Los
indígenas del México prehispánico apreciaban
inmensamente el hermoso aspecto de sus alrededores. Esto, sin
embargo, no evitaba que utilizaran los recursos naturales. Como
Fray Toribio de Benavente observó, los animales que los
indígenas amaban, también podían ser matados:
"Los indígenas [aztecas] gozan con el canto de los pájaros
y matándolos con dardos".12 Los nativos no eran preservacionistas
de corazón.
Los
indígenas reverenciaban y temían diferentes plantas
y animales. Su actitud hacia los bosques nos ofrece uno de los
más impresionantes ejemplos de la ambivalencia que los
antiguos pobladores de México sentían hacia el
mundo natural. Los bosques eran sitios obscuros, sitios fríos,
sitios que alojaban animales peligrosos y espíritus malignos.
Los bosques, sin embargo, también contenían árboles
sagrados. Los nahuas (un grupo de indígenas que incluía
a los aztecas) y los tarahumaras creían que los árboles
contenían las almas de sus antepasados. Los tzotziles,
zapotecos y mixtecos pensaban que algunos de sus ancestros brotaban
de las raíces de los árboles.13 Para muchos grupos,
las raíces de los árboles se veían como
la entrada tanto como la salida del inframundo. Los indígenas
asociaban a los árboles con la vida y con la muerte,
con el caos y con el paraíso.14
Cuando
grababa las tradiciones orales de los chamulas (una comunidad
tzotzil en los Altos de Chiapas), Gary H. Gossen compiló
las siguientes imágenes de los bosques:
"Siempre
presentes en la naturaleza, particularmente en el bosque, están
las fuerzas que vencerán... el orden y regresarán
el mundo al caos del espacio distante y el tiempo pasado. Esto
incluye a los demonios que viven en las más remotas y
salvajes partes de Chamula que causan eclipses al atacar al
sol y a la luna, amenazando a la mera fuente del calor y la
luz que proporcionan orden; las serpientes y otras transfiguraciones
del señor de la tierra, cuyo dominio es la montaña
con árboles que los humanos deben evitar para que él
no dañe sus almas, y otras deidades peligrosas. Eventos
negativos se asocian con la aparición de los bosques,
que simboliza bajeza, frialdad, obscuridad, amenaza y comportamiento
que no está gobernado por reglas".15
Los
bosques y las montañas contenían cuevas, que son
la zona intermedia entre la tierra y el infierno. Consecuentemente,
aquellos que se aventuraban en las cuevas desaparecían
para siempre de la tierra. Señores de la tierra que habitaban
en sus moradas subterráneas eran los responsables del
trueno, el relámpago y todas las formas de precipitación.
Cuando se les hacía enojar, estos dioses podían
enviar sequías.16 Es posible que los tzotziles asociaran
el desarreglo a gran escala de los bosques con la falta de precipitación.
Quizá aun ellos alteraban sus actividades forestales
para no provocar a los espíritus del bosque.
La
asociación de los bosques con el peligro estaba muy extendida
en Mesoamérica. El fraile franciscano Bernardino de Sahagún,
que intentaba reconstruir el mundo de los nahuas usando informantes,
registró las siguientes descripciones aprensivas de los
bosques:
"Es...
un lugar de frío; se pone frío; hay mucho hielo,
es un lugar que congela. Es un lugar a donde llega la desgracia;
un lugar donde hay pena, un lugar de pena, de lamentos,... de
llanto; un lugar donde hay tristeza...; un lugar que despierta
pesadumbre, que esparce desgracia... Es un lugar perturbador,
aterrorizante, hogar de la bestia salvaje, morada de la serpiente,
el conejo y el venado; un lugar de donde nadie sale, nadie lo
deja, nada emerge".
Los
informantes nativos de Sahagún más adelante describen
la trepidación de sus bosques:
"No
hay nadie; no hay gente. Está desolado; permanece desolado.
No hay nada que se pueda comer. La desgracia abunda, la desgracia
surge, la desgracia se extiende. No hay alegría, no hay
placer... Todos mueren de sed... Hay hambre, mucha hambre. Es
la casa del hambre; hay muerte por hambre. Todos mueren de frío;
está helando; está temblando; está castañeteando,
el castañeteo de los dientes. Hay calambres, el cuerpo
está tieso. Hay temor, hay un constante temor. Lo devoran
a uno; uno es herido por sorpresa; abusan de uno; uno es brutalmente
muerto; lo torturan a uno. La desgracia abunda".
Los
bosques contienen deidades, animales y atributos (frío,
obscuridad, etc.) ligados a la muerte y al caos. Los peligros
físicos que hay en los bosques —falta de agua,
falta de comida, congelación, hipotermia, ataques de
animales salvajes— pueden haber contribuido al temor espiritual
hacia los bosques.
