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Lo que nunca dijo el jefe Seattle

Raúl Marcó del Pont*


¿Fue el jefe Seattle una especie de ecologista primigenio, un crítico "primitivo" de nuestra civilización industrial? Más aún, ¿dijo "Todas las cosas están conectadas"?¿Afirmó alguna vez: "La Tierra no le pertenece al hombre; el hombre pertenece a la Tierra"? ¿Llamó a la Tierra nuestra madre, a los ríos nuestros hermanos o a las flores perfumadas nuestras hermanas? Este texto presenta la historia que siguieron las palabras que pronunciara el líder indígena en diciembre de 1854 y que se convirtieron en un símbolo destacado para los movimientos que desde la década de 1970 buscan la protección al ambiente.

 

*  Director de Publicaciones de la Dirección Ejecutiva de Participación Social, Enlace

y Comunicación del INE. Correo-e: pmarco@ine.gob.mx.

Tras trescientos o cuatrocientos años durante los cuales

los habitantes de Europa han inundado las otras partes

del mundo y publicado sin cesar nuevos libros de viajes

y relatos, estoy convencido que los únicos hombres

que conocemos son los europeos.

J.J. Rousseau.Discursos sobre el origen de la desigualdad

Nosotros y los otros

Acercarse a otros pueblos, a culturas distintas, puede resultar una experiencia compleja, llena de trampas, de confusiones, a la que alimentan los sentimientos encontrados a que dan lugar la nostalgia por lo exótico y la inseguridad frente a lo diferente.

En este proceso, en el que uno tiene que hacer frente a una multiplicidad de estructuras, que nos son al mismo tiempo extrañas, irregulares, y no explícitas, el aparato conceptual para abordarlas resulta a veces poco confiable y da lugar a una comprensión borrosa de los otros, como lo demuestran miles de páginas de viajeros, colonizadores e incluso científicos sociales bien entrenados.

Dos de las modalidades extremas más recurrentes que se derivan de este tipo de experiencias son el etnocentrismo y el relativismo cultural. Su importancia —y más aún sus consecuencias— no pueden menospreciarse: las dos comparten una fuerte carga ideológica, dan lugar a posiciones morales diferentes y nos aseguran un sitio firme en la trinchera de los enfrentamientos en el campo político.1 

La primera de estas posiciones puede definirse como aquélla que "... eleva de manera indebida a la categoría de universales los valores de la sociedad a la que pertenezco" (Todorov, 1991:21). Los ejemplos y los autores abundan. Como muestra baste esta afirmación del filósofo francés La Bruyère: "Con una lengua tan pura, un refinamiento tan grande en nuestra vestimenta, costumbres tan cultivadas, leyes tan bellas y una cara blanca, para algunos pueblos somos bárbaros" (ibid: 26).

La segunda, en buena medida una reacción a la anterior, da lugar a una imagen más bien especular de aquélla. El resultado es no menos impreciso: los otros no padecen ninguna de nuestras pesadas incapacidades y taras y se acercan inexplicablemente a la perfección. El noble salvaje es la figura arquetípica de esta perspectiva y J.J. Rousseau su autor más destacado.2 

Estos patrones, que en múltiples ocasiones modelan nuestra percepción de los demás, permean todos los ámbitos del mundo social desde la producción hasta la religión, pasando por los rituales, la gastronomía o las prácticas médicas. No son los únicos, claro está, pero sí son las estructuras perceptuales más persistentes y socorridas.

Y el caso del medio ambiente, y en particular el del saber ecológico tradicional, difícilmente podía quedar fuera.Como resultado de la postura etnocéntrica se ha creado y recreado un mito en donde los pueblos originales y sus descendientes son (per se, sin importar su propia historia —antes y después de la colonización—, su estructura socioeconómica, su inserción dentro de la sociedad nacional, para mencionar sólo algunos aspectos) derrochadores de recursos, desconocedores de la dinámica de su entorno, supersticiosos y, por consiguiente, poco cuidadosos del entorno. Este molde tal vez sea el más difundido y constituye parte medular del sentido común que existe en relación con el tema. Berkes (2000:145) etiqueta este mito como el del «intruso derrochador». Según este autor, dicha perspectiva considera que las culturas tradicionales han vivido hasta hace poco como «poblaciones biológicas limitadas a sus recursos, a merced de las fuerzas naturales y de las creencias sobrenaturales, y ciertamente no como comunidades organizadas con su propio complejo de conocimientos-prácticas-creencias a fin de adaptarse y manejar el ambiente. Su impacto pudo haber sido pequeño en una época en la que su número era pequeño y su tecnología lo suficientemente simple como para ser benigna para el medio. Pero tiene una tendencia, incluso como los primitivos cazadores hace miles de años, a provocar daño ambiental, como lo atestiguan las antiguas extinciones.»

Pero el mito también corre en el sentido opuesto. Los pueblos originales y sus descendientes pueden ser concebidos como intrínsecamente ligados a su entorno, lo que les permite vivir —no siempre resulta claro cómo— en armonía con el medio. Esto sirva para la representación del «otro exótico» o «noble salavaje ecológico»3 del que también deriva un corpus de mitología considerable. En esta perspectiva los habitantes originales y sus descendientes actuales pasan a ser los guardianes celoso de arcanos desconocidos, o como dice Bartra (1998:189) con respecto al salvaje: «posee las claves de la tregedia, oculta los misterios del cosmos, sabe escuchar el silencio y puede descifrar el fragor de la naturaleza.»

