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Capítulo Uno


Lo mágico y lo instrumental
La naturaleza en el mundo prehispánico

Como parte de sus festejos del primer Día Mundial de la Tierra (22 de abril de 1990), los ambientalistas mexicanos se reunieron alrededor del antiguo monolito que representa a Coatlicuetonantzin, la madre tierra.1 Ahí, rindieron homenaje no sólo a un antiguo dios mexica, sino también a los antiguos mexicanos. Los miembros del movimiento ambientalista de hoy quieren restaurar el respeto que los indígenas antes de la conquista tenían para el mundo natural. También desean restablecer las acertadas técnicas de administración de recursos de los indígenas, en una nación que se encuentra en el umbral de un colapso ecológico. La comunidad ambientalista cree que si los mexicanos adoptaran las prácticas tradicionales de uso de la tierra y fueran capaces de aceptar el pensamiento ambiental de sus ancestros, el país podría estar en posibilidad de remontar la crisis ecológica actual. 2 Para ellos, el futuro de México depende de recobrar las tradiciones y prácticas del antiguo pasado. La escritora Carmen Aguilar ha expresado este sentimiento: "El conocimiento de plantas y animales que ayer daba temor, imaginación y gozo a nuestros ancestros es un modo de contribuir a lo que continúa necesitándose hoy y que será necesario también en el futuro [para frenar la degradación ambiental]: enseñanzas del pasado, con hondas raíces, lecciones y esperanza."3

Al retratar a los antiguos indígenas como ambientalistas consumados, los líderes ecologistas están contribuyendo al revolucionario dogma que glorifica a las pasadas civilizaciones indias. Aunque su condena a la conquista española es raramente tan directa como la de los indigenistas*, las implicaciones de sus pronunciamientos de cualquier manera son claras: las raíces de la actual crisis ambiental del país yacen en la supresión de las religiones nativas por los españoles y su introducción de prácticas de uso del suelo dañinas.

¿Pero, son los indígenas mexicanos anteriores a la conquista el modelo apropiado para aquellos que quieren crear una sociedad ecológicamente sostenible? ¿Mostraban ellos la sabiduría ambiental que el público y los eruditos les han atribuido? Algunos historiadores y antropólogos han comenzado a cuestionar si en realidad los indígenas vivían en armonía con el mundo natural. El antropólogo George A. Collier, por ejemplo, sostiene que los indígenas de los Altos de Chiapas (en el sureste de México) estaban alterando la tierra, aún antes de la llegada de los españoles. Más notablemente, habían usado el fuego para desmontar grandes extensiones de bosque para la agricultura. Ciertamente, la introducción de ganado en la región después de la conquista empeoró las condiciones ambientales, como admite Collier, pero argumenta que esto no niega el hecho de que los indígenas eran también agentes de la degradación ambiental. Basado en sus estudios, Collier rechaza la noción de que los indígenas eran ambientalistas por naturaleza. De hecho, sugiere que los nativos frecuentemente vivían en "obvio desequilibrio" con el mundo natural.4

Al etiquetar como indios a los más antiguos inmigrantes al hemisferio, los europeos crearon la falsa impresión de que eran un grupo homogéneo. Aún hoy, muchos estudiosos agrupan a los nativos cuando discuten su relación con la naturaleza. Sin embargo, existían importantes diferencias en los patrones de uso de la tierra entre aquellos. Por ejemplo, en las regiones áridas de lo que es hoy el norte de México y el suroeste de los Estados Unidos, los indígenas "conservaban" la tierra en algunos casos y la alteraban en otros. Los cazadores y los recolectores utilizaban el desierto extensivamente y de maneras diferentes. Al hacerlo así, reducían el impacto sobre ecosistemas particulares y sobre ciertas especies de plantas y animales. Algunos de los agricultores indígenas sembraban cultivos que eran resistentes a la sequía, construían pequeñas represas para atrapar partículas desprendidas, confiaban en las inundaciones para regar sus cultivos y plantaban árboles a lo largo de las márgenes de las corrientes para estabilizar el terreno.5 Otros agricultores desviaban el agua por medio de pequeños canales de irrigación y estanques, modificando los microambientes en el proceso. Como resultado de la nueva distribución del agua, crecían plantas en áreas que antes eran muy áridas para mantenerlas; los índices de evaporación cambiaban, afectando la humedad y la precipitación, y los patrones migratorios de aves y animales se impactaban.6

Otros grupos alteraban el medio ambiente más ampliamente. Por ejemplo, los hohokam construían sofisticados sistemas de irrigación que afectaban los ambientes, no sólo los micro.7 Los indígenas usaban el entorno en forma desigual debido, en parte, a diferencias en los implementos y en el tamaño de las poblaciones.

En Mesoamérica (la región que va de el centro de México hasta Panamá), una base tecnológica relativamente primitiva sostenía a una población muy densa. Al momento de la conquista, quizá 25 millones de personas vivían en el centro de México, manteniéndose principalmente con cultivos sembrados en campos desmontados con fuego y plantados con coa.8 Dadas esas cifras, no es sorprendente que la gente de Mesoamérica tuviera un profundo impacto sobre el medio ambiente.

¿Habrá la religión suavizado el uso de los recursos en Mesoamérica y en México, o el impacto que tuvieron los indígenas sobre la tierra fue determinado únicamente por los niveles de población? ¿Había diferencias en las religiones nativas que pudieran explicar variaciones en la explotación de plantas y animales silvestres? Un examen del pensamiento indígena sobre la naturaleza indica que, a veces, la religión sí tuvo un efecto sobre la forma de tratar la tierra.

