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Capítulo Siete


Contra la corriente. La cruzada de los conservacionistas

 

A medida que el interés del gobierno en la conservación disminuía, unos cuantos individuos trabajaban obstinadamente en la protección de los recursos naturales de México. Orientaron sus esfuerzos para lograr que, tanto los funcionarios del gobierno como la población, se dieran cuenta de las consecuencias que sobrevendrían si México seguía explotando sus recursos naturales sin ningún límite. Los más importantes conservacionistas mexicanos después de la segunda guerra mundial, Enrique Beltrán, Miguel Álvarez del Toro y Gertrude Duby Blom, trataron de hacer de la conservación una causa cívica que incorporase a un gran espectro de la sociedad mexicana. A pesar de sus diferentes antecedentes, filosofías y esfuerzos, todos compartían la convicción de que la conservación de los recursos naturales era la tarea más importante a que se enfrentaba la nación.

Generar una preocupación por la protección de la naturaleza ha sido una labor más difícil en México que en los Estados Unidos. Hay que reconocerlo, los conservacionistas norteamericanos no siempre lograron aceptación inmediata para sus causas. Por ejemplo, el llamado de Aldo Leopold (1887-1948) para una ética de la tierra se hallaba olvidado hasta que fue descubierto por el movimiento ambientalista de los sesenta.1 Rachel Carson (1907-1964) tuvo más suerte: su poderosa descripción de los peligros que representaban los pesticidas coincidió con una creciente preocupación sobre cómo la contaminación estaba amenazando la salud humana.2 Sin embargo, el mayor avance en la legislación ambiental no vendría sino hasta casi una década después. Los conservacionistas norteamericanos del siglo veinte, empero, siempre han trabajado con algún grado de apoyo tanto de la sociedad civil como del gobierno. Sus colegas mexicanos no han sido tan afortunados. El reconocimiento de la necesidad de una acción ambiental, tanto del gobierno como de la sociedad, aunque ha aumentado en los últimos tiempos, es precario. Muchos políticos y particulares mexicanos aún ven la conservación como un injustificado obstáculo para el desarrollo económico de la nación. Mientras que las ideas de Aldo Leopold y Rachel Carson han llegado a una audiencia masiva, las ideas de Enrique Beltrán, Miguel Álvarez del Toro y Gertrude Duby Blom han alcanzado sólo a una pequeña parte del público mexicano. Aún así, estas tres figuras han influenciado profundamente las perspectivas de una gran parte de la nueva generación de conservacionistas mexicanos y, en una forma menor aunque no poco significativa, han cambiado la forma de pensar sobre el medio ambiente de miles de mexicanos, Enrique Beltrán (1903-1994) se interesó por vez primera en la conservación cuando era un estudiante de biología en la Universidad Nacional de México (1922-1926). Su maestro, Alfonso L. Herrera, se había distinguido como naturalista por su campaña para proteger aves insectívoras (1898), por su dirección de la Oficina de Estudios Biológicos desde su creación en 1815 (bajo la guía de Herrera, la oficina creó jardines botánicos y un parque zoológico en el Bosque de Chapultepec), y también por su labor de convencer al presidente Obregón para establecer una moratoria de diez años en la cacería del borrego cimarrón y del berrendo (1922).3 Aunque su disposición era hacia uno de los otros intereses de Herrera —la protozoología—, Beltrán conoció la conservación por este profesor a quien tenía en muy alto concepto. Herrera, que sabía reconocer los talentos y las energías de sus discípulos, nombró a Beltrán para encabezar dos comisiones marinas (en 1923 y 1926), que se establecieron para estudiar y mejorar el uso de las pesquerías costeras de México. Ambas comisiones duraron poco tiempo: la primera no sobrevivió a la rebelión armada de 1923 y la segunda fue víctima de los recortes presupuestales. Beltrán tuvo su primera probada de cómo la investigación científica podía verse adversamente afectada por movimientos políticos o por una decisión de suspender el apoyo económico del gobierno.4

Beltrán continuó con su investigación sobre las pesquerías marinas de México, después de su graduación en 1926. En 1929, publicó los resultados de su investigación en un artículo titulado "Pesca en el Golfo de México y la necesidad de estudios de biología marina para desarrollar esta riqueza". Como lo sugiere el título, Beltrán recomendaba el desarrollo racional de los recursos marinos de México.5 En 1931, obtuvo una beca Guggenheim para consultar archivos oceanográficos en los Estados Unidos y para estudiar protozoología en la Universidad de Columbia. Dos años más tarde, Beltrán se graduó en Columbia con un doctorado en zoología.6

Después de su regreso a México, Beltrán se convirtió en el primer director del Instituto Biotécnico* , que fue creado, en parte, para centralizar en una dependencia del gobierno las investigaciones relativas a los recursos naturales. En el Instituto, los científicos desarrollaban investigaciones aplicadas sobre suelos, flora y fauna, y oceanografía.7

Beltrán se decepcionó rápidamente con la orientación que el nuevo presidente de México, Lázaro Cárdenas, dio a la dependencia. Le molestó particularmente que Cárdenas se entrometiera en las actividades de la estación limnológica del instituto en el lago de Pátzcuaro. Cuando Cárdenas le ordenó quitar del lago a la depredadora lobina negra, Beltrán se opuso. En la acalorada discusión que siguió, Beltrán argüía con tenacidad que era imposible eliminar del lago al pez intruso.

Al final, Cárdenas estuvo de acuerdo en que la eliminación de la lobina negra era impráctica, pero siguió interfiriendo con la agenda de investigación de la estación limnológica.8 Cuando Cárdenas pasó la operación de la estación al Departamento Forestal, de Caza y Pesca, Beltrán se quejó amargamente: "El cuidadosamente planeado programa de la estación no se alcanzó porque el gobierno la sustituyó con un elefante blanco –que tenía el mismo nombre y estaba en el mismo lugar pero con muy diferente orientación– que no tenía suficiente presupuesto y que casi no logró nada." Cuando Cárdenas empezó a repartir las demás funciones del instituto a otras dependencias, un Beltrán frustrado decidió renunciar.9

El menosprecio de Beltrán por el Departamento Forestal, de Caza y Pesca iba mucho más allá de su operación de la estación limnológica de Pátzcuaro. Disentía marcadamente del enfoque de Miguel Ángel de Quevedo hacia la conservación, argumentando que su políticas restrictivas habían contribuido a la destrucción de los bosques de México. Más tarde, Beltrán reiteraba que la implementación del conservacionismo romántico por Quevedo había sido la peor cosa que les había pasado a los bosques de la nación. Beltrán había desarrollado una política opuesta: la mejor política de conservación era la que estimulaba el uso prudente de los recursos naturales, en vez de imponer reglamentos desde arriba. De acuerdo con Beltrán, las leyes que limitaban el desarrollo racional de los bosques eran ingenuas e ilusas, no tanto porque México careciera de los recursos económicos o el personal para aplicarlas (aunque ciertamente ello sí era un problema) sino porque la nación mexicana no podía permitirse ser despojada de tan valioso bien. El fracaso de Quevedo para controlar la ola de desforestación convencía a Beltrán de que una política justa de conservación implicaba el uso del recurso.10

De hecho, las filosofías de Beltrán y de Quevedo sobre la conservación no eran diametralmente opuestas. Quevedo, después de todo, no creía en una prohibición completa del uso de la madera, y Beltrán reconocía que algunas restricciones para su uso eran necesarias. Ambos hombres, sin embargo, eran extraordinariamente orgullosos y estaban convencidos de que su apreciación de la conservación era la correcta. Únicamente la jerarquía de Beltrán, como un conservacionista relativamente menor, dentro de la administración de Cárdenas, evitó un choque directo con Quevedo, como el que había ocurrido en los Estados Unidos entre el preservacionista John Muir y el conservacionista utilitario Gifford Pinchot.