A continuación revisaremos los pasos que ha seguido una caso, el del famoso discurso del jefe Seattle, vinculado claramente con este segundo grupo, el del noble salvaje. La reconstrucción historiográfica nos pone ante un ejemplo poco común, el de poder reconstruir con cierta precisión el camino seguido por lo que Eric Hobsbawn (1997) llama tradiciones inventadas, esto es prácticas y discursos que buscan inculcar, mediante la repetición, valores y normas de conducta que implican automáticamente continuidad con un pasado (ficticio), cuanto más remoto, mejor.

De discursos indios y tradiciones inventadas

Convertidas en uno de los símbolos del movimiento ecologista que se desarrolló a partir de la década de 1970, las palabras que pronunciara hace más de 150 años el jefe Seattle ante los colonizadores del noroeste americano son una especie de evangelio para quienes se dicen genuinamente preocupados por la conservación del ambiente.

Muestra decantada de la profunda sabiduría y de la relación estrecha, diferente y cuidadosa que los indígenas tenían hacia sus recursos antes de la llegada de los blancos; espejo que nos devuelve a los occidentales nuestra propia figura deformada, permanentemente insatisfecha y devora-dora de recursos, incapaz de comprender la profunda relación de estos seres humanos con su entorno, el discurso del líder indígena norteamericano es uno de los textos más citado y reconocidos del ambientalismo mundial.4 

Sin embargo, ¿fue el jefe Seattle una especie de ecologista primigenio, un crítico "primitivo" de nuestra civilización industrial? Más aún, ¿dijo "Todas las cosas están conectadas"?¿Afirmó alguna vez: "La Tierra no le pertenece al hombre; el hombre pertenece a la Tierra"? ¿Llamó a la Tierra nuestra madre, a los ríos nuestros hermanos o a las flores perfumadas nuestras hermanas? Hoy la respuesta, aunque pudiera resultar sorprendente, es no.

Desde hace unos años este epígrafe inevitable de los artículos sobre medio ambiente fue puesto en duda. Y la minuciosidad historiográfica demostró que lo que repetimos hasta la saciedad como perlas de conocimiento tradicional es, en realidad, el texto que un guionista de la Universidad de Texas llamado Ted Perry escribió a inicios de la década de 1970 para una película con tema ambiental titulada Home, recreando con grandes licencias literarias el discurso original del jefe Seattle. Y por si esto no fuera suficiente, habrá que mencionar que tampoco podemos estar seguros, como se verá más adelante, de cuáles fueron las palabras que pronunciara el líder indio. Para ubicar esta cuestión hemos incluido unos breves apuntes sobre su biografía y, a manera de comparación, tanto el "texto original", esto es, el discurso de Seattle como fue recogido por un asistente a la reunión con las autoridades blancas y una de las múltiples versiones conocida en español como la Carta del jefe Seattle. 

 

Dominación blanca, discursos indios

Conocemos más del entorno en el que el jefe jefe Sealth (se debería pronunciar See-elth, con un alto gutural al final del nombre) dio su discurso que detalles de su vida. Sin embargo, he aquí algunos detalles de su biografía y de los personajes que lo rodearon.5

Nacido, según se cree, en 1786, ostentaba el título de tyee o jefe, como lo portaba su padre, Schweabe, de quien lo heredó. Dos esposas, varias concubinas y una hija, Angeline, conformaron su familia.

Su primer encuentro con los conquistadores blancos lo tuvo alrededor de los seis años. En 1792, el capitán George Vancouver  desembarcó en Restoration Point, en la isla de Bainbridge en el Puget Sound, muy cerca del actual Seattle, en el occidental estado norteamericano de Wa-shington. El jefe recordaría toda su vida la impresión que le causó el ver el barco, las armas y el acero de los europeos.

Ya adulto, este líder indígena sería reconocido como guerrero orador y diplomático, enfrascado en lograr la cooperación entre los más de cuarenta grupos salish, uno de los cuales era su propio pueblo, los suquamish.6

Corpulento y bien parecido, sería recordado por su poderosa voz y sus elocuentes frases. En 1832 un tal Dr. Fraser Tolmie, agente de la Hudson Bay7  lo describió como "el indígena más guapo que he conocido" (Stekel, 1996). Seis años después fue bautizado con el nombre de Noé por el padre Modest Demers, hecho que algunos consideran como la forma de ascenso que el tyee encontró dentro de la estructura jerárquica de los conquistadores blancos.

Hacia mediados de 1800 ya existían múltiples asentamientos en los valles occidentales de la región conocida como Pacífico Noroccidental, y los poblados comenzaban a crecer. Las poblaciones indígenas originales habían visto reducir su número de manera alarmante desde 1830 y eran expulsadas constantemente de sus territorios por los nuevos dueños, lo que se lograba a través de expropiaciones, cortando las cadenas de intercambio que les aseguraban el sustento o por el simple asesinato. La madurez del jefe Seattle se da en un ambiente de resentimiento generalizado entre los pueblos indígenas norteamericanos que se consideraban traicionados porque los blancos no habían cumplido con los múltiples acuerdos firmados.

