La
tragedia de los comunes*
Garrett Hardin**
*
Este artículo fue publicado originalmente bajo el título
"The Tragedy of Commons" en Science, v. 162 (1968), pp.
1243-1248. Traducción de Horacio Bonfil Sánchez.
**
Profesor emérito de Ecología Humana en la Universidad
de California en Santa Bárbara.
En
este artículo ya clásico, Hardin analiza el problema
del libre acceso a los recursos ambientales comunes en un mundo
cada vez más poblado.
Al
final de un artículo muy bien razonado sobre el futuro
de la guerra nuclear, J. B. Weisner y H. F. York concluían
que "ambos lados en la carrera armamentista se... confrontaban
con el dilema de un continuo crecimiento del poderío
militar y una constante reducción de la seguridad nacional.
De acuerdo con nuestro ponderado juicio profesional, este dilema
no tiene solución técnica. Si las grandes potencias
continúan buscando soluciones exclusivamente en el área
de la ciencia y la tecnología, el resultado será
el empeorar la situación".1
Me
gustaría llamar su atención no sobre el tema de
dicho artículo (seguridad nacional en un mundo nuclear)
sino sobre el tipo de conclusiones a las que ellos llegaron:
básicamente, que no existe solución técnica
al problema. Una suposición implícita y casi universal
de los análisis publicados en revistas científicas
profesionales y de divulgación es que los problemas que
se discuten tienen una solución técnica. Una solución
de este tipo puede definirse como aquella que requiere un cambio
solamente en las técnicas de las ciencias naturales,
demandando pocos o casi nulos cambios en relación con
los valores humanos o en las ideas de moralidad.
En
nuestros días (aunque no en tiempos anteriores) las soluciones
técnicas son siempre bienvenidas. A causa del fracaso
de las profecías, se necesita valor para afirmar que
una solución técnica deseada no es factible. Wiesner
y York tuvieron esta valentía publicándolo en
una revista científica, e insistieron en que la solución
al problema no se iba a hallar en las ciencias naturales. Cautelosamente
calificaron su afirmación con la frase "De acuerdo con
nuestro ponderado juicio profesional...". Si estaban en lo correcto
o no, no es de relevancia para el presente artículo.
Más bien, la preocupación aquí se refiere
al importante conjunto de problemas humanos que pueden ser denominados
"problemas sin solución técnica", y de manera
más específica, con la identificación y
la discusión de uno de ellos.
Es
fácil demostrar que el conjunto no está vacío.
Recuerden el juego del "gato". Considérese el problema
"¿Cómo puedo ganar el juego del gato? Es bien sabido
que no puedo si asumo (manteniéndome dentro de las convenciones
de la teoría de juegos) que mi oponente entiende el juego
a la perfección. Puesto de otra manera, no existe una
"solución técnica" al problema. Puedo ganar solamente
dándole un sentido radical a la palabra "ganar". También
puedo golpear a mi oponente en la cabeza o bien puedo falsificar
los resultados. Cualquier forma en la que yo "gano" involucra,
en algún sentido, un abandono del juego de la manera
en que, también lo concebimos intuitivamente. (Puedo,
desde luego, abandonar abiertamente el juego, negarme a jugarlo.
Eso es lo que hacen la mayoría de los adultos).
El
conjunto de los "problemas sin solución técnica"
tiene miembros. Mi tesis es que el "problema poblacional", tal
como se concibe tradicionalmente, es un miembro de esta clase.
Y dicha concepción tradicional requiere cierta reflexión.
Es válido decir que la mayor parte de la gente que se
angustia con el problema demográfico busca una manera
de evitar los demonios de la sobrepoblación sin abandonar
ninguno de los privilegios de los que hoy goza. Piensan que
las granjas marinas o el desarrollo de nuevas variedades de
trigo resolverán el problema "tecnológicamente".
Yo intento mostrar aquí que la solución que ellos
buscan no puede ser encontrada. El problema poblacional no puede
solucionarse de una manera técnica, de la misma forma
que no puede ganarse el juego del gato.
¿Qué
debemos maximizar?
La
población, como lo dijo Malthus, tiende de manera natural
a crecer "geométricamente", o como decimos hoy, exponencialmente.
En un mundo finito esto significa que la repartición
per cápita de los bienes del mundo debe disminuir. ¿Es
acaso el nuestro un mundo finito?
Se
puede defender con justeza la idea de que el mundo es infinito;
o de que no sabemos si lo sea. Pero en términos de los
problemas prácticos que hemos de enfrentar en las próximas
generaciones con la tecnología previsible, es claro que
aumentaremos grandemente la miseria humana si en el futuro inmediato,
no asumimos que el mundo disponible para la población
humana terrestre es finito. El "espacio" no es una salida.2
Un
mundo finito puede sostener solamente a una población
finita; por lo tanto, el crecimiento poblacional debe eventualmente
igualar a cero. (El caso de perpetuas y amplias fluctuaciones
por encima y por debajo del cero es una variante trivial que
no necesita ser actualizada). Cuando esta condición se
alcance, ¿cuál será la situación de la
humanidad? Específicamente ¿puede ser alcanzada la meta
de Bentham de "el mayor bienestar para la mayor cantidad de
individuos?" No, por dos razones, cada una suficiente por sí
mismo. La primera es de orden teórico. No es matemáticamente
posible maximizar dos variables (o más) al mismo tiempo.
