Introducción:
Melancolía por los desiertos
Exequiel
Ezcurra
Then
the wild and distant seas...; the undeliverable, nameless
perils; these, with all the attending marvels of a thousand
Patagonian sights and sounds, helped me to sway me to my wish.
With other men, perhaps, such things would not have been inducements;
but as for me, I am tormented with an everlasting itch for
things remote.
[Luego,
los salvajes y distantes mares...; los inexpresables e innominados
peligros; éstos, con todas las acompañantes
maravillas de un millar de visiones y sonidos patagónicos,
me ayudaron a inclinarme a mi deseo. Con otros hombres, quizás,
no hubieran servido estas cosas de alicientes; pero en lo
que a mí se refiere, estoy atormentado por una perenne
comezón por las cosas remotas.]
Herman
Melville
Moby Dick
Muchas
personas que visitan los desiertos mexicanos por primera vez
confiesan sentirse embargados por una profunda melancolía,
una especie de tristeza inexplicable y sobrecogedora. Para
el visitante novel, los paisajes áridos parecen con
frecuencia peligrosos y poco amigables. El desierto es un
ambiente hostil, y los humanos estamos mal adaptados para
sobrevivir en él. Las tierras secas abruman el corazón
del recién llegado con angustia de supervivencia. Toma
tiempo aprender a entender esta tierra; el desierto tiene
que crecer lentamente dentro de nosotros, ganar un lugar en
nuestros afectos. El desierto no se ama a primera vista.
Una
de las personas que más aborreció de los desiertos
fue Charles Darwin, el gran naturalista británico,
el mismo que desentrañó los mecanismos de la
evolución biológica. Releyendo el Diario del
Beagle, resalta la profunda angustia que los páramos
áridos le generaron durante su viaje extraordinario,
y destacan las reflexiones que extrajo de esta confrontación
existencial con la supervivencia en ambientes extremos. En
este número de la Gaceta Ecológica, queremos
presentar algunas de estas reflexiones: La teoría biológica
le debe mucho a los extremosos paisajes desérticos.
Antes
de salir de Inglaterra, Darwin nunca había visto un
desierto. Es más, al principio del viaje sólo
vio lugares aún más verdes y exuberantes que
los de la verde campiña inglesa. Años más
tarde, ya viejo, todavía podía saborear la maravillosa
sensación de asombro que lo invadió cuando por
primera vez pisó las selvas de la Mata Atlántica,
aquellos increíbles bosques de niebla de las montañas
costeras del Brasil en febrero de 1832. Toda la vida llevó
consigo el recuerdo de aquellos olores, aquellos colores,
aquellos sonidos. ¡El trópico! No recordaba haber
sentido otra vez en su vida un estado de exaltación
así. La visión de la tierra en su máxima
fertilidad, el clima cálido, la vegetación lujuriante,
la ebullición de la vida aún en los rincones
más obscuros, no pueden sino hacer vibrar de gozo a
un amante de la naturaleza.
No
fue sino hasta el 23 de diciembre de 1833, cuando desembarcaron
en Puerto Deseado, en pleno corazón de la Patagonia,
que Darwin pudo confrontar esas áridas inmensidades
por primera vez. Su primera impresión fue absolutamente
negativa. Los inmensos espacios abiertos de la Patagonia,
los suelos desnudos de vegetación, los vientos fríos
e intensos, los calores quemantes, trajeron una gran pesadumbre
a su espíritu. Si las selvas de Brasil fueron para
él una verdadera fiesta, el desierto de la Patagonia
fue un motivo de profunda angustia existencial. Nunca pudo
acostumbrarse a la falta de agua, a la esterilidad absoluta
de este desierto. La Patagonia estrujaba su corazón
de melancolía.
El
contraste de esta "tierra maldita" —como la
llamó— con la vida desbordante de las selvas
tropicales lo persiguió durante todo el viaje como
una sombra melancólica, como una continua reflexión
sobre la vida y la muerte. Al conocer las estepas de Tierra
del Fuego anotó en su diario que, en contraposición
con las selvas, "en estas tristes soledades la muerte,
en vez de la vida, parece reinar como soberana".
