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Capítulo Tres


La conservación en tiempos desfavorables
México Independiente hasta la Revolución

 

Cuando México ganó su independencia en 1821, cayeron tres siglos de reglamentos para el uso del suelo. Los políticos mexicanos, dedicados a su programa para estimular una economía devastada por las guerras de independencia (1810-1821) y a establecer su propio control político, no apostaron a la conservación de los recursos naturales. Desarrollo y orden se convirtieron en una obsesión aún mayor entre la élite mexicana, una vez que por fin se lograra la estabilidad económica y política (los liberales superaron los últimos obstáculos a su dominio cuando ejecutaron al archiduque Maximiliano en 1867).1 Para la mayoría de los liberales mexicanos, la conservación era simplemente una traba para sus grandiosos planes económicos.

Aún así, durante el siglo XIX surgieron en México críticos al tratamiento insensible de la tierra. Predominantemente, sus preocupaciones se centraban alrededor de la pérdida de recursos críticos, más que la importancia de las áreas silvestres para el rejuvenecimiento del espíritu humano. De hecho, sólo un pequeño segmento de los intelectuales era atraído por filosofías como el romanticismo y el trascendentalismo, que enfatizaban las cualidades estéticas y espirituales del mundo natural.

Para la mayor parte de los mexicanos, los contrastes que románticos europeos y americanos habían hecho entre la sublime belleza y las poderosas fuerzas de la naturaleza, por un lado, y por el otro, la fealdad de los pueblos industriales y la naturaleza rutinaria de la vida urbana, no eran evidentes, porque México seguía siendo, durante el siglo XIX, una sociedad principalmente rural y no industrial (en 1900, 88% de la población mexicana vivía en el campo).2 Más aún, aquellos que promovieron la industrialización en México durante la última parte del siglo XIX adoptaron el "progreso" material como a un severo dios. Para ellos, el romanticismo, en cuanto a que festejaba al mundo natural y al "noble salvaje", constituía no sólo una filosofía europea pasada de moda, sino contraria a su causa. Ajeno a la mayoría de la gente y despreciado por la élite mexicana, el romanticismo, en muchas de sus facetas, no podía echar fuertes raíces, y así, no se presentó en México un gran impulso romántico en favor de la protección de la naturaleza.

Sin embargo, unos cuantos mexicanos sí tenían una visión romántica de la naturaleza. Pedro Blázquez, un cazador deportivo mexicano, se dio cuenta que el aire de la ciudad (contaminado como estaba por estufas de carbón, materia fecal y fábricas) era un precursor de la enfermedad y la muerte. Por el contrario, la atmósfera en el campo era una fuente de salud y vida, ya que las plantas purificaban el aire al absorber el bióxido de carbono y otros gases. Aseguraba que más y más gente reconocía los beneficios de dejar la contaminación y los tumultos de ciudades cada vez más sobrepobladas para cambiar al aire puro y la placidez del ambiente rústico.3 José Santos Coy, dueño de una propiedad con bosques en el norteño estado de Coahuila en México, también elogiaba la belleza del paisaje rural: los dulces valles, las planicies alfombradas por pastos y flores, y los arroyos que corrían entre isletas de verdor. Creía que el campo era el único lugar para confortar el alma acosada, por lo menos en seres inclinados hacía la contemplación y la soledad.4 El ingeniero José M. Romero hablaba en términos igualmente reflexivos sobre los bosques que quedaban en Hidalgo, su estado natal en el centro de México:

"En el camino de Pachuca a El Chico... el viajero tiene que detenerse frecuentemente para gozar con la magnificencia y la poderosa soledad, iluminada por los rayos del sol cuyas hebras doradas ardían a través de los pinos, y cuyo formidable silencio es interrumpido únicamente por el canto del zenzontle*, por el susurro del viento entre los árboles, o por el sonido de una cascada que cae a sus pies. Una tormenta en estos bosques es la escena más poderosa y majestuosa que pueda ver una persona, y solamente un corazón fuerte es capaz de observarla sin sentir miedo.5

Un pequeño grupo de mexicanos veían al mundo natural como un lugar de fuerzas poderosas, aire puro, soledad y gran belleza, todo lo cual emocionaba al cuerpo humano y al espíritu.

El trascendentalismo también tenía algunos seguidores en México. Pedro Blázquez sentía que la naturaleza presentaba "el rico panorama de la creación".6 Interpretaba los armoniosos cantos de los pájaros y el murmullo de los arroyos como un "misterioso himno de amor y reconocimiento" al "supremo hacedor del mundo". Blázquez daba a entender que en las áreas naturales era donde uno se sentía más cerca de Dios.7

El más famoso trascendentalista de México fue el gran pintor de paisajes José María Velasco (1840-1912). Hombre profundamente religioso, Velasco retrataba a la naturaleza para mostrar su "amor a Dios y el amor de Dios por la humanidad". Toda su carrera la dedicó a pintar el Valle de México, con sus endurecidas rocas, sus altivos volcanes y aire transparente, a todo lo cual le imbuía un sentido de tranquilidad y misticismo. Creía que el valle era una demostración de la perfección de Dios.8

Velasco no era un artista romántico. No embellecía sus vistas con sublimes montañas o tonos etéreos. Pintaba al Valle de México como era.9 Además de retratar las obras de Dios, retrataba también las obras de los seres humanos: ferrocarriles, fábricas y plantas de luz. Ni glorificaba ni villanizaba estos nuevos artefactos. Para Velasco, eran simplemente una parte del cambiante paisaje.

Velasco mantenía una actitud mística hacia la naturaleza y, sin embargo, también la estudiaba científicamente. Escribió un libro sobre la flora de la meseta central, ilustrándolo con sus propias litografías, y enseñó a sus estudiantes el valor de la observación y la investigación científica. Él mismo exploró ampliamente el Valle de México y uno de sus volcanes, el Popocatépetl. El producto de las creencias religiosas de Velasco, y su disposición científica fueron paisajes que son, a la vez, místicos y realistas.10

A diferencia del trascendentalista estadounidense John Muir (quien también tenía disposición hacía la ciencia), Velasco no se convirtió en un propagandista de la protección de las tierras salvajes. Era más parecido a otro trascendentalista norteamericano, el escritor Ralph Waldo Emerson, sintiéndose satisfecho en expresar su amor por la naturaleza y por Dios por medio de su arte.

Aunque los mexicanos que le asignaban a la naturaleza valores terapéuticos y espirituales no formaron un movimiento para la preservación de la vida silvestre, varios de ellos fueron parte de una pequeña minoría que pedía la conservación de los recursos naturales.