Muchos indígenas del período prehispánico sentían una ambivalencia acerca del mundo natural. Por un lado, se aterrorizaban por el tumultuoso ambiente en que vivían: sequías, inundaciones, huracanes, erupciones, terremotos y animales feroces como el jaguar, el león de montaña y el cocodrilo, todo ello amenazaba su existencia. Por el otro, obtenían gran placer de la generosidad, los ritmos y el brillo de la naturaleza: las coloridas flores, los gráciles árboles, los animales mansos, las lluvias vivificantes y los paisajes impresionantes. La naturaleza les proporcionaba tanto placer como dolor. Aunque algunos aspectos de ella eran para ser temidos y otros para ser alabados, la naturaleza en si misma no era buena ni era mala.9

Los antiguos expresaban su gran admiración por la naturaleza por medio de la poesía. Un poema maya expresa placer en el cielo iluminado por la luna:

La hermosa luna se ha levantado sobre los bosques;

iluminando el cielo a la mitad, donde permanece suspendida,

iluminando sobre la tierra todos los bosques.

Ha llegado en medio del cielo,

radiando su luz sobre todas las cosas buenas...

Hay alegría en todos los hombres buenos.10

Un poema azteca revela el apego de la gente al mundo natural:

¿Tendrá la gente raíces que sean verdaderas?

Nadie deja de pensar

en tus riquezas, que son tus flores

inventoras de ti misma!

Nuestro hogar común es la tierra.

En el lugar lejano,

¿También es así?

En verdad que no es lo mismo.

En la tierra: flor y canción.

Existimos aquí!11

Los indígenas del México prehispánico apreciaban inmensamente el hermoso aspecto de sus alrededores. Esto, sin embargo, no evitaba que utilizaran los recursos naturales. Como Fray Toribio de Benavente observó, los animales que los indígenas amaban, también podían ser matados: "Los indígenas [aztecas] gozan con el canto de los pájaros y matándolos con dardos".12 Los nativos no eran preservacionistas de corazón.

Los indígenas reverenciaban y temían diferentes plantas y animales. Su actitud hacia los bosques nos ofrece uno de los más impresionantes ejemplos de la ambivalencia que los antiguos pobladores de México sentían hacia el mundo natural. Los bosques eran sitios obscuros, sitios fríos, sitios que alojaban animales peligrosos y espíritus malignos. Los bosques, sin embargo, también contenían árboles sagrados. Los nahuas (un grupo de indígenas que incluía a los aztecas) y los tarahumaras creían que los árboles contenían las almas de sus antepasados. Los tzotziles, zapotecos y mixtecos pensaban que algunos de sus ancestros brotaban de las raíces de los árboles.13 Para muchos grupos, las raíces de los árboles se veían como la entrada tanto como la salida del inframundo. Los indígenas asociaban a los árboles con la vida y con la muerte, con el caos y con el paraíso.14

Cuando grababa las tradiciones orales de los chamulas (una comunidad tzotzil en los Altos de Chiapas), Gary H. Gossen compiló las siguientes imágenes de los bosques:

"Siempre presentes en la naturaleza, particularmente en el bosque, están las fuerzas que vencerán... el orden y regresarán el mundo al caos del espacio distante y el tiempo pasado. Esto incluye a los demonios que viven en las más remotas y salvajes partes de Chamula que causan eclipses al atacar al sol y a la luna, amenazando a la mera fuente del calor y la luz que proporcionan orden; las serpientes y otras transfiguraciones del señor de la tierra, cuyo dominio es la montaña con árboles que los humanos deben evitar para que él no dañe sus almas, y otras deidades peligrosas. Eventos negativos se asocian con la aparición de los bosques, que simboliza bajeza, frialdad, obscuridad, amenaza y comportamiento que no está gobernado por reglas".15

Los bosques y las montañas contenían cuevas, que son la zona intermedia entre la tierra y el infierno. Consecuentemente, aquellos que se aventuraban en las cuevas desaparecían para siempre de la tierra. Señores de la tierra que habitaban en sus moradas subterráneas eran los responsables del trueno, el relámpago y todas las formas de precipitación. Cuando se les hacía enojar, estos dioses podían enviar sequías.16 Es posible que los tzotziles asociaran el desarreglo a gran escala de los bosques con la falta de precipitación. Quizá aun ellos alteraban sus actividades forestales para no provocar a los espíritus del bosque.

La asociación de los bosques con el peligro estaba muy extendida en Mesoamérica. El fraile franciscano Bernardino de Sahagún, que intentaba reconstruir el mundo de los nahuas usando informantes, registró las siguientes descripciones aprensivas de los bosques:

"Es... un lugar de frío; se pone frío; hay mucho hielo, es un lugar que congela. Es un lugar a donde llega la desgracia; un lugar donde hay pena, un lugar de pena, de lamentos,... de llanto; un lugar donde hay tristeza...; un lugar que despierta pesadumbre, que esparce desgracia... Es un lugar perturbador, aterrorizante, hogar de la bestia salvaje, morada de la serpiente, el conejo y el venado; un lugar de donde nadie sale, nadie lo deja, nada emerge".

Los informantes nativos de Sahagún más adelante describen la trepidación de sus bosques:

"No hay nadie; no hay gente. Está desolado; permanece desolado. No hay nada que se pueda comer. La desgracia abunda, la desgracia surge, la desgracia se extiende. No hay alegría, no hay placer... Todos mueren de sed... Hay hambre, mucha hambre. Es la casa del hambre; hay muerte por hambre. Todos mueren de frío; está helando; está temblando; está castañeteando, el castañeteo de los dientes. Hay calambres, el cuerpo está tieso. Hay temor, hay un constante temor. Lo devoran a uno; uno es herido por sorpresa; abusan de uno; uno es brutalmente muerto; lo torturan a uno. La desgracia abunda".

