Capítulo
Dos
El propósito español
Conservando los recursos para la Corona
Algunos
de los habitantes de la península Ibérica tenían
el mismo religioso respeto hacia el mundo natural que los indígenas
del México precolombino. Por ejemplo, como muchos de
los nativos mexicanos, un leñador vasco pedía
permiso antes de cortar un árbol como una deferencia
a sus sentimientos. Unos cuantos habitantes en los bosques de
los Pirineos aún creen que los bosques se enojan cuando
son vendidos, y que la gente que pasa por ellos se arriesga
a ser aplastada por un árbol cayendo. En un tiempo remoto,
los nativos de Asturias (una provincia en el norte de España)
aseguraban que una criatura con apariencia de sátiro
defendía a los bosques y a toda la vida en ellos, asustando
a los cazadores y a los leñadores para que se alejaran.
De hecho, muchos íberos alguna vez sintieron que la tierra
estaba habitada por espíritus y seres divinos.1
Al
tiempo de la conquista, sin embargo, muchos españoles
habían desmitificado y restado poderes a la naturaleza.
No creían que las plantas o animales silvestres fueran
seres mágicos que pudieran ayudarlos o dañarlos.
Tampoco se consideraba que provinieran de un mundo natural,
cuyas fuerzas estuvieran fuera de su control directo. Además
de despojar a la naturaleza de sus poderes espirituales, los
españoles frecuentemente ignoraban la importancia de
ser cuidadosos con los productos de la tierra. Como grupo, mostraban
mayor confianza que los indígenas del México prehispánico
en su habilidad para alterar a la naturaleza sin dañarse
a ellos mismos.
Sin
embargo, los españoles no eran completamente ignorantes
de las consecuencias de la degradación de los recursos.
Habían presenciado los resultados del deterioro ambiental
en la península Ibérica que iba, desde colinas
erosionadas hasta valles inundados. Cuando los viajes de Colón
al Nuevo Mundo, la monarquía española había
empezado a tomar medidas para hacer frente a la escasez regional
de madera. La Corona española también promulgó
leyes de conservación para sus colonias, en parte porque
habían sido testigos del proceso de agotamiento de los
recursos en la propia metrópoli.
Las
políticas de conservación españolas eran
motivadas por consideraciones económicas. La Corona intentaba
proteger aquellos recursos naturales que eran importantes para
el funcionamiento de la economía colonial. Sobre todo,
los españoles querían conservar los recursos forestales
de las colonias. Los reyes y virreyes españoles estaban
preocupados porque sin restricciones y sin reforestación,
la madera, crucial para las operaciones mineras, la construcción
de barcos, y la edificación se agotaría. Recursos
de menor valor, como la mayoría de los animales silvestres,
o de mayor disponibilidad como el suelo y el agua, recibían
mucha menos atención por parte de la Corona.
El
planteamiento español de la administración de
los recursos era limitado. Fieles a la tradición legalista
del país, los funcionarios reales trataban de proteger
los recursos en las colonias por medio de decretos. En su mayor
parte, los españoles ignoraron las técnicas que
los indígenas habían usado para conservar el suelo.
Quizá algunos misioneros españoles restauraron
terrazas prehispánicas que los pueblos nativos ya no
podían mantener debido a la disminución de sus
poblaciones por enfermedades infecciosas, la expropiación
de sus tierras y su entrada a un sistema de trabajo por jornales.
La mayoría de los colonizadores, sin embargo, las dejaban
destruirse, prefiriendo, en cambio, destinar la gran cantidad
de trabajo necesaria para el mantenimiento de las terrazas a
otras tareas.2
Al
introducir el arado y el ganado en el Nuevo Mundo, los españoles
exacerbaron el problema de la erosión del suelo, haciendo
así aún más necesaria que durante la época
percolombin la adopción de medidas para la conservación
de éste. Unos cuantos colonizadores advirtieron a sus
compatriotas acerca del derroche en el uso de la tierra. A principios
del siglo XVII, el cosmógrafo Henrico Martínez
lanzó una de las advertencias más directas. Postulaba
que las inundaciones de la Ciudad de México estaban directamente
relacionadas con el desmonte y el cultivo de las tierras en
las colinas que la rodeaban. De acuerdo a Martínez, los
suelos arrastrados de las laderas montañosas estaban
llenando los lagos de la región. Ya que la cantidad de
lluvia permanecía constante, el agua no podía
ir más que a la orilla de los lagos, inundando así
la ciudad . Martínez advirtió que con el paso
del tiempo, los residentes de la Ciudad de México irían
sufriendo, cada vez más, por las inadecuadas prácticas
agrícolas de sus vecinos rurales.3 Martínez fue
uno de un puñado de colonizadores que consideraron que
el evitar la erosión del suelo era imperativo. Sin embargo,
la respuesta de la Corona española a este problema fue
discreta. La Ley de Indias (el código legal de España
para sus colonias) incluía restricciones en el uso del
bosque y pastoreo, parte de cuyo propósito era evitar
la erosión del suelo. Esto, sin embargo, era el alcance
de la política española de conservación
del suelo para sus posesiones de ultramar.
Igualmente,
los funcionarios españoles rara vez asignaban alta prioridad
al manejo cuidadoso de los recursos hidráulicos. La del
agua se fijaba más en la asignación del agua que
en la eliminación de su desperdicio. Por lo tanto, mientras
que la Ley de Indias atendía, con algo de detalle, a
los derechos de agua, no hablaba del asunto de su conservación.
