Capítulo
Seis
La declinación de la conservación:1940-1970
Durante
los cuarenta, México inició una era de rápido
crecimiento demográfico, urbanización e industrialización
que aceleró el deterioro del ambiente. Entre 1940 y 1970,
la población de México creció explosivamente
de veinte millones a cuarenta y ocho millones. Durante ese mismo
período, el número de mexicanos que vivían
en áreas urbanas, aumentó de cuatro a veinticuatro
millones.1 Al mismo tiempo de estos cambios demográficos,
la contribución del sector industrial al producto nacional
creció de 25 a 34%.2 La concentración excesiva
de gente y fábricas en la Ciudad de México y otras
áreas urbanas culminó en problemas masivos de
contaminación.
Trágicamente,
también la confluencia de un rápido crecimiento
demográfico y la promoción gubernamental de la
industrialización dieron como resultado una despiadada
explotación de los suelos, aguas, bosques y fauna de
la nación. Los funcionarios del gobierno no sólo
canalizaron los recursos naturales hacía el sector industrial,
sino que también industrializaron el uso de los propios
recursos naturales. Dando subsidios (principalmente a los prósperos
agricultores del noroeste de México) para usar maquinaria
pesada, fertilizantes inorgánicos, pesticidas y variedades
de plantas de alto rendimiento, construyendo grandes presas
hidroeléctricas y consolidando regiones forestales para
estimular su explotación racional y eficiente, el gobierno
mexicano estaba, en efecto, sometiendo a los recursos naturales
al mismo proceso mecanizado de producción en gran escala
que caracterizaba al sector industrial. A través de sus
programas de desarrollo, el gobierno mexicano fue un agente
principal en el deterioro ambiental del país. En parte
por apatía, y en parte por los tremendos obstáculos
para hacer cumplir las leyes de conservación, los funcionarios
oficiales también dejaron de constatar el daño
ambiental que hacían los particulares. Como participantes
y como espectadores, los políticos mexicanos contemplaron
la destrucción de los recursos naturales de su nación.3
Para
los años setenta, los funcionarios oficiales, de mala
gana empezaron a reconocer que sus políticas habían
contribuido a la crisis ambiental de México. ¿Pero qué
con el período entre 1940 y 1970, cuando el compromiso
de los funcionarios del gobierno hacia la industrialización
era inconmovible? ¿Qué tipo de políticas de conservación
salieron de un período en el que una de las más
altas prioridades del gobierno era proporcionar recursos naturales
para el desarrollo industrial?
No
es de sorprender que la mayoría de los altos funcionarios
pusieran poco énfasis en la conservación. Los
presidentes mexicanos aún hablaban de esta necesidad,
pero sus acciones generalmente desmentían sus palabras.
Los programas de conservación no tenían suficientes
fondos y las agencias en este sentido, carecían de personal.
Aunque el gobierno promulgó durante el periodo poscardenista
algunas enérgicas leyes sobre la materia, rara vez se
iniciaban programas de conservación vigorosos. En una
época en la que el objetivo principal del Estado era
la rápida industrialización, la élite política
no estaba dispuesta a hacer cumplir leyes que prohibían
o restringían el uso de los recursos naturales.
Los
mismos conservacionistas gubernamentales tenían posturas
concordantes con la estrategia general de desarrollo industrial.
Luis Macías Arellano, jefe de varias agencias de conservación
en México entre 1946 y su muerte en 1962, fue vocero
de muchos de sus colegas cuando aseveró que la conservación
y la industrialización eran metas compatibles. Después
de reconocer que la conservación era necesaria para el
futuro desarrollo de México, afirmaba que:
"Incuestionablemente
el establecimiento de nuevas industrias afectará a los
recursos naturales, sin embargo, están orientadas en
tal forma que ayudarán y no obstaculizarán la
conservación... creo firmemente que México estará
trabajando eficientemente en un futuro cercano y podrá
solucionar sus problemas de conservación sin detrimento
de la expansión industrial, balanceando el suministro
para llenar las necesidades".4
Los
funcionarios dedicados a la conservación creían
que mediante un uso sensato de los recursos, las industrias
tendrían perpetuamente asegurada una provisión
adecuada de materias primas.
Dentro
de los círculos gubernamentales, la utilidad económica
se convirtió en la razón primaria para la conservación.
Los funcionarios que trabajan en la conservación, como
Macías Arellano, etiquetaban peyorativamente como románticos
a quienes abogaban por la estricta protección de los
bosques y la fauna por causas estéticas, éticas
o biológicas. Aunque todavía existían restricciones
para la explotación de los recursos naturales, "uso"
se convirtió en la palabra operativa.
El
equilibrio que Cárdenas había mantenido entre
el desarrollo de los recursos a pequeña escala en el
sector tradicional, y el de agricultura e industria "modernas"
fue abandonado, en gran parte, por el sucesor Manuel Ávila
Camacho (1940-1946). Quien promovió la expansión
de negocios agrícolas a fin de crear la infraestructura
para la industrialización misma. Al producir cosechas
con valor en efectivo, estas empresas generarían ingresos
por exportación que el gobierno podría usar para
comprar equipo industrial en el extranjero. Advirtió,
sin embargo, que México no estaba en posición
para competir como un país industrial en el mercado internacional.