Los
mayas también temían a los bosques. Una leyenda
maya cuenta que una vez existieron frondosos árboles
para hacer la milpa en el bosque de Belhalal, cerca de las antiguas
murallas de Uxmal (en la península de Yucatán),
pero que la gente nunca quiso plantar ahí porque dentro
del bosque vivía una criatura que se tragaba a todos
los que se acercaban. El relato sugiere que, a pesar de su posible
desconfianza, los mayas eventualmente talaron el bosque cerca
de Uxmal, quizá por presiones demográficas.
También
los mayas tenían cuidado con árboles específicos.
Identificaban al chechem como un árbol triste
y malo, porque envenenaba a los seres humanos. Hasta que descubrieron
que eran inmunes al veneno del chechem, no fue que los
pájaros hicieron sus nidos o cantaron en sus copas. También
el venado permanecía a distancia, a menos que, obligado
por la sed, bebiera el agua bajo sus ramas. Pero la desgracia
caería sobre cualquier persona que fuera seducida por
el refrescante refugio que le brindaba este árbol traicionero:
"El chechem engaña a aquellos que no lo conocen,
atrayéndolos por su sombra, durante las horas en que
el sol corta como una navaja y el aliento quema la boca cuando
se respira. Pobre de aquel que se confía y reposa bajo
el árbol, ya que esa persona nunca volverá a ser
la misma." Ciertamente, de acuerdo al conocimiento tradicional
maya, aquellos que dormían bajo la sombra del chechem casi siempre morían. Aún la gente que podía
levantarse y correr con toda su fuerza, se volvería lisiada
y loca por el resto de su vida.20 La corteza o la madera del chechem* puede haber sido tóxica, y por lo tanto
los mayas deben haberla evitado al hacer sus milpas.21
Los
indígenas del antiguo México atribuían
cualidades, tanto negativas como positivas, a los árboles.
Éstos eran parte de la concepción nahua y maya
del paraíso. De acuerdo a los informantes de Sahagún,
los bosques eran un lugar de "verdor, de fresco verdor... un
lugar de compasión, un lugar de suspiros".22 Los nahuas
creían en un paraíso terrenal, que se distinguía
por una eterna primavera y una cornucopia de frutas y verduras,
y un lugar celestial poblado por tiernos animales, hermosas
aves y una variedad de árboles.23 El maya decía
que las almas de sus muertos iban bajo la ceiba, a un buen lugar
de lluvia, rocío y exuberante vegetación.24
La
ceiba era una parte prominente de la cosmología maya.
De acuerdo con sus tradiciones, la gran madre ceiba emergía
desde el centro del mundo como un recordatorio de la victoria
de los dioses del cielo sobre los dioses del inframundo.25 El
maya plantaba el árbol en el centro de sus plazas y pueblos
como una afirmación de su lugar en el centro de la vida
y en el centro de la tierra. También sembraban la ceiba
en el centro de sus casas para protección y tranquilidad.
Los mayas amorosamente lo describían como un árbol
hermoso y contento, cuyo tronco ancho y liso y sus ramas eran
tan grandes y derechas como un techo. Mariposas radiantes con
alas verdes y azules volaban alrededor de sus ramas y los pájaros
y el "buen viento" hacían sus hogares en sus copas.26
Los mayas consideraban al árbol como un ser compasivo
y sagrado. Aún hoy, los descendientes de los mayas no
talan algunas especies de ceiba cuando desmontan el terreno
para sus milpas.27
Los
indígenas de México tenían otras creencias
religiosas que establecían respeto y control en el uso
del bosque. El maya creía que si los árboles se
cortaban sin permiso de los dioses, el cielo se desplomaría
y el fin regresaría a la tierra. 28 Los nahuas invocaban
el nombre de su dios Quetzalcóatl antes de talar un árbol.29
Conforme al religioso español Jacinto de la Serna, los
nahuas pedían permiso para su uso al árbol mismo:
"Los indígenas atribuían a los árboles
almas racionales creyendo que mucho tiempo antes, los árboles
eran personas. Es por ello que antes de cortarlos los saludaban
y les pedían permiso para cortarlos, a lo que accedían
a regañadientes". 30 Los tarahumaras compartían
con los nahuas la creencia de que los árboles poseían
un alma racional. Como todas las criaturas vivientes, los árboles
sienten dolor y alegría. Cuando a un árbol se
le hacía enojar o se le insultaba, se vengaba de su ofensor.31
Los
indígenas deificaban plantas que consideraban con valor
medicinal.32 A fines del siglo diecinueve, el explorador noruego
Karl Lumholtz observó con sorpresa como trataban los
tarahumaras a la vegetación sagrada: "Esas [plantas]
que se suponen con poderes curativos son veneradas. Este hecho,
sin embargo, no las salva de ser cortadas en pedazos y remojadas
en agua, que la gente usa después para beber o para lavarse."33
Los indígenas usaban plantas que estimaban para una variedad
de propósitos, incluyendo medicinas, combustible y construcción.