En el árido norte de la Nueva España, los funcionarios
locales y los usuarios del riego eran más aptos para
integrar los asuntos de distribución y administración
del agua que los burócratas de ultramar.4 Este fue el
caso en 1789, cuando los fundadores de Hermosillo, Sonora, ordenaron
que nadie debía usar más agua que la que fuera
estrictamente necesaria. También exigieron a los usuarios
del riego construir sus canales de derivación con piedra
y cal, para evitar la pérdida de agua. Muchos planes
de poblaciones pedían a los usuarios del riego regresar
el agua sobrante de sus acequias a la fuente original. Aunque
loable desde el punto de vista de la conservación, este
ordenamiento inadvertidamente propiciaba la contaminación
del agua, ya que reciclada, frecuentemente contenía sales,
basura, productos químicos y desperdicios. Para proteger
la salud pública, algunos concejos municipales establecieron
multas para la contaminación del agua. No hay indicios
de que los españoles se preocuparan por los efectos dañinos
de la irrigación, particularmente la desecación,
sobre ecosistemas frágiles. Junto con la desforestación
y el consumo de agua y vegetación por el ganado, la irrigación
contribuyó a aumentar la aridez en el norte de la Nueva
España.5
Los
funcionarios públicos rara vez ordenaban a los terratenientes
particulares tomar medidas para la conservación del agua
(Hermosillo fue una excepción). Unos cuantos hacendados con visión de futuro iniciaron tales medidas por
cuenta propia sin ningún apoyo por parte del gobierno.
Por ejemplo, la familia Sánchez-Navarro, que poseía
una extensa hacienda en Coahuila, recubrió algunos de
sus canales para evitar la filtraciones.6 Sin embargo, la mayoría
de las obras de irrigación no fueron construidas para
ahorrar agua. Medidas para reducir la pérdida de agua,
tales como la construcción de compuertas de irrigación
sólidas, el recubrimiento de los canales o el almacenamiento
subterráneo del agua, no fueron tomadas por los colonizadores
debido a la planeación y el gasto que ellas significaban.
Consecuentemente, miles de litros de agua se evaporaban o se
filtraban al suelo.
Más
que la mayoría, si no que todos sus precursores en el
árido norte, los españoles confiaron en sistemas
extensivos de irrigación para hacer florecer al desierto.
Otras adaptaciones al árido medio ambiente, tales como
la cosecha de plantas semisilvestres, el uso de agricultura
por inundación (usando represas en los arroyos para desviar
el agua hacia los campos) y el apoyarse en cultivos resistentes
a la sequía, como la calabaza, sugería una existencia
muy nómada y a muy pequeña escala para los españoles.
En su lugar, optaron por construir canales de irrigación
y acopio de agua controlada previamente por comunidades indígenas.7
De sus experiencias en la península Ibérica, los
españoles aprendieron que el riego hacía posible
la agricultura en tierras semiáridas.8 Sin embargo, su
apreciación de la capacidad de esta tecnología
era frecuentemente muy optimista.
Existían
antecedentes españoles importantes a los esfuerzos para
conservar la fauna silvestre y los bosques en el Nuevo Mundo.
Entre los siglos XIV y XVI. España desarrolló
un código de la fauna silvestre, y con el tiempo, la
preocupación de la monarquía en ese asunto se
hizo más fuerte.9
La
intención de la más antigua reglamentación
española sobre cacería era proteger a los seres
humanos más que a los animales silvestres en sí.
En 1348, el rey Alfonso XI prohibió el uso de "trampas
de fierro grandes para osos, jabalíes o venados, por
el peligro que puedan correr hombres o caballos que viajan en
los bosques". Gradualmente, el interés empezó
a cambiar hacia la conservación de la fauna silvestre.
Durante el siglo XV, los reyes españoles restringieron
los tipos de armas que podían ser usadas en la caza y
en la pesca, en parte para impedir la sobreexplotación
de los animales. En 1435, el rey Juan II prohibió el
usar sustancias venenosas en los ríos para matar o paralizar
a los peces y, en 1465, el rey Enrique IV prohibió el
uso de trampas, redes o escopetas para matar tórtolas.
Los
gobernantes también tomaron medidas para asegurar la
reproducción de los animales. El rey Enrique III actuó
para lograr este objetivo cuando prohibió la cacería
durante la temporada de reproducción (especificada como
los meses de marzo, abril y mayo), y proscribió la recolección
de huevos.
Los
esfuerzos de la Corona para proteger la fauna silvestre se intensificaron
durante el siglo XVI en respuesta al cada vez más grave
impacto que la destrucción del hábitat (especialmente
la desforestación), la cacería y pesca necesarias
tenían en las poblaciones animales de España.
Para proteger las pesquerías del reino, el rey Carlos
I (reinó de 1516 a 1556) prohibió la pesca con
sábanas, cobertores y cierto tipo de redes; la captura
de peces secando los arroyos, y la pesca durante la temporada
de desove. Para mantener una adecuada provisión de animales
de caza (la cacería era uno de los deportes predilectos
de la aristocracia), Carlos prohibió la cacería
con perros o con armas de fuego y durante las nevadas u otro
tiempo inclemente, cuando gran número de animales buscan
abrigo o alimentos. En 1617, el rey Felipe III rescindió
la prohibición de las armas de fuego porque, como dijo,
la disposición "no había significado la abundancia
de cacería que se esperaba. La gente cazaba secretamente
con otros instrumentos que son más silenciosos y que
tiene un impacto aún más destructivo sobre los
animales de caza [poblaciones]." Los monarcas españoles
estaban empeñados en la conservación de especies
para el consumo y la recreación.
