Capítulo
Nueve
Reconsideraciones: La política ambiental mexicana
El
desarrollo de la política ambiental mexicana ha seguido
un patrón definido. Durante las últimas dos décadas,
los presidentes mexicanos han expresado un mayor compromiso
hacia la protección ambiental, han promulgado leyes más
enérgicas y han implementado programas más audaces.
Por lo general, sin embargo, la retórica y las leyes
han sido más fuertes que las acciones. A principios de
los setenta, el presidente Luis Echeverría colocó
los asuntos ambientales en la agenda política, pero fue
firme en su compromiso hacia la industrialización. Una
década después, el presidente Miguel de la Madrid
hizo de los temas ambientales una parte importante de su discurso
político, pero los asuntos económicos eran de
la mayor importancia para él. Las políticas ambientales
se han vuelto progresivamente enérgicas con el tiempo,
pero los cambios no han sido revolucionarios, ya que los líderes
mexicanos ni pusieron constantemente las preocupaciones ambientales
por encima de los intereses industriales, ni demandaron una
transformación radical en los estilos de vida personales.
El
presidente Luis Echeverría (1970-1976) muy de mala gana
colocó los temas ambientales en la agenda política.
A diferencia del presidente Richard Nixon (1968-1974) en los
Estados Unidos, Echeverría no estableció la legislación
como respuesta a un movimiento ambientalista cada vez más
fuerte. De hecho, sólo un pequeño grupo de académicos,
ingenieros, funcionarios de salud y ciudadanos privados presionaron
al presidente para poner freno a la contaminación.1 Echeverría
actuó principalmente porque temía que la severidad
de los problemas ambientales en México pudiera resultar
en una inquietud política y económica. En 1973,
comunicó sus preocupaciones a la Cámara de Diputados
de México:
"El
desarrollo de la tecnología y la industria junto con
presiones demográficas han dado lugar a una gran concentración
urbana sin servicios; por otra parte, la erosión, el
deterioro de la atmósfera, la contaminación del
agua, la disminución de la flora y la fauna, la mala
nutrición, la baja productividad y las enfermedades producen
inestabilidad política e inquietud social. Esta realidad
nos obliga a evitar el peligro".2
Después
de tres décadas de ser defensor del crecimiento industrial
y tecnológico, el Partido Revolucionario Institucional
(PRI) empezó a cuestionar el costo del progreso. Sin
embargo, este partido, sin embargo, aún creía
que la industrialización era la mejor estrategia de desarrollo
para el país. Más aún, aseveraba que mediante
la instalación de tecnología anticontaminante,
la protección ambiental y la industrialización
podían darse simultáneamente.3
Echeverría
defendió vehementemente sus programas económicos
ante cuerpos internacionales que criticaban las rupturas sociales
y ambientales producidas por la industrialización. En
un discurso en 1971 ante las Naciones Unidas, Luis Echeverría
declaró desafiante, que la industrialización era
la única alternativa viable para las naciones del Tercer
Mundo: "La industrialización frecuentemente ha producido
contaminación, pero uno no debe tratar de detener el
proceso de desarrollo ni aún aceptar algunos medios para
suspender el avance de la industrialización en los países
más pobres".4En 1975, Echeverría presentó
su visión de las causas principales de los problemas
ambientales ante el Club de Roma, un grupo que había
patrocinado un influyente estudio sobre los limites futuros
del crecimiento.5 Él identificaba el "subdesarrollo"
más que el "sobredesarrollo", como la principal causa
de las tragedias ambientales del Tercer Mundo. En particular,
sostenía que era el sistema económico que habían
organizado las "naciones desarrolladas" con el fin exclusivo
de obtener ganancias monetarias y no de industrialización
y crecimiento tecnológico, la causa de la escasez de
recursos y de la degradación del ambiente. De acuerdo
con él, el grueso de los problemas ambientales de México
había sido causado por corporaciones multinacionales
y por la pobreza que se originaba en la incapacidad de éste
país para beneficiarse del sistema internacional de comercio.6
El punto que no mencionó era que muchas corporaciones
multinacionales invertían en México porque no
tenían que sujetarse a las leyes ambientales de la nación.7
Echeverría
vociferaba que el Tercer Mundo no debía tener que limitar
su crecimiento para que los países ricos tuvieran mayor
acceso a sus recursos. Como parte de su programa para obtener
el control de sus recursos naturales para beneficio de los mexicanos,
Echeverría declaró en 1976 una zona económica
exclusiva de 200 millas partiendo de las costas mexicanas.8
No sorprendía que fuera un ardiente partidario del Tratado
de la Ley del Mar, que autorizaba la expansión del control
nacional sobre los recursos marinos y les garantizaba a las
naciones del Tercer Mundo una parte equitativa de las ganancias
que se acumularan de la extracción de minerales submarinos.9
Echeverría
se quejaba de que los países industrializados estaban
haciendo demandas irrazonables a los países del Tercer
Mundo en el área de control de la contaminación
y en el uso de las materias primas de la tierra. Para él,
la preservación del ambiente era una responsabilidad
común, cuyos costos deberían ser distribuidos
de acuerdo a las posibilidades financieras de cada país.
