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Capítulo cinco


Conservación para el bien común: Los años de Cárdenas

 

Como Franklin D. Roosevelt (1933-1945), su contraparte en los Estados Unidos, el presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940) convirtió a la conservación de los recursos naturales en una de las más importantes prioridades de su administración. Tanto el Nuevo Trato (New Deal) de Roosevelt, como el programa populista de Cárdenas se exponían partiendo de la creencia de que el uso cuidadoso de los recursos naturales era de interés público. Roosevelt y Cárdenas compartían la convicción de que la conservación de los recursos naturales era necesaria no sólo para evitar pérdidas financieras inmediatas, sino también para asegurar la riqueza futura de sus naciones. Esta convicción se había forjado por las desastrosas consecuencias del abuso del medio ambiente en los Estados Unidos y en México. En los Estados Unidos, el uso ignorante de la tierra (particularmente la labranza removiendo los pastos nativos de la pradera) había exacerbado los efectos de una prolongada sequía. La culminación de este proceso fue el Dust Bowl (Tazón de Polvo) de principio de los años treinta, un periodo en el que miles de toneladas de tierra fértil del medio oeste fueron levantadas a la atmósfera por el viento. El Dust Bowl fue una tragedia, tanto natural como humana, de enormes proporciones.1 Como respuesta, la administración Roosevelt creó distritos de conservación del suelo formados por agrónomos que tenían a su cargo enseñar a los agricultores las técnicas necesarias para evitar otro Dust Bowl. Aunque México no sufrió una calamidad tan devastadora como ésta, muchas regiones en el país estaban fuertemente erosionadas y desforestadas. Para conservar los bosques y los suelos de México, la administración Cárdenas creó reservas forestales y zonas forestales protegidas.

Tanto Roosevelt como Cárdenas reconocían la necesidad de tomar medidas dirigidas para prevenir futuros desastres, y para restaurar las tierras degradadas. También creían que la conservación servía para llenar las necesidades económicas de la gente y del país. Así, los Cuerpos Civiles de Conservación no sólo plantaron miles de árboles en los Estados Unidos, el programa también proporcionó miles de trabajos durante la Gran Depresión. En México, el gobierno creó cooperativas en las que promovía la conservación como un medio de asegurar un ingreso sostenido para la población rural. Los presidentes Roosevelt y Cárdenas se daban cuenta que la conservación y el desarrollo eran metas complementarias.

La preocupación de Cárdenas por el ambiente era, en parte, producto del remordimiento. Como él mismo admitía, no había puesto atención a los asuntos ambientales cuando fue gobernador de su estado natal, Michoacán (1928-1934). Debido a esta negligencia, muchos de los hermosos bosques del estado fueron talados, y manantiales que antes eran muy grandes se habían secado. Durante su campaña presidencial, Cárdenas le confío a Quevedo su tristeza y decepción sobre cómo su ignorancia acerca de la conservación había llevado a tales daños. Sorprendido, se daba cuenta de que si seguía con tal ignorancia como presidente de México, perjudicaría no sólo a un estado, sino a toda la nación. Cárdenas le prometió a Quevedo, y a sí mismo, que no volvería a equivocarse en una escala mayor.2

Cárdenas también tenía una relación ideológica con la conservación que, además de su profesión de culpa con Quevedo, fue evidente cuando era gobernador de Michoacán. Parte de este programa, primero como gobernador, y luego como presidente, estaba dirigida al mejoramiento de los campesinos por medio del desarrollo de los recursos naturales a pequeña escala. Sin la conservación, estos recursos se agotarían, y los pobres se verían privados de una gran fuente de ingresos. De este modo, como un avance de sus acciones como presidente, Cárdenas canceló varias concesiones otorgadas a compañías madereras en su estado, y creó cooperativas forestales indígenas.3

Aunque la frase "lo pequeño es hermoso" todavía no se acuñaba, su esencia era parte de la filosofía cardenista.4 Ramón Beteta, miembro del grupo de asesores de Cárdenas, contempló una forma limitada de industrialización que evitaría los males de la urbanización, la inseguridad económica y el desperdicio, el triunfo de artículos mal hechos sobre las buenas artesanías, y la explotación de los seres humanos. Hablando a nombre de sus colegas, Beteta proclamaba: "Hemos soñado con un México de ejidos y pequeñas comunidades industriales, electrificado y con salubridad, en el que los bienes se proporcionarían con el propósito de satisfacer las necesidades de la población, en el que la maquinaria se usaría para aliviar al hombre de las pesadas tareas, y no para la llamada sobreproducción."5

En concordancia con esta visión, la administración de Cárdenas emprendió el programa de reforma agraria más grande en la historia de México, amplió los proyectos de irrigación a los pequeños agricultores, experimentó con "cultivos" alternos, tales como gusanos de seda y girasol (por el aceite), creó industrias rurales, y estableció cooperativas pesqueras y forestales. Sin embargo, "lo pequeño es hermoso" era sólo un aspecto del programa económico de Cárdenas. Su administración no tocó muchas de las grandes propiedades agrícolas en el norte, construyó grandes presas para dotar a estas propiedades con irrigación, siguió enfatizando la producción de cultivos de exportación, y aceleró el desarrollo de la industria, en parte al proveerla de energía hidroeléctrica barata que provenía de presas construidas en el altiplano central. (México todavía no llevaba a cabo un desarrollo hidrológico multipropósito en gran escala tal como el que se estaba haciendo en los Estados Unidos a través de la Autoridad del Valle de Tennessee pero, como en este país, el gobierno mexicano buscaba desarrollar la energía hidroeléctrica tanto para el beneficio de la gente pobre como de la gran industria). Cárdenas mantuvo en México una economía doble: una "moderna" (en gran escala) y otra "tradicional" (en pequeña escala). Lo que lo hizo único en el periodo post revolucionario fueron sus esfuerzos para desarrollar tanto el sector "tradicional" como el "moderno" simultáneamente, más que favorecer únicamente el desarrollo del sector "moderno".

