Capítulo
Siete
Contra la corriente. La cruzada de los conservacionistas
A
medida que el interés del gobierno en la conservación
disminuía, unos cuantos individuos trabajaban obstinadamente
en la protección de los recursos naturales de México.
Orientaron sus esfuerzos para lograr que, tanto los funcionarios
del gobierno como la población, se dieran cuenta de las
consecuencias que sobrevendrían si México seguía
explotando sus recursos naturales sin ningún límite.
Los más importantes conservacionistas mexicanos después
de la segunda guerra mundial, Enrique Beltrán, Miguel
Álvarez del Toro y Gertrude Duby Blom, trataron de hacer
de la conservación una causa cívica que incorporase
a un gran espectro de la sociedad mexicana. A pesar de sus diferentes
antecedentes, filosofías y esfuerzos, todos compartían
la convicción de que la conservación de los recursos
naturales era la tarea más importante a que se enfrentaba
la nación.
Generar
una preocupación por la protección de la naturaleza
ha sido una labor más difícil en México
que en los Estados Unidos. Hay que reconocerlo, los conservacionistas
norteamericanos no siempre lograron aceptación inmediata
para sus causas. Por ejemplo, el llamado de Aldo Leopold (1887-1948)
para una ética de la tierra se hallaba olvidado hasta
que fue descubierto por el movimiento ambientalista de los sesenta.1
Rachel Carson (1907-1964) tuvo más suerte: su poderosa
descripción de los peligros que representaban los pesticidas
coincidió con una creciente preocupación sobre
cómo la contaminación estaba amenazando la salud
humana.2 Sin embargo, el mayor avance en la legislación
ambiental no vendría sino hasta casi una década
después. Los conservacionistas norteamericanos del siglo
veinte, empero, siempre han trabajado con algún grado
de apoyo tanto de la sociedad civil como del gobierno. Sus colegas
mexicanos no han sido tan afortunados. El reconocimiento de
la necesidad de una acción ambiental, tanto del gobierno
como de la sociedad, aunque ha aumentado en los últimos
tiempos, es precario. Muchos políticos y particulares
mexicanos aún ven la conservación como un injustificado
obstáculo para el desarrollo económico de la nación.
Mientras que las ideas de Aldo Leopold y Rachel Carson han llegado
a una audiencia masiva, las ideas de Enrique Beltrán,
Miguel Álvarez del Toro y Gertrude Duby Blom han alcanzado
sólo a una pequeña parte del público mexicano.
Aún así, estas tres figuras han influenciado profundamente
las perspectivas de una gran parte de la nueva generación
de conservacionistas mexicanos y, en una forma menor aunque
no poco significativa, han cambiado la forma de pensar sobre
el medio ambiente de miles de mexicanos, Enrique
Beltrán (1903-1994) se interesó por vez primera
en la conservación cuando era un estudiante de biología
en la Universidad Nacional de México (1922-1926). Su
maestro, Alfonso L. Herrera, se había distinguido como
naturalista por su campaña para proteger aves insectívoras
(1898), por su dirección de la Oficina de Estudios Biológicos
desde su creación en 1815 (bajo la guía de Herrera,
la oficina creó jardines botánicos y un parque
zoológico en el Bosque de Chapultepec), y también
por su labor de convencer al presidente Obregón para
establecer una moratoria de diez años en la cacería
del borrego cimarrón y del berrendo (1922).3 Aunque su
disposición era hacia uno de los otros intereses de Herrera
—la protozoología—, Beltrán conoció
la conservación por este profesor a quien tenía
en muy alto concepto. Herrera, que sabía reconocer los
talentos y las energías de sus discípulos, nombró
a Beltrán para encabezar dos comisiones marinas (en 1923
y 1926), que se establecieron para estudiar y mejorar el uso
de las pesquerías costeras de México. Ambas comisiones
duraron poco tiempo: la primera no sobrevivió a la rebelión
armada de 1923 y la segunda fue víctima de los recortes
presupuestales. Beltrán tuvo su primera probada de cómo
la investigación científica podía verse
adversamente afectada por movimientos políticos o por
una decisión de suspender el apoyo económico del
gobierno.4
Beltrán
continuó con su investigación sobre las pesquerías
marinas de México, después de su graduación
en 1926. En 1929, publicó los resultados de su investigación
en un artículo titulado "Pesca en el Golfo de México
y la necesidad de estudios de biología marina para desarrollar
esta riqueza". Como lo sugiere el título, Beltrán
recomendaba el desarrollo racional de los recursos marinos de
México.5 En 1931, obtuvo una beca Guggenheim para consultar
archivos oceanográficos en los Estados Unidos y para
estudiar protozoología en la Universidad de Columbia.
Dos años más tarde, Beltrán se graduó
en Columbia con un doctorado en zoología.6
Después
de su regreso a México, Beltrán se convirtió
en el primer director del Instituto Biotécnico* ,
que fue creado, en parte, para centralizar en una dependencia
del gobierno las investigaciones relativas a los recursos naturales.
En el Instituto, los científicos desarrollaban investigaciones
aplicadas sobre suelos, flora y fauna, y oceanografía.7
Beltrán
se decepcionó rápidamente con la orientación
que el nuevo presidente de México, Lázaro Cárdenas,
dio a la dependencia. Le molestó particularmente que
Cárdenas se entrometiera en las actividades de la estación
limnológica del instituto en el lago de Pátzcuaro.
Cuando Cárdenas le ordenó quitar del lago a la
depredadora lobina negra, Beltrán se opuso. En la acalorada
discusión que siguió, Beltrán argüía
con tenacidad que era imposible eliminar del lago al pez intruso.
Al
final, Cárdenas estuvo de acuerdo en que la eliminación
de la lobina negra era impráctica, pero siguió
interfiriendo con la agenda de investigación de la estación
limnológica.8 Cuando Cárdenas pasó la operación
de la estación al Departamento Forestal, de Caza y Pesca,
Beltrán se quejó amargamente: "El cuidadosamente
planeado programa de la estación no se alcanzó
porque el gobierno la sustituyó con un elefante blanco
–que tenía el mismo nombre y estaba en el mismo
lugar pero con muy diferente orientación– que no
tenía suficiente presupuesto y que casi no logró
nada." Cuando Cárdenas empezó a repartir las demás
funciones del instituto a otras dependencias, un Beltrán
frustrado decidió renunciar.9
El
menosprecio de Beltrán por el Departamento Forestal,
de Caza y Pesca iba mucho más allá de su operación
de la estación limnológica de Pátzcuaro.
Disentía marcadamente del enfoque de Miguel Ángel
de Quevedo hacia la conservación, argumentando que su
políticas restrictivas habían contribuido a la
destrucción de los bosques de México. Más
tarde, Beltrán reiteraba que la implementación
del conservacionismo romántico por Quevedo había
sido la peor cosa que les había pasado a los bosques
de la nación. Beltrán había desarrollado
una política opuesta: la mejor política de conservación
era la que estimulaba el uso prudente de los recursos naturales,
en vez de imponer reglamentos desde arriba. De acuerdo con Beltrán,
las leyes que limitaban el desarrollo racional de los bosques
eran ingenuas e ilusas, no tanto porque México careciera
de los recursos económicos o el personal para aplicarlas
(aunque ciertamente ello sí era un problema) sino porque
la nación mexicana no podía permitirse ser despojada
de tan valioso bien. El fracaso de Quevedo para controlar la
ola de desforestación convencía a Beltrán
de que una política justa de conservación implicaba
el uso del recurso.10
De
hecho, las filosofías de Beltrán y de Quevedo
sobre la conservación no eran diametralmente opuestas.