En 1853 se crea el Territorio de Washington y su primer gobernador, Isaac Ingalls Stevens, fue responsable, entre otras cosas, de establecer relaciones con los pueblos allí asentados y de cerrar acuerdos con ellos, lo cual parece haber logrado rápida y agresivamente entre 1854 y 1855. En un ambiente de creciente encono entre pobladores originales y conquistadores blancos, agrupó a las tribus de la zona en una serie de consejos y los obligó a firmar tratado muy similares. También compró tierras, expulsó a sus moradores o los aisló en reservaciones. Todo ello fue formalizado a través de una serie conocida como los Tratados Stevens que sentaron jurisprudencia en la zona y que aún tienen efectos legales.8

Para preparar el camino hacia la firma del tratado más importante de la región, el de Puget Sound, en diciembre de 1854 se llamó a reunión a los duwamish. El Dr. Davis S. ("Doc") Maynard, uno de los primeros pobladores de Seattle fue el encargado de concertarla.

Maynard había dejado en 1950 a su mujer de 20 años en Ohio para irse al oeste y hacer fortuna. Cruzó las planicies y realizó su primer negocio cortando madera en Olympia (a unos 80 km al suroeste del actual Seattle) y enviándola a San Francisco. De las ganancias que obtuvo puso una pequeña tienda. Allí conoció a Sealth, uno de sus primeros clientes, quien le contó de un mejor lugar que Olympia, con un puerto más adecuado. "Maynard le tomó la palabra, vendió todo lo que pudo, el resto lo puso en una lancha, y con una tripulación india y Seattle como piloto, se dirigió a la tierra prometida. Esto sucedió a finales de marzo de 1852..." (Stekel, 1996). Seattle y el colono se volvieron tan buenos amigos que este último bautizó al poblado con el nombre del jefe indio (o con la pronunciación más cercana que pudo al nombre indígena).9 

En diciembre de 1854, el gobernador Stevens visita al viejo Seattle, quien pronuncia un discurso lamentándose de que los mejores días para los indios habían pasado y que el futuro le pertenecía al hombre blanco. Entre los asistentes a esta reunión destaca el Dr. Henry J. Smith, un cirujano con inclinación por la florida poesía victoriana (escribía bajo el seudónimo de Paul Garland) quien al parecer fue el único de los asistentes que tomó notas datalladas del encuentro y resultó muy impresionado por el porte y por el discurso del orador indígena. De lo que este médico publicara muchos años después nacería el discurso —y el mito—del jefe Seattle.

Sin embargo, esa no fue la única alocución. En 1855, Sealth habló otra vez, brevemente, durante la firma del tratado portuario de Madison, que puso a los suquamish en una reservación en la zona de Seattle. Sus observaciones en este caso, a diferencia de las que nos han quedado como resultado del registro del Dr. Smith, son poco elaboradas, lo que nos habla de que los discursos indios que nos han llegado reflejan, en buena medida, las aspiraciones literarias de quien lo registraba más que el propio dicho indio.

Tres años después, un Sealth viejo y empobrecido habló por última vez, preguntándose porqué el tratado no había sido ratificado por el Congreso de los Estados Unidos de América, lo que dejaba que los indios languidecieran en la pobreza: «He sido muy pobre y he tenido hambre todo el invierno y estoy muy enfermo ahora. En muy poco tiempo más moriré. Cuando lo hago, mi gente será muy pobre; no tendrá ninguna propiedad, ningún jefe y nadie que hable por ellos.»10  El jefe murió en 1866.

 

Demandas indias, estereotipos blancos

 

El discurso del jefe Seattle parece haber pasado por tres etapas claramente identificables.  La primera es la aparición del relato que da pie al resto de la historia, nacido de la pluma del Dr. Smith y publicado en el periódico Seattle Star el domingo 29 de octubre de 1887, treinta y tres años después de que el galeno lo hubiera oído. Ese relato es la base para las siguientes versiones o variaciones, aunque, paradójicamente, es el menos conocido.

Desde este momento el registro resulta complicado por varias razones, no sólo por el lapso entre lo oído y lo publicado. El diario de Smith, del cual fueron tomadas las notas que aparecen en el periódico de Seattle, nunca apareció, por lo que es imposible confrontar la fuente y cotejar lo publicado con lo registrado por el galeno. Po otra parte, Seattle habló en su propia lengua por lo que debió haber sido traducido para Smith, dando un largo rodeo: del duhuamish o suquamish de Sealth a la jerga chinook —especie de lingua franca de la región—11  y de ahí al inglés, (lengua que, por cierto, Seattle nunca aprendió a hablar). A esto debemos sumarle la propia perspectiva literaria del Dr. Smith, de sobra aparente como lo podrá constatar quien revise el texto que incluimos más adelante. Esta versión se identifica claramente desde el comienzo:

 

Allí, a la vista, el cielo que ha llorado lágrimas de compasión sobre nuestros padres durante siglos, y que a nosotros nos parece eterno, puede cambiar. Hoy está despejado, mañana podría estar lleno de nubes. Mis palabras son como estrellas que nunca se ponen...

