Capítulo
cinco
Conservación para el bien común:
Los años de Cárdenas
Como
Franklin D. Roosevelt (1933-1945), su contraparte en los Estados
Unidos, el presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940)
convirtió a la conservación de los recursos naturales
en una de las más importantes prioridades de su administración.
Tanto el Nuevo Trato (New Deal) de Roosevelt, como el programa
populista de Cárdenas se exponían partiendo de
la creencia de que el uso cuidadoso de los recursos naturales
era de interés público. Roosevelt y Cárdenas
compartían la convicción de que la conservación
de los recursos naturales era necesaria no sólo para
evitar pérdidas financieras inmediatas, sino también
para asegurar la riqueza futura de sus naciones. Esta convicción
se había forjado por las desastrosas consecuencias del
abuso del medio ambiente en los Estados Unidos y en México.
En los Estados Unidos, el uso ignorante de la tierra (particularmente
la labranza removiendo los pastos nativos de la pradera) había
exacerbado los efectos de una prolongada sequía. La culminación
de este proceso fue el Dust Bowl (Tazón de Polvo) de
principio de los años treinta, un periodo en el que miles
de toneladas de tierra fértil del medio oeste fueron
levantadas a la atmósfera por el viento. El Dust Bowl
fue una tragedia, tanto natural como humana, de enormes proporciones.1
Como respuesta, la administración Roosevelt creó
distritos de conservación del suelo formados por agrónomos
que tenían a su cargo enseñar a los agricultores
las técnicas necesarias para evitar otro Dust Bowl. Aunque
México no sufrió una calamidad tan devastadora
como ésta, muchas regiones en el país estaban
fuertemente erosionadas y desforestadas. Para conservar los
bosques y los suelos de México, la administración
Cárdenas creó reservas forestales y zonas forestales
protegidas.
Tanto
Roosevelt como Cárdenas reconocían la necesidad
de tomar medidas dirigidas para prevenir futuros desastres,
y para restaurar las tierras degradadas. También creían
que la conservación servía para llenar las necesidades
económicas de la gente y del país. Así,
los Cuerpos Civiles de Conservación no sólo plantaron
miles de árboles en los Estados Unidos, el programa también
proporcionó miles de trabajos durante la Gran Depresión.
En México, el gobierno creó cooperativas en las
que promovía la conservación como un medio de
asegurar un ingreso sostenido para la población rural.
Los presidentes Roosevelt y Cárdenas se daban cuenta
que la conservación y el desarrollo eran metas complementarias.
La
preocupación de Cárdenas por el ambiente era,
en parte, producto del remordimiento. Como él mismo admitía,
no había puesto atención a los asuntos ambientales
cuando fue gobernador de su estado natal, Michoacán (1928-1934).
Debido a esta negligencia, muchos de los hermosos bosques del
estado fueron talados, y manantiales que antes eran muy grandes
se habían secado. Durante su campaña presidencial,
Cárdenas le confío a Quevedo su tristeza y decepción
sobre cómo su ignorancia acerca de la conservación
había llevado a tales daños. Sorprendido, se daba
cuenta de que si seguía con tal ignorancia como presidente
de México, perjudicaría no sólo a un estado,
sino a toda la nación. Cárdenas le prometió
a Quevedo, y a sí mismo, que no volvería a equivocarse
en una escala mayor.2
Cárdenas
también tenía una relación ideológica
con la conservación que, además de su profesión
de culpa con Quevedo, fue evidente cuando era gobernador de
Michoacán. Parte de este programa, primero como gobernador,
y luego como presidente, estaba dirigida al mejoramiento de
los campesinos por medio del desarrollo de los recursos naturales
a pequeña escala. Sin la conservación, estos recursos
se agotarían, y los pobres se verían privados
de una gran fuente de ingresos. De este modo, como un avance
de sus acciones como presidente, Cárdenas canceló
varias concesiones otorgadas a compañías madereras
en su estado, y creó cooperativas forestales indígenas.3
Aunque
la frase "lo pequeño es hermoso" todavía no se
acuñaba, su esencia era parte de la filosofía
cardenista.4 Ramón Beteta, miembro del grupo de asesores
de Cárdenas, contempló una forma limitada de industrialización
que evitaría los males de la urbanización, la
inseguridad económica y el desperdicio, el triunfo de
artículos mal hechos sobre las buenas artesanías,
y la explotación de los seres humanos. Hablando a nombre
de sus colegas, Beteta proclamaba: "Hemos soñado con
un México de ejidos y pequeñas comunidades industriales,
electrificado y con salubridad, en el que los bienes se proporcionarían
con el propósito de satisfacer las necesidades de la
población, en el que la maquinaria se usaría para
aliviar al hombre de las pesadas tareas, y no para la llamada
sobreproducción."5
En
concordancia con esta visión, la administración
de Cárdenas emprendió el programa de reforma agraria
más grande en la historia de México, amplió
los proyectos de irrigación a los pequeños agricultores,
experimentó con "cultivos" alternos, tales como gusanos
de seda y girasol (por el aceite), creó industrias rurales,
y estableció cooperativas pesqueras y forestales. Sin
embargo, "lo pequeño es hermoso" era sólo un aspecto
del programa económico de Cárdenas. Su administración
no tocó muchas de las grandes propiedades agrícolas
en el norte, construyó grandes presas para dotar a estas
propiedades con irrigación, siguió enfatizando
la producción de cultivos de exportación, y aceleró
el desarrollo de la industria, en parte al proveerla de energía
hidroeléctrica barata que provenía de presas construidas
en el altiplano central. (México todavía no llevaba
a cabo un desarrollo hidrológico multipropósito
en gran escala tal como el que se estaba haciendo en los Estados
Unidos a través de la Autoridad del Valle de Tennessee
pero, como en este país, el gobierno mexicano buscaba
desarrollar la energía hidroeléctrica tanto para
el beneficio de la gente pobre como de la gran industria). Cárdenas
mantuvo en México una economía doble: una "moderna"
(en gran escala) y otra "tradicional" (en pequeña escala).
Lo que lo hizo único en el periodo post revolucionario
fueron sus esfuerzos para desarrollar tanto el sector "tradicional"
como el "moderno" simultáneamente, más que favorecer
únicamente el desarrollo del sector "moderno".
El
deseo de Cárdenas por proteger los recursos naturales
lo llevó a crear la primera agencia autónoma de
conservación en México: el Departamento Forestal,
de Caza y Pesca.6 En el discurso que anunciaba la creación
del Departamento, Cárdenas declaraba que la conservación
de los recursos naturales era benéfica no sólo
para la economía, sino también para la salud y
bienestar de la población, ya que todos los seres humanos
dependían del medio ambiente. Para ilustrar este punto,
hacía notar que los bosques eran necesarios para regular
el flujo de las corrientes de agua, para mantener el equilibrio
climático, y para evitar la erosión del suelo.
