Esquemas
institucionales para el manejo exitoso de recursos comunes
Elinor
Ostrom*
*
Center for the Study of Institutions, Populations, and Environmental
Change. Workshop in Political Theory and Policy Analysis Indiana
University, 408 North Indiana, Bloomington, Indiana 47408, E.U.A.
Teléfono: 812-855-2230, fax: 812-855-2634. Correo electrónico:
cipec@indiana.edu
Este
trabajo fue presentado por Ostrom en la Conferencia sobre Instituciones
Locales y manejo de los Bosques: Cómo puede la Investigación
hacer la Diferencia, realizada en Bogor, Indonesia, durante
los días 19 al 21 de noviembre de 1997. La autora agradece
el apoyo central otorgado por el Forest, Trees, and People Program
de la Organización para la Agricultura y la Alimentación
(FAO, por sus siglas en inglés) y de la National Science
Foundation (SBR 9521918).Traducción de Daniel Ruiz Sandoval
V.
Los
recursos comunes son sistemas que generan cantidades finitas
de producto, de tal manera que su uso por una persona disminuye
la cantidad disponible para otros (E. Ostrom, Gardner, Walker
1994). La mayoría de estos recursos, son lo suficientemente
grandes para permitir su utilización simultánea
debido a múltiples factores con altos costos de exclusión
de beneficiarios potenciales. Cuando las unidades del recurso
(por ejemplo, agua) son altamente valoradas y muchos actores
se benefician de su apropiación para el consumo (cosecha),
intercambio, o como factor de producción, es muy probable
que las apropiaciones realizadas por un individuo generen externalidades
negativas para otros.
La
"tragedia de los comunes" ocurrirá, por lo
tanto, en recursos comunes del libre acceso donde los involucrados
y/o autoridades externas no establezcan un régimen efectivo
de manejo. Estos últimos regulan uno ó más
de los siguientes aspectos:
· Quién
está autorizado para apropiarse de unidades del recurso;
· El
tiempo, cantidad, localización y tecnología de
la apropiación;
· Quién
está obligado a contribuir para proporcionar o mantener
el sistema de aprovechamiento mismo;
· Las
modalidades de supervisión y mantenimiento de las actividades
de apropiación;
· La
manera en que los conflictos sobre la apropiación y el
manejo deben resolverse; y
· La
manera en que las reglas que afectan los puntos mencionados
cambian a través del tiempo de acuerdo con el desempeño
del sistema de manejo y de las estrategias de los participantes.
Un
recurso común autogestionario es aquel donde los actores,
que son usuarios principales del mismo, se involucran a lo largo
del tiempo en el diseño y adaptación de reglas
dentro de esquemas de opción colectiva relacionados con
la inclusión o exclusión, estrategias de apropiación,
obligaciones de los participantes, supervisión y penalización,
y resolución de conflictos. Algunos recursos comunes
extremadamente remotos son manejados totalmente por los usuarios
sin ninguna intervención de autoridades externas. Sin
embargo, en la mayoría de las economías políticas
modernas, es raro encontrar algún sistema de manejo (incluyendo
las tesorerías de corporaciones privadas con fines de
lucro) que sean gobernadas totalmente por los participantes
sin reglas elaboradas por autoridades locales, regionales, nacionales,
e internacionales que también afectan decisiones clave
(V. Ostrom 1991, 1997). Por ello, en un sistema autogestionario,
los participantes elaboran muchas de las reglas que afectan
la sustentabilidad del sistema y su uso, pero no necesariamente
todas.
La
teoría convencional sobre los recursos comunes
Desde
los primeros estudios relevantes sobre el libre acceso a las
pesquerías realizados por Gordon (1954) y Scott (1955),
la mayoría de los estudios teóricos elaborados
por economistas políticos han analizado los sistemas
simples de recursos comunes utilizando supuestos relativamente
similares (Feeny, Hanna, MacEvoy 1996). En estos sistemas se
supone que el recurso genera una cantidad finita altamente predecible
de unidades (por ejemplo, una especie) durante cada periodo.
Se considera que los usuarios son homogéneos en términos
de sus activos, capacitación, tasas de descuento, y cultura.
También se supone que maximizan su ganancia en un corto
plazo y cuentan con la información completa. En esta
teoría, cualquiera puede incorporarse al sistema
y apropiarse de unidades del recurso. Los usuarios tienen derechos
de propiedad únicamente sobre lo que cosechan, que venden
en un mercado competitivo abierto. La condición de libre
acceso está dada. Los usuarios no hacen ningún
esfuerzo para cambiarla. Actúan independientemente y
no se comunican o coordinan sus actividades de manera alguna.
"En
este contexto, como lo demuestra el incisivo análisis
de Gordon y Scott, cada pescador tomará en cuenta solamente
sus propios costos e ingresos marginales ignorando el hecho
de que los incrementos en su captura afectan los rendimientos
del esfuerzo para otros pescadores, así como la salud
del acervo futuro de peces... El resultado es la disipación
de la renta económica sobre producción económica,
que probablemente conduzca a la sobreproducción ecológica"
(Feeny, Hanna, MacEvoy 1996: 189).
Muchos
libros de texto sobre economía de los recursos naturales
y economía institucional presentan la teoría convencional
del recurso común simple como la única teoría
necesaria para entender de manera general la dinámica
de los recursos comunes para un enfoque diferente (véase
Dasgupta y Heal 1979 así como Baland y Platteau 1996).
Con el uso creciente de la teoría de los juegos, la apropiación
de recursos comunes se representa frecuentemente como un juego
sin repetición o repetición finita, es decir,
un juego de dilema del prisionero (Dawes 1963; Dasgupta y Heal
1979). Estos modelos formalizan el problema de manera diferente
pero no cambian ninguno de los supuestos teóricos básicos
sobre la producción finita y predecible de unidades del
recurso, información completa, homogeneidad de los usuarios,
maximización de las ganancias esperadas, y la ausencia
de interacción entre los mismos e incapacidad para cambiar
sus instituciones.
La
existencia de un número considerable de ejemplos empíricos
donde la ausencia de derechos de propiedad y la independencia
de los actores capturaba la esencia del problema enfrentado
por los usuarios, fue la causa de que la aplicabilidad general
de la teoría no fuera cuestionada sino hasta mediados
de los ochenta. La desertificación del Subsahara, la
reforestación masiva de los países tropicales,
y el colapso de la pesquería de sardina californiana,
así como otros recursos marinos confirmaban las peores
predicciones derivadas de esta teoría para muchos académicos.