A partir de entonces, las palabras del jefe suquamish aparecerían con cierta regularidad en historias de la conquista norteamericana y sufrirían pocos cambios. Las transformaciones de fondo son una labor reciente.

La segunda versión resulta más actual. En 1969, el poeta norteamericano William Ayers Arrowsmith12  realizó una interpretación del texto del Dr. Smith que mantenía el espíritu de lo dicho por Sealth pero no las frases exactas, en un intento por presentarlo en una lenguaje más coloquial. Su versión inicia así:

 

Hermanos: Este cielo encima nuestro se ha compadecido de nuestros padres durante cientos de años. A nosotros nos parece el mismo, pero puede cambiar. Hoy está despejado, mañana podría estar cubierto de nubes.

Durante el invierno de 1970-1971, Ted Perry, un escritor, y Arrowsmith dieron clases en la Universidad de Texas. Perry había sido contactado por la Southern Baptists Convention para escribir los guiones de varias películas, entre ellas una sobre la contaminación. Oyó la versión de Arrowsmith durante los festejos del Día de la Tierra y le preguntó si la podía usar como base para un guión. El producto fue una versión del discurso del jefe Seattle, filtrado por el sedazo de Arrowsmith y el imaginario ecológico de la época. Los últimos toques fueron los cambios realizados por los bautistas (en torno a la visión que Seattle debía haber tenido de Dios). El resultado: el guión de una película llamada Home (Hogar) y la más famosa de las versiones del discurso de Seattle.

El "discurso indígena" resultante fue ampliamente difundido por las organizaciones ecologistas e incluso impreso en la revista de viajes de la Northwestern Oriental Airlines en 1974 (Wilson, 1992:12). Y como caja de resonacia mayor, allí estaba la Expo Spokane de 1974. Los visitantes del pabellón norteamericano en esta Feria Mundial eran sorprendidos con una variación del viejo discurso, ecológicamente poético, basado en el guión de la película.

Las diferencias entre las dos versiones modernas y la de Smith son evidentes. Como lo afirma Stekel "en la versión 1887 de Smith, el mundo natural es el lienzo sobre el cual se trazan las palabras del jefe Seattle. En la de los años 70, el ambiente es toda la pintura." Se quita la frase original "Su Dios ama a su pueblo y odia al mio" y en su lugar aparece "Nuestor Dios es el mismo" y se imaginan algunas de los párrafos más citados posteriormente: "¿Cómo pueden comprar o vender el cielo, el afecto de la Tierra? La idea es extraña para nosotros... Los ríos son nuestros hermanos... El aire es precioso... porque todas las cosas comparten el mismo aliento" y una de las más citadas: "Esto es lo que sabemos. La Tierra no le pertenece al hombre. El hombre pertenece a la Tierra. Esto es lo que sabemos. Todas las cosas están conectadas como la sangre que une a una familia."

Y en este esfuerzo de «ecologizar» las palabras de Seattle se incurrió en una serie de inexactitudes históricas. En el guión de Home se ponen en boca de Sealth referencias a búfalos, cóndores, chotacabras ninguno nativo de la zona. Erróneo resultó también mencionar la matanza de búfalos desde los trenes, suceso que se presentaría diez años después de que se construyera el ferrocarril transcontinental, algo que sucedió mucho después de la muerte de Seattle.

A pesar de las dudas sobre la fidelidad el texto fue hasta finales de la década de 1980 que un antropólogo alemán, Rudolf Kaiser, reveló la historia en una conferencia internacional en 1984 y la historia llamó la atención de los especialistas (Knudtson y Susuki en Berkes, 2000). En la decada de los 90, Ted Perry trató de aclarar el entuerto. El hoy profesor en la Universidad de Middlebury en Vermont dijo en un artículo publicado por Newsweek en 1992, que una vez terminado el guión los productores de la película, sin su conocimiento, quitaron su nombre de los créditos y reprodujeron 18.000 carteles con el discurso de Seattle para los espectadores que lo solicitaron. Nadie pensó que tal hecho sería la base de una nueva tradición ni una nueva romantización de los indígenas americanos. Perry comenta su desconcierto por el hecho de que «estemos tan dispuestos a validar un texto por que se le atribuye a un americano nativo» y no a un caucásico. (Jones, 1992: 68).13

Pasados los años, su papel de poner palabras en la boca de jefe Seattle lo ha desconcertado: «nunca hubiera permitido que alguien creyera que era todo menos un relato ficticio escrito por mí» (ibid.). Apócrifa o no, la versión de Perry tocó fibras íntimas de la conciencia ambiental... Y el mito (y el discurso) cobraron (¿o continuaron teniendo?) vida propia.

 

Lo que tal vez dijo el jefe Seattle

 

Presentamos a continuación tanto el texto que publicó el Dr. Smith en el Seattle Star el domingo 29 de octubre de 1887 como la versión de Ted Perry de 1974. Abrimos con la introducción del propio Smith por que la consideramos una necesaria ambientación para el lector en torno al peculiar estilo de este galeno cronista, y que permea el conjunto de las palabras "originales" que dijo Seattle.