A pesar de su disputa con Cárdenas y sus diferencias con Quevedo, Beltrán siguió dentro de la administración. Como un empleado de la Secretaría de Educación (1935-1938), trató de integrar la conservación en los planes de estudio a todos los niveles, usando las clases de civismo, geografía y biología como los principales conductos. En 1934, escribió un libro de texto para un curso universitario de zoología y oceanografía que cubría nociones ecológicas básicas y enfatizaba que la conservación de los recursos naturales "no significaba falta de utilización, sino un uso permanente que permitiera un abastecimiento sostenido."11

En un artículo de 1939, Beltrán expresaba su opinión de que el uso de los recursos naturales tendría que estar basado en principios ecológicos sólidos. Los recursos, argumentaba, tienen que ser vistos en su totalidad más que como entidades separadas, porque, al fin y al cabo, los bosques, los suelos, el agua y la fauna están todos interrelacionados. Más aún, la gente tiene que reconocer que los procesos ecológicos no están limitados por fronteras nacionales. Ciertamente, el mal uso de los recursos en una nación, frecuentemente afecta adversamente a otros países.12

Beltrán se enojaba por la falta de perspicacia para el uso de los recursos en México. Los mexicanos aún se aferraban a la convicción antigua de que su país llegaría a ser un paraíso agrícola. Debido a su inmutable insistencia de que todas las tierras eran adecuadas para la agricultura, los productores convirtieron regiones que podían haber sido usadas para cacería, silvicultura o pastoreo, en desiertos, porque después de que los vientos azotaban la expuesta tierra negra superior, áreas antes cubiertas por pantanos, praderas y bosques se convertían en páramos rocosos. Las políticas y tradiciones para el uso de la tierra en México padecían de miopía porque ignoraban la realidad ecológica.13

En 1939, Beltrán llegó a ser el jefe del Departamento de Protozoología del Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales, cargo en que permaneció durante trece años (1939-1952). Durante este periodo, el interés de Beltrán sobre la conservación creció en vez de disminuir. Le impactaba la ironía de que, mientras él luchaba para reducir la incidencia de enfermedades fatales en los trópicos mexicanos, el crecimiento de la población en esas regiones estaba debilitando la capacidad de la gente para sobrevivir. Beltrán se convenció de que el crecimiento de la población era el origen de todos los problemas ambientales desde la contaminación hasta la destrucción de los recursos naturales.14

Al mismo tiempo que dirigía el Departamento de Protozoología, siguió trabajando en proyectos relacionados con la educación para la conservación. En 1945, diseñó un curso de conservación de recursos naturales para la Escuela Normal Superior*, donde se capacitaban a los futuros maestros de México. El curso enfatizaba la crítica necesidad de la conservación de los recursos y de la educación ambiental. Segmentos específicos de la clase se enfocaban hacia la ecología, los medios para proteger los bosques y los pastizales, el uso racional de los bosques, las causas y los remedios de la erosión del suelo, suelos adecuados e inadecuados para la agricultura, la conservación de la fauna, el uso de las pesquerías dulceacuícolas y marinas, el valor estético de la naturaleza y el crecimiento demográfico. La esperanza de Beltrán era que, una vez que los futuros maestros comprendieran la importancia de la conservación, podrían educar a los futuros ciudadanos sobre el valor del mundo natural.15

Durante mediados de los cuarenta, Beltrán empezó a hacer campaña para la creación de una organización de conservación para promover el desarrollo racional de los recursos naturales. No consideró seriamente establecer él mismo un instituto así, hasta que su amigo y cófrade conservacionista Tom Gill convenció a sus colegas de la Charles Lathrop Pack Forestry Foundation (Gill era el secretario del grupo) para ayudar a financiar el proyecto esbozado en lo general. El 25 de enero de 1952, la fundación donó a Beltrán cien mil dólares que serían usados para educación, investigación y desarrollo en el campo de la conservación, estipulando que esa cantidad debería ser igualada por una proveniente de fuentes mexicanas (lo que se hizo). Así, con el apoyo de la Fundación Pack y de grupos empresariales y cívicos mexicanos, Enrique Beltrán inició su gestión como director del Instituto Mexicano de Recursos Naturales Renovables*.16

El programa para éste, cuidadosamente delineado por Beltrán era "formar un inventario de recursos naturales, investigar el potencial y la posibilidad del desarrollo sostenible de estos recursos, estudiar su máximo uso posible sin poner en peligro su conservación, estudiar los factores que amenazaban disminuir o agotar totalmente los recursos naturales, (...) promover la educación para la conservación."17 Este programa no ha cambiado en el transcurso de cuatro décadas.

La divulgación de información ha sido una parte fundamental de las actividades de la organización. Entre 1952 y 1990, el instituto llevó a cabo veintiocho conferencias en mesas redondas donde se juntaban conservacionistas mexicanos para discutir problemas ambientales y ofrecer recomendaciones para regiones como los trópicos, las zonas áridas, el sureste, el valle de México, Chihuahua, Puebla, Chiapas y Veracruz, y sobre tópicos como crecimiento demográfico, industrias rurales, cacería y pesca deportivas, contaminación del aire y el agua, conservación del suelo, desarrollo de pesquerías y silvicultura. El IMERNAR ha publicado cincuenta y cuatro folletos que cubren una amplia variedad de temas similares y ha editado una serie de bibliografías sobre recursos naturales. El mismo Beltrán ha escrito más de cien artículos y más de una docena de libros sobre temas de conservación.18 La biblioteca del instituto es la más antigua de su clase en México y contiene una de las mejores colecciones sobre ecología y conservación en toda América Latina. Muchos mexicanos, tanto estudiantes como no estudiantes, se han beneficiado con su existencia.

Cuando la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza otorgó su medalla a Enrique Beltrán en 1966, el presentador dijo unas palabras de elogio que hoy son todavía más apropiadas: "Para Enrique Beltrán, distinguido profesor y científico internacional, que hizo a un lado sus intereses personales y sus investigaciones para convertirse en el líder de la conservación de los recursos y la naturaleza en México. Con su sabiduría, valor e integridad ha tenido una gran influencia no sólo en el bienestar nacional y en la protección de la vida silvestre, sino también en el pensamiento y la práctica de la conservación en todo el hemisferio occidental."19 Aunque sólo formó un puñado de estudiantes, Beltrán ha influido, por medio de sus escritos, en las perspectivas de muchos de los conservacionistas jóvenes de México.20 Sus ideas sobre la conservación han sido sumamente importantes.