Añadía que en las áreas desprovistas de
bosques la agricultura frecuentemente fracasaba, y algunas de
estas tierras se convertían en desiertos. Más
aún, los bosques proporcionaban valiosos hábitat
para la abundante fauna silvestre de México. Por lo tanto,
afirmaba que la conservación era de interés nacional
y que la explotación irracional de la tierra debía
de terminar.7 Cárdenas concluía su mensaje expresando
su confianza de que "el pueblo de México, consciente
de los grandes beneficios que le proporcionaban los bosques
y la fauna, debería de cooperar con entusiasmo y fidelidad
en este trabajo de salvación y protección de la
naturaleza, un verdadero trabajo de conservación nacional."8
En
su discurso, Cárdenas apoyaba fuertemente las campañas
de Quevedo para lo conservación de los bosques y mencionaba
claramente la convicción de éste de que los bosques
eran críticos por razones tanto biológicas como
económicas. Sin embargo, Cárdenas no era un defensor
de la naturaleza tan intransigente como Quevedo. Creía
que se necesitaban políticas flexibles para asegurar
a los pobres un ingreso adecuado haciendo uso de los bosques
y otros recursos naturales. Pero al fin y al cabo, era el primer
presidente mexicano que asumía un interés activo
en la conservación, y esto era un buen augurio para la
protección de los recursos naturales en México.
Cárdenas
dio instrucciones al Departamento Forestal, de Caza y Pesca
de conservar los bosques de México, reforestar las áreas
devastadas, crear viveros de árboles, administrar los
parques nacionales, proteger la flora y la fauna de la nación,
y estimular la investigación científica y la educación.9
Algunos
miembros del Departamento estaban conscientes de la importancia
de la publicidad para lograr esas metas. En 1935, el Departamento
publicó el primer numero de Protección a la
Naturaleza*, una revista trimestral diseñada para
"extender el conocimiento ambiental a los obreros y campesinos
y para que los turistas, tanto extranjeros como nacionales,
se dieran cuenta de la belleza de la nación."10 El gobierno
distribuía la revista de manera gratuita en un esfuerzo
para lograr la mayor audiencia posible. Los artículos
en Protección a la Naturaleza* estaban escritos
en una forma para el beneficio del público en general.
La revista contenía piezas de información sobre
los parques nacionales de México, la diversidad biológica
de sus bosques y los planes para las celebraciones del Día
del Árbol. También se incluían en la revista
apuntes de campo y descripciones de la rica fauna de la nación,
frecuentemente acompañados de discusiones sobre el valor
de los animales silvestres y su vulnerabilidad ante los seres
humanos. De esta manera textos acerca de varias especies de
aves enfatizaban el importante papel que jugaban en el control
de insectos. Otros reportes sobre fauna silvestre explicaban
porqué, debido a los preceptos de la biología
reproductiva, la caza y la pesca de ciertas especies debía
ser evitada. El tema recurrente en estos artículos era
la importancia de ejercer la administración regulada
de los recursos naturales de la nación.
Funcionarios
en el Departamento Forestal, de Caza y Pesca comunicaban sus
ideales directamente al público durante la celebración
del Día del Árbol, y cuando visitaban cooperativas
pesqueras y forestales. En esta y otras ocasiones, distribuían
carteles y volantes a los campesinos*, en los que se
enfatizaban los beneficios que podían resultar de la
protección forestal. Un cartel mostraba a una familia
de campesinos bajo un árbol, con una leyenda que decía:
"Cuida al árbol que da abrigo y valioso alimento a la
gente de los campos y de las montañas, embelleciendo
también el paisaje."11 El gobierno promovía constantemente
la idea de que el árbol era un amigo de la gente y que
debería ser tratado como tal.
No
fue una sorpresa que hiciera de la conservación del bosque
la principal actividad de su Departamento. Con el apoyo de Cárdenas,
Quevedo tuvo éxito en el establecimiento de un sistema
nacional de reservas forestales y de zonas forestales protegidas.
Como lo autorizaba la ley forestal de 1926, estableció
reservas forestales en áreas en las que su cubierta forestal
había sido determinada como de importancia biológica.
Dentro de las reservas, individuos o grupos podían dedicarse
al corte de los árboles, únicamente después
de llevar a cabo consultas con el gobierno. También,
de acuerdo con la ley forestal de 1926, Quevedo formó
zonas forestales protegidas a lo largo de las vertientes de
los ríos y cerca de las ciudades, donde se consideraba
a los bosques como biológicamente indispensables. Dentro
de estas zonas, sólo se podían cortar árboles
marcados; por fin Quevedo estaba en posición de implementar
los contenidos de la ley forestal de 1926, que él mismo
había ayudado a redactar.
Quevedo
buscaba restaurar tanto como proteger las zonas boscosas de
México. La reforestación se convirtió en
uno de los programas más importantes del Departamento.
Durante la presidencia de Cárdenas, se plantaron dos
millones de árboles en el Valle de México y cuatro
millones más en el resto de la República.12 En
sus esfuerzos de reforestación, la administración
de Cárdenas reclutó el apoyo de varios grupos,
incluyendo al ejército.13 Camiones militares transportando
soldados y renuevos se convirtieron en una escena muy común.14
Para llenar las necesidades de nuevos árboles, el gobierno
amplió el sistema de viveros nacionales, estatales y
municipales. También creó viveros escolares para
que los jóvenes aprendieran a apreciar a los árboles.15
Pronto, pequeños árboles comenzaron a salpicar
las desnudas colinas cerca de las ciudades y pueblos de México.
Junto
con la reforestación, la creación de cooperativas
forestales era uno de los más importantes objetivos del
Departamento. A fin de dar a los campesinos una alternativa
para su economía de una sola cosecha de maíz,
los funcionarios forestales promovieron la investigación
y el desarrollo de nuevos usos para los productos forestales,
tales como maderas preciosas, chicle, fibra de ixtle y cera
de candelilla.16 La intención de Cárdenas al crear
cooperativas forestales era remplazar la explotación
irracional de los recursos forestales por grandes compañías
tanto extranjeras como nacionales, con el uso a pequeña
escala de esos recursos por los indígenas, quienes obtendrían
beneficios económicos de los bosques y, al mismo tiempo,
los conservarían.17
Los
planes para la creación de una economía forestal
y de industrias rurales en el sureste de México, nos
dan un ejemplo del programa de desarrollo a pequeña escala
contemplado por la administración de Cárdenas.