Durante el siglo XIX, la mayoría de los conservacionistas mexicanos abogaban por la protección de la naturaleza por dos razones. Primero, algunos individuos temían que el país estuviera en el umbral de acabar con sus recursos naturales. La continua tala de los bosques del país, era para ellos particularmente preocupante. La prosperidad económica de México dependía de ello. Segundo, los mexicanos buscaban la conservación por motivos biológicos. Se enfocaban particularmente en el papel que jugaban los bosques al regular los ciclos naturales. Para ellos, la conexión entre la conservación de éstos y el bienestar humano era evidente: los bosques mantenían un medio ambiente estable que propiciaba la salud y la seguridad humanas.

Los mexicanos se dieron cuenta de la necesidad económica y biológica de la conservación antes de que lo hiciera la gente en los Estados Unidos. El gobierno mexicano promulgó una ley para conservar los bosques en tierras nacionales en 1861, tres décadas antes de que la primera ley de este tipo fuese aprobada en Estados Unidos (la Forestry Act de 1891). Un ministro del gobierno identificó la conexión entre desforestación y sequías un cuarto de siglo antes de que el geógrafo norteamericano George Perkins Marsh llegara a la misma conclusión en su clásico libro Man and Nature; o, Physical Geography as Modified by Human Action (1864) La discusión de Marsh sobre las consecuencias de la desforestación (sequías, inundaciones, disminución de flujo de las corrientes de agua, sedimentación y erosión del suelo) fue como una revelación para sus compatriotas. Por el contrario, los mexicanos habían reconocido de tiempo atrás los efectos negativos que la desforestación tenía sobre los ciclos naturales.

La historia y la geografía habían hecho que se presentara una creciente preocupación en México, sobre todos los peligros que podía significar la desforestación. México entró al período nacional con relativamente pocos de sus bosques intactos (a diferencia de los Estados Unidos que aún tenían grandes extensiones de bosques en el oeste). El mito de la inagotabilidad se desinfló más fácilmente en México que en los Estados Unidos. Más aún, en contraste con el paisaje de los Estados Unidos, al este de las Montañas Rocallosas, la montañosa topografía de México daba a sus ciudadanos una más drástica imagen de cómo la desforestación exacerbaba la erosión del suelo y las inundaciones. Otros leían acerca de estos problemas en los trabajos de Martínez y Humboldt, cuya traducción del tratado sobre la Nueva España ya estaba disponible. Los mexicanos también tenían acceso a literatura de los naturalistas españoles del siglo XVIII sobre la conexión entre la falta de bosques en España y el escaso fluir de las corrientes de agua, la resequedad de la atmósfera, y la esterilidad del suelo.11 Tanto por experiencia de primera mano, como por la observación de otros, los mexicanos tenían más conocimientos para darse cuenta de las consecuencias de la desforestación, que los estadounidenses. Tampoco estaban tan comprometidos con la doctrina de la libertad individual para hacer caso omiso de los ordenamientos, como lo hicieron los ciudadanos de los Estados Unidos al final del siglo XIX.

En contraste, las políticas sobre vida silvestre estaban basadas casi exclusivamente en consideraciones económicas. Los animales no parecían tener la misma importancia biológica que los bosques. Algunos mexicanos defendían la protección de los animales silvestres debido a sus cualidades estéticas, pero su influencia sobre la política pública era mínima.12 La mayoría de los gobernantes mexicanos hacían la misma distinción que sus predecesores coloniales entre animales valiosos, sin valor y dañinos. Así, durante la mayor parte del siglo XIX, el enfoque mexicano hacia la conservación de la vida silvestre se dirigió al mantenimiento de poblaciones estables de especies económicamente importantes, más que en el desarrollo, de un código de vida silvestre que protegiera un rango mayor de especies.

Muchas de las antiguas leyes de conservación estaban enfocadas a evitar la explotación comercial de los animales por extranjeros. En un edicto de 1824, el gobierno mexicano prohibía a los no nacionales la cacería y captura de animales de piel con trampas.13 Entre 1825 y 1830, los funcionarios marítimos expidieron una serie de decretos, diseñados en parte para excluir a los extranjeros del comercio de la nutria en aguas mexicanas de California. Más notablemente, en 1926 restringieron el comercio costero a embarcaciones nacionales con dos tercios de su tripulación formados por ciudadanos mexicanos.14 Sin embargo, la explotación de las poblaciones de nutria marina de California por extranjeros continuó, ya que México no tenía suficientes embarcaciones para patrullar adecuadamente la costa. En 1831 el gobernador de California, Manuel Victoria, alertó a los funcionarios federales acerca de extranjeros, que habían comprado lucrativos contratos de mexicanos, dedicados al exterminio de nutrias marinas jóvenes cerca de las aguas costeras donde el mamífero se reproducía. Advirtió que así estos traficantes estaban destruyendo la especie.15 El predecesor de Victoria, José María Echeandía (1826-1830), había incluido una cláusula en las licencias de cacería especificando que los cachorros de nutria marina no podrían matarse.16 La meta que no cumplieron estos gobernadores era restringir el aprovechamiento de las nutrias marinas a cazadores mexicanos con mentalidad conservacionista.

Los funcionarios de California también intentaron proteger su valiosa provisión de madera contra la explotación extranjera y el mal uso nacional. Puestos en acción por los reportes sobre el destructivo impacto que ciudadanos norteamericanos tenían sobre los bosques cerca de San Francisco, la comisión territorial de California promulgó en 1834, un decreto que prohibía la exportación de madera y requería una licencia para la tala y el transporte de puerto a puerto.17 En 1845, funcionarios de Los Ángeles ordenaron que toda la madera que se cortara en terrenos públicos dentro de su distrito se usara para el bien común, como leña y construcción.18 Las autoridades en California utilizaron los poderes con que originalmente los invistieron las Cortes Españolas para proteger sus preciosos bosques.

Cuando en 1848, California pasó a ser parte de los Estados Unidos, los funcionarios norteamericanos se deshicieron de todas las restricciones preexistentes para la extracción de madera. Sin embargo, una parte de la historia, igualmente importante, indica que durante la segunda mitad del siglo XIX, los políticos mexicanos se mostraron cada vez más dispuestos a permitir la explotación de sus recursos por extranjeros y por sus propios ciudadanos, por el bien del desarrollo.

