. En ésta predominan
plantas con gigantescos tallos carnosos y corteza lisa, por
lo que se le considera un desierto sarcocaule (del griego
sarcos, carne; y caulon, tallo). Algunas de las plantas desertícolas
más extrañas del Continente Americano se encuentran
aquí, como delgados cirios (Fouquieria colwnnaris)
de 20 m de altura (Humphrey, 1974), ocotillos (F. spiendens
y F. diguetii), descomunales copalquines (Pachycormus discolor)
con su lisa corteza entre café y anaranjado, torotes
blancos (Bursera microphylla), copales (B. hindsiana), lomboy
(Jatropha cinérea), palo-blancos (Lysiloma candida)
de tallos alabastrinos y gigantescos cardones candelabriformes
o sagüesos (Pachycereus pringlei), junto con otras plantas
características menos llamativas como el incienso y
numerosas especies de chollas y nopales. En esta subdivisión,
el contraste entre el desierto y el mar crea microhábitats
únicos, con transiciones bruscas entre las comunidades
desertícolas y matorrales extremadamente halófilos
que viven con agua de mar, como los manglares más septentrionales
del hemisferio, hasta las famosas "praderas" submarinas
de zostera (Zostera marina), que son cosechadas tradicionalmente
por los indígenas seri. A pesar de que esta biorregión
se encuentra en dos áreas disyuntivas separadas por
el Mar de Cortés, sus animales emblemáticos
son los mismos: el borrego cimarrón (Ovis canadensis)
y la iguana del desierto (Dipsosaurus dorsalis), ambos con
subespecies en una y otra costas: O. c. mexicana y D. d. sonoriensis
en el lado de sonora; O. c. weemsi y D. d. dorsalis en el
lado de Baja California.
Siguiendo hacia las costas del Pacífico de Baja California,
en la Región de El Vizcaíno, se aprecian muchos
de los mismos árboles de tallo carnoso que en las costas
del Golfo, mas ahora asociados con plantas sin tallo y dotadas
de hojas suculentas dispuestas en rosetas (Aschmann, 1959).
Por esta razón, Shreve definió esta subdivisión
como un desierto sarcófilo (es decir, un desierto donde
predominan las hojas carnosas). Muchas de estas rosetas suculentas
tienen la capacidad de absorber y almacenar el agua que llega
con las nieblas costeras formadas por el afloramiento de aguas
frías en el Pacífico. Entre ellas figuran unas
cuantas especies de Agave con largas hojas carnosas (pencas)
con bordes espinosos que semejan espadas; Dudieyas con hojas
redondas de llamativo color blanco rojizo; izotes de Baja
California (Yucca valida) e izotes de hoz (Y. whipplei). La
influencia de las nieblas marinas se manifiesta en la abundante
presencia del heno pequeño o tillandsia recta (Tillandsia
recurvata) y diversos liquenes. En estos desiertos más
templados, el gigantesco cardón cede el paso en las
llanuras costeras a densas formaciones de una cactácea
más pequeña y recumbente, el pitayo agrio (Stenocereus
gummosus), así como a los matorrales de huizapol aromático
(Ambrosia chenopodifolia), que cubren las laderas con un terso
manto de color verde grisáceo, y al cochal (Myrtillocactus
cochal), una cactácea columnar de frutos dulces cuyos
parientes más cercanos se encuentran en el sur de México.
Los Llanos de El Vizcaíno más bajos, cerca de
la laguna costera Ojo de Liebre, albergan un chaparral de
plantas que toleran la sal, en el que vaga el gravemente amenazado
berrendo peninsular (Antilocapra americana peninsularis),
que quedó aislado de su pariente norteño del
Gran Desierto. Aparte del berrendo como una obvia especie
emblemática, esta ecorregión también
es representada por el cuitlacoche peninsular (Tbxostoma cinereum),
que es el ave más típica de Baja California.
Finalmente, los Llanos de Magdalena, situados al sur de El
Vizcaíno, ocupan la parte sur de las costas de Baja
California por el lado del Pacífico. Aquí es
evidente la influencia de los matorrales xerófilos
tropicales y las selvas bajas caducifolias de la región
de Los Cabos, en el extremo dé la península.