Los bosques contienen deidades, animales y atributos (frío, obscuridad, etc.) ligados a la muerte y al caos. Los peligros físicos que hay en los bosques —falta de agua, falta de comida, congelación, hipotermia, ataques de animales salvajes— pueden haber contribuido al temor espiritual hacia los bosques.

Los mayas también temían a los bosques. Una leyenda maya cuenta que una vez existieron frondosos árboles para hacer la milpa en el bosque de Belhalal, cerca de las antiguas murallas de Uxmal (en la península de Yucatán), pero que la gente nunca quiso plantar ahí porque dentro del bosque vivía una criatura que se tragaba a todos los que se acercaban. El relato sugiere que, a pesar de su posible desconfianza, los mayas eventualmente talaron el bosque cerca de Uxmal, quizá por presiones demográficas.

También los mayas tenían cuidado con árboles específicos. Identificaban al chechem como un árbol triste y malo, porque envenenaba a los seres humanos. Hasta que descubrieron que eran inmunes al veneno del chechem, no fue que los pájaros hicieron sus nidos o cantaron en sus copas. También el venado permanecía a distancia, a menos que, obligado por la sed, bebiera el agua bajo sus ramas. Pero la desgracia caería sobre cualquier persona que fuera seducida por el refrescante refugio que le brindaba este árbol traicionero: "El chechem engaña a aquellos que no lo conocen, atrayéndolos por su sombra, durante las horas en que el sol corta como una navaja y el aliento quema la boca cuando se respira. Pobre de aquel que se confía y reposa bajo el árbol, ya que esa persona nunca volverá a ser la misma." Ciertamente, de acuerdo al conocimiento tradicional maya, aquellos que dormían bajo la sombra del chechem casi siempre morían. Aún la gente que podía levantarse y correr con toda su fuerza, se volvería lisiada y loca por el resto de su vida.20 La corteza o la madera del chechem* puede haber sido tóxica, y por lo tanto los mayas deben haberla evitado al hacer sus milpas.21

Los indígenas del antiguo México atribuían cualidades, tanto negativas como positivas, a los árboles. Éstos eran parte de la concepción nahua y maya del paraíso. De acuerdo a los informantes de Sahagún, los bosques eran un lugar de "verdor, de fresco verdor... un lugar de compasión, un lugar de suspiros".22 Los nahuas creían en un paraíso terrenal, que se distinguía por una eterna primavera y una cornucopia de frutas y verduras, y un lugar celestial poblado por tiernos animales, hermosas aves y una variedad de árboles.23 El maya decía que las almas de sus muertos iban bajo la ceiba, a un buen lugar de lluvia, rocío y exuberante vegetación.24

La ceiba era una parte prominente de la cosmología maya. De acuerdo con sus tradiciones, la gran madre ceiba emergía desde el centro del mundo como un recordatorio de la victoria de los dioses del cielo sobre los dioses del inframundo.25 El maya plantaba el árbol en el centro de sus plazas y pueblos como una afirmación de su lugar en el centro de la vida y en el centro de la tierra. También sembraban la ceiba en el centro de sus casas para protección y tranquilidad. Los mayas amorosamente lo describían como un árbol hermoso y contento, cuyo tronco ancho y liso y sus ramas eran tan grandes y derechas como un techo. Mariposas radiantes con alas verdes y azules volaban alrededor de sus ramas y los pájaros y el "buen viento" hacían sus hogares en sus copas.26 Los mayas consideraban al árbol como un ser compasivo y sagrado. Aún hoy, los descendientes de los mayas no talan algunas especies de ceiba cuando desmontan el terreno para sus milpas.27

Los indígenas de México tenían otras creencias religiosas que establecían respeto y control en el uso del bosque. El maya creía que si los árboles se cortaban sin permiso de los dioses, el cielo se desplomaría y el fin regresaría a la tierra. 28 Los nahuas invocaban el nombre de su dios Quetzalcóatl antes de talar un árbol.29 Conforme al religioso español Jacinto de la Serna, los nahuas pedían permiso para su uso al árbol mismo: "Los indígenas atribuían a los árboles almas racionales creyendo que mucho tiempo antes, los árboles eran personas. Es por ello que antes de cortarlos los saludaban y les pedían permiso para cortarlos, a lo que accedían a regañadientes". 30 Los tarahumaras compartían con los nahuas la creencia de que los árboles poseían un alma racional. Como todas las criaturas vivientes, los árboles sienten dolor y alegría. Cuando a un árbol se le hacía enojar o se le insultaba, se vengaba de su ofensor.31

Los indígenas deificaban plantas que consideraban con valor medicinal.32 A fines del siglo diecinueve, el explorador noruego Karl Lumholtz observó con sorpresa como trataban los tarahumaras a la vegetación sagrada: "Esas [plantas] que se suponen con poderes curativos son veneradas. Este hecho, sin embargo, no las salva de ser cortadas en pedazos y remojadas en agua, que la gente usa después para beber o para lavarse."33 Los indígenas usaban plantas que estimaban para una variedad de propósitos, incluyendo medicinas, combustible y construcción. En ciertos casos la religión y la utilidad pueden haber coincidido en una forma que llevaba a la protección de algunas especies (tal como dejar la ceiba en la milpa para poder recoger sus frutos o evitando al venenoso chechem). Los indígenas también debían ser cuidadosos en el uso del bosque para no provocar a un dios o a una deidad salvaje. Los leñadores y los agricultores, sin embargo, podían llevar a cabo sus actividades siempre y cuando obtuvieran el permiso de los árboles o las divinidades. Quizá con renuencia, los indígenas aceleraron la explotación de sus bosques, a medida que la población crecía.