El deseo de Cárdenas por proteger los recursos naturales lo llevó a crear la primera agencia autónoma de conservación en México: el Departamento Forestal, de Caza y Pesca.6 En el discurso que anunciaba la creación del Departamento, Cárdenas declaraba que la conservación de los recursos naturales era benéfica no sólo para la economía, sino también para la salud y bienestar de la población, ya que todos los seres humanos dependían del medio ambiente. Para ilustrar este punto, hacía notar que los bosques eran necesarios para regular el flujo de las corrientes de agua, para mantener el equilibrio climático, y para evitar la erosión del suelo. Añadía que en las áreas desprovistas de bosques la agricultura frecuentemente fracasaba, y algunas de estas tierras se convertían en desiertos. Más aún, los bosques proporcionaban valiosos hábitat para la abundante fauna silvestre de México. Por lo tanto, afirmaba que la conservación era de interés nacional y que la explotación irracional de la tierra debía de terminar.7 Cárdenas concluía su mensaje expresando su confianza de que "el pueblo de México, consciente de los grandes beneficios que le proporcionaban los bosques y la fauna, debería de cooperar con entusiasmo y fidelidad en este trabajo de salvación y protección de la naturaleza, un verdadero trabajo de conservación nacional."8

En su discurso, Cárdenas apoyaba fuertemente las campañas de Quevedo para lo conservación de los bosques y mencionaba claramente la convicción de éste de que los bosques eran críticos por razones tanto biológicas como económicas. Sin embargo, Cárdenas no era un defensor de la naturaleza tan intransigente como Quevedo. Creía que se necesitaban políticas flexibles para asegurar a los pobres un ingreso adecuado haciendo uso de los bosques y otros recursos naturales. Pero al fin y al cabo, era el primer presidente mexicano que asumía un interés activo en la conservación, y esto era un buen augurio para la protección de los recursos naturales en México.

Cárdenas dio instrucciones al Departamento Forestal, de Caza y Pesca de conservar los bosques de México, reforestar las áreas devastadas, crear viveros de árboles, administrar los parques nacionales, proteger la flora y la fauna de la nación, y estimular la investigación científica y la educación.9

Algunos miembros del Departamento estaban conscientes de la importancia de la publicidad para lograr esas metas. En 1935, el Departamento publicó el primer numero de Protección a la Naturaleza*, una revista trimestral diseñada para "extender el conocimiento ambiental a los obreros y campesinos y para que los turistas, tanto extranjeros como nacionales, se dieran cuenta de la belleza de la nación."10 El gobierno distribuía la revista de manera gratuita en un esfuerzo para lograr la mayor audiencia posible. Los artículos en Protección a la Naturaleza* estaban escritos en una forma para el beneficio del público en general. La revista contenía piezas de información sobre los parques nacionales de México, la diversidad biológica de sus bosques y los planes para las celebraciones del Día del Árbol. También se incluían en la revista apuntes de campo y descripciones de la rica fauna de la nación, frecuentemente acompañados de discusiones sobre el valor de los animales silvestres y su vulnerabilidad ante los seres humanos. De esta manera textos acerca de varias especies de aves enfatizaban el importante papel que jugaban en el control de insectos. Otros reportes sobre fauna silvestre explicaban porqué, debido a los preceptos de la biología reproductiva, la caza y la pesca de ciertas especies debía ser evitada. El tema recurrente en estos artículos era la importancia de ejercer la administración regulada de los recursos naturales de la nación.

Funcionarios en el Departamento Forestal, de Caza y Pesca comunicaban sus ideales directamente al público durante la celebración del Día del Árbol, y cuando visitaban cooperativas pesqueras y forestales. En esta y otras ocasiones, distribuían carteles y volantes a los campesinos*, en los que se enfatizaban los beneficios que podían resultar de la protección forestal. Un cartel mostraba a una familia de campesinos bajo un árbol, con una leyenda que decía: "Cuida al árbol que da abrigo y valioso alimento a la gente de los campos y de las montañas, embelleciendo también el paisaje."11 El gobierno promovía constantemente la idea de que el árbol era un amigo de la gente y que debería ser tratado como tal.

No fue una sorpresa que hiciera de la conservación del bosque la principal actividad de su Departamento. Con el apoyo de Cárdenas, Quevedo tuvo éxito en el establecimiento de un sistema nacional de reservas forestales y de zonas forestales protegidas. Como lo autorizaba la ley forestal de 1926, estableció reservas forestales en áreas en las que su cubierta forestal había sido determinada como de importancia biológica. Dentro de las reservas, individuos o grupos podían dedicarse al corte de los árboles, únicamente después de llevar a cabo consultas con el gobierno. También, de acuerdo con la ley forestal de 1926, Quevedo formó zonas forestales protegidas a lo largo de las vertientes de los ríos y cerca de las ciudades, donde se consideraba a los bosques como biológicamente indispensables. Dentro de estas zonas, sólo se podían cortar árboles marcados; por fin Quevedo estaba en posición de implementar los contenidos de la ley forestal de 1926, que él mismo había ayudado a redactar.

Quevedo buscaba restaurar tanto como proteger las zonas boscosas de México. La reforestación se convirtió en uno de los programas más importantes del Departamento. Durante la presidencia de Cárdenas, se plantaron dos millones de árboles en el Valle de México y cuatro millones más en el resto de la República.12 En sus esfuerzos de reforestación, la administración de Cárdenas reclutó el apoyo de varios grupos, incluyendo al ejército.13 Camiones militares transportando soldados y renuevos se convirtieron en una escena muy común.14 Para llenar las necesidades de nuevos árboles, el gobierno amplió el sistema de viveros nacionales, estatales y municipales. También creó viveros escolares para que los jóvenes aprendieran a apreciar a los árboles.15 Pronto, pequeños árboles comenzaron a salpicar las desnudas colinas cerca de las ciudades y pueblos de México.

Junto con la reforestación, la creación de cooperativas forestales era uno de los más importantes objetivos del Departamento. A fin de dar a los campesinos una alternativa para su economía de una sola cosecha de maíz, los funcionarios forestales promovieron la investigación y el desarrollo de nuevos usos para los productos forestales, tales como maderas preciosas, chicle, fibra de ixtle y cera de candelilla.16 La intención de Cárdenas al crear cooperativas forestales era remplazar la explotación irracional de los recursos forestales por grandes compañías tanto extranjeras como nacionales, con el uso a pequeña escala de esos recursos por los indígenas, quienes obtendrían beneficios económicos de los bosques y, al mismo tiempo, los conservarían.17

Los planes para la creación de una economía forestal y de industrias rurales en el sureste de México, nos dan un ejemplo del programa de desarrollo a pequeña escala contemplado por la administración de Cárdenas. Quevedo recomendaba que los campesinos* de la región plantaran árboles de algarrobo y de mora para forraje del ganado, palmas de coco, de los que se podrían obtener aceites y jabones, y con cuyos productos se hacían cepillos y escobas, y árboles frutales. Alrededor de las comunidades costeras, se podrían desarrollar pesquerías y empacadoras de pescado. La playas de Isla Mujeres y Cozumel ofrecían magnificas oportunidades para el turismo, aunque Quevedo tenía en mente una escala de desarrollo mucho menor que los grandes centros turísticos que, eventualmente, se construirían en la región. Cárdenas y Quevedo básicamente estaban buscando un desarrollo sustentable para la región, una estrategia que sería adoptada de nuevo por los conservacionistas mexicanos durante la década de los setenta.18