En su lugar, México debería industrializarse para
cubrir sus necesidades domesticas y así romper el circulo
de dependencia en que exportaba materias primas baratas e importaba
bienes manufacturados caros. Ávila Camacho concluía,
entonces, que para prosperar en un sistema dominado por potencias
económicas extranjeras "México debería
buscar no ser un país exclusivamente industrial. Debería
procurar, por el contrario, ser un país preeminentemente
agrícola."5
El
pronunciamiento de Ávila Camacho era importante, porque
si México iba a ser un país fundamentalmente agrícola
tendría que conservar sus suelos. De lo que había
visto en los informes de gobierno y en sus propios viajes, había
llegado a notar el grado de la erosión de los suelos
en México. Reconoció que la erosión era
un problema grave ligado a la desforestación, pero no
limitado a ella. La reforestación era necesaria, particularmente
a lo largo de las cuencas hidráulicas, pero era más
crítico enseñar técnicas de conservación
a los agricultores de la nación. Al enfatizar la conservación
forestal, Miguel Ángel de Quevedo había tocado
sólo una parte del problema de la erosión del
suelo. Ávila Camacho trató de rectificar esta
situación ampliando el campo de los esfuerzos de conservación
en México. Declaró que la erosión del suelo
representaba "una causa de empobrecimiento nacional que había
sido subestimada, pero que era tiempo de un trabajo correctivo
bien establecido y racionalmente planeado."6
Ávila
Camacho dio el primer paso en esto cuando creó el Departamento
de Conservación del Suelo, dentro de la Comisión
Nacional de Irrigación. Les pidió a los conservacionistas
del suelo gubernamentales dar especial atención a la
prevención de la erosión de este recurso en las
cuencas de los ríos y en los distritos de riego donde
los sedimentos estaban azolvando las represas y atascando los
canales de riego. La misión del departamento, en general,
era divulgar el problema y capacitar a los agricultores mexicanos
en los medios para el cuidado de la tierra.7
Para
llevar a cabo esta misión, el Departamento de Conservación
del Suelo creó distritos de conservación del suelo,
la misma unidad que se había creado en los Estados Unidos
después del Dust Bowl. En 1943, el gobierno mexicano
estableció los dos primeros distritos de conservación
del suelo en los estados de México y Tlaxcala en el México
central. A pesar que Ávila Camacho asigno únicamente
nueve millones de pesos para el mantenimiento de tierras cultivables
durante su sexenio, el Departamento pudo establecer ocho distritos
de conservación más al final de su presidencia.8
En
1946, Ávila Camacho logró que se promulgara una
memorable ley de conservación de suelo y agua. La legislación
fue la primera de su clase en México y se ha mantenido
como el principal documento nacional sobre conservación
del suelo y agua. La premisa central del estatuto es que la
conservación de ambos es básica para la agricultura
del país. La administración de Ávila Camacho
declaró expresamente que era de interés público
la prevención de la erosión del suelo y de las
inundaciones. Para lograr estas metas, el gobierno promovió
la difusión de técnicas de conservación
para los agricultores, el establecimiento de distritos de conservación,
y el desarrollo de educación conservacionista entre los
jóvenes, los campesinos* y toda la nación.
La Secretaría de Agricultura se comprometió a
estudiar y adoptar los mejores medios de conservación
de los suelos y aguas de la nación. Entre los medios
mencionados en la propia ley estaban terrazas, presas, diques,
arado en contorno, resembrado con árboles y pastos, rotación
de cultivos, control de cuencas e irrigación adecuada.9
Los
funcionarios mexicanos querían aprender más sobre
las técnicas de conservación que se aplicaban
en los Estados Unidos. La Ley de Conservación del Suelo
y el Agua estableció un fondo para becas con el que los
científicos y los estudiantes de agronomía dentro
del Departamento de Conservación del Suelo pudiesen estudiar
en universidades de los Estados Unidos.10 Sin embargo, no todos
los agrónomos mexicanos creían que su país
debería adoptar las prácticas de conservación
norteamericanas. José Navarro Sámano, entre ellos,
sostenía que los campesinos habían rechazado las
técnicas de conservación promovidas por el gobierno
debido a su naturaleza poco familiar. Advertía que "uno
debe usar las experiencias obtenidas en trabajos similares en
los Estados Unidos sólo como una guía para nuestra
labor, pero nunca pensar que si fueron buenas allá tendrán
que ser buenas acá."11 El balance adecuado entre las
técnicas prestadas y las innovaciones locales era algo
en lo que los agrónomos mexicanos no se podían
poner de acuerdo fácilmente.
En
1946, el nuevo presidente, Miguel Alemán (1946-1952),
transfirió la responsabilidad de la protección
de los suelos de la nación a la Secretaría de
Agricultura. En el cambio, bastantes conservacionistas perdieron
sus trabajos.12 Algunos de aquellos que dejaron el gobierno
dirigieron sus esfuerzos a proyectos cívicos para la
conservación del suelo. El mismo Ávila Camacho
fue nombrado presidente honorario de "Amigos de la Tierra",
una organización privada de conservación dedicada
a la divulgación de las técnicas de conservación
del suelo entre los agricultores mexicanos.13
Aquellos
agrónomos que obtuvieron trabajos dentro de la Secretaría
de Agricultura siguieron apoyando el desarrollo y el incremento
de programas de conservación de suelos, pero sólo
unos pocos de sus superiores compartían tal entusiasmo.
Más aún, los presupuestos disponibles no permitían
una expansión de las actividades conservacionistas. En
su lugar, el gobierno presentó un disminuido programa
de conservación del suelo. Los funcionarios de agricultura
estimularon la creación de comisiones estatales de conservación
de suelo y agua. El gobierno colocó otras regiones en
las manos de juntas locales de conservación.14
Como
otra medida para reducir costos, la administración de
Alemán creó brigadas motorizadas de agrónomos.
Viajando por las principales carreteras de México, estas
daban información y demostraciones sobre técnicas
de conservación del suelo a los agricultores que vivían
en las cercanías. En cada parada, los agrónomos
trataban de establecer juntas locales conservacionistas. Participando
en esta precaria operación a pequeña escala, los
agrónomos del gobierno anualmente visitaban alrededor
de treinta ciudades y pueblos en cada estado de la República.
Sin embargo, tales políticas creativas no eran un substituto
para un fuerte programa nacional de conservación del
suelo.15
El
Distrito de Conservación del Suelo de Saltillo nos da
un ejemplo de cómo los programas de conservación
de este recurso, desarrollados durante las administraciones
de Ávila Camacho y Miguel Alemán, afectaron a
las comunidades locales. A mediados de los cuarenta, los conservacionistas
del suelo en el Distrito de Saltillo (en el estado de Coahuila,
al norte de México) habían promovido la práctica
de rotación de cultivos y el surcado en contorno, la
plantación de viñedos y nogales en terrenos con
suelos calizos, el uso de nogales y membrillos como rompevientos,
la plantación de trigo en los valles y huertos de manzanas
en las laderas de las montañas, y la formación
de juntas de propaganda para la conservación del suelo.16
Una década después, Philip Wagner, un geógrafo
estadounidense, produjo un estudio de uso de recursos en Parras,
Coahuila, que formaba parte del Distrito de Saltillo. Wagner
advirtió cómo los suelos alrededor de Parras habían
sido afectados por la labranza, cría de cabras, tala
de madera, el uso exagerado del agua, y la siembra continua
en un solo lugar de cosechas como maíz y algodón
(en contraposición a la rotación de cultivos).17
Wagner se sorprendió por la irónica suerte de
los campesinos*: "Es en regiones como Parras, donde gran
número de personas viven casi a nivel de sobrevivencia,
que el agotamiento de los recursos es un asunto de vida o muerte.