A diferencia de los europeos, los indígenas anteriores a la conquista temían a los bosques, pero no los odiaban. Los espíritus peligrosos y los animales de los bosques tenían que ser respetados. Los seres humanos no tenían ni el poder ni el derecho para sacarlos de ahí. Así, los indígenas aceptaban los peligros espirituales y físicos de los bosques. En contraste, los cristianos buscaban eliminar estos peligros acabando con los bosques.34 Más aún, el precepto bíblico de sojuzgar la tierra no tenía contraparte en las religiones nativas. Al convertir bosques en campos de cultivo los indígenas no trataban de agradar a cualquier dios al llevar la civilización. Simplemente trataban de aumentar la producción de alimentos para cubrir sus crecientes demandas.

Algunos grupos explotaban los bosques por razones religiosas. Los tarascos de Michoacán, por ejemplo, quemaban muchas pilas de madera para sus dioses antes de ir a la guerra (los funcionarios reales se aseguraban que la gente plantara, cortara y juntara madera para estas ceremonias religiosas).35 Los tarascos pensaban que al realizar este rito sus dioses causarían desgracias sobre sus enemigos.36 Atribuían los problemas de los aztecas con los españoles a que sus vecinos habían abandonado los sacrificios de madera para los dioses:

"Hay que dejar que los extranjeros [los españoles] maten a los mexicanos porque por muchos días no han vivido correctamente porque no llevan madera a los templos, pero en su lugar... honran a sus dioses sólo con canciones. ¿Pero, de qué sirven las canciones solas? Trabajamos mucho más de lo que por costumbre se requiere para las necesidades de los dioses. Ahora hagamos un poquito más, traigamos la leña para los templos, quizá así nos perdonen, porque los dioses del cielo se han enojado con nosotros."37

Para poder salvar a su Estado y a su pueblo, el rey tarasco se sentía obligado a quemar mayor cantidad de madera para satisfacer a los dioses. Así, las creencias religiosas contribuían algunas veces a la explotación de los bosques.

En las religiones nativas, los animales, como las plantas, eran parte del mundo espiritual, pero su nivel especifico y su tratamiento variaba marcadamente entre los diferentes grupos. Aquellos pueblos que dependían principalmente de la cacería para su subsistencia (o que permanecían ligados a sus raíces de cazadores) tenían fuertes tabús que vigilaban su uso de la vida silvestre. Por ejemplo, un cazador pápago siempre se arrodillaba frente al venado muerto y pedía perdón, explicando que el venado se necesitaba para alimento y que no debería enojarse. Como muchos otros indígenas de Norteamérica, los pápago sentían que los espíritus de los animales desaparecerían a la cacería o causarían enfermedades si la gente los trataba irrespetuosamente o con crueldad innecesaria.38 La religión fijaba los parámetros de los pápago para el aprovechamiento de la vida silvestre.

Los enfoques religiosos de los indígenas de Baja California pueden haber protegido a una especie contra la explotación. Los nativos de la península se abstenían, aparentemente, de cazar pumas, temiendo que el felino muerto regresaría para vengarse de sus atacantes.39 En las mentes de los cazadores y los recolectores, los animales salvajes eran poderosos seres mágicos cuyas prerrogativas no podían ser transgredidas por los humanos sin graves consecuencias.

La mayoría de los pueblos agricultores de México seguían un código de conducta diferente hacia los animales.40 Ya que la supervivencia dependía principalmente del éxito de las cosechas, más que de la abundancia de la cacería, los agricultores se preocupaban más por apaciguar a la lluvia, al sol y a los dioses de la fertilidad que controlaban el éxito de la cosecha, que por complacer a los espíritus animales (también se inclinaban por la creencia de que eran los dioses, más que los espíritus animales, los que causaban hambres y enfermedades). Irónicamente, uno de los principales medios para satisfacer a las deidades agrícolas era el de los sacrificios de animales de cacería. El fraile dominico Diego de Landa, describió una ceremonia maya que, en su esquema general, se repetía en muchas otras partes de México: "En un día de este mes... escogido por los sacerdotes, los cazadores realizaban otro festejo... que servía para aplacar a los dioses enojados que obran contra ellos y sus campos de cultivo, ofrendándoles la sangre derramada de los animales de caza porque sin este sacrificio pasarían cosas horrendas".41 En este caso, el significado religioso de los animales aseguraba su muerte antes que su supervivencia.

La subordinación de los animales a los dioses se encuentra en numerosas leyendas mesoamericanas. En el mito de la creación de los maya-quiché, el Popol Vuh, el sol convirtió a los animales originalmente "voraces", como el puma, el jaguar y la serpiente de cascabel, en piedra. 42 En una de sus leyendas, los toltecas relataban cómo los dioses animales habían resistido ferozmente su expulsión del cielo por las deidades celestiales.43 El dios liebre desafiantemente atacó con flechas al sol, pero éste detuvo los proyectiles y se los lanzó de vuelta, matando a la liebre. El dios sol persiguió a todos los otros dioses animales hasta que sólo quedó uno, Xólotl. Después de que le pidió al dios sol que le perdonara la vida sin éxito, Xólotl se transformó desesperadamente en varios animales y plantas hasta que su magia se agotó. En este momento, los dioses del cielo mataron al último dios animal con una punta de obsidiana. Desde entonces, el sol y la luna ya no tuvieron rivales.44