En
su percepción, los desiertos de la Patagonia eran un
territorio realmente aborrecible. Sin embargo, su experiencia
objetiva no fue de la mano con su subjetividad. Mientras que
la descripción del paso por Brasil ocupa sólo
cuarenta páginas de su diario, el relato del paso por
los estériles eriales de la Patagonia ocupa unas sesenta
páginas llenas de descripciones zoológicas,
a las que habría que sumarle el relato del cruce de
la Cordillera de los Andes y las descripciones de los desiertos
del Norte de Chile. Algunas de sus mejores descripciones biológicas
fueron hechas en los desiertos del Nuevo Mundo, incluyendo
sus primeras observaciones sobre el movimiento de las flores,
la primera descripción de su diario en la que se palpa
claramente el concepto de adaptación biológica,
y en la que se describen funciones y comportamientos de la
biología floral que son interpretados como el producto
de la lenta pero inexorable labor de la selección natural.
Con
un enfoque similar, describió de manera detallada las
costumbres del cóndor, los hábitos del guanaco,
la diversidad de las aves, la geología fosilífera
de la región, las fuentes de agua, las costumbres de
los indígenas, las excavaciones de varios ejemplares
de la megafauna sudamericana extinta, y discutió en
detalle las posibles causas de la extinción de megaterios,
gliptodontes y toxodontes. Sus hipótesis sobre el origen
de las especies y la evolución biológica tomaron
forma por primera vez en estas descripciones.
Sin
embargo, su desagrado por los desiertos no disminuyó
con el transcurrir del viaje y los estudios. Parece haber
aumentado aún más, si ello fuera posible, cuando
conoció las áridas extensiones del norte de
Chile al visitar el Valle de Copiapó, en junio de 1835.
Por simple comparación, el desierto Patagónico
le parecía casi hospitalario. De acuerdo a su percepción
consciente, ninguno de los desiertos que visitó ofrecía
“mayor interés”. A pesar de las fascinantes
reflexiones teóricas que le despertaban, no logró
jamás aceptar esos duros paisajes. Su espíritu
parecía encogerse en esas inhóspitas inmensidades.
Sin embargo buena parte de la historia de la vida en el mundo
estaba escrita en la geología y la biología
de los desiertos, y él, Carlos Darwin, mejor que nadie
en su época aprendió a leer esta historia con
claridad. Las formas del paisaje, los estratos geológicos,
los fósiles, las adaptaciones de plantas y animales,
el comportamiento de los indígenas y su manera de usar
los recursos del ambiente, todas estas cosas le hablaban de
cambios evolutivos, de selección natural, de adaptación
progresiva y gradual a los rigores de un medio tan hostil.
Su mente racional y analítica aprendió a entender
estas claves, a descifrar la historia escrita en las rocas,
en el suelo, en los seres vivos. Sus afectos, sin embargo,
clamaban por contemplar la verde campiña inglesa, o
las tibias mañanas de San Salvador de Bahía.
Con esa ambivalencia dejó el Nuevo Mundo y completó
su viaje.
Muchos
años después, ya viejo, cerraría la primer
edición impresa del Diario del Beagle con un capítulo
final escrito en su casa en Inglaterra, en el que reindicaba
sus recuerdos por los desiertos. Al llegar a viejo, al comenzar
a cerrar sus memorias y su vida, sus añoranzas habían
cambiado. El círculo de sus melancolías se había
cerrado. Charles Darwin, el anciano, añoraba los desiertos,
aquellas inhóspitas inmensidades que dieron alas a
su imaginación. Sentía nostalgia por aquel cruel
pero ilustrativo territorio en el que pudo leer, por primera
vez, los secretos de la selección natural, y en el
que pudo dilucidar algunos de los enigmas del origen de las
especies y de la evolución. Aquellos lugares malditos,
aquellas estepas “sin ningún interés”,
habían logrado atrapar su nostalgia. Desde Inglaterra,
añoraba los eriales salitrosos de la Patagonia, o los
curiosos cactos de Copiapó. Los desiertos se habían
reivindicado en su memoria. Las desoladas inmensidades eran
el objeto más vívido de su melancolía.