Bosques,
gente y gobierno.
Algunas
lecciones teóricas iniciales*
Clark
G. Gibson, Margaret A. McKean y Elinor Ostrom
De
los trabajos que recopilamos en People and forest. Communities,
institutions, and governance1 podemos desprender
varias lecciones. La primera y más importante es que
los usuarios locales de los recursos forestales pueden ejercer
más control sobre los incentivos a los que se enfrentan,
de lo que frecuentemente se describe en los libros de texto
sobre políticas para el sector. Como lo sostiene McKean
(2000), los usuarios de los bosques no están atrapados
en una inevitable carrera por cortar árboles. Muchos
de los dueños de los bosques en Kumaon, Nepal y en Bolivia
han dedicado muchas horas a debatir entre sí sobre las
causas del deterioro del bosque que ellos perciben y a proponer
reglas alternativas por consideración hacia otros en
su comunidad. Durante años han experimentado reglas para
definir quién podría utilizar los bosques de la
localidad, qué productos maderables y cuándo podrían
recolectarse, qué tipo de herramientas se permitirían
usar, cómo podría cuidarse el bosque y qué
sanciones podrían imponerse a quienes rompieran las reglas
comunitarias. Como resultado de lo anterior, muchos de estos
usuarios superaron los dilemas que tuvieron para lograr una
forma de autogobierno que les permitiera manejar sus bosques
mejor que algunos de sus vecinos y que muchos gobiernos y empresas
forestales en sus países. Por ello, muchos de estos casos
demuestran que la propiedad comunitaria puede resultar una forma
eficiente de derecho de propiedad en relación con los
recursos de uso común (RUC)2, como lo sostiene McKean,
más que considerarlos fuente de ineficiencia, como aún
lo afirman muchos libros de textos y artículos sobre
la política para los recursos naturales (véase,
por ejemplo, Banco Mundial, 1991).
Los
casos analizados nos permiten afirman con solidez contra la
presuposición, ampliamente aceptada, de que los usuarios
de los recursos naturales están siempre en estado de
indefensión y que no pueden hacer nada por sí
mismos en lo que respecta a la degradación del recurso.
Los argumentos de McKean (ibid.) se apoyan en los casos
exitosos que tienden a seguir principios de diseño como:
el establecimiento de límites claramente definidos, el
diseño de reglas equitativas para compartir los costos
y los beneficios, establecer dispositivos efectivos de monitoreo
para imponer sanciones graduales, y crear organizaciones mayores
integrando unidades menores dentro de organizaciones más
grandes.
Por
otra parte, hemos aprendido nuevamente que las acciones locales
tienen un alto grado de variabilidad. Existen casos en donde
los miembros de algunas comunidades son incapaces de percibir
la creciente escasez de sus bosques, no logran crear reglas
efectivas para contrarrestar los incentivos de la recolección
excesiva y no pueden hacer cumplir sus propias reglas. Los usuarios
de bosques en Loma Alta, Ecuador, y algunas de las comunidades
en la India y en Nepal no han tenido éxito en diseñar
e implementar reglas en el ámbito local que les permitan
controlar efectivamente la cantidad de productos forestales.
Dadas estas diferencias recurrentes en cuanto a la efectividad
de las organizaciones locales, se presentan importantes interrogantes
para los analistas de cuestiones políticas así
como para aquellos interesados de manera más amplia en
la teoría de la acción colectiva: ¿qué
factores ayudan a explicar estas diferencias entre las comunidades
en cuanto a sus capacidades para diseñar, alterar e implementar
instituciones para su autogobierno? ¿Por qué algunas
comunidades pueden organizarse desde un principio? ¿Por qué
algunas poblaciones continúan experimentando nuevas reglas
de manera que alcanzan a ser relativamente eficientes y obtener
resultados sustentables? ¿Por qué algunas comunidades
se niegan a cambiar sus diseños institucionales que,
aunque una vez exitosos, fracasan cuando varían las condiciones
ambientales externas? Estas preguntas son muy difíciles
de contestar. Muchas combinaciones de variables afectan el establecimiento
inicial de nuevos arreglos institucionales, así como
el esfuerzo por adoptar y experimentar nuevas reglas a fin de
encontrar el conjunto adecuado de incentivos dado la situación
ambiental y cultural así como el entorno institucional
más amplio en el que se inscriben. Como resultado de
haber trabajado juntos en la construcción del programa
de investigación denominado International Forestry Resource
and Institution (IFRI, por sus sigla en inglés) hemos
comenzado a desarrollar una mejor comprensión teórica
de la diversidad de factores que parecen afectar las decisiones
que toman los usuarios locales acerca de si invierten o no (o
continúan invirtiendo) en acciones colectivas. Debe destacarse
que estas inversiones resultan costosas. Involucran a usuarios
enfrascados en largos y a veces acalorados debates acerca de
si están cortando madera en exceso, a quién se
debe culpar de ello, qué reglas deben cambiar, si las
normas que tienen las comunidades vecinas son mejores que las
suyas y cómo pueden lograr que se cumpla con estas reglas.