Esto fue claramente posible demostrado por von Neumann y Morgenstern,3
pero el principio queda implícito en la teoría
de las ecuaciones diferenciales parciales, siendo tan viejo
al menos como D'Alambert (1717-1783).
La
siguiente razón surge directamente de los hechos biológicos.
Para vivir, cualquier organismo debe disponer de una fuente
de energía (comida, por ejemplo). Esta energía
se utiliza para dos fines: conservación y trabajo. Un
hombre requiere de aproximadamente 1600 kilocalorías
por día ("calorías de manutención") para
mantenerse vivo. Cualquier cosa que haga aparte de eso se definirá
como trabajo, y se apoya en las "calorías trabajo" que
ingiera. Estas son utilizadas no solamente para realizar trabajo
en el sentido en que comúnmente entendemos la palabra;
son requeridas también para todas las formas de diversión,
desde la natación y las carreras de autos, hasta tocar
música o escribir poesía. Si nuestra meta es maximizar
la población, es obvio lo que debemos hacer: lograr que
las "calorías trabajo" por persona se acerquen a cero
tanto como sea posible. Nada de comidas de gourmet, nada de
vacaciones, nada de deportes, nada de música, nada de
arte... Creo que cualquiera coincidirá, sin argumento
o prueba, que maximizar la población no maximiza los
bienes. La meta de Bentham es imposible. Para alcanzar esta
conclusión he asumido el supuesto común de que
el problema es la obtención de energía. La aparición
de la energía atómica ha iniciado el cuestionamiento
de esta suposición. Sin embargo, dada una fuente infinita
de energía, el crecimiento poblacional sigue siendo una
cuestión ineludible. El problema de la adquisición
de energía es reemplazado por el de su disipación,
como agudamente lo ha demostrado J H. Fremlin.4 Los signos aritméticos
del análisis están, como lo estuvieron, invertidos;
pero la meta de Bentham sigue inalcanzable.
La
población óptima es, por tanto, menor que el máximo.
La dificultad para definir lo óptimo es enorme; hasta
donde sé, nadie ha abordado este problema seriamente.
Alcanzar una solución estable y aceptable seguramente
requerirá de más de una generación de arduo
trabajo analítico, y mucha persuación.
Deseamos
los máximos bienes por persona; ¿pero qué es un
bien? Para una persona puede ser la naturaleza preservada, para
otros centros de ski por mayor. Para una pueden ser estuarios
donde se alimenten patos para caza, mientras que para otra pueden
ser terrenos para fábricas. Comparar un bien con otro
es, solemos decir, imposible, porque estos bienes son inconmensurables,
y los inconmensurables no pueden compararse.
Teóricamente
esto puede ser cierto, pero en la vida real los inconmensurables
se miden. Solamente se necesita un criterio de juicio y un sistema
de medición. En la naturaleza, dicho criterio es la supervivencia.
¿Es acaso mejor para una especie ser pequeña y fácil
de esconder, o bien ser grande y poderosa? La selección
natural mide lo inconmensurable. El compromiso alcanzado dependerá
del sopesado natural de los valores de las variables.
El
hombre debe imitar ese proceso. No hay duda del hecho de que
ya lo hace, pero de manera inconsciente. Cuando las decisiones
ocultas se hacen explícitas se inicia la discusión.
El problema para los años venideros es lograr una aceptable
teoría de medición.
Los
efectos sinergéticos, las variaciones no lineales, y
las dificultades al dar por hecho el futuro vuelen difícil
este problema intelectual, pero no lo tornan (en principio),
insoluble.
¿Ha
solucionado este problema práctico algún grupo
cultural en nuestros tiempos, aunque sea en un nivel intuitivo?
Un hecho simple prueba que ninguno lo ha logrado: no existe
ninguna población próspera en el mundo de hoy
que tenga, o haya tenido por algún tiempo, una tasa de
crecimiento igual a cero. Cualquier pueblo que haya intuitivamente
identificado su punto óptimo muy pronto lo alcanzará,
después de lo cual su tasa de crecimiento alcanzará
y permanecerá en cero.
Por
supuesto, una tasa de crecimiento positiva puede tomarse como
evidencia de que la población se encuentra por debajo
de su óptimo. Sin embargo, bajo cualquier parámetro
razonable, las poblaciones de más rápido crecimiento
en el mundo actual son (en general) las más pobres. Esta
asociación (que no es necesariamente invariable) siembra
dudas sobre el supuesto optimista de que una tasa de crecimiento
positiva indica que una población está en camino
de encontrar su óptimo.
Poco
progreso lograremos en la búsqueda de un tamaño
óptimo de población mientras no exorcisemos de
manera explícita al espíritu de Adam Smith en
el campo de la demografía práctica. En asuntos
económicos La riqueza de las naciones (1776) popularizó
la "mano invisible", la idea de un individuo que "buscando solamente
su propio beneficio", logra "dejarse llevar por una mano invisible
a promover... el interés público"5. Adam Smith
no afirmó que esto fuera invariablemente cierto, y quizás
no lo hizo ninguno de sus seguidores. Pero contribuyó
con una tendencia dominante de pensamiento que desde entonces
interfiere con las acciones positivas basadas en análisis
racionales, a saber la tendencia a asumir que las decisiones
tomadas en lo individual serán, de hecho, las mejores
decisiones para la sociedad en su conjunto. Si esta suposición
es correcta justifica la continuidad de nuestra actual política
de laissez faire en cuestiones reproductivas. Si es correcta
podemos asumir que los hombre controlarán su fecundidad
de tal manera que lograrán una población óptima.