Quevedo recomendaba que los campesinos* de la región
plantaran árboles de algarrobo y de mora para forraje
del ganado, palmas de coco, de los que se podrían obtener
aceites y jabones, y con cuyos productos se hacían cepillos
y escobas, y árboles frutales. Alrededor de las comunidades
costeras, se podrían desarrollar pesquerías y
empacadoras de pescado. La playas de Isla Mujeres y Cozumel
ofrecían magnificas oportunidades para el turismo, aunque
Quevedo tenía en mente una escala de desarrollo mucho
menor que los grandes centros turísticos que, eventualmente,
se construirían en la región. Cárdenas
y Quevedo básicamente estaban buscando un desarrollo
sustentable para la región, una estrategia que sería
adoptada de nuevo por los conservacionistas mexicanos durante
la década de los setenta.18
En
sus recorridos por Quintana Roo, Quevedo se dio cuenta de los
obstáculos para un programa de uso sostenido de los recursos
en la región. Sus vuelos sobre el estado le causaron
una gran impresión, al ver como vastas áreas que
antes tenían una lujuriosa vegetación, habían
sido convertidas en chaparral. Los concesionarios forestales
habían explotado exageradamente los bosques de esta entidad,
sin hacer caso a los reglamentos forestales y a los lineamientos
de una administración científica. Quevedo observaba
que habían hecho "la explotación del chicle en
una forma tan intensa, en árboles aún no maduros,
lo que los mataba y, como sucede en otras partes de la República,
especialmente con la extracción de resina, la masa forestal
desaparece rápidamente, siendo remplazada por especies
secundarias de bajo o nulo valor."19
Como
anotó, parte de la destrucción de los bosques
de Quintana Roo había sido acelerada por compañías
extranjeras: "Esta explotación ruinosa de chicle y maderas
preciosas por concesionarios es producida en parte por intermediarios
que tratan directamente con las compañías extranjeras
que exportan madera desde Quintana Roo, intermediarios y negocios
a quienes no les importa el interés nacional de México,
se muestran indiferentes ante los reglamentos forestales, ya
que sólo tienen su interés personal."20 Los intermediarios
siguieron operando en la región aún después
de que muchos concesionarios forestales fueron desplazados por
la creación de ejidos*. El gobierno trataba de
eliminar a los intermediarios y en una forma muy reglamentada
permitir a los ejidos* vender directamente sus productos
forestales a las compañías extranjeras. Quevedo
condenaba a los propios ejidatarios* por persistir en
su ruinosa práctica de agricultura de tumba y quema.
Tanto los extranjeros como los mexicanos estaban destruyendo
los bosques de la nación.21
Para
cambiar las destructivas prácticas forestales de los campesinos*, el gobierno tenía que asegurar un
ingreso adecuado para las miembros de las comunidades rurales.
Un reporte del Departamento del Interior de los Estados Unidos
sobre conservación en México identificaba claramente
el reto al que se enfrentaba la administración de Cárdenas:
"A
menos que el gobierno pueda encontrar medios con los que puedan
pagar buenos jornales a las cooperativas forestales y asegurar
mejores condiciones de vida para los campesinos dedicados a
la agricultura, aún el darse cuenta de la necesidad de
preservar los bosques, no evitará que los peones mexicanos
sigan obteniendo las ganancias que puedan con su explotación,
aunque sea en forma ilegal o no científica.22
Así,
a menos que los campesinos pudieran obtener más beneficios
de los productos forestales (mucho de los cuales se podían
lograr sin matar el árbol) que talándolos o desmontando
terrenos para agricultura, no conservarían los bosques.
Por
falta de incentivos, los programas de conservación del
gobierno fallaron. Un ejemplo perfecto de esto fue la campaña
del Departamento Forestal, de Caza y Pesca para sustituir la
leña por petróleo y gas, como combustible. En
las áreas rurales, la madera era la única fuente
de combustible, y la recolección de leña era una
de las principales causas de la destrucción de los bosques.
Aunque con buenas intenciones, el programa del gobierno fracasó
porque no tomó en cuenta la diferencia de costo entre
la leña barata y los caros combustibles fósiles.23
A
través del sistema de impuestos, el gobierno dio incentivos
para la conservación de los bosques. Eliminó los
impuestos sobre las existencias en pie, gravó menos la
madera muerta que la madera cortada, y menos a los árboles
cortados en áreas remotas que aquellos cerca de las áreas
urbanas.24 Pero, haciendo una excepción que reflejaba
la preocupación de Cárdenas por los pobres, a
los campesinos* no se les gravaba en la venta de todos
los productos forestales. En 1938, el gobierno declaró
que "el campesino* cuyo único medio de subsistencia
sea usar individualmente la madera, puede llevar a vender productos
forestales (hasta por quince pesos a la semana) sin temer al
recaudador de impuestos."25 Cárdenas, sino Quevedo, estaba
dispuesto a aliviar la carga económica sobre los sectores
más pobres de la sociedad, aunque eso significara una
mayor explotación de los recursos forestales.
El
programa de conservación de Cárdenas se basaba
en restricciones tanto como en incentivos. Para ejercer una
vigilancia más efectiva en los bosques de México,
Cárdenas amplió el servicio forestal. Durante
su administración, escuelas forestales recién
creadas capacitaron a más de mil empleados forestales.26
Pero, el servicio forestal todavía enfrentaba escasez
de personal. Otro problema era que, debido a sus bajos salarios,
los forestales eran susceptibles a la corrupción. El
servicio forestal no contaba con suficiente personal ni estaba
justamente pagado para poder asegurar el cumplimiento de la
legislación forestal.27 Aquellos guardas forestales que
intentaban hacer cumplir estrictamente los reglamentos forestales
eran frecuentemente sujetos de reprobación por parte
de las comunidades campesinas. En una confrontación típica
del periodo, Francisco Barrera, secretario de Acción
Agraria del Comité de Comunidades Agrarias y Sindicato
de Campesinos* de Coahuila, exigía que el gobierno
cambiara a un guarda forestal, a quien identificaba como: "un
enemigo de las aspiraciones de los campesinos* para su
emancipación," con uno que simpatizara más con
la ideología de la unión de campesinos.28 Muchas
comunidades campesinas coincidían con Barrera en que
las restricciones en el uso de sus bosques eran excesivas, y
frecuentemente expresaban su desaprobación violando las
disposiciones.
En
su reencuentro con México, Quevedo estaba desanimado
por la cantidad de destrucción forestal de que había
sido testigo. Le parecía que muchos mexicanos solo apreciaban
el valor de los bosques hasta después de que habían
sido talados. En sus exploraciones por ríos de Campeche
y Veracruz (estados del Golfo de México), relataba como
la intensa tala de árboles en las zonas altas había
afectado negativamente el clima y la economía de la región:
"El nivel del agua es muy bajo, no ha habido suficiente lluvia
en esta zona y uno ve la erosión causada por la desforestación,
que tiene serios efectos de contaminación a las aguas,
haciéndolas inútiles para la pesca, y disminuyendo
la navegabilidad de los ríos."29 Quevedo decribía
igualmente, cómo la desforestación había
dañado la economía rural del estado de México,
especialmente entre el Desierto de los Leones y Bosencheve,
donde el árido paisaje únicamente se rompía
con un pequeño bosque en el Parque Nacional Nevado de
Toluca.30 Afirmaba que, las condiciones previamente favorables
para la agricultura en los valles, como Toluca y Lerma, se habían
perdido. Los hacendados* y los campesinos* estaban
de acuerdo en que no valía la pena practicar la agricultura
en estos y otros valles del estado [de México] debido
a alteraciones en el clima y en el ciclo hidrológico
producidas por la excesiva tala de árboles en las montañas
vecinas."31 En 1939, Quevedo presentó un resumen general
del problema:
"Cada
día el problema forestal de México se vuelve más
grave: los grandes bosques están siendo devastados en
una forma alarmante, la producción de chicle disminuye
año con año, las maderas duras y aún la
leña no se pueden obtener en regiones clasificadas antes
como densamente arboladas. Por doquier uno observa bosques empobrecidos
y arruinados por la avaricia y la estupidez y casi podemos afirmar
que México está camino del desastre".32
Quevedo
sostenía que el financiamiento inadecuado había
obstaculizado los esfuerzos de su departamento para proteger
los bosques de México. En 1938, Quevedo solicitó
un presupuesto de 8,397,860 pesos, pero le fueron asignados
solamente 3,200,000 (aproximadamente 900,000 dólares).