A
cierto nivel resulta sencillo dar una explicación teórica.
Los usuarios en el ámbito local no invertirán
en mejorar sus instituciones locales si no creen que los beneficios que recibirán (en términos de una producción
más sostenible, productos forestales más diversos,
reducción de la erosión, o un mejor suministro
de agua) por diseñar instituciones locales más
efectivas no excederá el gasto inicial, así como
los costos continuos que implica el manejo diario de
los bosques. Las instituciones locales afectan la probabilidad
de que participantes abusen o se aprovechen de los resultados
de los esfuerzos de otros y aumenta la probabilidad de beneficios
positivos. Sin embargo, las mismas instituciones, son costosas
de manejar y conservar. De tal manera que la pregunta central
para los miembros de una comunidad de usuarios de recursos es
si los beneficios de organizarse superan a los costos. Explicar
por qué algunas comunidades se organizan eficazmente
mientras que otras no requiere que entendamos los beneficios
y costos de este tipo de organización, tal como los perciben
diferentes miembros de la comunidad. Así, una comprensión
teórica de la acción colectiva local depende de
vincular los costos y beneficios de invertir en instituciones
locales con las decisiones tomadas dentro de arreglos de elección
colectiva en una comunidad.
Una
parte importante de la explicación de por qué
algunos usuarios vencen los dilemas que enfrentan en el uso
de sus recursos lo forma una teoría abstracta de los
beneficios y costos de la acción colectiva local. Una
pregunta más práctica es cuáles variables
empíricas afectan estos costos y beneficios. Ahora la
tarea se vuelve más ardua. Muchas variables potencialmente
pueden afectar los beneficios y los costos de la acción
colectiva. Tratar de identificarlas es una tarea importante
para los analistas de políticas. Si se pueden establecer
relaciones empíricas, entonces puede ser posible diseñar
políticas públicas que reduzcan algunos de los
costos e incrementen ciertos beneficios de forma que más
usuarios locales superen los dilemas que enfrentan en el uso
de sus recursos. Con base en el trabajo de muchos especialistas
(McKean, 2001; Wade, 1994; Schlager, 1994; Tang, 1992; Ostrom,
1990, 1992a, 1992b; Baland y Plateau, 1996; Ostrom, Gardner
y Walker, 1994) es posible comenzar a reconocer los factores
que múltiples estudiosos han identificado como promotores
de la probabilidad de que quienes usan los recursos forestales
se organicen ellos mismos en primera instancia, y continúen
experimentando con reglas revisadas a fin de evitar las pérdidas
sociales asociadas con reglas en uso ineficientes que tiene
que ver con los recursos de propiedad común. Ostrom divide
estos factores en dos grupos. El primero se refiere a los atributos
de un recurso, el segundo a las características de los
usuarios de tales recursos.
Atributos
del recurso:
R1.
Mejoras posibles: no se percibe que el bosque se halle en un
nivel de deterioro tal que resulte útil organizarse o
subutilizar las pequeñas ventajas que resultan de la
organización.
R2.
Indicadores: el cambio en calidad y cantidad de productos forestales
proporciona información confiable y válida sobre
la situación general del bosque.
R3.
Predecibilidad: la disponibilidad de productos forestales es
relativamente predecible.
R4.
Localización espacial, terreno y extensión: el
bosque es lo suficientemente pequeño, dado el terreno,
la transportación existente, y la tecnología de
comunicaciones como para que los usuarios pueden desarrollar
un conocimiento preciso de las fronteras externas y los microambientes
internos, y construyan dispositivos de monitoreo a bajo costo.
Atributos
de los usuarios:
A1.