Los
funcionarios reales frecuentemente eximían de las disposiciones
de cacería a los animales más abundantes, tales
como conejos y aves. La Corona fue aún más allá
al apoyar la muerte de los depredadores. La monarquía
justificó su política así: "Ya que los
lobos hacen tanto daño al ganado, ordenamos que se den
licencias a todas las ciudades y pueblos en nuestro reino, para
que puedan ordenar la muerte de dichos lobos, aunque estén
con cría, y puedan dar una recompensa por cada cabeza."10
La conservación de la fauna silvestre no se extendía
a animales considerados peligrosos para la gente y su ganado.
Al
momento de sus conquistas de ultramar, España había
talado grandes extensiones de sus bosques. La recolección
de leña, el uso de la madera para construcción
de buques, y la quema de bosques para pastizales habían
cobrado un elevado tributo a las áreas forestales españolas.
La transformación de bosques a pastizales había
modificado singularmente el paisaje español. El naturalista
español del siglo XVIII A. J. Cavanilles notó
apesadumbrado, cómo el pastoreo de ovejas había
deformado el carácter de la tierra en la provincia de
Galicia: "En años pasados había hermosos pinos,
y otros árboles también eran densos, pero ellos
[los pastores] los quemaron y los destruyeron, así que
los que existen ahora son muy pocos. Esa perniciosa técnica
que los pastores usaron para crear abundante pastura causaron
un grave daño."11 Por muchas centurias, los ovejeros,
a través de su poderoso gremio, la Mesta, se habían
adjudicado el "derecho" de quemar los bosques de España.
La
monarquía española jugó un importante papel
en la expansión de la industria de las ovejas. En 1273,
el rey Alfonso X dio el permiso legal para la creación
de una asociación nacional para los ovejeros de Castilla,
la Mesta, para que los pastores pudieran proteger mejor sus
intereses y así producir mayor riqueza para el reino.
Pero, al mismo tiempo, Alfonso trató de proteger los
derechos de los usuarios de otros recursos. Por ejemplo, en
su código legal el rey le exigía a cualquiera
que iniciara fuegos que devoraran bosques o campos, el pago
del daño que habían causado. También demandaba
que los ganaderos compensaran a los cultivadores de frutales
y a los granjeros por cualquier daño que sus rebaños
causaran a los árboles, viñedos o cosechas del
dueño (en forma similar, en el Nuevo Mundo, los monarcas
españoles intentaban impedir que los ganaderos invadieran
las tierras de labor de los indígenas y que los pastores
convirtieran los bosques en pastizales)12 Pero, finalmente,
el gran aumento en el número de ovejas y el apoyo creciente
de la Corona para la Mesta haría peligrar las granjas,
los viñedos y los bosques.
La
Mesta alcanzó la cima de su poder durante la primera
mitad del siglo XVI. Deseosos de llenar sus cofres con metales
preciosos provenientes de ultramar por el comercio de la lana,
al mismo tiempo que creaban deudores en Inglaterra y Flandes,
los reyes Fernando e Isabel expandieron los privilegios de la
Mesta y le garantizaron mayor acceso a las tierras comunales.
En parte como resultado de la magnificencia de la Corona, los
ovejeros aumentaron sus rebaños de 2.5 a 3.5 millones
de cabezas entre 1516 y 1526.13
Esta
explosión de la población de ovejas significó
un gran costo para los bosques que quedaban en España.
Más aún, los monarcas poco hicieron para evitar
que los ovejeros convirtieran bosques en pastizales. Debido
a la gran riqueza generada por las exportaciones de lana, la
Corona permitió a los pastores dañar a los mismos
recursos que sus políticas de conservación trataban
de proteger. La dependencia de la monarquía de los metales
preciosos del Nuevo Mundo llevaría, lamentablemente,
a exceptuar a la industria minera de las leyes forestales de
la Corona.
Gradualmente,
el poder de la Mesta declinó. Durante la mitad del siglo
XVI, las municipalidades aumentaron su éxito, al desafiar
los privilegios de la asociación. Los concejos de los
pueblos promulgaron ordenanzas que establecieron severas penas
para la quema de los bosques. (Aunque los ovejeros eran los
peores infractores, otros dueños de ganado y también
granjeros, prendían fuego, bien para limpiar de maleza
o para remover el bosque mismo) Algunos pueblos aún prohibieron
a los ovejeros cortar ramas para alimentar a sus rebaños,
porque esta práctica amenazaba con impedir el crecimiento
de los árboles. La Corona estaba menos dispuesta a intervenir
en favor de la Mesta en esos asuntos, en parte porque ya tenían
otra fuente de riqueza en la forma del oro y la plata de las
Américas. Sin embargo, para cuando el poder de la Mesta
empezó a desvanecerse, muchos de los bosques y suelos
del país ya habían sido seriamente dañados.14
Los
reyes Fernando e Isabel, preocupados por la amplitud de la desforestación
alrededor de los pueblos y villas españolas, promulgaron
la primera ley forestal de su país en 1496. De acuerdo
con su decreto, los bosques que se encontraban alrededor de
asentamientos humanos deberían ser
"...
conservados para el bienestar público y no talados sin
una licencia, excepto por aquellos árboles que son tan
altos que las gentes de esas ciudades los pueden usar como madera,
sin cortarlos en la base sino desde las ramas para que puedan
volver a crecer, y los otros árboles que no son tan grandes
pueden ser usados por sus bellotas o para proteger al ganado
durante el invierno".15
En
1518, el rey Carlos y la reina Juana ordenaron la plantación
de robles y pinos en toda España. Su razonamiento para
esta proclama era el siguiente:
"Porque
hemos sido informados por funcionarios del reino que están
cortando y destruyendo nuestros bosques y que no plantan nuevos...
el resultado de lo cual es que no hay protección para
el ganado en tiempos de clima inclemente y una gran falta de
madera... Remediaremos esta situación nombrando funcionarios
para supervisar la plantación de robles y pinos para
que haya mejor pastura y sombra para el ganado con el menor
daño posible para los granjeros".16
Algunos
pobladores rurales desarrollaron una armoniosa relación
con los bosques. En ocasiones, los ganaderos usan la capa superior
de la tierra para alimentar sus rebaños y las copas de
los árboles para protegerlos durante los meses invernales.