Beltrán condenaba tanto a los explotadores de los recursos de México como a los preservacionistas mexicanos. Aquellos que explotan irracionalmente los bosques de la nación, decía, revelan una "total ignorancia de la ecología y un desprecio por las necesidades humanas que no puede ser satisfecho con dinero." Beltrán observaba que los bosques producían no sólo diversos beneficios económicos que eran muy importantes, sino que también eran críticos desde una perspectiva ecológica: produciendo oxígeno, regulando el flujo de las corrientes de agua y absorbiendo los escurrimientos, protegiendo de los nefastos efectos de la erosión, y proveyendo un hábitat irremplazable para una rica y variada fauna. Aparte de su valor biológico, los bosques poseían un encanto perdurable. Como Beltrán declaraba "no sólo el ecólogo (...), sino lo más elevado del espíritu humano puede considerar obsoleta la inigualada belleza de los bosques, ni nunca se volverá anticuado el placer que uno experimenta caminando bajo las frondas y gozando con la contemplación de los mil y un organismos que ahí viven".21 Por el otro lado, Beltrán pensaba que aquellos que trataban de proteger a toda la naturaleza de la intervención humana eran ingenuos, ya que los recursos naturales tenían que ser consumidos para producir vestido, alimento, refugio y muchas de las otras necesidades de la vida diaria.22

Beltrán declaraba que el conflicto entre conservacionistas y preservacionistas no tenía fundamento, ya que los primeros favorecían el uso racional de los recursos para llenar todas las necesidades humanas, incluyendo la necesidad de la belleza estética.23 Por lo tanto, él podía adoptar la posición de que los parques nacionales debían ser apreciados por el escape del ruido y de las actitudes antisociales de las ciudades y al mismo tiempo aprobar proyectos forestales (bien que cuidadosamente planeados) en éstas mismas áreas nacionales. Así, los mexicanos podían gozar con la belleza natural de la tierra, mientras que el país obtenía beneficios económicos por el uso sensato de sus recursos.24

Beltrán consideraba al supuesto conflicto entre el turismo y la protección de la flora y la fauna en los parques nacionales como otro desacierto. Como biólogo, expresaba su simpatía por la posición de que los parques nacionales debían preservar áreas silvestres para estudios científicos.25 Sin embargo, cuestionaba si se podría convencer a la ciudadanía de "privarse voluntariamente del uso económico o recreativo de la tierra sólo para que sirviera como campo para estudios científicos cuyo valor la mayoría del público, o no conoce, o no es capaz de evaluar adecuadamente."26

En la primera Conferencia Mundial de Parques Nacionales, desarrollada en Seattle en 1962, Beltrán sugirió que el conflicto entre preservación y uso podría ser evitado aplicando un sistema de zonificación. Para la mayoría de los turistas a los que no gustaban las inconveniencias y buscaban el máximo de comodidad, Beltrán proponía una zona para descanso general que pudiera contener lotes de estacionamiento, restaurantes, hoteles, áreas de campamento y campos de juego. Una segunda zona estaría abierta al público, pero no tendría caminos, hoteles u otras "comodidades". La tercera zona sería usada exclusivamente para estudios científicos e investigación. Esta zona estaría abierta únicamente a grupos e individuos calificados.27 Beltrán fue uno de los que primero contribuyeron a las discusiones sobre la zonificación en la áreas naturales. Una década después, la zonificación se ha convertido en el principal planteamiento para su protección.

Enrique Beltrán coincidía con Aldo Leopold en que el descubrimiento crítico de la ecología era que la gente y la naturaleza son interdependientes.28 Sin embargo, no avalaba el resultado de la ética de la tierra de Leopold: la naturaleza tiene el derecho de existir separada de las necesidades de la humanidad, ya que los seres humanos son parte de la naturaleza y no sus dueños. Más bien, él creía que la ecología guiaba a la gente para usar prudentemente los recursos en su propio beneficio. Más aún, insistía en que la ecología era una ciencia y no una filosofía ambiental. Beltrán peyorativamente etiquetaba como "ecólogos instantáneos" a quienes promovían las causas ambientales sin un conocimiento de la ciencia ecológica.29 Denunciaba que la gente culta y educada, a través de sus equivocados esfuerzos de conservación, eran tan responsables de la destrucción de los recursos naturales de México, como lo eran los ignorantes y los ambiciosos. Desde su punto de vista, el principal defecto de los ecólogos instantáneos era su incapacidad para entender que la preservación de la naturaleza era tanto no-ecológica como no-realista. Tratando de proteger a los bosques, acusaba Beltrán, los preservacionistas estaban impidiendo su renuevo, dejándolos así preparados para los incendios y las plagas. También fustigaba a los preservacionistas por no entender que sin la caza y la pesca, las poblaciones de fauna silvestre excederían sus límites naturales.30

En su preocupación sobre el uso prudente de los recursos naturales, Beltrán era un discípulo de Gifford Pinchot. Sin embargo, a diferencia de Pinchot, reconocía claramente que los bosques tenían un valor estético y biológico, así como un valor económico. Beltrán buscaba un término medio para el uso de los recursos en México que rechazara la preservación en términos económicos y "científicos", así como el uso anárquico de los recursos naturales por consideraciones estéticas, éticas y particularmente ecológicas. Beltrán confiaba en que había encontrado el balance adecuado respecto al uso de los recursos naturales, pero no todos los conservacionistas mexicanos estaban de acuerdo.

Con su creación, Beltrán reclamó acertadamente al Instituto Mexicano de Recursos Naturales Renovables como una institución pionera en la historia de la conservación en México.31 A fuerza de trabajar duramente, Beltrán logró establecer al IMERNAR como un grupo de opinión destacado para el uso racional de los recursos en México.32 De hecho, en términos de longevidad e impacto, el instituto se convirtió en uno de los principales organizaciones conservacionistas de México. Sin embargo, no fue el único grupo ambiental que in ció en la década de 1950.

En 1951, Gonzalo Blanco Macías y unos cuantos de sus colegas fundaron un grupo llamado Amigos de la Tierra*.33 Como el Instituto Mexicano de Recursos Naturales Renovables, Amigos de la Tierra buscaba "conservar los suelos, el agua, la flora y la fauna de México, con el fin no sólo de conservarlos, sino para aumentar su desarrollo para el bienestar de los habitantes de la nación." Sus miembros consideraban que su trabajo era una tarea patriótica y animaban a todos aquellos que "compartían el amor y la veneración por la naturaleza" a participar en la organización. La ambiciosa meta de Blanco Macías y sus colegas era la de formar capítulos locales de Amigos de la Tierra en todas las ciudades y pueblos de México.34

La tarea del grupo era proteger y restaurar la tierra. Para lograr esta meta, Amigos de la Tierra, ayudó a muchas municipalidades en la formación de viveros forestales y en la plantación de huertos y árboles en áreas urbanas. En la campiña, sus miembros plantaban árboles a lo largo de las carreteras, en las laderas y en los límites de las propiedades y construían pequeñas represas para recoger agua y detener las partículas del suelo erosionado. Este grupo ayudaba a los agricultores con el establecimiento de proyectos piloto especiales que se usaban para demostrar el valor de las técnicas de conservación del suelo. El grupo insistía que la supervivencia de la gente dependía del uso cuidadoso de la tierra.35

Durante poco más de una década (1953-1964), publicaron una revista sobre conservación del suelo y el agua llamada Suelo y Agua. Los editores tenían dos objetivos básicos. El primero era evaluar los esfuerzos de conservación del gobierno. Aunque le daban crédito por el establecimiento de programas de conservación de suelo y de agua con éxito en varias partes del país, los editores de Suelo y Agua se enfocaban en las muchas regiones que no recibían los beneficios del apoyo del gobierno. Blanco Macías y sus compatriotas usaban las páginas de la revista para pedir al gobierno una significativa ampliación de sus programas de conservación. El segundo objetivo era divulgar el conocimiento de las técnicas de conservación del suelo y el agua entre los agricultores de México. Por medio de sus proyectos piloto y su revista, esta agrupación intentaba dar servicios de extensionismo a regiones descuidadas por el gobierno.