Desafortunadamente, es en este mismo tipo de comunidades pobres,
donde aparecen las más fuertes influencias para aumentar
la intensidad y la velocidad en el uso de los recursos."18
A
pesar de todo, el campesino* no era la única parte
culpable de la degradación de la tierra. Como notó
Wagner, los agricultores prósperos también trataban
mal la tierra: "Las grandes empresas agrícolas... a veces
son más consideradas con el suelo, pero ésta es
una de esas tierras de oportunidades donde primero viene la
riqueza y después la sabiduría, y muchas grandes
operaciones están degradando sus tierras con franqueza
y entusiasmo."19 Los conservacionistas del suelo gubernamentales
hicieron un pequeño progreso en la región de Parras:
"Algunos
de los ciudadanos de Parras han constituido organizaciones locales
para mejorar los métodos de cultivo, y han aplicado técnicas
eficientes en sus propias tierras. El gobierno federal mexicano
también se ha interesado en algunos de los problemas
del área, principalmente en los forestales y en el abastecimiento
de agua, y ha instalado agencias para el estudio científico
y la educación. Pero el problema de los recursos sigue
siendo muy grave, y ninguna de las medidas ya instituidas es
lo suficientemente radical como para evitar que siga el deterioro.20
Por
lo menos, los agricultores de Parras habían recibido
ayuda de los conservacionistas del suelo gubernamentales. La
gran mayoría de los agricultores mexicanos nunca habían
conocido a un conservacionista del suelo. Gonzalo Blanco Macías,
un agrónomo mexicano que trabajaba para la Unión
Panamericana, escribió en 1950, sobre los muchos agricultores
mexicanos que ignoraban acerca de las técnicas de conservación
de suelo:
"Como
México sufre de una escasez de tierras cultivables, aún
las laderas se usan para propósitos agrícolas,
y esto necesita de técnicas agrícolas especiales,
tales como surcado en contorno, terraceo, franjas alternadas
de cultivo, y otros medios. Sin embargo, muy pocos pequeños
agricultores han oído de estas prácticas, y se
han acostumbrado a plantar sus cultivos en cualquier terreno
que se encuentre disponible, algunas veces en taludes de hasta
45 grados. En esta forma, han estado destruyendo la única
cosa que hace posible su existencia.21
La
retórica gubernamental frecuentemente identificaba la
protección de los suelos de la nación como una
necesidad imperiosa. En 1955, el presidente Adolfo Ruiz Cortines
afirmó que la erosión del suelo era el "gran enemigo
de nuestro progreso económico."22 Sin embargo, la cantidad
de fondos públicos dirigidos a la rehabilitación
y conservación de suelos permanecía casi nula.
Después de tomar en cuenta el 33% de devaluación
del peso que ocurrió durante la presidencia de Ruiz Cortines,
el presupuesto real de la Oficina de Conservación del
Suelo y el Agua permaneció en el mismo nivel, o aún
disminuyó, entre 1953 y 1958. Los agrónomos dentro
de la oficina estaban descorazonados por la falta de atención
de Ruiz Cortines a la conservación del suelo, en un momento
en que las crecientes poblaciones estaban exponiendo a la erosión
grandes extensiones de tierra.23
El
presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) actuó
según el mismo patrón. Durante su campaña
presidencial en 1958, López Mateos declaró que
"la erosión del suelo es uno de los más serios
problemas que confronta México, y es necesario evitar,
esforzándonos mucho todos los días, la destrucción
del patrimonio de cada generación."24 Aún así,
en 1960 sólo ochenta especialistas en suelos se habían
inscrito en la escuela Nacional de Agricultura en Chapingo.
El programa de becas (establecido en 1946 por la Ley de Conservación
de Suelo y Agua) que mandaba agrónomos mexicanos al extranjero
para estudiar técnicas de conservación de suelo
y de agua, estaba prácticamente muerto. De acuerdo con
estimaciones oficiales, los agricultores estaban aplicando técnicas
de conservación de suelo sólo en 300,000 de los
16 millones de hectáreas de tierras cultivadas (la cifra
real puede haber sido mayor, ya que el gobierno pasó
por alto a aquellos campesinos que usaban prácticas
de conservación tradicionales).25
Durante
la presidencia de Gustavo Díaz Ordáz (1964-1970),
los agrónomos lograron la aplicación de prácticas
de conservación de suelo en otras 240,000 hectáreas.
Sin embargo, este logro fue ampliamente superado por la cantidad
de tierra cultivable perdida por la erosión, que totalizó
casi un millón de hectáreas durante ese período
presidencial. Al comienzo de su administración, únicamente
el 1.1% del presupuesto de la Secretaría de Agricultura
estaba destinado a conservación de suelo y agua. Al final
de la presidencia de Díaz Ordáz, esta cifra apenas
si se había duplicado, llegando al 2.3%, un cambio en
las estadísticas que no consolaba a los conservacionistas.26
La retórica del gobierno sobre la necesidad de conservación
del suelo pudo haber sido sincera, pero no había sido
respaldada por suficientes recursos económicos y humanos.
Los funcionarios oficiales señalaban que la erosión
del suelo era una tragedia nacional, pero no estaban dispuestos
a convertir la prevención de la erosión en una
prioridad nacional.
Como
en el pasado, el gobierno era, en parte, responsable por la
explotación de los recursos naturales por los campesinos ya que los obligó a entrar en una economía
de mercado para el beneficio de una élite económica.
En este momento, el Estado promovió los intereses de
los industriales a costa del campesinado. Específicamente,
el gobierno instituyó controles de precios agrícolas
para mantener bajos los costos industriales y la paz urbana
y elevó las tarifas arancelarias para proteger a las
industrias domésticas de la competencia extranjera. Como
resultado de estas políticas, muchos campesinos* tuvieron que producir más alimentos para comercializar
y obtener los ingresos necesarios para comprar diversos bienes
de consumo e insumos agrícolas (otros se integraron a
la fuerza laboral urbana, lo que abatió aún más
los costos industriales). Junto con el crecimiento de la población
rural, y la inevitable parte de prestamistas e intermediarios,
el programa de desarrollo del gobierno exacerbó los problemas
de desforestación y de erosión del suelo al obligar
a los campesinos a abrir a la producción tierras marginales.
Como un repudio final a la economía de subsistencia,
el gobierno destinó la mayor parte de su apoyo a la agricultura
para los ricos terratenientes más que para los campesinos.27
Entonces,
como se podía esperar, el más duradero efecto
de Ávila Camacho sobre la agricultura no fue en el área
de conservación del suelo, sino en el de "modernización"
agrícola. En un trascendental acuerdo en 1943, Ávila
Camacho aprobó un programa de la Fundación Rockefeller
para mejorar las variedades de trigo y maíz, controlar
las plagas destructivas de las plantas, e incrementar la productividad
del suelo. El secretario de agricultura de Ávila Camacho,
Marte R. Gómez, apoyó también el programa
de la Rockefeller, declarando que sería "indudablemente
favorable al desarrollo de la agricultura en México."28
Aunque los miembros de la administración de Ávila
Camacho pueden no haber estado al tanto de todos los detalles
del programa de la Fundación, ellos, junto con muchos
científicos mexicanos, estaban ansiosos de aumentar la
producción agrícola por cualquier medio posible.29
El
enfoque de la Fundación Rockefeller hacia la producción
agrícola, con su base en la reproducción de plantas,
pronto se convirtió en parte integral de la investigación
y la educación agrícolas de México. En
1961, el gobierno mexicano se hizo cargo totalmente de la operación
del programa de la Fundación. En la práctica,
la Revolución Verde, como se llamó al programa,
requería maquinaria pesada, riego extensivo, fertilizantes
inorgánicos, y pesticidas para asegurar el éxito
de los nuevos híbridos.