Importancia: los usuarios dependen de los bosques para una parte
importante para su subsistencia (o para otras variables de importancia
para ellos).
A2.
Común acuerdo: los usuarios tienen una imagen compartida
de los bosques (atributos R1, R2, R3 y R4 ya mencionados) y
cómo sus acciones producen efectos sobre los demás
y en el bosque.
A3.
Tasas de descuento: la mayoría de los usuarios tiene
una tasa de descuento lo suficientemente baja en relación
con los beneficios futuros que podrán obtenerse del bosque.
A4.
Credibilidad y reciprocidad: los usuarios confían unos
en otros para mantener sus promesas y establecer una relación
de reciprocidad entre ellos.
A5.
Autonomía: los usuarios son capaces de determinar reglas
de acceso y recolección sin que las autoridades externas
ordenen lo contrario.
A6.
Experiencia organizativa previa y liderazgo local: quienes se
apropian de los recursos han aprendido, al menos, habilidades
mínimas de organización y liderazgo a través
de la participación en otras asociaciones locales o sabiendo
la forma en que los grupos vecinos se han organizado.
Ambos
conjuntos de variables pueden afectar los costos y beneficios
de los individuos que deben decidir si invierten sus recursos
en la construcción o en la mejora de las instituciones
locales relacionadas con sus bosques. Por ejemplo, si los usuarios
locales no creen posible que sus bosques mejoren aún
por el esfuerzo colectivo exitoso que realicen los individuos
(R1) resultará poco probable que se organicen en primer
lugar o inviertan esfuerzo para mejorar sus reglas. La dificultad
para predecir los patrones de crecimiento en un bosque (R3)
hace que resulte muy costoso para cualquiera el descifrar reglas
efectivas que limiten la recolección de manera sustentable.
Si los usuarios no confían en que los demás mantendrán
sus promesas (A4), tienen que esperar pagar gastos para obligar
a su cumplimiento más altos, lo que implica que usarán
parte o todos los beneficios que pudieran obtener. Ostrom discutió
con cierta profundidad cómo estas variables interactúan
afectando los beneficios y los costos de la acción colectiva
local.
Junto
con las variables mencionadas, para las cuales existen vínculos
teóricos relativamente claros entre la variable y los
costos y beneficios como los perciben los usuarios, existen
dos atributos adicionales para quienes hacen uso de los recursos
para los que hay una considerable discusión teórica.
Son lo que se refieren al tamaño del grupo y a la heterogeneidad
de quienes los utilizan. Las discusiones teóricas se
han llevado a cabo teniendo como base el trabajo fundacional
de Mancur Olson (1965) que sostiene que los grupos más
pequeños tienen que enfrentar costos de transacción
menores y por ello es probable que superen mejor los problemas
de la acción colectiva que los más grandes (véase
también Buchanan y Tullock, 1962; Baland y Platteau,
1996, Cernea, 1989; para una opinión diferente, Hardin,
1982). Pero como resulta del trabajo de Agrawal (2000) los grupos
pequeños pueden estar en desventaja cuando tienen que
utilizar de manera ordenada suficientes recursos para monitorear
el uso de los bosques o hacer cumplir las reglas locales en
los juzgados. También vemos que no existe una relación
marcada en los estudios sobre sistemas de riego autoregulados.
Tang (1992) no encontró relación estadística
alguna entre el tamaño del grupo y las variables de funcionamiento.
En el análisis de Lam (1998) de un sistema de irrigación
mucho más grande en Nepal, que cuenta hasta con 475 miembros,
tampoco halló ninguna relación significativa entre
la cantidad de agricultores y el funcionamiento de las variables.
En el trabajo de Varughese (2000), donde el número de
usuarios va de 79 a 750, el autor encontró que la cantidad
de unidades familiares por hectárea de área boscosa
no da lugar a una diferencia sistemática en la organización
o en el funcionamiento de la acción colectiva. Como resultado,
los estudios empíricos desafían la suposición
de que los grupos pequeños es probable que se organicen
mejor y que tengan éxito en tal empresa.