Algunos funcionarios mexicanos se percataron que los bosques tenían un valor más allá del precio de la madera. En 1839, el Ministro del Interior, José Antonio Romero pidió que se protegiera a los bosques para aliviar las sequías:

"Por varios años, la República ha sufrido de éstas; las cosechas han fracasado y el ganado ha muerto. La razón y la experiencia señalan la devastación de los bosques y la desnudación de colinas y montañas como causas que influyen en esas calamidades. Consecuentemente, es necesario no sólo restringir la tala de árboles, sino, también para la conservación de la salud y el bienestar de la gente y la protección de la agricultura y las industrias que de ella dependen, y para apoyar la restauración de los bosques talados y la plantación de árboles a lo largo de los caminos públicos y en aquellos lugares en que, de cualquier manera, puedan ser útiles."19

Romero presentó sus recomendaciones en nombre del presidente de la República de México a los gobernadores de los estados y territorios.20 Irónicamente, el mensaje de Romero fue ignorado por los dirigentes nacionales, quienes aún veían a la conservación de los bosques como un asunto local.

Uno de aquellos que escucharon la advertencia de Romero fue el gobernador de Veracruz, Antonio María Salonio. En 1845, promulgó una ley forestal que autorizó la creación de juntas de protección para los árboles, parte de cuyo propósito era localizar sitios adecuados para la formación de viveros y supervisar la plantación de árboles a lo largo de los caminos y otros lugares comunes. En una novedosa aplicación de la contribución obligatoria a las obras públicas, Salonio obligó a todos los hombres aptos, de entre dieciséis y sesenta años de edad (exceptuando al personal militar y a los miembros del clero) trabajar un día al año en los viveros, y otro día plantando los renuevos.21 El gobernador ordenó que algunos de los árboles de los viveros fueran plantados en las avenidas y en las plazas para embellecer los pueblos y ciudades de Veracruz.

La misión primaria de las juntas era conservar y restaurar los bosques del estado. Salonio dio instrucciones a esos cuerpos para llevar a cabo inspecciones anuales de los bosques de la entidad, diferenciando los árboles viejos de los más jóvenes. Al mismo tiempo, ordenó a las juntas llegar a acuerdos con los leñadores y los usuarios de la madera, incluyendo a los dueños de fábricas, sobre el número de árboles que tendrían que replantar. El gobernador obligó a todos los usuarios de bosques en tierras públicas o comunales a obtener permiso de las juntas locales. Aquellos que violaran esta disposición no sólo perderían la madera que habían cortado, sino que tendrían que pagar una multa igual a su valor, perder su equipo de corte, y plantar el doble de los árboles que habían cortado, o depositar dinero para que se hiciera. Las juntas, sin embargo, sólo tenían jurisdicción nominal sobre terrenos privados. Fue debido a ello, en parte, que no pudieron detener la pérdida de los bosques de Veracruz.22

Durante mediados de 1850, el agente general del Ministerio de Agricultura, funcionarios estatales y municipales, y la Sociedad para el Mejoramiento de Materiales (un grupo de ciudadanos con afiliados en diferentes partes de la República) urgieron a las autoridades para detener la destrucción de los bosques, imponiendo restricciones a los leñadores y obligando a la reforestación.23 El recientemente creado Ministerio de Obras Públicas (1853) empezó a tomar cartas en el asunto. En agosto de 1854, promulgó un decreto que requería un permiso para la exportación (en barcos tanto domésticos como extranjeros) de madera usada para construcción y fabricación de muebles.24 En octubre de ese mismo año, el ministerio pidió a las comisiones mineras en toda la República determinar el número de leguas cubiertas por bosques dentro de sus jurisdicciones, la clase de árboles que ahí crecían, y si sus productos eran usados para leña y carbón o para carpintería y fabricación de muebles. Se instruyó a las comisiones verificar el número de árboles que se cortaban mensualmente y reforestar las áreas taladas.25 Sin embargo, un programa amplio de reconocimiento forestal y reforestación, no se llevaría a cabo durante los siguientes cincuenta años.

En 1854, la Sociedad para el Mejoramiento de Materiales hizo un llamado al Ministerio de Obras Públicas para proteger los bosques alrededor del Valle de México. De acuerdo con la Sociedad, las presiones demográficas y las necesidades de las industrias habían consumido muchos de los bosques de la región, a tal grado que cada día sus habitantes resentían más intensamente la escasez de madera, leña y carbón, la insalubridad de la atmósfera (debido a la ausencia de árboles que purificaran el aire), y la disminución de la provisión de agua. La sociedad expresaba su esperanza de que el gobierno realizara acciones inmediatas para resolver esa grave situación.26

Dos años más tarde, el gobierno nacional hizo una petición al ayuntamiento de la Ciudad de México para que los bosques fuesen protegidos para asegurar la provisión de agua de la ciudad. El gobierno reconocía que se había equivocado al permitir a los leñadores en el Desierto de Carmelitas (conocido después como Desierto de los Leones) la mayor riqueza en el menor tiempo posible. Al hacer eso, había perjudicado el bienestar de los habitantes de la Ciudad de México, cuya supervivencia dependía de los manantiales que se originaban en la vertiente occidental del valle. Las autoridades federales llegaron a la conclusión de que la destrucción de los bosques en la región había dado como resultado una disminución del flujo de las corrientes de agua, ya que había menos árboles para jalar agua hacia la superficie y para dar sombra que evitara la evaporación. Para el cuidado de una fuente de agua tan importante para los residentes de la capital, el gobierno decretó que el Desierto de los Carmelitas permaneciera bajo el dominio pleno y la propiedad del ayuntamiento* de la Ciudad de México. El decreto permitía a la municipalidad subastar tierras en el Desierto, pero sólo si el comprador aceptaba conservar los manantiales (no cortando los árboles) y ejercer la supervisión del ayuntamiento.27

Aguijoneado posteriormente por las quejas de que México estaba perdiendo sus mejores bosques, el presidente liberal Ignacio Comonfort lanzó una circular en 1857 en la que declaraba que se debería evitar al máximo posible el corte de árboles. Al mismo tiempo, aseguraba a los industriales y a los mineros que no se les privaría de madera para sus operaciones. La solución de Comonfort era volver a las ordenanzas forestales de la colonia, las cuales, aseguraba, aún estaban en vigor. Específicamente hizo notar a los directivos que la leña únicamente podía ser obtenida de las ramas de árboles vigorosos y que los leñadores tendrían que plantar cuatro árboles por cada uno que cortaran (durante el período colonial eran sólo tres). Comonfort prometió castigar severamente a aquellos que violaran este decreto.28