Si la suposición es incorrecta, necesitamos examinar
las libertades individuales para ver cuáles son defendibles.
La
tragedia de la libertad sobre los recursos comunes
La
refutación de la mano invisible en el control poblacional
se encuentra en un escenario descrito inicialmente en un panfleto
poco conocido de 1833 por un matemático amateur llamado
William Forster Lloyd (1794-1852).6 Podemos llamarlo "la tragedia
de los recursos comunes", utilizando la palabra tragedia como
la usó el filósofo Whitehead: "La esencia de la
tragedia no es la tristeza. Reside en la solemnindad despiadada
del desarrollo de las cosas". Y continúa diciendo: "Esta
inevitabilidad del destino solamente puede ser ilustrada en
términos de la vida humana por los incidentes que, de
hecho, involucran infelicidad, pues es solamente a través
de ellos que la futilidad de la huida puede hacerse evidente
en el drama".7
La
tragedia de los recursos comunes se desarrolla de la siguiente
manera. Imagine un pastizal abierto para todos. Es de esperarse
que cada pastor intentará mantener en los recursos comunes
tantas cabezas de ganado como le sea posible. Este arreglo puede
funcionar razonablemente bien por siglos gracias a que las guerras
tribales, la caza furtiva y las enfermedades mantendrán
los números tanto de hombres como de animales por debajo
de la capacidad de carga de las tierras. Finalmente, sin embargo,
llega el día de ajustar cuentas, es decir, el día
en que se vuelve realidad la largamente soñada meta de
estabilidad social. En este punto, la lógica inherente
a los recursos comunes inmisericordemente genera una tragedia.
Como
un ser racional, cada pastor busca maximizar su ganancia. Explícita
o implícitamente, consciente o inconscientemente, se
pregunta, ¿cuál es el beneficio para mí de aumentar
un animal más a mi rebaño? Esta utilidad tiene
un componente negativo y otro positivo.
1.
El componente positivo es una función del incremento
de una animal. Como el pastor recibe todos los beneficios de
la venta, la utilidad positiva es cercana a +1.
2.
El componente negativo es una función del sobrepastoreo
adicional generado por un animal más. Sin embargo, puesto
que los efectos del sobrepastoreo son compartidos por todos
los pastores, la utilidad negativa de cualquier decisión
particular tomada por un pastor es solamente una fracción
de -1.
Al
sumar todas las utilidades parciales, el pastor racional concluye
que la única decisión sensata para él es
añadir otro animal a su rebaño, y otro más...
Pero esta es la conclusión a la que llegan cada uno y
todos los pastores sensatos que comparten recursos comunes.
Y ahí está la tragedia. Cada hombre está
encerrado en un sistema que lo impulsa a incrementar su ganado
ilimitadamente, en un mundo limitado. La ruina es el destino
hacia el cual corren todos los hombres, cada uno buscando su
mejor provecho en un mundo que cree en la libertad de los recursos
comunes. La libertad de los recursos comunes resulta la ruina
para todos.
Para
algunos esto puede ser un lugar común. ¡Ojalá
y lo fuera! En cierto sentido esto fue aprendido hace miles
de años, pero la selección natural favorece a
las fuerzas de la negación psicológica.8 El individuo
se beneficia como tal a partir de su habilidad para negar la
verdad incluso cuando la sociedad en su conjunto, de la que
forma parte, sufre. La educación puede contrarrestar
la tendencia natural de hacer lo incorrecto, pero la inexorable
sucesión de generaciones requiere que las bases de este
conocimiento sean refrescadas constantemente.
Un
simple incidente que sucedió hace pocos años en
Leominster, Masssachusetts, muestra cuan perecedero es este
conocimiento. Durante la época de compras navideñas,
los parquímetros de las zonas comerciales fueron cubiertos
con bolsas de plástico con la leyenda: "No abrir hasta
Navidad. Estacionamiento gratuito por parte del Alcalde y del
Consejo Municipal". En otras palabras, ante la perspectiva de
un aumento en la demanda del espacio, ya de por sí escaso,
los padres de la ciudad reinstituyeron el sistema de los recursos
comunes. (Cínicamente sospechamos que ganaron más
votos de los que perdieron con tan retrógrado acto).
De
manera similar la lógica de los recursos comunes ha sido
entendida por largo tiempo, quizás desde la invención
de la agricultura o de la propiedad privada en bienes raíces.
Pero ha sido comprendida principalmente en casos específicos
que no son suficientemente generalizables. Incluso en nuestros
días, ganaderos que rentan tierras nacionales en el Oeste
demuestran apenas una comprensión ambivalente al presionar
constantemente a las autoridades federales para que incrementen
el número de cabezas autorizadas por área hasta
un punto en el cual la sobreexplotación produce erosión
y dominio de malezas. De manera similar, los océanos
del mundo continúan sufriendo por la supervivencia de
la filosofía de los recursos comunes. Las naciones marítimas
todavía responden automáticamente a la contraseña
de "la libertad de los mares". Al profesar la creencia en los
"inagotables recursos de los océanos", colocan cerca
de la extinción, una tras otra, a especies de peces y
ballenas.9
Los
parques nacionales son otra instancia donde se muestra la forma
en que trabaja la tragedia de los recursos comunes. En el presente
se encuentran abiertos para todos, sin ningún límite.