Entre 1935 y 1938, las asignaciones para el departamento se
habían incrementado en la modesta suma de 850,000 pesos.33
Pero aún así, Quevedo entendía que el dinero
era sólo una parte del problema. Más que dinero,
un programa de conservación exitoso requería de
un compromiso de todos los sectores de la sociedad. Creía
que las intenciones de Cárdenas eran buenas pero que
no había ido al meollo del asunto, ya que Quevedo sentía
que el problema forestal de México era tan complejo y
difícil que únicamente una campaña permanente
del gobierno a favor de la conservación de los bosques,
y que contara con el apoyo de toda la ciudadanía, podría
tener éxito.34
John
Jernegan y Roger Tyler del Departamento del Interior norteamericano
presentaron una de las evaluaciones más astutas de la
significación histórica en la conservación
durante los años de Cárdenas:
"El
actual programa de conservación de México es el
primer intento científico que se haya hecho para preservar
los recursos naturales del país. La destrucción
de los bosques en México ha sido consternante. Aún
ahora, a pesar de los esfuerzos del Departamento Autónomo
Forestal, de Caza y Pesca, la pérdida de recursos forestales
es enorme. Pero se ha logrado un comienzo, y en razón
de la idea que está detrás de él, aunque
no por los resultados obtenidos, el programa de conservación
en México es importante."35
El
programa de conservación de Cárdenas era ciertamente
un esfuerzo pionero para diseñar políticas sociales
y económicas que pudieran mantener un equilibrio ecológico
en el país de beneficio tanto para la naturaleza como
de la población.
Uno
de los logros más visibles del Departamento Forestal,
de Caza y Pesca fue la creación de parques nacionales.
Antes de 1935, México tenía solamente dos parques
nacionales: el Desierto de los Leones (1917) y El Chico (1922).
Cárdenas creó cuarenta parques nacionales (que
por extensión constituyen aproximadamente tres cuartas
partes del actual sistema de parques nacionales de México).
De éstos creados por Cárdenas, diez fueron separados
por su significación histórica y arqueológica,
y veintidós eran menores en extensión que el Parque
Nacional de Hot Springs, el más pequeño de los
Estados Unidos. Aún así, algunas de las áreas
que Cárdenas escogió eran verdaderos parques nacionales.36
En muchos aspectos, la experiencia de México en parques
nacionales igualaba a la de Estados Unidos.(37) Como sus colegas
norteamericanos, los funcionarios mexicanos rara vez creaban
un parque que abarcara ecosistemas completos. Ellos también
protegían más frecuentemente ecosistemas de tipo
alpino de coníferas que ecosistemas menos "escénicos".
En contraste con los Estados Unidos, sin embargo, las autoridades
mexicanas establecieron parques nacionales en áreas que
contenían recursos naturales valiosos, especialmente
forestales. El gobierno prohibió la tala comercial en
los parques nacionales de México hasta 1960 (la ley forestal
de ese año permitía operaciones madereras conjuntas
de gobierno y campesinos dentro de los parques).38 Al menos
por un tiempo, el gobierno mexicano trató de impedir
la explotación de valiosas tierras madereras dentro de
los parques nacionales.
Quevedo,
por ejemplo, argumentaba que el proteger los bosques se justificaba
porque beneficiaba a los agricultores: "Debo de corregir la
creencia de que los parques son un gasto de los recursos fiscales,
cuando uno considera la disminución en la agricultura,
que se puede remediar sólo por medio de la reforestación."39
Desde esta perspectiva, evitar la explotación de un recurso
era necesario para salvar otro.
La
administración de Cárdenas seleccionaba áreas
para parques nacionales con base en tres criterios: belleza
escénica, potencial recreativo y valor ecológico.
Debido a la importancia que le asignaba a los ecosistemas forestales,
Quevedo creó un sistema de parques nacionales cuya parte
central eran los bosques altos de coníferas en la meseta
central. Defendía este aspecto con el argumento de que
los bosques de las tierras altas de México constituían
el territorio paisajístico, más accesible y ecológicamente
más valioso dentro del país.40
Como
en el caso de los Estados Unidos, los conservacionistas mexicanos
trataron de crear una clientela que apoyara los parques nacionales.
Los artículos sobre parques nacionales en Protección
a la Naturaleza estaban acompañados por fotografías
que mostraban estacionamientos atestados, excursionistas felices
en lagos de las montañas y tranquilos caminantes gozando
de los senderos en los bosques. El gobierno estaba ansioso de
verificar la popularidad de los parques nacionales de México
y entusiasmar a otros para que los visitaran.
Los
conservacionistas enfatizaban el valor terapéutico de
los parques nacionales de México. Las áreas silvestres
proporcionaban un escape perfecto de los constantes ruidos y
presiones de la ciudad. Los residentes urbanos podían
ir a los parques nacionales para relajarse y gozar con la belleza
de la naturaleza.41 Quevedo enfatizaba que la gente que vivía
en zonas rurales también podía beneficiarse con
la existencia de parques nacionales. Estableció lugares
al aire libre con agua potable donde los campesinos, que habían
trabajado tan duramente en los campos de cultivo, pudiesen gozar
de sus alrededores naturales por medio de paseos de esparcimiento.42
Quevedo trataba de presentar, tanto a mexicanos como a extranjeros,
las bellezas naturales del país. Presumía de que
los bosques fríos, templados y tropicales del país,
contenían la flora más diversa en el mundo. Más
aún, su ubicación entre imponentes montañas
representaba una "maravilla de la naturaleza que no se presentaba
en otras naciones". Argumentaba que México debería
conservar sus bosques a cualquier costo para el gozo de la población
y especialmente para los turistas que decían que preferían
a México por su clima, moderado por sus bosques, y no
por sus ciudades que habían perdido su carácter
colonial. Indudablemente vendrían más en el futuro
para disfrutar sus parques nacionales con sus magnificas montañas
y bellos bosques. Quevedo creía que el turismo internacional
serviría para favorecer la cooperación entre México
y otros países.43 Aducía que al crear parques
nacionales, el país se había colocado al nivel
de los más civilizados.44
La
cooperación internacional de una naturaleza más
tangible ocurrió en 1935, cuando una delegación
mexicana encabezada por Miguel Ángel de Quevedo y una
delegación norteamericana, se reunieron para discutir
la creación de una Comisión Internacional de Parques.45
El siguiente año, dicha Comisión, compuesta por
miembros mexicanos y estadounidenses, convino en promover el
establecimiento de parques nacionales, refugios de fauna silvestre
y reservas forestales a lo largo de la frontera entre México
y los Estados Unidos.46 Ambos países si crearon refugios
de fauna y reservas forestales junto a la frontera, pero Cárdenas
nunca impulsó la creación de un parque internacional
en la región.
El
gobierno mexicano enfrentó una tarea extraordinariamente
difícil para administrar los parques nacionales. En contraste
con los Estados Unidos, donde los parques nacionales eran creados
en terrenos ya de propiedad publica (o, en aquellos casos en
que la propiedad, aún siendo privada, podía ser
comprada a sus dueños, o terminar con la muerte de los
mismos), los parques nacionales de México frecuentemente
incluían áreas que no eran propiedad del gobierno.