Un último apunte. Por alguna extraña razón las versiones en español hablan de la carta del jefe Seattle. Sobra decir que jamás hubo tal escrito ya que el jefe suquamish no sabía leer ni escribir.

 

«El viejo jefe Seattle era el indio más grande que haya visto, y con mucho el de mayor garbo. Medía seis pies con sus mocasines, tenía hombros anchos, un pecho profundo, y estaba adecuadamente proporcionado. Sus ojos eran grandes, inteligentes, expresivos y amistosos cuando descansaban, y reflejaban fielmente los diferentes humores que pasaban por la gran alma que miraba a través de ellos. Era generalmente solemne, silencioso y digno, pero en las grandes ocasiones se comportaba entre las multitudes como un Titán entre enanos, y la más ligera de sus palabras era ley.

«Al levantarse para hablar ante el Consejo o para dar una guía cariñosa, todos los ojos se posaban en él, y las frases profundas, sonoras, y elocuentes salían de sus labios como los incesantes truenos de las cataratas que fluyen de fuentes interminables, y su magnífico comportamiento era tan noble como el del jefe militar más cultivado que dirigiera las fuerzas de un continente. Ni su elocuencia, ni su dignidad, ni su tolerancia eran adquiridas. Eran tan propias de su hombría como las hojas y las flores de una almendra floreciente.»

«Su influencia era maravillosa. Podía haber sido un emperador pero todos sus instintos eran democráticos, y gobernó a sus leales súbditos con amabilidad y paternal benevolencia.»

«Siempre fue adulado por la destacada atención de los hombres blancos, y nunca más que cuando estaba asentado a sus mesas, situaciones ocasionales en las que manifestaba más que en cualquier otro lugar los instintos genuinos de un caballero.»

«Cuando el gobernador Stevens llegó a Seattle y le dijo a los naturales que lo habían designado comisionado para los asuntos indios en el territorio de Washington, le dieron una recepción delante de la oficina del Dr. Maynard, cerca del malecón sobre Main Street. La bahía bullía de canoas y la orilla fue cubierta por una masa oscilante, angustiada, triste, hasta que la voz retumbante del jefe Seattle resonó en la inmensa multitud, como la asombrosa diana de un tambor bajo, haciéndose un silencio tan instantáneo y perfecto como el que sigue a un trueno en un cielo claro.»

«El Dr. Maynar fue quien presenta al gobernador a la multitud nativa, e inmediatamente comenzó, en un estilo coloquial, llano y directo, una explicación de su misión entre ellos, la cual es demasiado conocida como para que necesite ser recapitulada aquí.»

«Cuando él se sentó, el jefe Seattle se levantó con toda la dignidad de un senador que lleva las responsabilidades de una gran nación sobre sus hombros. Poniendo una mano sobre la cabeza del gobernador y señalando lentamente hacia el cielo con el dedo índice de la otra, comenzó su memorable alocución en un tono solemne e impresionante.»

 

Dos versiones de lo que tal vez nunca dijo el jefe Seattle

 

 

La versión del Dr. Smith (1854)

Allí, a la vista, el cielo que ha llorado lágrimas de compasión sobre nuestros padres durante siglos, y aunque a nosotros nos parece eterno, puede cambiar. Hoy está despajeado, mañana podría estar cubierto de nubes. Mis palabras son como estrellas que nunca se ponen. Lo que dice Seattle, el gran jefe, Washington [Seattle, como muchos otros indígenas norteamericanos, aún creía que Washington estaba vivo]  en él se puede confiar, con tanta certeza como nuestros hermanos carapálidas pueden confiar en el regreso de las estaciones.

El hijo del jefe blanco dice que su padre nos envía saludos de amistad y buena voluntad. Esto es bueno porque sabemos que necesita poco de nuestra amistad, porque sus gentes son muchas. Son como la hierba que cubre las extensas praderas, mientras que los míos son pocos, y se asemejan a los árboles dipersos en una planicie barrida por la tormenta.

El gran, y supongo también, buen jefe blanco, nos envía la palabra de que desea comprar nuestras tierras pero está dispuesto a permitir que reservemos lo suficiente como para vivir confortablemente. Esto parece en verdad generoso, ya que los pieles roja ya no tiene derechos que respetar, y la oferta puede ser también sabia, ya que nosotros ya no necesitamos una gran nación.

Hubo un tiempo en el que nuestra gente ocupaba toda la tierra, como las ondas de un mar rizado por el viento cubren su suelo cubierto de conchas. Pero esa época ha pasado hace tiempo junto con la grandeza de tribus ahora casi olvidadas. No estaré de luto por nuestra decadencia final, ni repruebo a mis hermanos carapálidas por haberla acelerado, ya que nosotros también tenemos algo de culpa.

Cuando nuestros hombres jóvenes crecen enojados por un cierto mal verdadero o imaginario, y desfiguran sus caras con pintura negra, sus corazones también se desfiguran y se vuelven negros, y después su crueldad es implacable y no conoce límite alguno, y nuestros hombres viejos no pueden frenarlos.

Pero esperemos que las hostilidades entre el hombre rojo y sus hermanos carapálidas no vuelvan nunca. Tendríamos todo que perder y nada que ganar.