Sin embargo, a pesar de su descenso de rango, los animales eran más que simples seres vivos. Estaban estrechamente relacionados con seres humanos y dioses. El huichol pensaba que sus ancestros eran en su mayoría animales, especialmente jaguares, serpientes y pumas.45 Los zapotecas acentuaban su bravura pretendiendo ser la descendencia de leones y otras bestias salvajes.46 Los olmecas se identificaban a ellos mismos más cercanamente con los poderosos felinos, haciendo esculturas que tenían cuerpo humano y cara de jaguar.47 También los dioses tomaban la forma de animales. Usualmente, lo hacían de una manera adecuada a su rango, así el poderoso sol se convertiría en un jaguar y el dios de la tierra en una víbora.48 Los indígenas de Mesoamérica asociaban muchos animales con dioses que reflejaban la personalidad de los animales. De esta forma, los nahuas identificaban al coyote con el dios de la guerra y con el dios del canto, ya que lo consideraban como un animal agresivo y sociable a la vez.49 Los mayas asociaban al inquieto mono con el dios de las artes, la música y los juegos.50 Aún más, los pueblos nativos relacionaban a los animales salvajes con los dioses como consortes. Éste era el caso de los tzotziles y los maya quiché, que pensaban que los animales silvestres actuaban de parte de los dioses de la Tierra, al defender los bosques contra la intrusión de los humanos.51

Los animales también servían como compañeros y guardianes de los seres humanos. Los tzotziles, zapotecos y tarahumaras sentían que las almas de sus compañeros animales los protegían del peligro.52 Los tarahumara, por ejemplo, consideraban al puma como un buen animal que velaba por la gente: "Cuando ve a un animal como el oso o como el coyote aproximarse a un hombre, ruge para advertirle del peligro; y si el hombre no presta atención, entonces ataca al animal para salvarlo; por lo tanto uno lleva tiras de piel en el cuello y en los tobillos como protección".53 Otros animales pueden realizar tareas importantes únicamente cuando están vivos. Por ello, los tarahumara evitaban pisar un sapo: "El sapo cornudo detiene al mundo. Y dice, 'No me pises. Yo soy del color de la tierra y detengo al mundo, por lo tanto camina con cuidado, no me pises".54 Asimismo, los tarahumaras tenían cuidado de no molestar a las serpientes de cascabel, a las que consideraban compañeras de los brujos. Lumholtz reporta que "un mexicano mató una vez a una serpiente de cascabel, y el indígena se enojó mucho y dijo que la serpiente protegía su casa, ahora no tenía a nadie que se la cuidara".55 Finalmente, los tarahumaras agradecían a los animales que intervenían en su favor ante los dioses:

... los animales no son, de ninguna manera, criaturas inferiores; entienden la magia y están poseídos de gran conocimiento, y pueden ayudar a los tarahumaras a que llueva. En primavera, el canto de los pájaros, el arrullar de la paloma, el croar de la rana, el chirriar de los grillos, todos los sonidos que hacen los habitantes de la foresta, son para los indígenas ruegos por lluvia a las deidades. 56

Los tzotziles y los zapotecos percibían que su suerte personal estaba ligada a su animal de guarda. Así, un dios de la tierra al que se provocara podría dañar a un tzotzil quitándole su compañero animal. Los zapotecos creían que ellos y su amigo silvestre seguían el mismo camino en la vida, de tal forma que si el animal era herido o moría, lo mismo le pasaría al indígena. Si, por lo contrario, el indígena tenía algún accidente, eso también le sucedería al animal. En esta relación simbiótica, los zapotecas aparentemente tenían un fuerte incentivo para proteger a su animal guardián (o viceversa).57 Así, aunque la gente ya no creía en espíritus animales o dioses animales que exigían retribución cuando se abusaba de ellos, la vida silvestre seguía imponiendo respeto como los compañeros de los dioses y los hombres.

Las poblaciones muy densas, más que una religión menos animista, fue la principal causa de la depredación de los recursos naturales en Mesoamérica. Ciertamente, algunos pueblos nativos se preocuparon con la magnitud de la degradación ambiental que ellos mismos habían generado. Algunos gobernantes promulgaron reglamentos para restringir el uso de los recursos naturales. Los pueblos de Mesoamérica pueden haber intentado ser cuidadosos con la tierra mediante la adopción de diferentes técnicas agrícolas o bien por medio de leyes, pero esta meta no siempre se lograba. La intensiva utilización de los recursos, acelerada por las presiones poblacionales, daba como resultado el deterioro ambiental, cuyo alcance, aún ahora, sigue siendo debatido entre los estudiosos del México prehispánico.

Una vieja teoría sobre la desaparición de la civilización del Clásico Maya (a principios del siglo X) era que los mayas habían agotado la fertilidad de la tierra al practicar la agricultura de tumba, roza y quema. La milpa únicamente podía soportar cosechas por dos o tres años antes de que la tierra tuviera que ser dejada descansar para recuperar su fertilidad. En las dos áreas principales de asentamiento maya, el Petén y Yucatán, la tierra debía ser dejada en barbechos de cuatro a siete y de quince a veinte años, respectivamente (los suelos del Petén son más fértiles que los de Yucatán y por lo tanto requieren de un período de descanso más corto).58 La vieja teoría postulaba que la población maya creció de tal forma que tuvieron que acortar los períodos de descanso para seguir aumentando la producción de alimentos. Al reducirlos agotaban la fertilidad del suelo. El resultado era el fracaso de las cosechas, el hambre y la despoblación de los centros mayas.

Quienes proponen esta teoría suponían que los indígenas contemporáneos en la región practicaban la misma forma de agricultura de tumba, roza y quema que sus ancestros mayas. Pero los antiguos mayas (así como algunos de sus descendientes) crearon sus milpas con mayor cuidado.59 Dejaban árboles en el terreno, quizá para reducir la erosión, producir desechos orgánicos y acelerar el proceso de reforestación.