Los parques en sí mismos tienen una extensión
limitada —sólo existe un Valle de Yosemite— mientras
que la población parece crecer sin ningún límite.
Los valores que los visitantes buscan en los parques son continuamente
erosionados. Es muy sencillo, debemos dejar de tratar a los
parques como recursos comunes... o muy pronto no tendrán
ningún valor para nadie.
¿Qué
debemos hacer? Tenemos varias opciones. Podemos venderlos como
propiedad privada. Podemos mantenerlos como propiedad pública,
pero asignando adecuadamente quien a de entrar. Esto debe ser
con base en la riqueza, a través del uso de un sistema
de adjudicación. También podría hacerse
con base en méritos, definidos por estándares
acordados. O podría ser por sorteo. O bien ser con base
en el sistema de que el primero que llega entra, administrado
a partir de filas. Estos, creo, son todos procedimientos objetables.
Pero entonces debemos escoger, o consentir la destrucción
de nuestros recursos comunes llamados parques nacionales.
La
contaminación
De
manera inversa, la tragedia de los recursos comunes reaparece
en los problemas de contaminación. Aquí el asunto
no es sacar algo de los recursos comunes, sino de ponerles algo
dentro —drenajes o desechos químicos, radioactivos o
térmicos en el agua; gases nocivos o peligrosos en el
aire; anuncios y señales perturbadoras y desagradables
en el panorama—. Los cálculos de los beneficios son muy
semejantes a los antes mencionados. El hombre razonable encuentra
que su parte de los costos de los desperdicios que descarga
en los recursos comunes es mucho menor que el costo de purificar
sus desperdicios antes de deshacerse de ellos. Ya que esto es
cierto para todos, estamos atrapados en un sistema de "ensuciar
nuestro propio nido", y así seguirá mientras actuemos
únicamente como libres empresarios, independientes y
racionales.
La
tragedia de concebir a los recursos comunes como una canasta
de alimentos se desvirtúa con la propiedad privada, o
con algo formalmente parecido. Pero el aire y el agua que nos
rodean no se pueden cercar fácilmente, por lo que la
tragedia de los recursos comunes al ser tratados como un pozo
sin fondo debe evitarse de diferentes maneras, ya sea por medio
de leyes coercitivas o mecanismos fiscales que hagan más
barato para el contaminador el tratar sus desechos antes de
deshacerse de ellos sin tratarlos. No hemos llegado más
lejos en la solución de este problema que en el primero.
De hecho, nuestro particular concepto de la propiedad privada,
que nos impide agotar los recursos positivos de la tierra, favorece
la contaminación. El dueño de una fábrica
a la orilla de un arroyo —cuya propiedad se extiende ala mitad
del mismo- con frecuencia tiene problemas para ver porqué
no es su derecho natural el ensuciar las aguas que fluyen frente
a su puerta. La ley, siempre un paso atrás de los tiempos,
requiere cambios y adecuaciones muy elaboradas para adaptarse
a este aspecto recientemente reconocido de los recursos comunes.
El
problema de la contaminación es una consecuencia de la
población. No importaba mucho la forma en que un solitario
pionero americano liberara sus desechos. "El agua corriente
se purifica a sí misma cada diez millas", solía
decir mi abuelo, y el mito estaba suficientemente cerca de la
verdad cuando él era niño, porque no había
mucha gente. Pero conforme la población se ha hecho más
densa, los procesos naturales de reciclado tanto biológicos
como químicos, están ahora saturados y exigen
una redefinición de los derechos de propiedad.
¿Cómo
legislar la moderación?
El
análisis del problema de la contaminación como
una función de la densidad de la población descubre
un principio de moralida no siempre reconocido; específicamente:
que la moralidad de un acto es una función del estado
del sistema en el momento en que se realiza.10 Usar los recursos
comunes como un pozo sin fondo no daña a la población
en general en zonas vírgenes o poco explotadas, simplemente
porque no existe dicha población; el mismo comportamiento
en una metrópolis es insostenible. Hace ciento cincuenta
años un hombre de las praderas podía matar un
bisonte americano, cortarle solamente la lengua para cenar y
desechar el resto del animal. No se podría considerar
en ningún sentido que fuera un desperdicio. Hoy en día,
cuando quedan sólo algunos miles de bisontes, nos sentiríamos
abrumados con este comportamiento.
De
paso, no tiene ningún valor que la moralidad de un acto
no pueda ser determinada a partir de una fotografía.
No se sabe si un hombre matando a un elefante o prendiéndole
fuego a un pastizal está dañando a otros hasta
que se conoce el sistema total dentro del que se incluye este
acto. "Una imagen vale por mil palabras", dijo un anciano chino;
pero se llevaría diez mil palabras validar esto. Resulta
tentador tanto para los ambientalistas como para los reformadores
en general, el tratar de persuadir a otros por medio de imágenes
fotográficas. Pero la esencia del argumento no puede
ser fotografiada; debe ser presentada racionalmente: en palabras.
El
que la moralidad es sensible a los sistemas escapó a
muchos codificadores de la ética en el pasado. "No se
debe.." es la forma tradicional de las directrices éticas
que no abren posibilidades a las circunstancias particulares.
