Capítulo
Cuatro
Miguel Ángel de Quevedo: El apóstol
del árbol
Miguel
Ángel de Quevedo nació en el seno de una próspera
familia de Guadalajara el 27 de septiembre de 1862. De acuerdo
a una extraña reconstrucción, una de las primeras
imágenes que vio Miguel desde su cunero, fue un árbol.1
Si así fue, representó un apropiado comienzo para
un hombre que se convertiría en el Apóstol del
Árbol en México.2
En
su juventud, Miguel no mostró especial inclinación
hacia la naturaleza. Ciertamente, su niñez fue la típica
para una persona de su clase. Como otros niños de clase
alta, gozó de una variedad de privilegios, incluyendo
una educación clásica en las mejores escuelas
de Guadalajara. Como tenía una mente despierta, Miguel
comenzó su educación universitaria en el seminario
de Guadalajara en los primeros años de su adolescencia.
Su inteligencia, junto con la riqueza de su familia, parecía
asegurarle un futuro tranquilo.3
Sin
embargo, ni la inteligencia ni la riqueza representaban una
garantía contra la tragedia. La madre de Miguel murió
cuando él tenía diez años, la causa de
su deceso fue atribuida a las penurias que soportó al
hacerse cargo de su esposo enfermo. Siete años después,
su padre sucumbió debido a la plaga.
La
custodia del huérfano quedó a cargo de un tío
que era el canónigo en una iglesia en Bayonne, Francia.
Además de tener que hacer frente a la muerte de su padre,
y tener que ajustarse a una cultura extranjera, Miguel empezó
a pensar acerca de una futura carrera. Debido a su experiencia
en el seminario y la posición de su tío como canónigo,
muchos de sus parientes pensaron que abrazaría el sacerdocio.
Miguel, empero, reaccionó al vislumbrar una vida de celibato
y, por ello, su tío discutió con él la
posibilidad de que fuera doctor, pero esta idea tampoco le atrajo.
Aunque prefería ser ingeniero, principalmente porque
esa era la profesión de su hermano mayor, realmente no
tenía planes definidos. La futura carrera de Miguel Ángel
de Quevedo fue el producto tanto de la suerte como de su decisión.
Fue conformada no sólo por la educación que recibió
en Francia, sino por el paisaje de Francia en si mismo, ya que
los años que Miguel permaneció ahí fueron
claves para la conformación de sus actitudes hacia la
naturaleza y la conservación.
El
gusto de Quevedo por la naturaleza comenzó en los Pirineos.
Después de mejorar su rudimentario conocimiento del francés
en el Colegio de San Luis, en Bayonne, se cambió al Colegio
de Resorre, que estaba localizado cerca de las montañas.
Ahí, sus maestros entremezclaron sus enseñanzas
con viajes al campo, terminando, frecuentemente, con un chapuzón
en un frío arroyo de la montaña. Las frecuentes
excursiones de Quevedo a los Pirineos le inspiraron un cariño
hacia los bosques y hacia las montañas.
Después
de Resorre, Quevedo fue a la Universidad de Burdeos, donde recibió
el grado de bachiller en ciencias en 1883. Con su título
y una recomendación de Gaston Planté, un miembro
de la Academia de Ciencias de Francia, Quevedo marchó
a París para proseguir su educación. Planté,
cuya abuela era mexicana, se interesaba especialmente en estudiantes
latinoamericanos prometedores que estaban recibiendo su educación
en Francia. Quevedo le había comunicado su interés
por estudiar ingeniería, pero poco después de
llegar a París se vio absorbido en el debate que rodeaba
al tratado de Camille Flamarion titulado Pluralidad de los
mundos habitados y rápidamente se inscribió
en el Instituto de Astronomía y Meteorología de
Flamarion, una decisión que enfureció a Planté.
Planté acusó a su joven pupilo de tener una atracción
atávica hacia la astronomía (compartiendo la fascinación
de los aztecas por las estrellas) y de abandonar los intereses
de su país, que necesitaba ingenieros y no astrónomos.
Eventualmente, Planté pudo persuadirlo de estudiar ingeniería
en la Escuela Politécnica.
En
dicha Escuela, Quevedo aprendió de la importancia de
la conservación de los bosques. En un curso de agricultura
hidráulica, el profesor Alfredo Durand-Claye advirtió
a sus estudiantes que un ingeniero hidráulico que no
tuviera conocimientos forestales era "deficiente, un zopenco
que hará graves errores."4 En charlas privadas con Quevedo,
Durand-Claye insistía que un conocimiento de silvicultura
era más necesario aún en México que en
otras naciones, ya que México era un país montañoso
que sufría de lluvias torrenciales y prolongadas sequías.
El consejo de Durand-Claye se convirtió en una parte
integral del pensamiento de Quevedo.
Quevedo
también apreciaba las enseñanzas del prominente
ingeniero francés Paul Laroche. Laroche, que daba un
curso de obras marítimas, le marcó sobre la importancia
de los puertos modernos para el desarrollo de México.
Llevó a Quevedo a un recorrido por varios puertos franceses
y lo instó a visitar otros por su cuenta. Una de las
obras marítimas que más impresionó a Quevedo
fueron las dunas arboladas artificialmente, que los franceses
habían creado en el litoral como una protección
de las tormentas invernales.
Después
de recibir su diploma como ingeniero civil (con especialización
en ingeniería hidráulica) en 1887, Quevedo volvió
a México ansioso de aplicar lo que había aprendido
en la Escuela. A causa de los obstáculos elementales
que enfrentó desarrollando varios proyectos de ingeniería,
Quevedo recordaba constantemente el consejo de Durand-Claye
sobre la necesidad de protección forestal en México.