Quevedo, después de todo, no creía en una prohibición
completa del uso de la madera, y Beltrán reconocía
que algunas restricciones para su uso eran necesarias. Ambos
hombres, sin embargo, eran extraordinariamente orgullosos y
estaban convencidos de que su apreciación de la conservación
era la correcta. Únicamente la jerarquía de Beltrán,
como un conservacionista relativamente menor, dentro de la administración
de Cárdenas, evitó un choque directo con Quevedo,
como el que había ocurrido en los Estados Unidos entre
el preservacionista John Muir y el conservacionista utilitario
Gifford Pinchot.
A
pesar de su disputa con Cárdenas y sus diferencias con
Quevedo, Beltrán siguió dentro de la administración.
Como un empleado de la Secretaría de Educación
(1935-1938), trató de integrar la conservación
en los planes de estudio a todos los niveles, usando las clases
de civismo, geografía y biología como los principales
conductos. En 1934, escribió un libro de texto para un
curso universitario de zoología y oceanografía
que cubría nociones ecológicas básicas
y enfatizaba que la conservación de los recursos naturales
"no significaba falta de utilización, sino un uso permanente
que permitiera un abastecimiento sostenido."11
En
un artículo de 1939, Beltrán expresaba su opinión
de que el uso de los recursos naturales tendría que estar
basado en principios ecológicos sólidos. Los recursos,
argumentaba, tienen que ser vistos en su totalidad más
que como entidades separadas, porque, al fin y al cabo, los
bosques, los suelos, el agua y la fauna están todos interrelacionados.
Más aún, la gente tiene que reconocer que los
procesos ecológicos no están limitados por fronteras
nacionales. Ciertamente, el mal uso de los recursos en una nación,
frecuentemente afecta adversamente a otros países.12
Beltrán
se enojaba por la falta de perspicacia para el uso de los recursos
en México. Los mexicanos aún se aferraban a la
convicción antigua de que su país llegaría
a ser un paraíso agrícola. Debido a su inmutable
insistencia de que todas las tierras eran adecuadas para la
agricultura, los productores convirtieron regiones que podían
haber sido usadas para cacería, silvicultura o pastoreo,
en desiertos, porque después de que los vientos azotaban
la expuesta tierra negra superior, áreas antes cubiertas
por pantanos, praderas y bosques se convertían en páramos
rocosos. Las políticas y tradiciones para el uso de la
tierra en México padecían de miopía porque
ignoraban la realidad ecológica.13
En
1939, Beltrán llegó a ser el jefe del Departamento
de Protozoología del Instituto de Salubridad y Enfermedades
Tropicales, cargo en que permaneció durante trece años
(1939-1952). Durante este periodo, el interés de Beltrán
sobre la conservación creció en vez de disminuir.
Le impactaba la ironía de que, mientras él luchaba
para reducir la incidencia de enfermedades fatales en los trópicos
mexicanos, el crecimiento de la población en esas regiones
estaba debilitando la capacidad de la gente para sobrevivir.
Beltrán se convenció de que el crecimiento de
la población era el origen de todos los problemas ambientales
desde la contaminación hasta la destrucción de
los recursos naturales.14
Al
mismo tiempo que dirigía el Departamento de Protozoología,
siguió trabajando en proyectos relacionados con la educación
para la conservación. En 1945, diseñó un
curso de conservación de recursos naturales para la Escuela
Normal Superior*, donde se capacitaban a los futuros maestros
de México. El curso enfatizaba la crítica necesidad
de la conservación de los recursos y de la educación
ambiental. Segmentos específicos de la clase se enfocaban
hacia la ecología, los medios para proteger los bosques
y los pastizales, el uso racional de los bosques, las causas
y los remedios de la erosión del suelo, suelos adecuados
e inadecuados para la agricultura, la conservación de
la fauna, el uso de las pesquerías dulceacuícolas
y marinas, el valor estético de la naturaleza y el crecimiento
demográfico. La esperanza de Beltrán era que,
una vez que los futuros maestros comprendieran la importancia
de la conservación, podrían educar a los futuros
ciudadanos sobre el valor del mundo natural.15
Durante
mediados de los cuarenta, Beltrán empezó a hacer
campaña para la creación de una organización
de conservación para promover el desarrollo racional
de los recursos naturales. No consideró seriamente establecer
él mismo un instituto así, hasta que su amigo
y cófrade conservacionista Tom Gill convenció
a sus colegas de la Charles Lathrop Pack Forestry Foundation
(Gill era el secretario del grupo) para ayudar a financiar el
proyecto esbozado en lo general. El 25 de enero de 1952, la
fundación donó a Beltrán cien mil dólares
que serían usados para educación, investigación
y desarrollo en el campo de la conservación, estipulando
que esa cantidad debería ser igualada por una proveniente
de fuentes mexicanas (lo que se hizo). Así, con el apoyo
de la Fundación Pack y de grupos empresariales y cívicos
mexicanos, Enrique Beltrán inició su gestión
como director del Instituto Mexicano de Recursos Naturales
Renovables*.16
El
programa para éste, cuidadosamente delineado por Beltrán
era "formar un inventario de recursos naturales, investigar
el potencial y la posibilidad del desarrollo sostenible de estos
recursos, estudiar su máximo uso posible sin poner en
peligro su conservación, estudiar los factores que amenazaban
disminuir o agotar totalmente los recursos naturales, (...)
promover la educación para la conservación."17
Este programa no ha cambiado en el transcurso de cuatro décadas.
La
divulgación de información ha sido una parte fundamental
de las actividades de la organización. Entre 1952 y 1990,
el instituto llevó a cabo veintiocho conferencias en
mesas redondas donde se juntaban conservacionistas mexicanos
para discutir problemas ambientales y ofrecer recomendaciones
para regiones como los trópicos, las zonas áridas,
el sureste, el valle de México, Chihuahua, Puebla, Chiapas
y Veracruz, y sobre tópicos como crecimiento demográfico,
industrias rurales, cacería y pesca deportivas, contaminación
del aire y el agua, conservación del suelo, desarrollo
de pesquerías y silvicultura. El IMERNAR ha publicado
cincuenta y cuatro folletos que cubren una amplia variedad de
temas similares y ha editado una serie de bibliografías
sobre recursos naturales. El mismo Beltrán ha escrito
más de cien artículos y más de una docena
de libros sobre temas de conservación.18 La biblioteca
del instituto es la más antigua de su clase en México
y contiene una de las mejores colecciones sobre ecología
y conservación en toda América Latina. Muchos
mexicanos, tanto estudiantes como no estudiantes, se han beneficiado
con su existencia.
Cuando
la Unión Internacional para la Conservación de
la Naturaleza otorgó su medalla a Enrique Beltrán
en 1966, el presentador dijo unas palabras de elogio que hoy
son todavía más apropiadas: "Para Enrique Beltrán,
distinguido profesor y científico internacional, que
hizo a un lado sus intereses personales y sus investigaciones
para convertirse en el líder de la conservación
de los recursos y la naturaleza en México. Con su sabiduría,
valor e integridad ha tenido una gran influencia no sólo
en el bienestar nacional y en la protección de la vida
silvestre, sino también en el pensamiento y la práctica
de la conservación en todo el hemisferio occidental."19
Aunque sólo formó un puñado de estudiantes,
Beltrán ha influido, por medio de sus escritos, en las
perspectivas de muchos de los conservacionistas jóvenes
de México.20 Sus ideas sobre la conservación han
sido sumamente importantes.