Le molestaba que los mismos países industrializados que
habían impedido el desarrollo de las naciones del Tercer
Mundo, estuviesen pidiendo a esas mismas naciones que invirtieran
más de sus recursos en la protección ambiental.10
En
su país, Echeverría mostraba mayor simpatía
por la causa de la protección ambiental. Reconocía
que la tierra y el agua tenían límites que no
podían ser excedidos sin repercusiones perjudiciales,
y prometía atacar sin dilación el problema de
la contaminación.11 En 1971, promulgó la primera
pieza de legislación contra la contaminación en
México: la Ley para la Prevención y el Control
de la Contaminación. Esta ley abarcaba en su enfoque
paliativos para los problemas ambientales. Particularmente propuso
remedios tecnológicos para los males ambientales del
país. Desde la perspectiva de Echeverría, este
enfoque tenía ventajas obvias. Podía aparecer
como que tomaba medidas para controlar la contaminación,
sin tener que interrumpir la producción industrial o
sin tener que imponer a la gente un cambio en sus estilos de
vida.
Como
sus contrapartes en los Estados Unidos, los funcionarios mexicanos
habían visto tradicionalmente a la contaminación
como un problema de salud pública. Los decretos norteamericanos
de Aire Puro y de Agua Pura (1970 y 1972) y la Ley para el Control
y la Prevención de la Contaminación mexicana sólo
ampliaron parcialmente esta perspectiva para incluir la amenaza
que representaba la contaminación para el mundo natural.
El reglamento de la ley mexicana declaraba que "la contaminación
del ambiente constituye una grave amenaza para la salud pública
y causa la degradación de los sistemas ecológicos
en detrimento de la economía nacional y del desarrollo
armónico de la sociedad" y "es necesario controlar la
contaminación ya que pone en peligro la vida y el bienestar
de los hombres, las plantas y los animales."12 Pero el hecho
de que el gobierno colocaba a la Subsecretaría de Mejoramiento
Ambiental dentro de la Secretaría de Salubridad y Asistencia
era un serio indicativo de que los funcionarios del gobierno
estaban más preocupados por la amenaza que representaba
la contaminación para la salud humana que por la que
representaba para los ecosistemas. Más aún, la
Secretaría de Agricultura y Ganadería y la Secretaría
de Recursos Hidráulicos mantenían el control sobre
la explotación de los recursos naturales del país.