El
primer trabajo de Quevedo fue como supervisor de las obras de
drenaje (el proyecto de desagüe*) en el Valle de
México. Iniciándolos a principios del siglo diecisiete,
la municipalidad de México había emprendido proyectos
de drenaje para eliminar las inundaciones en el Valle de México,
mediante el abatimiento de los niveles del lago.5 Quevedo trabajó
en el más grande y más exitoso proyecto de drenaje
en la historia de México. Supervisó la construcción
del Gran Canal y de un gran túnel en el extremo noreste
del valle que sacaría miles de metros cúbicos
de los lagos que rodeaban a la Ciudad de México (el proyecto
de desagüe* se terminó en 1900).
Como
una rama de su trabajo, el joven ingeniero estudió la
historia de los proyectos de drenaje en el Valle de México.
Quevedo citaba la observación de Humboldt de que la desforestación
de las montañas que circundaban al Valle de México
era responsable de las inundaciones que sufría la ciudad.6
Implicaba que las inundaciones continuarían en el Valle
a menos que se protegiera a los bosques, independientemente
del proyecto del desagüe*. También aludía
a las advertencias que había hecho José Antonio
Alzate y Ramírez de que los lagos que rodeaban a la Ciudad
de México no deberían de desecarse completamente
porque los pobres necesitaban las aguas para cazar y pescar.
También había sido influenciado por el cronista
español Juan de Torquemada, quien creía que una
reducción en el tamaño de la zona lacustre del
valle produciría una mayor incidencia de enfermedades
debido a las polvaredas y a los malos vapores (los que, según
argumentaba, eran diluidos por el aire húmedo que venía
de los lagos).7 Quevedo creía que las advertencias que
habían hecho Alzate y Torquemada, entre otros, habían
sido atendidas: "Tomando en cuenta las opiniones de varios doctores
y gente ilustre, el actual proyecto de drenaje, por razones
de salud, no ha buscado el drenaje completo de los lagos de
la Ciudad de México, sino simplemente desaguarlos a niveles
que eviten las inundaciones."8 El proyecto de desagüe*,
empero, extrajo más agua de los lagos del valle de lo
que Quevedo había anticipado. Para 1920, el proyecto
de desagüe* había drenado aproximadamente
seiscientas millas cuadradas de antiguos lechos lacustres en
el Valle de México.9 De acuerdo con los indígenas
en el valle, el drenaje de los humedales ha tenido como resultado
una notoria disminución en las poblaciones de aves acuáticas.10
Otros empezaron a relacionar la desecación de los lagos
de la región, con las tormentas de polvo, cada vez más
severas, que azotaban a la Ciudad de México y con el
calentamiento del piso del valle. Más tarde Quevedo minimizó
la contribución del proyecto de desagüe* a
este fenómeno meteorológico, argumentando que
la eliminación del amortiguador forestal tenía
la culpa de la intensidad de las tormentas de polvo que se originaban
en los secos lechos lacustres. Pensaba que los cambios climáticos
en la cuenca eran el resultado de la desforestación más
que de la pérdida de agua.11 Quevedo nunca estuvo tan
consciente de los problemas ecológicos que fueron resultado
del proyecto de drenaje* como lo estuvo de los problemas
causados por la desforestación.
La
asociación de Quevedo con el proyecto de drenaje* llegó a un abrupto fin a principios de 1889, cuando
cayó de una góndola mientras inspeccionaba trabajos
en un túnel (el operador cambió descuidadamente
de carril). Quevedo permaneció inconsciente mientras
la góndola pasaba sobre su espalda. Si hubiera caído
unas cuantas pulgadas hacia el otro lado, el carro le hubiera
aplastado el cráneo. Al fin, Quevedo escapó con
lesiones que, aunque eran serias, no lo incapacitaban permanentemente.
Sin embargo tuvo que renunciar al proyecto del drenaje.
Después
de recuperarse del accidente, Quevedo logró un puesto
como consultor de una compañía de ferrocarriles
en el Valle de México. Mientras supervisaba la construcción
de unas líneas en el sector oeste del valle, Quevedo
fue testigo personal de las destructivas inundaciones que asolaban
la región. Contempló sobrecogido como las torrenciales
aguas derribaban los soportes del puente, arrastraban la ropa
recién lavada que había sido extendida a secar
en los matorrales y las rocas, y todavía llegaba a arrastrar
chivos, ovejas y terneros. Así, además de detener
el avance de las líneas de ferrocarril en el valle, estas
inundaciones tenían un impacto devastador sobre los pobres,
que perdían su ganado y, a veces, sus propias vidas.
Al explorar las colinas y los cañones de los cuales provenían
las rugientes aguas, Quevedo descubrió que estaban "completamente
pelonas por la destrucción de los antiguos bosques y
me di cuenta de la absoluta necesidad de la reforestación."12
Ya entonces comprendió la importancia de los bosques
para el bienestar público.
El
gobierno de nuevo requirió los servicios de Quevedo cuando
lo nombró director de obras portuarias en Veracruz. Por
tres años (1890-1893), sus cuadrillas trabajaron asiduamente
bajo adversas condiciones para terminar la construcción
de un gran dique a la entrada de la bahía. Durante los
meses de invierno, los fuertes vientos estrellaban arena en
la cara de los trabajadores, y se perdían muchas horas
quitando la tierra del lugar de trabajo. Y también estaba
la grave amenaza que representaban la fiebre amarilla y la malaria:
los pantanos de Veracruz eran el perfecto lugar de cría
para los mosquitos que transmitían estas enfermedades.
Una década después, Quevedo regresó a Veracruz
para plantar árboles como un medio para reducir la severidad
de las tormentas de arena y la incidencia de la fiebre amarilla
y la malaria. Por el momento, el vínculo más permanente
de Quevedo con la región, fue su casamiento con una veracruzana.