En ciertos casos la religión y la utilidad pueden haber
coincidido en una forma que llevaba a la protección de
algunas especies (tal como dejar la ceiba en la milpa para poder
recoger sus frutos o evitando al venenoso chechem). Los
indígenas también debían ser cuidadosos
en el uso del bosque para no provocar a un dios o a una deidad
salvaje. Los leñadores y los agricultores, sin embargo,
podían llevar a cabo sus actividades siempre y cuando
obtuvieran el permiso de los árboles o las divinidades.
Quizá con renuencia, los indígenas aceleraron
la explotación de sus bosques, a medida que la población
crecía.
A
diferencia de los europeos, los indígenas anteriores
a la conquista temían a los bosques, pero no los odiaban.
Los espíritus peligrosos y los animales de los bosques
tenían que ser respetados. Los seres humanos no tenían
ni el poder ni el derecho para sacarlos de ahí. Así,
los indígenas aceptaban los peligros espirituales y físicos
de los bosques. En contraste, los cristianos buscaban eliminar
estos peligros acabando con los bosques.34 Más aún,
el precepto bíblico de sojuzgar la tierra no tenía
contraparte en las religiones nativas. Al convertir bosques
en campos de cultivo los indígenas no trataban de agradar
a cualquier dios al llevar la civilización. Simplemente
trataban de aumentar la producción de alimentos para
cubrir sus crecientes demandas.
Algunos
grupos explotaban los bosques por razones religiosas. Los tarascos
de Michoacán, por ejemplo, quemaban muchas pilas de madera
para sus dioses antes de ir a la guerra (los funcionarios reales
se aseguraban que la gente plantara, cortara y juntara madera
para estas ceremonias religiosas).35 Los tarascos pensaban que
al realizar este rito sus dioses causarían desgracias
sobre sus enemigos.36 Atribuían los problemas de los
aztecas con los españoles a que sus vecinos habían
abandonado los sacrificios de madera para los dioses:
"Hay
que dejar que los extranjeros [los españoles] maten a
los mexicanos porque por muchos días no han vivido correctamente
porque no llevan madera a los templos, pero en su lugar... honran
a sus dioses sólo con canciones. ¿Pero, de qué
sirven las canciones solas? Trabajamos mucho más de lo
que por costumbre se requiere para las necesidades de los dioses.
Ahora hagamos un poquito más, traigamos la leña
para los templos, quizá así nos perdonen, porque
los dioses del cielo se han enojado con nosotros."37
Para
poder salvar a su Estado y a su pueblo, el rey tarasco se sentía
obligado a quemar mayor cantidad de madera para satisfacer a
los dioses. Así, las creencias religiosas contribuían
algunas veces a la explotación de los bosques.
En
las religiones nativas, los animales, como las plantas, eran
parte del mundo espiritual, pero su nivel especifico y su tratamiento
variaba marcadamente entre los diferentes grupos. Aquellos pueblos
que dependían principalmente de la cacería para
su subsistencia (o que permanecían ligados a sus raíces
de cazadores) tenían fuertes tabús que vigilaban
su uso de la vida silvestre. Por ejemplo, un cazador pápago
siempre se arrodillaba frente al venado muerto y pedía
perdón, explicando que el venado se necesitaba para alimento
y que no debería enojarse. Como muchos otros indígenas
de Norteamérica, los pápago sentían que
los espíritus de los animales desaparecerían a
la cacería o causarían enfermedades si la gente
los trataba irrespetuosamente o con crueldad innecesaria.38
La religión fijaba los parámetros de los pápago
para el aprovechamiento de la vida silvestre.
Los
enfoques religiosos de los indígenas de Baja California
pueden haber protegido a una especie contra la explotación.
Los nativos de la península se abstenían, aparentemente,
de cazar pumas, temiendo que el felino muerto regresaría
para vengarse de sus atacantes.39 En las mentes de los cazadores
y los recolectores, los animales salvajes eran poderosos seres
mágicos cuyas prerrogativas no podían ser transgredidas
por los humanos sin graves consecuencias.
La mayoría de los pueblos agricultores de México
seguían un código de conducta diferente hacia
los animales.40 Ya que la supervivencia dependía principalmente
del éxito de las cosechas, más que de la abundancia
de la cacería, los agricultores se preocupaban más
por apaciguar a la lluvia, al sol y a los dioses de la fertilidad
que controlaban el éxito de la cosecha, que por complacer
a los espíritus animales (también se inclinaban
por la creencia de que eran los dioses, más que los espíritus
animales, los que causaban hambres y enfermedades). Irónicamente,
uno de los principales medios para satisfacer a las deidades
agrícolas era el de los sacrificios de animales de cacería.
El fraile dominico Diego de Landa, describió una ceremonia
maya que, en su esquema general, se repetía en muchas
otras partes de México: "En un día de este mes...
escogido por los sacerdotes, los cazadores realizaban otro festejo...
que servía para aplacar a los dioses enojados que obran
contra ellos y sus campos de cultivo, ofrendándoles la
sangre derramada de los animales de caza porque sin este sacrificio
pasarían cosas horrendas".41 En este caso, el significado
religioso de los animales aseguraba su muerte antes que su supervivencia.