Estas secretarías estaban más empeñadas
en la ampliación de la agricultura que por la integridad
del medio ambiente. La iniciativas ambientales de Echeverría
se limitaban al control de la contaminación.13 Además
no combinó la protección del ambiente y la conservación
de los recursos naturales en un solo programa de mantenimiento
ecológico.14
México
y los Estados Unidos lanzaron leyes para control de la contaminación
muy similares. Ambos gobiernos fijaron normas de emisiones para
fuentes puntuales de contaminación del agua y del aire,
obligaron a las industrias a instalar equipos anticontaminantes,
ordenaron a los fabricantes de automóviles producir mejores
motores, asignaron recursos económicos para plantas de
tratamiento de aguas negras, y fijaron multas para todos los
que violaran las leyes. La ley mexicana obligaba a todas las
industrias a registrarse ante el gobierno. Además, establecía
procedimientos para que los ciudadanos mexicanos pudieran reportar
a los contaminadores con el gobierno, un medio que se volvió
significativo después del surgimiento de un movimiento
ambientalista durante los ochenta. La ley contra la contaminación
de México también ofrecía estímulos
fiscales y otros incentivos para la descentralización
de industrias y servidores públicos desde la Ciudad de
México hacia ciudades más pequeñas en el
interior de la República. Pocos empresarios y burócratas,
sin embargo, estaban dispuestos a dejar el centro de poder económico
y político.15 En un sentido, la descentralización
de la industria y de la población era todavía
otra solución tecnológica a los problemas de la
contaminación nacional, en este caso, apoyándose
en la ingeniería social más que en la ingeniería
civil.16
Muchos
aspectos de la ley mexicana para la prevención y el control
de la contaminación fueron aplicados débilmente.
Como sus contrapartes en los Estados Unidos, los funcionarios
mexicanos otorgaban ampliaciones de plazo a industrias que alegaban
que no tenían ni dinero ni tiempo suficiente para instalar
la tecnología anticontaminante. Por diversas razones,
sin embargo, el hacer cumplir las leyes para el control de la
contaminación en México era mucho más problemático
que en los Estados Unidos. Aquí, el desarrollo de ciertas
tecnologías, como los convertidores catalíticos,
dejaba atrás a México. Debido a restricciones
presupuestales, el gobierno mexicano carecía de personal
para inspeccionar a las industrias contaminantes. Los funcionarios
públicos muchas veces tenían que confiar en la
buena voluntad de los industriales para registrarse con el gobierno.
Como se podía esperar, muchas industrias, o bien no se
registraron, o bien dieron información inexacta. Algunas
industrias aparentemente cohecharon a los funcionarios para
que informaran falsamente que habían instalado los equipos
anticontaminantes.17 Los miembros de la Subsecretaría
de Mejoramiento del Ambiente tuvieron que compartir la responsabilidad
de hacer cumplir las normas de contaminación atmosférica
con la Secretaría de Industria y Comercio y las de contaminación
del agua con la Secretaría de Recursos Hidráulicos.
En comparación con estas dependencias, orientadas al
desarrollo, la subsecretaría era económicamente
pobre y políticamente débil. Así, aunque
sus funcionarios quisieran hacer cumplir enérgicamente
las leyes contra la contaminación, frecuentemente no
podían obtener el apoyo necesario por parte de otras
secretarías. Todos estos factores se juntaron para que
no se pudieran hacer cumplir las reglamentaciones ambientales.
De acuerdo a los descubrimientos de un investigador, en los
primeros años de los ochenta, únicamente el 2
% de mil quinientas fábricas contaminantes habían
instalado realmente tecnología anticontaminante.18 La
industria estaba confiada en que el gobierno no iba a "sacrificar"
el crecimiento económico para controlar la contaminación.19
La
tibia aplicación por parte de Echeverría de las
leyes de control de la contaminación produjo algunas
protestas públicas. Su subsecretario de Mejoramiento
del Ambiente, Francisco Vizcaíno Murray, reaccionó
con enojo a las acusaciones de que el gobierno había
renegado de su promesa de limpiar el ambiente. Insistía
que debido a los escasos recursos fiscales y a la precaria economía,
México no se podía permitir la adopción
de medidas ambientales más enérgicas. También
se molestó con la sugerencia de que este país
debería buscar asistencia técnica extranjera para
manejar sus problemas ambientales. Contestó airadamente
que México trataría su problema ambiental a su
propia manera. Vizcaíno Murray proclamó que al
abatir la contaminación sin detener el desarrollo, la
administración de Echeverría había llevado
a cabo una verdadera revolución.20
El
siguiente presidente de México, José López
Portillo (1976-1982), compartía la visión de Echeverría
sobre los asuntos ambientales. Haciéndose eco de la doctrina
de su antecesor, sostuvo que era "una declaración histérica
el decir que la contaminación había sido el resultado
de nuestro proceso de desarrollo en sí mismo." Como Echeverría,
aseguraba que "el hombre tiene la inteligencia tanto para hacer
crecer como para preservar el medio ambiente." Durante la primera
mitad de su presidencia, López Portillo tuvo una oportunidad
para probar la validez de su tesis, cuando la súbita
alza de los precios del petróleo produjo una repentina
prosperidad económica en México. López
Portillo aumentó los ingresos que producían las
exportaciones de petróleo pidiendo prestados miles de
millones a bancos extranjeros. Inmediatamente procedió
a encauzar esta riqueza hacia la construcción de proyectos
de obras públicas de gran escala, tales como presas y
carreteras, que vinieron a acelerar la desforestación
y la erosión del suelo en México. Cuando los precios
del petróleo cayeron en 1980, la economía mexicana
también entra en picada. Enfrentando préstamos
pendientes por miles de millones de dólares, López
Portillo empezó a implementar medidas de austeridad.