En
1893, una compañía hidroeléctrica franco-suiza
contrató a Quevedo para investigar el potencial de energía
hidráulica en México. El reporte que presentó
a sus patrones fue sobre como la reducción del flujo
de las corrientes de agua y la sedimentación estaban
reduciendo la producción de energía eléctrica
en presas ubicadas cerca de áreas donde los árboles
habían sido fuertemente talados. Durante sus siete años
como consultor de la compañía, encontró
amplia evidencia para apoyar su opinión de que los bosques
jugaban un papel crítico en regular el ciclo hidrológico.
En
1901, Quevedo habló sobre este asunto ante el Segundo
Congreso Nacional sobre Clima y Meteorología. Fijó
la idea en los asistentes a la conferencia sobre como la destrucción
de los bosques afectaba negativamente las provisiones de agua:
"La falta de vegetación en extensas áreas de nuestro
país y, particularmente, la falta de bosques agrava,
de manera muy peligrosa, la irregularidad de las lluvias y de
las corrientes de agua, a tal grado que las soluciones a los
problemas de riqueza agrícola e industrial serán
imposibles si uno sigue talando los bosques."13 Posteriormente
mantuvo que la desforestación había culminado
con sequías en el México central y en la desertificación
de áreas alguna vez relativamente verdes en el norte
de México, porque la cubierta forestal que quedaba era
insuficiente para aumentar la precipitación por medio
de la transpiración y el enfriamiento de la atmósfera.14
Además de reducir la cantidad de agua disponible para
la agricultura y la industria, Quevedo aseguraba que el aumento
de la aridez, que era el resultado de la destrucción
de los bosques, constituía un clima menos saludable.
Terminó su intervención pidiendo la adopción
de leyes más enérgicas para la conservación
de los bosques.15
El
mensaje de Quevedo recibió una respuesta diversa. Algunos
de los delegados rebatieron su llamado para las leyes de conservación,
asegurando, en vez, que la protección de los bosques
de la nación se podría lograr con solo la educación.
Al final, sin embargo, el congreso acordó que, para regularizar
el agua superficial y subterránea, para el mejor uso
de esas aguas, y para asegurar la salud pública, era
necesario restaurar y conservar los bosques y que era imperativo
legislar para lograr estos fines lo más pronto posible.16
El
apoyo más ardiente en el congreso para la posición
de Quevedo vino de un grupo de naturalistas e ingenieros.17
Los miembros del grupo votaron por el establecimiento de una
junta forestal, la Junta Central de Bosques*, para cabildear
en beneficio de los bosques de México. (Después,
la Junta Central de Bosques*, creó una revista
para publicar los resultados de las investigaciones forestales,
tanto en México como en el extranjero, y para mantener
un foro permanente desde el cual luchar por la protección
de la riqueza forestal de México).18 El grupo eligió
a Miguel Ángel de Quevedo como su presidente.19 Así
empezó su larga carrera como un defensor de la conservación
forestal.
En
1904, el secretario de Obras Públicas, Manuel González
de Cosío, pidió el consejo de la Junta Central
de Bosques* sobre cómo mitigar las terribles tormentas
de polvo que azotaban a la Ciudad de México ese invierno.
Quevedo prontamente presentó el consejo del comité:
plantar más árboles; pero la salida de González
de Cosío del ministerio después en ese año
paralizó los esfuerzos en ese sentido. Antes de abandonar
su puesto, sin embargo, González de Cosío dio
un paso importante al integrar la Junta Central de Bosques* al Secretaría de Obras Públicas. Así, México
tuvo su primera agencia forestal solo seis años después
de la creación de la Oficina del Forestal en Jefe en
los Estados Unidos.20
A
diferencia de los conservacionistas del gobierno en los Estados
Unidos, sin embargo, Quevedo no estaba trabajando para un presidente
comprometido con la protección de los recursos de la
nación. El tenía que localizar funcionarios del
gobierno que simpatizaran con su causa, dondequiera que pudiera
encontrarlos. Frecuentemente, los cambios administrativos despojaban
a Quevedo de valiosos aliados (como fue el caso con Manuel González
de Cosío). A menudo, carecía del apoyo interno
necesario para obtener financiamiento para desarrollar sus propósitos.
Sin
embargo, Quevedo era un hombre ingenioso. En 1901, hizo uso
de su nombramiento en una comisión de obras públicas
para promover, con éxito, la creación de parques
en la Ciudad de México. Como el gran arquitecto paisajista
de Estados Unidos, Frederick Law Olmsted, quien creó
el Parque Central en la ciudad de Nueva York a mediados del
siglo diecinueve, Quevedo se basó en la experiencia europea
para apoyar su caso de los parques urbanos. Recientemente había
asistido al Primer Congreso Internacional de Higiene Pública
y Problemas Urbanos (en París en 1900), en el cual los
delegados recomendaron que el quince por ciento de las zonas
urbanas fuese cubierto con parques como una medida de salud
pública. Se apoyó en el informe de la conferencia
para convencer a los funcionarios del gobierno de que el establecimiento
de parques era en beneficio del interés público.21
En
1900, los parques y jardines componían menos del dos
por ciento de la superficie urbana abierta de la Ciudad de México.