Es verdad que esa venganza, con nuestros jóvenes bravos, se considera un triunfo, incluso a costa de sus propias vidas. Pero los viejos hombres que permanecen en el territorio en épocas de guerra, y las mujeres viejas, que tienen hijos que perder, conocen esto bien.

Nuestro gran padre Washington, porque supongo que ahora es nuestro padre tanto como el suyo, ya que George ha movido sus fronteras hacia el norte; nuestro grande y buen padre, digo, nos envía palabras a través de su hijo, que, ninguna duda cabe, es un gran jefe entre su gente, de que si hacemos lo que nos pide, nos protegerá. Sus ejércitos valientes serán para nosotros como una poderosa pared erguida, y sus grandes naves de la guerra llenarán nuestros puertos de modo que nuestros viejos enemigos del lejano norte, los simshian y los haida, ya no asustaran a nuestras mujeres y viejos. Entonces él será nuestro padre y nosotros sus hijos.

¿Pero puede esto durar para siempre? Su Dios ama a su pueblo y odia al mío; él extiende sus brazos fuertes cariñosamente alrededor del hombre blanco y lo conduce como un padre lo hace con su pequeño, pero él ha abandonado a sus niños rojos; él hace que su gente se vuelva más fuerte cada día, y pronto llenarán la tierra; mientras que mi gente está menguando como una marea retirándose rápidamente, y que no volverá a fluir. El Dios del hombre blanco no puede amar a sus niños rojos o los protegería. Parecen huérfanos y no encuentran ayuda en ninguna parte. ¿Cómo, entonces, podemos convertirnos en hermanos? ¿Cómo puede su padre volverse nuestro padre, traernos prosperidad y despertar en nosotros sueños de regreso a la grandeza?

Su Dios nos parece parcial. Se le presentó al hombre blanco. Nosotros nunca lo vimos; incluso, nunca oimos su voz. Le dio al hombre blanco leyes pero no tenía ninguna palabra para sus niños rojos cuyos millones llenaron este continente extenso como las estrellas cubren el firmamento. No, somos dos razas distintas y debemos permanecer así. Tenemos poco en común. Las cenizas de nuestros antepasados son sagradas y la tierra donde llevan a cabo su descanso final es tierra santa, mientras que ustedes vagan lejos de las tumbas de sus padres aparentemente sin sentir ningún pesar.

Su religión fue escrita sobre tablas de piedra por el dedo de hierro de un dios enojado, para que nunca lo olvidaran. El hombre rojo nunca podría recordar ni comprender esto.

Nuestra religión son las tradiciones de nuestros antepasados, los sueños de nuestros viejos, dados por el Gran Espíritu, y por las visiones de nuestros caciques, y se escribe en los corazones de nuestra gente.

Sus muertos dejan de amarlos a ustedes y a sus hogares natales tan pronto como pasan los portales de la tumba. Yerran lejos, más allá de las estrellas, y pronto se olvidan, y nunca regresan. Nuestros muertos nunca se olvidan del mundo hermoso que los dio su existencia. Todavía aman sus ríos sinuosos, sus grandes montañas y sus valles secuestrados, y anhelan siempre el mullido afecto de los solitarios a quienes visitan a menudo y reconfortan.

El día y la noche no pueden vivir juntos. El hombre blanco siempre ha huído del acercamiento del hombre blanco, como las nieblas cambiantes de las laderas de las montañas se alejan una vez que llega el quemante sol de la mañana.

Sin embargo, su propuesta me parece justa, y creo que mis amigos la aceptarán y se retirarán a la reservación que les ofrece, y viviremos separados y en paz, ya que las palabras del gran jefe blanco me parecen la voz de la naturaleza hablándole a mi gente desde la densa oscuridad que rápidamente los rodea como la densa niebla que flota tierra adentro des un mar de medianoche.

Lo único que importa es dónde pasemos el resto de nuestros días, que no son muchos. La noche india promete ser oscura. No habrá estrellas asomándose por el horizonte. Vientos que soplan con voces tristes gimen a la distancia. Una némesis severa de nuestra raza se halla en el juicio del hombre rojo, y donde quiera que vaya oirá las seguras pisadas aproximándose del cruel destructor y se prepara para su juicio final, como lo hace el ciervo herido que oye aproximarse al cazador. Unas pocas lunas más, unos pocos inviernos más, y ninguno de los poderosos huéspedes que una vez llenaron esta extensa tierra y por donde ahora vagabundeanen como bandas fragmentadas por estas vastas soledades permancerán para llorar sobre la tumba de un pueblo que una vez fue tan poderoso y esperanzado como el suyo.

Pero, ¿por qué deberíamos afligirnos? ¿Por qué debería quejarme del destino de mi gente? Las tibus están compuestas de individuos y no hay mejores que ellos. Los hombres van y vienen como las olas del mar. Un lágrima, un tamanawus, un canto fúnebre, y se habrán ido para siempre de nuestros ojos suspirantes. Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla con él, de amigo a amigo, no está exento del destino normal. Podemos ser hermanos, después de todo. Ya lo veremos.