En 1861, el gobierno liberal de Benito Juárez promulgó la primera ley forestal nacional en México. Este estatuto, que se aplicaba únicamente a las tierras públicas, exigía a los leñadores plantar diez árboles de caoba y cedro por cada uno que talaran. No obstante, antes que nada, los posibles madereros tenían que presentar una solicitud de permiso al ministerio de Obras Públicas, indicando el área donde pretendían operar y el número de árboles que planeaban cortar. Si el ministerio aprobaba la solicitud, un subinspector y un guarda forestal acompañaban al permisionario al sitio para marcar sus límites. El gobierno fijó una multa de seis pesos por cada árbol que se talara sin permiso, usando esos recursos para incrementar los salarios de cuatro guardas forestales y un subinspector. Además, los ciudadanos privados que reportaran el corte clandestino de árboles podrían reclamar un tercio de las multas que se impusieran. Así, los funcionarios forestales y los particulares tenían un incentivo económico para supervisar el cumplimiento de la ley.29

Algunas personas opinaron acerca de el reducido campo de acción y la inefectividad de la legislación forestal del país. Leopoldo Río de la Loza, un profesor de química, notó que los guardas forestales y el pueblo en general preferían hacer más dinero colaborando con los infractores, o cortando ellos mismos la madera, que reportando las violaciones a la ley. Aquellos guardas que eran honestos se enfrentaban a la tarea, poco menos que imposible, de vigilar vastos territorios, que abarcaban regiones remotas y montañosas. Aquí, los habitantes locales frecuentemente transportaban madera ilegalmente cortada por senderos bien disimulados en los bosques. Más aún, la ley se aplicaba únicamente a los bosques nacionales; el gobierno permitía a los dueños de bosques privados usar su madera de la forma que más les conviniera.30

En 1865, José M. Romero, un miembro de la comisión científica de Pachuca (en el estado de Hidalgo, centro de México), hacía notar, indignadamente, que los taladores y la Compañía Real del Monte mostraban absoluto desprecio por las leyes forestales de la nación. Por su parte, los leñadores cortaban árboles a cualquier altura que querían y se rehusaban a plantar los cuatro árboles por cada uno que derribaban. Romero se lamentaba de que "el hacha del leñador se haya convertido en un terrible enemigo de estos bosques".31 Guardaba su mayor resentimiento para la Compañía Real del Monte, que había cortado todos los bosques cercanos para alimentar sus máquinas de vapor, fábricas y sitios de amalgamación, sin haber plantado un solo árbol o haber seguido ninguna disposición forestal. Romero aseguraba que ese desprecio de la compañía para las leyes forestales había conducido a "fatales resultados que afligían a todas las clases de Pachuca". Notó que la gente tenía que recorrer a pie grandes distancias para recoger leña y que el precio de los materiales de construcción era tan alto que muchos residentes no podían permitirse el construir una casa. Aún más grave, los manantiales, antes abundantes, que proveían de agua a la ciudad de Pachuca estaban casi secos porque la tala de los árboles se había traducido en una mayor evaporación y una menor filtración de agua al suelo. Romero observó que era ya común, en ese momento, que la población de Pachuca se quedara sin agua dos o tres días y sin la esperanza de contar con una provisión abundante aún durante la temporada de lluvias. Por todas esas razones le insistía al gobierno para reglamentar las destructivas actividades de la compañía minera.32

Otros mostraban su frustración al ver la tibia respuesta de los funcionarios públicos y de los ciudadanos privados a los llamados a la conservación de los bosques. Tomás Mancera, un minero de Hidalgo, observaba el estado de los bosques de la región a mediados de la década de 1860: "La tala de árboles sigue de tal forma que los deliciosos y abundantes bosques del Mineral (de Pachuca) permanecen sólo de nombre; los numerosos pinos que en un tiempo existieron aquí serán muy difíciles de reponer, ya que les tomó cientos de años llegar a la madurez, esto con notable perjuicio a la salud pública ya que las corrientes de agua se secaron por falta de árboles."33 Mancera declaraba que los medios más directos para proteger los bosques que quedaban en el área sería usando los abundantes depósitos de carbón mineral de Zacualtipán, Hidalgo, para mover las maquinas de vapor y las locomotoras. Sentía que otras opciones tenían pocas posibilidades de éxito. Mancera dudaba que un llamado patriótico a los propietarios pudiera usarse para salvaguardar los intereses de la comunidad. Tampoco el gobierno parecía ser de mucha ayuda. Aun cuando las autoridades trataban de exigir el cumplimiento de las útiles leyes de conservación, los habitantes locales y los taladores no cooperaban. Por lo común, la inercia o los sobresaltos políticos daban como resultado que el gobierno no tomara ninguna acción en absoluto. Así, la desaparición de los bosques de México continuó sin disminución.34

Algunos individuos intentaron corregir lo que consideraban como deficiencias en el código forestal existente. En una ley de 1862 diseñada para proteger y ampliar huertos, el gobernador de Baja California, Teodoro Riveroll, declaró que ya que los árboles y los arbustos contribuían a aumentar las lluvias, tan escasas en la región, y que las prohibiciones de cortar los bosques habían sido olvidadas , nadie podría tirar árboles, aún en su propia tierra, sin el permiso del ayuntamiento*.35 Riveroll sentía que tal acción era necesaria porque el interés público estaba siendo puesto en peligro por el mal uso que los propietarios daban a la tierra.

Cerca del fin de la Intervención Francesa (1862-1867), Leopoldo Río de la Loza hizo un proyecto de ordenanza forestal, tomando la ley forestal de Veracruz como su punto de partida. Río de la Loza pedía el establecimiento de viveros de árboles y programas de reforestación en toda la nación. En lo que se refería a esto último, proponía que todos los propietarios rurales (o sus arrendatarios) plantaran anualmente cinco árboles por cada caballería (una unidad de medida de la tierra equivalente a 33.3 acres), y darles premios a quienes plantaran más.36 Además, las municipalidades tendrían que plantar un árbol por cada cien habitantes y el Departamento de Caminos, los dueños de caminos privados, y los magnates del ferrocarril tendrían que plantar un árbol por cada legua (aproximadamente cuatro millas) de camino. Junto con la reforestación, Río de la Loza buscaba ampliar las restricciones para el uso del bosque. En su ordenanza incluía limitaciones para que la industria pudiera usar la madera: la corteza para usos industriales únicamente podría venir de árboles no vigorosos, tirados por el viento, o muertos. Más adelante establecía que la extracción de trementina y otras resinas nunca debería de ser hecha de tal manera que causara la muerte del árbol. Declaraba que, bajo ninguna circunstancia, se le debería prender fuego al bosque. Cualquiera que violase esta disposición tendría que pagar por el costo del fuego y también tendría que trabajar de seis meses a cuatro años en una obra pública. Y, finalmente, proclamaba que se necesitaba una licencia de una junta de protección de árboles para cortar en cualquier bosque.37

La ley que proponía Río de la Loza marcaba un avance significativo sobre las reglamentaciones previas. Sin embargo, el Archiduque Maximiliano no pudo implementar la ordenanza debido a su intempestiva muerte y, después de su ejecución, los liberales volvieron a su política del uso irrestricto de las tierras privadas.