Como resultado del programa de parques de Quevedo la relación
había aumentado hasta 16 por ciento al comienzo de la
década siguiente. En términos numéricos,
Quevedo había aumentado el número de parques en
la Ciudad de México de dos a treinta y cuatro. A pesar
de su éxito, el programa de creación de parques
de Quevedo tenía vociferantes detractores, entre los
cuales, curiosamente, se encontraban padres de familia que vivían
cerca de las zonas verdes propuestas. La oposición de
este grupo se basaba en el hecho de que ellos preferían
los circos que funcionaban en los lotes baldíos que se
convertirían en parques. Quevedo trató de convencer
a los padres descontentos de que los montones de basura que
se acumulaban en los terrenos baldíos eran una seria
amenaza para la salud. Por contraste, los parques constituían
un ambiente sano: el pasto verde crecería en lugar de
los montones de basura; los árboles oxigenarían
el aire; y los niños podrían jugar con seguridad
mientras los fatigados padres descansaban en las bancas del
parque. Los parques proporcionaban a los residentes urbanos
algún contacto con la naturaleza.22
Con
la ayuda de José Yves Limantour, Secretario de Hacienda
y miembro del circulo más cercano a Díaz, Quevedo
obtuvo recursos para otro proyecto crítico: la ampliación
de los viveros forestales que él había establecido
en Coyoacán (los Viveros de Coyoacán*).23
Limantour, cuya amistad con Quevedo se remontaba a sus días
como presidente del Grupo de Obras de Drenaje, se convirtió
en un apoyo entusiasta de la tarea de Quevedo después
de una visita a los viveros* a principios de 1907. Se
impresionó tanto por los miles de árboles que
vio en los viveros, que convenció a Díaz de que
visitara el lugar, después de lo cual, el presidente
acordó que el proyecto merecía el apoyo del gobierno.24
Los Viveros de Coyoacán* era la pieza central
de un sistema de viveros que producían 2.4 millones de
árboles en 1914.25 Muchos árboles de los viveros*,
incluyendo cedros, pinos, acacias, eucaliptos y tamariscos,
fueron plantados en los lechos secos de los lagos y en las desnudas
faldas de las colinas sobre la ciudad, mientras que otros adornaban
los bulevares de la Ciudad de México y el canal central
del desagüe (se plantaron 140,000 árboles entre
julio de 1913 y febrero de 1914).26 Quevedo presentaba los viveros,
parques y calles arboladas de la Ciudad de México, como
una evidencia de que México era un país civilizado.
Con mucha satisfacción citaba las observaciones que había
hecho un periodista norteamericano, de que la Ciudad de México
era una "ciudad de contrastes rodeada por asentamientos pobres
y vecindarios insalubres; también tiene el hermoso bosque
de Chapultepec y los grandiosos viveros de Coyoacán,
como no hay otros en América."27 La admiración
de otras naciones por los parques y los viveros de México
satisfacía mucho a Quevedo.
En
el verano de 1907, Quevedo volvió a Europa para familiarizarse
con las prácticas forestales de allá y para apoyar
sus propios objetivos forestales en México. En el Segundo
Congreso Internacional sobre Higiene Pública y Problemas
Urbanos (llevado a cabo en Berlín), escuchó con
atención a delegados que recomendaban la creación
de zonas forestales protegidas alrededor de las ciudades y que
los bosques fuesen usados para secar los pantanos. Ambas medidas,
argumentaban los delegados, darían como resultado un
medio ambiente más sano. Como parte de la conferencia,
recorrió las plantaciones forestales que los berlineses
habían desarrollado para drenar los pantanos alrededor
de la ciudad.28
Después
del congreso en Berlín, Quevedo se entrevistó
con los directores del servicio forestal de varios países
europeos. El director austríaco le organizó una
visita guiada a los esfuerzos de reforestación en su
país. Como parte de sus vacaciones de trabajo pasó
unos cuantos momentos tranquilos en el Parque Central de Viena,
al que describió como encantador. Su siguiente parada
fue en Francia, donde visitó las escuelas forestales
en Nancy y en la baja Charente. Se entrevistó con Lucien
Daubrée, jefe del servicio forestal francés, quien
le prometió ayuda financiera y personal francés
para una escuela forestal mexicana. Siguiendo el consejo de
Daubrée viajó a Argelia para observar personalmente
las dunas de arena que los franceses habían estabilizado
con árboles. Mientras estaba en Argelia, colectó
semillas de pino y acacia con la esperanza de repetir el éxito
de Argelia en México.29
Pudo
implementar algunos de los programas forestales europeos en
México. En 1908, Díaz aceptó la proposición
de Quevedo para crear dunas arboladas artificiales en Veracruz;
le convenció su argumento de que tales dunas disminuirían
los problemas de las tormentas de polvo, fiebre amarilla y malaria.
En este caso se puso a prueba la paciencia del gobierno, ya
que tomó varios años el elevar el suelo al nivel
necesario. Empero, se mantuvo el financiamiento del gobierno
y, en 1913, Quevedo ya contaba con su duna artificial.30
En
1908, en un paso más, el gobierno francés mandó
a México la ayuda y los maestros prometidos para iniciar
la escuela forestal.31 Además de tomar cursos de arboricultura
y silvicultura, los estudiantes mexicanos trabajaron en viveros
forestales y en proyectos de reforestación, todo ello
como parte de la preparación para convertirse en guardas
forestales. En 1914, la escuela forestal y su anexo tenían
treinta y dos estudiantes, un principio modesto para la profesión
forestal en México. Infortunadamente, ese fue el año
que revueltas políticas obligaron al cierre de la escuela.32
Como
un primer paso para lograr el conocimiento necesario para la
adecuada administración de los bosques del país,
la Junta Central de Bosques* completó un inventario
de bosques en el Distrito Federal (la Ciudad de México
y sus alrededores) en 1909. El grupo encontró que aproximadamente
el 25% de la región estaba arbolado. Los bosques más
grandes que se componían principalmente de abetos y pinos,
se localizaban al suroeste de la Ciudad de México. La Junta Central de Bosques* advirtió que la conservación
de esos bosques, ya muy castigados, era esencial, porque ahí
se encontraban las principales corrientes de agua de la región.