Sin explicación alguna, Blanco Macías dejó de publicar Suelo y Agua* en 1964. Aunque Amigos de la Tierra* continúa con sus esfuerzos de conservación hoy en día, la falta de un foro impreso ha reducido la visibilidad e influencia del grupo.36 Sin embargo, en una época, fueron una importante voz para la conservación en México.

Además de su compromiso en la conservación del suelo, Blanco Macías era un ardiente defensor de los parques nacionales. Tal como el naturalista norteamericano John Muir, Blanco Macías buscaba inculcar entre sus compatriotas una actitud mística hacia la naturaleza. Como hacía notar:

"Los mexicanos han estado acostumbrados a pensar en términos de pesos, más que en el intangible valor a largo plazo que proporcionan sus parques nacionales en forma de corrientes de agua puras y de refugio para la fauna (...). La idea de un parque nacional implica el renunciar a las ganancias materiales, creando en su lugar la convicción de que los valores morales y espirituales de la gente aumentan cuando pueden gozar de íntimo contacto y comunión silenciosa con la naturaleza. La conservación de un bosque para diversión estética y saludable constituye exactamente la medida de un pueblo."37

Blanco Macías conocía una trágica paradoja en los esfuerzos de preservación de la naturaleza en México: el crecimiento de la población y la urbanización intensificaron las necesidades de la población para la soledad y la amplitud de los lugares silvestres, pero las mismas fuerzas que hacían esencial lo salvaje para el bienestar físico y mental de la gente lo estaban llevando también hacia su ruina.38 Un área donde la destrucción de la naturaleza ha sido más evidente es el estado de Chiapas. Es también el estado donde dos de los destacados conservacionistas de México han concentrado sus esfuerzos.

La diversidad ecológica de Chiapas no es igualada por ninguna otra región en Norteamérica. Chiapas, localizado en el sureste de México, tiene la última selva tropical húmeda y los últimos bosques de niebla de Norteamérica. Alberga más de ocho mil especies de plantas vasculares, que constituyen dos quintas partes de las especies de plantas de esta estación. El estado también proporciona hábitat para dos terceras partes de las especies de aves del país. A pesar de ser un tercio del tamaño de California, Chiapas tiene el doble de las especies de aves que existen en todos los Estados Unidos (un total de 641 especies de aves) y más del doble de las especies de mariposas que existen en los Estados Unidos y Canadá juntos (1,200 especies). Muchos agrupamientos únicos de reptiles, anfibios, peces e invertebrados se encuentran también aquí. Debido a la destrucción de los hábitat y a la cacería sin reglamentar, muchas de las especies de este estado están ahora en peligro.39

La flora y la fauna de Chiapas empezaron a ser amenazadas hace cincuenta años. Antes de eso, varias operaciones madereras se habían realizado en la región, pero todas en una escala modesta.40 Durante los cuarenta, campesinos sin tierras empezaron a colonizar el estado. En los años que siguieron, una oleada de inmigrantes llevados por los programas de colonización del gobierno o por su propia iniciativa habían llegado a Chiapas. En años más recientes, guatemaltecos que huían de los regímenes militares represivos (o gobiernos civiles dominados por los militares) habían entrado a la región. Los recién llegados carecían del conocimiento ecológico tradicional que tenían algunos de los grupos indígenas del estado. En vez de plantar árboles frutales o de dejar alguna vegetación en las milpas, simplemente arrasaban los bosques para plantar sus cultivos.41

Durante los sesenta, el gobierno mexicano llevó a cabo un programa masivo de construcción de carreteras para facilitar la extracción de los árboles de caoba, cedro y ceiba que todavía quedaban en la zona. Al mismo tiempo que la industria forestal adquiría un auge explosivo en Chiapas, los inmigrantes que no podían mantenerse en suelos que eran rápidamente privados de sus nutrientes, vendieron sus tierras a ganaderos, quienes, apoyados por políticos locales, convirtieron gran parte de la selva en tierras de pastoreo.42 Las estadísticas nos dan una idea de la magnitud de la destrucción. En 1940, la selva lacandona cubría 1.3 millones de hectáreas; en 1990 sólo quedaban 300,000 hectáreas.43 Un cierto número de conservacionistas mexicanos advierte que, a menos que el gobierno mexicano tome enérgicas medidas pronto, la selva lacandona habrá desaparecido al iniciarse el siglo XXI.

Para redondear el cuadro de la destrucción ambiental chiapaneca, los cazadores por deporte han diezmado muchas de sus especies únicas. Si el gobierno mexicano hubiera actuado según la Convención para la Protección de la Naturaleza y la Preservación de la Fauna, o hubiera hecho cumplir la Ley de Caza de 1952, la situación de la fauna en Chiapas hoy sería muy diferente. Sin embargo, en la forma en que está, muchas especies de la entidad están amenazadas con la extinción.44

Miguel Álvarez del Toro es una figura imponente en el movimiento conservacionista de Chiapas. Aunque no es nativo de la entidad, llegó a ser uno de sus más devotos ciudadanos. Su fascinación y cariño por la naturaleza tuvo origen desde su niñez en el estado de Colima, donde nació en 1917*. Una de las actividades que más le gustaba era colectar las plantas, insectos, pájaros y animales que vivían alrededor de la propiedad de la familia. Por medio de sus paseos y observaciones cuando joven, no sólo aumentó sus conocimientos científicos sobre la naturaleza, sino que también aprendió la importancia de la humildad y el respeto hacia la misma.

Los padres de Miguel apoyaron pacientemente las aficiones y colecciones de su niño naturalista.45 En una ocasión particularmente alegre, la mamá de Miguel le compró su primer libro de taxidermia, con la promesa de que iría al catecismo y nunca faltaría a misa los domingos. Por fin podría evitar la descomposición de los animales en sus colecciones.46

En 1939, Miguel y su familia se mudaron a la Ciudad de México después de perder sus propiedades como resultado de la reforma agraria. Aunque en esos días la ciudad todavía gozaba de aire puro y espacios abiertos, Álvarez del Toro se sintió esclavizado en este ambiente urbano tan alejado de la belleza tropical de Colima. Decidido a mantener algún tipo de contacto con la naturaleza, estableció relación con Ángel Roldán, el director del Museo Nacional de Flora y Fauna, buscando posibilidades de empleo. No había puestos vacantes, pero después de conocer los antecedentes de Álvarez del Toro, Roldán le encontró un lugar como taxidermista. Miguel pronto descubrió que a sus jefes inmediatos les molestaban sus conocimientos de taxidermia y sus sugerencias de como mejorar el museo. No le daban las herramientas necesarias para desarrollar su habilidad y por eso, en lugar de preparar animales, se dedicó a aprender inglés. Durante la ausencia de Roldán, en viaje oficial, los superiores de Álvarez del Toro lo pusieron a lavar pisos, excepto cuando necesitaban un traductor en las visitas de norteamericanos. A su regreso, Roldán lo ascendió a Subdirector del Museo, pero este cambio de fortuna no duró mucho. Cuando las funciones del Museo pasaron del Departamento Forestal, de Caza y Pesca a la Secretaria de Agricultura en 1940, Álvarez del Toro perdió para siempre a su benefactor y de nuevo fue asignado a trabajos menores. Poco después renunció, quedándole, por la experiencia, una gran aversión hacia los burócratas.47