Las leyes de nuestra sociedad siguen el patrón de la
ética antigua, y por tanto, se adaptan pobremente para
gobernar un mundo complejo, altamente poblado y cambiante. Nuestra
solución epicíclica es abultar la ley estatutaria
con la ley administrativa. Puesto que resulta prácticamente
imposible mencionar todas las condiciones bajo las cuales es
seguro quemar basura en el patio trasero o manejar un coche
sin control anticontaminante, con las leyes delegamos los detalles
a las oficinas. El resultado es una ley administrativa, la cual
es lógicamente temida por la vieja razón —¿Quis
custodiet ipsos custodes? ¿Quién ha de vigilar a
los propios vigilantes—. John Adams señaló que
debemos tener un "gobierno de leyes y no de hombres". Los administradores,
al tratar de evaluar la moralidad de los actos en la totalidad
del sistema, están singularmente expuestos a la corrupción,
generando un gobierno de hombres y no de leyes.
La
prohibición es fácil de legislar (pero no necesariamente
fácil de imponer); pero ¿cómo legislar la moderación?
La experiencia indica que ésta puede ser alcanzada mejor
a través de la acción de la ley administrativa.
Limitamos innecesariamente las posibilidades si suponemos que
los sentimientos de Quis custodiet nos niegan el uso
de la ley administrativa. Deberíamos mejor tener la frase
como un perpetuo recordatorio de temibles peligros que no podemos
evitar. El gran reto que tenemos ante nosotros es cómo
inventar las retroalimentaciones correctivas que se requieren
para mantener honestos a nuestros guardianes. Debemos encontrar
maneras de legitimar la necesaria autoridad tanto para los custodios
como para las retroalimentaciones correctivas.
La
libertad de reproducción es intolerable.
La
tragedia de los recursos comunes se relaciona con los problemas
de población de otra manera. En un mundo regido únicamente
por el principio de "perro come perro" -si en efecto alguna
vez existió tal mundo- el número de hijos por
familia no sería un asunto público. Los padres
que se reprodujeran escandalosamente dejarían menos descendientes,
y no más, porque serían incapaces de cuidar adecuadamente
a sus hijos. David Lack y otros han encontrado que esa retroalimentación
negativa controla de manera demostrable la fecundidad de los
pájaros.11 Pero los hombres no son pájaros, y
no han actuado como ellos por milenios, cuando menos.
Si
cada familia humana dependiera exclusivamente de sus propios
recursos, si los hijos de padres no previsores murieran de hambre,
si, por lo tanto, la reproducción excesiva tuviera su
propio "castigo" para la línea germinal: entonces no
habría ninguna razón para que el interés
público controlara la reproducción familiar. Pero
nuestra sociedad está profundamente comprometida con
el estado de bienestar, 12 y por tanto confrontada con otro
aspecto de la tragedia de los recursos comunes.
En
un estado de bienestar ¿cómo tratar con la familia, la
religión, la raza o la clase (o bien con cualquier grupo
cohesivo y distinguible) que adopte a la sobrerreproducción
como política para asegurar su propia ampliación?13
Equilibrar el concepto de libertad de procreación con
la creencia de que todo el que nace tiene igual derecho sobre
los recursos comunes es encaminar al mundo hacia un trágico
destino.
Desafortunadamente
ese es justamente el curso que persiguen las Naciones Unidas.
A fines de 1967, unas treinta naciones acordaron lo siguiente:
"La declaración Universal de los Derechos Humanos describe
a la familia como la unidad natural y fundamental de la sociedad.
Por consecuencia, cualquier decisión en relación
con el tamaño de la familia debe residir irrevocablemente
en la propia familia, y no puede ser asumida por nadie más".14
Es
doloroso tener que negar categóricamente la validez de
este derecho; al negarlo, uno se siente tan incómodo
como un habitante de Salem, Massachusetts, al negar la existencia
de las brujas en el siglo XVII. En el presente, en los cuarteles
liberales, algo como un tabú actúa para inhibir
la crítica a las Naciones Unidas. Existe un sentimiento
de que Naciones Unidas son nuestra "última y mejor esperanza",
y que no debemos encontrar fallas en ella; de que no debemos
caer en manos de archiconservadores. Sin embargo, no hay que
olvidar lo que dijo Robert Louis Stevenson: "La verdad que es
negada por los amigos es arma pronta para el enemigo". Si amamos
la verdad debemos negar abiertamente la validez de la Declaración
de los Derechos Humanos, aun cuando sea promovida por las Naciones
Unidas. Deberíamos unirnos a Kingsley Davis15 en el intento
de tener una población mundial planificada por los padres
para ver el error en sus opciones al abrazar el mismo trágico
ideal.
La
conciencia es autoeliminante
Es
un error pensar que podemos controlar el crecimiento de la humanidad
en el largo plazo haciendo un llamado a la conciencia. Charles
Galton Darwin señaló esto cuando habló
en el centenario de la publicación del gran libro de
su abuelo. El argumento es claro y darwiniano.
La
gente varía. Al confrontarse con los llamamientos para
limitar la reproducción, algunas gentes indudablemente
responderán más que otros a la súplica.
Aquellos que tengan más hijos producirán una fracción
más grande para la siguiente generación que aquellos
con conciencias más susceptibles. Las diferencias se
acentuarán, generación tras generación.
En
palabras de C. G. Darwin: "Bien puede tomar cientos de generaciones
para que el instinto progenitivo se desarrolle en este sentido,
pero de lograrse, la naturaleza ya habría cobrado venganza,
y la variedad Homo contracipiens se habría extinguido
y habría sido remplazada por la variedad Homo progenitivus"16.