Beltrán
condenaba tanto a los explotadores de los recursos de México
como a los preservacionistas mexicanos. Aquellos que explotan
irracionalmente los bosques de la nación, decía,
revelan una "total ignorancia de la ecología y un desprecio
por las necesidades humanas que no puede ser satisfecho con
dinero." Beltrán observaba que los bosques producían
no sólo diversos beneficios económicos que eran
muy importantes, sino que también eran críticos
desde una perspectiva ecológica: produciendo oxígeno,
regulando el flujo de las corrientes de agua y absorbiendo los
escurrimientos, protegiendo de los nefastos efectos de la erosión,
y proveyendo un hábitat irremplazable para una rica y
variada fauna. Aparte de su valor biológico, los bosques
poseían un encanto perdurable. Como Beltrán declaraba
"no sólo el ecólogo (...), sino lo más
elevado del espíritu humano puede considerar obsoleta
la inigualada belleza de los bosques, ni nunca se volverá
anticuado el placer que uno experimenta caminando bajo las frondas
y gozando con la contemplación de los mil y un organismos
que ahí viven".21 Por el otro lado, Beltrán pensaba
que aquellos que trataban de proteger a toda la naturaleza de
la intervención humana eran ingenuos, ya que los recursos
naturales tenían que ser consumidos para producir vestido,
alimento, refugio y muchas de las otras necesidades de la vida
diaria.22
Beltrán
declaraba que el conflicto entre conservacionistas y preservacionistas
no tenía fundamento, ya que los primeros favorecían
el uso racional de los recursos para llenar todas las necesidades
humanas, incluyendo la necesidad de la belleza estética.23
Por lo tanto, él podía adoptar la posición
de que los parques nacionales debían ser apreciados por
el escape del ruido y de las actitudes antisociales de las ciudades
y al mismo tiempo aprobar proyectos forestales (bien que cuidadosamente
planeados) en éstas mismas áreas nacionales. Así,
los mexicanos podían gozar con la belleza natural de
la tierra, mientras que el país obtenía beneficios
económicos por el uso sensato de sus recursos.24
Beltrán
consideraba al supuesto conflicto entre el turismo y la protección
de la flora y la fauna en los parques nacionales como otro desacierto.
Como biólogo, expresaba su simpatía por la posición
de que los parques nacionales debían preservar áreas
silvestres para estudios científicos.25 Sin embargo,
cuestionaba si se podría convencer a la ciudadanía
de "privarse voluntariamente del uso económico o recreativo
de la tierra sólo para que sirviera como campo para estudios
científicos cuyo valor la mayoría del público,
o no conoce, o no es capaz de evaluar adecuadamente."26
En
la primera Conferencia Mundial de Parques Nacionales, desarrollada
en Seattle en 1962, Beltrán sugirió que el conflicto
entre preservación y uso podría ser evitado aplicando
un sistema de zonificación. Para la mayoría de
los turistas a los que no gustaban las inconveniencias y buscaban
el máximo de comodidad, Beltrán proponía
una zona para descanso general que pudiera contener lotes de
estacionamiento, restaurantes, hoteles, áreas de campamento
y campos de juego. Una segunda zona estaría abierta al
público, pero no tendría caminos, hoteles u otras
"comodidades". La tercera zona sería usada exclusivamente
para estudios científicos e investigación. Esta
zona estaría abierta únicamente a grupos e individuos
calificados.27 Beltrán fue uno de los que primero contribuyeron
a las discusiones sobre la zonificación en la áreas
naturales. Una década después, la zonificación
se ha convertido en el principal planteamiento para su protección.
Enrique
Beltrán coincidía con Aldo Leopold en que el descubrimiento
crítico de la ecología era que la gente y la naturaleza
son interdependientes.28 Sin embargo, no avalaba el resultado
de la ética de la tierra de Leopold: la naturaleza tiene
el derecho de existir separada de las necesidades de la humanidad,
ya que los seres humanos son parte de la naturaleza y no sus
dueños. Más bien, él creía que la
ecología guiaba a la gente para usar prudentemente los
recursos en su propio beneficio. Más aún, insistía
en que la ecología era una ciencia y no una filosofía
ambiental. Beltrán peyorativamente etiquetaba como "ecólogos
instantáneos" a quienes promovían las causas ambientales
sin un conocimiento de la ciencia ecológica.29 Denunciaba
que la gente culta y educada, a través de sus equivocados
esfuerzos de conservación, eran tan responsables de la
destrucción de los recursos naturales de México,
como lo eran los ignorantes y los ambiciosos. Desde su punto
de vista, el principal defecto de los ecólogos instantáneos
era su incapacidad para entender que la preservación
de la naturaleza era tanto no-ecológica como no-realista.
Tratando de proteger a los bosques, acusaba Beltrán,
los preservacionistas estaban impidiendo su renuevo, dejándolos
así preparados para los incendios y las plagas. También
fustigaba a los preservacionistas por no entender que sin la
caza y la pesca, las poblaciones de fauna silvestre excederían
sus límites naturales.30
En
su preocupación sobre el uso prudente de los recursos
naturales, Beltrán era un discípulo de Gifford
Pinchot. Sin embargo, a diferencia de Pinchot, reconocía
claramente que los bosques tenían un valor estético
y biológico, así como un valor económico.
Beltrán buscaba un término medio para el uso de
los recursos en México que rechazara la preservación
en términos económicos y "científicos",
así como el uso anárquico de los recursos naturales
por consideraciones estéticas, éticas y particularmente
ecológicas. Beltrán confiaba en que había
encontrado el balance adecuado respecto al uso de los recursos
naturales, pero no todos los conservacionistas mexicanos estaban
de acuerdo.
Con
su creación, Beltrán reclamó acertadamente
al Instituto Mexicano de Recursos Naturales Renovables como
una institución pionera en la historia de la conservación
en México.31 A fuerza de trabajar duramente, Beltrán
logró establecer al IMERNAR como un grupo de opinión
destacado para el uso racional de los recursos en México.32
De hecho, en términos de longevidad e impacto, el instituto
se convirtió en uno de los principales organizaciones
conservacionistas de México. Sin embargo, no fue el único
grupo ambiental que in ció en la década de 1950.
En
1951, Gonzalo Blanco Macías y unos cuantos de sus colegas
fundaron un grupo llamado Amigos de la Tierra*.33 Como
el Instituto Mexicano de Recursos Naturales Renovables, Amigos
de la Tierra buscaba "conservar los suelos, el agua, la
flora y la fauna de México, con el fin no sólo
de conservarlos, sino para aumentar su desarrollo para el bienestar
de los habitantes de la nación." Sus miembros consideraban
que su trabajo era una tarea patriótica y animaban a
todos aquellos que "compartían el amor y la veneración
por la naturaleza" a participar en la organización. La
ambiciosa meta de Blanco Macías y sus colegas era la
de formar capítulos locales de Amigos de la Tierra en todas las ciudades y pueblos de México.34
La
tarea del grupo era proteger y restaurar la tierra. Para lograr
esta meta, Amigos de la Tierra, ayudó a muchas
municipalidades en la formación de viveros forestales
y en la plantación de huertos y árboles en áreas
urbanas. En la campiña, sus miembros plantaban árboles
a lo largo de las carreteras, en las laderas y en los límites
de las propiedades y construían pequeñas represas
para recoger agua y detener las partículas del suelo
erosionado. Este grupo ayudaba a los agricultores con
el establecimiento de proyectos piloto especiales que se usaban
para demostrar el valor de las técnicas de conservación
del suelo. El grupo insistía que la supervivencia de
la gente dependía del uso cuidadoso de la tierra.35
Durante
poco más de una década (1953-1964), publicaron
una revista sobre conservación del suelo y el agua llamada Suelo y Agua. Los editores tenían dos objetivos
básicos. El primero era evaluar los esfuerzos de conservación
del gobierno. Aunque le daban crédito por el establecimiento
de programas de conservación de suelo y de agua con éxito
en varias partes del país, los editores de Suelo y
Agua se enfocaban en las muchas regiones que no recibían
los beneficios del apoyo del gobierno. Blanco Macías
y sus compatriotas usaban las páginas de la revista para
pedir al gobierno una significativa ampliación de sus
programas de conservación. El segundo objetivo era divulgar
el conocimiento de las técnicas de conservación
del suelo y el agua entre los agricultores de México.