La
subordinación de los animales a los dioses se encuentra
en numerosas leyendas mesoamericanas. En el mito de la creación
de los maya-quiché, el Popol Vuh, el sol convirtió
a los animales originalmente "voraces", como el puma, el jaguar
y la serpiente de cascabel, en piedra. 42 En una de sus leyendas,
los toltecas relataban cómo los dioses animales habían
resistido ferozmente su expulsión del cielo por las deidades
celestiales.43 El dios liebre desafiantemente atacó con
flechas al sol, pero éste detuvo los proyectiles y se
los lanzó de vuelta, matando a la liebre. El dios sol
persiguió a todos los otros dioses animales hasta que
sólo quedó uno, Xólotl. Después
de que le pidió al dios sol que le perdonara la vida
sin éxito, Xólotl se transformó desesperadamente
en varios animales y plantas hasta que su magia se agotó.
En este momento, los dioses del cielo mataron al último
dios animal con una punta de obsidiana. Desde entonces, el sol
y la luna ya no tuvieron rivales.44
Sin
embargo, a pesar de su descenso de rango, los animales eran
más que simples seres vivos. Estaban estrechamente relacionados
con seres humanos y dioses. El huichol pensaba que sus ancestros
eran en su mayoría animales, especialmente jaguares,
serpientes y pumas.45 Los zapotecas acentuaban su bravura pretendiendo
ser la descendencia de leones y otras bestias salvajes.46 Los
olmecas se identificaban a ellos mismos más cercanamente
con los poderosos felinos, haciendo esculturas que tenían
cuerpo humano y cara de jaguar.47 También los dioses
tomaban la forma de animales. Usualmente, lo hacían de
una manera adecuada a su rango, así el poderoso sol se
convertiría en un jaguar y el dios de la tierra en una
víbora.48 Los indígenas de Mesoamérica
asociaban muchos animales con dioses que reflejaban la personalidad
de los animales. De esta forma, los nahuas identificaban al
coyote con el dios de la guerra y con el dios del canto, ya
que lo consideraban como un animal agresivo y sociable a la
vez.49 Los mayas asociaban al inquieto mono con el dios de las
artes, la música y los juegos.50 Aún más,
los pueblos nativos relacionaban a los animales salvajes con
los dioses como consortes. Éste era el caso de los tzotziles
y los maya quiché, que pensaban que los animales silvestres
actuaban de parte de los dioses de la Tierra, al defender los
bosques contra la intrusión de los humanos.51
Los
animales también servían como compañeros
y guardianes de los seres humanos. Los tzotziles, zapotecos
y tarahumaras sentían que las almas de sus compañeros
animales los protegían del peligro.52 Los tarahumara,
por ejemplo, consideraban al puma como un buen animal que velaba
por la gente: "Cuando ve a un animal como el oso o como el coyote
aproximarse a un hombre, ruge para advertirle del peligro; y
si el hombre no presta atención, entonces ataca al animal
para salvarlo; por lo tanto uno lleva tiras de piel en el cuello
y en los tobillos como protección".53 Otros animales
pueden realizar tareas importantes únicamente cuando
están vivos. Por ello, los tarahumara evitaban pisar
un sapo: "El sapo cornudo detiene al mundo. Y dice, 'No me pises.
Yo soy del color de la tierra y detengo al mundo, por lo tanto
camina con cuidado, no me pises".54 Asimismo, los tarahumaras
tenían cuidado de no molestar a las serpientes de cascabel,
a las que consideraban compañeras de los brujos. Lumholtz
reporta que "un mexicano mató una vez a una serpiente
de cascabel, y el indígena se enojó mucho y dijo
que la serpiente protegía su casa, ahora no tenía
a nadie que se la cuidara".55 Finalmente, los tarahumaras agradecían
a los animales que intervenían en su favor ante los dioses:
...
los animales no son, de ninguna manera, criaturas inferiores;
entienden la magia y están poseídos de gran conocimiento,
y pueden ayudar a los tarahumaras a que llueva. En primavera,
el canto de los pájaros, el arrullar de la paloma, el
croar de la rana, el chirriar de los grillos, todos los sonidos
que hacen los habitantes de la foresta, son para los indígenas
ruegos por lluvia a las deidades. 56
Los
tzotziles y los zapotecos percibían que su suerte personal
estaba ligada a su animal de guarda. Así, un dios de
la tierra al que se provocara podría dañar a un
tzotzil quitándole su compañero animal. Los zapotecos
creían que ellos y su amigo silvestre seguían
el mismo camino en la vida, de tal forma que si el animal era
herido o moría, lo mismo le pasaría al indígena.
Si, por lo contrario, el indígena tenía algún
accidente, eso también le sucedería al animal.