Además de su propio trabajo de campo, el grupo presentó
un cuestionario forestal a los gobernadores y a las juntas locales
en toda la república. El cuestionario, que fue el que
siguió la Junta Central de Bosques en su reconocimiento
de los bosques dentro del valle de México, preguntaba
sobre la composición por especies y el tamaño
de cada bosque, la climatología y la hidrología
de la región, el uso que se hacía de los productos
forestales (leña, carbón, construcción,
industria, etc.), las causas de la destrucción del bosque,
y los esfuerzos de reforestación, si es que se había
hecho alguno. Para 1911, los estados habían alimentado
a la Junta Central de Bosques* con información
sobre los tipos de árboles que componían los bosques
y sus aplicaciones industriales.33 Aunque fundamentalmente de
naturaleza cualitativa, la Junta Central de Bosques* había
compilado las primeras estadísticas forestales nacionales.
En
1909, Miguel Ángel de Quevedo recibió una invitación
del presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt, para
asistir a la Conferencia internacional norteamericana sobre
la conservación de los recursos naturales, en Washington,
D.C. Su asistencia fue una grata sorpresa para los conservacionistas
dentro de la administración Roosevelt. Éste había
dado instrucciones al jefe del servicio forestal, Gifford Pinchot,
de buscar a un delegado mexicano para la conferencia, y Pinchot
se sorprendió mucho al conocer los esfuerzos de Quevedo
para la reforestación alrededor de la Ciudad de México.
Ni Roosevelt ni Pinchot habían tenido conocimiento de
las actividades de conservación en México.34
En
muchos aspectos, Quevedo era la contraparte de Pinchot. Como
Pinchot, era el principal portavoz de la conservación
de los bosques dentro de su país. Aunque no estaba experimentado
en silvicultura, compartía el interés y el conocimiento
de Pinchot sobre las prácticas conservacionistas europeas.
Por su edad, antecedentes de clase alta y determinación,
Quevedo y Pinchot eran iguales.
Sin
embargo, Quevedo y Pinchot diferían fundamentalmente
en sus razonamientos sobre la conservación de los bosques.
Pinchot creía que la conservación de los bosques
debía ser adoptada para evitar una escasez de madera
en los Estados Unidos y veía la conservación como
un asunto puramente económico. Por el contrario, Quevedo,
debido a su educación y experiencia como ingeniero en
México, había desarrollado una apreciación
de los diversos beneficios que provenían de los bosques.
Quevedo
explicaba así a los delegados el porqué las preocupaciones
forestales eran más amplias en México que en los
Estados Unidos y en Canadá:
Debido
a las formas en que los bosques ayudan al orden general [estabilizando
suelos, reduciendo las sequías, e impidiendo inundaciones],
es necesario evitar más desforestación del suelo
mexicano; este es un asunto más presionante y serio que
en los Estados Unidos y Canadá, en cuyos territorios,
... los bosques son meramente un punto económico, restringido
a proporcionar madera para las necesidades presentes y futuras,
y el efecto que la desforestación puede tener en los
ciclos hidrológicos y la productividad agrícola
es de menor significación que en México.35
Quevedo
dio a conocer a los delegados la forma en que el régimen
hidrológico y la geografía de México diferían
de los del resto de Norteamérica. A diferencia de Canadá
y los Estados Unidos, donde la lluvia cae bastante regularmente,
México experimentaba largas épocas secas interrumpidas
por breves periodos de fuertes precipitaciones y, por lo tanto,
era susceptible tanto a sequías como a inundaciones.
Los bosques eran una salvaguardia para ambos desastres. Mientras
que en Canadá y en los Estados Unidos la mayor parte
de la agricultura estaba confinada a las planicies y a los valles
amplios, la mayor parte de la agricultura en México se
desarrollaba en las regiones montañosas. Las inundaciones
y los restos que dejaban eran unas amenazas mucho más
serias para las tierras agrícolas mexicanas que para
las de Canadá o de los Estados Unidos. Para Quevedo,
la madera era únicamente una pequeña parte de
los beneficios que dejaban los bosques. Su interés no
era tanto por el establecimiento de una industria forestal basada
en los principios del rendimiento sostenible, sino por la protección
de los bosques ya que eran biológicamente indispensables.36
Quevedo
no era ni un utilitarista estricto ni un preservacionista a
ultranza. Aprobaba el uso de los bosques cuando ese uso no amenazara
suelos, climas o cuencas hidráulicas. La importancia
de la conservación para el bienestar público siempre
estaba primero en sus pensamientos. Así, además
de su valor biológico, subrayaba el valor escénico
y recreativo de los bosques.37 En contraste con el preservacionista
norteamericano John Muir, Quevedo no apoyaba el punto de que
la naturaleza tenía un derecho intrínseco de existir
independientemente de si esa existencia servía a la gente.
Pero, el mismo Muir promovía el turismo para obtener
apoyos para las áreas silvestres. Las consideraciones
de Quevedo eran utilitarias, pero en el sentido más amplio
de la palabra.
Quevedo
incluyó en su discurso una lista de recomendaciones que
le había hecho a Porfirio Díaz. Estas recomendaciones
eran como sigue: proteger los bosques de gran valor biológico
en tierras nacionales; adquirir, por medio de expropiaciones
si era necesario, terrenos privados biológicamente críticos
y terrenos que pudiesen ser reforestados (Quevedo insistía
que este paso era necesario porque ya mucho del territorio nacional
había sido vendido); someter a los bosques municipales
a un régimen forestal adecuado; regular el corte de árboles
en terrenos privados; y proveer a los propietarios semillas
e instrucciones para reforestar.38
El
gobierno siguió muchas de esas recomendaciones. A fines
de 1909, el gobierno de Díaz ordenó la suspensión
de la venta de terrenos nacionales, y la Secretaría de
Obras Públicas anunció que no daría concesiones
para explotación de bosques en terrenos que se determinara
deberían ser conservados para el bien público.39
El gobierno también se adjudicó el poder de expropiar,
cuando fuese necesario, para la reforestación de tierras
sin árboles y para mantener manantiales y corrientes
de agua que aprovisionaran de agua y proporcionaran otros beneficios
de salud pública a las ciudades.40 Quevedo y Limantour
convencieron a Díaz de usar esta última disposición
para crear una zona forestal protegida alrededor del Valle de
México, para evitar inundaciones y cuidar la provisión
de agua de la ciudad.41 Sin embargo, después de años
de ventas de terrenos nacionales, tan perjudiciales para los
bosques de la nación, Quevedo permaneció escéptico
acerca del compromiso de Díaz hacia la conservación
forestal.42
Cuando
la revolución de Francisco Madero derrocó a Porfirio
Díaz en 1911, las metas de conservación de Quevedo
en México parecían alcanzables. Madero, que había
estudiado agronomía en la Universidad de California en
Berkeley, demostró un interés ávido en
la conservación. Apoyó los esfuerzos de Quevedo
para drenar pantanos estableciendo plantaciones forestales.