Después del fiasco en el Museo Nacional de Flora y Fauna, aceptó un trabajo como colector científico de la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia. Aunque detestaba el comercio de animales salvajes, se sintió obligado a aceptar el trabajo para ayudar al mantenimiento de su familia. Su primera tarea fue el colectar aves cerca de la Ciudad de México, pero pronto la academia le pidió especímenes de regiones más distantes. Escogió para sus exploraciones la selva virgen en el Istmo de Tehuantepec. En el río Coatzacoalcos, Miguel y su compañero casi murieron cuando su bote se volcó en un remolino cerca de una cascada.48 Este fue el primero de muchos viajes a las áreas selváticas del sureste de México, que estuvieron plagados de lluvias torrenciales, calor infernal, picaduras de insectos y encuentros con jaguares y cocodrilos, junto con paisajes de algunos de los lugares más bellos, pero efímeros, del hemisferio.

Poco después de su regreso a la Ciudad de México en 1942, leyó una noticia en el periódico sobre los planes del gobernador de Chiapas, Rafael Pascacio Gamboa, para crear un museo de historia natural en su estado. Sus amigos en el Museo Nacional de Flora y Fauna le informaron tardíamente que el colaborador del gobernador en el proyecto, Eliseo Palacios, había hecho repetidos intentos de reclutar un taxidermista de entre el personal del museo, pero que nadie quería trabajar en un lugar de México tan remoto y salvaje. Por su parte, Álvarez del Toro veía ese trabajo como una maravillosa oportunidad de explorar el paraíso de un naturalista. Su único temor era que ya alguien hubiera obtenido el puesto.49

Resultó que el trabajo de taxidermista seguía abierto, y que sólo otra persona lo había solicitado. Palacios contrató a Álvarez del Toro en base a sus mejores habilidades y a su disposición a aceptar que el gobierno fijara su salario, que sería el equivalente a dos dólares diarios (su rival había insistido en que se incluyera en sus percepciones un pago por peligrosidad). Miguel llegó a Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, ansioso de empezar con su nuevo trabajo, sólo para descubrir que el museo no existía. Palacios no había tomado muy en serio la orden del gobernador Gamboa de crear un museo de historia natural, quizá porque anticipaba que futuros gobernadores retirarían el apoyo a una institución así. Hasta que se pudiera construir una nueva estructura, Palacios y Álvarez del Toro almacenaron las pocas colecciones que existían en una gran casa vieja. Esos fueron los humildes inicios de una de las instituciones de conservación más antiguas de México.50

Debido a su falta de transporte, Álvarez del Toro tuvo que hacer sus primeros viajes de colecta en compañía de cazadores. Estas no eran salidas muy placenteras para un naturalista, que aborrecía la explotación inútil de la fauna. Sin embargo no tenía escrúpulos en dispararle a los animales para exponerlos. A aquellos que veían una contradicción entre matar animales con fines científicos y su apego a la conservación, Álvarez del Toro les decía que la gente podía usar los recursos naturales, siempre que no se los acabara. Él rechazaba enfáticamente, empero, la visión de que la naturaleza existía únicamente para servir a los seres humanos.51

Después de la muerte de Palacios en 1944, Don Miguel, se convirtió en el director del Departamento de Viveros Tropicales y del Museo de Historia Natural (conocido después como el Instituto de Historia Natural de Chiapas). Además del museo de historia natural, que se terminó en 1943, heredó un pequeño zoológico miserable. Los primeros animales capturados vivían en condiciones intolerables. A la mayoría se les mantenía en pequeñas jaulas de madera cubiertas con tela de alambre, que se convertían en "hornos perfectos" durante el tiempo cálido. La gente que pasaba por las calles que bordeaban el zoológico aventaba piedras a los animales o los picaban con palos para que se movieran. Durante las campañas políticas, los fuegos artificiales que se quemaban cerca del zoológico aterrorizaban a tal grado a los animales, que algunos murieron mientras se azotaban contra las paredes de sus jaulas en intentos desesperados de escapar. Uno de los deseos más ardientes de Álvarez del Toro era construir un nuevo zoológico.52

En 1948, el gobernador de Chiapas, general César Lara, propuso la construcción de un nuevo zoológico en las afueras de la ciudad, en el Parque Madero, que actualmente aloja a los jardines botánicos del instituto. Lamentablemente, sin embargo, el Departamento de Obras Públicas tumbó con tractores todos los árboles, privando a los animales de cualquier sombra. Álvarez del Toro y su equipo diseñaron estructuras artificiales para dar sombra y rociaron con agua a algunas de las especies para mantenerlas vivas. Otras tres décadas tendrían que pasar antes de que Álvarez del Toro pudiera obtener el apoyo del gobierno para un zoológico que cumpliera con sus especificaciones.53

Al desarrollar los planes para una nueva instalación, evitó deliberadamente el modelo safari; esto es, un zoológico que expone animales capturados en todo el mundo en jaulas muy cerradas. En el actual zoológico en El Zapotal, habitan sólo animales de Chiapas (de las 213 especies que tiene, noventa por ciento se encuentran en peligro de extinción). Los animales viven en ambientes que imitan muy bien sus hábitat nativos. Aunque Álvarez del Toro no pudo evitar las jaulas, usó barreras "naturales" como muros de piedra y barrancas para separar muchos de los recintos. Las frondas tropicales y el agua corriente en el zoológico dan un ambiente natural que atrae aves, ardillas y otros animales que vagan libremente. Muchos expertos lo consideran como el mejor de América Latina.54

La misión primaria del zoológico es la conservación. Hay letreros que indican los hábitat, comportamientos y amenazas para la supervivencia de cada especie. A lo largo de sus veredas hay placas de piedra con citas, desde los aztecas hasta Aldo Leopold, que enfatizan la importancia de preservar la belleza y la integridad del mundo natural.55 Un exhibidor vacío tiene un espejo y dentro, un letrero que dice: "Aquí puede usted ver a la especie más peligrosa, destructora de la naturaleza y, probablemente de ella misma." Es un mensaje en el cual Álvarez del Toro cree fervientemente.