En esta relación simbiótica, los zapotecas aparentemente
tenían un fuerte incentivo para proteger a su animal
guardián (o viceversa).57 Así, aunque la gente
ya no creía en espíritus animales o dioses animales
que exigían retribución cuando se abusaba de ellos,
la vida silvestre seguía imponiendo respeto como los
compañeros de los dioses y los hombres.
Las
poblaciones muy densas, más que una religión menos
animista, fue la principal causa de la depredación de
los recursos naturales en Mesoamérica. Ciertamente, algunos
pueblos nativos se preocuparon con la magnitud de la degradación
ambiental que ellos mismos habían generado. Algunos gobernantes
promulgaron reglamentos para restringir el uso de los recursos
naturales. Los pueblos de Mesoamérica pueden haber intentado
ser cuidadosos con la tierra mediante la adopción de
diferentes técnicas agrícolas o bien por medio
de leyes, pero esta meta no siempre se lograba. La intensiva
utilización de los recursos, acelerada por las presiones
poblacionales, daba como resultado el deterioro ambiental, cuyo
alcance, aún ahora, sigue siendo debatido entre los estudiosos
del México prehispánico.
Una
vieja teoría sobre la desaparición de la civilización
del Clásico Maya (a principios del siglo X) era que los
mayas habían agotado la fertilidad de la tierra al practicar
la agricultura de tumba, roza y quema. La milpa únicamente
podía soportar cosechas por dos o tres años antes
de que la tierra tuviera que ser dejada descansar para recuperar
su fertilidad. En las dos áreas principales de asentamiento
maya, el Petén y Yucatán, la tierra debía
ser dejada en barbechos de cuatro a siete y de quince a veinte
años, respectivamente (los suelos del Petén son
más fértiles que los de Yucatán y por lo
tanto requieren de un período de descanso más
corto).58 La vieja teoría postulaba que la población
maya creció de tal forma que tuvieron que acortar los
períodos de descanso para seguir aumentando la producción
de alimentos. Al reducirlos agotaban la fertilidad del suelo.
El resultado era el fracaso de las cosechas, el hambre y la
despoblación de los centros mayas.
Quienes
proponen esta teoría suponían que los indígenas
contemporáneos en la región practicaban la misma
forma de agricultura de tumba, roza y quema que sus ancestros
mayas. Pero los antiguos mayas (así como algunos de sus
descendientes) crearon sus milpas con mayor cuidado.59 Dejaban
árboles en el terreno, quizá para reducir la erosión,
producir desechos orgánicos y acelerar el proceso de
reforestación.
Durante
el final de la década de 1920, algunos estudiosos empezaron
a discutir la noción de que los mayas practicaban exclusivamente
la agricultura de tumba, roza y quema. Basados en evidencia
arqueológica tal como los restos de terrazas y límites
de tierras, dedujeron que los mayas practicaban agricultura
permanente.60 Posteriormente, los estudiosos de este grupo encontraron
datos antropológicos y etnohistóricos que indicaban
que los mayas desarrollaron un sistema variado de producción
agrícola. Este sistema incluía huertos familiares
para la producción de una variedad de frutas y verduras,
y campos elevados que estaban formados por la tierra y los desechos
orgánicos extraídos de los canales de drenaje
adyacentes.61 Los mayas también pudieron haber sembrado
árboles en las fértiles grietas de las rocas y
dentro de los límites de cercas de piedra artificiales,
para la producción de alimentos, medicinas y combustible.62
Algunos
estudiosos concluyen que los mayas adoptaron estas técnicas
para hacer sostenible su agricultura en los trópicos.
Específicamente los huertos familiares redujeron las
presiones para desmontar bosques para la agricultura y permitieron
períodos de descanso más largos para las milpas;
las tierras elevadas proporcionaban suelos bien aireados, húmedos
y fértiles para la agricultura; y las terrazas impedían
la erosión del suelo y recogían agua que aumentaba
la humedad y la fertilidad del suelo. Los mayas se pueden haber
adaptado con éxito al medio ambiente tropical al lograr
un balance entre agricultura nómada y permanente. 63
Sin
embargo, si los mayas respondieron a presiones poblacionales
al convertir vastas extensiones de bosques en tierras de cultivo,
entonces debieron haber enfrentado nuevos problemas. En los
tiempos modernos, la agricultura sedentaria no ha funcionado
en los trópicos debido a la rápida pérdida
de nutrientes del suelo, materia inorgánica y humedad,
y formación de terrones (el terreno se vuelve infértil;
una vez que se remueve la vegetación tropical las lluvias
intensas drenan los minerales del suelo expuesto, y el sol cuece
la tierra hasta convertirla en una dura corteza). Quizá,
como algunos estudiosos sugieren, los mayas superaron estos
problemas abonando y terraceando y así fueron capaces
de practicar agricultura en gran escala en los trópicos.64
Otros
estudiosos de los mayas han llegado a una conclusión
muy diferente: argumentan que el colapso de la civilización
del Clásico Maya se debió a una población
que había superado la capacidad productiva de la tierra
en sí. Como resultado, los mayas sufrieron, o bien de
inanición masiva, o bien una escasez de alimentos muy
extendida, que a su vez puede haber provocado ruinosas rebeliones
o guerras.