El dramático artículo de Garrett Hardin (1968)
publicado en la revista Science convenció a muchos
no economistas de que esta teoría capturaba la esencia
del problema de la mayoría de los recursos comunes en
el mundo. La creencia de que los usuarios se encuentran atrapados
en estos dilemas propició repetidas recomendaciones para
la imposición de esquemas institucionales diferentes
por parte de autoridades externas. Algunos recomiendan la propiedad
privada como la forma más eficiente de apropiación
(Demsetz 1967; Posner 1977; Simmons, Smith, y Georgia 1996).
Otros proponen la propiedad y el control gubernamental (Ophuls
1973). Implícitamente, estos teóricos suponen
que los reguladores actuarán de acuerdo con el interés
público y entenderán cómo funcionan los
sistemas ecológicos y cómo hacer cambiar las instituciones
con objeto de inducir un comportamiento social óptimo
(Feeny, Hanna MacEvoy 1996: 189).
La
posibilidad de que los usuarios encuentren modalidades propias
de autorganización, sólo ha sido considerada hasta
fecha reciente en la bibliografía económica. La
organización destinada a la creación de reglas
que especifican los derechos y deberes de los participantes,
equivale a la creación de un bien público para
los involucrados. Cualquiera que sea incluido en la comunidad
de usuarios se beneficia de este bien público ya sea
que contribuya o no. Por lo tanto, "salir del atolladero",
es en sí mismo un dilema de segundo nivel. Además,
la inversión en actividades de supervisión y penalización
para incrementar la probabilidad de que los participantes sigan
los acuerdos que han establecido, también genera un bien
público. Por ello, estas inversiones representan un dilema
de tercer nivel. Debido a que el problema inicial reside principalmente
en que los individuos están atrapados en una situación
en la cual generan externalidades negativas mutuas, no es coherente
con la tecnología convencional que ellos resuelvan un
dilema de segundo y tercer nivel para abordar el dilema de primer
nivel bajo análisis.
Hasta
la publicación de los trabajos del panel sobre propiedad
común de la Academia Nacional de Ciencias de los E.U.,
la teoría básica discutida anteriormente se aplicaba
a todos los recursos comunes sin considerar la capacidad de
los usuarios para comunicarse y coordinar sus actividades. La
evidencia creciente proporcionada por numerosos estudios de
campo obligó a un replanteamiento fundamental de las
bases teóricas para el análisis de los recursos
comunes (véase Berkes 1986, 1989; Berkes et al. 1989;
Bromley et al. 1992; McCay y Anderson 1987). La consecuencia
de estos estudios de caso no es cuestionar la validez empírica
de la teoría convencional, sino su generalidad.
Autogestión
de recursos comunes en la práctica
En
la práctica muchos recursos comunes se caracterizan por
niveles de complejidad considerablemente mayores que el planteado
por la teoría básica de usuarios homogéneos
aprovechando un sistema de recursos que genera un flujo predecible
de unidades. Como se dijo antes, la rica bibliografía
sobre estudios de caso, ilustra una amplia variedad de situaciones
en las que los usuarios de recursos comunes se han organizado
para obtener resultados mucho más satisfactorios que
los previstos por la teoría descrita más arriba
(Cordell 1989; Wade 1994; Rudle y Johannes 1985; Sengupta1991).
Los
sistemas de irrigación a pequeña y mediana escala
reproducen estas condiciones de manera más cercana que
muchos recursos biológicos y, por lo tanto, constituyen
un escenario apropiado para examinar estos patrones de relaciones
cuantitativamente. Una unidad de recurso - agua - es el objeto
de los esfuerzos para organizar y coordinar actividades. Investigaciones
recientes sobre sistemas de irrigación pequeños
y medianos en Nepal indican la existencia de diferencias considerables
entre el desempeño de aquellos sistemas cuyos propietarios
y administradores son los productores mismos, y los sistemas
cuya propiedad y operación (pero en algunos casos no
la administración) reside en un organismo gubernamental.
Si
bien en Nepal la mayoría de los productores son propietarios
de la tierra, la superficie de sus parcelas es menor a una hectárea.
Sus preferencias son relativamente homogéneas en cuanto
a la obtención de agua para la producción de arroz
durante la temporada de monzones y el invierno, así como
para otros cultivos en la primavera. Los agricultores nepaleses
han gozado desde hace mucho tiempo de la autoridad para construir
y mantener sus propios sistemas, al igual que para supervisar
y hacer respetar las reglas (véase Benjamin et al. 1994;
Lam, Lee, y Ostrom 1997). Los sistemas de irrigación
construidos y mantenidos por los agricultores tienden a utilizar
técnicas de construcción rústicas incluyendo
diques temporales de lodo, árboles y piedras. Las organizaciones
de ayuda internacional han proporcionado financiamiento en montos
considerables a las instituciones gubernamentales con el fin
de mejorar la ingeniería de estos sistemas.
En
un detallado análisis de datos provenientes de 150 sistemas
de irrigación manejados por agricultores y entidades
gubernamentales de Nepal, W.F. Lam (1994), define tres medidas
de desempeño: 1) el estado físico de los sistemas
de irrigación; 2) la cantidad de agua disponible para
los agricultores en distintas estaciones del año y, 3)
la productividad agrícola de los sistemas. Utilizando
técnicas de análisis de regresión múltiple
para controlar las diferencias ambientales entre los sistemas,
Lam identificó un grupo de variables significativamente
relacionadas con las variables dependientes mencionadas. Una
es la forma de manejo del sistema. Manteniendo las otras variables
constantes, los sistemas de irrigación manejados por
los agricultores mismos, muestran valores significativamente
más altos en los tres parámetros de desempeño.
Esta variable es la que tiene el mayor peso explicativo que
cualquiera de las otras en el análisis de Lam, incluyendo
el tamaño físico del sistema, las características
del terreno, y el número de agricultores.
Por
lo tanto, los agricultores con derechos de propiedad a largo
plazo, que pueden comunicarse, establecer sus propios acuerdos,
definir las posiciones de los supervisores, y sancionar a aquellos
que no se someten a sus propias reglas, tienen mayores probabilidades
de producir más arroz, distribuir el agua con mayor equidad,
y dar un mejor mantenimiento a sus sistemas, que bajo administración
gubernamental. Aunque los resultados varían en el caso
de estos sistemas nepaleses, y también entre los 47 sistemas
autogestionarios de las Filipinas descritos por De Los Reyes
(1980), muy pocos funcionan tan deficientemente como los sistemas
gubernamentales, manteniendo otras variables constantes. Mientras
que muchos de estos sistemas utilizan una ingeniería
altamente sofisticada, la capacidad de los agricultores para
incrementar la producción en sus "sistemas primitivos",
a la vez que proporcionan el trabajo necesario para mantener
y operar el sistema, es particularmente notable.