En sus recorridos por Quintana Roo, Quevedo se dio cuenta de los obstáculos para un programa de uso sostenido de los recursos en la región. Sus vuelos sobre el estado le causaron una gran impresión, al ver como vastas áreas que antes tenían una lujuriosa vegetación, habían sido convertidas en chaparral. Los concesionarios forestales habían explotado exageradamente los bosques de esta entidad, sin hacer caso a los reglamentos forestales y a los lineamientos de una administración científica. Quevedo observaba que habían hecho "la explotación del chicle en una forma tan intensa, en árboles aún no maduros, lo que los mataba y, como sucede en otras partes de la República, especialmente con la extracción de resina, la masa forestal desaparece rápidamente, siendo remplazada por especies secundarias de bajo o nulo valor."19

Como anotó, parte de la destrucción de los bosques de Quintana Roo había sido acelerada por compañías extranjeras: "Esta explotación ruinosa de chicle y maderas preciosas por concesionarios es producida en parte por intermediarios que tratan directamente con las compañías extranjeras que exportan madera desde Quintana Roo, intermediarios y negocios a quienes no les importa el interés nacional de México, se muestran indiferentes ante los reglamentos forestales, ya que sólo tienen su interés personal."20 Los intermediarios siguieron operando en la región aún después de que muchos concesionarios forestales fueron desplazados por la creación de ejidos*. El gobierno trataba de eliminar a los intermediarios y en una forma muy reglamentada permitir a los ejidos* vender directamente sus productos forestales a las compañías extranjeras. Quevedo condenaba a los propios ejidatarios* por persistir en su ruinosa práctica de agricultura de tumba y quema. Tanto los extranjeros como los mexicanos estaban destruyendo los bosques de la nación.21

Para cambiar las destructivas prácticas forestales de los campesinos*, el gobierno tenía que asegurar un ingreso adecuado para las miembros de las comunidades rurales. Un reporte del Departamento del Interior de los Estados Unidos sobre conservación en México identificaba claramente el reto al que se enfrentaba la administración de Cárdenas:

"A menos que el gobierno pueda encontrar medios con los que puedan pagar buenos jornales a las cooperativas forestales y asegurar mejores condiciones de vida para los campesinos dedicados a la agricultura, aún el darse cuenta de la necesidad de preservar los bosques, no evitará que los peones mexicanos sigan obteniendo las ganancias que puedan con su explotación, aunque sea en forma ilegal o no científica.22

Así, a menos que los campesinos pudieran obtener más beneficios de los productos forestales (mucho de los cuales se podían lograr sin matar el árbol) que talándolos o desmontando terrenos para agricultura, no conservarían los bosques.

Por falta de incentivos, los programas de conservación del gobierno fallaron. Un ejemplo perfecto de esto fue la campaña del Departamento Forestal, de Caza y Pesca para sustituir la leña por petróleo y gas, como combustible. En las áreas rurales, la madera era la única fuente de combustible, y la recolección de leña era una de las principales causas de la destrucción de los bosques. Aunque con buenas intenciones, el programa del gobierno fracasó porque no tomó en cuenta la diferencia de costo entre la leña barata y los caros combustibles fósiles.23

A través del sistema de impuestos, el gobierno dio incentivos para la conservación de los bosques. Eliminó los impuestos sobre las existencias en pie, gravó menos la madera muerta que la madera cortada, y menos a los árboles cortados en áreas remotas que aquellos cerca de las áreas urbanas.24 Pero, haciendo una excepción que reflejaba la preocupación de Cárdenas por los pobres, a los campesinos* no se les gravaba en la venta de todos los productos forestales. En 1938, el gobierno declaró que "el campesino* cuyo único medio de subsistencia sea usar individualmente la madera, puede llevar a vender productos forestales (hasta por quince pesos a la semana) sin temer al recaudador de impuestos."25 Cárdenas, sino Quevedo, estaba dispuesto a aliviar la carga económica sobre los sectores más pobres de la sociedad, aunque eso significara una mayor explotación de los recursos forestales.

El programa de conservación de Cárdenas se basaba en restricciones tanto como en incentivos. Para ejercer una vigilancia más efectiva en los bosques de México, Cárdenas amplió el servicio forestal. Durante su administración, escuelas forestales recién creadas capacitaron a más de mil empleados forestales.26 Pero, el servicio forestal todavía enfrentaba escasez de personal. Otro problema era que, debido a sus bajos salarios, los forestales eran susceptibles a la corrupción. El servicio forestal no contaba con suficiente personal ni estaba justamente pagado para poder asegurar el cumplimiento de la legislación forestal.27 Aquellos guardas forestales que intentaban hacer cumplir estrictamente los reglamentos forestales eran frecuentemente sujetos de reprobación por parte de las comunidades campesinas. En una confrontación típica del periodo, Francisco Barrera, secretario de Acción Agraria del Comité de Comunidades Agrarias y Sindicato de Campesinos* de Coahuila, exigía que el gobierno cambiara a un guarda forestal, a quien identificaba como: "un enemigo de las aspiraciones de los campesinos* para su emancipación," con uno que simpatizara más con la ideología de la unión de campesinos.28 Muchas comunidades campesinas coincidían con Barrera en que las restricciones en el uso de sus bosques eran excesivas, y frecuentemente expresaban su desaprobación violando las disposiciones.

En su reencuentro con México, Quevedo estaba desanimado por la cantidad de destrucción forestal de que había sido testigo. Le parecía que muchos mexicanos solo apreciaban el valor de los bosques hasta después de que habían sido talados. En sus exploraciones por ríos de Campeche y Veracruz (estados del Golfo de México), relataba como la intensa tala de árboles en las zonas altas había afectado negativamente el clima y la economía de la región: "El nivel del agua es muy bajo, no ha habido suficiente lluvia en esta zona y uno ve la erosión causada por la desforestación, que tiene serios efectos de contaminación a las aguas, haciéndolas inútiles para la pesca, y disminuyendo la navegabilidad de los ríos."29 Quevedo decribía igualmente, cómo la desforestación había dañado la economía rural del estado de México, especialmente entre el Desierto de los Leones y Bosencheve, donde el árido paisaje únicamente se rompía con un pequeño bosque en el Parque Nacional Nevado de Toluca.30 Afirmaba que, las condiciones previamente favorables para la agricultura en los valles, como Toluca y Lerma, se habían perdido. Los hacendados* y los campesinos* estaban de acuerdo en que no valía la pena practicar la agricultura en estos y otros valles del estado [de México] debido a alteraciones en el clima y en el ciclo hidrológico producidas por la excesiva tala de árboles en las montañas vecinas."31 En 1939, Quevedo presentó un resumen general del problema:

"Cada día el problema forestal de México se vuelve más grave: los grandes bosques están siendo devastados en una forma alarmante, la producción de chicle disminuye año con año, las maderas duras y aún la leña no se pueden obtener en regiones clasificadas antes como densamente arboladas. Por doquier uno observa bosques empobrecidos y arruinados por la avaricia y la estupidez y casi podemos afirmar que México está camino del desastre".32