Existen menos rosetas suculentas y los árboles del
desierto coexisten con gigantescas cactáceas columnares,
formando un desierto arbocrasicaule. Los torotes (Bursera
filicifolia, B. hindsiana y B. microphyüa), el mezquite
dulce (Prosopis glandulosa), el palo de Adán (Fouquieria
diguetíi), el palo-verde azulóse (Parlinsonia
florida), el ciruelo endémico (Cyrtocarpa edulis) y
el hermoso palo blanco, forman densos bosquetes en algunos
arroyos. Aquí abunda la pitaya agria y la chirinola
(Stenocereus eruca), una cactácea columnar endémica
sumamente rara que se encuentra cerca de las playas. Este
cacto, único y extraño, crece acostado en el
suelo y emite densos manojos de tallos gigantes, con aspecto
de culebras, que parecen reptar en el desierto. También
abundan los cardones, las senitas y las chollas. Es muy común
ver caracaras crestados (Caracara cheriway) posados en los
nopales y otras perchas; por la noche no es raro encontrar
a la zorra desértica (Vulpes velox), otro habitante
típico de la región.
Culturas humanas
Las mismas fuerzas evolutivas que dieron
origen a las extrañas formas de vida de esta región,
moldearon también sus culturas humanas singulares (León
Portilla, 1989). Muy apartados del resto de Mesoamérica,
los indígenas cochimíes y otros grupos de Baja
California crearon uno de los conjuntos de pinturas rupestres
más asombrosos del mundo, mismo que es, actualmente,
uno de los Patrimonios Culturales de la Humanidad más
valiosos de México (Crosby, 2000). Posteriormente,
durante la Colonia española los jesuítas fundaron
en estos desiertos su propia “utopía" mediante
una serie de misiones que evolucionaron en total independencia
de las severas y crueles normas impuestas por los conquistadores
al México continental (Clavijero, 1789; Del Barco,
1768). Lamentablemente, los jesuítas también
llevaron consigo, involuntariamente, los mortales gérmenes
de las enfermedades europeas, de modo que pocas décadas
después de la colonización la mayoría
de las etnias de Baja California, por largo tiempo aisladas
y vulnerables a esas dolencias, había desaparecido.
Sus descendientes, mezclados con los descendientes de los
soldados españoles, se convirtieron en los californios,
un grupo de ganaderos que aún sobrevive en las sierras.
Por el contrario, los pueblos nativos del Desierto de Sonora,
que jamás estuvieron totalmente aislados de otros grupos
y por lo tanto eran más resistentes a las enfermedades
importadas, aún se encuentran en la región.
Los verdaderos habitantes del Desierto de Baja California,
es decir, los guaycuras del norte, los pericúes del
sur y los cochimíes de los desiertos centrales, se
extinguieron.
En el chaparral de tipo mediterráneo de los alrededores
de Tecate, Ensenada y Tijuana aún quedan unos cuantos
cochimíes; se trata específicamente de los kiliwas,
los kumiais y los pai-pais. Los cucapás, otro grupo
indígena de Baja California, viven en el delta del
río Colorado. Aunque hoy muchos de ellos laboran en
los campos agrícolas del Valle de Mexicali, algunos
conservan aún sus pesquerías tradicionales en
el estero, donde todavía cosechan, aunque en raras
ocasiones, el trigo salado de los campos silvestres de Distichlis
palmeri que crecen en las llanuras costeras aluviales del
Alto Golfo de California.
Por el contrario, las culturas nativas de la tierra firme
de Sonora han sobrevivido mucho mejor. Al menos siete grupos
conservan su identidad y tres de ellos (los pápagos,
pimas de los altos o tohono o'odham; los pápagos del
arenal o hia´ced o'odham, y los seris cazadores-recolectores
o com´caac) aún sobreviven dentro de los confines
del Desierto de Sonora. Otros cuatro grupos se encuentran
en las estribaciones del desierto: los yaquis o yoemes, en
los llanos del bajo río Yaqui; los mayos o yoremes,
en el sur, donde el desierto cede el paso a los matorrales
espinosos costeros; los guarijíos o makurawes, en las
inaccesibles montañas del sureste, muy cerca de la
Sierra Madre, y finalmente los pimas de los bajos u ob no'ok,
al este, en las faldas de la Sierra Madre. Los miembros de
un octavo grupo, los ópatas o teguimas, que viven en
lo alto de la Sierra Madre, aunque ya perdieron su lengua
y muchas tradiciones al asimilarse a la cultura mestiza, aún
reconocen su origen étnico y sus tradiciones están
presentes en la cultura local.