La entrada al zoológico es gratuita para que todos los chiapanecos puedan recorrerlo. Más de medio millón de personas los visitan anualmente.56 La hija de Miguel, Rebecca Álvarez del Toro, ha desarrollado innovadores programas educativos para los jóvenes visitantes para inculcarles el aprecio a la flora y la fauna de Chiapas.57 En los "sábados culturales", por ejemplo, los preescolares aprenden la historia de la vida de alguna de las especies en El Zapotal, y porqué su supervivencia se encuentra amenazada. Los niños hacen dibujos y modelos de cada animal. En cursos de verano, estudiantes de entre cuatro y quince años se pasan cinco días aprendiendo acerca del comportamiento y los hábitat de diferentes especies. Rebecca Álvarez del Toro y sus ayudantes llevan a los niños mayores en un viaje de campo a un área natural cercana. El costo del programa es de siete dólares, pero los estudiantes de familias pobres son apoyados con donativos de otros participantes. Los adolescentes pueden permanecer otras tres semanas ayudando al personal. Muchos de aquellos que participan en el programa de verano parten con una mayor inquietud sobre los animales de Chiapas.58

La familia Álvarez del Toro sabe que el amor por la naturaleza es innato en los niños, pero que necesita ser desarrollado. Como Miguel Álvarez del Toro hace notar: "Cada niño tiene un interés en la naturaleza y debe ser enseñado a desarrollar este interés. Pero no es así. A los niños se les enseña cómo vivir en sociedad, pero no se les enseña como vivir con la naturaleza. No son enseñados sobre cómo protegerla o respetarla." Aunque él cree que algunos niños aprenderán a proteger a la naturaleza por su contacto con el zoológico, se pregunta si no será ya demasiado tarde. Se preocupa por lo que les quedará para proteger cuando sean adultos.59

Aunque Álvarez del Toro está satisfecho por el apoyo que los chiapanecos han dado a sus esfuerzos, sus relaciones con el gobierno y con el sector privado no le han dado más que decepciones.Estas dos instancias se han mostrado apáticos, cuando no activamente hostiles.60 Por muchos años, la escasez de recursos financieros y la falta de apoyo moral por parte del gobierno,le ha impedido ampliar sus actividades de conservación.

Con la creación de la Fundación Miguel Álvarez del Toro (FUNDAMAT) en 1987, una organización paralela que obtiene dinero para el Instituto de Historia Natural, y con el apoyo reciente del gobierno, el instituto ha podido desempeñar un papel más activo en el manejo de los recursos naturales de Chiapas.61 Invitado por el gobernador Patrocinio González Garrido, el grupo dio apoyo para el diseño de un plan de desarrollo para el estado, a finales de los ochenta. Posteriormente, el gobernador decretó una moratoria para el desmonte de nuevas tierras y nombró a Álvarez del Toro para encabezar la Comisión de Bosques y Medio Ambiente.62

El Instituto de Historia Natural maneja seis de las once reservas de la naturaleza en Chiapas, incluyendo El Triunfo*, a la que el gobierno federal elevó a la categoría de reserva de la biósfera en 1990.63 Además, el grupo ha participado en los esfuerzos para crear un parque internacional que incorpore las regiones de selva húmeda de Guatemala, Belice y México. Pero Don Miguel tiene dudas sobre el resultado de este proyecto: "Aunque se separe un área para conservación, algún futuro presidente quizá aún se la pueda dar a alguno de sus parientes."64 Sus anteriores relaciones con el gobierno mexicano lo hacen dudar de su compromiso con la conservación.

Álvarez del Toro apoya la creación de parques nacionales porque cree que llenan una función legítima al proteger áreas de gran belleza escénica para el disfrute de los turistas. Sin embargo, también está convencido de que algunas áreas nunca deben ser sujetas a la influencia humana. Como argumenta, deben existir zonas que no sean parques nacionales sino áreas naturales que uno debe proteger celosamente contra todo tipo de explotación y uso; y sólo usarlas para estudios científicos. Es decir, que deben permanecer en su estado natural, manteniéndose así, la dinámica de los ecosistemas con una intervención mínima del hombre. Si es fácil de llegar a ellas o no tiene mayor importancia."65 Sabe que la supervivencia de las especies amenazadas de Chiapas depende de la creación y protección de estas zonas. En su manejo de los recursos naturales, el Instituto de Historia Natural ha procurado, sobre todo, proteger la variada flora y fauna de la región.

Tanto entre los mexicanos como entre los extranjeros, Álvarez del Toro es reconocido como un experto en el campo de la zoología. Sus libros Los animales silvestres de Chiapas (1952), Los reptiles de Chiapas (1962), Las aves de Chiapas (1971), y Los mamíferos de Chiapas (1971) son para los naturalistas la Biblia de la región. Pero más importante aún es la voz de la conciencia para la conservación, no sólo en Chiapas, sino en todo México. Tiene una preocupación ética profundamente arraigada, parecida a la de Aldo Leopold, acerca de la naturaleza. También sabe que la supervivencia de la humanidad depende de la revaloración de su relación con el medio ambiente: "Las creencias básicas de la sociedad descansan en la idea de que su mundo fue creado para su beneficio y que pueden hacer con él lo que quieran sin preocuparse por las consecuencias. Es una visión muy equivocada (...) la gente debe darse cuenta de que sus acciones acabarán con toda la humanidad, de la misma manera que ellos acabaron con muchas otras especies."66 De acuerdo con Álvarez del Toro, el gobierno mexicano ha perpetuado la noción de que la naturaleza es sacrificable:

Desafortunadamente, en México, los funcionarios han convencido al público de que las reservas son un lujo (...) Si ven un pedazo de bosque dicen, "Ah, debe de cultivarse. La gente necesita comer." Muy bien, la gente debe de comer, pero si vemos de qué va a morir la gente falta de alimento, falta de agua o falta de aire—, nos damos cuenta de que los bosques no son sólo tierras ociosas. Los bosques trabajan para conservar el agua limpia y purificar el aire.67

Si se pierden los bosques, los agricultores no podrán lograr sus cosechas debido a la disminución de la cantidad de agua, y ello lo lleva a concluir que: "Salvar a los bosques no es una visión romántica. Es una necesidad para aquellos que cultivan la tierra. La gente ya se está percatando de esto. Hay menos lluvia. La respuesta debe ser que la gente haga lo que hacía antes, cultivar los valles y conservar las montañas arboladas."68

La humanidad está simplificando constantemente los ecosistemas al punto que su restauración completa se vuelve imposible. Aunque apoya esfuerzos para la restauración ambiental, tales como la reforestación, sabe también que ésta nunca podrá volver a crear la riqueza y la diversidad de los ecosistemas naturales. Aún si sobreviven, los árboles plantados, debido a su sistema radicular superficial y su follaje escaso, no pueden proteger al suelo o retener el agua de la misma forma que los que crecen naturalmente. La plantaciones forestales Tampoco pueden igualar la grandiosidad de los viejos bosques. Esto es, en sí misma, una gran pérdida ya que, como observa Álvarez del Toro, la gente no sólo necesita agua limpia y aire puro, también necesita belleza natural. Ecológica y estéticamente, los prístinos bosques de México son irremplazables.69

La destrucción de los manglares de Chiapas (una colonia de árboles y arbustos que crece en aguas costeras) da otro ejemplo de la observación de este especialista de que "el hombre siempre está ansioso de modificar aquello que considera inconveniente en la naturaleza, para su propio interés egoísta, y si tiene la oportunidad lo hace, aunque produzca efectos negativos y, aún peor, irreversibles. "Muchos de los manglares de Chiapas han sido destruidos para cultivos agrícolas, nuevas casas, y para sacar leña. Como hace notar, estos manglares proporcionan a México múltiples beneficios, incluyendo protección contra huracanes, y son una importante fuente de alimentos para el país. Además, los manglares de México son los criaderos del 96 % de los peces que se capturan a lo largo de las costas mexicanas; también proporcionan un nicho para muchos crustáceos y moluscos. Las ganancias inmediatas que se obtienen destruyendo los manglares son más que superadas por la pérdida, a largo plazo, de un importante hábitat natural.70