La
razón por la cual algunos estudiosos sostienen que el
tamaño se encuentra relacionado negativamente con la
posibilidad que los usuarios superen los dilemas de la autoorganización
para administrar un recurso común es que presuponen que
los grupos más grandes probablemente sean más
heterogéneos que los menores. Así, con frecuencia
la heterogeneidad por sí misma se considera un detrimento
de la autoorganización. Marcus Olson (1965), por otra
parte, reconoció la posibilidad de que los grupos en
donde hay heterogeneidad considerable pueden resultar privilegiados
si quienes tiene mayores intereses económicos y poder
iniciaran una acción colectiva para proteger sus propios
intereses. Aquellos con menores bienes podrían considerarse
con capacidad para "gorrear"3 las contribuciones de
quienes tienen una mayor cantidad de activos. Este argumento
fue presentado de manera rigurosa por Bergstrom, Blume y Varian
(1986) y obtuvo un apoyo experimental modesto de parte del trabajo
de Chan et al. (1996). Por otra parte, Dayton-Johnson
y Bardhan (1998) sostienen que la desigual valoración
puede ser benéfica dentro de márgenes estrechos
pero dañina si estos últimos son amplios. Un estudio
empírico realizado por Molinas (1998) apoya la noción
de que la relación entre desigualdad en el ingreso y
efectividad de los grupos locales es curvilínea.
Desgraciadamente
para quienes gustan de las explicaciones sencillas de la conducta
social, es un conjunto muy grande de variables —12 en total—
el que potencialmente afecta los cálculos de costo-beneficio
de los usuarios de recursos. Y para empeorar las cosas, más
allá de estas 12 variables existe un número mayor
de ellas identificadas en la literatura relacionada con políticas
y que algunos especialistas sospechan que influyen sobre las
tasas de deforestación. Incluyen explicaciones tan populares
como la densidad de población, la disponibilidad de nuevos
vínculos para la transportación, la disponibilidad
de sustitutos para productos maderables y el aumento en el valor
de la madera y de otros recursos del bosque.
Muchas
de las variables mencionadas antes se ven fuertemente afectadas
por los regímenes de gobierno nacionales de los que forman
parte los bosques. Estos gobiernos pueden facilitar la organización
local al proporcionar información precisa sobre los sistemas
de recursos naturales, ofrecer ámbitos donde los participantes
pueden establecer contactos y procesar la resolución
de conflictos así como proporcionar mecanismos para respaldar
los esfuerzos locales de monitoreo y sanciones. La formación
de coaliciones locales de organizaciones no gubernamentales,
donadores internacionales y élites políticas favorablemente
dispuestas dan lugar a una gran diferencia en cómo los
usuarios locales pueden ser capaces de organizarse efectivamente
(Silva, 1994; Blair, 1996). De esta manera, los usuarios de
los recursos forestales en los regímenes macropolíticos
que facilitan sus esfuerzos tienen más posibilidades
de desarrollar instituciones locales exitosas que quienes viven
en sistemas que ignoran por completo el problema de los recursos
o, en el otro extremo, creen que todas las decisiones acerca
del gobierno y la administración deben ser tomadas por
el gobierno nacional. Cuando las reglas son impuestas por extraños
sin consultar a quienes van a ser los más afectados,
es muy posible que los usuario locales se vuelvan ladrones,
más que cooperantes hacia los recursos que de otra forma
habrían manejado de forma sostenible y tratarán
de evadir a las autoridades externas a la comunidad.
Aunque
los conceptos de beneficio y costos son relativamente sencillos,
no hay una variable única (o inclusive dos o tres) que
proporcione una relación empírica sólida
con tales conceptos teóricos. Cuando todos los beneficios
y costos pueden ponerse en términos monetarios la operacionalización
y la prueba de una teoría es mucho más sencilla
que cuando muchas variables no monetarizadas afectan los cálculos
de costo-beneficio que realizan los participantes. Además,
realizar pruebas en relación con la importancia relativa
de más de una docena de variables distintas que tienen
que ver con la posibilidad de los usuarios locales para organizarse
y reorganizarse a fin de resolver problemas relativos a los
dilemas que tiene que ver con los bienes comunes no es algo
que pueda hacerse con el conjunto de los casos que se analizan
en Gibson et al. (2000). Una exploración y una
prueba a fondo requerirían un número mayor de
estudios individuales. Una prioridad en cuanto a nuestros estudios
actuales y futuros es obtener mejores mediciones de estos conceptos
y examinar su peso relativo para explicar la aparición
y continuidad de las organizaciones locales en el manejo de
los bosques. Y la creación de la red de investigación
IFRI está diseñada exactamente para permitirnos
contar con un cuerpo de datos mucho mayor para este tipo de
análisis comparativos realizados de forma rigurosa. Pero
los casos analizados en People and forests... proporcionan
cierta confianza extra de que muchas de estas variables resultarán
vínculos importantes entre los complejos ambientes donde
viven los usuarios de estos recursos y donde deben tomar decisiones
complicadas y los conceptos abstractos de costo y beneficio
de la acción colectiva. Vamos a ilustrar cómo
algunos de estos conceptos son revisados en muchos de los capítulos
de Gibson et al. (op. cit.).