En cuanto a su demografía, los Desiertos de Sonora
y Baja California tienen densidades de población muy
bajas y las mayores concentraciones humanas se encuentran
en zonas urbanas. Esto subraya una característica sumamente
importante de la región, es decir, que aún posee
grandes extensiones escasamente habitadas o deshabitadas por
completo, lo que hace de ésta un área silvestre
prístina.
El estado de Baja California, por ejemplo, tiene 2.5 millones
de habitantes. De éstos, sólo unos 765 000 viven
en la región desértica de la entidad y la mayoría
de ellos, además, se concentran en la ciudad de Mexicali
o en el distrito de riego que la rodea. Sólo unas 100
000 personas viven en el desierto en sí. El estado
de Baja California Sur es la entidad menos poblada de México.
Posee 424 000 habitantes y, de éstos, 25% viven en
los ecosistemas tropicales de la región de Los Cabos,
fuera del desierto propiamente dicho. De los 319 000 habitantes
de las zonas desérticas del estado, la mayoría
(197 000) se encuentran en la ciudad capital de La Paz, de
modo que sólo 122 000 ocupan el resto del estado, donde
se concentran en ciudades más pequeñas.
Sonora tiene una población de 2.2 millones de habitantes
y, de éstos, 1.4 millones viven en la región
desértica. El resto se concentra en la región
templada del noreste o en los valles agrícolas del
sur. De los habitantes del desierto, más de un millón
se encuentran en grandes ciudades como Hermosillo, Guaymas,
San Luis Río Colorado y otras, de modo que menos de
500 000 personas, en su mayoría ganaderos, se encuentran
dispersas en los eriales del Desierto de Sonora. Finalmente,
los estados de California y Arizona tienen una población
mucho mayor que la de sus contrapartes mexicanas. Sin embargo,
la región del Desierto de Sonora (los condados Imperial,
Pima y Yuma, así como partes de los de Maricopa y Riverside)
cuenta apenas con poco más de un millón de habitantes.
Además, la mayor parte de esta población se
concentra en sólo dos áreas metropolitanas:
Tucson con 500 000 habitantes y Yuma con cerca de 100 000
personas.
En total, excluyendo los grandes centros urbanos, el Área
Silvestre de los Desiertos de Sonora y Baja California tiene
una población humana de sólo 1.1 millones de
personas, distribuidas en un área de 324 300 km2, lo
que significa una densidad demográfica de sólo
3.4 habitantes/km2.
Amenazas
Sujeta al rápido aumento en la demanda
de recursos, esta inmensa área silvestre enfrenta hoy
una serie de amenazas ambientales cada vez más graves,
como la industrialización, el agotamiento de sus recursos
hidráulicos, la expansión de la frontera agrícola,
la introducción de especies exóticas, el sobrepastoreo
del ganado, el turismo descontrolado, el uso de vehículos
para campo traviesa, la degradación de los ambientes
estuarinos y la cacería furtiva.
El desarrollo industrial y la expansión urbana descontrolada,
están poniendo en grave peligro la conservación
de largo plazo de los desiertos fronterizos. El rápido
crecimiento del turismo en las costas mexicanas ha suscitado
una expansión urbana explosiva en lugares como Loreto,
en Baja California Sur, y San Carlos y Puerto Peñasco,
en Sonora. Aparte de este crecimiento de las poblaciones y
ciudades establecidas, el Gobierno mexicano tiene ambiciosos
planes que exigen la construcción de marinas y complejos
turísticos en torno a la península, lo que aumentará
aún más la presión.
Algunas áreas agrícolas desarrolladas de manera
no sustentable a mediados del siglo xx, sin tener en cuenta
la recarga de los acuíferos, ahora encaran el agotamiento
de las aguas del subsuelo y el cierre de sus pozos. El resultado
final, una vez que el acuífero se agote, será
una gran extensión de suelos agrícolas salinizados
y yermos. En algunas partes de Baja California, la merma de
los acuíferos regionales también ha significado
la desaparición de algunos manantiales, lo que se traduce,
a su vez, en la degradación de los humedales de agua
dulce y la pérdida de aguajes para la fauna silvestre.
En muchas partes de la región, el agua ha dejado de
ser un recurso renovable o al menos se le considera un recurso
que se recupera muy lentamente.