Razonaba que no podía poner en marcha medidas más
severas para control de la contaminación, porque tales
acciones harían subir el precio de los bienes y afectarían
la posición competitiva de México en los mercados
internacionales. Tanto en los buenos como en los malos tiempos,
López Portillo encontró inoportuno el aplicar
medidas ambientales más estrictas.21
Este
presidente instituyó algunos cambios menores en la política
y la administración ambientales. En 1977, el ejecutivo
federal le asignó a la Secretaría de Salubridad
y Asistencia la responsabilidad de planear y dirigir la política
ambiental de la región. Un año después,
el presidente creó una comisión intersecretarial
(compuesta por representantes de diferentes dependencias) para
la salud ambiental, a fin de coordinar los programas ambientales.
Estos cambios endurecieron la mano de quienes formulaban las
políticas para el sector dentro del gobierno mexicano.
Por el otro lado, los funcionarios ambientales enfrentaban a
un nuevo adversario para hacer cumplir los reglamentos para
el control de la contaminación en la recién creada
Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos.
Aunque ésta y la de Salubridad y Asistencia mejoraron
el monitoreo de la calidad del agua en México, no tomaron
medidas enérgicas para reducir su contaminación.
Los programas de educación ambiental también se
incrementaron. La Secretaría de Educación introdujo
materias ambientales en los planes de estudio de las escuelas
primarias, y anunció un programa similar en las secundarias.
Sin embargo, la mayoría de los estudiantes permanecieron
sin educación sobre la crisis ambiental en su país.
Para la mayoría, López Portillo se había
adherido a los magros remedios ambientales de su predecesor.22
Al
final de su mandato, López Portillo nombró a un
pariente suyo, Manuel López Portillo y Ramos, para encabezar
la Subsecretaría de Mejoramiento del Ambiente. quien
promovió y logró una ley ambiental más
enérgica: la Ley Federal de Protección al Ambiente
(1982). El nuevo estatuto daba poder al gobierno para cerrar
industrias que no instalaran equipos para control de contaminación
y para sentenciar a prisión (de seis meses a cinco años)
a los ejecutivos de las corporaciones que violaran la ley. Podía
suspender industrialización y desarrollo urbano, cuando
ese desarrollo mostrara efectos perjudiciales sobre el medio
ambiente y sobre los procesos ecológicos. Tanto dependencias
del gobierno como industrias tenían que presentar declaraciones
ambientales (esta disposición era más enérgica
que el Acta de Política Ambiental Nacional de los Estados
Unidos de 1970, que pedía declaraciones de impacto ambiental
solamente en proyectos con financiamiento federal). La ley implicaba
una promesa de mayor intervención gubernamental en beneficio
de la protección ambiental.23
Aún
no siendo triviales, las medidas adoptadas por Echeverría
y López Portillo habían logrado poco para detener
el deterioro ambiental en México. Como el mismo gobierno
reconocía: "No hay duda de que después de diez
años de preocupación ambiental, de legislación
y de actitud, no hemos logrado un avance substancial en el mejoramiento
de la calidad del medio ambiente".24
Durante
la campaña presidencial de 1982, Miguel de la Madrid
anunció su decisión de abordar los males ambientales
de México. Por primera vez en la historia del país,
un candidato presidencial había hecho del ambiente un
tema de su campaña.25 Durante su lucha por la presidencia,
de la Madrid hizo la siguiente declaración:
"Hemos
defendido a nuestros recursos naturales de la ambición
de extranjeros, pero no de nosotros mismos. Los asentamientos
humanos irregulares, la explotación irracional de bosques
y selvas, la contaminación industrial del aire, del agua
y de la tierra, requiere una acción, no sólo del
gobierno, sino de toda la sociedad. Debemos desarrollar una
conciencia ecológica nacional y un respeto hacia las
normas y los criterios necesarios para la conservación
de nuestros recursos naturales."26
Miguel
de la Madrid se mostraba ansioso por ampliar el campo de acción
de los programas ambientales de México e impulsar la
participación ciudadana en la protección y la
restauración ambientales. Cumplió parcialmente
su pacto con la población mexicana, de integrar las preocupaciones
ciudadanas a los programas de gobierno.27
Unos
cuantos casos ilustran la expansión y las continuadas
limitaciones de la política ambiental bajo de la Madrid.