Acerca
del origen de la autogestión en los recursos comunes
La
evidencia obtenida en estudios de caso en campo cuestiona, entonces,
la generalidad de la teoría convencional. Si bien tiene
éxito en la predicción de resultados en escenarios
donde los usuarios están enajenados entre sí,
o no se pueden comunicar con eficacia, no proporciona una explicación
para los escenarios donde los usuarios son capaces de establecer
y mantener acuerdos para evitar problemas serios de sobrexplotación.
Tampoco explica de manera satisfactoria las condiciones en que
la propiedad gubernamental tendrá un desempeño
satisfactorio o la manera en que la privatización mejorará
los resultados. Todavía no existe una teoría reformulada
y totalmente articulada que incluya a la teoría convencional
como un caso especial. Por otro lado, los académicos
familiarizados con los resultados de las investigaciones de
campo coinciden mayoritariamente en un grupo de variables que
incrementan la probabilidad de los usuarios autoorganizados
para evitar las pérdidas sociales asociadas al libre
acceso de los recursos comunes (McKean 1992, 1996; Wade 1994;
Sclager 1990; Tang 1992; E. Ostrom 1990, 1992; Baland y Platteau
1996: E. Ostrom, Gardner, y Walker 1994). Existe un consenso
considerable basado en los trabajos de Ostrom (1992b: 298-99)
y Baland y Plateau (1996:286-89) acerca de que los siguientes
atributos de los recursos y sus usuarios incrementan la probabilidad
para la formación de asociaciones autogestionarias.
Atributos
del recurso:
R1. Factibilidad
de mejoramiento: El recurso no se encuentra en un estado de
deterioro que hace inútil la organización o en
una situación de subutilización que hace mínimas
las ventajas de organizarse.
R2. Indicadores:
Se cuenta con indicadores confiables sobre la condición
del recurso con suficiente frecuencia y a bajo costo.
R3. Predictibilidad:
El flujo de unidades del recurso es relativamente predecible
.
R4. Extensión
espacial: El sistema de recursos es lo suficientemente pequeño,
la tecnología de transporte y comunicación en
uso, para que los usuarios desarrollen un conocimiento preciso
sobre los límites externos y los microambientes internos.
Atributos
de los usuarios:
A1. Prominencia:
Los usuarios dependen del sistema de recursos para obtener la
mayor parte de su sustento.
A2. Entendimiento
común: Los usuarios comparten una imagen de la manera
en que el sistema de recursos opera (atributos R1, 2, 3 y 4
enunciados arriba) y como sus acciones afectan a los otros y
al sistema de recursos.
A3. Tasa
de descuento: Los usuarios utilizan una taza de descuento suficientemente
baja en relación con los beneficios futuros que obtendrán
del recurso.
A4. Distribución
de intereses: Los usuarios con mayores activos económicos
y políticos se ven afectados de manera similar por la
ausencia de esquemas coordinados de apropiación y uso.
A5. Normas
de confianza, reciprocidad y penalización: Los usuarios
tienen confianza mutua para mantener sus promesas y se relacionan
entre ellos con reciprocidad.
A6. Autonomía:
Los usuarios son capaces de determinar las reglas de acceso
y extracción sin la obstaculización de autoridades
externas.
A7. Experiencia
organizacional previa: Los usuarios han aprendido por lo menos
los rudimentos básicos de la organización a través
de la participación en otras asociaciones locales o conocen
la manera en que se han organizado otros grupos vecinos.
Muchas
de estas variables son a su vez modificadas por el tipo de régimen
legal y político más amplio en el cual los usuarios
se encuentran inmersos. Estos macroregímenes pueden facilitar
la autorganización local al dar información precisa
sobre los sistemas de recursos naturales, establecimiento de
foros en los cuales los participantes se pueden involucrar en
procesos de identificación y resolución de conflictos,
y mecanismos para reforzar los esfuerzos locales de supervisión
y penalización (Blomquist, 1992). La probabilidad de
que los participantes establezcan reglas más efectivas
para el manejo de recursos naturales es mayor en macroregímenes
que facilitan sus esfuerzos a lo largo del tiempo que en otros
donde se ignoran totalmente los problemas relacionados con los
recursos naturales ó, en el otro extremo, se asume que
todas las decisiones sobre manejo y administración serán
tomadas por autoridades centrales.
La
clave para una mayor integración teórica reside
en entender cómo interactúan estos atributos en
procesos complejos para modificar los cálculos básicos
de costo beneficio de un grupo de usuarios (A) utilizando un
recurso (E) (Ostrom 1990: Cap. 6). Cada usuario i debe comparar
los beneficios netos esperados de extracción bajo las
reglas anteriores (BO) con los beneficios que espera obtener
de un nuevo sistemas de reglas (BN). Cada usuario i deberá
preguntarse si su incentivo para cambiar (Di) es positivo o
negativo.
Di
= BNi - BOi
Si
Di es negativo para todos los usuarios, nadie tiene un incentivo
para cambiar. Si Di es positivo para algunos usuarios, estos
necesitan estimar tres tipos de costos: C1 (los costos directos
en tiempo y esfuerzo invertidos para diseñar y acordar
las nuevas reglas; C2 los costos de corto plazo para adoptar
las nuevas estrategias de uso); y C3 (los costos de largo plazo
relacionados con la supervisión y el mantenimiento de
un sistema autogestionario a lo largo del tiempo dadas las normas
de la comunidad en la que viven). Si la suma de estos costos
esperados para cada usuario excede al incentivo para cambiar,
ninguno de ellos invertirá el tiempo y los recursos necesarios
para crear nuevas instituciones. Por lo tanto, si
Di
< (C1i + C2i + C3i)
Para todos los i Î A, no se produce ningún cambio.
En
un escenario de campo es probable que no todos tengan los mismos
beneficios y costos esperados de un cambio institucional propuesto.