Por
ejemplo, en el estudio de Agra-wal (2000) los usuarios del bosque
en Kumaon debían de percibir una mejora viable en las
condiciones de los bosques (R1) que trataban de manejar para
que no tuvieran que ser obligados a organizarse. Como se ve
en la información proporcionada por este trabajo todos
los bosques tiene al menos cierta biomasa maderable y algunos
cuentan actualmente con un nivel significativo de biodiversidad.
Los funcionarios de los consejos forestales realizan evaluaciones
periódicas de las condiciones de los bosques antes de
decidir sobre los niveles de cosecha anuales (R2), lo cual es
particularmente cierto para el más exitoso de estos consejos.
Evidencia del uso ilegal de productos forestales puede dar como
resultado el despido del guardabosques que el consejo tiene
contratado. La posibilidad relativamente alta de predecir los
productos forestales (R3), no varía mucho entre los bosques
de Kumaon y por ello no tiene un papel importante en la explicación
de las diferencias entre las comunidades. En el estudio de Agrawal
las comunidades más pequeñas que intentaban administrar
un bosque espacialmente disperso (R4) fueron las que enfrentaron
las mayores dificultades para desarrollar dispositivos de monitoreo
de bajo costo cubriendo grandes distancias.
Como
lo señala Agrawal (op. cit.) los bosques juegan
un papel crítico en las actividades productivas de los
habitantes de Kumaon (A1). Sin el forraje, los fertilizantes,
la leña y la madera para construcción que proviene
de estas zonas boscosas, a veces a costos bajos, los habitantes
de las serranías encontrarían extremadamente difícil
subsistir en este ambiente. Y todas las comunidades tienen la
autoridad para establecer consejos de poblado con considerable
autonomía (A5). La mayoría de estas poblaciones
comparten los restantes atributos considerados como conducentes
a la autoorganización. De hecho, todas las comunidades
que estudió Agrawal se hallan organizadas y funcionando
en algún grado. Lo que su estudio aporta a nuestra comprensión
es la importancia de igualar el tamaño del grupo con
el del ecosistema para superar los problemas de seguimiento.
Un grupo requiere ser lo suficientemente grande como para movilizar
recursos adecuados para un programa efectivo de monitoreo que
haga frente a quienes caen en la tentación de romper
las reglas comunitarias y que en su caso pueda sancionarlos.
Si una localidad pequeña y relativamente pobre tiene
todo un bosque completo que patrullar, enfrenta costos continuos
de monitoreo y forzar al cumplimiento de las reglas a costos
más altos que una población más grande
con niveles parecidos de ingreso por hogar que es al final capaz
de movilizar un grupo de trabajo mayor para monitorear quién
está haciendo uso del bosque. De esta manera, el estudio
de Agragal nos ayuda a comprender cómo el tamaño
del grupo de usuarios puede tener una relación curvilínea
con respecto a la probabilidad de una autoorganización
exitosa.
Por
su parte, aunque Banana y Gombya-Ssembajjwe (2000) no tratan
el tema del autogobierno en los bosques de propiedad comunitaria,
las lecciones que se derivan de su trabajo destacan la importancia
de los atributos mencionados antes. Una implicación obvia
pero importante es que la localización espacial, la extensión
y el terreno que ocupan de los bosques (R4) es un aspecto crítico
para la construcción de regímenes de manejo exitosos
ya sea que la gestión se lleve a cabo a través
de grupos locales o del gobierno central.