En 1985, el gobierno clausuró una planta de fertilizantes
en el estado de México y cerró temporalmente otras
dos.28 En enero de 1988, durante una inversión térmica
especialmente severa (una condición atmosférica,
en la cual el aire frío y los contaminantes se quedan
atrapados bajo una masa de aire caliente), el gobierno suspendió
el 50% de la actividad industrial en Xalostoc y en 30 % de las
fabricas en Tlalnepantla (ambas comunidades conurbadas al norte
de la Ciudad de México) por cinco días (la prohibición
fue levantada cuando el gobierno dijo que las condiciones meteorológicas
habían mejorado).29 En estos casos como en varios más,
la administración delamadrista aplicó la Ley Federal
para la Protección del Ambiente de 1982.
En
otros casos, el compromiso del presidente de la Madrid con la
protección ambiental era más ambiguo. Durante
su mandato, grupos públicos y privados plantaron más
de sesenta y cinco millones de árboles, pero por cada
uno que se plantaba, se cortaban cien.30 Dentro del Valle de
México, muchos de los renuevos murieron por la contaminación
o fueron cortados para permitir la ampliación de las
calles. La administración delamadrista creó una
comisión intersecretarial para la protección de
la Selva Lacandona. A pesar de ello, 143,000 hectáreas
de esa zona fueron taladas durante su mandato.31 De la Madrid
había adoptado algunas medidas ambientales positivas,
pero no reglamentó efectivamente las actividades perjudiciales
para el ambiente, algunas de las cuales habían sido perpetradas
por el mismo gobierno.
El
tratamiento del gobierno para Pemex, el monopolio petrolero
del gobierno, significó sólo un pequeño
cambio con respecto al pasado. Durante los setenta y los ochenta,
Pemex, a pesar de ser una de las empresas más contaminantes
de México, nunca fue multada por el gobierno (aunque
después del derrame del pozo Ixtoc, en el Golfo de México,
en 1981, el gobierno, obligó a establecer un fondo para
limpieza y a tomar medidas preventivas para evitar futuros derrames
de petróleo).32 En 1983, campesinos del estado
de Tabasco (en el Golfo de México) protestaron contra
Pemex por permitir el escape de petróleo de sus torres
de perforación. Los campesinos se quejaban de
que el petróleo se había extendido a los largo
de la costa del Golfo de México y estaba matando a su
ganado y destruyendo sus tierras. El gobierno respondió
a estas protestas suscribiendo un acuerdo conla empresa, en
el cual la compañía aceptaba restaurar las tierras
afectadas por el derrame. El gobierno, sin embrago, rechazó
la demanda de los campesinos de una indemnización colectiva.