Algunos podrían percibir beneficios positivos después
de que todos los costos han sido considerados, mientras otros
percibirán pérdidas netas. En consecuencia, las
reglas de opción colectiva utilizadas para cambiar las
reglas operacionales cotidianas relacionadas con la apropiación,
determinan si ocurrirá un cambio institucional apoyado
por algunos y resistido por otros. Para cualquier regla de opción
colectiva, ya sea unanimidad, mayoría, élite gobernante,
o autocracia, existe una coalición mínima de usuarios,
K Ì A, que debe establecer un acuerdo previo a la adopción
de las nuevas reglas. Si para cada individuo k, miembro de K,
Dk < (C1k+ C2k + C3k)
no
se adoptaran nuevas reglas. Y si por lo menos existe una coalición
K Ì A, para la cual se cumple que
Dk < (C1k+ C2k + C3k),
para
todos los miembros de K, es factible adoptar un nuevo conjunto
de reglas. Si existen varias de estas coaliciones, la cuestión
es cuál de ellas se formará, y por lo tanto qué
reglas resultarán; lo que rebasa el objetivo de este
ensayo. Este análisis se aplica a una situación
donde un grupo comienza con reglas de libre acceso y contempla
la adopción de su primer esquema regulatorio para limitarlo.
También es relevante para el cambio de reglas operacionales
a lo largo del tiempo.
La
norma usada para cambiar esquemas institucionales en escenarios
de campo varía desde las decisiones tomadas por uno o
varios líderes, hasta la utilización formal del
voto mayoritario o supermayoritario, o bien el consenso o la
casi unanimidad. Si hay diferencias considerables en los beneficios
y costos percibidos por los usuarios, es posible qué
K usuarios impondrán un nuevo sistema de reglas sobre
los A - K usuarios restantes que beneficiará definitivamente
a aquellos en la coalición ganadora e impondrá
pérdidas o beneficios menores sobre aquellos en la coalición
perdedora (Thompson, Mannix, y Bazerman 1988). Sin embargo,
si los beneficios esperados de un cambio en los acuerdos institucionales
no son mayores que los costos esperados para muchos de los usuarios,
los costos en un cambio en las instituciones serán mucho
más altos que cuando la mayoría de los participantes
esperan beneficiarse de una transformación en las reglas
a lo largo del tiempo. Cuando los costos de aplicación
de éstas son asumidos totalmente por los miembros de
K, las reglas operacionales que benefician a los A - K usuarios
restantes disminuyen los costos de largo plazo de supervisión
y penalización de la coalición gobernante. Cuando
autoridades externas hacen respetar las reglas acordadas por
los K usuarios, es más probable que la distribución
de costos y beneficios favorezca a K e imponga costos sobre
los A - K usuarios restantes (véase Walker et al. 1997).
Los
atributos de un recurso (enumerados arriba) afectan tanto los
beneficios como los costos del cambio institucional. Si las
unidades del recurso son relativamente abundantes (R1), hay
pocas razones para que los usuarios inviertan tiempo valioso
y esfuerzo en la organización. Si el recurso ya está
considerablemente destruido, los altos costos de organización
no generarán beneficios significativos. Así, la
autoorganización ocurrirá sólo después
de que los usuarios perciban una escasez insoslayable. Aquí
el peligro es, no obstante, que choques exógenos conduzcan
a un cambio súbito en la abundancia del recurso y los
usuarios no se adapten lo suficientemente rápido a las
nuevas circunstancias (Libecap y Wiggins 1985).
La
disponibilidad continua y confiable de indicadores sobre las
condiciones del recurso (R2) determina la capacidad de los usuarios
para adaptarse relativamente rápido a los cambios que
pudieran afectar adversamente su flujo de beneficios en el largo
plazo (Moxnes 1996). Un flujo de recursos predecible (R3) es
mucho más fácil de entender y administrar que
uno errático. En el segundo caso, es siempre difícil
para los usuarios (o para los científicos y los funcionarios
públicos, determinar si los cambios en el acervo o flujo
del recurso son atribuibles a la sobre explotación o
a variables exógenas (véase Feeny, Hanna y McEvoy
1996 para una discusión de estos aspectos relacionados
con el colapso de la industria sardinera de California). La
impredecibilidad del flujo de recursos en microescenarios, tales
como pastizales privados, puede inducir a los usuarios a crear
una unidad de propiedad común mayor para incrementar
la predicibilidad del flujo de recurso en porciones de la unidad
mayor (Netting 1972; Wilson y Thompson 1993). La extensión
espacial del recurso (R4) determina los costos para definir
límites razonables y monitorearlos a lo largo del tiempo
(Becker y Gibson, 1996) (FAO documento interno).
Los
atributos de los usuarios mismos (enumerados más arriba)
también afectan sus beneficios y costos esperados. Si
los usuarios no obtienen la mayor parte de su ingreso del recurso
(A1), los altos costos por organizar y mantener un sistema autogestionario
pueden no valer la pena. Si además no comparten un entendimiento
común sobre la manera en que operan los sistemas complejos
de recursos (A2), será muy difícil que se pongan
de acuerdo en una estrategia conjunta para el futuro. Dada la
complejidad de muchos recursos comunes (especialmente recursos
multiespecie o multiproducto), entender cómo funcionan
estos sistemas puede resultar difícil incluso para aquellos
que tienen contactos cotidianos con el recurso. En el caso de
recursos que son altamente variables (R3), puede resultar particularmente
difícil entender y dar respuesta a las situaciones generadas
por factores exógenos y por las acciones de los mismos
usuarios. Por supuesto, este es un problema tanto para los funcionarios
públicos como para los usuarios. Estos últimos
cuentan con muchas opciones disponibles, y por ésta razón
minimizan la importancia de un recurso particular en su ingreso
futuro (A3), podrían preferir explotar el recurso como
si fuera no renovable sin incurrir en los costos de regularlo.
Simplemente se trasladan a otros recursos una vez que uno ha
sido destruido, asumiendo que siempre tendrán otros disponibles.
Los
usuarios que tienen activos económicos y políticos
considerables pueden tener intereses similares a aquellos con
activos de menor cuantía (A4), o diferir notoriamente
en múltiples atributos. Cuando los más poderosos
tienen intereses similares, pueden aumentar en gran medida la
probabilidad de organizarse exitosamente si los invierten en
organizar un grupo y diseñar reglas para gobernarlo.
Es más probable que aquellos con activos políticos
y económicos considerables sean miembros de K, y por
lo tanto, tengan un impacto mayor en las decisiones sobre el
cambio institucional. Mancur Olson (1965) reconoció hace
largo tiempo la posibilidad de que un grupo privilegiado donde
algunos resulten suficientemente afectados, asuman una proporción
mayor de los costos de organización para proporcionar
bienes públicos (tales como la organización de
una colectividad). Por otro lado, si aquellos con mayores activos
también tienen bajas tasas de descuento (A3) en relación
con un recurso en particular y menor prominencia (A1), pueden
simplemente no estar dispuestos a invertir en la construcción
de una organización regulatoria, e incluso impedir esfuerzos
organizativos que conducirían a reducciones de sus actividades
productivas.