Más aún, como la ley mexicana prohibía
la compra de tierras comunales, los funcionarios públicos
tenían que conseguir el apoyo de los campesinos para
proteger sus recursos dentro de los parques nacionales.
Desafortunadamente,
durante la administración de Cárdenas, el uso
humano amenazó la flora y la fauna en varios parques
nacionales. Uno de los más afectados fue Cumbres del
Ajusco (1936), localizado cerca de la Ciudad de México.
En 1938, Antonio H. Sosa, un funcionario de la división
de Parques Nacionales, comentó que la tala de madera
para fabricar papel y para usos domésticos, el pastoreo
de ganado y los incendios, habían cobrado una fuerte
cuota a los bosques del Ajusco. Estas actividades no habían
cesado simplemente porque el Ajusco se había convertido
en parque nacional.48 Como en el pasado, los conservacionistas
mexicanos se enfrentaban a la difícil tarea de convencer
a la gente que vivía en el margen, de no explotar todos
los recursos que tenía disponibles.
Durante
la administración de Cárdenas, se lograron algunos
avances en el área de la Conservación de la fauna
silvestre, aunque recibía menos atención por parte
del departamento que la conservación de los bosques.
La división de caza estaba encabezada por Juan Zinzer,
un respetado administrador de fauna silvestre y viejo amigo
de Quevedo. Bajo la dirección de Zinzer, la división
estableció refugios de fauna, firmó un tratado
sobre aves migratorias con los Estados Unidos, y fomentó
el establecimiento de grupos de cacería. Los funcionarios
de caza también prohibieron la cacería de especies
sobreexplotadas como el venado cola blanca, el venado bura,
los pavos silvestres, los faisanes, el borrego cimarrón
y el antílope (ampliando la moratoria establecida originalmente
por el presidente Obregón) e hicieron cumplir la prohibición
contra las armadas* o baterías de disparo.49 Zinzer
estaba sentando las bases para una política efectiva
de conservación de la fauna silvestre en México.
Una
de las principales prioridades de la oficina era la protección
de las poblaciones de aves en México. Con ayuda del ejército,
los funcionarios de caza hicieron grandes avances en la eliminación
de las armadas* para matar patos en el valle de México.
De acuerdo a un cálculo estimado de la división
de caza mexicana y del Instituto de Biología en Washington,
D.C., las poblaciones de patos habían crecido en un 40
% en la región desde la prohibición de las armadas* en 1932.50 Esta prohibición era más fácil
de hacer cumplir que la mayoría de las otras disposiciones
sobre fauna silvestre porque la cacería de patos por
mexicanos estaba casi confinada exclusivamente al valle de México.51
En sus esfuerzos por proteger a las aves migratorias, el servicio
de caza se enfrentaba a una tarea mucho más difícil.
Un pequeño grupo de guardas de caza no sólo tenía
que patrullar un gran territorio, sino contar también
con la cooperación de los Estados Unidos. El primer paso
para recibir esa cooperación se logró en 1936,
cuando los Estados Unidos y México firmaron el Tratado
para la Protección de Aves Migratorias y Mamíferos
Cinegéticos. El tratado establecía una temporada
de cacería de cuatro meses para las aves migratorias,
obligaba a México y a los Estados Unidos a crear refugios
para fauna silvestre, prohibía la cacería aérea
de aves, proscribía el tomar huevos y nidos de aves,
prohibía el transporte o la venta de mamíferos
y aves (vivos o muertos) o de sus productos y partes (excepto
cuando, con la debida autorización, procedieran de granjas
privadas de animales de cacería, o cuando se usaran con
propósitos científicos, propagación o para
museos), y prohibía matar aves insectívoras, excepto
aquellas que perjudicaran a la agricultura.52 Los conservacionistas
de México y de los Estados Unidos tenían la esperanza
de que con el tratado podrían detener las actividades
de cazadores de los Estados Unidos los que, además de
la destrucción de los hábitat, estaban amenazando
la existencia de varios grandes mamíferos y aves de caza
en el norte de México. Sin embargo, se tendrían
que decepcionar. A pesar de la cooperación entre los
funcionarios de México y los Estados Unidos, el Servicio
de Peces y Fauna Silvestre de los Estados Unidos estimó
en 1948, que cazadores norteamericanos mataban ochocientos patos
a la semana en el norte de México.53 También habían
contribuido a la extinción casi total del oso gris y
del lobo gris mexicanos.54 A pesar de todo esto, sin embargo,
el Tratado para la Protección de Aves Migratorias y Mamíferos
Cinegéticos de 1936 fue un paso importante hacia la cooperación
internacional entre México y Estados Unidos a favor de
la fauna.
Los
funcionarios de fauna norteamericanos y mexicanos se reunían
anualmente en la Conferencia Norteamericana de Fauna Silvestre.
En estas conferencias, Zinzer informaba a los delegados norteamericanos
y canadienses sobre los programas que su gobierno estaba desarrollando
para asegurar la conservación de los animales silvestres55
expresaba su optimismo sobre la capacidad del servicio de caza
para asegurar la conservación de la vida silvestre en
México. En conversaciones privadas con los delegados,
Zinzer escuchaba ideas sobre como México podía
mejorar sus programas de administración de caza, y expresaba
los deseos de su gobierno de cooperar efectivamente con los
Estados Unidos en la reglamentación de la cacería
en los regiones fronterizas.56 Al concurrir a las conferencias,
Zinzer ayudó a formar una red profesional entre funcionarios
de caza de Estados Unidos y México.
La
decisión de la división de caza de apoyar la proliferación
de clubes de caza deportiva, estaba inspirada parcialmente en
la experiencia de los Estados Unidos.57 Los conservacionistas
mexicanos se daban cuenta de que muchos cazadores deportistas
habían promovido activamente la conservación en
los Estados Unidos. Por el contrario, en México sólo
un puñado de cazadores, conscientes de la disminución
en las especies de cacería, apoyaban voluntariamente
el programa de conservación del gobierno.58 Tanto los
cazadores de subsistencia que mataban animales para alimentarse,
como los cazadores comerciales que lo hacían por negocio,
se opusieron a los esfuerzos para controlar sus actividades.
La administración de Cárdenas esperaba que con
la creación de clubes de cacería se podría
aumentar la base de cazadores educados, que entendieran la necesidad
de la conservación, hasta llegar eventualmente al punto
en que los cazadores anticonservacionistas se convertirían
en un grupo minoritario en México. La administración
de Cárdenas, y los gobiernos que siguieron tuvieron sólo
éxito limitado en esta área. A diferencia de los
Estados Unidos, nunca surgió en México, un fuerte
cabildeo de cacería proconservacionista, en parte porque
la mayoría de los mexicanos no tenían el tiempo
libre ni el dinero para convertirse en cazadores por deporte.