La
clave de la Revolución Verde fue el desarrollo de variedades
enanas de granos que pudieran asimilar grandes cantidades de
fertilizantes químicos sin doblegarse. Los agricultores
regaban intensamente sus campos para que las plantas pudiesen
absorber dosis aún mayores de los nutrientes artificiales.
También aplicaban pesticidas para controlar insectos,
hongos y malas hierbas que proliferaban en el húmedo
microambiente y para combatir las plagas de plantas especificas
que amenazaban los monocultivos de ésta Revolución
(en algunos casos, los genetistas de plantas desarrollaron granos
resistentes a varias enfermedades, pero debido a mutaciones
las plagas pudieron atacar a las plantas después. Con
el tiempo, los insectos y otras plagas desarrollaron también
resistencia a los pesticidas). Las nuevas tecnologías
cumplieron su función en términos de aumentar
el rendimiento, pero produjeron consecuencias que se extendieron
más allá del ámbito de la agricultura.
La Revolución Verde tuvo como resultados el envenenamiento
por pesticidas, el escurrimiento de fertilizantes inorgánicos
hacia arroyos y ríos, y la pérdida de la fertilidad
y humedad del suelo (debido a la aplicación de fertilizantes
inorgánicos), y por lo tanto, dañó tanto
a la población como al mundo natural.30
México
buscó la modernización de las técnicas
agrícolas sin considerar el impacto de las mismas sobre
el medio ambiente. Más aún, la Secretaría
de Agricultura consideraba la productividad como una tarea más
importante que la conservación, a pesar del hecho de
que el rendimiento de las cosechas dependía, en última
instancia, de una adecuada capa superior de tierra fértil.
La promesa de una producción cada vez mayor usando la
ciencia moderna, puede, de hecho, haber aligerado la preocupación
del gobierno sobre el acelerado ritmo de erosión del
suelo en todo el país. En forma similar, muchos encargados
de la planeación sentían que el dotar de agua
barata a los agricultores, por medio de proyectos de riego,
mitigaba la necesidad de tomar medidas para la conservación
del suelo y el agua. Desde su punto de vista, se podría
dotar de agua a tierras en que fuera escasa, y se podrían
abrir al cultivo nuevas tierras para sustituir aquellas pérdidas
por la erosión.
Como
indican las cifras de el cuadro 2, hubo un gran incremento en
la extensión de las tierras puestas bajo riego durante
los cuarenta y los cincuenta.31 La mayor parte de los proyectos
de riego que se construyeron en el período se dirigieron
a los prósperos estados agrícolas del noroeste
de México.32
No
todos los funcionarios oficiales aprobaron la presión
a que se sujetaba la expansión de proyectos de irrigación.
Gonzalo Andrade Alcocer, un investigador científico del
Servicio Mexicano de Conservación del Suelo y el Agua
durante la administración de Alemán, advirtió
que la construcción de proyectos de riego no era la panacea
para los problemas agrícolas del país. Hizo notar
que en muchas áreas la erosión por viento y por
agua había dejado sólo una delgada capa de tierra
fértil. Andrade Alcocer exhortaba a los mexicanos a enrolarse
en un inmenso programa de conservación para asegurar
a la población contar con alimentos en el futuro.33 Gonzalo
Blanco Macías compartía la creencia de su colega
sobre la importancia de la conservación. Insistía
que México debería mantener un equilibrio balanceado
entre la agricultura y la industria. Creía que la capacidad
para mantener la industria dependía de un sector rural
próspero, y que éste era imposible sin la conservación
del suelo y el agua.34
El
conservacionista estadounidense William Vogt, que encabezaba
ésta en la División de Cooperación Agrícola
de la Unión Panamericana, tocó el mismo tema en
el Segundo Congreso Mexicano de Ciencias Sociales, llevado a
cabo en la Ciudad de México en 1945. Vogt sostenía
que las tierras adecuadas para el riego podrían ser regadas
en cualquier momento en el futuro, pero que la tierra que se
deslavaba y desaparecía en cada época de lluvias
no podía esperar. El futuro de México era sombrío
si la gente seguía destruyendo la productividad de la
tierra a cambio de una ganancia económica a corto plazo.35
Replicando
a Vogt, Adolfo Orive Alva, director de la Comisión Nacional
de Irrigación, alegaba que los trabajos extensivos de
irrigación que había llevado a cabo el gobierno
mexicano en realidad reducirían la erosión del
suelo en el país, ya que muchos campesinos emigrarían
a las nuevas zonas agrícolas, en vez de seguir explotando
las tierras marginales.36 Sin embargo, la visión de Orive
Alva era ingenua, ya que los grandes proyectos de riego construidos
en el norte de México, nunca fueron dirigidos al beneficio
del campesino.
En
un nivel básico, Orive Alva disentía de sus colegas
acerca de la importancia de la agricultura para el futuro de
México. Como Secretario de Recursos Hidráulicos
de Alemán, Orive Alva pensaba que antes que usar el agua
para riego, debería ser usada para generar electricidad.
Razonaba que debido a su topografía y falta de lluvia,
México nunca llegaría a ser un gran país
agrícola. Por lo tanto, debería dirigir sus esfuerzos
hacia la industrialización, y una de las claves de ésta,
era el desarrollo de energía hidroeléctrica barata.37
La
máxima prioridad de Orive Alva era la construcción
de presas en zonas húmedas, para controlar las inundaciones
y generar fuerza hidroeléctrica. En 1947, nombró
una comisión para estudiar el potencial de desarrollo
de energía hidroeléctrica en la cuenca del río
Papaloapan (localizada en las regiones tropicales de Oaxaca,
Puebla y Veracruz) Pronto, los ingenieros estaban construyendo
presas en la cuenca. El proyecto del Papaloapan empezó
a ser mencionado como la TVA (Tennessee Valley Authority–Autoridad
del Valle de Tennessee) tropical, porque abarcaba el desarrollo
con propósitos múltiples y a gran escala de la
cuenca de un río.38
Otra
semejanza entre la TVA y los proyectos de presas de Alemán
era el tratamiento de las cuencas como una unidad. Tanto Franklin
Roosevelt, en su tiempo, como Alemán, en el suyo, dieron
protección legal a los bosques en las vertientes que
surtían represas y dirigieron los esfuerzos de reforestación
a aquellas cuya cubierta fértil ya se había afectado.39
Tomaron estas medidas para reducir la formación de limo
antes de las presas. Tanto en México como en los Estados
Unidos, la conservación del bosque era una parte importante
del desarrollo de los recursos hidráulicos. Orive Alva
argumentaba que el uso del agua con propósitos múltiples
ya era en sí una medida de conservación. Empero,
como otros hicieron notar, las presas no conservan el agua,
sino que la canalizan para el uso humano. De hecho, se evapora
más agua de los depósitos que de los ríos
que fluyen libres debido al aumento de superficie y, por ello,
las presas son más un aspecto del desarrollo de los recursos
acuíferos que de la conservación del agua.