En el otoño, los habitantes de los pueblos recolectan
bellotas para alimentar a sus animales después que la
nieve cae y a ellos mismos cuando las cosechas son pobres. Muchos
días se aventuraron en los bosques para cazar y pescar
y recoger agua de manantial, miel, hierbas medicinales, corcho,
frutas y una variedad de otros productos. La Corona estaba tratando
de proteger tanto una fuente de madera como la economía
basada en el bosque.17
El
fin de la tradicional economía forestal preocupaba no
sólo al monarca español, sino también al
célebre novelista Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616).
Por boca de su protagonista, Don Quijote, Cervantes lamentaba
el fin de la relación simbiótica de la humanidad
con la tierra:
"En
esa Era santa [la Era Dorada] todas las cosas se poseían
en común. Para proveer su diaria subsistencia, uno no
tenía más trabajo que levantar la mano a los robustos
robles, que generosamente invitaban a todos a tomar su dulce
y maduro fruto. Los claros manantiales y arroyos corrientes,
en magnificente abundancia ofrecían a la gente sus deliciosas
y transparentes aguas. En las grietas de las rocas y en los
huecos de los árboles una República de abejas
solícitas y consideradas ofrecían a cualquier
mano, la fértil cosecha de su dulce labor. Los vigorosos
árboles de corcho, sin más motivo que la cortesía,
se despojaban de su corteza ancha y ligera... Todo era paz entonces,
todo amistad, todo concordia: la pesada cuchilla del torcido
arado todavía no se había atrevido a abrir y exponer
las sagradas entrañas de nuestra primera madre; ella
que sin compulsión ofrecía por todas las partes
de su fértil y amplio pecho, todo lo que podía
nutrir, mantener y deleitar a los niños que la poseían."18
Por
medio de la reforestación, la Corona intentaba restaurar
la riqueza natural del reino, pero como Cervantes sabía,
el pasado no puede ser recuperado. La Corona, empero, tenía
la oportunidad de evitar que ocurriera la escasez de recursos
en sus colonias.
En
la Nueva España, la conservación de la fauna silvestre
no era una preocupación mayor de los funcionarios españoles.
Casi todos los ordenamientos legales eran locales respecto a
la naturaleza.19 La mayoría de las poblaciones de fauna
silvestre de la Nueva España eran muy grandes y de muy
pequeña importancia económica para merecer la
protección real. Y aunque los cazadores mataban muchos
animales, su número parecía muy pequeño
para afectar lo que podría ser una inagotable provisión
de animales de caza.20
Una
de las especies a la que los españoles si daban valor
era la ostra, debido a su perla. Desde tiempo atrás,
la Corona reconocía que la industria de las perlas podía
ser un negocio lucrativo. Durante el siglo XVI, el monarca español
promulgó una serie de reglamentos diseñados para
garantizar el cobro del quinto real (en este caso, la quinta
parte del valor de la perla) y para mantener las poblaciones
de ostras. Para lograr esta última meta, la Corona prohibió
el uso de chinchorros (embarcaciones grandes que podían
cargar más moluscos que una canoa), obligó a que
las ostras no totalmente desarrolladas fuesen devueltas al mar
sin abrir, y prohibió a los pescadores capturar más
ostras que las que podían abrir (para evitar que se pudrieran
en las playas).21 Sin embargo, a pesar de estas medidas los
funcionarios reales no fueron capaces de evitar la explotación
de los bancos de ostras. El misionero jesuita Miguel del Barco
(1706-1792) notó que hacia la mitad del siglo XVIII el
número de ostras había "disminuido mucho, tanto
que se han agotado en algunos lugares".22 Un soldado había
recolectado 275 libras de perlas.23 Aunque sin efectos muy tangibles,
la Corona, por lo menos, había brindado protección
a la ostra por su valor económico. A otras especies no
les fue tan bien desde una perspectiva política.
Como
en España, los depredadores llevaron la peor parte. El
uso de perros para obligar al puma a subir a los árboles
era una práctica común en la Nueva España.
Una vez trepado, le disparaban.24 En Baja California, los misioneros
estaban dispuestos a matar a los pumas debido al peligro que
representaban para el ganado y los seres humanos. En su campaña
contra los animales, reclutaban el apoyo de los indígenas
dándoles obsequios y convenciéndolos que hicieran
a un lado sus temores a los felinos. Los misioneros demostraban
la "cobarde" naturaleza del animal, exhibiendo cómo corría
a los árboles cuando era perseguido por los perros.25
Miguel del Barco cuenta de otro truco usado por los españoles
para cambiar la percepción que tenían los indígenas
del puma. Para destruir la creencia de que un león muerto
se vengaría de su atacante, un misionero mató
a un puma para mostrar a los indígenas que él
no había muerto.26 Los misioneros desmitificaron el mundo
natural de los indígenas y les dieron un incentivo económico
para matar fauna silvestre. Como en otras regiones de Norteamérica,
los europeos hicieron cambiar en los indígenas sus relaciones
con el mundo natural, tanto espirituales como económicas.
Los
españoles les limitaron su utilización del mundo
natural al prohibir los sacrificios de animales y al expropiar
sus terrenos de cacería. Pero, sobre todo, propiciaron
un aumento en la explotación de los animales entre los
pueblos nativos, con la introducción de nuevas armas.