Los
usuarios que se tienen confianza (A6) en el cumplimiento de
acuerdos y utilizan la reciprocidad en sus relaciones, enfrentan
menores costos esperados en relación con la supervisión
y la penalización. Los que carecen de confianza al principio
de un proceso de organización, pueden ser capaces de
construir esta forma de capital social (Coleman 1988; E. Ostrom
1992) si inicialmente adoptan cambios pequeños fácilmente
asimilables por la mayoría de los usuarios antes de intentar
otros institucionales más profundos. La autonomía
(A7) tiende a disminuir los costos de organización. Un
grupo con reducida autonomía puede toparse con el hecho
de que aquellos que no están de acuerdo con las reglas
locales busquen contactos con funcionarios de alto nivel para
neutralizar los esfuerzos de los usuarios para alcanzar la regulación
(véase Libecap 1995 para una discusión sobre los
intentos de utilizar a las cortes judiciales para cuestionar
la validez de reglas de acceso de facto en pesquerías
costeras en los Estados Unidos; también véase
Alexander 1982). Con la autonomía legal para establecer
sus propias reglas, los usuarios enfrentan costos significativamente
menores en la defensa de las mismas contra la injerencia de
otras autoridades. La experiencia previa con otras formas de
organización local (A7) amplía notablemente el
repertorio de reglas y estrategias potencialmente útiles
conocidos por los participantes locales para alcanzar varias
formas de regulación. Lo que es más, los usuarios
están mayormente dispuestos a alcanzar un acuerdo sobre
reglas cuya operación entienden a partir de experiencias
previas. Dada la complejidad de muchos escenarios de campo,
los usuarios se enfrentan a tareas muy difíciles para
evaluar, así como a las distintas variables que afectan
los beneficios y costos esperados en un horizonte de largo plazo.
En muchos casos, para los científicos es igualmente difícil,
si no que más, elaborar estimados confiables y válidos
de los beneficios y costos totales, así como de su distribución.
El
creciente consenso teórico no conduce a la conclusión
de que la mayoría de los usuarios de recursos comunes
establecerán una regulación autogestionaria. Existen
muchos escenarios donde la predicción teórica
debería ser lo opuesto: los usuarios sobreexplotarán
el recurso a menos que se hagan esfuerzos para modificar una
o más de las variables que afectan los costos y beneficios
percibidos. Por el número de variables que afectan estos
costos y beneficios, existen muchos puntos de intervención
externa que pueden incrementar o reducir la probabilidad de
que los usuarios acuerden y respeten reglas para generar mayores
rendimientos sociales. Pero tanto los científicos sociales
como los diseñadores de políticas tienen mucho
que aprender sobre cómo estas variables operan interactivamente
en escenarios de campo, e incluso cómo medirlas para
fortalecer empíricamente el creciente consenso teórico.
Muchos aspectos de la estructura macroinstitucional que rodea
a un escenario en particular afectan los costos y beneficios
percibidos. Por ello, las autoridades externas pueden hacer
mucho para aumentar las probabilidades y el desempeño
de las instituciones autogestionarias. Sus acciones también
pueden obstaculizar seriamente estos procesos. Además,
cuando las actividades de un grupo de usuarios, A, "derraman
sus efectos" sobre otros más allá de A, las
autoridades externas pueden facilitar procesos que permiten
a múltiples grupos resolver conflictos originados en
externalidades negativas o adoptar ellos mismos un papel más
activo en el manejo de recursos particulares.
Los
investigadores y funcionarios públicos, necesitan reconocer
las múltiples manifestaciones en campo de estas variables
teóricas. Los usuarios pueden ser altamente dependientes
de un recurso (A1), por ejemplo, debido a que se encuentran
en una localidad remota y existen pocos caminos que les permitan
salir. Alternativamente, pueden estar situados en una localidad
céntrica, pero no pueden aprovechar otras oportunidades
debido a la falta de capacitación o a un mercado laboral
discriminatorio. Las tasas de descuento de los usuarios (A3)
en relación con un recurso en particular, pueden ser
bajas debido a que han vivido por largo tiempo en el mismo lugar
y esperan que sus nietos permanezcan ahí, o porque son
depositarios de un conjunto de derechos de propiedad seguros
y bien definidos sobre el recurso (véase Schlager y Ostrom
1992). Los indicadores confiables sobre el estado del recurso
(R2) pueden ser el resultado de actividades realizadas por los
mismos usuarios (como esquilar la lana de las ovejas regularmente)
(véase Gilles y Jamtgaard 1981), o de esfuerzos para
recopilar información por parte de los usuarios o de
autoridades externas (Blomquist 1992). La predicibilidad del
flujo de unidades del recurso (R3) puede resultar de una clara
regularidad en el ambiente natural o porque se han construido
instalaciones de almacenamiento con objeto de regularizar el
flujo de unidades del recurso a lo largo de buenos y malos años.
Los usuarios pueden gozar de autonomía para elaborar
sus propias reglas (A6) debido a la debilidad del gobierno central
para ejercer su autoridad sobre los recursos que formalmente
posee, o porque las leyes federales legitiman legalmente la
autogestión (como en el caso de las pesquerías
costeras japonesas).
Cuando
los participantes perciben que los beneficios provenientes de
la organización serán muy altos, es posible que
los usuarios carentes de los atributos necesarios para el desarrollo
de instituciones autogestionarias superen sus limitaciones y
alcancen acuerdos efectivos. El factor crucial no es si los
atributos de los participantes son los adecuados, sino el monto
relativo de los costos y beneficios percibidos. Aunque todas
estas variables afectan los beneficios y costos esperados de
los usuarios, es difícil (particularmente para un observador
externo) estimar su impacto por la dificultad de realizar medidas
precisas de dichas variables y ponderarlas en una escala acumulativa.
Los análisis empíricos posteriores de estas proposiciones
teóricas dependen, por lo tanto, de la conducción
cuidadosa de estudios comparativos a través del tiempo
en un número suficientemente grande de escenarios de
campo utilizando un conjunto común de protocolos de medición
(véase E. Ostrom y Wertime 1994).