Durante el final de la década de 1920, algunos estudiosos empezaron a discutir la noción de que los mayas practicaban exclusivamente la agricultura de tumba, roza y quema. Basados en evidencia arqueológica tal como los restos de terrazas y límites de tierras, dedujeron que los mayas practicaban agricultura permanente.60 Posteriormente, los estudiosos de este grupo encontraron datos antropológicos y etnohistóricos que indicaban que los mayas desarrollaron un sistema variado de producción agrícola. Este sistema incluía huertos familiares para la producción de una variedad de frutas y verduras, y campos elevados que estaban formados por la tierra y los desechos orgánicos extraídos de los canales de drenaje adyacentes.61 Los mayas también pudieron haber sembrado árboles en las fértiles grietas de las rocas y dentro de los límites de cercas de piedra artificiales, para la producción de alimentos, medicinas y combustible.62

Algunos estudiosos concluyen que los mayas adoptaron estas técnicas para hacer sostenible su agricultura en los trópicos. Específicamente los huertos familiares redujeron las presiones para desmontar bosques para la agricultura y permitieron períodos de descanso más largos para las milpas; las tierras elevadas proporcionaban suelos bien aireados, húmedos y fértiles para la agricultura; y las terrazas impedían la erosión del suelo y recogían agua que aumentaba la humedad y la fertilidad del suelo. Los mayas se pueden haber adaptado con éxito al medio ambiente tropical al lograr un balance entre agricultura nómada y permanente. 63

Sin embargo, si los mayas respondieron a presiones poblacionales al convertir vastas extensiones de bosques en tierras de cultivo, entonces debieron haber enfrentado nuevos problemas. En los tiempos modernos, la agricultura sedentaria no ha funcionado en los trópicos debido a la rápida pérdida de nutrientes del suelo, materia inorgánica y humedad, y formación de terrones (el terreno se vuelve infértil; una vez que se remueve la vegetación tropical las lluvias intensas drenan los minerales del suelo expuesto, y el sol cuece la tierra hasta convertirla en una dura corteza). Quizá, como algunos estudiosos sugieren, los mayas superaron estos problemas abonando y terraceando y así fueron capaces de practicar agricultura en gran escala en los trópicos.64

Otros estudiosos de los mayas han llegado a una conclusión muy diferente: argumentan que el colapso de la civilización del Clásico Maya se debió a una población que había superado la capacidad productiva de la tierra en sí. Como resultado, los mayas sufrieron, o bien de inanición masiva, o bien una escasez de alimentos muy extendida, que a su vez puede haber provocado ruinosas rebeliones o guerras.

Actualmente, no existe una prueba de que la población maya haya alcanzado o excedido la capacidad de carga de la tierra. La aparente velocidad del colapso maya, así como la supuesta ausencia de emigración en gran escala, sugiere un evento más cataclísmico que el gradual embate de una crisis agrícola a medida que iba disminuyendo la cantidad de tierra necesaria para mantener a una población creciente. Otros factores, como los cambios climáticos, las sequías prolongadas, las plagas de las plantas o las guerras internas pueden haber llevado a disminuciones catastróficas de la producción agrícola y por lo tanto al despoblamiento de las planicies mayas (hasta ahora, los antropólogos han confirmado únicamente que el colapso maya ocurrió durante un periodo de guerras). Qué tan cerca estuvieron los mayas de llegar a los límites de la tierra, quizá nunca se sabrá.65

Sin lugar a dudas, los mayas causaron cierto grado de degradación del medio ambiente. Los estudios de los asentamientos mayas en las regiones lacustres indican que la agricultura y la urbanización tuvieron como resultado desforestación y erosión del suelo. 66 En estas regiones, este pueblo, o bien no usó adecuadas técnicas de manejo de recursos, o bien estos métodos fueron insuficientes para detener el deterioro ambiental.

En las zonas lacustres y en otros lados, los mayas no sólo desmontaron bosques para cultivos y asentamientos humanos, también usaron sus hachas de piedra para talar árboles utilizados como leña, en las construcciones y para alimentar hornos de cerámica y cal (esta última se usaba para construir centros ceremoniales). 67 En áreas costeras, las comunidades mayas deben haber quemado cantidades considerables de madera para evaporar la sal del agua de mar.68 Estas actividades contribuyeron a la desforestación en la Mesoamérica maya.

Las labores agrícolas de los mayas pueden haber tenido un efecto particularmente dañino sobre las plantas y animales silvestres. Si desmontaron grandes extensiones de bosque para agricultura permanente, entonces algunas especies tropicales seguramente se habrán extinguido.69 Aún con agricultura itinerante, la estructura de los bosques (el tamaño y la distribución de especies de árboles) probablemente habría cambiado, y los hábitat y poblaciones de algunas especies animales se habrían reducido. Como lo indica un pasaje de un antiguo libro maya, los animales perecían como resultado de la agricultura de tumba, roza y quema: "Los bosques se quemaron para plantar maíz, y todos ardieron, y los animales de la tierra murieron, lo mismo el venado que engancha sus cuernos en las ramas que el conejo que se esconde en los matorrales".70 Entonces, por lo menos las prácticas de uso de suelo de los mayas causaron una reducción en las poblaciones de plantas y animales.