En el caso del Valle de México, los indígenas
seguían cazando aves migratorias, pero ahora con armas
de fuego, en lugar de redes y dardos. Para fines del siglo XVIII,
los cazadores, nativos y no nativos, mataban en la cuenca 120,000
patos anualmente.27 Algunas veces, los cambios técnicos
y la cultura de la cacería traídos por los españoles,
producían alteraciones en el uso de los animales por
los pueblos nativos.
En
contraste con su débil actitud hacía la conservación
de la fauna silvestre, la Corona española trabajó
vigorosamente para proteger sus recursos maderables en la Nueva
España. En 1539, el rey Carlos ordenó a los encomenderos (españoles a quienes se había dado acceso
al trabajo de los indígenas) plantar árboles para
contar en sus cercanías con una provisión de madera.28
El virrey de la Nueva España, don Antonio de Mendoza,
también estaba preocupado por el espectro de la escasez
de madera. En 1550 se alarmó tanto por la destrucción
de los bosques cerca de la comunidad minera de Taxco que prohibió
encender fuegos en la región.29 En sus reportes (c.1550)
al virrey entrante, don Luis de Velasco, Mendoza principalmente
reflexionaba que "en unos cuantos años, se han talado
una gran cantidad de bosques [en Nueva España] y, considerando
esto, habrá escasez de madera antes de que haya escasez
de metales". Mendoza comprendía bien que la extracción
de metales preciosos, sobre la que se basaba primariamente la
economía colonial española, era imposible sin
la existencia de madera para combustible, tiros de mina, soportes
y construcciones. Mendoza advirtió a Velasco que la destrucción
de los bosques del territorio significaría un cambio
mayor en el orden de las cosas. Llamó la atención
de Velasco sobre las leyes forestales que ya existían
y le aconsejó que siguiera haciéndolas cumplir.
Si así lo hacía, entonces las dislocaciones sociales
y económicas que produce la desforestación podrían
ser evitadas.30
Durante
el siglo XVII, el ritmo de las leyes forestales disminuyó,
quizá por la preocupación de los reyes Habsburgo
con las guerras continentales y las rebeliones internas, o simplemente
porque les satisfacían las leyes existentes.31 En cualquier
caso, los reyes Borbones (cuya línea comenzó en
1700) formularon políticas diseñadas para lograr
mayor control sobre los valiosos recursos maderables de la Colonia.
En 1765, Carlos III, decretó que se requerían
licencias para cortar madera, tanto en tierras privadas como
en comunales, y que por cada árbol que se cortara deberían
plantarse tres más.32 En 1803, la monarquía (encabezada
por el débil Carlos IV) diseñó la última
y más completa ley forestal colonial.
La
Ordenanza de 1803 era un componente del programa de España
para "salvaguardar" a sus colonias contra la intrusión
económica y militar de potencias extranjeras, especialmente
los ingleses. Por medio de este particular edicto, los funcionarios
de la Corona buscaban restringir el acceso extranjero a las
maderas duras de la costa y mantener un adecuado aprovisionamiento
de esas mismas maderas para la armada española. Para
lograr estos fines, prohibieron a los comerciantes españoles
vender madera a otro país sin permiso, permitieron únicamente
el corte de árboles marcados dentro de una franja de
veinticinco leguas desde el mar, y establecieron que sólo
en casos de urgente necesidad se podrían cortar árboles
que no hubiesen alcanzado su madurez (quizá sólo
si la armada española sufría fuertes pérdidas).
Además, ordenaron la plantación de árboles
"útiles" en áreas adecuadas y prohibieron el pastoreo
de ganado en zonas donde pudieran dañar a los árboles
recién plantados. Finalmente, estimularon el uso de carbón
como alternativa de la leña. Para hacer cumplir esta
disposición, los Borbones crearon un cuerpo especial
de guardias forestales al mando del director general de la Armada.33
Pero, la más ambiciosa ley forestal de España
se frustraría. El ordenamiento tuvo efecto sólo
siete años antes de que empezara la guerra por la independencia
en la Nueva España.
Los
esfuerzos de la Corona para conservar los bosques no eran sólo
un ejercicio legal; los funcionarios reales necesitaban el cumplimiento
de colonizadores e indígenas. La suerte de los bosques
de la Nueva España dependía de una relación
triangular entre la Corona, los colonizadores y los indígenas.
La
Corona forcejeaba con el asunto de hasta donde se debería
permitir a los indígenas el uso de los recursos naturales.
En 1541, el rey Carlos declaró que todos los bosques,
pastizales y aguas del Nuevo Mundo deberían de ser mantenidas
en común.34 En teoría, este decreto le garantizaba
a los indígenas acceso irrestricto a los recursos en
esas áreas. En 1559, el rey Felipe II reiteró
la posición de la Corona de que los indígenas
deberían tener libre acceso a los recursos forestales,
pero añadió una limitación: "Es nuestra
voluntad que los indígenas puedan cortar libremente la
madera en los bosques para su propio uso. Y ordenamos que nadie
ponga impedimentos en su camino a menos de que corten de tal
manera que evite que crezca y se regenere."35 La Corona particularmente
desaprobaba la práctica, por parte de los indígenas,
de la agricultura de tumba y quema. De acuerdo con los funcionarios
reales: "El uso de la milpa por los pueblos nativos para cultivar
la tierra ha causado un gran daño [a los bosques]."36
Las autoridades coloniales también reprochaban a los
indígenas por cortar árboles pequeños en
la base, para leña y para hacer carbón.37 Los
virreyes de la Nueva España prohibieron ambas actividades
en áreas donde se necesitaban los bosques para minería,
construcción o fabricación de barcos.