Actualmente,
no existe una prueba de que la población maya haya alcanzado
o excedido la capacidad de carga de la tierra. La aparente velocidad
del colapso maya, así como la supuesta ausencia de emigración
en gran escala, sugiere un evento más cataclísmico
que el gradual embate de una crisis agrícola a medida
que iba disminuyendo la cantidad de tierra necesaria para mantener
a una población creciente. Otros factores, como los cambios
climáticos, las sequías prolongadas, las plagas
de las plantas o las guerras internas pueden haber llevado a
disminuciones catastróficas de la producción agrícola
y por lo tanto al despoblamiento de las planicies mayas (hasta
ahora, los antropólogos han confirmado únicamente
que el colapso maya ocurrió durante un periodo de guerras).
Qué tan cerca estuvieron los mayas de llegar a los límites
de la tierra, quizá nunca se sabrá.65
Sin
lugar a dudas, los mayas causaron cierto grado de degradación
del medio ambiente. Los estudios de los asentamientos mayas
en las regiones lacustres indican que la agricultura y la urbanización
tuvieron como resultado desforestación y erosión
del suelo. 66 En estas regiones, este pueblo, o bien no usó
adecuadas técnicas de manejo de recursos, o bien estos
métodos fueron insuficientes para detener el deterioro
ambiental.
En
las zonas lacustres y en otros lados, los mayas no sólo
desmontaron bosques para cultivos y asentamientos humanos, también
usaron sus hachas de piedra para talar árboles utilizados
como leña, en las construcciones y para alimentar hornos
de cerámica y cal (esta última se usaba para construir
centros ceremoniales). 67 En áreas costeras, las comunidades
mayas deben haber quemado cantidades considerables de madera
para evaporar la sal del agua de mar.68 Estas actividades contribuyeron
a la desforestación en la Mesoamérica maya.
Las
labores agrícolas de los mayas pueden haber tenido un
efecto particularmente dañino sobre las plantas y animales
silvestres. Si desmontaron grandes extensiones de bosque para
agricultura permanente, entonces algunas especies tropicales
seguramente se habrán extinguido.69 Aún con agricultura
itinerante, la estructura de los bosques (el tamaño y
la distribución de especies de árboles) probablemente
habría cambiado, y los hábitat y poblaciones de
algunas especies animales se habrían reducido. Como lo
indica un pasaje de un antiguo libro maya, los animales perecían
como resultado de la agricultura de tumba, roza y quema: "Los
bosques se quemaron para plantar maíz, y todos ardieron,
y los animales de la tierra murieron, lo mismo el venado que
engancha sus cuernos en las ramas que el conejo que se esconde
en los matorrales".70 Entonces, por lo menos las prácticas
de uso de suelo de los mayas causaron una reducción en
las poblaciones de plantas y animales.
Los
mayas también disminuyeron las poblaciones de fauna silvestre
(y flora) por la explotación directa. Aunque eran principalmente
agricultores también recolectaban plantas silvestres,
cazaban animales y pescaban. Los murales mayas muestran mercados
repletos de animales (algunos vivos y otros muertos) y productos
animales, incluyendo coatís, guacamayas, guajolotes,
venados, armadillos, conejos, lechones, iguanas y abejas de
cera y miel; pieles de ocelotes, jaguares y venados; y una variedad
de plumas (los mayas usaban principalmente las pieles y las
plumas para propósitos ceremoniales). 71 En el siglo
XVI, Diego de Landa observó que descendientes de los
mayas traían del mar una nutrida pesca. Además,
comentaba sobre cómo cazaban los indígenas todos
los grandes pájaros de los árboles. Con el uso
del arco y las flechas en las zonas del sureste (traídos
a la región por los belicosos aztecas), los mayas podían
cazar más animales de los que antes había sido
posible con sus trampas y redes. Los desarrollos tecnológicos,
así como el crecimiento de la población, contribuyeron
a la disminución de la fauna silvestre en el sureste
de México.72
En
el México central, la erosión del suelo y la desforestación
eran problemas serios desde antes de la llegada de los españoles.
De sus estudios de depósitos aluviales de la región,
el geógrafo Sherburne Cook concluyó que en muchos
lugares la pérdida de suelo comenzó mucho antes
de la conquista. Aún más, encontró una
cercana correlación entre la gravedad de la erosión
del suelo y las densidades de población. Particularmente,
regiones ocupadas por los mixtecos en Oaxaca (556 personas por
milla cuadrada en 1520), por los nahuas en Puebla (1,245 personas
por milla cuadrada), y por los tarascos en Michoacán
(1,754 personas por milla cuadrada) mostraban una erosión
de "severa a localmente completa" al momento de la conquista.73
Los indígenas de México central se mudaban a las
empinadas faldas de las colinas a medida que la agricultura
en los valles ya no podía mantener crecientes poblaciones
y la erosión del suelo hacía imposibles los cultivos
en las partes más bajas.74 La pérdida del suelo
en las alturas superiores era aún más rápida
que lo que había sido más abajo. Y para empeorar
la situación, los cortos aguaceros que ocurrían
rutinariamente en la región de fines de la primavera
a comienzos del otoño se llevaban los suelos expuestos.