Por medio de sus proyectos piloto y su revista, esta agrupación intentaba dar servicios de extensionismo a regiones descuidadas
por el gobierno.
Sin
explicación alguna, Blanco Macías dejó
de publicar Suelo y Agua* en 1964. Aunque Amigos de
la Tierra* continúa con sus esfuerzos de conservación
hoy en día, la falta de un foro impreso ha reducido la
visibilidad e influencia del grupo.36 Sin embargo, en una época, fueron una importante voz para la conservación
en México.
Además
de su compromiso en la conservación del suelo, Blanco
Macías era un ardiente defensor de los parques nacionales.
Tal como el naturalista norteamericano John Muir, Blanco Macías
buscaba inculcar entre sus compatriotas una actitud mística
hacia la naturaleza. Como hacía notar:
"Los
mexicanos han estado acostumbrados a pensar en términos
de pesos, más que en el intangible valor a largo plazo
que proporcionan sus parques nacionales en forma de corrientes
de agua puras y de refugio para la fauna (...). La idea de un
parque nacional implica el renunciar a las ganancias materiales,
creando en su lugar la convicción de que los valores
morales y espirituales de la gente aumentan cuando pueden gozar
de íntimo contacto y comunión silenciosa con la
naturaleza. La conservación de un bosque para diversión
estética y saludable constituye exactamente la medida
de un pueblo."37
Blanco
Macías conocía una trágica paradoja en
los esfuerzos de preservación de la naturaleza en México:
el crecimiento de la población y la urbanización
intensificaron las necesidades de la población para la
soledad y la amplitud de los lugares silvestres, pero las mismas
fuerzas que hacían esencial lo salvaje para el bienestar
físico y mental de la gente lo estaban llevando también
hacia su ruina.38 Un área donde la destrucción
de la naturaleza ha sido más evidente es el estado de
Chiapas. Es también el estado donde dos de los destacados
conservacionistas de México han concentrado sus esfuerzos.
La
diversidad ecológica de Chiapas no es igualada por ninguna
otra región en Norteamérica. Chiapas, localizado
en el sureste de México, tiene la última selva
tropical húmeda y los últimos bosques de niebla
de Norteamérica. Alberga más de ocho mil especies
de plantas vasculares, que constituyen dos quintas partes de
las especies de plantas de esta estación. El estado también
proporciona hábitat para dos terceras partes de las especies
de aves del país. A pesar de ser un tercio del tamaño
de California, Chiapas tiene el doble de las especies de aves
que existen en todos los Estados Unidos (un total de 641 especies
de aves) y más del doble de las especies de mariposas
que existen en los Estados Unidos y Canadá juntos (1,200
especies). Muchos agrupamientos únicos de reptiles, anfibios,
peces e invertebrados se encuentran también aquí.
Debido a la destrucción de los hábitat y a la
cacería sin reglamentar, muchas de las especies de este
estado están ahora en peligro.39
La
flora y la fauna de Chiapas empezaron a ser amenazadas hace
cincuenta años. Antes de eso, varias operaciones madereras
se habían realizado en la región, pero todas en
una escala modesta.40 Durante los cuarenta, campesinos sin tierras
empezaron a colonizar el estado. En los años que siguieron,
una oleada de inmigrantes llevados por los programas de colonización
del gobierno o por su propia iniciativa habían llegado
a Chiapas. En años más recientes, guatemaltecos
que huían de los regímenes militares represivos
(o gobiernos civiles dominados por los militares) habían
entrado a la región. Los recién llegados carecían
del conocimiento ecológico tradicional que tenían
algunos de los grupos indígenas del estado. En vez de
plantar árboles frutales o de dejar alguna vegetación
en las milpas, simplemente arrasaban los bosques para plantar
sus cultivos.41
Durante
los sesenta, el gobierno mexicano llevó a cabo un programa
masivo de construcción de carreteras para facilitar la
extracción de los árboles de caoba, cedro y ceiba
que todavía quedaban en la zona. Al mismo tiempo que
la industria forestal adquiría un auge explosivo en Chiapas,
los inmigrantes que no podían mantenerse en suelos que
eran rápidamente privados de sus nutrientes, vendieron
sus tierras a ganaderos, quienes, apoyados por políticos
locales, convirtieron gran parte de la selva en tierras de pastoreo.42
Las estadísticas nos dan una idea de la magnitud de la
destrucción. En 1940, la selva lacandona cubría
1.3 millones de hectáreas; en 1990 sólo quedaban
300,000 hectáreas.43 Un cierto número de conservacionistas
mexicanos advierte que, a menos que el gobierno mexicano tome
enérgicas medidas pronto, la selva lacandona habrá
desaparecido al iniciarse el siglo XXI.
Para
redondear el cuadro de la destrucción ambiental chiapaneca,
los cazadores por deporte han diezmado muchas de sus especies
únicas. Si el gobierno mexicano hubiera actuado según
la Convención para la Protección de la Naturaleza
y la Preservación de la Fauna, o hubiera hecho cumplir
la Ley de Caza de 1952, la situación de la fauna en Chiapas
hoy sería muy diferente. Sin embargo, en la forma en
que está, muchas especies de la entidad están
amenazadas con la extinción.44
Miguel
Álvarez del Toro es una figura imponente en el movimiento
conservacionista de Chiapas. Aunque no es nativo de la entidad,
llegó a ser uno de sus más devotos ciudadanos.
Su fascinación y cariño por la naturaleza tuvo
origen desde su niñez en el estado de Colima, donde nació
en 1917*. Una de las actividades que más le gustaba era
colectar las plantas, insectos, pájaros y animales que
vivían alrededor de la propiedad de la familia. Por medio
de sus paseos y observaciones cuando joven, no sólo aumentó
sus conocimientos científicos sobre la naturaleza, sino
que también aprendió la importancia de la humildad
y el respeto hacia la misma.