Valoraremos su propuesta, y cuando hayamos tomado una decisión se lo diremos. Pero para aceptarla, hago aquí y ahora de esto la primera condición: que no nos sea negado el privilegio, sin ser molestados, de visitar cuando así lo deseemos la tumba de nuestros ancestros y amigos. Cada parte de esta nación es sagrada para mi gente. Cada ladera, cada valle, cada planicie y cada bosque han sido sacralizados con algunos recuerdos cariñosos o con alguna experiencia triste para mi tribu.

Incluso las rocas que parecen yacer silenciosas mientras son sofocadas por el sol a lo largo de la costa con una solemnidad magnificente estremecen los recuerdos de antiguos sucesos conectados con el sino de mi pueblo, y el mismísimo polvo bajo sus pies responde más cariñosamente a nuestras pisadas que a las suyas porque lo forman las cenizas de nuestros antepasados, y nuestros pies desnudos son conscientes del toque benévolo ya que el suelo está enriqueceido con la vida de nuestros parientes.

Los bravos pintados de negro, y las madres cariñosas, y las doncellas de corazón alegre, y los pequeños que vivieron y gozaron aquí, y cuyos nombres ahora han sido olvidados aún aman estas soledades y la profunda velocidad con la que crece el atardecer sombreado por la presencia e los espíritus oscuros. Y cuando el últimos de los hombres rojos haya desaparecido de la faz de la tierra y su memoria entre los blancos se haya convertido en un mito, estas costas estarán colmadas por los muertos invisibles de mi tribu, y cuando los hijos de sus hijos piensen por ellos mismos sólos en el campo, en el depósito, en la tienda, en el camino o en el silencio del bosque, no estarán solos. En toda la Tierra no hay un lugar de dedicado a la soledad. De noche, cuando las calles de sus ciudades y sus pueblos estén en silencio, y ustedes crean que están desiertas, habrá un gentió con los espíritus que vuelven y que una vez llenaron y aún aman esta hermosa tierra. El hombre blanco jamás estará solo. Dejémoslo que sea justo y amable con mi pueblo, porque los muertos no carecen completamente de poder.

 

La versión de Tom Perry (1974)

¿Cómo pueden comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? La idea nos parece extraña.

 

No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podrían comprárnoslo?

 

Deben saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, o la neblina en el oscuro bosque, cada insecto con su zumbido son sagrados para la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta los recuerdos del hombre de piel roja.

 

Los muertos del hombre blanco dejan su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra, porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas, el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las crestas rocosas, las savias de las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

 

Por eso, cuando el Gran Jefe en Washington manda a decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda a decir que nos reservarán un lugar para que podamos vivir cómodamente. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestra tierra. Pero no será fácil, pues esta tierra es sagrada para nosotros.

 

El agua centelleante, que corre por los ríos y esteros no es sólo agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos estas tierras tendrán que recordar que son sagradas y deberán enseñar a nuestros hijos que lo son, y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

 

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si los vendemos nuestras tierras, deberán recordar y enseñarle a sus hijos que los ríos son sus hermanos y hermanos, en adelante deberán dar a los ríos el trato bondadoso que le darían a cualquier hermano.

 

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro, porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga. Cuando la ha conquistado, la abandona y sigue su camino. Deja trás de sí las sepulturas de sus padres, sin que le importen. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fueran cosas que se puedan comprar, saquear y vender, como si fueran corderos y cuentas de vidrios. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.

 

No sé. Nuestra manera de ser es diferente a la suya. La vista de sus ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas.

 

No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el rozar de las alas de un insecto. Pero quizás sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos, y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la chatacabra o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna. Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cara del lago y el olor del mismo viento, purificado por la lluvia o perfumado por la fragancia de pinos.

 

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo alimento: el animal, el hombre y el árbol. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que el hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si se lo vendemos, deberán recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y si les vendemos nuestras tierras deberán dejarlas aparte y mantenerlas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

 

Consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas tierras como hermanos.

 

Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren de marcha. Soy un hombre salvaje y no comprendo cómo el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir.

 

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre sí.

 

Ustedes deberán enseñarle a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, deberán decirle a sus hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Deberán enseñarle a sus hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la Tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra, afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.

 

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre le pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo.

 

Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

 

Bibliografía

 

 

 

Bartra, R., 1998. El salvaje en el espejo. UNAM-Ed. ERA, México. Brown, D., 1979. Bury my earth at Wounded Knee. An indian history of the American West. Bantam Books.Buerge, David M., 1991: Seattle’s King Arthur. Seattle Weekly, 17 de julio. Berkes, F., 2000. Sacred Ecology. Traditional Ecological Knowledge and Resource Management. Taylor and Francis,Filadelfia.Gifford, E. y R. Michael Cook (ed.), 1993. How can one sell the air? Chief Seattle’s Vision. Summertown,TennesseeHilbert, V., 1990: When Chief Seattle Spoke . En Robert K. Wrigth (ed.). A Time of Gathering: Native Heritage in Washinton State. Unniversity of Wahington Press. Hobsbawn, E y T. Ranger (eds.), 1997.The Invention of Tradition. Cambridge University Press.Johansson, Per-Olof. Chief Seattle Speech? www.geocities.com/Athens/2344/chiefs4.htm.Jones, M., 1992. Another reason to beware of false eco-prophets. Newsweek, 4 de mayo, pp. 68 ss.Kaiser, Rudolf, 1987. Chief Seattle‘s Speech(es): American Origins and European Reception. En Brian Swann y Arnold Krupat (ed.). Recovering the Word. Essays on Native American Literature. University of Calinfornia Press.Semarnap, Espacios naturales y Desarrollo Sustentable A.C., 2000. Áreas naturales protegidas de México. México.Smith, Henry A., 1887. Early Reminiscences. Seattle Sunday Star, 29 de octubre.Stagl, J., 1995. A history of curiosity. HarwoodStekel, P., 1996. Warriors and chiefs. Did Seattle really say The earth does not belong to man; man belongs to the earth. Wild West, número 2, febrero.Todorov, T., 1991. Nosotros y los otros. Siglo XXI. Eds., México.Washington Historical Quarterly, vol. 22, #4. Octubre de 1931. Washington University State Historical Society, Seattle.Wilson, P., 1992. What Chief Seattle Said. NRLINews, volumen 3, número 2: 1, 12-15.Wolf, E., 1987. Europa y los pueblos sin historia. FCE, México.