Eventualmente, el deterioro de la tierra habría amenazado
la supervivencia de esos pueblos.75
Los
indígenas de México central quemaban bosques para
plantar maíz. Al momento de la conquista, los nahuas
cultivaban aproximadamente el 15% de la tierra en la meseta
central, mucha de la cual había estado arbolada anteriormente.76
La recolección de leña ponía una carga
adicional sobre los bosques de la región, ya que era
la fuente primaria de combustible para los habitantes de las
tierras altas, cerca de once millones de habitantes. El uso
de la madera en la construcción, incluyendo la calcinación
de la cal para edificar templos y pirámides, era también
otra causa de desforestación.77 Los españoles
se percataban del uso extensivo de madera por parte de los aztecas
para canoas, cajas, mesas, puertas, pilares, techumbres, dinteles,
columnas, planchas y tablas.78 Los informantes nahuas de Sahagún
describían los bosques como un lugar "donde se cortan
los árboles, donde hay troncos, un lugar de vigas". 79
Los comerciantes vendían hachas de bronce y cobre en
los mercados de Tenochtitlán, la capital del imperio
azteca,80 y los gobernantes aztecas recaudaban madera como parte
del tributo que recibían de otros indígenas.81
La madera era una parte importante de la economía azteca.
Algunos
indígenas en México central se preocupaban por
la erosión del suelo y la desforestación. Para
impedir la erosión, los pueblos nativos construían
terrazas con piedras, tierra y magueyes.82 Los nahuas dejaron
de usar algunos de los bosques de la meseta plantando los cultivos
en camas de lodo y material orgánico en descomposición
(las chinampas*) en las partes poco profundas de los
lagos. Debido al clima templado del valle, se podían
levantar varias cosechas al año con esta productiva forma
de agricultura. Después de que el rey Netzahualcóyotl
construyó un dique a través del lago de Texcoco
en 1449 para evitar las inundaciones, los niveles de salinidad
en los lagos al sur del valle de México disminuyeron
a tan baja concentración (debido a su separación
de las aguas salobres del norte) que podían mantener
una producción de chinampa en gran escala. Después
de la hambruna de Un Conejo (ciclo de tiempo de los aztecas)
en 1454, los indígenas en el Valle de México expandieron
los campos elevados para generar un amortiguador contra las
fuertes heladas y las prolongadas sequías que habían
culminado en hambruna masiva. A la segunda mitad del siglo XV,
las chinampas cubrían aproximadamente nueve mil
hectáreas en los lagos de Xochimilco y Chalco, y cada
hectárea alimentaba entre quince y veinte personas.83
Estos campos, entonces, podían mantener a la mayor parte
de los aproximadamente 235,000 pobladores.84 Los indígenas
aparentemente no cultivaron las cañadas o las faldas
de las montañas que rodeaban al valle de México,
en su lugar plantaban en las tierras planas y cerca de sus casas.85
Bien sea que se lo hubieran propuesto o no, las chinampas colaboraron en la conservación del suelo y del bosque
al reducir presiones para quemar empinadas colinas arboladas
para cultivarlas.
Unos
cuantos de los gobernantes anteriores a la conquista promulgaron
reglamentos forestales. Quizá el primero en hacerlo fue
el príncipe chichimeca del siglo XIII Nopaltzin, que
prohibió encender fuegos en las montañas y en
el campo sin licencia, y aún así, sólo
cuando fueran necesarios.86 Aunque los motivos de Nopaltzin
para su edicto son desconocidos, parecía estar preocupado
por los efectos del uso incontrolado del fuego sobre la fauna
y el bosque, ya que ambos eran recursos importantes. Los reyes
tarascos, que apreciaban los bosques como el hábitat
para la fauna, como una fuente de varios productos y como un
proveedor de madera para propósitos ceremoniales, nombraron
guardas forestales para supervisar las actividades de los madereros.87
Preocupado por la creciente escasez de árboles, Netzahualcóyotl
restringió las áreas donde la gente podía
cortar madera para construcción y uso ordinario. Y declaró
que aquellos que cortaran árboles dentro de las áreas
protegidas fuesen ejecutados (más tarde modificó
este decreto permitiendo a sus súbditos recolectar madera
muerta y ramas dentro de las reservas).88 La escasez que había
resultado del uso irrestricto de los recursos maderables había
llevado a las primeras reglamentaciones forestales en México.
La
élite nativa intentaba mantener a la naturaleza en su
centro (midst). Entre fines de la
década de 1420 y principios de la de 1430, los reyes
nahuas crearon parques arbolados (incluyendo a Chapultepec,
el parque más antiguo que existió en el Nuevo
Mundo), jardines botánicos aviarios, y estanques de pesca
para permitirse gozar con las plantas y los animales silvestres.