Los
padres de Miguel apoyaron pacientemente las aficiones y colecciones
de su niño naturalista.45 En una ocasión particularmente
alegre, la mamá de Miguel le compró su primer
libro de taxidermia, con la promesa de que iría al catecismo
y nunca faltaría a misa los domingos. Por fin podría
evitar la descomposición de los animales en sus colecciones.46
En
1939, Miguel y su familia se mudaron a la Ciudad de México
después de perder sus propiedades como resultado de la
reforma agraria. Aunque en esos días la ciudad todavía
gozaba de aire puro y espacios abiertos, Álvarez del
Toro se sintió esclavizado en este ambiente urbano tan
alejado de la belleza tropical de Colima. Decidido a mantener
algún tipo de contacto con la naturaleza, estableció
relación con Ángel Roldán, el director
del Museo Nacional de Flora y Fauna, buscando posibilidades
de empleo. No había puestos vacantes, pero después
de conocer los antecedentes de Álvarez del Toro, Roldán
le encontró un lugar como taxidermista. Miguel pronto
descubrió que a sus jefes inmediatos les molestaban sus
conocimientos de taxidermia y sus sugerencias de como mejorar
el museo. No le daban las herramientas necesarias para desarrollar
su habilidad y por eso, en lugar de preparar animales, se dedicó
a aprender inglés. Durante la ausencia de Roldán,
en viaje oficial, los superiores de Álvarez del Toro
lo pusieron a lavar pisos, excepto cuando necesitaban un traductor
en las visitas de norteamericanos. A su regreso, Roldán
lo ascendió a Subdirector del Museo, pero este cambio
de fortuna no duró mucho. Cuando las funciones del Museo
pasaron del Departamento Forestal, de Caza y Pesca a la Secretaria
de Agricultura en 1940, Álvarez del Toro perdió
para siempre a su benefactor y de nuevo fue asignado a trabajos
menores. Poco después renunció, quedándole,
por la experiencia, una gran aversión hacia los burócratas.47
Después
del fiasco en el Museo Nacional de Flora y Fauna, aceptó
un trabajo como colector científico de la Academia de
Ciencias Naturales de Filadelfia. Aunque detestaba el comercio
de animales salvajes, se sintió obligado a aceptar el
trabajo para ayudar al mantenimiento de su familia. Su primera
tarea fue el colectar aves cerca de la Ciudad de México,
pero pronto la academia le pidió especímenes de
regiones más distantes. Escogió para sus exploraciones
la selva virgen en el Istmo de Tehuantepec. En el río
Coatzacoalcos, Miguel y su compañero casi murieron cuando
su bote se volcó en un remolino cerca de una cascada.48
Este fue el primero de muchos viajes a las áreas selváticas
del sureste de México, que estuvieron plagados de lluvias
torrenciales, calor infernal, picaduras de insectos y encuentros
con jaguares y cocodrilos, junto con paisajes de algunos de
los lugares más bellos, pero efímeros, del hemisferio.
Poco
después de su regreso a la Ciudad de México en
1942, leyó una noticia en el periódico sobre los
planes del gobernador de Chiapas, Rafael Pascacio Gamboa, para
crear un museo de historia natural en su estado. Sus amigos
en el Museo Nacional de Flora y Fauna le informaron tardíamente
que el colaborador del gobernador en el proyecto, Eliseo Palacios,
había hecho repetidos intentos de reclutar un taxidermista
de entre el personal del museo, pero que nadie quería
trabajar en un lugar de México tan remoto y salvaje.
Por su parte, Álvarez del Toro veía ese trabajo
como una maravillosa oportunidad de explorar el paraíso
de un naturalista. Su único temor era que ya alguien
hubiera obtenido el puesto.49
Resultó
que el trabajo de taxidermista seguía abierto, y que
sólo otra persona lo había solicitado. Palacios
contrató a Álvarez del Toro en base a sus mejores
habilidades y a su disposición a aceptar que el gobierno
fijara su salario, que sería el equivalente a dos dólares
diarios (su rival había insistido en que se incluyera
en sus percepciones un pago por peligrosidad). Miguel llegó
a Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, ansioso de
empezar con su nuevo trabajo, sólo para descubrir que
el museo no existía. Palacios no había tomado
muy en serio la orden del gobernador Gamboa de crear un museo
de historia natural, quizá porque anticipaba que futuros
gobernadores retirarían el apoyo a una institución
así. Hasta que se pudiera construir una nueva estructura,
Palacios y Álvarez del Toro almacenaron las pocas colecciones
que existían en una gran casa vieja. Esos fueron los
humildes inicios de una de las instituciones de conservación
más antiguas de México.50
Debido
a su falta de transporte, Álvarez del Toro tuvo que hacer
sus primeros viajes de colecta en compañía de
cazadores. Estas no eran salidas muy placenteras para un naturalista,
que aborrecía la explotación inútil de
la fauna. Sin embargo no tenía escrúpulos en dispararle
a los animales para exponerlos. A aquellos que veían
una contradicción entre matar animales con fines científicos
y su apego a la conservación, Álvarez del Toro
les decía que la gente podía usar los recursos
naturales, siempre que no se los acabara. Él rechazaba
enfáticamente, empero, la visión de que la naturaleza
existía únicamente para servir a los seres humanos.51
Después
de la muerte de Palacios en 1944, Don Miguel, se convirtió
en el director del Departamento de Viveros Tropicales y del
Museo de Historia Natural (conocido después como el Instituto
de Historia Natural de Chiapas). Además del museo de
historia natural, que se terminó en 1943, heredó
un pequeño zoológico miserable. Los primeros animales
capturados vivían en condiciones intolerables. A la mayoría
se les mantenía en pequeñas jaulas de madera cubiertas
con tela de alambre, que se convertían en "hornos perfectos"
durante el tiempo cálido. La gente que pasaba por las
calles que bordeaban el zoológico aventaba piedras a
los animales o los picaban con palos para que se movieran. Durante
las campañas políticas, los fuegos artificiales
que se quemaban cerca del zoológico aterrorizaban a tal
grado a los animales, que algunos murieron mientras se azotaban
contra las paredes de sus jaulas en intentos desesperados de
escapar. Uno de los deseos más ardientes de Álvarez
del Toro era construir un nuevo zoológico.52
En
1948, el gobernador de Chiapas, general César Lara, propuso
la construcción de un nuevo zoológico en las afueras
de la ciudad, en el Parque Madero, que actualmente aloja a los
jardines botánicos del instituto. Lamentablemente, sin
embargo, el Departamento de Obras Públicas tumbó
con tractores todos los árboles, privando a los animales
de cualquier sombra. Álvarez del Toro y su equipo diseñaron
estructuras artificiales para dar sombra y rociaron con agua
a algunas de las especies para mantenerlas vivas. Otras tres
décadas tendrían que pasar antes de que Álvarez
del Toro pudiera obtener el apoyo del gobierno para un zoológico
que cumpliera con sus especificaciones.53
Al
desarrollar los planes para una nueva instalación, evitó
deliberadamente el modelo safari; esto es, un zoológico
que expone animales capturados en todo el mundo en jaulas muy
cerradas. En el actual zoológico en El Zapotal, habitan
sólo animales de Chiapas (de las 213 especies que tiene,
noventa por ciento se encuentran en peligro de extinción).
Los animales viven en ambientes que imitan muy bien sus hábitat
nativos. Aunque Álvarez del Toro no pudo evitar las jaulas,
usó barreras "naturales" como muros de piedra y barrancas
para separar muchos de los recintos. Las frondas tropicales
y el agua corriente en el zoológico dan un ambiente natural
que atrae aves, ardillas y otros animales que vagan libremente.
Muchos expertos lo consideran como el mejor de América
Latina.54
La
misión primaria del zoológico es la conservación.
Hay letreros que indican los hábitat, comportamientos
y amenazas para la supervivencia de cada especie. A lo largo
de sus veredas hay placas de piedra con citas, desde los aztecas
hasta Aldo Leopold, que enfatizan la importancia de preservar
la belleza y la integridad del mundo natural.55 Un exhibidor
vacío tiene un espejo y dentro, un letrero que dice:
"Aquí puede usted ver a la especie más peligrosa,
destructora de la naturaleza y, probablemente de ella misma."
Es un mensaje en el cual Álvarez del Toro cree fervientemente.