Como
en el caso forestal, la administración de Cárdenas
dio a los pobres privilegios de cacería especiales. Por
ejemplo, el gobierno concedió a las comunidades pobres
en el Valle de México y en el cercano Lerma cinco permisos
gratuitos para la cacería comercial de patos con disparos
individuales, dio preferencia a los campesinos* en el
norte de México al conceder permisos para la captura
y la exportación de codorniz viva, y recomendó
a los funcionarios de caza penalizar lo menos severamente posible
a los indígenas que violaran los reglamentos de caza.59
Estas concesiones correspondían a la orientación
proindígena de Cárdenas, aunque no tanto con los
objetivos de conservación de su gobierno.
En
la introducción de la ley de fauna de 1940, la administración
de Cárdenas declaraba sus objetivos utilitaristas: "Se
declara de interés público la conservación,
restauración y propagación de animales silvestres
útiles para el hombre y el control de los animales dañinos."
La misma ley establecía tarifas para la cacería
comercial y para la obtención de partes animales, con
la excepción crítica de los productos utilizados
en la industria. Hasta cierto punto, la ley tomaba en cuenta
el valor ecológico y estético de la fauna silvestre.
Por ejemplo, los funcionarios del gobierno codificaron muchas
de las restricciones que la división de caza había
establecido para la cacería de especies amenazadas. También
autorizaron el establecimiento de reservas y refugios para animales
en peligro de extinción. Sobre todo, la ley reflejaba
la creciente fuerza de los conservacionistas utilitaristas en
México al final de la presidencia de Cárdenas.60
Durante
sus cinco años de existencia, (de enero de 1935 a enero
de 1940), la división de caza enfrentó la tarea
enormemente difícil de proteger la fauna silvestre del
país. Debido a su limitado personal, el departamento
estaba en gran desventaja entre los cazadores. Sin embargo,
tan significativo era el hecho de que México al fin tenía
funcionarios de alto nivel que estaban dedicados a la conservación
de la fauna. Se dedicaron, con limitado éxito, a reglamentar
la cacería en toda la República.
Francisco
Rubio Castañeda, a cargo de la división de pesca,
trató de convencer a los pescadores de la necesidad de
impulsar cosechas de rendimiento sostenido. Presentaba su caso
así: "Haciendo una explotación racional y metódica
de los peces, no existe peligro de agotamiento, por lo contrario,
uno asegura para siempre una fuente de producción que
proporciona a los pescadores una fuente de ingresos." La división
de Castañeda estableció cooperativas pesqueras
para estimular el uso racional de las pesquerías para
el beneficio de las poblaciones locales. Como en el caso de
las cooperativas forestales, la administración de Cárdenas
trató de promover los intereses de los pequeños
productores sobre los intereses de los grandes productores.62
Por ley, el gobierno no podía negar concesiones a los
pescadores de subsistencia.63 Por otro lado, el gobierno podía,
y frecuentemente lo hacía, negar concesiones a las grandes
operaciones pesqueras.
La
división de pesca buscaba conservar especies de peces
prohibiendo su captura durante la época de reproducción,
exigiendo que se cumplieran los límites de tamaño,
y reglamentando los tipos de red y otras tecnologías
que podían ser usadas para capturar peces.64 La conservación,
sin embrago, era sólo una parte del programa de la oficina.
Casi ensombreciendo los esfuerzos de conservación de
la división se encontraban sus esfuerzos para propagar
especies de peces en los cuerpos de agua mexicanos. De Cárdenas
para abajo, existía consenso entre los conservacionistas
del gobierno de que México podía hacer mejor uso
de sus pesquerías. Desde su perspectiva, éstas
representaban un recurso de gran potencial que, si se explotaban
adecuadamente, podrían reducir la dependencia de México
de los productos agrícolas. En otras palabras, las presiones
para abrir tierras marginales a la agricultura se podrían
reducir si los mexicanos comieran más pescado. Para desarrollar
sus pesquerías, México buscó asistencia
técnica extranjera. Castañeda usó a los
Estados Unidos como enlace para contratar limnólogos
japoneses (el gobierno mexicano sabía que los Estados
Unidos habían contratado limnólogos para dar cursos
en sus escuelas).65 Después de recorrer el país,
estos expertos sugirieron que México podría aumentar
la producción pesquera introduciendo especies exóticas
en sus cuerpos de agua. Hicieron notar a los biólogos
mexicanos que, especialmente en los estuarios costeros, había
un gran potencial para ampliar los lechos de ostión y
camarón.66 En 1939, Quevedo hacia notar que gracias a
la asistencia japonesa se habían establecido muchas estaciones
limnológicas en México, y que estas habían
intentado resolver el problema de producción al introducir
especies valiosas en aguas interiores. Sin embargo, advertía
que el problema no estaba totalmente resuelto. Enfatizaba que
el siguiente gobierno tendría que mantener estos esfuerzos.67
Para bien o para mal, el ruego de Quevedo no fue seguido por
los gobiernos subsecuentes. Los trabajos de la división
de pesca se conservarían como el punto máximo
en los esfuerzos de propagación pesquera por varias décadas
posteriores.
Una
parte substancial de los esfuerzos de la división de
pesca para conservar y propagar especies de peces se enfocó
en el Lago de Pátzcuaro, uno de los lagos naturales más
grandes de México. Significativamente, desde una perspectiva
política, está situado en Michoacán, estado
natal de Cárdenas. La historia del lago estuvo estrechamente
ligada a su carrera política. Cuando fue gobernador de
es estado, permitió la introducción de lobina
negra en el lago, sin saber que una de sus presas favoritas
era el económicamente valioso pescado blanco. Poco después
de llegar a la presidencia, ordenó a los científicos
eliminar del lago la lobina negra.68 Eventualmente, los científicos
mexicanos y los limnólogos japoneses convencieron a Cárdenas
de que, aunque la lobina negra había ocasionado una disminución
del pescado blanco, la principal causa de la casi desaparición
de la especie había sido la pesca excesiva. Por ellos,
Cárdenas supo que los indígenas estaban usando
una red cuyos claros eran tan pequeños que ni aún
peces diminutos pasaban por ahí. Rápidamente respondió
a sus reportes estableciendo un tamaño mínimo
para los claros en las redes de pesca.(69) Además, creó
un refugio para el pescado blanco en un extremo del lago, y
dio instrucciones para que se llevaran a cabo trabajos de reforestación
en la región, que evitaran que la erosión del
suelo contaminara el agua del lago.70 Los limnólogos
japoneses informaron al presidente que una especie comestible
japonesa podía ser introducida en el lago sin dañar
al pescado blanco.71 El lago de Pátzcuaro ejemplifica
como la ciencia, la política y el deseo de conservar
y propagar peces de especies económicamente valiosas
dieron forma a la política pesquera durante la época
de Cárdenas.
Quevedo
cedió la conservación de las pesquerías
marinas a la Secretaria de Marina, con el razonamiento de que
su departamento no contaba ni con los elementos humanos, ni
con las embarcaciones necesarias para patrullar las aguas costeras
de México. La Secretaría de Marina también
estaba limitada en sus esfuerzos para proteger la vida marina
de México por la falta de un acuerdo pesquero internacional.
En 1925, los gobiernos de México y los Estados Unidos
habían acordado establecer una comisión conjunta
que fijaría las temporadas de pesca y determinaría
qué tipo de tecnologías pesqueras se deberían
de usar, pero México abrogó la convención
en 1927, debido a conflictos sobre los derechos de pesca (particularmente
la negativa de los Estados Unidos para pagar un impuesto de
exportación a la tasa fijada por el gobierno mexicano).