Quevedo sostenía que el financiamiento inadecuado había obstaculizado los esfuerzos de su departamento para proteger los bosques de México. En 1938, Quevedo solicitó un presupuesto de 8,397,860 pesos, pero le fueron asignados solamente 3,200,000 (aproximadamente 900,000 dólares). Entre 1935 y 1938, las asignaciones para el departamento se habían incrementado en la modesta suma de 850,000 pesos.33 Pero aún así, Quevedo entendía que el dinero era sólo una parte del problema. Más que dinero, un programa de conservación exitoso requería de un compromiso de todos los sectores de la sociedad. Creía que las intenciones de Cárdenas eran buenas pero que no había ido al meollo del asunto, ya que Quevedo sentía que el problema forestal de México era tan complejo y difícil que únicamente una campaña permanente del gobierno a favor de la conservación de los bosques, y que contara con el apoyo de toda la ciudadanía, podría tener éxito.34

John Jernegan y Roger Tyler del Departamento del Interior norteamericano presentaron una de las evaluaciones más astutas de la significación histórica en la conservación durante los años de Cárdenas:

"El actual programa de conservación de México es el primer intento científico que se haya hecho para preservar los recursos naturales del país. La destrucción de los bosques en México ha sido consternante. Aún ahora, a pesar de los esfuerzos del Departamento Autónomo Forestal, de Caza y Pesca, la pérdida de recursos forestales es enorme. Pero se ha logrado un comienzo, y en razón de la idea que está detrás de él, aunque no por los resultados obtenidos, el programa de conservación en México es importante."35

El programa de conservación de Cárdenas era ciertamente un esfuerzo pionero para diseñar políticas sociales y económicas que pudieran mantener un equilibrio ecológico en el país de beneficio tanto para la naturaleza como de la población.

Uno de los logros más visibles del Departamento Forestal, de Caza y Pesca fue la creación de parques nacionales. Antes de 1935, México tenía solamente dos parques nacionales: el Desierto de los Leones (1917) y El Chico (1922). Cárdenas creó cuarenta parques nacionales (que por extensión constituyen aproximadamente tres cuartas partes del actual sistema de parques nacionales de México). De éstos creados por Cárdenas, diez fueron separados por su significación histórica y arqueológica, y veintidós eran menores en extensión que el Parque Nacional de Hot Springs, el más pequeño de los Estados Unidos. Aún así, algunas de las áreas que Cárdenas escogió eran verdaderos parques nacionales.36 En muchos aspectos, la experiencia de México en parques nacionales igualaba a la de Estados Unidos.(37) Como sus colegas norteamericanos, los funcionarios mexicanos rara vez creaban un parque que abarcara ecosistemas completos. Ellos también protegían más frecuentemente ecosistemas de tipo alpino de coníferas que ecosistemas menos "escénicos". En contraste con los Estados Unidos, sin embargo, las autoridades mexicanas establecieron parques nacionales en áreas que contenían recursos naturales valiosos, especialmente forestales. El gobierno prohibió la tala comercial en los parques nacionales de México hasta 1960 (la ley forestal de ese año permitía operaciones madereras conjuntas de gobierno y campesinos dentro de los parques).38 Al menos por un tiempo, el gobierno mexicano trató de impedir la explotación de valiosas tierras madereras dentro de los parques nacionales.

Quevedo, por ejemplo, argumentaba que el proteger los bosques se justificaba porque beneficiaba a los agricultores: "Debo de corregir la creencia de que los parques son un gasto de los recursos fiscales, cuando uno considera la disminución en la agricultura, que se puede remediar sólo por medio de la reforestación."39 Desde esta perspectiva, evitar la explotación de un recurso era necesario para salvar otro.

La administración de Cárdenas seleccionaba áreas para parques nacionales con base en tres criterios: belleza escénica, potencial recreativo y valor ecológico. Debido a la importancia que le asignaba a los ecosistemas forestales, Quevedo creó un sistema de parques nacionales cuya parte central eran los bosques altos de coníferas en la meseta central. Defendía este aspecto con el argumento de que los bosques de las tierras altas de México constituían el territorio paisajístico, más accesible y ecológicamente más valioso dentro del país.40

Como en el caso de los Estados Unidos, los conservacionistas mexicanos trataron de crear una clientela que apoyara los parques nacionales. Los artículos sobre parques nacionales en Protección a la Naturaleza estaban acompañados por fotografías que mostraban estacionamientos atestados, excursionistas felices en lagos de las montañas y tranquilos caminantes gozando de los senderos en los bosques. El gobierno estaba ansioso de verificar la popularidad de los parques nacionales de México y entusiasmar a otros para que los visitaran.

Los conservacionistas enfatizaban el valor terapéutico de los parques nacionales de México. Las áreas silvestres proporcionaban un escape perfecto de los constantes ruidos y presiones de la ciudad. Los residentes urbanos podían ir a los parques nacionales para relajarse y gozar con la belleza de la naturaleza.41 Quevedo enfatizaba que la gente que vivía en zonas rurales también podía beneficiarse con la existencia de parques nacionales. Estableció lugares al aire libre con agua potable donde los campesinos, que habían trabajado tan duramente en los campos de cultivo, pudiesen gozar de sus alrededores naturales por medio de paseos de esparcimiento.42 Quevedo trataba de presentar, tanto a mexicanos como a extranjeros, las bellezas naturales del país. Presumía de que los bosques fríos, templados y tropicales del país, contenían la flora más diversa en el mundo. Más aún, su ubicación entre imponentes montañas representaba una "maravilla de la naturaleza que no se presentaba en otras naciones". Argumentaba que México debería conservar sus bosques a cualquier costo para el gozo de la población y especialmente para los turistas que decían que preferían a México por su clima, moderado por sus bosques, y no por sus ciudades que habían perdido su carácter colonial. Indudablemente vendrían más en el futuro para disfrutar sus parques nacionales con sus magnificas montañas y bellos bosques. Quevedo creía que el turismo internacional serviría para favorecer la cooperación entre México y otros países.43 Aducía que al crear parques nacionales, el país se había colocado al nivel de los más civilizados.44

La cooperación internacional de una naturaleza más tangible ocurrió en 1935, cuando una delegación mexicana encabezada por Miguel Ángel de Quevedo y una delegación norteamericana, se reunieron para discutir la creación de una Comisión Internacional de Parques.45 El siguiente año, dicha Comisión, compuesta por miembros mexicanos y estadounidenses, convino en promover el establecimiento de parques nacionales, refugios de fauna silvestre y reservas forestales a lo largo de la frontera entre México y los Estados Unidos.46 Ambos países si crearon refugios de fauna y reservas forestales junto a la frontera, pero Cárdenas nunca impulsó la creación de un parque internacional en la región.