El
argumento supone que la conciencia o el deseo de tener hijos
(no importa cuál) es hereditario, pero hereditario solamente
en el sentido formal más general. El resultado será
el mismo si la actitud es transmitida a través de las
células germinales o extrasomáticamente, para
usar el término de A. J. Lotka. (Si se niega la segunda
posibilidad al igual que la primera, entonces ¿cuál es
el sentido de la educación?) El argumento aquí
ha sido señalado dentro del contexto del problema demográfico,
pero es válido igualmente para cualquier situación
en la que la sociedad inste a un individuo que explota los recursos
comunes a que se restrinja por el bien general, por medio de
su conciencia. Hacer ese llamado es montar un sistema selectivo
que trabaje por la eliminación de la conciencia de la
raza.
Efectos
patogénicos de la conciencia
Las
desventajas a largo plazo de un llamado a la conciencia deberían
ser suficientes par condenarlo; pero también tiene serias
desventajas en el corto plazo. Si le pedimos a un hombre que
está explotando los recursos comunes que desista de hacerlo
"en nombre de la conciencia" ¿qué estamos haciendo? ¿qué
está escuchando? —no sólo en el momento sino también
en las pequeñísimas horas de la noche cuando,
medio dormido, recuerda no solamente las palabras que le dijimos,
sino las pistas de comunicación no verbal que le dimos
sin percatarnos—. Tarde o temprano, consciente o subconscientente,
este hombre percibe que ha recibido dos comunicados, y que son
contradictorios: 1. (el comunicado pretendido) "Si no haces
lo que te pedimos, te condenaremos abiertamente por no actuar
como un ciudadano responsable". 2. (el comunicado no pretendido)
"Si te comportas como te pedimos, secretamente te condenaremos
como un tonto que puede ser humillado a tal punto de hacerse
a un lado mientras el resto de nosotros explota los recursos
comunes".
Todo
hombre se encuentra atrapado en lo que Bateson ha llamado un
"doble mensaje" como un importante factor causal en la génesis
de la esquizofrenia.17 El mensaje doble puede no ser siempre
tan dañino, pero constantemente amenaza la salud mental
de cualquiera que lo recibe. "Una mala conciencia —dijo Nietzche—
es una clase de enfermedad".
Conjurar
la conciencia de los demás es tentar a cualquiera que
desee extender su control más allá de los límites
legales. Los líderes en los más altos niveles
sucumben a esta tentación. ¿Ha evitado algún presidente
durante las últimas generaciones caer en llamados a los
sindicatos para que voluntariamente moderen sus demandas por
mejores salarios, o a las compañías acereras para
que bajen voluntariamente sus precios? No puedo recordar ninguno.
La retórica utilizada en dichas ocasiones está
diseñada para producir sentimientos de culpa en los no
cooperadores.
Por
siglos se asumió sin prueba que la culpa era un valioso,
incluso casi indispensable, ingrediente de la vida civilizada.
Ahora, en este mundo postfreudiano, lo dudamos.
Paul
Goodman habla desde un punto de vista moderno cuando dice: "Nada
bueno ha salido del sentimiento de culpa, ni inteligencia, ni
política, ni compasión. Los que sienten culpa
no prestan atención al objeto, sino solamente a sí
mismos, y ni siquiera a sus propios intereses, lo que podría
tener sentido, sino a sus ansiedades".18
Uno
tiene que ser un psiquiatra profesional para ver las consecuencias
de la ansiedad. Nosotros en Occidente estamos emergiendo apenas
de una espantosa etapa de dos siglos de oscurantismo de Eros
que estuvieron sustentados parcialmente en leyes prohibitivas,
pero quizás más efectivamente en los mecanismos
educativos generadores de ansiedad. Alex Comfort ha contado
bien la historia en The Anxiety Makers19 y no es una
historia agradable.
Puesto
que la prueba es difícil podríamos incluso conceder
que los resultados de la ansiedad pueden, en algunos casos,
desde cierto punto de vista, ser deseables. La pregunta más
amplia que debemos hacernos es si, como un asunto de política,
deberíamos alguna vez propiciar el uso de una técnica
cuya tendencia (sino su intención), es psicológicamente
patogénica. Oímos hablar mucho en estos días
sobre la paternidad responsable; el par de palabras son incorporados
en los títulos de algunas organizaciones dedicadas al
control natal. Algunas gentes han propuesto campañas
masivas de propaganda para inculcar la responsabilidad en los
futuros reproductores de la nación (o del mundo). ¿Pero
cuál es el sentido de la palabra conciencia? Cuando utilizamos
la palabra responsabilidad en ausencia de sanciones sustanciales,
¿no estamos tratando de intimidar a un hombre que se encuentra
en los recursos comunes para que actúe en contra de su
propio interés? La responsabilidad es una falsedad verbal
para un quid pro quo sustancial. Es un intento para obtener
algo por nada.
Si
la palabra responsabilidad se llega a usar, sugiero que debe
ser en el sentido en que Charles Fraenkel la usaba.20 "Responsabilidad
—dice este filósofo—, es el producto de arreglos sociales
definidos".
Observen
que Fraenkel habla de arreglos sociales, no de propaganda.
Coerción
mutua, mutuamente acordada
Los
arreglos sociales que producen responsabilidad son arreglos
que generan coerción de algún tipo. Considérese
el robo de un banco. El hombre que se lleva el dinero del banco
actúa como si el banco fuera parte de los recursos comunes.