Los
bosques de Lwamunda, Mbale y Bukaleba, protegidos por el gobierno
ugandés son muy amplios, con límites extensos
que corren a lo largo de terrenos no gubernamentales. Para hacer
cumplir las leyes nacionales que restringen la recolección
de productos forestales de estas reservas, el departamento forestal
necesitaría una gran cantidad de personal e, idealmente,
mejores medios de transporte. Debido a que el Estado es incapaz
de proporcionar los recursos suficientes para hacer esto realidad,
la gente de manera rutinaria explota estas zonas. Su enorme
extensión ayuda a que se conviertan en recursos de acceso
abierto. Por otra parte, la reserva Echuya ayuda al departamento
con cuidado lo que reduce los costos del patrullaje. Aunque
extenso, este bosque tiene un solo camino cerca de allí,
lo que facilita el monitoreo.
Los
atributos que influyen sobre la toma de decisiones también
pueden ayudar a entender por qué los bosques privados
de Namungo no se encuentran sobreexplotados. Con límites
pequeños y un sendero alrededor, la familia Namungo y
su personal pueden patrullar fácilmente el cotorno de
esta área. Namungo también evita los costos asociados
con los atributos de los usuarios que se hallan en situaciones
de bienes comunes. Como único propietario, no tiene que
superar las diferencias entre él y los otros dueños
relacionados con la importancia (A1), el común acuerdo
(A2), o la confianza (A5). La propiedad individual hace que
otros atributos cobren importancia, como la tasa de descuento
(A3): si la tasa de descuento de Namungo cambia, puede elegir
aclarar su bosque sin sufrir los costos asociados con la toma
de una decisión en el ámbito grupal.
Como
en el trabajo de Banana y Gombya-Ssembajjwe, el análisis
de Schweik (2000), demuestra que las características
del bosque afectan su manejo. El área de bosque gubernamental
de Shaktikhor es extensa pero se localiza en un terreno de difícil
acceso con una infraestructura de transporte limitada. Esto
hace que el monitoreo que realiza el personal del Departamento
de bosques sea costoso y difícil, lo que da como resultado
un patrón de obligatoriedad centrado sólo en áreas
que son fácilmente accesibles para los vehículos.
Algunos
atributos de los usuarios de estos bosques son de buen agüero
para la aparición de instituciones locales exitosas.
Todos los individuos en el área dependen de los bosques
para su subsistencia, incluyendo forraje, combustible, productos
alimenticios y madera. La mayoría de las personas también
comparten una común acuerdo sobre el papel que juegan
los bosques y su uso, aún cuando dichos usos pueden ser
desiguales (debido al sistema de castas). Los pobladores perciben
el deterioro boscoso y reconocen la necesidad de hacer algo
para frenarlo. Pero como no tienen autonomía para fijar
las reglas relativas al uso de los bosques, los pobladores locales
no han buscado invertir en la construcción de instituciones
para administrar dichos recursos naturales. El funcionario forestal
de distrito no quiere ceder el control de las reglas de recolección
a las comunidades locales.
En
el caso de Loma Alta, Ecuador, analizado por Gibson y Becker
(2000) encontramos muchos de los atributos de los usuarios que
podrían reducir los costos de la autoorganización
local. Destaca en este sentido el que la comunidad tiene completa
autonomía local así como una amplia experiencia
organizativa anterior. De hecho, la comunidad se ha organizado
sola para obtener beneficios de los bienes públicos locales.
Sin
embargo, la ubicación de los bosques contribuyó
a dos problemas que han impedido a que Loma Alta diseñe
y haga cumplir las reglas sobre la explotación excesiva
del bosque. Muchos de sus residentes no realizan normalmente
el recorrido para recoger madera de sus bosques por lo que continúan
imaginándose que éste es más grande de
lo que resulta en realidad. Estas personas no comparten la visión
común de los problemas a los que se enfrenta el uso de
este recurso debido a la incursiones de los usuarios vecinos,
su propia recolección en exceso y los vínculos
entre la floresta y el suministro de agua. Además, la
gran distancia que hay entre la comunidad y el bosque sólo
aumenta los costos de cualquier esfuerzo por tratar de monitorear
el uso del bosque.
La
cantidad de grupos en Loma Alta que utilizan el bosque por diferentes
razones implica también costos altos para cualquiera
que busque construir planes de manejo efectivos de este recurso.
El punto de vista de los cortadores de madera es distinto al
de los campesinos y recolectores de paja toquilla. Y pocos de
estos grupos entienden su impacto sobre las condiciones del
bosque. De esta forma, un común acuerdo acerca del bosque
ha estado relativamente ausente en el caso de Loma Bonita.