En
parte, el uso destructivo del bosque por los indígenas
partía de la propia política de la Corona. Los
impuestos y la venta obligada de sus bienes, había conducido
a los indígenas a una economía monetaria. Una
forma de poder enfrentar estas acciones era por medio de una
explotación intensiva de los recursos naturales, especialmente
los bosques. Los indígenas vendían la madera en
los mercados de los pueblos y usaban parte del dinero para cumplir
con sus obligaciones tributarias. El explorador Alonso de la
Mota y Escobar describía así la rutina: "Los indígenas
utilizan los bosques para cortar madera para tablas, vigas y
otros propósitos. Llevan a vender la madera a la ciudad,
y con eso comen, se visten, pagan tributo y pasan su vida."38
Concurrente con las nuevas exacciones se presentó la
expropiación de las tierras de los indígenas por
los españoles, y como resultado los indígenas
tenían que explotar menos recursos más intensamente,
sobre todo a medida que las poblaciones indígenas se
recuperaban de la forma en que habían sido diezmadas
por la conquista y las nuevas enfermedades.39 En aquellas áreas
donde la intrusión española fue menos intensa,
como Oaxaca, los patrones de uso tradicional de la tierra continuaron
y los recursos fueron mejor conservados.40 La política
económica española no creó el problema
del mal uso de los recursos en la Nueva España, pero
si generó nuevas presiones que intensificaron la explotación
de los mismos por las comunidades indígenas.
La
cuestión sobre lo que constituía el uso justo
de los recursos forestales por los indígenas y lo que
constituía una política justa de protección
forestal se presentará recurrentemente en la historia
mexicana. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de
los políticos posteriores a la independencia, los funcionarios
españoles mostraban cierta simpatía por la condición
de los indígenas. Ellos comprendían las condiciones
que contribuyeron al uso excesivo de los recursos por éstos.
Como el intendente español Bruno Díaz de Salcedo
(ca. 1798) observaba:
"El
infortunado indígena no puede plantar árboles
porque el lunes camina a los bosques con sus mujeres e hijos
donde cortan madera por dos días, y en el tercero y cuarto
días bajan a los pueblos, frecuentemente con las mujeres
y niños cargando lo que cortaron, y lo venden cuando
mucho en un real* y eso es en las tierras de los indígenas
pobres, porque si fueran a las tierras de los ricos hacendados* serían golpeados, y cuando el dueño les da
permiso para sacar algo de madera, no sólo tienen que
pagar por ella, también tienen que trabajar, y pronto
pierden todo lo que habían ganado."41
Hasta
cierto punto, los funcionarios coloniales exoneraban a los indígenas
por el mal uso de los recursos naturales, arguyendo que su miseria
era lo que los obligaba a actuar de esa manera.42
Los
funcionarios españoles escuchaban las quejas de los indígenas
acerca de la explotación de los bosques por parte de
los colonizadores. En la región de Chalco en el Valle
de México, el virrey español don Martín
Enríquez respondía a las quejas de los indígenas
anunciando su determinación de hacer cumplir las leyes
forestales:
Ya
que los indígenas del pueblo de Tlalmanalco me han informado
que los españoles y otras gentes cortan y destruyen los
bosques en forma tal que pronto ya no habrá remedio y
pronto se acabarán dichos bosques, lo que será
una gran pérdida para toda la República ya que
es de donde proviene la madera para los edificios de esta ciudad
[la Ciudad de México]; ... ordeno que ninguna persona,
sin mi permiso, corte cualesquiera árboles y entonces
no en su base, observando las leyes del reino.43
El
virrey Enríquez, sin embargo, también prometía
castigar con cien latigazos y expulsión de la provincia
por un año a los indígenas que encendieran fuegos
en la región. En correspondencia, los incendiarios españoles
también enfrentaban la misma expulsión por un
año y una multa de cien pesos. Los indígenas y
los funcionarios españoles tenían un interés
común: ambos querían limitar la explotación
de los recursos naturales por los colonizadores.
En
la América, tanto española como británica,
el deseo de la madre patria de controlar las existencias de
madera invariablemente entraba en conflicto con las aspiraciones
de los colonizadores (los británicos promulgaron leyes
forestales principalmente para proteger árboles para
usarlos como mástiles de navíos). En el caso de
las colonias inglesas, el intento de los colonizadores para
explotar los aserraderos en su beneficio, echaba por tierra
los esfuerzos de conservación del gobierno.44 Los colonizadores
españoles estaban más acostumbrados al control
de la Corona sobre el uso que hacían de los recursos
naturales, pero no apoyaban con entusiasmo, o ni siquiera obedecían,
las políticas de aquella sobre recursos naturales. Los
funcionarios españoles se quejaban repetidamente de que
los colonizadores no cumplían con las leyes. Bruno Díaz
de Salcedo aceptaba que los funcionarios del gobierno muchas
veces no tenían la voluntad de perseguir a los infractores
de la ley: "Ellos [los colonizadores influyentes] no cumplen
las leyes de la Corona sobre reforestación ni tampoco
los funcionarios de la Corona que han gobernado esta provincia
[San Luís Potosí] por más de dos siglos
han podido hacer que las cumplan, porque son hombres poderosos
a quienes los funcionarios necesitan."45 Díaz de Salcedo
recomendaba que, aunque los bosques en su jurisdicción
estaban entre los mejores del mundo, era necesario cuidarlos
y no explotarlos, pero su ruego caía en oídos
sordos.46
Los
colonizadores españoles (y británicos) se quejaban
de que las políticas forestales de sus gobiernos eran
absurdas debido a la abundancia de bosques en el Nuevo Mundo.