Las consecuencias a largo plazo de los pobremente concebidos programas de desarrollo de México nunca han estado fuera de la mente de Álvarez del Toro: "Frecuentemente se ha llamado a Chiapas el gigante dormido cargado con recursos naturales. Probablemente sea cierto, pero cuando el gigante despierte se encontrará con que ha sido despojado de su riqueza, sin recursos, saqueado, usado en la forma más anárquica posible." Entonces, los ciudadanos de Chiapas se lamentarán por la forma en que despilfarraron su herencia, que incluye su obligación de asegurar la supervivencia de sus descendientes.71 De acuerdo con él, los seres humanos tienen un fatal optimismo en su capacidad de alterar la naturaleza para sus propios propósitos: "Tenemos una excesiva confianza en la tecnología moderna (...) La gente cree que la tecnología puede resolver todas nuestras necesidades sin ayuda de la naturaleza. El antiguo pacto que hizo el hombre con la naturaleza se ha roto. El hombre cree que es tan poderoso como para liberarse de la naturaleza, ese vasto complejo biológico del que siempre ha formado parte."72 Su consejo es que la gente debe abandonar su búsqueda tratando de dominar al medio ambiente, para así asegurar la perpetuación de la vida. Tanto la ética como la supervivencia necesitan que la humanidad restaure el antiguo pacto con la naturaleza. México ha tenido pocos defensores de la naturaleza mejores que Miguel Álvarez del Toro.

Otra defensora de la naturaleza en Chiapas, Gertrude "Trudi" Duby Blom, nació lejos de México, en Suiza, en 1901.73 Como muchos escolares, Trudi prefería el aire libre a los salones de clase. Pero, a diferencia de muchos otros niños, su amor por la naturaleza le duraría toda la vida.

Cuando jugaba a los indios en los bosques de Suiza, adoptó el exótico nombre de Popocatépetl, ya que desde una temprana edad, se había interesado en la misteriosa tierra de México. También había desarrollado un interés sobre los habitantes nativos de las Américas. Desde niña, las novelas de Carl May sobre los indios la habían cautivado.

Blom se graduó en horticultura en un colegio en Niederlenz, y en trabajo social en la Universidad de Zurich. Después de su graduación, se hizo periodista y miembro del Partido Social Demócrata Suizo. En 1927, fue a Alemania para trabajar en favor del movimiento socialista y para escribir artículos sobre política alemana para la prensa suiza. Cuando Hitler llegó al poder en 1933, los opositores del régimen nazi fueron forzados a trabajar clandestinamente. La propia Blom fue incluida en la lista negra de Hitler en 1934, una jerarquía que la obligaba a cambiar de apartamento cada noche para evitar ser arrestada por la policía secreta. Finalmente, después de cuatro meses de esta aterradora rutina, escapó a Inglaterra con un pasaporte que le dio un amigo. Cinco años después, regresó a Europa continental, arribando a París para unirse a un movimiento internacional contra el fascismo y la inminente guerra. Blom fue una de los muchos antifascistas arrestados por agentes franceses en 1939. Después de pasar cinco meses en un campo de detención, fue liberada gracias a los esfuerzos del gobierno suizo. Poco después, partió de Europa hacia los Estados Unidos. Permaneció ocho meses en Nueva York, donde ayudó a reubicar a los refugiados franceses que huían de la persecución nazi.

En el barco a los Estados Unidos, Blom leyó el libro de Jacques Soustelle "Mexique: Terre indigéne". La cautivó particularmente la descripción de Soustelle de los indios lacandones. Cuando Blom llegó a México, en 1940, no tenía suficiente dinero para ir a la selva lacandona. En vez de ello, pasó el tiempo trabajando con los obreros textiles y del tabaco en los estados de Jalisco, Nayarit y Sinaloa. También produjo un reportaje gráfico sobre las mujeres que habían peleado en el ejército zapatista, un ensayo fotográfico que recibió el reconocimiento de la crítica. Aunque sin entrenamiento formal, Blom tenía un talento especial para capturar el espíritu humano por medio de la fotografía.

En 1943, recibió una pequeña herencia de Suiza que usó para realizar su sueño de ver la selva húmeda lacandona. Al llegar a Chiapas, se enteró de que la primera comisión del gobierno para investigar a los indios lacandones, estaba a punto de partir. Como nunca fue una persona tímida, convenció al gobernador, Rafael Pascacio Gamboa, para incluirla en la expedición, como reportera gráfica. De inmediato sintió afinidad con la selva, porque ese era su elemento. Sus esfuerzos para proteger a los indios lacandones y a su selva ocuparían la mayor parte del resto de su vida.

En otra expedición, en 1943, conoció al antropólogo estadounidense Frans Blom, que había empezado su investigación arqueológica del sur de México en 1919. Trudi y Frans conocían los trabajos uno del otro y, aún antes de conocerse, existía entre ellos una admiración mutua. En la expedición, Frans Blom contrajo malaria, y Trudi lo llevó a un campamento donde pudiera recibir ayuda. Después de esta experiencia, los dos se convirtieron en permanentes compañeros, y se casaron en 1950. En 1951, los Blom compraron una casa en San Cristóbal de las Casas, un pintoresco pueblo en los Altos de Chiapas. Inmediatamente empezaron a convertir la casa en un centro de estudios científicos. Como parte de este esfuerzo, establecieron la biblioteca Fray Bartolomé de las Casas, que en la actualidad contiene veinticinco mil trabajos especializados sobre Chiapas y más de ocho mil relacionados con México y Mesoamérica. Al correr de los años, muchos visitantes, desde indios de la región hasta investigadores internacionales, han llegado a la casa. También, el centro ha llevado a cabo numerosas expediciones científicas a las selvas y a las tierras altas de Chiapas.74

Al principio, el interés de los Blom sobre Chiapas era principalmente antropológico y sociológico: coleccionaban artefactos de diversas culturas indígenas para evitar su pérdida; vacunaban a los lacandones en un intento para protegerlos de las enfermedades; trataban de defenderlos de las influencias del mundo exterior; y Trudi se dedicaba a fotografiarlos. Sin embargo, a medida que la desforestación de la selva lacandona se aceleraba, los Blom reconocieron que era imposible proteger a los lacandones sin proteger a su selva. Trudi y Frans mandaron numerosas peticiones y cartas al gobierno mexicano pidiendo la creación de parques nacionales en la región lacandona.75 Después de la muerte de su esposo en 1963, Blom se comprometió aún más con la tarea de salvar la selva. Como un biógrafo apuntaba: "Durante los últimos veinte años, Gertrude Blom se ha preocupado más y más, últimamente hasta un grado obsesivo, con el desastre ecológico que está ocurriendo. Desde 1970, prácticamente ha dejado de fotografiar a la gente para mejor documentar la destrucción de los viejos árboles (...) Su religión son los árboles que por años han dado sustento y protección a la Selva Lacandona, y su mensaje: detengan la destrucción."76