Madero creó una reserva forestal en el estado de Quintana
Roo, en el sureste de México, en el primero de los que
parecía que serían muchos de tales decretos.43
Pero entonces, en 1913, después de un golpe de Estado
por Victoriano Huerta, Madero fue asesinado.
Huerta
mostró una manifiesta falta de interés por la
conservación, y Quevedo lo despreciaba. Se opuso vehementemente
a la práctica de Huerta de "trasplantar" árboles
de las avenidas de la Ciudad de México a su rancho en
Atzcapotzalco en el Valle de México y al plan de su yerno
para convertir la reserva forestal del Desierto de los Leones
en una operación de juego estilo Monte Carlo. Por su
parte, Huerta consideraba a Quevedo y sus colegas como subversivos.
Amenazó tan seriamente a los profesores franceses de
silvicultura, de quienes sospechaba que apoyaban a las fuerzas
de la oposición, que tuvieron que abandonar el país.
Cuando un amigo advirtió a Quevedo que había visto
su nombre en una lista de asesinato, el conservacionista, también,
se fue renuentemente al exilio en 1914. (Huerta fue derrocado
más tarde en ese mismo año).44
La
fatiga, la enfermedad y el estallido de la Primera Guerra Mundial
limitaron los estudios forestales de Quevedo durante su exilio
en Europa, Poco antes del comienzo de la guerra, estudió
la política francesa hacia las comunas forestales. Quevedo
alabó al gobierno francés por mantener intactas
las reservas forestales comunales, creyendo que el fraccionamiento
de tales terrenos habría tanto complicado su administración,
como aumentado el potencial del abuso individual de la tierra.
Bajo los programas franceses, los campesinos vendían
madera muerta y pequeños productos forestales en subasta
pública. Diez porciento de los ingresos eran usados para
ayudar a financiar el Servicio Forestal Francés, dentro
de cuyas más importantes funciones estaba la de restaurar
y reforestar las tierras afectadas. Quevedo notó con
gran satisfacción que no sólo la gente ganaba
económicamente con los arreglos de la subasta, sino que,
al mismo tiempo, estaban ayudando a proteger la agricultura,
las condiciones climáticas, el ciclo hidrológico
y la belleza de la naturaleza.45
Quevedo
pensó que México podía aprender de la experiencia
francesa. Declaró que los campesinos habían sido
responsables de mucha de la destrucción de los bosques
de México, y temía que si no se fijaban límites
a la redistribución de la tierra, después de la
Revolución, los bosques de México estaban condenados.
Insistía en que los campesinos*, a quienes se
adjudicaran tierras, deberían de dejarlas inalteradas
si no eran adecuadas para la agricultura. En lugar de desmontar
irresponsablemente la tierra para cultivarla, deberían
de buscar tierras más apropiadas en otras partes del ejido* (tierras comunales), hacer uso apropiado de los
productos forestales y desarrollar otras industrias. México
debería de seguir el ejemplo francés, inculcando
en el campesinado el reconocimiento del valor de los bosques.46
Mientras
Quevedo estudiaba prácticas forestales en Francia, sus
esfuerzos forestales en México eran deshechos por la
revolución. En Veracruz, los árboles que le tomó
varios años plantar fueron destruidos en semanas por
soldados en busca de leña. Otras áreas habían
sido similarmente saqueadas. La Revolución, que había
sido tremendamente destructiva en términos de vidas humanas,
también había tenido un profundo impacto ambiental.
Después
de la derrota de Huerta por las fuerzas constitucionalistas,
Quevedo regresó a México para continuar con su
cabildeo para la conservación de los bosques. En marcado
contraste con el régimen de Huerta, algunos elementos
dentro del nuevo gobierno eran receptivos a las ideas conservacionistas.
Trabajando en pareja con el Secretario de Obras Públicas,
Pastor Rouaix, Quevedo convenció al presidente Venustiano
Carranza, en 1917, para establecer el Desierto de los Leones
como el primer parque nacional de México.48 También
logró otro de sus objetivos cuando persuadió a
los delegados a la convención constitucionalista para
incluir un punto de programa conservacionista dentro de la Constitución.49
El artículo 27 de la Constitución de 1917 establece:
"La nación siempre tendrá el derecho de imponer
sobre la propiedad privada, las reglas que dicte el interés
público y de reglamentar el uso de los elementos naturales,
susceptibles de apropiación de modo de distribuir equitativamente
la riqueza pública y salvaguardar su conservación."
Esta cláusula dio los cimientos para la legislación
conservacionista post-revolucionaria de México.