Durante un tiempo después de la Intervención Francesa, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (creada en 1833) actuó como un paladín de la conservación forestal en la nación. La membresía declaró que una de sus más importantes tareas era despertar en los gobiernos nacional, estatal y municipal, la conciencia de la "calamidad de la desforestación".38 Cumpliendo parcialmente esta petición, la sociedad nombró una comisión en 1870 para evaluar el estado de los bosques de México y dar recomendaciones sobre su protección y restauración.

Este grupo, encabezado por Ignacio Ramírez, estableció dos preguntas fundamentales: ¿Porqué era necesaria la conservación de los bosques, y cómo podría México lograr de mejor manera este fin? La comisión mostraba sus simpatías liberales ofreciendo una estrecha visión del papel del gobierno en la promoción de la conservación y enfocándose casi exclusivamente en el valor económico de los bosques.

Como parte de su actividad, la Comisión Ramírez respondió al deseo de un número de comunidades en México por obtener el control sobre los bosques dentro de sus jurisdicciones. Prácticamente, Ramírez y sus colegas rechazaron esta petición para la ampliación del control local sobre los bosques privados. Les dijeron a los funcionarios estatales "que confiaran en el interés privado, y si este no conviene a los intereses comunales, entonces ustedes pueden pedir autorización."39

El punto que los dirigentes locales estaban tratando de establecer era que el umbral en el que entraban en conflicto el interés privado con los intereses comunales, había sido rebasado hacía mucho tiempo. Argumentaban que era imperativo que sus bosques fueran protegidos, no sólo para asegurar una provisión de madera para combustible y construcción, sino también lograr una dotación adecuada de agua, evitar inundaciones y para moderar el clima.40 La comisión Ramírez respondió despectivamente a estos argumentos para protección de los bosques:

"No debemos fijarnos en estos detalles [sobre el supuesto valor biológico de los bosques] excepto para examinar lo que se ha olvidado extrañamente acerca de los bosques; no necesitan de una misión audaz y fabulosa como la inventada por el Druidismo o el Naturalismo para poder llamar la atención de todas las clases sociales sobre su valor: son nuestra principal fuente de madera para construcción y combustible".41

Ramírez y sus colegas adoptaron una postura aún más dura, cuando arguyeron que muchas de las funciones biológicas atribuidas a los bosques eran simplemente falsas. Enfáticamente declararon que los bosques eran el resultado, no la causa, de las lluvias. Aunque aceptaban que los bosques reducían la evaporación, los miembros de la comisión insistían que cualquier tipo de vegetación podía llevar a cabo la misma función. Concluyeron que la construcción de canales y pozos era un medio más efectivo para proporcionar agua que protegiendo los bosques y plantando árboles. La conservación de los bosques era necesaria para una economía estable, no para un medio ambiente estable.42

Como parte de sus compromisos, la Comisión examinó las políticas forestales en Europa occidental y la falta de tales políticas en los Estados Unidos. El grupo admiraba muchas de las medidas forestales que habían tomado los países europeos: los alemanes habían protegido sus bosques y habían desarrollado técnicas prácticas para la administración forestal; los franceses habían desarrollado un enérgico código forestal que se aplicaba a sus bosques, tanto públicos como privados (la única queja de la comisión era que el código francés había violado los derechos de los dueños de los terrenos); y, aún los ingleses, habían empezado a tomar medidas para proteger estás áreas. En marcado contraste con Europa occidental, los Estados Unidos no habían dado ningún paso para proteger sus bosques. Los miembros del comité analizaban esta falla en la forma siguiente: "Los Estados Unidos, con su modelo de positivismo explotan sus bosques dondequiera que se encuentran... La soberanía individual y privada es un dogma sagrado de su económica política, y para sus instituciones. Ellos no poseen bosques públicos ya que los venden."43 Los comisionados establecían que si México tenía una inagotable provisión de madera y otros combustibles, como era el caso de los Estados Unidos con sus inmensos bosques de California, y sus grandes reservas de petróleo y carbón, entonces México no tenía que preocuparse tanto de la conservación. Sin embargo, como notaron, aún en los Estados Unidos, la legislación y la ciencia habían empezado a preocuparse por la reforestación.44

La Comisión Ramírez expuso entonces su preocupación dominante: México estaba perdiendo un recurso de inestimable valor. Ya en ese momento la madera no podía ser encontrada más que a grandes distancias de las poblaciones y se había vuelto tan escasa que mucha gente no podía darse el lujo de tenerla. Y la situación únicamente se empeoraría a medida que los ferrocarriles y las industrias reclamaran una creciente tajada de los bosques de México:

"Pero a pesar de tan poca necesidad y tanta riqueza, la mano del hombre desnuda el suelo hasta que regiones enteras se desfiguran; donde uno pone una fábrica, los bosques desaparecen y en la mitad de la República los pobres recogen el más insuficiente combustible para preparar humildes comidas para sus familias... ¿Qué pasará cuando toda la nación se movilice y la industria exija imperiosamente su principal fuente de combustible?"45

El comité llegó a la conclusión de que, por el bien de la prosperidad económica, era imperativo para México conservar sus bosques y plantar árboles.

La Comisión Ramírez argumentaba que la mejor oportunidad para la protección de los bosques de México se apoyaba en la educación y la investigación. Como parte de este esfuerzo, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística prometió patrocinar estudios silvícolas, poniendo mayor énfasis en las áreas con mayor necesidad de árboles. De acuerdo a los comisionados, tales estudios que convencían a la gente de la importancia de usar la tierra racionalmente serían más valiosos para la protección de la tierra que nuevas leyes, aunque estas últimas también podrían jugar un papel en ciertas circunstancias.46

La élite mexicana consideraba que los indígenas eran el grupo que necesitaba más educación sobre el uso racional de los bosques, y que también era el más incorregible. La Sociedad para el Mejoramiento de Materiales criticaba a las comunidades indígenas por cortar árboles desde el tronco, y no sólo quitar las ramas, por tirarlos antes de que alcanzaran la madurez, y por prender fuegos que luego no controlaban. El grupo culpaba a estas prácticas de causar alzas en los precios de la madera. Con pesar notaban que: los indígenas cortan los árboles a su antojo sin obedecer las antiguas ordenanzas del bosque y sin adoptar cualquier método que la razón indica sería para su propio beneficio."47 Leopoldo Río de la Loza criticaba también el uso "irracional" de los recursos forestales que hacían los indígenas. Haciendo eco a los funcionarios coloniales, pero en un tono menos compasivo, un exasperado Río de la Loza declaró que "los indígenas han explotado, y lo continúan haciendo, de manera arbitraria la riqueza pública [los bosques]; han resistido todos los intentos que se han hecho para civilizarlos en este punto."48