Sin
embargo, desde la perspectiva de los funcionarios hidráulicos,
toda el agua a la que no se aplicaba un uso productivo era desperdiciada.
José Hernández Terán, Secretario de Recursos
Hidráulicos durante la administración de Díaz
Ordáz,definió adecuadamente la misión de
su dependencia como la de "fomentar la distribución racional
del agua para que sea usada donde se puedan obtener los mayores
beneficios económicos y humanos."40 Los principales objetivos
de la Secretaría eran el llevar grandes volúmenes
de agua a donde más se necesitara y reducir su descarga
al mar. Los funcionarios reconocían que también
se requerían algunas medidas de conservación,
tales como el recubrimiento de canales, la recolección
del agua de lluvia, y el cuidadoso reuso de las aguas de drenaje,
para evitar la contaminación de las corrientes y del
agua subterránea. Además, buscaban restaurar las
tierras que se habían ensalitrado debido a las deficientes
prácticas de drenaje (la salinización es causada
por la evaporación del agua de riego que ha recogido
sales del suelo).41 Sin embrago, estas iniciativas recibieron
mucha menos atención de la Secretaría de Recursos
Hidráulicos que la construcción de presas y los
proyectos de irrigación.
Las
políticas forestales en las épocas posteriores
a Cárdenas reflejaron las cambiantes actitudes hacia
la conservación de los recursos y el uso de los mismos.
Aunque reconocía el valor biológico de los bosques
del país, la administración de Ávila Camacho
enfatizaba la importancia de desarrollar prudente y eficientemente
los recursos forestales de México para el progreso de
la industria. En un discurso de 1941, el presidente Ávila
Camacho indicaba que su interés en la conservación
de los bosques era básicamente de naturaleza económica:
"El
gobierno ha recurrido a la conservación para evitar su
[de los bosques] destrucción inútil debido a la
tala excesiva y a incendios que devastan nuestras ya insuficientes
reservas de madera. La destrucción de los bosques tiene
un efecto desfavorable sobre el clima y la lluvia, contribuyendo
así al aumento de precios de importantes materias primas,
y causa la destrucción rápida, por erosión,
de suelos agrícolas creados por la Naturaleza en miles
de años"42
El
énfasis de la administración sobre la conservación
de los bosques como complemento del desarrollo económico
es aún más aparente en un discurso del Día
del Árbol, dado por Fernando Quintana, jefe de la Oficina
Forestal y de Caza en 1942:
"México
se encontrará en una posición ventajosa si utiliza
racionalmente sus recursos forestales, promoviendo el establecimiento
de industrias forestales que beneficien al país, por
medio del uso de coníferas en las zonas templadas y de
especies inapreciables que, hasta ahora, en su mayoría,
han sido sujetos de explotación con gran perjuicio para
la economía nacional".43
Durante
la década de los cuarenta, los funcionarios mexicanos
comenzaron a ver los bosques como almacenes de materias primas
críticas para el desarrollo de una economía industrial
(tales como gomas y resinas). La demanda de madera por parte
de los aliados durante la Segunda Guerra hizo que los funcionarios
mexicanos estuviesen muy conscientes del valor potencial de
sus bosques.44
En
su búsqueda para asegurar una adecuada provisión
de productos forestales para la industria, la minería,
la fabricación de pulpa, el transporte, la construcción
y como materiales bélicos, la administración de
Ávila Camacho creó una importante nueva entidad:
la unidad industrial de explotación forestal.45 El gobierno
colocó pequeñas propiedades colindantes bajo un
solo plan de manejo. Los funcionarios creían que esa
consolidación eliminaría el desarrollo irracional
de los bosques que había resultado de las reformas agrarias
(bajo las cuales los bosques habían sido divididos en
pequeñas parcelas). Al educar a los dueños de
unidades industriales de explotación forestal sobre los
principios del rendimiento sostenido y al obligar a las compañías
madereras a reforestar, el gobierno confiaba que con ello se
podría garantizar a las industrias un suministro continuo
de productos. Ya que los funcionarios forestales podían
vetar cualquier contrato de compra-venta entre los dueños
de los bosques y las compañías madereras, se suponía
que, teóricamente, podrían bloquear operaciones
forestales realizadas por compañías que tuvieran
malos antecedentes en términos de conservación.
Sin embargo, de hecho no se llevó a cabo una selección
cuidadosa y, en consecuencia, la desforestación continuó
a pasos agigantados.46
Miguel
Alemán adoptó un tono más cuidadoso en
relación a la explotación forestal. La "convicción"
de Alemán era que las áreas forestales deberían
ser desmontadas para usos agrícolas o industriales sólo
cuando ello fuera el mejor uso que se le podía dar a
la tierra. Estableció reservas forestales y zonas protegidas
en las cuencas hidráulicas para cuidar los sistemas de
irrigación y de generación de energía hidroeléctrica
y decretó una veda total de los bosques en los estados
de México, Querétaro, Morelos y el Distrito Federal
para garantizar su recuperación.47
En
1948, Alemán aprobó una Ley Forestal que, en el
papel, incorporaba mucho del espíritu de los años
de Cárdenas. En ella, el ejecutivo federal declaraba
que además de asegurar una fuente permanente de productos
forestales, era necesaria una cubierta forestal para evitar
la erosión del suelo, facilitar la recuperación
de áreas ya erosionadas, ayudar a la formación
de suelos fértiles donde ya se habían acabado,
evitar inundaciones y facilitar el almacenamiento de agua, conservar
y embellecer centros turísticos, conservar y mejorar
las condiciones climáticas en toda la República
(al humedecer los vientos y moderar el clima), convertir pantanos
y ciénagas insalubres en tierras que la gente pudiera
usar, proteger a las ciudades contra las polvaredas, embellecer
los centros urbanos y proporcionar a sus cansados habitantes
un lugar de descanso y preservar los hábitats de la fauna
silvestre.