El gobierno mexicano enfrentó una tarea extraordinariamente difícil para administrar los parques nacionales. En contraste con los Estados Unidos, donde los parques nacionales eran creados en terrenos ya de propiedad publica (o, en aquellos casos en que la propiedad, aún siendo privada, podía ser comprada a sus dueños, o terminar con la muerte de los mismos), los parques nacionales de México frecuentemente incluían áreas que no eran propiedad del gobierno. Más aún, como la ley mexicana prohibía la compra de tierras comunales, los funcionarios públicos tenían que conseguir el apoyo de los campesinos para proteger sus recursos dentro de los parques nacionales.

Desafortunadamente, durante la administración de Cárdenas, el uso humano amenazó la flora y la fauna en varios parques nacionales. Uno de los más afectados fue Cumbres del Ajusco (1936), localizado cerca de la Ciudad de México. En 1938, Antonio H. Sosa, un funcionario de la división de Parques Nacionales, comentó que la tala de madera para fabricar papel y para usos domésticos, el pastoreo de ganado y los incendios, habían cobrado una fuerte cuota a los bosques del Ajusco. Estas actividades no habían cesado simplemente porque el Ajusco se había convertido en parque nacional.48 Como en el pasado, los conservacionistas mexicanos se enfrentaban a la difícil tarea de convencer a la gente que vivía en el margen, de no explotar todos los recursos que tenía disponibles.

Durante la administración de Cárdenas, se lograron algunos avances en el área de la Conservación de la fauna silvestre, aunque recibía menos atención por parte del departamento que la conservación de los bosques. La división de caza estaba encabezada por Juan Zinzer, un respetado administrador de fauna silvestre y viejo amigo de Quevedo. Bajo la dirección de Zinzer, la división estableció refugios de fauna, firmó un tratado sobre aves migratorias con los Estados Unidos, y fomentó el establecimiento de grupos de cacería. Los funcionarios de caza también prohibieron la cacería de especies sobreexplotadas como el venado cola blanca, el venado bura, los pavos silvestres, los faisanes, el borrego cimarrón y el antílope (ampliando la moratoria establecida originalmente por el presidente Obregón) e hicieron cumplir la prohibición contra las armadas* o baterías de disparo.49 Zinzer estaba sentando las bases para una política efectiva de conservación de la fauna silvestre en México.

Una de las principales prioridades de la oficina era la protección de las poblaciones de aves en México. Con ayuda del ejército, los funcionarios de caza hicieron grandes avances en la eliminación de las armadas* para matar patos en el valle de México. De acuerdo a un cálculo estimado de la división de caza mexicana y del Instituto de Biología en Washington, D.C., las poblaciones de patos habían crecido en un 40 % en la región desde la prohibición de las armadas* en 1932.50 Esta prohibición era más fácil de hacer cumplir que la mayoría de las otras disposiciones sobre fauna silvestre porque la cacería de patos por mexicanos estaba casi confinada exclusivamente al valle de México.51 En sus esfuerzos por proteger a las aves migratorias, el servicio de caza se enfrentaba a una tarea mucho más difícil. Un pequeño grupo de guardas de caza no sólo tenía que patrullar un gran territorio, sino contar también con la cooperación de los Estados Unidos. El primer paso para recibir esa cooperación se logró en 1936, cuando los Estados Unidos y México firmaron el Tratado para la Protección de Aves Migratorias y Mamíferos Cinegéticos. El tratado establecía una temporada de cacería de cuatro meses para las aves migratorias, obligaba a México y a los Estados Unidos a crear refugios para fauna silvestre, prohibía la cacería aérea de aves, proscribía el tomar huevos y nidos de aves, prohibía el transporte o la venta de mamíferos y aves (vivos o muertos) o de sus productos y partes (excepto cuando, con la debida autorización, procedieran de granjas privadas de animales de cacería, o cuando se usaran con propósitos científicos, propagación o para museos), y prohibía matar aves insectívoras, excepto aquellas que perjudicaran a la agricultura.52 Los conservacionistas de México y de los Estados Unidos tenían la esperanza de que con el tratado podrían detener las actividades de cazadores de los Estados Unidos los que, además de la destrucción de los hábitat, estaban amenazando la existencia de varios grandes mamíferos y aves de caza en el norte de México. Sin embargo, se tendrían que decepcionar. A pesar de la cooperación entre los funcionarios de México y los Estados Unidos, el Servicio de Peces y Fauna Silvestre de los Estados Unidos estimó en 1948, que cazadores norteamericanos mataban ochocientos patos a la semana en el norte de México.53 También habían contribuido a la extinción casi total del oso gris y del lobo gris mexicanos.54 A pesar de todo esto, sin embargo, el Tratado para la Protección de Aves Migratorias y Mamíferos Cinegéticos de 1936 fue un paso importante hacia la cooperación internacional entre México y Estados Unidos a favor de la fauna.

Los funcionarios de fauna norteamericanos y mexicanos se reunían anualmente en la Conferencia Norteamericana de Fauna Silvestre. En estas conferencias, Zinzer informaba a los delegados norteamericanos y canadienses sobre los programas que su gobierno estaba desarrollando para asegurar la conservación de los animales silvestres55 expresaba su optimismo sobre la capacidad del servicio de caza para asegurar la conservación de la vida silvestre en México. En conversaciones privadas con los delegados, Zinzer escuchaba ideas sobre como México podía mejorar sus programas de administración de caza, y expresaba los deseos de su gobierno de cooperar efectivamente con los Estados Unidos en la reglamentación de la cacería en los regiones fronterizas.56 Al concurrir a las conferencias, Zinzer ayudó a formar una red profesional entre funcionarios de caza de Estados Unidos y México.

La decisión de la división de caza de apoyar la proliferación de clubes de caza deportiva, estaba inspirada parcialmente en la experiencia de los Estados Unidos.57 Los conservacionistas mexicanos se daban cuenta de que muchos cazadores deportistas habían promovido activamente la conservación en los Estados Unidos. Por el contrario, en México sólo un puñado de cazadores, conscientes de la disminución en las especies de cacería, apoyaban voluntariamente el programa de conservación del gobierno.58 Tanto los cazadores de subsistencia que mataban animales para alimentarse, como los cazadores comerciales que lo hacían por negocio, se opusieron a los esfuerzos para controlar sus actividades. La administración de Cárdenas esperaba que con la creación de clubes de cacería se podría aumentar la base de cazadores educados, que entendieran la necesidad de la conservación, hasta llegar eventualmente al punto en que los cazadores anticonservacionistas se convertirían en un grupo minoritario en México. La administración de Cárdenas, y los gobiernos que siguieron tuvieron sólo éxito limitado en esta área. A diferencia de los Estados Unidos, nunca surgió en México, un fuerte cabildeo de cacería proconservacionista, en parte porque la mayoría de los mexicanos no tenían el tiempo libre ni el dinero para convertirse en cazadores por deporte.