Es
interesante destacar que después de nuestra visita inicial
de investigación, Becker regresó a la zona como
parte de un esfuerzo organizado por una ONG local para ayudar
a que los pobladores establecieran una reserva en su valioso
recurso (Becker, 1999). Los habitantes de la comunidad participaron
en un esfuerzo científico por medir la cantidad de agua
captada por los bosques y después filtrada hacia sus
propias fuentes subterráneas de agua. La comunidad y
la ONG realizaron también un video sobre su bosque que
permite que la mayoría de los miembros de la comunidad
cuente con una visión diferente acerca del valor de este
recurso, el peligro de su sobreexplotación y de los beneficios
que pueden alcanzar si encuentran un modo efectivo de preservar
parte de este bien para el futuro. Con este tipo de ayuda externa,
la perspectiva común de los beneficios y costos cambió
en la comunidad, y se construyeron reglas para regular el uso
de los bosques y alcanzar un modelo más sostenible.
El
ejemplo demuestra que no existe una relación fija entre
el tamaño, la localización y la forma de un bosque
y las percepciones que los individuos tienen acerca de tales
variables. La relación entre percepción y realidad
es en sí misma potencialmente alterable a través
de la acción colectiva. Pero cuando un bosque se encuentra
a una distancia considerable, este factor físico aumenta
la dificultad para lograr un acuerdo común de los beneficios
posibles e incrementa los costos de alcanzar la acción
colectiva local exitosa.
El
análisis de Becker y León (2000) muestra claramente
que las características de los yucararé les han
permitido, hasta fechas recientes, crear y conservar instituciones
que dieron como resultado el manejo exitoso de sus bosques comunitarios.
De hecho, se podría afirmar que los yucararé poseían
todas los atributos de los usuarios: dependían en gran
medida del bosque, tenían una perspectiva común
acerca de este bien (acerca de cómo utilizarlo, qué
plantas atraen a los animales de caza, y que actividades se
necesitan para administrar el bosque), pensaban permanecer en
el lugar, compartían una distribución similar
de intereses, en buena medida confiaban unos en los otros, diseñaron
sus reglas sin la interferencia de extraños y poseían
una larga historia de organización. Estas características
les ayudaron a reducir los costos que enfrentaron en la construcción
y mantenimiento de un conjunto de instituciones que los han
apoyado a ellos y a sus recursos boscosos por siglos.
La
aparición recientemente de una industria maderera comercial
cerca de los yuracaré afectó a algunos de estos
atributos que a su vez pueden influir sobre la capacidad del
grupo para manejar sus bosques. El mercado de la madera permitió
que algunos individuos del grupo étnico ganen más
que otros, afectando su común acuerdo, la distribución
de sus intereses y sus niveles de confianza mutua. Con el continuo
crecimiento urbano en el área, la tasa de descuento del
bosque puede también verse reducida con el tiempo. Conforme
aumentan los costos asociados a estos atributos, la capacidad
de los yuracaré para mantener lo que previamente eran
instituciones exitosas se ve desafiado.
El
estudio de Varughese (2000) de 18 comunidades ofrece una prueba
directa de si una de las explicaciones populares sobre la deforestación
sirve para comprender las diferencias en las condiciones de
los bosques en las áreas rurales de Nepal. Una de esas
explicaciones "obvias" de por qué muchos países
enfrentan actualmente deforestaciones masivas es el incremento
poblacional. Como Varughese encontró que más del
65 % de los bosques cuyas condiciones están mejorando
también tienen un crecimiento poblacional por encima
del promedio y que un 55 % de los bosques cuya situación
está empeorando tiene un crecimiento demográfico
en sus habitantes por debajo de la media, el autor concluye
que no existe una relación general entre crecimiento
poblacional y condiciones de los bosques en estas 18 comunidades
(véase también Fairhead y Leach, 1996) cuya evidencia
se opone a este enunciado. Por otra parte, este estudioso encuentra
un fuerte apoyo para la afirmación de McKean de que las
instituciones de bienes comunes pueden resultar con frecuencia
más efectivas que otras formas de propiedad para los commons, y en particular para los recursos forestales.