Además, las técnicas agronómicas regionales
padecen frecuentemente de muy baja eficiencia en cuanto se
refiere a convertir el insumo de agua en cultivos con buen
rendimiento, de modo que las actividades agrícolas
dispendiosas son un factor importante en el deterioro ecológico
de largo plazo.
En algunos lugares, la vegetación natural está
siendo destruida rápidamente en aras del desarrollo
agrícola y para la plantación de pastos exóticos
invasores, como el buffel africano (Pennisetum ciliare), con
la idea de mejorar la productividad del ganado bovino en los
ambientes desérticos. Tanto en el sur de Sonora como
en el sur de Baja California, el pasto buffel no parece requerir
desmonte para establecerse. Sumamente adaptado a los ambientes
tropicales cálidos y secos, está invadiendo
rápidamente el desierto, sobre todo las áreas
que han sido desmontadas o sobrepastoreadas. Este pasto de
rápido crecimiento genera una enorme biomasa que se
incendia fácilmente en la época de secas, convirtiendo
el desierto en un ecosistema de tipo sabana muy propenso al
fuego,-que al arder estacionalmente impide el restablecimiento
del matorral xerófilo nativo, biológicamente
rico pero muy vulnerable a los incendios.
El pastoreo de ganado, que es un problema recurrente en los
desiertos de la región, también ha provocado
cambios en la estructura de la vegetación, restableciendo,
quizá inadvertidamente, antiguos procesos ecológicos
que fueron interrumpidos al final del Pleistoceno, cuando
se extinguieron los grandes herbívoros que recorrían
las llanuras del desierto, dispersando las semillas de mezquites
y cactáceas. Sin embargo, como el pastoreo contemporáneo
se lleva a cabo en ausencia de depredadores, las densidades
de los herbívoros son mucho mayores que las registradas
en el pasado paleontológico.
El turismo de tipo aventura también ha afectado gravemente
algunos ecosistemas peninsulares. Quizá la forma de
recreación más destructiva en el entorno natural
sea el uso de vehículos para campo traviesa en el desierto
despejado y en los arenales costeros. La vegetación
de estos ambientes crece muy lentamente, de modo que una biznaga
destrozada en cuestión de segundos por un conductor
imprudente quizá tardó siglos en alcanzar su
tamaño adulto y para su recuperación pueden
transcurrir varias generaciones. Tristemente, la mayor fama
internacional de Baja California no se debe a su belleza ni
a su aislamiento, sino a la facilidad para estas actividades
a campo traviesa, que son anunciadas como atractivo turístico
en ciudades como Puerto Peñasco y San Felipe.
Las visitas humanas, aunque potencialmente benéficas,
también han afectado negativamente los ecosistemas
isleños del Golfo de California, que son ambientes
sumamente frágiles. La evolución biológica
en aislamiento hizo estas islas particularmente vulnerables
a factores como las especies foráneas, el deterioro
del hábitat, la caza y la pesca, tanto en plan deportivo
como comercial. En particular, la introducción de especies
exóticas como ratas, gatos y cabras puede ocasionar
auténticas catástrofes ecológicas entre
las plantas endémicas, las aves marinas y los reptiles
isleños. Por último, la creciente demanda del
ecoturismo ha generado una intensa presión para el
desarrollo de infraestructura en las islas. Aunque hasta ahora
no se ha permitido el desarrollo turístico de ninguna
de las islas del Golfo, el número de propuestas fue
en aumento (durante la última década).
Los esteros y las lagunas costeras de la región también
encaran amenazas cada vez mayores debido al desarrollo industrial
y turístico, al escurrimiento de contaminantes terrestres,
a la modificación del hábitat para proyectos
de acuacultura y a la perturbación ocasionada por las
lanchas de motor y las motonaves acuáticas. El deterioro
de las lagunas costeras afecta a muchos organismos marinos
que pasan la mayor parte de su ciclo de vida en tales ecosistemas,
desde las ballenas grises (EschricMus robustus) en las lagunas
del Pacífico, hasta los camarones, moluscos y peces
del Mar de Cortés. También afecta a muchas aves
migratorias que utilizan esos humedales como puntos de descanso
en sus rutas de viaje. Las lagunas costeras generan servicios
ecológicos únicos y esenciales para el mantenimiento
y la supervivencia de las especies que migran anualmente a
otros ecosistemas, a menudo distantes. Sin embargo, tales
servicios escapan a la vista de los inversionistas, quienes
tienden a considerar esos ambientes como "terrenos inútiles"
que deben usarse para obtener ganancias económicas
más directas. La tala de manglares para construir instalaciones
de acuacultura u hoteles costeros es un ejemplo típico.