Como en el caso forestal, la administración de Cárdenas dio a los pobres privilegios de cacería especiales. Por ejemplo, el gobierno concedió a las comunidades pobres en el Valle de México y en el cercano Lerma cinco permisos gratuitos para la cacería comercial de patos con disparos individuales, dio preferencia a los campesinos* en el norte de México al conceder permisos para la captura y la exportación de codorniz viva, y recomendó a los funcionarios de caza penalizar lo menos severamente posible a los indígenas que violaran los reglamentos de caza.59 Estas concesiones correspondían a la orientación proindígena de Cárdenas, aunque no tanto con los objetivos de conservación de su gobierno.

En la introducción de la ley de fauna de 1940, la administración de Cárdenas declaraba sus objetivos utilitaristas: "Se declara de interés público la conservación, restauración y propagación de animales silvestres útiles para el hombre y el control de los animales dañinos." La misma ley establecía tarifas para la cacería comercial y para la obtención de partes animales, con la excepción crítica de los productos utilizados en la industria. Hasta cierto punto, la ley tomaba en cuenta el valor ecológico y estético de la fauna silvestre. Por ejemplo, los funcionarios del gobierno codificaron muchas de las restricciones que la división de caza había establecido para la cacería de especies amenazadas. También autorizaron el establecimiento de reservas y refugios para animales en peligro de extinción. Sobre todo, la ley reflejaba la creciente fuerza de los conservacionistas utilitaristas en México al final de la presidencia de Cárdenas.60

Durante sus cinco años de existencia, (de enero de 1935 a enero de 1940), la división de caza enfrentó la tarea enormemente difícil de proteger la fauna silvestre del país. Debido a su limitado personal, el departamento estaba en gran desventaja entre los cazadores. Sin embargo, tan significativo era el hecho de que México al fin tenía funcionarios de alto nivel que estaban dedicados a la conservación de la fauna. Se dedicaron, con limitado éxito, a reglamentar la cacería en toda la República.

Francisco Rubio Castañeda, a cargo de la división de pesca, trató de convencer a los pescadores de la necesidad de impulsar cosechas de rendimiento sostenido. Presentaba su caso así: "Haciendo una explotación racional y metódica de los peces, no existe peligro de agotamiento, por lo contrario, uno asegura para siempre una fuente de producción que proporciona a los pescadores una fuente de ingresos." La división de Castañeda estableció cooperativas pesqueras para estimular el uso racional de las pesquerías para el beneficio de las poblaciones locales. Como en el caso de las cooperativas forestales, la administración de Cárdenas trató de promover los intereses de los pequeños productores sobre los intereses de los grandes productores.62 Por ley, el gobierno no podía negar concesiones a los pescadores de subsistencia.63 Por otro lado, el gobierno podía, y frecuentemente lo hacía, negar concesiones a las grandes operaciones pesqueras.

La división de pesca buscaba conservar especies de peces prohibiendo su captura durante la época de reproducción, exigiendo que se cumplieran los límites de tamaño, y reglamentando los tipos de red y otras tecnologías que podían ser usadas para capturar peces.64 La conservación, sin embrago, era sólo una parte del programa de la oficina. Casi ensombreciendo los esfuerzos de conservación de la división se encontraban sus esfuerzos para propagar especies de peces en los cuerpos de agua mexicanos. De Cárdenas para abajo, existía consenso entre los conservacionistas del gobierno de que México podía hacer mejor uso de sus pesquerías. Desde su perspectiva, éstas representaban un recurso de gran potencial que, si se explotaban adecuadamente, podrían reducir la dependencia de México de los productos agrícolas. En otras palabras, las presiones para abrir tierras marginales a la agricultura se podrían reducir si los mexicanos comieran más pescado. Para desarrollar sus pesquerías, México buscó asistencia técnica extranjera. Castañeda usó a los Estados Unidos como enlace para contratar limnólogos japoneses (el gobierno mexicano sabía que los Estados Unidos habían contratado limnólogos para dar cursos en sus escuelas).65 Después de recorrer el país, estos expertos sugirieron que México podría aumentar la producción pesquera introduciendo especies exóticas en sus cuerpos de agua. Hicieron notar a los biólogos mexicanos que, especialmente en los estuarios costeros, había un gran potencial para ampliar los lechos de ostión y camarón.66 En 1939, Quevedo hacia notar que gracias a la asistencia japonesa se habían establecido muchas estaciones limnológicas en México, y que estas habían intentado resolver el problema de producción al introducir especies valiosas en aguas interiores. Sin embargo, advertía que el problema no estaba totalmente resuelto. Enfatizaba que el siguiente gobierno tendría que mantener estos esfuerzos.67 Para bien o para mal, el ruego de Quevedo no fue seguido por los gobiernos subsecuentes. Los trabajos de la división de pesca se conservarían como el punto máximo en los esfuerzos de propagación pesquera por varias décadas posteriores.

Una parte substancial de los esfuerzos de la división de pesca para conservar y propagar especies de peces se enfocó en el Lago de Pátzcuaro, uno de los lagos naturales más grandes de México. Significativamente, desde una perspectiva política, está situado en Michoacán, estado natal de Cárdenas. La historia del lago estuvo estrechamente ligada a su carrera política. Cuando fue gobernador de es estado, permitió la introducción de lobina negra en el lago, sin saber que una de sus presas favoritas era el económicamente valioso pescado blanco. Poco después de llegar a la presidencia, ordenó a los científicos eliminar del lago la lobina negra.68 Eventualmente, los científicos mexicanos y los limnólogos japoneses convencieron a Cárdenas de que, aunque la lobina negra había ocasionado una disminución del pescado blanco, la principal causa de la casi desaparición de la especie había sido la pesca excesiva. Por ellos, Cárdenas supo que los indígenas estaban usando una red cuyos claros eran tan pequeños que ni aún peces diminutos pasaban por ahí. Rápidamente respondió a sus reportes estableciendo un tamaño mínimo para los claros en las redes de pesca.(69) Además, creó un refugio para el pescado blanco en un extremo del lago, y dio instrucciones para que se llevaran a cabo trabajos de reforestación en la región, que evitaran que la erosión del suelo contaminara el agua del lago.70 Los limnólogos japoneses informaron al presidente que una especie comestible japonesa podía ser introducida en el lago sin dañar al pescado blanco.71 El lago de Pátzcuaro ejemplifica como la ciencia, la política y el deseo de conservar y propagar peces de especies económicamente valiosas dieron forma a la política pesquera durante la época de Cárdenas.