Los campesinos en Tabasco respondieron a esta decisión
volteando carros y dañando propiedad de Pemex. Eventualmente,
el gobierno llegó a un acuerdo con los campesinos que
se basaba en indemnizaciones individuales.33
La
administración del presidente Miguel de la Madrid fue
indulgente con Pemex en forma similar, después de la
explosión de 1984 en sus tanques de San Juan Ixhuatepec
(una pequeña comunidad al norte de la Ciudad de México),
que causó la muerte de, por lo menos, 452 personas. Pemex
culpó de la explosión a una cercana planta de
Unigas [gas combustible], pero nadie en San Juan aceptó
esta explicación, ya que esa planta seguía en
pie después de la explosión, mientras que las
instalaciones de Pemex estaban totalmente destruidas. Más
aún, durante varios años después del desastre,
los residentes en las cercanías de los depósitos
se han quejado del olor a gas. La frustración de los
ciudadanos por la irresponsabilidad de los funcionarios públicos
llegó a su máximo unas cuantas semanas después
de la explosión cuando una comisión del gobierno
se negó a determinar la causa, o a investigar los reportes
de parientes desaparecidos. Surgieron pintas en las paredes
acusando a PEMEX de asesinato.34 Un mes después de la
explosión, el gobierno del presidente de la Madrid finalmente
responsabilizó al monopolio estatal del desastre de San
Juan Ixhuatepec, e hizo que Pemex pagara las reparaciones, pero
no se imputaron cargos penales contra sus funcionarios. Pemex
ya no podría actuar con la misma impunidad, pero el gobierno
seguía protegiendo mucho sus intereses.35
La
creación de la Secretaría de Desarrollo Urbano
y Ecología (SEDUE) era, potencialmente la más
importante acción ambiental que había tomado de
la Madrid. Prometía ser una dependencia efectiva para
tratar los asuntos ambientales porque tenía jerarquía
de Secretaria de Estado, (SEDUE fue la primera dependencia ambiental
dentro del gabinete presidencial) y porque se le había
asignado jurisdicción sobre todos los programas ambientales
y de conservación de la naturaleza. En el papel, por
lo menos, la SEDUE tenía la principal responsabilidad
para la formulación e implementación de la política
ambiental de la nación.
Muchos
conservacionistas y ambientalistas mexicanos se decepcionaron
con el rendimiento de la SEDUE. El botánico mexicano
Arturo Gómez-Pompa estaba dentro de aquellos que se unieron
al coro contra la dependencia. Su apreciación de esta
secretaría era que no había logrado mucho.36 Instaba
a los ecólogos a que se involucraran en el desarrollo
de los programas ambientales del país, en lugar de ceder
su lugar a impreparados abogados, arquitectos y contadores públicos.37
Según se decía, el mismo Gómez-Pompa había
aspirado a ser nombrado como primer jefe de la SEDUE. Ciertamente,
él estaba muy bien calificado para el cargo. Como director
del INIREB, Gómez-Pompa había trabajado incansablemente
para hacer avanzar el conocimiento de los ecosistemas tropicales
de México y en particular de los muy alterados sistemas
de Veracruz. Demostró el valor de ser un experto cuando
formuló un plan ambiental de gran alcance para la administración
de Miguel de la Madrid. Cuando escogió al primer secretario
de la SEDUE, sin embargo, de la Madrid prefirió, a un
político de carrera por sobre de Gómez-Pompa.