Después
de la muerte de su esposa por la influenza española en
1918, un Quevedo aquejado por la tristeza, abandonó temporalmente
sus actividades de conservación. Sus amigos buscaron
proyectos que le ocuparan su mente, y después de algo
de presión lo convencieron de continuar su lucha para
proteger los recursos naturales de México.50
Quevedo
trabajó en favor de la fauna silvestre de la nación,
y también de sus bosques. Muy notablemente, encabezó
el Comité Mexicano para la protección de las aves
silvestres durante la década de 1930 (la organización
fue creada en 1931 como afiliada de el Comité Internacional
de protección a las aves). El Comité Mexicano
mantenía la tesis de que existía una racionalidad
científica ética, económica y estética
para la protección de las aves silvestres. El grupo lamentaba
el hecho de que debido a la irrestricta cacería y desforestación
las aves no habían dispuesto del espacio necesario para
reproducirse. La pérdida de vida alada no sólo
había disminuido el encanto de los bosques, también
había llevado al incremento del daño por insectos
nocivos a los huertos, campos de cultivo y bosques. El comité
se comprometía a educar a la juventud del país
sobre el valor de las aves, a publicar folletos, a organizar
conferencias y exposiciones fotográficas, a promover
la reforestación y la creación de parques urbanos,
a urgir a las autoridades para crear leyes de conservación,
y a estudiar el importante papel ecológico de las aves.51
En
sus esfuerzos por proteger las aves migratorias, el Comité
fue ayudado indirectamente por Edward Alphonso Goldman, un biólogo
de campo de la Oficina de E.U. para Estudios Biológicos.
Goldman estudió las condiciones de las aves acuáticas
en el Valle de México, ocasionalmente durante un periodo
de treinta y un años (1904-1935). En 1920, fue acompañado
en estas tareas por Valentín Santiago del Museo de Historia
Natural en la Ciudad de México y de la Dirección
de Estudios Biológicos.52 Los conservacionistas mexicanos
mostraron un gran interés por los informes de campo de
Goldman. Apreciaron particularmente su descubrimiento de que
la población de aves acuáticas había declinado
severamente en el Valle de México desde principios del
siglo como resultado de la desecación de los humedales
y del uso continuo de las armadas* (baterías de
disparo).53 Goldman estaba consciente de que los funcionarios
mexicanos de caza estaban preocupados por esta última
amenaza a las aves acuáticas: "Al reconocer el hecho
de que el número de patos se reduce gradualmente por
el uso de baterías en el Valle de México, los
funcionarios de caza están tratando de restringir y,
en última instancia, abolir por completo el uso de las armadas*."54 El trabajo de Edward Alphonso Goldman, el
Comité Mexicano para la protección de las aves
silvestres y los funcionarios de caza mexicanos contribuyeron
a que el gobierno mexicano decidiera prohibir las armadas*,
en 1932.55
Quevedo
aportó su nombre y algo de sus energías a los
esfuerzos para salvar a las aves, pero su principal preocupación
era la conservación de los bosques. En 1922, creó
la Sociedad Forestal Mexicana, que era la reencarnación
de la Junta Central de Bosques*, (excepto por el hecho
de que ya fue una organización privada). Un año
más tarde, la sociedad publicó el primer número
de México Forestal*. En este número inaugural,
la sociedad forestal explicaba su razón de existir:
La
Sociedad Forestal Mexicana fue formada por un grupo de individuos
convencidos del importante papel jugado por la vegetación
de los bosques y principalmente el árbol... en el mantenimiento
de un equilibrio climático, en la protección de
suelos y aguas, en la economía general y el bienestar
público, convencidos, aún más, de estos
efectos benéficos por las acciones perjudiciales que
están destruyendo nuestros ricos y benéficos bosques
ancestrales.56
La
sociedad creía que el ciudadano consciente debía
de pensar en el futuro y, por lo tanto, debía "clamar
contra el silencio de nuestro país hacia el suicidio
nacional que significa la ruina del bosque y el desprecio por
nuestro árbol protector." 57 Daba la bienvenida a los
esfuerzos que hacían los grupos forestales en otras naciones,
como España y los Estados Unidos. La Sociedad Forestal
Mexicana hacía notar que la conservación de los
bosques "no está restringida a los estrechos límites
de las fronteras nacionales porque los bosques benefician a
toda la humanidad, conservando el equilibrio climático
y la biología en general de todo el globo terráqueo."58
Una
de las principales metas de Quevedo y de la Sociedad Forestal
Mexicana era la implantación de una enérgica ley
forestal. Los funcionarios de la Secretaría de Agricultura
de la administración de Álvaro Obregón
(1920-1924) escuchaban y apoyaban las peticiones de la sociedad
para tal ley:
Esta
Secretaría ha recibido diariamente muchas quejas sobre
cómo la tala de bosques destruye no sólo la provisión
de madera, sino de cómo provoca resultados más
graves al secarse las corrientes de agua y al producirse desastrosas
inundaciones que dejan una estela de tierra estéril y
desértica. Es por ello que la Secretaría, con
el objetivo de evitar tales daños, recomienda al gobierno
que tome las medidas necesarias... para detener estas caóticas
prácticas ... y establecer una explotación racional
de los bosques que garantice la conservación perpetua
y el uso de ellos.59
Una
comisión nombrada por el gobierno, con Quevedo como uno
de sus miembros, produjo un borrador de ley forestal en 1923.60
Después de algunas modificaciones y redacción
de este borrador, el presidente Plutarco Elías Calles
(1924-1928) promulgó una ley forestal en 1926, y su correspondiente
reglamento en 1927.61
La
ley forestal fue el arquetipo para toda la subsecuente legislación
forestal en México. Por primera vez a nivel nacional,
las actividades forestales fueron reglamentadas en los terrenos
privados: todas las entidades, tanto individuos como corporaciones,
tenían que someter a los funcionarios de agricultura,
para su revisión, sus planes para actividades forestales.