La
entrada al zoológico es gratuita para que todos los chiapanecos
puedan recorrerlo. Más de medio millón de personas
los visitan anualmente.56 La hija de Miguel, Rebecca Álvarez
del Toro, ha desarrollado innovadores programas educativos para
los jóvenes visitantes para inculcarles el aprecio a
la flora y la fauna de Chiapas.57 En los "sábados culturales",
por ejemplo, los preescolares aprenden la historia de la vida
de alguna de las especies en El Zapotal, y porqué su
supervivencia se encuentra amenazada. Los niños hacen
dibujos y modelos de cada animal. En cursos de verano, estudiantes
de entre cuatro y quince años se pasan cinco días
aprendiendo acerca del comportamiento y los hábitat de
diferentes especies. Rebecca Álvarez del Toro y sus ayudantes
llevan a los niños mayores en un viaje de campo a un
área natural cercana. El costo del programa es de siete
dólares, pero los estudiantes de familias pobres son
apoyados con donativos de otros participantes. Los adolescentes
pueden permanecer otras tres semanas ayudando al personal. Muchos
de aquellos que participan en el programa de verano parten con
una mayor inquietud sobre los animales de Chiapas.58
La
familia Álvarez del Toro sabe que el amor por la naturaleza
es innato en los niños, pero que necesita ser desarrollado.
Como Miguel Álvarez del Toro hace notar: "Cada niño
tiene un interés en la naturaleza y debe ser enseñado
a desarrollar este interés. Pero no es así. A
los niños se les enseña cómo vivir en sociedad,
pero no se les enseña como vivir con la naturaleza. No
son enseñados sobre cómo protegerla o respetarla."
Aunque él cree que algunos niños aprenderán
a proteger a la naturaleza por su contacto con el zoológico,
se pregunta si no será ya demasiado tarde. Se preocupa
por lo que les quedará para proteger cuando sean adultos.59
Aunque
Álvarez del Toro está satisfecho por el apoyo
que los chiapanecos han dado a sus esfuerzos, sus relaciones
con el gobierno y con el sector privado no le han dado más
que decepciones.Estas dos instancias se han mostrado apáticos,
cuando no activamente hostiles.60 Por muchos años, la
escasez de recursos financieros y la falta de apoyo moral por
parte del gobierno,le ha impedido ampliar sus actividades de
conservación.
Con
la creación de la Fundación Miguel Álvarez
del Toro (FUNDAMAT) en 1987, una organización paralela
que obtiene dinero para el Instituto de Historia Natural, y
con el apoyo reciente del gobierno, el instituto ha podido desempeñar
un papel más activo en el manejo de los recursos naturales
de Chiapas.61 Invitado por el gobernador Patrocinio González
Garrido, el grupo dio apoyo para el diseño de un plan
de desarrollo para el estado, a finales de los ochenta. Posteriormente,
el gobernador decretó una moratoria para el desmonte
de nuevas tierras y nombró a Álvarez del Toro
para encabezar la Comisión de Bosques y Medio Ambiente.62
El
Instituto de Historia Natural maneja seis de las once reservas
de la naturaleza en Chiapas, incluyendo El Triunfo*,
a la que el gobierno federal elevó a la categoría
de reserva de la biósfera en 1990.63 Además, el
grupo ha participado en los esfuerzos para crear un parque internacional
que incorpore las regiones de selva húmeda de Guatemala,
Belice y México. Pero Don Miguel tiene dudas sobre el
resultado de este proyecto: "Aunque se separe un área
para conservación, algún futuro presidente quizá
aún se la pueda dar a alguno de sus parientes."64 Sus
anteriores relaciones con el gobierno mexicano lo hacen dudar
de su compromiso con la conservación.
Álvarez
del Toro apoya la creación de parques nacionales porque
cree que llenan una función legítima al proteger
áreas de gran belleza escénica para el disfrute
de los turistas. Sin embargo, también está convencido
de que algunas áreas nunca deben ser sujetas a la influencia
humana. Como argumenta, deben existir zonas que no sean parques
nacionales sino áreas naturales que uno debe proteger
celosamente contra todo tipo de explotación y uso; y
sólo usarlas para estudios científicos. Es decir,
que deben permanecer en su estado natural, manteniéndose
así, la dinámica de los ecosistemas con una intervención
mínima del hombre. Si es fácil de llegar a ellas
o no tiene mayor importancia."65 Sabe que la supervivencia de
las especies amenazadas de Chiapas depende de la creación
y protección de estas zonas. En su manejo de los recursos
naturales, el Instituto de Historia Natural ha procurado, sobre
todo, proteger la variada flora y fauna de la región.
Tanto
entre los mexicanos como entre los extranjeros, Álvarez
del Toro es reconocido como un experto en el campo de la zoología.
Sus libros Los animales silvestres de Chiapas (1952), Los reptiles de Chiapas (1962), Las aves de Chiapas (1971), y Los mamíferos de Chiapas (1971)
son para los naturalistas la Biblia de la región. Pero
más importante aún es la voz de la conciencia
para la conservación, no sólo en Chiapas, sino
en todo México. Tiene una preocupación ética
profundamente arraigada, parecida a la de Aldo Leopold, acerca
de la naturaleza. También sabe que la supervivencia de
la humanidad depende de la revaloración de su relación
con el medio ambiente: "Las creencias básicas de la sociedad
descansan en la idea de que su mundo fue creado para su beneficio
y que pueden hacer con él lo que quieran sin preocuparse
por las consecuencias. Es una visión muy equivocada (...)
la gente debe darse cuenta de que sus acciones acabarán
con toda la humanidad, de la misma manera que ellos acabaron
con muchas otras especies."66 De acuerdo con Álvarez
del Toro, el gobierno mexicano ha perpetuado la noción
de que la naturaleza es sacrificable:
Desafortunadamente,
en México, los funcionarios han convencido al público
de que las reservas son un lujo (...) Si ven un pedazo de bosque
dicen, "Ah, debe de cultivarse. La gente necesita comer." Muy
bien, la gente debe de comer, pero si vemos de qué va
a morir la gente —falta de alimento, falta de agua o
falta de aire—, nos damos cuenta de que los bosques no
son sólo tierras ociosas. Los bosques trabajan para conservar
el agua limpia y purificar el aire.67
Si
se pierden los bosques, los agricultores no podrán lograr
sus cosechas debido a la disminución de la cantidad de
agua, y ello lo lleva a concluir que: "Salvar a los bosques
no es una visión romántica. Es una necesidad para
aquellos que cultivan la tierra. La gente ya se está
percatando de esto. Hay menos lluvia. La respuesta debe ser
que la gente haga lo que hacía antes, cultivar los valles
y conservar las montañas arboladas."68
La
humanidad está simplificando constantemente los ecosistemas
al punto que su restauración completa se vuelve imposible.
Aunque apoya esfuerzos para la restauración ambiental,
tales como la reforestación, sabe también que
ésta nunca podrá volver a crear la riqueza y la
diversidad de los ecosistemas naturales. Aún si sobreviven,
los árboles plantados, debido a su sistema radicular
superficial y su follaje escaso, no pueden proteger al suelo
o retener el agua de la misma forma que los que crecen naturalmente.
La plantaciones forestales Tampoco pueden igualar la grandiosidad
de los viejos bosques. Esto es, en sí misma, una gran
pérdida ya que, como observa Álvarez del Toro,
la gente no sólo necesita agua limpia y aire puro, también
necesita belleza natural. Ecológica y estéticamente,
los prístinos bosques de México son irremplazables.69
La
destrucción de los manglares de Chiapas (una colonia
de árboles y arbustos que crece en aguas costeras) da
otro ejemplo de la observación de este especialista de
que "el hombre siempre está ansioso de modificar aquello
que considera inconveniente en la naturaleza, para su propio
interés egoísta, y si tiene la oportunidad lo
hace, aunque produzca efectos negativos y, aún peor,
irreversibles. "Muchos de los manglares de Chiapas han sido
destruidos para cultivos agrícolas, nuevas casas, y para
sacar leña. Como hace notar, estos manglares proporcionan
a México múltiples beneficios, incluyendo protección
contra huracanes, y son una importante fuente de alimentos para
el país. Además, los manglares de México
son los criaderos del 96 % de los peces que se capturan a lo
largo de las costas mexicanas; también proporcionan un
nicho para muchos crustáceos y moluscos. Las ganancias
inmediatas que se obtienen destruyendo los manglares son más
que superadas por la pérdida, a largo plazo, de un importante
hábitat natural.70
Las
consecuencias a largo plazo de los pobremente concebidos programas
de desarrollo de México nunca han estado fuera de la
mente de Álvarez del Toro: "Frecuentemente se ha llamado
a Chiapas el gigante dormido cargado con recursos naturales.