Notas

1 Como dice Todorov (1991) las doctrinas filosóficas tienen consecuencias prácticas ya que "... los discursos son acontecimientos, motores de la historia, y no solamente sus representaciones." o como lo expone Geertz: "Se trata del argumento de que la razón por la cual el pensar es serio es porque éste es un acto social y de que uno es responsable de éste como de cualquier otro acto social. Acaso más incluso, pues es, a la larga, el acto social de mayores consecuencias." (1996:39)

2 Aunque es el más famoso no es el primero en adoptar esta postura. El concepto de noble salvaje puede rastrearse mucho antes que la aparición de las reflexiones del filósofo francés. En Grecia, Homero, Plinio y Jenofonte idealizaron a los arcadios y a otros grupos con los que entraron en contacto o que imaginaron. Lor romanos Horacio, Virgilio y Ovidio hicieron un ejercicio comparable con lo escitas (véase Bartra, R., 1998 y J. Stagl, 1995).

3 Alcorn señala además la existencia de otro mito, el de la dupla noble salvaje/ángel caído: «[los conservacionistas de los países del Norte] desean mantener la biodiversidad de los áreas naturales que no han sufrido alteración, libres de cualquier presencia humana. Consideran a quienes allí habitan y trabajan como amenazas... Por el otro lado, los conservacionistas culturales septentrionales quieren ver a los pueblos exóticos preservados como culturas superiores idealizadas que vivien en ‘armonía con la naturaleza’, sin que la economía de mercado los corrompa.» (Berkes, op. cit.: 145-146).

4 Para quienes pudieran creen que el texto del jefe Seattle está pasado de moda, cfr. la Presentación de Semarnap, et al., 2000: 2.

5 Algunas de las fuentes más importantes para esto son: D. Buerge, 1991; E. Gifford y M. Cook, 1993; V. Hilbert, 1990; R. Kaiser, 1987.

7 Una de las corporaciones más importante de la historia política y económica de Canadá. Esta corporación se encargó desde principios de 1670 de establecer vías de comunicación desde el noroeste de dicha nación hacia el Pacífico y de comerciar, principalmente con pieles (Wolf, E., 1987).

8 Los «méritos», al perecer indiscutibles, del gobernador Stevens resultan ser dos: por una parte, haber establecido normas relacionadas con la división de la captura de salmón para los pueblos indígenas y la protección de las corrientes que usan estos peces contra actividades que pudieran afectarlos negativamente y, por la otra, haber diezmado y reducido a su mínima expresión a los habitantes originales de estas tierras. Véase una breve pero ilustrativa descripción de este personaje en Brown, 1979: 301.

9 Stekel (1996) dice que al jefe suquamish esta noticia le pareció muy poco alentadora ya que consideraba que su sueño eterno se vería perturbado cada vez que se se mencionara su nombre. Y la Enciclopedia Británica (1999) presenta la extraña anécdota de que este conflicto se resolvió cobrando un pequeño impuesto a los pobladores del lugar como comprensación adelantada por tales molestias.

10 Stekel (ibid.) señala que este texto, así como los comentarios de Sealth de 1855, se conservan en los archivos nacionales de los Estados Unidos de América.

11 La jerga chinook se convirtió en la lengua comercial de la costa noroeste. Combinaba el chinook y el nootka con otros términos indígenas, ingleses y franceses. Se llegó a usar desde California hasta Alaska después del contacto de los pobladores originales de la zona con los comerciantes de pieles americanos e ingleses.

12 Arrowsmith (1924-1994) enfant terrible de las letras norteamericanas, reconocido como maestro, poeta, traductor, latinista, crítico, especialista en cine y autoridad en literatura italiana.

13 Berkes (1999:148) cita un comentario sobre el particular en el mismo sentido: Para Rick Caldwell, bibliotecario del Museo Seattle de Historia e Industria lo que se dice en Home y que luego se le atribuyó al jefe Seattle sólo resulta tener una resonancia real si es algo que fue pronunciado por una persona nativa sabia. "No sería igual si hubiera sido dicho por un fulano llamado Guy".

 

 

 

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Última Actualización: 27/08/2007