Entre las quejas que recibía la Corona española
estaban algunas de los propios funcionarios locales que acusaban
a sus superiores de no tener contacto con las realidades físicas
de la tierra. En San Luis Potosí, un oficial provincial
cuestionaba el cumplimiento de la política real que prohibía
el corte de los árboles en su base, cuando su jurisdicción
contenía bosques exuberantes. De hecho, el funcionario
decía que la ley era un obstáculo para sus "mandantes",
ya que los árboles tenían que ser removidos para
mantener los caminos abiertos y para hacer campos de cultivo.
Los colonizadores españoles estaban molestos por la inflexibilidad
de los decretos forestales.47
La
aparente abundancia fue uno de los mayores obstáculos
para la conservación de los recursos en la Nueva España.
Los conquistadores y los primeros exploradores, estaban impactados
por la abundancia de los recursos en esta nueva tierra. Muchos
pobladores posteriores siguieron creyendo que la riqueza natural
de la Nueva España era inagotable, a pesar de la creciente
evidencia en sentido contrario.
Los
primeros relatos sobre la Nueva España describen una
tierra cuyos dones naturales sobrepasaban por mucho a los de
España:
"Hay
en esta provincia de la Nueva España grandes ríos
y manantiales de agua dulce [fresca] muy buena, extensos bosques
en colinas y planicies de muy altos pinos, cedros, robles y
cipreses, además de una gran variedad de árboles
de la montaña ... Los campos son de lo más agradables
y llenos de las más bonitas hierbas que crecen a [a una
altura de] la mitad de la pierna. El suelo es muy fértil
y abundante, produciendo cualquier cosa que en el se siembre,
y en muchos lugares da dos o tres cosechas en el año".48
El
fraile Toribio de Benavente Motolinía también
se maravillaba con la nueva tierra: "Es abundante y tan grande
la riqueza y fertilidad de esta tierra llamada Nueva España,
que uno no puede creerlo."49 Otros cronistas se sorprendían
con la abundancia de su fauna silvestre y la riqueza de sus
pastizales.50 El jesuita José de Acosta resumía
su propia exuberante relación de la Nueva España
diciendo que era la tierra más adecuada y provista en
las Indias.51 Ciertamente, muchos pobladores concordaban con
la conclusión de Acosta de que la Nueva España
era la joya de las colonias españolas.
Inicialmente,
los colonos españoles creyeron que, aún las tierras
áridas y semiáridas del norte tenían grandes
posibilidades. Como lo anticipaba el padre Juan Cavallero Carranco:
"Las costas de Sonora son peores que esas de las Californias
y son menos agradables a la vista, pero cuando uno se interna
veinte leguas tierra adentro, se encuentran toda clase de comodidades
y riqueza; lo mismo también puede ser cierto para las
Californias."52 Sin embargo, las expectativas de Cavallero Carranco
no se alcanzaron. Como describía el explorador Fernando
de Rivera y Moncada en sus viajes a Baja California: "En mi
marcha de diez días de la Misión Santiago a La
Pasión (Dolores), no encontré un solo refugio,
excepto en el campo minero de Ocio... Y de ahí en adelante,
ni un rancho, ni una casa, ni aún el mínimo refugio
en el camino... Por falta de agua no hay tierras de pastura.
La mayor parte del país es un yermo arenoso, sembrado
de espinos y cardos."53
Los
grandes desiertos del noroeste de la Nueva España presentaban
una formidable barrera a la colonización y al desarrollo.
Los españoles usan la misma palabra para desierto y yermo, desierto, que se deriva del latín desertus, que significa abandonar.54 En contraste, wilderness viene
de las antiguas palabras inglesas wild deor, que significan
el lugar de las bestias salvajes, y se relaciona con la antigua
palabra inglesa que significa bosques.55 Ambos, los españoles
y los ingleses, asociaban al wilderness o desierto o
yermo, con un lugar al que consideraban hostil, solitario y
temible, un lugar que tenía que ser conquistado. Sin
embargo, la mayoría de los colonizadores españoles
no vivían en una tierra salvaje o desierto (wilderness). La mayoría de los que llegaban a la Nueva España,
se establecían en las tierras altas del centro, una región
con clima hospitalario y una población india tratable
(en contraste directo con las condiciones que existían
en las colonias inglesas y en el noroeste de la Nueva España).
De hecho, era una tierra similar, en muchas formas, a España.56
Los colonizadores españoles no tenían que conquistar
esta nueva tierra, sólo tenían que extraer su
riqueza, y dada la aparente abundancia de recursos naturales,
la mayoría de los colonos españoles sentían
que podían explotar sin cesar las riquezas del territorio.
Pero,
no todas las personas en la Nueva España se adherían
a la creencia de que los recursos de la colonia eran inagotables.
Al comienzo del siglo XVII, Alonso de la Mota y Escobar detalló
cómo el medio ambiente alrededor de la importante comunidad
minera de Zacatecas había sido alterado desde su fundación
en 1540:
"En
sus primeros tiempos [de Zacatecas], había muchas hileras
de árboles en las cañadas que ahora han sido talados
para las fundiciones y hoy sólo hay unos cuantos árboles
silvestres, nada más ha quedado. Y por eso es que la
madera es tan cara en la ciudad porque tiene que traerse desde
diez o doce leguas. Durante los tiempos paganos, los circundantes
bosques y planicies contenían el más famoso territorio
de venados, liebres, conejos, codornices y palomas, que no tenía
igual en el mundo".57
Cerca
del fin del siglo XVIII, el subdelegado de Charcas (en la provincia
de San Luis Potosí), Rafael Sánchez Cassamadrid,
escribió a Bruno Díaz de Salcedo que los una vez
abundantes bosques de Astillero habían sido consumidos
para escaleras y galerías.58 A pesar de que la escasez
de recursos (particularmente alrededor de las comunidades mineras)
era más acusada a fines del siglo XVIII, pocos colonizadores
compartían la alarma de Sánchez.