La
ley exigía a las compañías que operaban
en unidades industriales de explotación forestal la plantación
de diez árboles por cada metro cúbico de madera
que cortaran, planteaba el mantenimiento de viveros forestales,
y autorizaba el corte de madera únicamente cuando no
afectara la capacidad productiva de los bosques.48 Evidentemente,
Alemán quería proteger la riqueza forestal de
la nación.
En
el discurso del Día del Árbol en 1951, Alemán
recordó las palabras de Miguel Ángel de Quevedo:
"Los árboles son una fuente de riqueza en madera y en
fruta, conservan la tierra y son el hogar de los animales, moderan
el clima, enriquecen los manantiales que alimentan a los ríos,
protegen contra el viento, dan sombra, y embellecen la campiña."49
Alemán presumía de que su gobierno había
fortalecido sus esfuerzos para proteger la riqueza forestal
de la nación adoptando las medidas más enérgicas
permitidas por la ley, pero que la conservación requería
la colaboración de todos. En particular, pedía
a todos los ciudadanos plantar árboles en cada terreno
disponible y respetar los límites que se habían
fijado para el uso de los bosques. Alemán prometía
que su administración seguiría con sus esfuerzos
para hacer efectivas las sanciones contra la indebida explotación
de los bosques, establecería viveros forestales, distribuiría
semillas y renuevos, y reforestaría al país. También
expresaba su determinación para terminar con la exportación
de madera sin procesar y para eliminar el uso del carbón
de madera. Alemán enfatizaba que todos los mexicanos
tenían la solemne responsabilidad de proteger los bosques
de la nación, cuyo valor para la agricultura, la economía
y la sociedad era incalculable.50
En
este discurso, Alemán reconocía implícitamente
que muchas de las metas de su administración no se habían
alcanzado. La Ley Forestal de 1948 no había sido aplicada
rigurosamente. La destrucción de los bosques en las cuencas
hidráulicas seguía sin control.51 La campaña
para suspender el uso de carbón de madera había
producido resultados decepcionantes.52 En 1950 sólo había
12 estudiantes de silvicultura en México.53 En esta forma,
el país carecía de un cuerpo técnico suficiente
para vigilar sus bosques.
Sin
embargo, el programa forestal de Alemán produjo algunos
resultados exitosos. En 1947, los viveros forestales daban veinticinco
millones de árboles, muchos de los cuales luego eran
sembrados por todo México.54 desafortunadamente, empero,
los funcionarios del gobierno no se preocupaban adecuadamente
de muchas de las plantaciones forestales (Esta no era una falla
exclusiva de la administración de Alemán).55 El
gobierno tuvo éxito en la prohibición para cortar
árboles de Navidad en 1951, pero ello sólo detuvo
una amenaza menor para los bosques mexicanos.56 La administración
de Alemán nunca tuvo éxito en el establecimiento
de un programa efectivo de conservación forestal.
Como
en la época de Cárdenas, Alemán se enfrentó
a una tarea gigantesca intentando proteger los bosques. El gobierno
de Alemán, sin embargo, parecía carecer de cierta
dosis de voluntad cuando llegaba el momento de hacer cumplir
los reglamentos forestales. Los funcionarios de conservación,
convencidos de que el desarrollo industrial y la conservación
eran objetivos compatibles, se equivocaron al evaluar las presiones
que la expansión industrial estaba imponiendo sobre los
bosques. Luis Macías Arellano, jefe de la Oficina Forestal
y de Caza, habló en nombre del gobierno de Alemán
cuando dijo que a México le preocupaba menos la clasificación
taxonómica de los árboles que conocer cuáles
eran los productos que se podían obtener de éstos.57
La administración de Alemán adoptó algunos
de los elementos del programa de conservación de Cárdenas,
pero como otros de los gobiernos después de éste
último, su meta principal era la expansión de
la industria forestal.
El
gobierno de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) mantuvo muchas
de las políticas restrictivas de Alemán pero,
al mismo tiempo, ofreció concesiones especiales (principalmente
a las compañías de ferrocarril) que tuvieron como
resultado la devastación de grandes zonas boscosas.58
El programa de obras públicas de Ruiz Cortines coincidió
con una campaña forestal dirigida a disuadir a los campesinos
de usar desperdiciada e irracionalmente los bosques. En una
publicación titulada Campesino*: defiende tus bosques!, los funcionarios advertían a los labriegos que, a
menos que ellos protegieran sus recursos forestales, los resultados
de los programas de obras públicas del gobierno ,las
carreteras, ferrocarriles, puentes y plantas hidroeléctricas,
serían inútiles.59 La ironía, por supuesto,
se encontraba en que estos mismos proyectos habían servido
para la destrucción de los bosques mexicanos. Al acusar
a los campesinos de usar de forma dilapidadora los recursos
forestales que necesitaba el gobierno, Ruiz Cortines estaba
haciendo resonar una queja familiar en la historia de México.
La
administración de Adolfo López Mateos (1958-1964)
echó a andar el programa forestal más completo
y las metas más definidas en materia forestal desde la
época de Cárdenas. Cuando López Mateos
dio instrucciones al subsecretario forestal y de fauna, Enrique
Beltrán, para desarrollar una política forestal
que "no fuera romántica ni demagógica sino racional
y científica", Beltrán aceptó con entusiasmo.60
Creía que las anteriores administraciones habían
cometido un grave error al establecer severas restricciones
para el uso del bosque:
"Otro
aspecto negativo del período [la presidencia de Alemán]
fueron las notorias restricciones a las actividades forestales,
creyendo torpemente, como había sucedido desafortunadamente
desde el principio de este siglo con las campañas del
ingeniero Miguel Ángel de Quevedo, posiblemente bien
intencionadas pero injustificadas, que el mejor medio de conservar
los bosques era evitando su uso.61
Beltrán
creía que un planteamiento tal para la conservación
de los bosques estaba equivocado por varias razones: el gobierno
negaba a los campesinos, una valiosa fuente de ingresos;
el gobierno mismo perdía también valiosos ingresos
fiscales; y no podía hacer cumplir las restricciones.
De acuerdo a lo que predicaba Beltrán, el uso de los
bosques no sólo beneficiaría al campesinado y
a la nación, también estimularía la conservación,
porque la gente desearía mantener un recurso que se había
vuelto económicamente valioso.62 En la introducción
de un informe sobre las actividades de su instancia de gobierno,
Beltrán presentaba una sucinta declaración sobre
su filosofía conservacionista:63
1. "Un claro reconocimiento de que los bosques, al
mismo tiempo que protegen otros recursos de enorme valor, son
también un recurso natural que puede beneficiar a la
economía nacional".