Los políticos liberales compartían la frustración de Río de la Loza. Matías Romero, un influyente diplomático y hombre de negocios durante el régimen de Porfirio Díaz (1876-1911), se estremecía al ver la forma en que los indígenas usaban invaluable madera como combustible: "Aún hay grandes bosques en México,... donde la madera no vale nada. He visto a mucha gente pobre, que vive cerca de esos lugares usar, para cocinar sus alimentos, maderas de la clase más cara como ébano, palo de rosa, caoba, cedro, etc."49 Manuel Payno, un profesor de historia y antiguo político liberal, también se sentía obligado a comentar sobre el abuso que hacían los indígenas de los recursos forestales. Payno reaccionaba a la embestida que las comunidades indias hacían sobre los bosques del Ajusco (una montaña al sur de la Ciudad de México):

"Los indígenas cortan tanta madera como sea posible haciendo diariamente miles de cargas de carbón sin someterse a ninguna orden ni reglamento... Los grandiosos árboles cuya edad puede ser calculada en 250 ó 300 años y el venerable cedro, sólo pueden ser encontrados en los empinados cañones y en las faldas de los volcanes, porque ahí el hombre no puede tumbarlos ni dañarlos con sus destructivas hachas. Sin embrago, nada escapa de la ferocidad de los indígenas carboneros.50

Payno reportaba que los indígenas habían cortado todos los árboles en las faldas del Ajusco y que ahora estaban en el proceso de talar también todos los renuevos. Criticaba severamente a los indígenas por cortar madera que, por su inmadurez, prácticamente no tenía valor alguno:

"Hay otra región montañosa [al norte de la Ciudad de México] en la cual existen muchos pueblos indígenas bien establecidos, que se ocupan exclusivamente de cortar madera que venden a las ciudades y pueblos cercanos; algunas de estas maderas son de poco aprecio de arquitectos y carpinteros, porque su mayoría es de pequeñas dimensiones y ha sido cortada antes de que alcance su total madurez. Esto la hace inapropiada para las manufacturas y de poca duración para las viviendas".51

Durante el periodo colonial, la expropiación de las tierras indias había precipitado la feroz destrucción de los bosques por los propios indígenas. Sin embargo, la diferencia entre el periodo colonial y el nacional, era que los funcionarios del gobierno ahora apoyaban firmemente a quienes querían expropiar tierras indias. La ley liberal de Reforma, conocida como Ley Lerdo (1856), obligaba a las corporaciones, incluyendo a las comunidades indias , a deshacerse de las tierras que no usaban como parte de sus operaciones. Parte del objetivo de esta ley, era reemplazar al "ineficiente" cultivador indígena, por el "productivo" agricultor propietario. Durante el Porfiriato (el periodo de gobierno de Díaz), la expropiación de tierras indias llegó a un grado febril. Para que la agricultura capitalista a gran escala pudiera tomar el lugar de la agricultura de subsistencia, la administración de Díaz dio a los hacendados* y a los inversionistas extranjeros el derecho de desplazar a los indígenas de sus tierras.52 Los indígenas que se resistían a convertirse en peones o en aparceros eran obligados a explotar intensivamente los recursos naturales, ya que los ricos terratenientes habían expropiado las tierras fértiles que antes los indígenas cultivaban. Un periodista, sin saberlo, dio con el meollo del asunto: "Los bosques están siendo destruidos por peones que prefieren juntar raíces en la montaña que trabajar en las haciendas."53

El Porfiriato marcó una acelerada explotación de la tierra en sí. En 1870, Manuel Payno se hizo una pregunta que presagiaba este periodo. Después de aceptar que México era una tierra fértil y que muchos árboles se regeneraban por sus propias semillas, Payno preguntaba: "¿Qué es más poderoso, la fertilidad de la naturaleza o el barbarismo y la avaricia del hombre? ¿Cuáles son las fuerzas más activas, las fuerzas creativas de la naturaleza o las fuerzas destructivas del hombre?54

Durante la administración de Díaz, "las fuerzas destructivas del hombre" tuvieron la ayuda de la amplia expansión del sistema ferrocarrilero.55 Tanto directa como indirectamente, el "caballo de hierro" consumió los bosques de México. Enormes cantidades de madera se usaban para estaciones, postes, durmientes y combustible. Adicionalmente, la actividad minera que estimulaba el ferrocarril dependía de la madera para estructuras de túneles y edificios. El creciente sector industrial de México, igualmente espoleado por el desarrollo de los ferrocarriles, también requería madera. El Porfiriato marcó la más grande agresión sobre los bosques de México desde la era colonial.

Los ferrocarriles también contribuyeron a la declinación de la fauna silvestre de México. Debido a ellos los cazadores de especies mayores lograron tener acceso a muchas áreas nuevas. Las explotaciones mineras y madereras, que siguieron a los ferrocarriles, destruyeron muchos hábitat críticos. Cuando un veloz tren del Ferrocarril Río Grande, Sierra Madre, y Pacífico, propiedad de norteamericanos, se deslizaba entre las atractivas aperturas en minería, maderería y ganadería que se estaban desarrollando en Chihuahua (un estado del norte de México) y presumía que era el país de cacería más grande del mundo, de hecho estaba sellando el final de una era de abundante fauna silvestre en el norte de México.56

La expropiación de tierras indígenas y la construcción de ferrocarriles eran parte de la estrategia porfiriana para desarrollar al país. De acuerdo con los científicos*, el grupo de pensadores de Díaz, México era un país dotado con ricas materias primas las que, una vez que se explotaran sistemáticamente (con la ayuda de sistemas modernos de transporte y de ricos inversionistas) transformaría a México en un gigante industrial. Impulsando las ambiciones de los científicos* se encontraban dos filosofías anticonservacionistas: antipatía hacia las "tierras baldías" y positivismo (la misma filosofía que la comisión Ramírez dijo que había llevado a la destrucción de los bosques en los Estados Unidos).