Para una persona común y corriente, percibir el inmenso
valor que los manglares tienen para las pesquerías
de altamar y la vida marina en general resulta mucho más
difícil que ver el beneficio inmediato de talarlos
con otros fines menos productivos.
La cacería furtiva es común en el Desierto de
Sonora. Se persigue a la fauna mayor en busca de carne y trofeos;
por otro lado, se capturan reptiles y se recolectan cactáceas
y otras plantas raras endémicas para introducirlas
de contrabando en Estados Unidos, donde abastecen los mercados
de mascotas y plantas exóticas, respectivamente. Muchas
de las especies más buscadas cuentan con poblaciones
muy reducidas, a menudo en una sola isla, donde además
flutúan en sincronía con las variaciones ambientales,
lo que las hace particularmente vulnerables.
Conservación
Los gobiernos de México y Estados Unidos, así
como organizaciones no gubernamentales (ONG) en ambos lados
de la frontera, han llevado a cabo acciones para proteger
los ricos y cada vez más amenazados ecosistemas de
los Desiertos de Sonora y Baja California. Ahora existe una
gran cantidad de áreas protegidas, entre ellas tres
reservas de la biosfera en México (El Vizcaíno;
Alto Golfo de Califomia y Delta del Río Colorado, y
El Pinacate y Gran Desierto de Altar); tres monumentos naturales
en Estados Unidos (Monumento Nacional Sonoran Desert, cerca
de Phoenix, Arizona; Monumento Nacional Saguaro, cerca de
Tucson, y Monumento Nacional Organ Pipe Cactus, sobre la frontera,
que ahora es también una reserva de la biosfera); dos
parque nacionales costeros (Bahía de Loreto y Cabo
Pulmo, ambos en México), un parque estatal en California
(Parque Estatal de Desierto Anza-Borrego); tres refugios de
fauna silvestre en México [Islas del Golfo de California,
que abarca las islas del Mar de Cortés (Bourillón
y cols., 1988); Cajón del Diablo, un macizo montañoso
que contiene un mosaico de desierto y exuberantes cañadas
tropicales en las costas centrales de Sonora, y Valle de los
Cirios, en el desierto central de Baja California], y un cuarto
refugio en Estados Unidos (Refugio Nacional de Fauna Silvestre
Cabeza Prieta). Aunque no está protegido de manera
formal, el Campo Militar Barry M. Goldwater, adyacente a las
áreas de Organ Pipe Cactus y Cabeza Prieta, es uno
de los lugares intactos más extensos del Desierto de
Sonora. En total, las áreas protegidas dentro de esta
región abarcan unos 18 000 km2 en Estados Unidos y
68 000 km2 en México, de modo que abarcan 27% del área
silvestre total.
Además, en la parte norte del espinazo montañoso
de Baja California, donde los áridos matorrales del
desierto ceden el paso a pinos y táscates, existen
dos parques nacionales con vegetación de clima templado
(Constitución de 1857 y Sierra de San Pedro Mártir);
asimismo, existe una isla celeste similar en el extremo sur
del desierto, donde la Reserva de la Biosfera Sierra de La
Laguna marca el principio de la región de Los Cabos.
Aunque casi todas las áreas protegidas de Estados Unidos
fueron creadas desde el siglo XIX (la excepción más
notable es el Monumento Nacional Sonoran Desert, decretada
en 2001), la mayoría de las situadas en México
fueron creadas en los últimos 15 años. Antes
de 1988, sólo existían tres áreas naturales
protegidas y sus decretos de creación eran bastante
ambiguos e inexactos. Se trata de Cajón del Diablo,
creada en 1937 con 147 000 ha; Valle de los Cirios, también
en 1937 con 2.3 millones de hectáreas, e Islas del
Golfo de California, creada en 1978, con 150 000 ha. En 1988
nació la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno,
con un área total de 2.5 millones de hectáreas,
lo que hizo de ella la reserva de la biosfera más grande
de México. Entre 1993 y 1998, fueron creadas cuatro
nuevas áreas protegidas con distintas categorías,
cuya superficie total es de 2.9 millones de hectáreas.