2. "Un reconocimiento explícito de que la adecuada
explotación de los bosques no produce su destrucción
sino que, por lo contrario, contribuye a su conservación".
3. "La consecuente necesidad de abandonar el planteamiento
exclusivamente restrictivo y punitivo, que las leyes y autoridades
habían adoptado hacia la industria forestal, substituyéndolo
por una política de promoción."
4. "La instauración de grandes unidades de explotación
forestal ya que, por razón de la cantidad de sus inversiones,
los dueños de tales unidades se preocupan por cuidar
los bosques."
5. "La necesidad de acelerar la industrialización de
los productos forestales en la forma más amplia posible,
tanto para asegurar un uso más completo de la madera,
como para aumentar su valor y generar empleos."
6. "La necesidad de tener una base verdaderamente científica
para el manejo de los bosques."
7. "La necesidad de enfocarse en el aspecto socioeconómico
del problema, particularmente en las necesidades de los pequeños
propietarios y ejidatarios en las zonas forestales, quienes
tradicionalmente han recibido el menor beneficio del bosque".
Beltrán
había traducido estos "imperativos" a varias políticas:
permitió a pequeños propietarios y ejidatarios vender sus productos forestales a cualquier individuo o
compañía, consintió las operaciones madereras
gobierno-campesinos en parques nacionales, eliminó muchas
de las restricciones absolutas en el uso de los bosques, llevó
a cabo un inventario de los bosques de la Nación, probó
la eficiencia de los depredadores tanto químicos como
naturales para combatir plagas, y experimentó con diferentes
plantas para la revegetación de regiones áridas
y semiáridas.64 Los defensores de Beltrán arguyeron
que sólo la falta de un fuerte apoyo gubernamental había
limitado la implementación exitosa de sus programas y
la confirmación de su filosofía de conservación.65
La
administración de Díaz Ordáz continuó
enfocada hacia el uso de los bosques. El presidente dijo a los
delegados para la Tercera Convención Nacional Forestal
que quería evitar tanto la explotación extrema
de los bosques, como su extrema conservación.66 Los mismos
delegados discutieron los incentivos, tecnología, y técnicas
de manejo que podían ser usados más efectivamente
para explotar los recursos forestales del país. Estuvo
ausente de las presentaciones el reconocimiento al valor biológico
de los bosques.67
Durante
su encargo, el subsecretario forestal y de fauna de Díaz
Ordáz, Noé Palomares, insistió en la importancia
de dotar a la industria con recursos forestales adecuados. De
acuerdo a Palomares, México ya no podía darse
el lujo de malgastar su riqueza forestal con esfuerzos de conservación
equivocados: "Si no adoptamos prácticas silvícolas
[como silvicultura de rendimiento sostenido], entonces perderemos
cosechas ... Preservar esta riqueza [forestal] significa exponerla
a muchos riesgos, dejando sin uso a millones de árboles
maduros que deberían ser incorporados a la economía
nacional."68 El traslado de una discusión a otros miembros
de la Secretaría de Agricultura y Ganadería acerca
del papel que desempeñaban los bosques en el mantenimiento
de los suelos y las dotaciones de agua69, propició que
la mayoría de los conservacionistas oficiales abogaran
por la conservación de los bosques por consideraciones
estrictamente utilitarias.
Aunque
la conservación forestal recibió más o
menos atención de parte de las diversas administraciones
posteriores a Cárdenas, la única constante fue
el énfasis puesto en el valor económico de los
bosques de México. Pero aún una mínima
justificación económica para la conservación
del bosque no contó con el favor de los altos funcionarios
del gobierno. La mayoría de los políticos mexicanos
no pudieron apreciar los diversos beneficios que proporcionaban
los bosques de su país.
Los
bosques mexicanos proveían invaluables productos para
la industria, y sus suelos y aguas eran esenciales para la agricultura.
Esta realidad sirvió para acicatear algunas actividades
de conservación. Por el contrario, las tierras y la fauna
silvestres raramente parecían tener un valor económico
que justificara su conservación; de hecho, parecían
ser un obstáculo para la expansión industrial
y agrícola de México. Así que no debe sorprender
la poca atención que la protección de las áreas
y la vida silvestre recibió entre 1940 y 1970.
México
fue uno de los signatarios de la Convención sobre Protección
de la Naturaleza y la Preservación de la Fauna Silvestre,
en 1944.70 Por lo tanto, se comprometió a asegurar la
supervivencia de su flora y fauna nativas y a preservar los
terrenos de gran belleza natural por medio del establecimiento
de parques nacionales y otras áreas protegidas.71
Sin
embargo, los presidentes de México crearon sólo
siete parques nacionales entre 1940 y 1970.72 En 1944, siguiendo
las políticas industriales gubernamentales, el Congreso
mexicano modificó los límites del Parque Nacional
Colima para excluir casi todas las áreas arboladas y
permitir su explotación por una fábrica de papel.73
Otros parques nacionales, como el Cumbres de Monterrey, sufrieron
de hecho una reducción en tamaño debido a la expansión
urbana.74 En otros, el ganado, los agricultores, los madereros
y los cazadores diezmaron la flora y fauna naturales. En los
hechos, la mayoría de los parques nacionales de México
sufrieron algún grado de daño.75
Los
políticos mexicanos no dotaron a las agencias de conservación
con suficiente personal para hacer cumplir las restricciones
de uso del suelo en las reservas de la naturaleza.76 Enrique
Beltrán argumentaba que México no podía
crear nuevos parques nacionales, ya que no podía ni siquiera
administrar efectivamente los que ya tenía.77 Eliminó
áreas que no eran verdaderos parques nacionales y rectificó
los linderos para excluir tierras que ya se hubieran dedicado
a otros usos. También procuró lograr la expropiación
de terrenos privados dentro de los parques nacionales (una meta
que no pudo lograr).78 Tristemente, los esfuerzos de Beltrán
marcaron el zenit de la política de parques nacionales
entre 1940 y 1970.
Las
poblaciones de fauna silvestre también sufrieron por
la falta de protección legal, a pesar de la promulgación
de una nueva ley de caza en 1952, al final de la administración
de Alemán. Apoyados en este estatuto, los funcionarios
de caza prohibieron el uso de venenos para matar animales, la
caza comercial y la exportación de los despojos faunísticos,
y restringieron la concesión de permisos de cacería
sólo a clubes y asociaciones de cazadores. Además,
vedaron la cacería en todos los parques nacionales (antes
se había permitido en algunos) y reiteraron la necesidad
de crear refugios de fauna silvestre, especialmente para la
protección de especies amenazadas.79 Sin embargo, debido
a que se carecía de un plan general de manejo y porque
el gobierno no proporcionaba ni los fondos ni el personal necesario
para hacer cumplir la ley, la persecución de la fauna
silvestre en México no disminuyó.80
En
algunos casos, el propio gobierno mexicano jugó un papel
crítico en la casi desaparición de alguna especie.