La elección de Miguel de la Madrid convenció a
muchos conservacionistas que la nueva administración
no quería que la SEDUE se convirtiera en una poderosa
impulsora de la protección ambiental.38
Algunos
funcionarios de esta Secretaría reconocieron las limitaciones
de su dependencia. La subsecretaria de ecología, Alicia
Bárcena Ibarra, se dio cuenta de que los funcionarios
de secretarías que habían sido tradicionalmente
responsables del manejo de los recursos naturales resentían,
y resistían, los intentos de la SEDUE para definir prioridades,
porque consideraban la acción de esa dependencia como
un freno para el desarrollo. La respuesta de la Secretaría
de Agricultura y Recursos Hidráulicos a los esfuerzos
de aquella para regular el uso de pesticidas, ilustra el punto
de Bárcena. Después de las discusiones iniciales,
los funcionarios de agricultura estuvieron de acuerdo en mantener
una "cortés relación de trabajo" con la institución
sobre la aplicación de pesticidas, pero rechazaron la
proposición de la dependencia para calendarizar las reuniones
y se rehusaron a ceder nada de su autoridad sobre el uso de
dichos recursos.39 El ambiente rural fue aún más
descuidado porque mucho funcionarios mexicanos de alto nivel
se preocupaban únicamente por mantener la calidad de
vida en las áreas urbanas. La tendencia fue puesta de
manifiesto con la creación de la SEDUE por la administración
de Miguel de la Madrid, que supervisaba tanto el desarrollo
urbano como la protección ambiental (la secretaría
se vino a preocupar aún más por los problemas
urbanos después de que la Ciudad de México fue
devastada por el terremoto de 1985). Como en el pasado, los
esfuerzos del gobierno para mantener los ecosistemas estuvieron
restringidos principalmente a la creación y el manejo
de áreas naturales protegidas y a la conservación
de flora y fauna. Con la excepción de algunos programas
pequeños, como la promoción de ranchos cinegéticos,
acuacultura y horticultura, no había apoyo del gobierno
para un desarrollo sostenible en las áreas rurales.40
La
conclusión general de Alicia Bárcena, era que
la efectividad de la secretaría dependía de una
ampliación de la planeación intersectorial y de
lograr acuerdos con las empresas privadas. Aseguraba, por lo
tanto, que en el corto plazo, la educación ambiental
de influyentes funcionarios era más importante que la
de la juventud de la nación. Además, Bárcena
peleaba por que se incluyera a las autoridades estatales y municipales
y a los grupos cívicos en las campañas de mejoramiento
ambiental. El respaldo de los gobiernos locales y de las organizaciones
de las comunidades así como el de los altos niveles del
gobierno federal era esencial para la restauración del
mundo natural.41
A
pesar de su débil posición, tuvo avances modestos
en la causa de la conservación en México. En 1987,
la Comisión Nacional de Ecología, un ente intersecretarial
que incluía representantes de aquella, anunció
cien acciones que se estaban tomando, o se tomarían,
para proteger el medio ambiente. Algunas de estas repetían
las tradicionales respuestas tecnológicas al control
de la contaminación, como emplear las más avanzadas
tecnologías para reducir las emisiones de los automóviles,
desarrollar mejores combustibles, instalar equipos anticontaminantes
en las fábricas, obligar a todos los autos a traer silenciadores
de escape, y la instalación o el mejoramiento de los
sistemas de drenaje en todo el país. Por ejemplo, en
1987, la SEDUE gastó más del diez por ciento de
su presupuesto de 200 millones de dólares en proyectos
para el control de la contaminación del agua.42 La comisión,
sin embargo, reconoció que no se podría disminuir
significativamente la contaminación hasta que la gente
y los empresarios cambiaran su comportamiento.
Entre
los cambios que proponía la Comisión estaban:
el uso compartido de los automóviles, la reducción
de los automóviles en circulación, el mejoramiento
del transporte público, el cambio de las entregas de
mercancías a horas no hábiles y el reciclaje.
La Comisión puso especial atención en la educación
y la participación ambiental para enfrentar la crisis
del medio ambiente en México. Prometió "hacer
de las actividades conservacionistas una parte permanente de
las vidas de los niños en edad escolar y de la sociedad".