Quevedo cedió la conservación de las pesquerías marinas a la Secretaria de Marina, con el razonamiento de que su departamento no contaba ni con los elementos humanos, ni con las embarcaciones necesarias para patrullar las aguas costeras de México. La Secretaría de Marina también estaba limitada en sus esfuerzos para proteger la vida marina de México por la falta de un acuerdo pesquero internacional. En 1925, los gobiernos de México y los Estados Unidos habían acordado establecer una comisión conjunta que fijaría las temporadas de pesca y determinaría qué tipo de tecnologías pesqueras se deberían de usar, pero México abrogó la convención en 1927, debido a conflictos sobre los derechos de pesca (particularmente la negativa de los Estados Unidos para pagar un impuesto de exportación a la tasa fijada por el gobierno mexicano). En 1931, funcionarios de México y de los Estados Unidos acordaron restablecer la comisión internacional de pesquerías para preservar la vida marina, los crustáceos, la tortuga y los mamíferos en la costa mexicana del Pacífico: muchas especies, hicieron notar los negociadores, estaban en "grave peligro de exterminación ". Sin embargo, una vez más, el acuerdo fracasó debido a desavenencias económicas.73 A mediados de la década de los treinta, sólo quedaba una comisión de pesca débil formada únicamente por miembros de los Estados Unidos. El hecho de que la Secretaría de Marina no estaba dispuesta una vigilancia adecuada sobre el mar y no poseía un personal técnico para asegurar la conservación de la vida marina, hacía peor una situación ya de por si problemática.74 Así, en 1935, los pescadores de Estados Unidos extraían de aguas costeras mexicanas el doble de peces que los mexicanos (16,865 contra 8,388 toneladas).75 Y los Estados Unidos eran sólo uno de los países que explotaban las pesquerías marinas mexicanas.

Cuando colectaba especímenes marinos en el Mar de Cortés en 1940, el novelista norteamericano John Steinbeck observó el saqueo de la vida marina por pescadores extranjeros:

"Además de los camarones, estas embarcaciones matan y desperdician muchos cientos de toneladas de peces cada día, varias de las cuales son desesperadamente necesitadas como alimento. Quizá el Ministerio de la Marina no se ha dado cuenta todavía de que uno de los recursos importantes de México está siendo extinguido. Si no se ha hecho aún, deben de imponerse límites a la captura, y no permitirse que esta región sea tan intensamente explotada. Entre otras cosas, debe llevarse a cabo el estudio cuidadoso de esta área, para que se pueda comprender su potencial y la captura mantenida en equilibrio con la existencia. Así habrá camarón disponible indefinidamente. Si no se hace esto, en muy corto tiempo veremos el fin de la industria pesquera".76

John Steinbeck, que era un agudo observador tanto de la humanidad como de la naturaleza, estableció el punto crucial del asunto:

"El funcionario mexicano y el capitán japonés eran, ambos, buenos hombres, pero por su asociación en un proyecto dirigido, honesta o deshonestamente, por fuerzas atrás y sobre ellos, estaban cometiendo un verdadero crimen contra la naturaleza y contra el bienestar inmediato de México, y el bienestar eventual de toda la especie humana".77

Varios mexicanos compartían las observaciones de Steinbeck, pero la reglamentación de la pesca marina quedó fuera de su control.

Durante los veinte y los treinta, el gobierno no puso suficiente atención a la pérdida de los suelos.78 De 1926 a 1940, los agrónomos de distrito estuvieron encargados de enseñar a los agricultores buenas prácticas de agricultura, pero este programa no contaba con suficientes recursos económicos.79 La administración de Cárdenas enfocó casi toda su atención a evitar la erosión en áreas boscosas, más que en los pastizales y tierras de labor. En 1939, Cárdenas ordenó a la Comisión Nacional de Irrigación explorar los suelos en los distritos de irrigación para evaluar con más exactitud la necesidad de tomar medidas para el control de la erosión. El jefe de la exploración, Lorenzo Patiño, declaró que en algunas partes del país los agricultores habían tenido que abandonar sus tierras, antes fértiles, porque la erosión había dejado únicamente subsuelos pedregosos que casi no podrían servir para plantas de ningún valor. Patiño declaró que la erosión del suelo era un problema grave que requería de la inmediata atención del gobierno.80 La advertencia de Patiño presagiaba el surgimiento de la conservación del suelo como un asunto de interés nacional en México.

En enero de 1940, Lázaro Cárdenas anunció el cierre del Departamento Forestal, de Caza y Pesca. Adujo que su decisión se había debido principalmente a limitaciones de presupuesto. Quevedo no estuvo de acuerdo con éste razonamiento, haciendo notar que a través de multas, impuestos y pagos por licencias, el departamento era una de las pocas agencias del gobierno que recibían más dinero que del que gastaban.81 Aparentemente, la decisión de cerrar el departamento se debió a otros factores que el presupuesto.

Durante su presidencia, Cárdenas había recibido muchas quejas sobre la manera en que Quevedo había manejado el Departamento Forestal, de Caza y Pesca. Al mismo tiempo, la Secretaría de Agricultura seguía presionando con su pretensión de que era la agencia adecuada para administrar los bosques y la fauna de México.82 Entre los cargos que hacían los ciudadanos mexicanos a Quevedo, estaba el de que había fallado en lograr que sus subordinados aplicaran la ley, que no había dado adecuada dirección y paga al servicio forestal, y que no había permitido al no permitido, el adecuado desarrollo de los recursos naturales.83 Debido a sus antecedentes aristocráticos y su "servicio" a Porfirio Díaz, Quevedo era particularmente vulnerable a las críticas de que tenía convicciones antirrevolucionarias.

El conservacionista de la fauna, Rodolfo Hernández Corzo, dio un resumen retrospectivo sobre cómo se sentían muchos grupos de campesinos y obreros durante ese periodo cuando dijo que: "Quevedo actuó contra la reforma agraria y la utilización de los bosques para beneficio del campesino* y continuamente peleaba con la Secretaría de Agricultura sobre el desarrollo del territorio nacional. Quevedo era un conservador social o, mejor aún, un reaccionario opuesto a todas las instituciones y programas de la Revolución."84

Algunas de estas críticas resultaron ciertas. Quevedo no apoyó el programa de reforma agraria de Cárdenas porque creía que los campesinos ampliarían sus campos a costa de los bosques.85 También se mostró molesto de la decisión presidencial de suavizar los reglamentos para la conservación de los bosques y la fauna para el beneficio económico inmediato de los campesinos*. Cárdenas y Quevedo no compartían una filosofía de conservación idéntica. Cárdenas consideraba la conservación de los recursos naturales sólo como un componente de su más ambicioso programa de desarrollo rural. Su compromiso era, en última instancia, con el pequeño productor. Quevedo simpatizaba también con las necesidades de los campesinos*, pero creía que cuando fuera necesario, la conservación de los recursos naturales debería de anteponerse a las reclamaciones de los usuarios del recurso. A veces, esta diferencia filosófica creaba tensiones entre los dos hombres (tales como: que tan rígidamente se debería controlar el uso de los recursos naturales por los pobres en el campo) y puede aún haber contribuido a la decisión de Cárdenas de transferir la responsabilidad de la conservación de los recursos naturales de vuelta a la Secretaría de Agricultura.