Los mayas también disminuyeron las poblaciones de fauna silvestre (y flora) por la explotación directa. Aunque eran principalmente agricultores también recolectaban plantas silvestres, cazaban animales y pescaban. Los murales mayas muestran mercados repletos de animales (algunos vivos y otros muertos) y productos animales, incluyendo coatís, guacamayas, guajolotes, venados, armadillos, conejos, lechones, iguanas y abejas de cera y miel; pieles de ocelotes, jaguares y venados; y una variedad de plumas (los mayas usaban principalmente las pieles y las plumas para propósitos ceremoniales). 71 En el siglo XVI, Diego de Landa observó que descendientes de los mayas traían del mar una nutrida pesca. Además, comentaba sobre cómo cazaban los indígenas todos los grandes pájaros de los árboles. Con el uso del arco y las flechas en las zonas del sureste (traídos a la región por los belicosos aztecas), los mayas podían cazar más animales de los que antes había sido posible con sus trampas y redes. Los desarrollos tecnológicos, así como el crecimiento de la población, contribuyeron a la disminución de la fauna silvestre en el sureste de México.72

En el México central, la erosión del suelo y la desforestación eran problemas serios desde antes de la llegada de los españoles. De sus estudios de depósitos aluviales de la región, el geógrafo Sherburne Cook concluyó que en muchos lugares la pérdida de suelo comenzó mucho antes de la conquista. Aún más, encontró una cercana correlación entre la gravedad de la erosión del suelo y las densidades de población. Particularmente, regiones ocupadas por los mixtecos en Oaxaca (556 personas por milla cuadrada en 1520), por los nahuas en Puebla (1,245 personas por milla cuadrada), y por los tarascos en Michoacán (1,754 personas por milla cuadrada) mostraban una erosión de "severa a localmente completa" al momento de la conquista.73 Los indígenas de México central se mudaban a las empinadas faldas de las colinas a medida que la agricultura en los valles ya no podía mantener crecientes poblaciones y la erosión del suelo hacía imposibles los cultivos en las partes más bajas.74 La pérdida del suelo en las alturas superiores era aún más rápida que lo que había sido más abajo. Y para empeorar la situación, los cortos aguaceros que ocurrían rutinariamente en la región de fines de la primavera a comienzos del otoño se llevaban los suelos expuestos. Eventualmente, el deterioro de la tierra habría amenazado la supervivencia de esos pueblos.75

Los indígenas de México central quemaban bosques para plantar maíz. Al momento de la conquista, los nahuas cultivaban aproximadamente el 15% de la tierra en la meseta central, mucha de la cual había estado arbolada anteriormente.76 La recolección de leña ponía una carga adicional sobre los bosques de la región, ya que era la fuente primaria de combustible para los habitantes de las tierras altas, cerca de once millones de habitantes. El uso de la madera en la construcción, incluyendo la calcinación de la cal para edificar templos y pirámides, era también otra causa de desforestación.77 Los españoles se percataban del uso extensivo de madera por parte de los aztecas para canoas, cajas, mesas, puertas, pilares, techumbres, dinteles, columnas, planchas y tablas.78 Los informantes nahuas de Sahagún describían los bosques como un lugar "donde se cortan los árboles, donde hay troncos, un lugar de vigas". 79 Los comerciantes vendían hachas de bronce y cobre en los mercados de Tenochtitlán, la capital del imperio azteca,80 y los gobernantes aztecas recaudaban madera como parte del tributo que recibían de otros indígenas.81 La madera era una parte importante de la economía azteca.

Algunos indígenas en México central se preocupaban por la erosión del suelo y la desforestación. Para impedir la erosión, los pueblos nativos construían terrazas con piedras, tierra y magueyes.82 Los nahuas dejaron de usar algunos de los bosques de la meseta plantando los cultivos en camas de lodo y material orgánico en descomposición (las chinampas*) en las partes poco profundas de los lagos. Debido al clima templado del valle, se podían levantar varias cosechas al año con esta productiva forma de agricultura. Después de que el rey Netzahualcóyotl construyó un dique a través del lago de Texcoco en 1449 para evitar las inundaciones, los niveles de salinidad en los lagos al sur del valle de México disminuyeron a tan baja concentración (debido a su separación de las aguas salobres del norte) que podían mantener una producción de chinampa en gran escala. Después de la hambruna de Un Conejo (ciclo de tiempo de los aztecas) en 1454, los indígenas en el Valle de México expandieron los campos elevados para generar un amortiguador contra las fuertes heladas y las prolongadas sequías que habían culminado en hambruna masiva. A la segunda mitad del siglo XV, las chinampas cubrían aproximadamente nueve mil hectáreas en los lagos de Xochimilco y Chalco, y cada hectárea alimentaba entre quince y veinte personas.83 Estos campos, entonces, podían mantener a la mayor parte de los aproximadamente 235,000 pobladores.84 Los indígenas aparentemente no cultivaron las cañadas o las faldas de las montañas que rodeaban al valle de México, en su lugar plantaban en las tierras planas y cerca de sus casas.85 Bien sea que se lo hubieran propuesto o no, las chinampas colaboraron en la conservación del suelo y del bosque al reducir presiones para quemar empinadas colinas arboladas para cultivarlas.

Unos cuantos de los gobernantes anteriores a la conquista promulgaron reglamentos forestales. Quizá el primero en hacerlo fue el príncipe chichimeca del siglo XIII Nopaltzin, que prohibió encender fuegos en las montañas y en el campo sin licencia, y aún así, sólo cuando fueran necesarios.86 Aunque los motivos de Nopaltzin para su edicto son desconocidos, parecía estar preocupado por los efectos del uso incontrolado del fuego sobre la fauna y el bosque, ya que ambos eran recursos importantes. Los reyes tarascos, que apreciaban los bosques como el hábitat para la fauna, como una fuente de varios productos y como un proveedor de madera para propósitos ceremoniales, nombraron guardas forestales para supervisar las actividades de los madereros.87 Preocupado por la creciente escasez de árboles, Netzahualcóyotl restringió las áreas donde la gente podía cortar madera para construcción y uso ordinario. Y declaró que aquellos que cortaran árboles dentro de las áreas protegidas fuesen ejecutados (más tarde modificó este decreto permitiendo a sus súbditos recolectar madera muerta y ramas dentro de las reservas).88 La escasez que había resultado del uso irrestricto de los recursos maderables había llevado a las primeras reglamentaciones forestales en México.