De acuerdo con los cronistas españoles, estas reservas
de la naturaleza eran lugares de admiración. Contenían
"bosques llenos de venados, conejos, liebres y otros animales,
rodeados por ríos y fuentes y admirables estanques que
no pueden ser más que elogiados."89 Los bosques "estaban
plantados con una variedad de árboles y fragantes flores,
y en ellos había una multitud de pájaros... cantando
armoniosamente."90 La urbanización producía un
deseo de mantener el contacto con la naturaleza y de proteger
tales áreas como parques.
Los
indígenas de México central protegían a
la fauna silvestre con propósitos utilitarios y ceremoniales,
así como por su valor estético.91 De acuerdo con
sus leyendas, los tarascos se establecieron en la región
alrededor del lago de Pátzcuaro para explotar sus ricas
pesquerías y la abundante cacería. A pesar de
ser un pueblo básicamente agricultor, los tarascos seguían
siendo diestros cazadores y pescadores. Capturaban a los sabrosos
peces del lago con anzuelos y redes. Durante los meses invernales,
rodeaban a las aves migratorias con sus canoas y las mataban
con lanzas en forma de tridente. Los cazadores aprovisionaban
a los reyes tarascos con venados, conejos, patos, codornices,
y otras aves, para usarlas como sacrificios o como comida.92
Los tarascos también mataban animales por las pieles
para hacer sus vestidos. Las gentes que se establecieron en
las orillas del lago de Pátzcuaro nunca dejaron de hacer
uso de la caza y la pesca a su disposición.93
También
los aztecas eran excelentes cazadores y pescadores. Los cronistas
españoles relataban cómo usaban sus redes y dardos
para matar muchas aves y peces, que aportaba una significativa
fuente de proteínas para los habitantes del valle de
México.94 En la "sección de pesca fresca" de los
mercados aztecas, los vendedores ofrecían pescado negro
y blanco, camarón, caracoles, salamandras, renacuajos,
ostras de río, tortugas, huevos de tortuga, y más
de una docena de aves acuáticas que iban de patos a garzas.
La provisión de carne también incluía conejo,
venado, comadrejas, topos, cerdos salvajes, víboras,
huevos de iguana, gusanos de maguey y chapulines. Además
de los artículos comestibles, los mercaderes vendían
las pieles de jaguar, puma, nutria, venado y tejón.95
Los reyes aztecas reglamentaron la pesca, si bien no la cacería.
Los funcionarios reales castigaban a los pescadores que capturaban
más peces de los que podían comer o vender.96
A medida que los recursos se volvían más escasos,
también crecía la necesidad de eliminar el desperdicio.
Los
aztecas y sus vecinos mataban animales para satisfacer "necesidades"
ceremoniales y para alimentarse. Llevaban a cabo cacerías
rituales y sacrificaban lobos, venados, liebres, conejos, pequeños
perros, faisanes, lagartos y seres humanos para apaciguar a
sus dioses.97 Las plumas de ave y las pieles de animales estaban
entre los más preciados objetos de tributo.98 Además
de su importancia ceremonial, estos objetos eran usados por
la realeza para su placer personal. Los reyes de Texcoco tenían
alfombras hechas de pieles de jaguar, cobertores hechos con
plumas de águila, y tapicerías hechas con pieles
de conejo.99 En su utilización de los animales, los pueblos
de la meseta central habían excedido por mucho sus necesidades
de subsistencia. Para cuando la conquista española, los
aztecas estaban forzando el medio ambiente de las tierras altas
centrales. Su uso de la madera como combustible y para la construcción,
y su desmonte de las tierras para agricultura, había
cobrado una cuota alta de los bosques.100 Muchas colinas estaban
seriamente erosionadas.101 La cacería de aves migratorias
y patos en gran escala disminuyó mucho a esas poblaciones.102
Sin embargo, los aztecas no habían agotado su provisión
de alimentos. Los estudiosos del tema, casi universalmente,
han rechazado la teoría de que los aztecas practicaban
los sacrificios humanos para aumentar (por medio del canibalismo)
su escasa provisión de proteína animal.103 Cuando
Hernán Cortés conquistó a los aztecas,
el valle de México y los terrenos aledaños no
estaban al borde del colapso ecológico.104
Por
otro lado, los aztecas estaban muy lejos de vivir en una suerte
de armonía mítica con la tierra.
En
contraste, los españoles alteraron el medio ambiente
de México en una gran escala. En la mayoría de
los casos, se habían separado de las creencias espirituales
y de las prácticas de subsistencia de sus ancestros,
más de lo que lo habían hecho los pueblos nativos
de México. Aunque principalmente desde un punto de vista
económico, unos cuantos españoles reconocían
la amenaza que la escasez de recursos representaba para su sociedad.
Este reconocimiento marcó la principal línea de
continuidad entre las diferentes culturas.