También el gobierno se empeñó en administrar
cuidadosamente el uso de terrenos públicos. Como parte
de este esfuerzo, las autoridades federales restringieron las
concesiones para extraer madera en las reservas forestales a
50,000 hectáreas en los trópicos y a 5,000 en
las regiones templadas. En las vertientes, y cerca de los centros
de población, el ejecutivo federal autorizó la
creación de zonas forestales, en las que únicamente
se podían talar árboles marcados. Adicionalmente,
el gobierno prometió establecer parques nacionales en
áreas con altos valores biológicos, escénicos
y recreativos. Los funcionarios de agricultura procuraron evitar
la degradación de pastizales y bosques obligando a todos
los propietarios de ganado a obtener un permiso para sus actividades.
Más aún, prometieron combatir plagas y conseguir
el apoyo de la ciudadanía para prevenir incendios forestales.
Finalmente, para dar la infraestructura necesaria para la protección
y restauración de los bosques de México, el ejecutivo
federal ofreció crear un servicio forestal, restablecer
la escuela forestal, y establecer viveros forestales.62
El
logro del gobierno sobre la aplicación de la ley estaba
mezclado. Los funcionarios federales desarrollaron un programa
de reforestación y apoyaron a los gobernadores de los
estados para el establecimiento de viveros forestales.63 Complementando
estas actividades, maestros capacitados por la Secretaría
de Educación daban lecciones prácticas a los campesinos* sobre la formación de viveros y la reforestación
de las laderas de las montañas, explicándoles
la gran importancia de los bosques en la protección de
la agricultura, el mejoramiento del clima y en mantener todos
los "fenómenos necesarios para la vida de los pueblos".64
En otro frente, el gobierno mexicano recomendaba a los gobernadores
iniciar una enérgica campaña contra el uso de
carbón de madera como combustible. Como parte de esta
campaña, los funcionarios del gobierno en la Ciudad de
México pidieron a los gobernadores estatales popularizar
el uso de gasolina, carbón mineral y electricidad para
cocinar y para calefacción.65 Unas cuantas de estas iniciativas,
sin embargo, llegaron a ser algo más que proyectos piloto.
Desafortunadamente,
el gobierno no creó parques nacionales.66 Tampoco proporcionó
recursos económicos adecuados para el servicio forestal
o para la escuela forestal. De hecho, la escuela forestal duró
menos de un año (1926-1927). Después de eso, un
profesor en la Escuela Nacional de Agricultura dictó
los únicos cursos de silvicultura. Tom Gill, un norteamericano
que estudió la política forestal en México
a fines de los años veinte, puso en tela de juicio las
prioridades nacionales: "Al recortar la modesta partida necesaria
para mantener la escuela, la justificación del gobierno
fue la economía. Es la misma justificación que
muy frecuentemente usan los gobiernos en todo el mundo cuando
quieren cortar partidas con beneficios a futuro, en favor de
partidas que proporcionan un beneficio político más
inmediato."67 Un Quevedo frustrado criticaba aún más
al gobierno, acusando que algunos miembros de la Secretaría
de Agricultura no eran muy honestos al hacer cumplir las leyes.69
La explicación de Gill para el fracaso de los programas
de conservación era más sistemática: "Uno
debe de aceptar con renuencia que la actual ley forestal de
México no ha impedido mayormente el saqueo de los bosques.
La historia de la nación tiene amplias pruebas de que
las leyes, por si mismas, tienen poca fuerza, a menos que detrás
de ellas se encuentre alerta la fuerza policiaca del gobierno
y la buena disposición de los habitantes de la nación."
Gill añadía, "La silvicultura sigue siendo una
materia interesante sólo para un pequeño puñado
de hombres y mujeres cultos y previsores, que en su mayoría
viven en la Ciudad de México. No se ha convertido en
una parte de la diaria existencia de México."69 Charles
Sheldon, un cazador de piezas mayores norteamericano, que se
lamentaba por la desaparición de los grandes mamíferos
que habían adornado sus viajes por los desiertos del
norte de México, también hacia notar la falta
de apoyo oficial y del público para uno de los decretos
más importantes para la fauna silvestre: la veda de diez
años del presidente Obregón para la cacería
del borrego cimarrón y del antílope (1922). Sheldon
exclamaba: "Eso [la prohibición] es todo. Ni recursos
para pagar a los guardias, ni planes de acción, van junto
con el decreto. No se dispone de deportistas que se preocupen
por exigir su cumplimiento, ni existen sentimientos locales
a favor de cuidar la fauna."70
Como
sugerían Gill y Sheldon, la aplicación de las
leyes de conservación se debilitaba por el desinterés
de poderosos funcionarios mexicanos y por la falta de un apoyo
público general. El presidente Lázaro Cárdenas
(1934-1940) corrigió el problema de la apatía
en los altos círculos políticos ya que él
mismo tenía un profundo interés en la protección
de los recursos, pero su administración aún se
enfrentaba a la difícil tarea de generar entusiasmo para
la conservación entre los mexicanos.
En
la campaña presidencial de 1934, Lázaro Cárdenas
se puso en contacto con Quevedo sobre su interés de encabezar
un Departamento Autónomo Forestal, de Pesca y de Caza.
Modestamente, al principio rechazó el ofrecimiento, diciendo
que era ingeniero y no político. Entonces Cárdenas
lo invitó a acompañarlo en un acto de campaña
en Veracruz. Después de la visita y de felicitar a Quevedo
por su trabajo en la creación de dunas arboladas (un
proyecto al que regresó a fines de los veinte), Cárdenas
volvió a preguntarle si aceptaría el puesto, y
esta vez Quevedo dijo que sí.71
Las
décadas de los veinte y los treinta fueron un período
productivo para la conservación en México. Cuando
Cárdenas llegó a la presidencia, muchas importantes
leyes de conservación ya estaban publicadas. Ahora era
el momento tanto de hacerlas cumplir, como de educar a la ciudadanía
sobre la necesidad de la conservación.