En 1931, funcionarios de México y de los Estados Unidos
acordaron restablecer la comisión internacional de pesquerías
para preservar la vida marina, los crustáceos, la tortuga
y los mamíferos en la costa mexicana del Pacífico:
muchas especies, hicieron notar los negociadores, estaban en
"grave peligro de exterminación ". Sin embargo, una vez
más, el acuerdo fracasó debido a desavenencias
económicas.73 A mediados de la década de los treinta,
sólo quedaba una comisión de pesca débil
formada únicamente por miembros de los Estados Unidos.
El hecho de que la Secretaría de Marina no estaba dispuesta
una vigilancia adecuada sobre el mar y no poseía un personal
técnico para asegurar la conservación de la vida
marina, hacía peor una situación ya de por si
problemática.74 Así, en 1935, los pescadores de
Estados Unidos extraían de aguas costeras mexicanas el
doble de peces que los mexicanos (16,865 contra 8,388 toneladas).75
Y los Estados Unidos eran sólo uno de los países
que explotaban las pesquerías marinas mexicanas.
Cuando
colectaba especímenes marinos en el Mar de Cortés
en 1940, el novelista norteamericano John Steinbeck observó
el saqueo de la vida marina por pescadores extranjeros:
"Además
de los camarones, estas embarcaciones matan y desperdician muchos
cientos de toneladas de peces cada día, varias de las
cuales son desesperadamente necesitadas como alimento. Quizá
el Ministerio de la Marina no se ha dado cuenta todavía
de que uno de los recursos importantes de México está
siendo extinguido. Si no se ha hecho aún, deben de imponerse
límites a la captura, y no permitirse que esta región
sea tan intensamente explotada. Entre otras cosas, debe llevarse
a cabo el estudio cuidadoso de esta área, para que se
pueda comprender su potencial y la captura mantenida en equilibrio
con la existencia. Así habrá camarón disponible
indefinidamente. Si no se hace esto, en muy corto tiempo veremos
el fin de la industria pesquera".76
John
Steinbeck, que era un agudo observador tanto de la humanidad
como de la naturaleza, estableció el punto crucial del
asunto:
"El
funcionario mexicano y el capitán japonés eran,
ambos, buenos hombres, pero por su asociación en un proyecto
dirigido, honesta o deshonestamente, por fuerzas atrás
y sobre ellos, estaban cometiendo un verdadero crimen contra
la naturaleza y contra el bienestar inmediato de México,
y el bienestar eventual de toda la especie humana".77
Varios
mexicanos compartían las observaciones de Steinbeck,
pero la reglamentación de la pesca marina quedó
fuera de su control.
Durante
los veinte y los treinta, el gobierno no puso suficiente atención
a la pérdida de los suelos.78 De 1926 a 1940, los agrónomos
de distrito estuvieron encargados de enseñar a los agricultores
buenas prácticas de agricultura, pero este programa no
contaba con suficientes recursos económicos.79 La administración
de Cárdenas enfocó casi toda su atención
a evitar la erosión en áreas boscosas, más
que en los pastizales y tierras de labor. En 1939, Cárdenas
ordenó a la Comisión Nacional de Irrigación
explorar los suelos en los distritos de irrigación para
evaluar con más exactitud la necesidad de tomar medidas
para el control de la erosión. El jefe de la exploración,
Lorenzo Patiño, declaró que en algunas partes
del país los agricultores habían tenido que abandonar
sus tierras, antes fértiles, porque la erosión
había dejado únicamente subsuelos pedregosos que
casi no podrían servir para plantas de ningún
valor. Patiño declaró que la erosión del
suelo era un problema grave que requería de la inmediata
atención del gobierno.80 La advertencia de Patiño
presagiaba el surgimiento de la conservación del suelo
como un asunto de interés nacional en México.
En
enero de 1940, Lázaro Cárdenas anunció
el cierre del Departamento Forestal, de Caza y Pesca. Adujo
que su decisión se había debido principalmente
a limitaciones de presupuesto. Quevedo no estuvo de acuerdo
con éste razonamiento, haciendo notar que a través
de multas, impuestos y pagos por licencias, el departamento
era una de las pocas agencias del gobierno que recibían
más dinero que del que gastaban.81 Aparentemente, la
decisión de cerrar el departamento se debió a
otros factores que el presupuesto.
Durante
su presidencia, Cárdenas había recibido muchas
quejas sobre la manera en que Quevedo había manejado
el Departamento Forestal, de Caza y Pesca. Al mismo tiempo,
la Secretaría de Agricultura seguía presionando
con su pretensión de que era la agencia adecuada para
administrar los bosques y la fauna de México.82 Entre
los cargos que hacían los ciudadanos mexicanos a Quevedo,
estaba el de que había fallado en lograr que sus subordinados
aplicaran la ley, que no había dado adecuada dirección
y paga al servicio forestal, y que no había permitido
al no permitido, el adecuado desarrollo de los recursos naturales.83
Debido a sus antecedentes aristocráticos y su "servicio"
a Porfirio Díaz, Quevedo era particularmente vulnerable
a las críticas de que tenía convicciones antirrevolucionarias.
El
conservacionista de la fauna, Rodolfo Hernández Corzo,
dio un resumen retrospectivo sobre cómo se sentían
muchos grupos de campesinos y obreros durante ese periodo cuando
dijo que: "Quevedo actuó contra la reforma agraria y
la utilización de los bosques para beneficio del campesino* y continuamente peleaba con la Secretaría de Agricultura
sobre el desarrollo del territorio nacional. Quevedo era un
conservador social o, mejor aún, un reaccionario opuesto
a todas las instituciones y programas de la Revolución."84
Algunas
de estas críticas resultaron ciertas. Quevedo no apoyó
el programa de reforma agraria de Cárdenas porque creía
que los campesinos ampliarían sus campos a costa de los
bosques.85 También se mostró molesto de la decisión
presidencial de suavizar los reglamentos para la conservación
de los bosques y la fauna para el beneficio económico
inmediato de los campesinos*. Cárdenas y Quevedo
no compartían una filosofía de conservación
idéntica. Cárdenas consideraba la conservación
de los recursos naturales sólo como un componente de
su más ambicioso programa de desarrollo rural. Su compromiso
era, en última instancia, con el pequeño productor.
Quevedo simpatizaba también con las necesidades de los campesinos*, pero creía que cuando fuera necesario,
la conservación de los recursos naturales debería
de anteponerse a las reclamaciones de los usuarios del recurso.
A veces, esta diferencia filosófica creaba tensiones
entre los dos hombres (tales como: que tan rígidamente
se debería controlar el uso de los recursos naturales
por los pobres en el campo) y puede aún haber contribuido
a la decisión de Cárdenas de transferir la responsabilidad
de la conservación de los recursos naturales de vuelta
a la Secretaría de Agricultura.
Un
cierto número de conservacionistas mexicanos protestaron
por la decisión de Cárdenas de cerrar el departamento.