Un cierto número de conservacionistas mexicanos protestaron por la decisión de Cárdenas de cerrar el departamento. Obviamente, Quevedo estaba decepcionado. Anticipaba que el cierre del departamento resultaría en la destrucción de los bosques por cuya protección había trabajado tanto.86 Juan Zinzer también expresó su desaprobación por la decisión de Cárdenas. Un año después del cierre del departamento, Zinzer acusaba que: "un grupo de hombres que nunca antes habían tenido el menor contacto con problemas de fauna se había apoderado del Servicio de Caza, y debido a su falta de conocimiento e interés, se había permitido una intensa persecución de la fauna."87 Para apoyar este punto, Zinzer hizo notar que las armadas* (cacería de patos con baterías) se habían reanudado en la meseta central, el desecamiento de represas para irrigación había contribuido a una abrupta disminución en las poblaciones de patos, los reglamentos que prohibían el comercio de pieles de venado ya no se aplicaban, y la cacería de borrego cimarrón y antílope se hacía sin restricción alguna.88

Individuos preocupados, ajenos al gobierno, también criticaron la decisión de Cárdenas. En un editorial titulado "Regreso a la barbarie", el miembro de la sociedad forestal Carlos González Peña, recordaba a sus lectores que antes de la administración de Cárdenas, la Secretaría de Agricultura había fracasado en conservar los recursos naturales de México. Cárdenas había tenido que crear un departamento autónomo para lograr este fin. Para apoyar su punto de vista, González Peña comparaba lo logrado por las dos agencias. Antes de 1934, sólo existían dos viveros en México, entre 1934 y 1940 se establecieron 294.89 Antes de 1935, no había viveros escolares; 4,000 fueron creados en los cinco años siguientes. En 1934, el Secretario de Agricultura había ordenado la plantación de solo un millar de árboles; entre 1935 y 1939 se plantaron 6,337,464. Por lo tanto, González Peña rechazaba el argumento de que el departamento había sido cerrado porque no lograba sus objetivos.90 Luego elogiaba a Quevedo: "El Departamento Forestal, de Caza y Pesca constituía la síntesis y el máximo logro del gran trabajo en defensa y propagación de nuestros recursos naturales que el sabio investigador, el noble apóstol, el espíritu puro, Miguel Ángel de Quevedo, había llevado a cabo durante su vida."91 González Peña predecía que el regresar a la Secretaría de Agricultura el control de los bosques de la nación resultaría un desastre.

Otros aplaudieron la decisión de Cárdenas para restablecer la jurisdicción del ministerio sobre los recursos naturales. El agrónomo Ramón Fernández y Fernández razonaba que los bosques, la cacería y la pesca estaban totalmente relacionados con la agricultura y la ganadería y por lo tanto eran claramente de la incumbencia de la Secretaría de Agricultura.92 Fernández pensaba que el desmonte de los bosques para la agricultura debería de permitirse en la mayoría de las circunstancias y únicamente cuando los bosques se necesitaran para ciertos fines, y donde la reforestación fuese difícil deberían establecerse limitaciones. Acusaba a Quevedo de establecer restricciones que eran muy rigurosas y sin una razón. Luego rechazaba el razonamiento de aquel para la conservación de los bosques: "Los beneficios que proporcionan los bosques han sido exagerados: no producen o aumentan las lluvias ni cambian el clima, ellos [los bosques] son simplemente una parte de la riqueza de la nación debido a la utilidad y al valor de sus productos."93 En efecto, Fernández aseguraba que los bosques tenían sólo un valor económico y que la conservación Únicamente se justificaba por razones económicas. Su filosofía sería la predominante durante los años posteriores a Cárdenas. Con la presión para una intensa industrialización que empezó durante los años cuarenta, la conservación dejó de ser una preocupación entre la mayoría de los funcionarios gubernamentales de alto nivel y fue promovida por los conservacionistas del gobierno principalmente por consideraciones económicas. Únicamente unos cuantos mantuvieron la convicción de Quevedo de que los bosques debían ser protegidos por su valor biológico.

La preponderancia de la evidencia científica apoyaba las aseveraciones de los conservacionistas utilitaristas de que los bosques tenían poco o ningún efecto sobre la lluvias o el clima (por lo menos no a escala regional). Por el otro lado, su presunción de que los bosques no tenían valor biológico parecía ser contradicha por los hechos. La mayoría de los científicos estaban de acuerdo en que los bosques disminuían las inundaciones y conservaban los manantiales al mantener permeables los suelos. Las observaciones también indicaban que los bosques impedían la erosión al proteger al suelo de las lluvias fuertes (lo que también reducía las inundaciones) y al anclar los suelos. Los árboles mantenían la humedad en el aire por medio de la transpiración, al mismo tiempo que reducían la evaporación y el resecamiento de los suelos con la deflexión de la radiación solar. Con la posible excepción de los efectos de los bosques en las lluvias y el clima, la política de conservación de Quevedo se basaba en buena ciencia.94

Quevedo continuó con su campaña en favor de los bosques de México hasta su muerte en 1946. En 1941, el gobierno adoptó su propuesta de hacer obligatorio para el servicio forestal y las autoridades locales el establecer y mantener zonas arboladas alrededor de las ciudades portuarias. Como había hecho muchas veces en el pasado, Quevedo llamó la atención sobre la perjudicial cadena de eventos que desataba la desforestación. En el caso de las ciudades portuarias, los pantanos, que eran el campo perfecto para la reproducción de los mosquitos portadores de malaria y fiebre amarilla, se formaban por el derrame de zanjas de drenaje azolvadas por los detritus arrastrados desde las colinas desforestadas. Más aún, la desforestación estaba destruyendo la belleza y el valor turístico de las ciudades portuarias de México. Quevedo estaba muy irritado por el fracaso de los funcionarios del gobierno en la protección de las zonas forestales recién creadas.95 El episodio de las ciudades portuarias era un microcosmos de lo que estaba ocurriendo en todo México: el sistema nacional de reservas forestales y las zonas forestales protegidas estaban perdiendo su significado porque el gobierno no hacía cumplir los reglamentos.

Quevedo se descorazonó por el cierre de varias escuelas forestales, ya que sabía que ello llevaría a una disminución en el tamaño y la efectividad del servicio forestal.96 Quevedo percibía que algunos de los mayores logros de la administración de Cárdenas serían revertidos por el gobierno siguiente.

En uno de sus últimos discursos públicos, Quevedo reflexionó sobre su vida y su carrera.97 finalizaba apremiando a la gente a dedicar parte de sus vidas a la protección de los bosques, ya que todas las generaciones y la humanidad debían parte de su bienestar al árbol.98

Los conservacionistas mexicanos durante la época de Cárdenas no lograron todo lo que habían querido, ni habían construido unos cimientos inalterables para perpetuar los esfuerzos de conservación en México. Pero en los árboles alrededor de varias ciudades mexicanas y en los planes de desarrollo sostenible, se puede palpar tangiblemente el legado filosófico del programa de conservación de Cárdenas.99 El trabajo de toda la vida de Quevedo no había sido completamente en vano.

 

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Última Actualización: 27/08/2007