En 1993, el Gobierno de México publicó dos decretos
con el fin de proteger otras tantas reservas de la biosfera
situadas en la franja de desierto y los ecosistemas costeros
que unen el Desierto de Sonora con la Península de
Baja California. Estas reservas protegen el notable endemismo
del sistema de dunas de arena y malpaís volcánico
más extenso de Norteamérica, así como
dos especies marinas gravemente amenazadas: la marsopa vaquita
y la totoaba (Totoaba macdonaldii), un pez teleósteo.
Junto con las áreas protegidas de Organ Pipe Cactus,
Cabeza Prieta y Barry M. Goldwater en Estados Unidos, estas
reservas forman un corredor ecológico de 3 millones
de hectáreas en las tierras desérticas del Valle
del Bajo Colorado, que figura entre los más extensos
y mejor conservados del mundo.
Además, en 1993, el Gobierno mexicano propuso la Reserva
de la Biosfera El Vizcaíno como Patrimonio Natural
de la Humanidad, categoría que le fue concedida por
la UNESCO en 1994. En julio de 1996 se publicó el decreto
que protege la Bahía de Loreto con la categoría
de parque nacional, como resultado de una iniciativa original
de los pescadores locales, a quienes les preocupaba la continua
declinación de su pesca y la degradación de
las áreas reproductivas. Finalmente, en noviembre de
2000, las tres primeras áreas naturales protegidas
de la región (Cajón del Diablo, Valle de los
Cirios e Islas del Golfo de California, fueron reclasificadas,
conforme a la nueva legislación, con la categoría
de refugios de fauna silvestre.
Según se espera, el paso cada vez más ágil
de los esfuerzos de conservación logrará detener
la degradación ambiental que la región ha venido
sufriendo y disminuirá las amenazas que ponen en riesgo
su sustentabilidad en el largo plazo. Al parecer, existe cada
vez mayor conciencia en la península de Baja California,
el Desierto de Sonora y el Mar de Cortés, en cuanto
a la necesidad de emprender acciones urgentes para proteger
el ambiente. Grupos conservacionistas, instituciones de investigación,
los gobiernos federal y estatal, destacados líderes
del sector privado y operadores de ecoturismo han contribuido
a impulsar el aprecio del ambiente y la necesidad de acciones
de conservación concretas.
No fue por accidente que las primeras áreas protegidas
a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos
fueron creadas en esta región. Investigadores, conservacionistas,
autoridades indígenas y oficiales de Gobierno habían
estado trabajando juntos por años, preparando planes
conjuntos para proteger el Gran Desierto y el Alto Golfo.
Llegó un tiempo, en 1993, en el que estaba lista una
propuesta que contaba con el apoyo de líderes ambiéntales
a ambos lados de la frontera. Ahora, el Gran Desierto está
protegido desde la frontera hasta la aguas del Golfo, y algunos
conservacionistas están trabajando en Estados Unidos
para integrar cuatro áreas protegidas contiguas al
norte de la frontera en un Parque del Desierto Sonorense,
el cual, junto con las reservas mexicanas, formará
parte de uno de los mayores corredores silvestres del mundo.
El Desierto de Sonora es un área silvestre binacionacional,
con varias cuencas hidrográficas, especies y recursos
naturales en común que no saben de líneas fronterizas,
de modo que México y Estados Unidos comparten la responsabilidad
de proteger este patrimonio natural. A fin de lograrlo, ambos
países deben promover esfuerzos binacionales verdaderamente
cooperativos, como la Coalición para el Desarrollo
Sustentable del Golfo de California de 1999, una asociación
establecida entre varias ONG conservacionistas, así
como instituciones académicas y de investigación
mexicanas y estadounidenses. Entre las ONG que trabajan dentro
de la Coalición, Conservation International ha estado
enfrentando exitosamente, por más de una década,
algunas de las amenazas más apremiantes para la región,
con apoyo de la Fundación Packard, USAID, y CEMEX —el
patrocinador de este libro. Será por medio de alianzas
como ésta, gracias a las cuales se logrará una
visión compartida, que los desiertos de Arizona, California,
Sonora y Baja California podrán ser conservados en
el largo plazo.
EXEQUIEL EZCURRA
EDUARDO PETERS
ALBERTO BURQUEZ
ERIC MELLINK
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