Obviamente, Quevedo estaba decepcionado. Anticipaba que el cierre
del departamento resultaría en la destrucción
de los bosques por cuya protección había trabajado
tanto.86 Juan Zinzer también expresó su desaprobación
por la decisión de Cárdenas. Un año después
del cierre del departamento, Zinzer acusaba que: "un grupo de
hombres que nunca antes habían tenido el menor contacto
con problemas de fauna se había apoderado del Servicio
de Caza, y debido a su falta de conocimiento e interés,
se había permitido una intensa persecución de
la fauna."87 Para apoyar este punto, Zinzer hizo notar que las armadas* (cacería de patos con baterías)
se habían reanudado en la meseta central, el desecamiento
de represas para irrigación había contribuido
a una abrupta disminución en las poblaciones de patos,
los reglamentos que prohibían el comercio de pieles de
venado ya no se aplicaban, y la cacería de borrego cimarrón
y antílope se hacía sin restricción alguna.88
Individuos
preocupados, ajenos al gobierno, también criticaron la
decisión de Cárdenas. En un editorial titulado
"Regreso a la barbarie", el miembro de la sociedad forestal
Carlos González Peña, recordaba a sus lectores
que antes de la administración de Cárdenas, la
Secretaría de Agricultura había fracasado en conservar
los recursos naturales de México. Cárdenas había
tenido que crear un departamento autónomo para lograr
este fin. Para apoyar su punto de vista, González Peña
comparaba lo logrado por las dos agencias. Antes de 1934, sólo
existían dos viveros en México, entre 1934 y 1940
se establecieron 294.89 Antes de 1935, no había viveros
escolares; 4,000 fueron creados en los cinco años siguientes.
En 1934, el Secretario de Agricultura había ordenado
la plantación de solo un millar de árboles; entre
1935 y 1939 se plantaron 6,337,464. Por lo tanto, González
Peña rechazaba el argumento de que el departamento había
sido cerrado porque no lograba sus objetivos.90 Luego elogiaba
a Quevedo: "El Departamento Forestal, de Caza y Pesca constituía
la síntesis y el máximo logro del gran trabajo
en defensa y propagación de nuestros recursos naturales
que el sabio investigador, el noble apóstol, el espíritu
puro, Miguel Ángel de Quevedo, había llevado a
cabo durante su vida."91 González Peña predecía
que el regresar a la Secretaría de Agricultura el control
de los bosques de la nación resultaría un desastre.
Otros
aplaudieron la decisión de Cárdenas para restablecer
la jurisdicción del ministerio sobre los recursos naturales.
El agrónomo Ramón Fernández y Fernández
razonaba que los bosques, la cacería y la pesca estaban
totalmente relacionados con la agricultura y la ganadería
y por lo tanto eran claramente de la incumbencia de la Secretaría
de Agricultura.92 Fernández pensaba que el desmonte de
los bosques para la agricultura debería de permitirse
en la mayoría de las circunstancias y únicamente
cuando los bosques se necesitaran para ciertos fines, y donde
la reforestación fuese difícil deberían
establecerse limitaciones. Acusaba a Quevedo de establecer restricciones
que eran muy rigurosas y sin una razón. Luego rechazaba
el razonamiento de aquel para la conservación de los
bosques: "Los beneficios que proporcionan los bosques han sido
exagerados: no producen o aumentan las lluvias ni cambian el
clima, ellos [los bosques] son simplemente una parte de la riqueza
de la nación debido a la utilidad y al valor de sus productos."93
En efecto, Fernández aseguraba que los bosques tenían
sólo un valor económico y que la conservación
Únicamente se justificaba por razones económicas.
Su filosofía sería la predominante durante los
años posteriores a Cárdenas. Con la presión
para una intensa industrialización que empezó
durante los años cuarenta, la conservación dejó
de ser una preocupación entre la mayoría de los
funcionarios gubernamentales de alto nivel y fue promovida por
los conservacionistas del gobierno principalmente por consideraciones
económicas. Únicamente unos cuantos mantuvieron
la convicción de Quevedo de que los bosques debían
ser protegidos por su valor biológico.
La
preponderancia de la evidencia científica apoyaba las
aseveraciones de los conservacionistas utilitaristas de que
los bosques tenían poco o ningún efecto sobre
la lluvias o el clima (por lo menos no a escala regional). Por
el otro lado, su presunción de que los bosques no tenían
valor biológico parecía ser contradicha por los
hechos. La mayoría de los científicos estaban
de acuerdo en que los bosques disminuían las inundaciones
y conservaban los manantiales al mantener permeables los suelos.
Las observaciones también indicaban que los bosques impedían
la erosión al proteger al suelo de las lluvias fuertes
(lo que también reducía las inundaciones) y al
anclar los suelos. Los árboles mantenían la humedad
en el aire por medio de la transpiración, al mismo tiempo
que reducían la evaporación y el resecamiento
de los suelos con la deflexión de la radiación
solar. Con la posible excepción de los efectos de los
bosques en las lluvias y el clima, la política de conservación
de Quevedo se basaba en buena ciencia.94
Quevedo
continuó con su campaña en favor de los bosques
de México hasta su muerte en 1946. En 1941, el gobierno
adoptó su propuesta de hacer obligatorio para el servicio
forestal y las autoridades locales el establecer y mantener
zonas arboladas alrededor de las ciudades portuarias. Como había
hecho muchas veces en el pasado, Quevedo llamó la atención
sobre la perjudicial cadena de eventos que desataba la desforestación.
En el caso de las ciudades portuarias, los pantanos, que eran
el campo perfecto para la reproducción de los mosquitos
portadores de malaria y fiebre amarilla, se formaban por el
derrame de zanjas de drenaje azolvadas por los detritus arrastrados
desde las colinas desforestadas. Más aún, la desforestación
estaba destruyendo la belleza y el valor turístico de
las ciudades portuarias de México. Quevedo estaba muy
irritado por el fracaso de los funcionarios del gobierno en
la protección de las zonas forestales recién creadas.95
El episodio de las ciudades portuarias era un microcosmos de
lo que estaba ocurriendo en todo México: el sistema nacional
de reservas forestales y las zonas forestales protegidas estaban
perdiendo su significado porque el gobierno no hacía
cumplir los reglamentos.
Quevedo
se descorazonó por el cierre de varias escuelas forestales,
ya que sabía que ello llevaría a una disminución
en el tamaño y la efectividad del servicio forestal.96
Quevedo percibía que algunos de los mayores logros de
la administración de Cárdenas serían revertidos
por el gobierno siguiente.
En
uno de sus últimos discursos públicos, Quevedo
reflexionó sobre su vida y su carrera.97 finalizaba apremiando
a la gente a dedicar parte de sus vidas a la protección
de los bosques, ya que todas las generaciones y la humanidad
debían parte de su bienestar al árbol.98
Los
conservacionistas mexicanos durante la época de Cárdenas
no lograron todo lo que habían querido, ni habían
construido unos cimientos inalterables para perpetuar los esfuerzos
de conservación en México. Pero en los árboles
alrededor de varias ciudades mexicanas y en los planes de desarrollo
sostenible, se puede palpar tangiblemente el legado filosófico
del programa de conservación de Cárdenas.99 El
trabajo de toda la vida de Quevedo no había sido completamente
en vano.