En su desprecio por las "tierras baldías", Díaz se basaba en una tradición occidental cuyos orígenes yacían en el precepto bíblico de sojuzgar la tierra. Este precepto tuvo aplicación práctica durante la Edad Media a medida que los europeos del norte desmontaban bosques y desecaban pantanos para expandir la agricultura (y a medida que los ovejeros españoles convertían bosques en tierras de pastoreo). En el siglo XVII, el filósofo inglés John Locke relacionó al capitalismo con la eliminación de las "tierras baldías". Locke argumentaba que el jornalero en Inglaterra estaba mejor que el rey indígena en América, porque los propietarios ingleses le habían dado a la tierra un uso productivo. De acuerdo a Locke: "La tierra que se deja completamente natural, que no tiene la mejoría del pasturaje, la labranza o la plantación, se le llama, como en realidad lo es, "desperdicio"; y encontraremos que su beneficio es casi nulo." En contraste, el individuo que ponía a trabajar el "erial" estaba beneficiando a la comunidad entera.57

La Corona española no se había adherido a esta filosofía. Por lo contrario, creía que la irrestricta explotación individual de la tierra perjudicaba a la comunidad. La Corona intentó mantener bajo su jurisdicción bosques, tierras de pastizal y aguas, para el bien común. Los liberales mexicanos del siglo XIX rechazaron la tradición comunal española al expropiar las tierras indígenas y al abrir tierras públicas para su explotación por las clases media y alta. Eliminaron la distinción que habían hecho los españoles entre tierras forestadas y tierras agrícolas. Por lo tanto, permitieron la expansión de la agricultura a costa de los bosques (únicamente la vastedad de muchas haciendas impidió que sus dueños explotaran toda la tierra). El desprecio de los liberales para las "tierras baldías" estaba motivado por su creencia de que el desarrollo dependía de la utilización de dichas tierras. Durante la administración de Díaz, la liquidación de las "tierras baldías" se había convertido en parte del modus operandi.

La segunda filosofía adoptada por la administración Díaz fue el positivismo. De acuerdo con el filosofo francés Augusto Comte (1797-1858), el fundador del positivismo, el progreso implicaba la evolución de conocimiento y sociedad de uno basado en la religión a uno basado en la ciencia. Los positivistas enfatizaban la importancia de una educación científica para desarrollar una mente racional y ordenada que pudiera contribuir al bienestar de la sociedad. Comte específicamente buscaba una religión de la humanidad, en la cual los dirigentes del Estado burgués pudiesen excluir revueltas revolucionarias, al mejorar el bienestar de la población como un todo. Así, el lema comteano era: amor, orden y progreso.58

Los científicos* adoptaron los medios de la filosofía de Comte, pero cambiaron los fines. De acuerdo con aquellos, la sociedad podía ser científicamente conducida, pero ellos definían progreso no en términos de mejorar las condiciones de la humanidad, sino en términos de liberar la inversión para un futuro desarrollo. Y orden, que en el sistema comteano debía ser suavizado con cierto grado de libertad, ahora significaba proteger los intereses de una élite rapaz.59

La antipatía hacia las "tierras baldías" y el positivismo eran doctrinas que fácilmente podían ser unidas. El progreso de México dependía de poner en uso las "tierras baldías". Oficialmente, el régimen de Díaz definía las "tierras baldías" como las no destinadas a uso público o cuya propiedad no era de corporaciones o individuos.60 De hecho, sin embargo, las tierras que no eran usadas en la forma en que el régimen de Díaz quería que lo fueran, eran consideradas baldías o vacantes.61 Para todos los propósitos prácticos, el dominio público estaba reducido a áreas difíciles de llegar y escasamente pobladas.62

El Porfiriato podría parecer uno de los tiempos menos propicios para el desarrollo de las preocupaciones por la conservación en México pero, de hecho, los excesos de ese periodo produjeron precisamente ese resultado. Mucho del interés por la protección de los recursos naturales era únicamente de naturaleza económica, pero los argumentos científicos en favor de tal protección se siguieron presentando.

Algunos funcionarios mexicanos se dieron cuenta de que el país tenía un interés económico en la conservación de los recursos naturales. Para atraer inversión foránea, México tenía que garantizar una adecuada provisión de materias primas, y algunos extranjeros ya se habían mostrado preocupados por la disponibilidad de madera para la construcción de ferrocarriles en México. En 1866, Alfred Mordecai, un ingeniero ferrocarrilero que trabajaba en el tren Veracruz-México, financiado por los ingleses, notó que los bosques de pino sobre Veracruz eran la única fuente local de madera para la línea.63 En 1872, los directores del Ferrocarril Nacional Mexicano (una empresa norteamericana)señalaron que "México está escasamente dotado de madera, sin embargo su población, comparativamente densa, y sus numerosas minas requieren de una gran cantidad. Esta tiene que ser transportada desde los bosques, dondequiera que se encuentren." La compañía se sintió aliviada al haber encontrado tan buenas fuentes del material a lo largo de la ruta propuesta.64

Muchos inversionistas extranjeros y miembros de la élite mexicana siguieron creyendo que México era una mina de materias primas, pero algunos individuos pusieron en duda esta noción. Uno de ellos, Matías Romero, observó que después de cuatrocientos años de consumo constante, los bosques cercanos a las poblaciones habían sido destruidos. Ahora, la provisión de madera del país estaba siendo tristemente afectada por la expansión de los ferrocarriles y de las fábricas, entre otros factores. Romero aseguraba a sus lectores, en International Review que el gobierno se daba cuenta de la gravedad de la situación y que tomaría medidas para ahorrar madera.65

El régimen de Díaz tomó medidas para reducir el consumo de madera por parte de los ferrocarriles. Las autoridades alentaron el remplazo de las locomotoras que quemaban madera por otras que usaban carbón. También ordenaron el creosotado de los carriles de madera para aumentar su duración y el uso de durmientes de fierro en lugar de madera.66 Algunos funcionarios del gobierno llegaron a la conclusión de que la escasez de madera había llegado a ser un problema relativamente serio.

Unos cuantos funcionarios reconocieron que los bosques eran esenciales para mantener un medio ambiente estable. En una circular de 1880, un funcionario detalló las muchas formas en que el bienestar público dependía de la protección de las tierras arboladas. Uno sólo tiene que ser testigo del legado de la desforestación- suelos muy erosionados, inundaciones y arroyos secos- para apreciar el papel que han jugado los bosques en mantener los aprovisionamientos de agua y en estabilizar los suelos. Los árboles también ayudaban en la regulación de la atmósfera al mantener el nivel adecuado de oxígeno en el aire y al absorber el carbón emitido por las industrias. Además, los árboles contribuían a un medio más salubre al evitar el desarrollo de pantanos. Desde la calidad del aire, a la cantidad de agua, la humanidad se benefició tremendamente por la existencia de los bosques.67

La comunidad académica apoyaba los alegatos de que los árboles eran un componente crítico del medio ambiente.68 En 1892, Jesús Alfaro, un estudiante de medicina, publicó una pequeña tesis en la que identificaba los muchos beneficios biológicos, químicos, físicos y medicinales que proporcionaba la vegetación. De acuerdo con Alfaro, los árboles y otras plantas eran "los más preciosos guardianes de la salud", porque no sólo eran un gran almacén de medicinas, sino que también impedían que muchas enfermedades se extendieran. Decía, por ejemplo, que los árboles ayudaban a disminuir la incidencia de la malaria secando los suelos (particularmente en áreas pantanosas) y bloqueando los aires húmedos. También contribuían a la salud pública al moderar el clima por medio de la evaporación (Alfaro creía que los cambios abruptos en el clima eran una de las principales causas de las enfermedades), creando aire puro y rico en oxígeno y evitando tormentas de polvo.