Principios
de diseño de instituciones autogestionarias sólidas
para el manejo de
recursos
comunes
Por
supuesto, el desempeño de los sistemas autogestionarios
para el manejo de recursos comunes varía a través
del tiempo y según el caso. Algunos sistemas autogestionarios
de recursos comunes han sobrevivido y florecido por siglos,
mientras otros se erosionan y perecen. Como se dijo antes, algunos
nunca llegan a organizarse. Adicionalmente al consenso sobre
las variables teóricas que conducen a la autoorganización,
también existe un acuerdo considerable acerca de las
características de aquellos sistemas autogestionarios
que son sólidos en el sentido de que sobreviven por periodos
de tiempo muy largos, utilizando las mismas reglas básicas
para adaptarse a nuevas situaciones al cabo del tiempo (Shepsle,
1989). ¿Es posible identificar patrones asociados a este éxito
sostenido?
Las
reglas particulares utilizadas en sistemas autogestionarios
de larga permanencia, varían considerablemente de uno
a otro. Consecuentemente, no es posible formular generalizaciones
empíricas sobre los tipos particulares de reglas utilizadas
para definir quién es miembro de una comunidad autogestionaria,
qué derechos tiene para acceder al recurso común
y apropiarse de sus unidades, y qué obligaciones específicas
debe asumir. Es posible, no obstante, derivar una serie de principios
de diseño que caracterizan la configuración de
las reglas utilizadas. Por principios de diseño me refiero
a "un elemento o condición que ayuda a explicar
el éxito de estas instituciones para mantener el recurso
común y lograr el respeto a las reglas generación
tras generación de usuarios" (E. Ostrom 1990: 90).
La instituciones sólidas en el largo plazo se caracterizan
por la mayoría de los principios de diseño enlistados
en la Tabla 1. Los sistemas de irrigación en Nepal analizados
por Benjamin et al. (1994) y Lam (1994, próximamente),
cuyos propietarios son los mismos productores agrícolas,
por ejemplo, están caracterizados por la mayoría
de estos principios de diseño. Las instituciones frágiles
tienden a caracterizarse solamente por algunos de estos principios.
Las instituciones ineficaces cumplen con muy pocos de éstos
(véase, por ejemplo, Schweik, Adhikari y Pandit, 1997;
Morrow y Hull 1996; Blomquist 1996).
Tabla 1
Principios de diseño característicos
de instituciones exitosas en el manejo de recursos comunes
1.
Límites claramente definidos
Los
individuos o familias con derechos de acceso sobre un recurso
común y los límites del recurso mismo están
claramente identificados.
2.
Congruencia
A.
La distribución de beneficios derivada de las reglas
de apropiación es proporcional a los costos impuestos
a los participantes.
B.
Las reglas de apropiación que restringen el tiempo, lugar,
tecnología y / o cantidad del recurso corresponden a
las condiciones locales.
3.
Acuerdos colectivos
La
mayoría de los individuos afectados por las reglas de
operación pueden participar en su modificación.
4.
Supervisión
Los
supervisores que vigilan las condiciones del recurso y la conducta
de los usuarios son responsables ante los mismos y / o son usuarios
también.
5.
Sanciones proporcionales
Los
usuarios que violan las reglas de operación reciben sanciones
proporcionales a la gravedad de su infracción por parte
de otros usuarios, de las autoridades correspondientes o de
ambos.
6.
Mecanismos para la resolución de conflictos
Los
usuarios y sus autoridades tienen acceso rápido a instancias
locales para resolver conflictos entre los usuarios o entre
los usuarios y las autoridades a bajo costo.
7.
Reconocimiento de derechos mínimos de organización.
Los
derechos de los usuarios a construir sus propias instituciones
no son cuestionados por autoridades gubernamentales externas.
Para
los recursos comunes que forman parte de sistemas más
amplios
8.
Empresas anidadas
La
apropiación, provisión, supervisión, penalización,
resolución de conflictos, gestión se organizan
en niveles múltiples de empresas anidadas.
Adaptado
de: E. Ostrom (1990: 90).
Los
principios amplían la comprensión de los participantes
acerca de la estructura del recurso y sus usuarios, así
como de los beneficios y costos involucrados en la observación
de un conjunto de reglas acordadas. El Principio de Diseño
1 (contar con reglas que definan claramente quién tiene
derecho de usar el recurso y los límites del mismo),
asegura que los usuarios puedan identificar a cualquiera que
no tenga derechos y tomar medidas en contra suya.
El
Principio de Diseño 2 contiene dos partes. La primera
es la congruencia entre las reglas que asignan beneficios y
las que asignan costos. El punto crucial es que estas sean consideradas
justas y legítimas por los participantes (véase
McKean 1992). En muchos escenarios, las reglas justas son aquellas
que mantienen una relación proporcional relativa entre
la asignación de beneficios y costos. En los sistemas
de irrigación, por ejemplo, las reglas que distribuyen
el agua a los distintos agricultores de acuerdo con la cantidad
de tierra que poseen, así como la asignación de
cuotas para cubrir los costos de operación y mantenimiento
con base en el mismo criterio, son consideradas como justas
por los agricultores generalmente (al igual que efectivas desde
una perspectiva agrícola). La segunda parte de este principio
de diseño es que ambos tipos de reglas correspondan a
las condiciones locales en relación con los suelos, pendiente,
cultivos, etc.
El
principio de diseño 3 se refiere a los acuerdos de opción
colectiva utilizados para modificar las reglas de operación
regular del recurso. Si la mayoría de los usuarios no
están involucrados en la modificación de estas
reglas a lo largo del tiempo, la información sobre los
beneficios y costos percibidos por los diferentes participantes
no es tomada totalmente en cuenta en los esfuerzos para adaptarse
a las nuevas condiciones e información disponible. Si
los usuarios que comienzan a percibir que los costos de su sistema
son superiores a los beneficios, y que se encuentran imposibilitados
para hacer propuestas serias de cambio, pueden simplemente empezar
a hacer trampa siempre que tengan la oportunidad. Una vez que
la violación de las reglas se vuelve frecuente para algunos
usuarios, otros seguirán el mismo camino. En este caso,
los costos por hacer respetar las reglas se elevan considerablemente
o el sistema se colapsa.
Independientemente
de la fuerza del acuerdo inicial, siempre hay condiciones que
tientan a algunos individuos a hacer trampa (incluso cuando
perciben que los beneficios generales del sistema son superiores
a los costos). Si una persona es capaz de hacer trampa mientras
los otros respetan las reglas, el infractor generalmente percibe
ganancias substanciales en detrimento de los demás. Por
ello, sin el monitoreo de la observancia de las reglas (Principio
de Diseño 4), muy pocos sistemas son capaces de sobrevivir
por un tiempo prolongado. Agrawal and Yadoma (1997) encontraron
que el nivel de monitoreo se relaciona significativamente con
la calidad de los bosques en un estudio realizado en la India.