¿Cómo prevenir tal acción? Ciertamente no intentando
controlar su comportamiento exclusivamente con base en llamados
verbales a su sentido de responsabilidad. En vez de basarnos
en propaganda seguimos el consejo de Fraenkel e insistimos en
que el banco no forma parte de los bienes comunes; buscamos
arreglos sociales definidos que mantendrán al banco fuera
de ese ámbito. El que al hacer esto infringimos la libertad
de los ladrones potenciales, no lo negamos ni lo lamentamos.
La
moralidad de un asalto a un banco es particularmente fácil
de entender porque aceptamos la prohibición total de
esta actividad. Estamos de acuerdo en decir "No robarás
un banco", sin excepciones. Pero la moderación también
puede ser generada por medio de la coerción. El cobro
de impuestos es un buen medio coercitivo. Para mantener a los
compradores moderados en el uso de espacios de estacionamiento
en el centro de la ciudad, colocamos parquímetros para
periodos cortos y multas de tráfico para periodos largos.
Realmente no necesitamos prohibirle al ciudadano estacionarse
tanto tiempo como desee simplemente necesitamos que sea cada
vez más caro hacerlo. No es la prohibición, sino
opciones cuidadosamente orientadas las que le ofrecemos. Un
hombre de la Avenida Madison puede llamarlo persuasión;
yo prefiero el mayor candor de la palabra coerción.
Coerción
es una palabra sucia para la mayoría de los liberales
de hoy, pero no necesita serlo por siempre. Como en el caso
de otras palabras, su suciedad puede limpiarse por medio de
la exposición a la luz, es decir, diciéndola una
y otra vez sin apología o vergüenza. Para muchos,
la palabra coerción implica decisiones arbitrarias de
burócratas distantes e irresponsables; pero esto no es
necesariamente parte de su significado. La única clase
de coerción que yo recomiendo es la coerción mutua,
mutuamente acordada por la mayoría de las personas afectadas.
Decir
que acordamos la mutua coerción no es decir que requerimos
disfrutarla o incluso, pretender disfrutarla. ¿Quién
disfruta los impuestos? Todos nos quejamos de ellos. Pero aceptamos
los impuestos obligatorios porque reconocemos que los impuestos
voluntarios favorecerían la inconsciencia. Instituimos
y (gruñendo) apoyamos los impuestos y otros medios coercitivos
para escapar de los horrores de los recursos comunes.
Una
alternativa a los recursos comunes no necesita ser perfectamente
justa para ser preferible. Con bienes raíces u otros
bienes materiales, la alternativa que hemos escogido es la institución
de la propiedad privada emparejada con la herencia legal. ¿Es
este un sistema perfectamente justo? Como biólogo entrenado
en genética niego que el sistema lo sea. Me parece, que
sí deben existir diferencias entre las herencias de los
individuos, la posesión legal debería estar perfectamente
correlacionada con la herencia biológica —que aquellos
individuos que son biológicamente más aptos para
ser custodios de la propiedad y del poder deberían legalmente
heredar más—. Pero la recombinación genética
hace continuamente burla de la doctrina "de tal padre, tal hijo"
implícita en nuestras leyes de herencia legal. Un idiota
puede heredar millones, y los fondos de una empresa pueden mantenerse
intactos. Debemos admitir que nuestro sistema legal de propiedad
privada más herencia es injusto, pero nos quedamos con
él porque no estamos convencidos, por el momento, de
que alguien haya inventado un sistema mejor. La alternativa
de los recursos comunes es demasiado aterradora para contemplarse.
La injusticia es preferible a la ruina total.
Esta
es una de las peculiaridades del enfrentamiento entre la reforma
y el status quo que está irreflexivamente gobernada por
una doble norma. Frecuentemente una reforma es derrotada cuando
sus oponentes encuentran triunfalmente una falla en ella. Como
lo señaló Kingsley Davis21 los creadores del status
quo suponen algunas veces que ninguna reforma es posible sin
un acuerdo unánime, una suposición contraria a
los hechos históricos. Tan claro como lo puedo poner,
el rechazo automático a las reformas propuestas se basa
en dos suposiciones inconscientes: 1) que el status quo es perfecto;
o bien 2) que la elección que encaramos es entre la reforma
y la no acción; si la reforma propuesta es imperfecta,
supuestamente no deberíamos tomar decisión alguna,
y esperar una propuesta perfecta.
Pero
no podemos dejar de hacer algo. Eso que hemos hecho por cientos
de años es también acción. Claro que produce
males. Una vez que estamos prevenidos de que el status quo es
una acción podremos descubrir las ventajas y desventajas
de la reforma propuesta, haciendo la mejor aritmética
posible dada nuestra falta de experiencia.
Con
base en esa comparación, podemos tomar una decisión
racional que no involucrará la suposición inmanejable
de que sólo los sistemas perfectos son tolerables.
Reconocimiento
de la necesidad
Quizás
el resumen más sencillo del problema de la población
humana es el siguiente: los recursos comunes, si acaso justificables,
son justificables solamente bajo condiciones de baja densidad
poblacional. Conforme ha aumentado la población humana
han tenido que ser abandonados en un aspecto tras otro.
Primero
abandonamos los recursos comunes en recolección de alimentos,
cercando las tierras de cultivo y restringiendo las áreas
de pastoreo, caza y pesca. Estas restricciones no han terminado
aún en todo el mundo.