Probablemente sea cierto, pero cuando el gigante despierte se
encontrará con que ha sido despojado de su riqueza, sin
recursos, saqueado, usado en la forma más anárquica
posible." Entonces, los ciudadanos de Chiapas se lamentarán
por la forma en que despilfarraron su herencia, que incluye
su obligación de asegurar la supervivencia de sus descendientes.71
De acuerdo con él, los seres humanos tienen un fatal
optimismo en su capacidad de alterar la naturaleza para sus
propios propósitos: "Tenemos una excesiva confianza en
la tecnología moderna (...) La gente cree que la tecnología
puede resolver todas nuestras necesidades sin ayuda de la naturaleza.
El antiguo pacto que hizo el hombre con la naturaleza se ha
roto. El hombre cree que es tan poderoso como para liberarse
de la naturaleza, ese vasto complejo biológico del que
siempre ha formado parte."72 Su consejo es que la gente debe
abandonar su búsqueda tratando de dominar al medio ambiente,
para así asegurar la perpetuación de la vida.
Tanto la ética como la supervivencia necesitan que la
humanidad restaure el antiguo pacto con la naturaleza. México
ha tenido pocos defensores de la naturaleza mejores que Miguel
Álvarez del Toro.
Otra
defensora de la naturaleza en Chiapas, Gertrude "Trudi" Duby
Blom, nació lejos de México, en Suiza, en 1901.73
Como muchos escolares, Trudi prefería el aire libre a
los salones de clase. Pero, a diferencia de muchos otros niños,
su amor por la naturaleza le duraría toda la vida.
Cuando
jugaba a los indios en los bosques de Suiza, adoptó el
exótico nombre de Popocatépetl, ya que desde una
temprana edad, se había interesado en la misteriosa tierra
de México. También había desarrollado un
interés sobre los habitantes nativos de las Américas.
Desde niña, las novelas de Carl May sobre los indios
la habían cautivado.
Blom
se graduó en horticultura en un colegio en Niederlenz,
y en trabajo social en la Universidad de Zurich. Después
de su graduación, se hizo periodista y miembro del Partido
Social Demócrata Suizo. En 1927, fue a Alemania para
trabajar en favor del movimiento socialista y para escribir
artículos sobre política alemana para la prensa
suiza. Cuando Hitler llegó al poder en 1933, los opositores
del régimen nazi fueron forzados a trabajar clandestinamente.
La propia Blom fue incluida en la lista negra de Hitler en 1934,
una jerarquía que la obligaba a cambiar de apartamento
cada noche para evitar ser arrestada por la policía secreta.
Finalmente, después de cuatro meses de esta aterradora
rutina, escapó a Inglaterra con un pasaporte que le dio
un amigo. Cinco años después, regresó a
Europa continental, arribando a París para unirse a un
movimiento internacional contra el fascismo y la inminente guerra.
Blom fue una de los muchos antifascistas arrestados por agentes
franceses en 1939. Después de pasar cinco meses en un
campo de detención, fue liberada gracias a los esfuerzos
del gobierno suizo. Poco después, partió de Europa
hacia los Estados Unidos. Permaneció ocho meses en Nueva
York, donde ayudó a reubicar a los refugiados franceses
que huían de la persecución nazi.
En
el barco a los Estados Unidos, Blom leyó el libro de
Jacques Soustelle "Mexique: Terre indigéne". La
cautivó particularmente la descripción de Soustelle
de los indios lacandones. Cuando Blom llegó a México,
en 1940, no tenía suficiente dinero para ir a la selva
lacandona. En vez de ello, pasó el tiempo trabajando
con los obreros textiles y del tabaco en los estados de Jalisco,
Nayarit y Sinaloa. También produjo un reportaje gráfico
sobre las mujeres que habían peleado en el ejército
zapatista, un ensayo fotográfico que recibió el
reconocimiento de la crítica. Aunque sin entrenamiento
formal, Blom tenía un talento especial para capturar
el espíritu humano por medio de la fotografía.
En
1943, recibió una pequeña herencia de Suiza que
usó para realizar su sueño de ver la selva húmeda
lacandona. Al llegar a Chiapas, se enteró de que la primera
comisión del gobierno para investigar a los indios lacandones,
estaba a punto de partir. Como nunca fue una persona tímida,
convenció al gobernador, Rafael Pascacio Gamboa, para
incluirla en la expedición, como reportera gráfica.
De inmediato sintió afinidad con la selva, porque ese
era su elemento. Sus esfuerzos para proteger a los indios lacandones
y a su selva ocuparían la mayor parte del resto de su
vida.
En
otra expedición, en 1943, conoció al antropólogo
estadounidense Frans Blom, que había empezado su investigación
arqueológica del sur de México en 1919. Trudi
y Frans conocían los trabajos uno del otro y, aún
antes de conocerse, existía entre ellos una admiración
mutua. En la expedición, Frans Blom contrajo malaria,
y Trudi lo llevó a un campamento donde pudiera recibir
ayuda. Después de esta experiencia, los dos se convirtieron
en permanentes compañeros, y se casaron en 1950. En 1951,
los Blom compraron una casa en San Cristóbal de las Casas,
un pintoresco pueblo en los Altos de Chiapas. Inmediatamente
empezaron a convertir la casa en un centro de estudios científicos.
Como parte de este esfuerzo, establecieron la biblioteca Fray
Bartolomé de las Casas, que en la actualidad contiene
veinticinco mil trabajos especializados sobre Chiapas y más
de ocho mil relacionados con México y Mesoamérica.
Al correr de los años, muchos visitantes, desde indios
de la región hasta investigadores internacionales, han
llegado a la casa. También, el centro ha llevado a cabo
numerosas expediciones científicas a las selvas y a las
tierras altas de Chiapas.74
Al
principio, el interés de los Blom sobre Chiapas era principalmente
antropológico y sociológico: coleccionaban artefactos
de diversas culturas indígenas para evitar su pérdida;
vacunaban a los lacandones en un intento para protegerlos de
las enfermedades; trataban de defenderlos de las influencias
del mundo exterior; y Trudi se dedicaba a fotografiarlos. Sin
embargo, a medida que la desforestación de la selva lacandona
se aceleraba, los Blom reconocieron que era imposible proteger
a los lacandones sin proteger a su selva. Trudi y Frans mandaron
numerosas peticiones y cartas al gobierno mexicano pidiendo
la creación de parques nacionales en la región
lacandona.75 Después de la muerte de su esposo en 1963,
Blom se comprometió aún más con la tarea
de salvar la selva. Como un biógrafo apuntaba: "Durante
los últimos veinte años, Gertrude Blom se ha preocupado
más y más, últimamente hasta un grado obsesivo,
con el desastre ecológico que está ocurriendo.