En su batalla para salvar la selva lacandona, Blom ha llegado a la conclusión de que los decretos del gobierno para proteger la selva nunca tendrán éxito, si no cuentan con el apoyo de la gente. A principios de los setenta, elogió la decisión del presidente Echeverría de dar a los indios lacandones su propia reserva, pero la destrucción de los bosques continuó.77 En 1978, Blom y otros conservacionistas convencieron al gobierno para crear la Reserva de la Biósfera Montes Azules en la selva lacandona, pero los árboles siguieron cayendo.78 Aún cuando el gobierno trataba de preservar la selva lacandona, no podía evitar que la gente continuara explotando los bosques. En palabras de Blom: "El gobierno es incapaz para resolver los problemas ecológicos sin el apoyo cívico de la gente."79 Como lo más importante, los maestros deben de despertar en sus alumnos más jóvenes "un amor por la naturaleza, y la conciencia de conservar para el futuro."80

En años recientes, Blom ha orientado sus esfuerzos hacia la creación de una conciencia conservacionista entre la gente de los Altos de Chiapas. Ha escogido este enfoque al reconocer que la destrucción de las selvas bajas está íntimamente ligada al deterioro ecológico de las tierras altas. Debido a la pérdida de fertilidad del suelo y a la erosión del mismo en las zonas altas, los indígenas han emigrado hacia la selva para desmontar nuevas tierras donde sembrar su maíz. En 1975, como parte de su campaña para reforestarlos, Blom creó un vivero forestal con el que proporcionaba árboles gratuitamente a la gente del estado. Muchos de los pueblos indígenas respondieron favorablemente al programa, plantando miles de árboles en las tierras altas. Al hacerlo, no sólo protegían a sus granjas de la erosión por viento y agua, también preservaban parte de la selva lacandona.81 Además de estas plantaciones, Blom ha apoyado a los agricultores de las tierras altas para que hagan terrazas, usen fertilizantes orgánicos y roten los cultivos para salvar sus tierras.82

Blom asegura que la destrucción de los bosques continuará hasta que se ofrezcan a la gente alternativas válidas. En vez de meterse en agricultura de tumba y quema, en pastoreo y en talar árboles, sugiere que la gente de Chiapas plante frutales, café y otros cultivos que puedan crecer bajo las frondas del bosque, amplíe su industria de artesanías locales, use cuidadosamente la madera para una industria mueblera, cultive verduras para autoconsumo y venta, establezca pequeñas industrias y promueva el turismo.83

A Blom la entusiasma menos el desarrollo turístico en áreas silvestres que en pueblos y ciudades: "Quiero declarar enfáticamente que me gustaría que estos lugares permanecieran como los conocí por vez primera sin gente, sin casas, con paz y silencio (...) No me gusta la solución del turismo, pero los economistas no quieren dejar ningún lugar sin que produzca ganancias. Si ayuda a los vecinos de estos lugares, el proyecto tendrá su lado positivo. Este rumbo será mejor que la destrucción total."84 Su receta general para el estado es inequívoca: "Podremos salvar a Chiapas si no caemos en el error de imitar a las naciones super industrializadas. Ellas sufren ahora por esos errores. Tenemos tiempo para evitarlos. El progreso no significa super industrialización, significa la lucha por un ambiente saludable donde todos tengamos qué comer y con qué vestirnos. Progreso hoy en día significa salvar a nuestro país y a nuestro planeta de la destrucción."85

La supervivencia de Chiapas también depende de que se reconozca la verdadera naturaleza de su riqueza. Los bosques tropicales de Chiapas son una fuente de gran belleza y diversidad ecológica. Como Blom ha dicho muchas veces, su existencia es un beneficio para la humanidad.86 Sin embargo, los agricultores que practicaban la tumba y quema cotidianamente fueron partícipes en la destrucción de este recurso irremplazable. La ironía final fue que, después de desaparecer el bosque, la agricultura fracasó. Blom dijo: "Yo vi que la tierra de la selva húmeda tropical no era apropiada para la agricultura, y que la riqueza de esta región se encontraba en los árboles, que la gente podía vivir bien explotando los bosques en forma racional y científica, que el talar los árboles significaba destruir el futuro."87 Sostenía que "el sueño de los políticos, de incorporar la selva húmeda a la economía nacional pronto fructificaría en colinas erosionadas y en páramos enyerbados."88 Y cuando se le preguntaba "¿Y qué comería la gente?", Blom respondía "¿Qué comerán mañana?"89

La desaparición de la selva lacandona ha entristecido mucho a Blom:

"En 1943, cabalgué de Catasajá a Palenque por un lujurioso bosque lleno de monos aulladores, aves de todas clases, tapires, pecaríes y jaguares. Todo lo que hay ahora es ganado que ha pisoteado el suelo que antes era tan delicado hasta convertirlo en una tierra dura como piedra."

"Conocí Chancalá cuando era una exuberante selva alta. Ahora no queda ni un árbol. Se han ido las caobas, los cedros y los ricos cocoteros, (...) Hoy, aún la majestuosa ceiba, el árbol sagrado de los mayas, está bajo el inclemente ataque de las sierras de cadena para ser convertida en papel o triplay".90

Los culpables en la destrucción de la selva húmeda son muchos:

"Indios, rancheros, ganaderos, cultivadores de maíz, brutos y gente inteligente, ignorantes y educados, algunos por falta de educación, por hambre, por no tener otras opciones, otros a quienes no se puede perdonar por rapacidad, pero todos destruyeron el futuro de sus hijos. Hambre, ignorancia, debilidad y rapacidad volvieron humo, cenizas y piedra la maravillosa jungla lacandona".91

Aún algunos de los mismos lacandones contribuyeron a la destrucción de sus bosques al vender concesiones a fuereños a cambio de bienes materiales: El viejo Chan K'in (un jefe lacandón y viejo amigo de los Blom) está triste por ver qué poco significan las ceremonias religiosas para la mayoría de los jóvenes. Una vez me dijo: el carro es su nuevo dios. Cuando la selva se vaya, se habrá ido. Cuando un árbol cae, una estrella cae...92

El fracaso de Blom para evitar la destrucción de la selva lacandona la ha dejado abatida y atormentada. En una entrevista reciente dijo: "He sido una luchadora toda mi vida, pero esa es una triste historia. Intenté cambiar el mundo sin mucho éxito. Los nazis vinieron; entonces tratamos de evitar la guerra, pero la guerra llegó. Luché por la selva Lacandón y su jungla, y también se perdió."93 El desaliento de Blom también ha sido compartido por Miguel Álvarez del Toro y Enrique Beltrán. Para cada uno de ellos, los obstáculos para la conservación de los recursos naturales en México han parecido frecuentemente insuperables. Y cuando asuntos de gran importancia están en juego, es casi imposible aceptar el fracaso. A pesar de todos sus discursos, todos sus escritos y todos sus proyectos, Gertrude Duby Blom, Miguel Álvarez del Toro y Enrique Beltrán no pudieron generar una cruzada nacional para la conservación en México. Sin embargo, gracias en gran medida a sus esfuerzos, México, hoy en día, cuenta con un modesto movimiento conservacionista. Los escritos y los trabajos de los tres, han sido una fuente de inspiración y sabiduría para una nueva generación de conservacionistas. Desde los setenta, nuevos grupos de conservación y líderes conservacionistas se han unido en la búsqueda de un programa de desarrollo que tome en cuenta tanto las necesidades de la gente como las necesidades de la tierra.

 

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Última Actualización: 27/08/2007