Alfaro abundaba sobre el crítico papel que jugaban los árboles en la regulación del ambiente: aumentaban las lluvias, detenían la erosión del suelo, disminuían el calentamiento del suelo por la radiación solar, y las inundaciones al absorber agua al subsuelo. Argüía que la plantación de árboles había convertido áreas con clima seco, caliente e insalubre en lugares agradables para vivir. En contraste, la tala de árboles había convertido áreas de verdor en desiertos. Llegaba incluso a asegurar que la gente en áreas forestadas vivía más que la gente en tierras sin árboles. El pensamiento de Alfaro representaba una naciente perspectiva ecológica al reconocer el importante papel que jugaban los bosques regulando los ciclos químicos, físicos y biológicos.70

Algunos mexicanos preocupados por la desforestación cuestionaron la validez de los argumentos biológicos que se hacían en favor de la conservación de los bosques. En un trabajo titulado ¿Hay bosques porque llueve, o llueve porque hay bosques?, José Santos Coy argumentaba que los bosques no producían precipitación pluvial. Santos Coy (un dueño de bosques de Coahuila) basaba su argumento en dos observaciones: frecuentemente la lluvia no caía sobre áreas arboladas, y la lluvia seguía cayendo en áreas donde los bosques habían sido talados.71 Creía que la justificación para la conservación forestal recaía en la grandeza de los antiguos bosques más que en su supuesta contribución a la precipitación pluvial. Santos Coy aventuraba que aún aquellos a quienes no conmovía el espectáculo de la belleza rústica, estarían de acuerdo en que había un cierto grado de barbarismo en el destruir bosques que eran la obra de centurias. Sin embargo, estaba dolorosamente consciente que algunos grupos persistían en arruinar esos irremplazables bosques por la ganancia económica. Lo que preocupaba aún más a Santos Coy eran aquellos que destruían la belleza de sus propios alrededores: "Y aún entre la gente de campo... hay aquellos que creen en el valor del dinero o el oro... hablo de ellos porque estos propietarios de terrenos están condenados a la decadencia y a la ruina... quienes quieren exprimir sólo el jugo, dejando la cáscara de la fruta."72 Santos Coy concluía que las leyes no podrían lograr nada si la gente quería destruir sus bosques. Únicamente cuando la gente entendiera que el daño que le hacían a su tierra cortando los bosques superaba a la ganancia económica, entonces cambiaría sus actividades.73

Hasta cierto punto, los funcionarios de alto nivel del gobierno, estaban influenciados por argumentos en favor de la protección de los recursos. En 1894, el régimen de Díaz promulgó una ley forestal que, entre sus más importantes disposiciones, autorizaba al gobierno para establecer reservas forestales en los terrenos nacionales.74 En 1898, el régimen de Díaz utilizó esta disposición para hacer del Mineral del Chico en Hidalgo un bosque nacional. El gobierno declaraba que deberían utilizarse todos los medios para conservar los bosques en este territorio.75 Se había establecido en México el precedente para un sistema de reservas forestales.

La ley de 1894 también contenía las primeras disposiciones generales para la conservación de la fauna silvestre. Los únicos animales excluidos de la protección eran los animales "feroces y peligrosos", que el gobierno especificaba podían ser cazados en cualquier época del año. Las autoridades federales prohibieron la cacería de animales jóvenes y de hembras de especies cuyo número estuviera disminuyendo. Les prohibían a los cazadores matar o molestar aves nocturnas y otras que se comían a los insectos en los bosques y prohibían estrictamente la destrucción de nidos y huevos. Los cazadores tampoco podían prender fuegos, tender trampas, aprovecharse de inundaciones o nevadas, o usar linternas en la noche para facilitar la captura de sus presas. El gobierno también declaraba fuera de la ley el uso de explosivos para matar peces. Por último, los cazadores y los pescadores tenían que obtener permisos para realizar sus actividades.76 Como en el caso de las disposiciones forestales, el régimen de Díaz nunca aplicó estrictamente estas medidas de conservación.

Pero había miembros del Ministerio de Obras Públicas comprometidos con la protección de la fauna silvestre y de los bosques. En 1906, el ministerio publicó extractos de las memorias de las conferencias en la Exposición de Flores, Aves y Peces. Los conferenciantes exponían que, aunque algunas aves comían frutas, ello no justificaba matar, hasta el punto de extinción, aves hermosas y útiles que asimismo comían insectos.77 También en 1906, en respuesta a la petición de la Sociedad Audubon para proteger las garzas en México, el subsecretario de obras públicas dirigió una carta al gobernador de Oaxaca pidiéndole proteger esa ave, no sólo porque era un beneficio para la agricultura, sino también porque representaba un tesoro público (una veda nacional para la caza de garzas, sin embargo, no fue impuesta sino hasta 1922).78

El Ministerio de Obras Públicas también llamaba la atención persistentemente sobre el grave problema de la desforestación en México. El secretario advertía que, aunque el uso de carbón podría disminuir la presión sobre los bosques, la reforestación no debería suspenderse. Para estimularla, la Secretaría distribuyó numerosas publicaciones sobre bosques y semillas de árboles en muchas áreas de México.79

Aquellos dentro del Ministerio de Obras Públicas que se preocupaban por la protección de los recursos naturales, estaban librando una difícil batalla. Los altos funcionarios en el régimen de Díaz tenían únicamente un limitado interés en la conservación, circunscrito principalmente a la preocupación ocasional sobre la disponibilidad de los recursos naturales para el desarrollo industrial. Bajo tales circunstancias, era difícil hacer efectivas las presiones para una política de conservación. Sin embargo, en Miguel Ángel de Quevedo, la causa de la conservación ganó un ardiente e infatigable defensor del medio ambiente natural. Durante la primera mitad del siglo XX, dirigiría una cruzada a favor de los bosques de la nación. Encontraría considerable oposición a sus propuestas, pero también éxitos tangibles.

 

 

 

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Última Actualización: 27/08/2007