El autor también halla un alto nivel de asociación
entre el grado de actividad colectiva que existe en una comunidad
y la condición de su foresta. Esta actividad se manifiesta
de maneras innovadoras para hacer frente, por ejemplo, a grupos
de usuarios de gran tamaño. La creación de subcomités
y subgrupos para coordinar a las grandes membresías fue
una forma de lograrlo. Y en su estudio mayor, Varughese (1999)
examina también cómo la heterogeneidad afecta
la posibilidad de acción colectiva y las mejores condiciones
de los bosques. Analiza el impacto de las disparidades en riqueza,
distancia del bosque, y la cantidad de mujeres en puestos de
decisión en los grupos forestales, así como las
diferencias en etnicidad en las probabilidades de mayores niveles
de acción colectiva organizada. Lo que encontró
es del mayor interés. Mientras que existen ejemplos de
grupos heterogéneos en muchas de sus características
que son muy exitosos en su organización local, otros
sólo lo son moderadamente, y hay otros que no han sido
capaces de producir ninguna organización efectiva. En
otras palabras, no existe una relación clara entre heterogeneidad
y organización exitosa.
Varughese
también encuentra que los grupos autoorganizados más
heterogéneos han desarrollado varios tipos de dispositivos
institucionales ingeniosos a fin de reducir la potencial divisibilidad
que emana de su heteregeneidad. Como resultado, varios de los
grupos más diversos y también más exitosos
han creado diversas formas de membresía de tal manera
que quienes tienen intereses diferentes pueden participar de
forma distinta. Por ejemplo, en un grupo los dueños de
las tiendas de té tienen una gran demanda de madera para
combustible pero poco tiempo para dedicarse al monitoreo y la
conservación del bosque. Este grupo creó una categoría
especial de membresía a través de la cual quienes
no pueden participar pagan más por su membresía
y pagan por la madera que obtienen sin tener que integrarse
activamente en las actividades forestales. La otra categoría
obtiene el beneficio de los fondos que pueden destinar a una
variedad de fines comunitarios, incluyendo monitores forestales
y sesiones de entrenamiento extra. Así, contar con suficiente
autonomía para desarrollar sus propias reglas y experimentar
con ellas a lo largo del tiempo es, en verdad, una cualidad
importante con la que cuentan en gran medida los grupos exitosos
de usuarios en Nepal y en la India. Conforme más y más
aprendemos sobre estos grupos, y por qué unos tienen
más éxito que otros será posible llevar
a cabo una investigación aún más sistemática
relacionada con la importancia relativa de los rasgos discutidos
antes conforme afectan los beneficios y los costos percibidos
de la acción colectiva. También será posible
informar mejor a quienes diseñan políticas públicas
acerca de las estructuras de apoyo institucional que podrían
ayudar a un manejo forestal participativo.
Notas
* Tomado de: C. Gibson, Elinor Ostrom y Margaret McKean, 2000.
«Forest, people and governance: some initial theoretical lessons».
En C. Gibson et al., 2000, pp. 227-42. Traducción
de Raúl Marcó del Pont Lalli.
1
Véanse los trabajos que aparecen en C. Gibson et al.,
2000.
2
Seguimos aquí la traducción de Ostrom, 2000 realizada
por el FCE. Hemos usado en otra parte del texto como sinónimo
bienes comunes o commons.
3
También aquí optamos por la mencionada traducción
del FCE, esto es, gorrón para free- rider, haciendo referencia
a quienes viven por cuenta de otros.
Bibliografía
Agrawal,
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Clark
C. Gibson. Profesor asistente en ciencia política en
la Universidad de Indiana e investigador asociado al Center
for the Study of Institutions, Population, and Environment Change
de dicha casa de estudios. Correo-e: ccgibson@ucsd.edu.
Margaret
A. McKean. Miembro del Departamento de ciencias políticas
de la Nicholas School of the Environment en la Universidad de
Duke. Tel.: 919-660-4340. Correo-e: mamckean@duke.edu
Elinor Ostrom. Codirectora del Workshop in Political Theory
and Policy Analysis, del Center for Study of Institutions, Population,
and Environmental Change (CIPEC) y profesora de la cátedra
«Arthur F. Bentley» en Ciencia política en la Universidad
de Indiana.
Correo-e: ostrom@indiana.edu.
Para
mayor información, consulte: www.indiana.edu/~workshop,
que cuenta con una gran cantidad de textos en línea e
información general sobre el IFRI y commons.
Indiana
University, 513 North Park Bloomington, IN 47408-3895. Tel.:
812-855-0441. Fax: 812-855-3150. Correo-e: workshop@indiana.edu