Banana y Gombya-Ssembajjwe también muestran que los acuerdos
y la distribución física del bosque que afectan
la eficacia del monitoreo están relacionados con la composición
de especies y la densidad de la vegetación. Las sanciones
utilizadas, sin embargo, no requieren ser extremadamente severas
en primera instancia. Lo importante sobre las sanciones para
los usuarios que han sucumbido a la tentación, es que
sus acciones sean descubiertas y el castigo se haga efectivo.
Esto indica a todos los usuarios que la violación de
las reglas se descubre y castiga sin hacer de todas las infracciones
un evento criminal mayor. Si las sanciones se gradúan
(Principio de Diseño 5), un usuario que rompe las reglas
repetidamente enfrenta una penalización que hace poco
atractivo incurrir en infracciones. Si bien en los trabajos
teóricos siempre se asume que las reglas son claras e
inequívocas, este es muy rara vez el caso en los escenarios
de campo. Es fácil tener un desacuerdo sobre cómo
interpretar una regla que limita las actividades de apropiación
o requiere de la inversión de recursos. Si estos desacuerdos
no se resuelven de una manera ordenada y a bajo costo, los usuarios
podrían perder su disposición a observar las reglas
a causa de la manera en que "otros" las interpretan
a su favor (Principio de Diseño 6).
Los
Principios de Diseño 7 y 8 se refieren a la autonomía.
Cuando los derechos de un grupo para diseñar sus propias
instituciones son reconocidos por los gobiernos nacionales,
regionales y locales, la legitimidad de las reglas establecidas
por los usuarios será menos cuestionada en las cortes
e instancias administrativas y legislativas. Además,
en sistemas de recursos extensos con muchos participantes, empresas
anidadas en orden de magnitud desde la más pequeña
hasta la más grande, permiten a los participantes resolver
diversos problemas que involucran diferentes economías
de escala. Al utilizar instituciones básicas que son
muy pequeñas, se puede aprovechar la comunicación
cara a cara para resolver muchos de los problemas cotidianos
en grupos pequeños. Al anidar cada nivel de organización
en un nivel mayor, las externalidades generadas por un grupo
en detrimento de otros, pueden resolverse en escenarios organizacionales
más amplios que juegan un papel legítimo en relación
con las entidades menores.
Rompecabezas
teóricos
Adicionalmente
al consenso que concierne a las variables que más probablemente
fortalecen la autoorganización y los principios de diseño
propios de acuerdos exitosos y de largo plazo para la gestión
de recursos, todavía quedan muchas interrogantes teóricas
sin resolver relacionadas con la autogestión de los recursos
comunes. Dos de las cuestiones teóricas principales se
refieren a los efectos del tamaño y la heterogeneidad.
Tamaño
El
efecto del número de participantes sobre la creación
y sostenimiento de una empresa autogestionaria no es claro.
Basándose en el trabajo inicial de Mancur Olson (1965),
muchos teóricos argüyen que el tamaño del
grupo se relaciona negativamente con la solución de problemas
de acción colectiva en general (véase Buchanan
y Tullock 1962). Muchos resultados de análisis teóricos
sobre juegos con repetición, indican una mayor probabilidad
para el surgimiento de estrategias cooperativas en grupos pequeños
que en grupos grandes (véase la síntesis de esta
bibliografía en Baland y Plateau 1996). Los académicos
que han estudiado un gran número de instituciones autogestionarias
para el aprovechamiento de recursos hidráulicos y forestales
en campo, concluyen que el éxito es más probable
en grupos pequeños (véase, por ejemplo Barker
et al. 1984; Cernea 1989).
Por
otro lado, varios estudios en múltiples localidades no
encontraron que el tamaño esté positivamente correlacionado.
Mientras que la mayoría de los 37 sistemas de irrigación
administrados por los agricultores estudiados por Tang (1992)
eran relativamente pequeños, entre 7 y 300 usuarios,
no encontró ninguna relación estadística
dentro de dicho margen, entre el número de usuarios o
la superficie irrigada y las variables de desempeño (1992:
68). En el análisis de regresión elaborado por
Lam sobre el rendimiento de un grupo de sistemas de irrigación
nepaleses mucho más numeroso, variando en tamaño
hasta un máximo de 475 usuarios, tampoco se encontró
ninguna relación significativa entre el número
de usuarios o la superficie irrigada con alguna de las tres
variables de desempeño que se estudiaron (1994: 182).
Además, en un estudio sistemático sobre instituciones
reguladoras de aprovechamientos forestales, Argawal (1996) no
identificó a los grupos de usuarios más pequeños
como los más capaces de llevar a cabo el monitoreo necesario
para proteger los recursos forestales, sino a los grupos de
tamaño moderado.
Uno
de los problemas del enfoque basado en el tamaño del
grupo como el factor determinante clave, es que otras variables
cambian conforme el tamaño del grupo se incrementa (Chamberlin
1974; R. Hardin 1982). Si los costos de proporcionar un bien
público relacionado con el uso de un recurso común,
digamos, un sistema de sanciones, permanecen relativamente constantes
conforme se incrementa el tamaño del grupo, entonces
el aumento en el número de participantes traerá
recursos adicionales que se pueden utilizar para proveer el
beneficio que todos disfrutan (véase Isaac, Walker y
Williams 1993). Marwell y Olivier (1993: 45) concluyen que "cuando
un bien presenta una oferta indivisible pura, el tamaño
del grupo tiene un efecto positivo sobre la probabilidad
de que será proporcionado". Por otro lado, si se
está analizando el nivel de conflicto sobre un bien divisible
y los costos de transacción para alcanzar fórmulas
de asignación aceptables, el tamaño del grupo
bien puede exacerbar los problemas de los sistemas autogestionarios.
Ya que existen trueques entre los diversos impactos del tamaño
de grupo sobre otras variables, una mejor hipótesis de
trabajo es que el tamaño de grupo tiene una relación
curvilineal al desempeño.
Heterogeneidad
Muchos
académicos plantean que sólo los grupos muy pequeños
pueden autoorganizarse efectivamente porque presumen que el
tamaño está relacionado con la homogeneidad de
un grupo y que ésta última es necesaria para iniciar
y sostener la autogestión. La heterogeneidad es también
una variable muy cuestionada. Por ejemplo, los grupos pueden
diferir en términos de una gran diversidad de dimensiones,
incluyendo sus antecedentes culturales, intereses y dotación
de recursos (véase Baland y Platteau 1996); y cada una
de las cuales puede operar de manera diferente.