Además
de la creciente escasez de madera, un pequeño grupo de
indígenas, colonizadores y extranjeros, atribuyeron consecuencias
no deseadas sobre el medio ambiente a la destrucción
de los bosques. En el siglo XVII, algunos de los habitantes
de Chalco culparon a la desforestación por la desaparición
de corrientes de agua.59 Durante la última parte del
siglo XVIII, el científico José Antonio Alzate
y Ramírez notó una disminución en la precipitación
pluvial del Valle de México, que atribuyó, en
parte, a la desaparición de los bosques de la región.60
Uno de los contemporáneos de Alzate, el explorador prusiano
Alexander von Humboldt confirmó que el pillaje llevado
a cabo por siglos en los bosques de alrededor del valle había
producido una tierra más árida, ya que el agua
se evaporaba con mayor rapidez que los suelos expuestos a los
rayos del sol y los vientos secos. Posteriormente, observó
que las inundaciones se habían vuelto más severas
porque casi no había cubierta vegetal para impedir el
arrastre de los suelos a los lagos de la cuenca que bloqueaban
la confluencia de las corrientes durante las lluvias más
fuertes.61 A pesar de los nefastos efectos que resultaban de
la destrucción de los bosques, los funcionarios españoles
sólo recientemente habían empezado a tomar medidas
de reforestación y, aún entonces, sólo
en la inmediata vecindad de la Ciudad de México. Como
Humboldt anotaba: Ellos [los españoles]destruyeron, y
diariamente destruyen, sin sembrar nada en su lugar, excepto
alrededor de la capital, donde los últimos virreyes perpetuaron
su memoria en paseos y alamedas que llevan sus nombres."62
Una
de las grandes ironías de la política forestal
virreinal, era que en si constituía el principal agente
en la destrucción de bosques de su colonia. En la primera
década que siguió a la conquista española,
la industria minera cobró una cuota particularmente alta
a los bosques de la Nueva España al usar toneladas de
carbón de madera como combustible para la extracción
de los minerales. Aunque la invención, a mediados del
siglo XVI, del proceso de amalgamación (el uso del mercurio
para separar al mineral de la roca) redujo el ritmo de desforestación
en la Colonia, los españoles aún usaban grandes
cantidades de madera en las operaciones mineras para construcciones,
tiros de mina, y la fundición de los minerales resistentes
a la amalgamación.63 Sorprendentemente, muchos dueños
de minas despreocupadamente recubrían sus obras con madera,
a pesar de su creciente escasez en la meseta central.64 Humboldt
evaluaba así la situación al inicio del periodo
de la Guerra de Independencia: "Estoy muy lejos de pensar que
el procedimiento americano de la amalgamación, así
sea tan tedioso e imperfecto, pudiera ser abandonado en la meseta
central de México donde, por la negligencia de sus habitantes,
el país ha sido completamente despojado de sus bosques."65
Pero no fue simplemente la negligencia de sus habitantes lo
que había conducido al agotamiento de los bosques de
la Nueva España. La Corona agotaba los bosques para construcción
de buques y edificación, así como para la minería.
Se estima que, al tiempo de la conquista, tres cuartas partes
de la Nueva España estaban cubiertas de bosque.66 A fines
del período colonial, Humboldt estimaba que sólo
la mitad de la Nueva España estaba forestada.67 En un
período de menos de trescientos años, México
había perdido un tercio de sus bosques.
Sin
embargo, los esfuerzos de la Corona para conservar los bosques
en la Colonia no pueden ser hechos a un lado como un fracaso.
Por lo menos algunos colonizadores e indígenas cumplían
las leyes. Algunos cortaban sólo las ramas de los árboles.
Otros plantaban las tierras taladas con frutales y coníferas.
Sin una ley forestal, la extensión de la desforestación
en la Nueva España solamente hubiera sido peor.68
El
cuatro de enero de 1813, el liberal parlamento español,
las Cortes, declaró que todas las tierras con bosques
o sin ellos (excepto aquellas tierras comunales que necesitaba
la gente) en la península y en el Nuevo Mundo serían
reducidas a propiedad privada (el parlamento gobernaba en ausencia
del rey Fernando VII, que había sido tomado como rehén
por Napoleón). Con esta amplia medida, los legisladores
resolvieron aumentar la agricultura y la industria, ayudar a
los ciudadanos sin propiedad, y recompensar a los defensores
de la patria en casa y en el Nuevo Mundo.69 En junio de 1813,
las Cortes transfirieron autoridad a los funcionarios locales
para la conservación y repoblación de los bosques
comunales remanentes.70 Así, el control de España
sobre los bosques de ultramar terminó oficialmente.
Al
deshacerse de los bosques públicos y al abdicar de la
responsabilidad de la conservación de los bosques a los
gobiernos locales, el parlamento español presagiaba el
curso que tomaría la política agraria mexicana
hasta la Revolución (1910-1920). La mayoría de
los políticos mexicanos del siglo XIX se opusieron a
cualquier clase de restricción al uso de los bosques
privados y fueron reacios para comprometer al gobierno nacional
en la protección de los mermados bosques públicos
de la región. Sin embargo, un grupo de mexicanos sintieron
que era imperativo para el país proteger sus valiosos
recursos. Lentamente, lo que parecía una política
de conservación empezó a emerger nuevamente.