De
alguna manera, poco después vimos que los recursos comunes
como áreas para deposición de basura también
tenían que ser abandonados. Las restricciones para la
eliminación de desechos domésticos en el drenaje
son ampliamente aceptadas en el mundo occidental; continuamos
en la lucha para cerrar esos espacios a la contaminación
por automóviles, fábricas, insecticidas en aerosol,
aplicación de fertilizantes y centrales de energía
atómica.
En
un estado aún más embrionario se encuentra nuestro
reconocimiento a los peligros de los recursos comunes en cuestiones
de esparcimiento. Casi no existen restricciones a la propagación
de ondas de sonido en el medio público. El consumidor
es asaltado por música demencial sin su consentimiento.
Nuestro gobierno ha gastado miles de millones de dólares
en la creación de transporte supersónico que podría
molestar a 50,000 personas por cada individuo transportado de
costa a costa tres horas más rápido. Los anuncios
ensucian y las ondas de radio y televisión contaminan
la vista de los viajeros. Estamos muy lejos de prohibir los
recursos comunes para cuestiones de recreación. ¿Se deberá
esto a nuestra herencia puritana, que nos hace considerar el
placer como un pecado y el dolor (en este caso la contaminación
de la publicidad) como un signo de virtud?
Cada
nueva restricción en el uso de los recursos comunes,
implica restringir la libertad personal de alguien. Las restricciones
impuestas en un pasado distante son aceptadas porque ningún
contemporáneo se queja por su pérdida. Es a las
recientemente propuestas a las que nos oponemos vigorosamente;
los gritos de "derechos" y de "libertad" llenan el aire. ¿Pero
qué significa libertad? Cuando los hombres mutuamente
acordaron instaurar leyes contra los robos, la humanidad se
volvió más libre, no menos. Los individuos encerrados
en la lógica de los recursos comunes son libres únicamente
para traer la ruina universal; una vez que ven la necesidad
de la coerción mutua, quedan libres para perseguir nuevas
metas. Creo que fue Hegel quien dijo: "La libertad es el reconocimiento
de la necesidad".
El
aspecto más importante de la necesidad que debemos ahora
reconocer es la necesidad de abandonar los recursos comunes,
en la reproducción. Ninguna solución técnica
puede salvarnos de las miserias de la sobrepoblación.
La libertad de reproducción traerá ruina para
todos. Por el momento, para evitar decisiones difíciles
muchos de nosotros nos encontramos tentados para hacer campañas
de concientización y de paternidad responsable. Podemos
resistir la tentación porque un llamado a la actuación
de conciencias independientes selecciona la desaparición
de toda conciencia a largo plazo, y aumenta la ansiedad en el
corto.
La
única manera en que nosotros podemos preservar y alimentar
otras y más preciadas libertades es renunciando a la
libertad de reproducción, y muy pronto. "La libertad
es el reconocimiento de la necesidad", y es el papel de la educación
revelar a todos la necesidad de abandonar la libertad de procreación.
Solamente así podremos poner fin a este aspecto de la
tragedia de los recursos comunes.
Notas
1.
J. B.Wiesner y H. F. York. Scientific American 211 (4),
27, 1964.
2.
G. Hardin, Journal of Heredity 50, 68 (1959), S. von
Hoernor, Science 137, 18 (1962).
3.
J. von Neumann y O. Morgenstern, Theory of Games and Economic
Behavior (Princenton University Press, Princenton, N. J.,
1947), p. 11.
4.
J. H. Fremlin, New Scientist, núm. 415 (1964),
p.285.
5.
A. Smith, The Wealth of Nations (Modern Library, New
York, 1937), p. 423 (Hay traducción del Fondo de Cultura
Económica, México).
6.
W. F. Lloyd, Two Lectures on the Checks to Population
(Mentor, New York, 1948), p. 17.
7.
A. N. Whitehead, Science and the Modern World (Mentor,
New York, 1948), p.17
8.
G. Hardin (ed.), Population, Evolution, and Birth Control (Freeman, San Francisco, Cal., 1964)
9.
McVay, Scientific American 216 (núm.8), 13 (1966).
10.
J. Fletcher, Situation Ethics (Westminster, Philadelphia,
1966)
11.
D. Lack, The Natural Regulation of Animal Numbers (Clarendon
Press, Oxford England, 1954).
12.
H. Girvetz, From Wealth to Welfare (Stanford University
Press, Stanford, Cal., 1950).
13.
G. H. Perspectives in Biology and Medicine, 6, 366 (1963).
14.
U. Thant, International Planned Parenthood News, núm.
168 (febrero de 1968)
15.
K. Davis, Science 158, 730 (1967)
16.
S. Tax (ed.) Evolution After Darwin (University of Chicago
Press, Chicago, 1960), vol. 2, p. 469.
17.
G. Beteson, D. D. Jackson, J. Haley, J. Weakland, Behavioral
Science, 1, 251 (1956).
18.
P. Goodman, New York Review of Books 10 (8), 22 (23 de
mayo de 1968).
19.
A. Comfort, The Anxiety Makers (Nelson, Londres, 1967).
20.
C. Frankel, The Case for Modern Man (Harper & Row,
New York, 1955), p.203.
21.
Véase J. D. Roslansky, Genetics and the Future of
Man (Appleton-Century-Crofts, New York, 1966), p. 177.