Si
grupos provenientes de antecedentes culturales diferentes comparten
el acceso a un recurso común, el problema esencial que
afecta la posibilidad de soluciones autogestionarias es si las
idiosincracias de los distintos grupos en relación con
la estructura del recurso, autoridad, interpretación
de las reglas, confianza y reciprocidad difieren o son similares.
En otras palabras; ¿comparten una explicación común
(A2) de la situación? Los nuevos colonos en una región
quizá aprendan y acepten las reglas del grupo establecido
previamente, sin que sus diferencias culturales en otros frentes
afecten su participación en la administración
del recurso. Por otro lado, los nuevos colonos frecuentemente
tienen una influencia altamente desorganizativa sobre una empresa
autogestionaria cuando generan mayores niveles de conflicto
sobre la interpretación y aplicación de las reglas
e incrementan los costos de vigilancia y penalización
sustancialmente.
Cuando
los intereses de los usuarios difieren, alcanzar una solución
autogestionaria para los problemas de los recursos comunes es
particularmente desafiante. Este problema caracteriza a algunas
pesquerías en donde los pescadores locales de subsistencia
tienen fuertes intereses para mantener la sustentabilidad de
una pesquería costera, mientras que las compañías
pesqueras industriales tienen muchas otras opciones y probablemente
estén más interesadas en la rentabilidad de pescar
en un sitio en particular que en su rendimiento sostenido. El
conflicto entre los propietarios ausentes de hatos ganaderos
y los pastores locales también ha sido difícil
de resolver en muchas partes del mundo.
Dotaciones
desiguales entre los usuarios pueden asociarse tanto con niveles
extremos de conflicto, como con transiciones armónicas
y de bajo costo hacia sistemas autogestionarios sostenibles.
Johnson y Libecap (1982) argumentan que la diferencia entre
la capacitación y el conocimiento de los distintos tipos
de pescadores frecuentemente les impide alcanzar acuerdos sobre
cómo asignar cuotas cuantitativas de extracción
(véase también Scott 1993). En este caso, la heterogeneidad
de las dotaciones y de intereses coinciden.
La
heterogeneidad en la riqueza o el poder no se asocia necesariamente
con la divergencia de intereses. Como se dijo anteriormente,
cuando aquellos que tienen más activos comparten intereses
similares con los poseedores de activos menores (A4), algunos
grupos pueden estar dispuestos a asumir una proporción
mayor de los altos costos iniciales de organización al
definir reglas que benefician a una gran proporción de
los usuarios. Estos pueden diseñar instituciones que
solucionen con efectividad el problema de la heterogeneidad.
Por lo tanto, cuando se adoptan reglas que distribuyen a los
beneficios con la misma fórmula utilizada para asignar
cobros y responsabilidades (Principio de Diseño 2A),
los usuarios que difieren significativamente en términos
de la cantidad de activos, tenderán a coincidir y seguir
dichas reglas.
Incluso
en un grupo que difiera en muchas variables, al menos una escasa
mayoría en el grupo K de usuarios de un recurso amenazado
pero valioso, dependen de él (A1), comparten una visión
común de la situación (A2), tienen una baja tasa
de descuento (A3), cuentan entre sus miembros a algunos con
mayores activos (A4), se tienen confianza mutua (A5) y gozan
de autonomía para elaborar sus propias reglas (A6), es
muy probable que su estimación de los beneficios esperados
provenientes de administrar el recurso supere a los costos previstos.
La
distribución justa de los beneficios y costos a partir
de las reglas acordadas depende, tanto de la regla de elección
colectiva utilizada, como del tipo de heterogeneidad existente
en la comunidad. Ni el tamaño o la heterogeneidad son
variables con efectos uniformes sobre la probabilidad de organizar
y mantener empresas autogestionarias. El debate sobre sus efectos
está enfocado a las variables equivocadas. En lugar de
concentrarse en el tamaño o los distintos tipos de heterogeneidad
en si mismos, es importante preguntarse cómo estas variables
afectan a otras a través de su impacto sobre el cálculo
de costo-beneficio realizado por los involucrados en negociar
y mantener los acuerdos. Su impacto en los costos de producir
y distribuir la información (Scott 1993) es particularmente
importante.
Conclusión
Se
ha comprobado que la teoría convencional sobre los recursos
comunes, la cual presumía la necesidad de autoridades
externas para imponer nuevas reglas sobre aquellos usuarios
entrampados en la generación de externalidades excesivas,
no es sino un caso especial de una estructura teórica
más general. Para que los usuarios contemplen el cambio
de sus instituciones, deben llegar a la conclusión de
que los beneficios esperados de un cambio institucional excederán
los costos esperados inmediatos y a largo plazo. Cuando los
usuarios no se pueden comunicar entre sí y no tienen
medios para establecer confianza mutua mediante sus propios
esfuerzos o con la ayuda del sistema macroinstitucional en el
cual se encuentran inmersos, la predicción de la teoría
tradicional seguramente se confirmará empíricamente.
Las pesquerías en altamar, la estratósfera, y
otros recursos comunes globales son las referencias empíricas
más apropiadas. Si los usuarios inician negociaciones
directas y gozan de autonomía para cambiar las reglas
a las que están sujetos, bien pueden intentar organizarse
ellos mismos. Los atributos del sistema de recursos y de los
usuarios determinan la factibilidad de autoorganizarse al afectar
los beneficios obtenidos y los costos por alcanzarlos.
Las
instituciones autogestionarias tendrán éxito en
el largo plazo, depende si el diseño de dichas instituciones
es consistente con los principios de diseño propios de
los sistemas autogestionarios robustos y de larga duración.
Se necesita mayor investigación de campo para refinar
nuestra comprensión sobre el funcionamiento de las instituciones
locales en el contexto de diversos tipos de macroestructuras.
¿Cuál es el papel de los líderes y los empresarios
locales?; ¿qué factores amenazan la supervivencia de
las instituciones locales?; ¿Qué reglas funcionan mejor
en distintas zonas ecológicas?; ¿cómo pueden los
donadores mejorar el desempeño de las instituciones locales?
Hay muchos enigmas que resolver. La teoría sobre los
recursos comunes ha progresado sustancialmente durante el último
medio siglo. Quedan, sin embargo, muchos desafíos.
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Responsable
de la captura de la revisión: Rebeca Cervantes P.
Fecha:
19 de enero de 1998.