A principios de 1950, la Unión Panamericana junto con
el Servicio de Pesca y Fauna de los Estados Unidos asesoró
a asociaciones de ganaderos y al gobierno mexicano para desarrollar
programas de control de depredadores. En 1954, funcionarios
mexicanos y norteamericanos rociaron animales con 1080, un veneno
altamente tóxico, para matar coyotes y lobos (violando
la ley de 1952).81 Aún después de que se terminó
el programa, los rancheros continuaron individualmente con el
uso del 1080. En 1981, el Servicio de Pesca y Fauna de los Estados
Unidos estimaba que sólo quedaban treinta lobos grises
en el norte de México.82
Además
de la cacería y los programas para control de los depredadores,
las presiones poblacionales, el pastoreo y la expansión
agrícola estaban amenazando a la fauna silvestre de nuestro
país.83 De acuerdo a Luis Macías Arellano, a veces
había que sacrificar a la naturaleza para que tuviera
lugar el desarrollo. Por ejemplo, aducía que los lagos
y los pantanos deberían ser desecados para que se pudiera
aumentar la producción agrícola o, en otras palabras,
esos hábitat tendrían que ser destruidos para
que México pudiera alimentar a su creciente población.
Por otro lado, Macías Arellano sostenía que los
proyectos de riego y las presas en el norte de México
habían creado nuevos hábitat para las aves acuáticas
y para otras aves.84
Macías
Arellano declaraba que México estaba menos interesado
en la fauna silvestre desde una perspectiva puramente estética
que en generar poblaciones cinegéticas. Lo ponía
de esta manera: "La ideología moderna sobre la cual debe
descansar la administración técnica de la fauna
silvestre no puede seguir basada en un romántico sentimiento
de conservación, debe orientarse hacía el incremento
de la producción, fijando las reglas de acuerdo con el
índice de reproducción potencial de las especies."85
Enrique Beltrán también creía en esta filosofía.
Promovió el establecimiento de clubes de cazadores, razonando
que los cazadores deportivos eran quienes mejor apreciaban la
necesidad de la conservación. Adicionalmente, estableció
una época experimental para la caza del borrego cimarrón
(una parte de su meta era quitar las restricciones absolutas
para la cacería deportiva), creó estaciones experimentales
y laboratorios, parte de cuya función era propagar especies
cinegéticas, y condujo estudios científicos sobre
los hábitat de la fauna silvestre y patrones de las aves
migratorias, para poder desarrollar mejores planes de manejo
de caza.86
Funcionarios
mexicanos de fauna, como Beltrán y Macías Arellano,
querían manejar las poblaciones cinegéticas científicamente
para el disfrute de cazadores deportivos preocupados por la
conservación. El gobierno también, se benefició
económicamente con este arreglo, en la forma de cuotas
para las licencias de cacería que podrían ser
usadas para financiar programas de conservación. La doctrina
de los conservacionistas de fauna silvestre gubernamentales
era de que México se podría ver favorecido con
la cacería deportiva de sus poblaciones para caza, al
mismo tiempo que aseguraba una provisión futura de las
mismas.
Rodolfo
Hernández Corzo, que actuó como director de la
Oficina de Fauna Silvestre de 1962 a 1970, pensaba que la recreación
al aire libre potencialmente podía ser un gran negocio
en México. Las expediciones de caza y de pesca crearían
empleos para guías, generarían dólares
turísticos (tanto de mexicanos como de extranjeros),
y estimularían el crecimiento de la industria de equipos
deportivos en México. Así, la conservación
de la fauna silvestre se apreciaba en términos monetarios.87
Además
de su valor económico, Hernández Corzo enfatizaba
los beneficios físicos y de salud que la recreación
proporcionaba. Por ejemplo, hizo notar que el valor de la pesca
en términos de salud, descanso, liberación de
tensiones y tranquilidad de espíritu, era inestimable.
En una posición que los miembros de las agencias de desarrollo
mexicanas consideraban herética, Hernández Corzo
concluía que el uso del agua para actividades recreativas
como la pesca, podía ser más valioso económica
y socialmente, que su uso para riego y energía.88
También
insistía en que el gobierno considerara los efectos del
desarrollo hidráulico sobre la flora y la fauna, y discutió,
sin éxito, con funcionarios hidráulicos para que
no se construyera una gran presa en el río Grijalva (en
el sureste de México) porque destruiría miles
de hectáreas de invaluables bosques tropicales y fauna
silvestre irremplazable.89 Consideraba la preservación
de animales silvestres más como un asunto moral que como
uno económico: "Es el deber de una cultura conservar
animales para que no desaparezcan, porque la extinción
de la vida silvestre ante el progreso de le especie humana,
siendo un acto irreversible, es una acción imperdonable."90
La
preocupación de Hernández Corzo por las especies
amenazadas no se apreció en normas estrictas para el
uso de la fauna silvestre. Como su antecesor, Luis Macías
Arellano, y su jefe, Enrique Beltrán, Hernández
Corzo era un obcecado defensor del manejo de la fauna.91 De
hecho, presentó un plan aún más ambicioso
para la "cosecha" de animales silvestres que sus pares. Su meta
era la utilización de toda la fauna silvestre y no sólo
de las especies cinegéticas.92 Hernández Corzo
advirtió que, mientras que mucho del territorio nacional
no era apropiado para la agricultura o la ganadería,
contenía abundante fauna silvestre (incluyendo pesquerías).
Conforme al criterio conservacionista, México tenía
que explotar estos recursos para asegurar su prosperidad.93
Creyendo que, en un análisis final, los seres humanos
eran el centro de interés y no la naturaleza en sí
misma, sostenía que era necesario buscar "el mejor hábitat
para el hombre, sin destruir o degradar la naturaleza, pero
también sin una conservación que fuese tanto dogmática
como obsesiva."94 Como sus colegas, Hernández Corzo estaba
optimista de que México pudiese desarrollar intensivamente
sus recursos sin agotarlos.
El
avance hacia la conservación se había logrado
durante la presidencia de Cárdenas por la existencia
de una fuerte dependencia conservacionista y del apoyo presidencial.
Entre 1940 y 1970, la conjunción de estos dos factores
no volvió a ocurrir y, consecuentemente, los recursos
naturales de México no fueron adecuadamente protegidos.95
Unos cuantos funcionarios lucharon para promover la conservación
usando principalmente argumentos económicos pero, en
general, los gobiernos mexicanos abandonaron completamente la
conservación, deslumbrados por el potencial de industrialización
y la Revolución Verde. Unos cuantos individuos y grupos
privados permanecieron para portar la bandera de la conservación.