La élite nativa intentaba mantener a la naturaleza en su centro (midst). Entre fines de la década de 1420 y principios de la de 1430, los reyes nahuas crearon parques arbolados (incluyendo a Chapultepec, el parque más antiguo que existió en el Nuevo Mundo), jardines botánicos aviarios, y estanques de pesca para permitirse gozar con las plantas y los animales silvestres. De acuerdo con los cronistas españoles, estas reservas de la naturaleza eran lugares de admiración. Contenían "bosques llenos de venados, conejos, liebres y otros animales, rodeados por ríos y fuentes y admirables estanques que no pueden ser más que elogiados."89 Los bosques "estaban plantados con una variedad de árboles y fragantes flores, y en ellos había una multitud de pájaros... cantando armoniosamente."90 La urbanización producía un deseo de mantener el contacto con la naturaleza y de proteger tales áreas como parques.

Los indígenas de México central protegían a la fauna silvestre con propósitos utilitarios y ceremoniales, así como por su valor estético.91 De acuerdo con sus leyendas, los tarascos se establecieron en la región alrededor del lago de Pátzcuaro para explotar sus ricas pesquerías y la abundante cacería. A pesar de ser un pueblo básicamente agricultor, los tarascos seguían siendo diestros cazadores y pescadores. Capturaban a los sabrosos peces del lago con anzuelos y redes. Durante los meses invernales, rodeaban a las aves migratorias con sus canoas y las mataban con lanzas en forma de tridente. Los cazadores aprovisionaban a los reyes tarascos con venados, conejos, patos, codornices, y otras aves, para usarlas como sacrificios o como comida.92 Los tarascos también mataban animales por las pieles para hacer sus vestidos. Las gentes que se establecieron en las orillas del lago de Pátzcuaro nunca dejaron de hacer uso de la caza y la pesca a su disposición.93

También los aztecas eran excelentes cazadores y pescadores. Los cronistas españoles relataban cómo usaban sus redes y dardos para matar muchas aves y peces, que aportaba una significativa fuente de proteínas para los habitantes del valle de México.94 En la "sección de pesca fresca" de los mercados aztecas, los vendedores ofrecían pescado negro y blanco, camarón, caracoles, salamandras, renacuajos, ostras de río, tortugas, huevos de tortuga, y más de una docena de aves acuáticas que iban de patos a garzas. La provisión de carne también incluía conejo, venado, comadrejas, topos, cerdos salvajes, víboras, huevos de iguana, gusanos de maguey y chapulines. Además de los artículos comestibles, los mercaderes vendían las pieles de jaguar, puma, nutria, venado y tejón.95 Los reyes aztecas reglamentaron la pesca, si bien no la cacería. Los funcionarios reales castigaban a los pescadores que capturaban más peces de los que podían comer o vender.96 A medida que los recursos se volvían más escasos, también crecía la necesidad de eliminar el desperdicio.

Los aztecas y sus vecinos mataban animales para satisfacer "necesidades" ceremoniales y para alimentarse. Llevaban a cabo cacerías rituales y sacrificaban lobos, venados, liebres, conejos, pequeños perros, faisanes, lagartos y seres humanos para apaciguar a sus dioses.97 Las plumas de ave y las pieles de animales estaban entre los más preciados objetos de tributo.98 Además de su importancia ceremonial, estos objetos eran usados por la realeza para su placer personal. Los reyes de Texcoco tenían alfombras hechas de pieles de jaguar, cobertores hechos con plumas de águila, y tapicerías hechas con pieles de conejo.99 En su utilización de los animales, los pueblos de la meseta central habían excedido por mucho sus necesidades de subsistencia. Para cuando la conquista española, los aztecas estaban forzando el medio ambiente de las tierras altas centrales. Su uso de la madera como combustible y para la construcción, y su desmonte de las tierras para agricultura, había cobrado una cuota alta de los bosques.100 Muchas colinas estaban seriamente erosionadas.101 La cacería de aves migratorias y patos en gran escala disminuyó mucho a esas poblaciones.102 Sin embargo, los aztecas no habían agotado su provisión de alimentos. Los estudiosos del tema, casi universalmente, han rechazado la teoría de que los aztecas practicaban los sacrificios humanos para aumentar (por medio del canibalismo) su escasa provisión de proteína animal.103 Cuando Hernán Cortés conquistó a los aztecas, el valle de México y los terrenos aledaños no estaban al borde del colapso ecológico.104

Por otro lado, los aztecas estaban muy lejos de vivir en una suerte de armonía mítica con la tierra.

En contraste, los españoles alteraron el medio ambiente de México en una gran escala. En la mayoría de los casos, se habían separado de las creencias espirituales y de las prácticas de subsistencia de sus ancestros, más de lo que lo habían hecho los pueblos nativos de México. Aunque principalmente desde un punto de vista económico, unos cuantos españoles reconocían la amenaza que la escasez de recursos representaba para su sociedad. Este reconocimiento marcó la principal línea de continuidad entre las diferentes culturas.

 

 

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Última Actualización: 27/08/2007