Desde 1970, prácticamente ha dejado de fotografiar a
la gente para mejor documentar la destrucción de los
viejos árboles (...) Su religión son los árboles
que por años han dado sustento y protección a
la Selva Lacandona, y su mensaje: detengan la destrucción."76
En
su batalla para salvar la selva lacandona, Blom ha llegado a
la conclusión de que los decretos del gobierno para proteger
la selva nunca tendrán éxito, si no cuentan con
el apoyo de la gente. A principios de los setenta, elogió
la decisión del presidente Echeverría de dar a
los indios lacandones su propia reserva, pero la destrucción
de los bosques continuó.77 En 1978, Blom y otros conservacionistas
convencieron al gobierno para crear la Reserva de la Biósfera
Montes Azules en la selva lacandona, pero los árboles
siguieron cayendo.78 Aún cuando el gobierno trataba de
preservar la selva lacandona, no podía evitar que la
gente continuara explotando los bosques. En palabras de Blom:
"El gobierno es incapaz para resolver los problemas ecológicos
sin el apoyo cívico de la gente."79 Como lo más
importante, los maestros deben de despertar en sus alumnos más
jóvenes "un amor por la naturaleza, y la conciencia de
conservar para el futuro."80
En
años recientes, Blom ha orientado sus esfuerzos hacia
la creación de una conciencia conservacionista entre
la gente de los Altos de Chiapas. Ha escogido este enfoque al
reconocer que la destrucción de las selvas bajas está
íntimamente ligada al deterioro ecológico de las
tierras altas. Debido a la pérdida de fertilidad del
suelo y a la erosión del mismo en las zonas altas, los
indígenas han emigrado hacia la selva para desmontar
nuevas tierras donde sembrar su maíz. En 1975, como parte
de su campaña para reforestarlos, Blom creó un
vivero forestal con el que proporcionaba árboles gratuitamente
a la gente del estado. Muchos de los pueblos indígenas
respondieron favorablemente al programa, plantando miles de
árboles en las tierras altas. Al hacerlo, no sólo
protegían a sus granjas de la erosión por viento
y agua, también preservaban parte de la selva lacandona.81
Además de estas plantaciones, Blom ha apoyado a los agricultores
de las tierras altas para que hagan terrazas, usen fertilizantes
orgánicos y roten los cultivos para salvar sus tierras.82
Blom
asegura que la destrucción de los bosques continuará
hasta que se ofrezcan a la gente alternativas válidas.
En vez de meterse en agricultura de tumba y quema, en pastoreo
y en talar árboles, sugiere que la gente de Chiapas plante
frutales, café y otros cultivos que puedan crecer bajo
las frondas del bosque, amplíe su industria de artesanías
locales, use cuidadosamente la madera para una industria mueblera,
cultive verduras para autoconsumo y venta, establezca pequeñas
industrias y promueva el turismo.83
A
Blom la entusiasma menos el desarrollo turístico en áreas
silvestres que en pueblos y ciudades: "Quiero declarar enfáticamente
que me gustaría que estos lugares permanecieran como
los conocí por vez primera sin gente, sin casas, con
paz y silencio (...) No me gusta la solución del turismo,
pero los economistas no quieren dejar ningún lugar sin
que produzca ganancias. Si ayuda a los vecinos de estos lugares,
el proyecto tendrá su lado positivo. Este rumbo será
mejor que la destrucción total."84 Su receta general
para el estado es inequívoca: "Podremos salvar a Chiapas
si no caemos en el error de imitar a las naciones super industrializadas.
Ellas sufren ahora por esos errores. Tenemos tiempo para evitarlos.
El progreso no significa super industrialización, significa
la lucha por un ambiente saludable donde todos tengamos qué
comer y con qué vestirnos. Progreso hoy en día
significa salvar a nuestro país y a nuestro planeta de
la destrucción."85
La
supervivencia de Chiapas también depende de que se reconozca
la verdadera naturaleza de su riqueza. Los bosques tropicales
de Chiapas son una fuente de gran belleza y diversidad ecológica.
Como Blom ha dicho muchas veces, su existencia es un beneficio
para la humanidad.86 Sin embargo, los agricultores que practicaban
la tumba y quema cotidianamente fueron partícipes en
la destrucción de este recurso irremplazable. La ironía
final fue que, después de desaparecer el bosque, la agricultura
fracasó. Blom dijo: "Yo vi que la tierra de la selva
húmeda tropical no era apropiada para la agricultura,
y que la riqueza de esta región se encontraba en los
árboles, que la gente podía vivir bien explotando
los bosques en forma racional y científica, que el talar
los árboles significaba destruir el futuro."87 Sostenía
que "el sueño de los políticos, de incorporar
la selva húmeda a la economía nacional pronto
fructificaría en colinas erosionadas y en páramos
enyerbados."88 Y cuando se le preguntaba "¿Y qué comería
la gente?", Blom respondía "¿Qué comerán
mañana?"89
La
desaparición de la selva lacandona ha entristecido mucho
a Blom:
"En
1943, cabalgué de Catasajá a Palenque por un lujurioso
bosque lleno de monos aulladores, aves de todas clases, tapires,
pecaríes y jaguares. Todo lo que hay ahora es ganado
que ha pisoteado el suelo que antes era tan delicado hasta convertirlo
en una tierra dura como piedra."
"Conocí
Chancalá cuando era una exuberante selva alta. Ahora
no queda ni un árbol. Se han ido las caobas, los cedros
y los ricos cocoteros, (...) Hoy, aún la majestuosa ceiba,
el árbol sagrado de los mayas, está bajo el inclemente
ataque de las sierras de cadena para ser convertida en papel
o triplay".90
Los
culpables en la destrucción de la selva húmeda
son muchos:
"Indios,
rancheros, ganaderos, cultivadores de maíz, brutos y
gente inteligente, ignorantes y educados, algunos por falta
de educación, por hambre, por no tener otras opciones,
otros a quienes no se puede perdonar por rapacidad, pero todos
destruyeron el futuro de sus hijos. Hambre, ignorancia, debilidad
y rapacidad volvieron humo, cenizas y piedra la maravillosa
jungla lacandona".91
Aún
algunos de los mismos lacandones contribuyeron a la destrucción
de sus bosques al vender concesiones a fuereños a cambio
de bienes materiales: El viejo Chan K'in (un jefe lacandón
y viejo amigo de los Blom) está triste por ver qué
poco significan las ceremonias religiosas para la mayoría
de los jóvenes. Una vez me dijo: el carro es su nuevo
dios. Cuando la selva se vaya, se habrá ido. Cuando
un árbol cae, una estrella cae...92
El
fracaso de Blom para evitar la destrucción de la selva
lacandona la ha dejado abatida y atormentada. En una entrevista
reciente dijo: "He sido una luchadora toda mi vida, pero esa
es una triste historia. Intenté cambiar el mundo sin
mucho éxito. Los nazis vinieron; entonces tratamos de
evitar la guerra, pero la guerra llegó. Luché
por la selva Lacandón y su jungla, y también se
perdió."93 El desaliento de Blom también ha sido
compartido por Miguel Álvarez del Toro y Enrique Beltrán.
Para cada uno de ellos, los obstáculos para la conservación
de los recursos naturales en México han parecido frecuentemente
insuperables. Y cuando asuntos de gran importancia están
en juego, es casi imposible aceptar el fracaso. A pesar de todos
sus discursos, todos sus escritos y todos sus proyectos, Gertrude
Duby Blom, Miguel Álvarez del Toro y Enrique Beltrán
no pudieron generar una cruzada nacional para la conservación
en México. Sin embargo, gracias en gran medida a sus
esfuerzos, México, hoy en día, cuenta con un modesto
movimiento conservacionista. Los escritos y los trabajos de
los tres, han sido una fuente de inspiración y sabiduría
para una nueva generación de conservacionistas. Desde
los setenta, nuevos grupos de conservación y líderes
conservacionistas se han unido en la búsqueda de un programa
de desarrollo que tome en cuenta tanto las necesidades de la
gente como las necesidades de la tierra.