Dentro de las medidas de conservación mencionadas en
las cien acciones, estaban la creación de reservas naturales
para la mariposa monarca y para la tortuga marina, la prohibición
de cazar tucanes, osos negros y jaguares (todas ellas especies
amenazadas en México), la creación de reservas
de la biósfera y refugios de fauna, y el endurecimiento
de las penas por matar y traficar diversas especies.43
La
SEDUE también se ocupó de problemas ambientales
transfronterizos. En 1983, la administración de Miguel
de la Madrid ordenó que las industrias tenían
que regresar a su país de origen cualquier material peligroso
importado, que hubiera sobrado de su proceso de producción.44
En un acuerdo, dirigido principalmente a evitar que compañías
con base en los Estados Unidos transportaran y tiraran desechos
tóxicos en México, los gobiernos de México
y de los Estados Unidos se comprometieron a notificarse mutuamente
cualquier embarque de materiales peligrosos a través
de la frontera y a respetar las leyes de cada una de las naciones
en la materia.45 Los funcionarios de ambas naciones también
se abocaron al control de contaminación del aire y del
agua en las zonas fronterizas. México construyó
plantas para el tratamiento del bióxido de azufre en
dos de sus plantas beneficiadoras de cobre en el noroeste de
Sonora, y los Estados Unidos clausuraron una fundidora de hierro
en el sur de Arizona, como parte de un esfuerzo de cooperación
para eliminar la dispersión de contaminantes y la lluvia
ácida en una región que había llegado a
ser conocida como el "triángulo gris".46 Apoyada por
un préstamo de tres millones de dólares, la administración
de Miguel de la Madrid mejoró los sistemas de drenajes,
de aguas negras y de disposición de la basura en Mexicali,
para evitar que los desechos cayeran en el Río Nuevo
y, por esa vía, llegaran a los Estados Unidos.47 Las
autoridades mexicanas también tomaron medidas unilaterales
para controlar la contaminación transfronteriza, incluyendo
la instalación de una nueva planta de tratamiento de
desechos en Tijuana.48 De esta manera, algunos de los problemas
de las zonas limítrofes se habían convertido en
parte de la agenda ambiental entre ambas naciones.49
Sin
embargo, a pesar de los esfuerzos de la SEDUE, las plantas de
tratamiento, los rellenos sanitarios y otras instalaciones necesarias
para mitigar los problemas de contaminación a lo largo
de la frontera, siguieron siendo inadecuadas e insuficientes.
Como un experto norteamericano en disposición de desechos
apuntaba en 1990: "La protección del ambiente se ha convertido
en una prioridad política para México. Pero carecen
totalmente de infraestructura, y construirla representaría
costos astronómicos y muchísimo tiempo."50 Muchas
nuevas plantas para tratamiento de aguas negras en las ciudades
fronterizas se sobrecargaron rápidamente. Además,
millones de litros de aguas negras fluían a las vías
de agua locales y se filtraban al subsuelo, ya que muchos de
los residentes carecían de drenaje en sus casas. Debido
a la escasez de personal, la secretaría tampoco tenía
la capacidad de supervisar la adecuada disposición de
los desechos tóxicos. Por lo tanto, compañías
norteamericanas, en ambos lados de la frontera, seguían
contaminando el ambiente mexicano. La magnitud de los problemas
de contaminación en las ciudades fronterizas, combinada
con la escasez de recursos financieros y humanos para enfrentarlos,
desvanecía las esperanzas de revertir el daño
ecológico en la región.
En
algunos casos, la SEDUE descuidaba el cumplimiento de las leyes
ambientales. Esto era especialmente cierto en el fracaso de
la dependencia para controlar el comercio ilegal de especies,
a pesar de su compromiso para hacerlo. Sólo enjuiciaba
ocasionalmente a los violadores de las leyes nacionales contra
la posesión de animales amenazados. Más aún,
México era el único país en el Hemisferio
Occidental que no había firmado la Convención
sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES)
y, por esta razón, se convirtió en un importante
centro de operaciones para los traficantes de animales. La mercancía
de los contrabandistas incluía especies vivas de origen
tan distante como: cacatúas de Indonesia, guacamayas
brasileñas, monos africanos y boas constrictor de América
del sur. Además, el comercio de los traficantes con pieles
de felinos está contribuyendo a la desaparición
del jaguar, del puma y del ocelote en México. A fines
de los ochenta, los conservacionistas mexicanos y norteamericanos
estimaron que cientos de especies se contrabandeaban a través
de la frontera cada año, y que su valor anual en el orden
de 400 millones de dólares. La renuencia del gobierno
mexicano para firmar el CITES generó airadas protestas
de conservacionistas mexicanos y del extranjero.51
Muchos
funcionarios de SEDUE estaban preocupados por el futuro de la
protección ambiental en México. Luchaban por lograr
un marco legal que dificultara al sucesor de Miguel de la Madrid
dejar de tomar en cuenta los asuntos ambientales.52 Sus esfuerzos
culminaron con la promulgación de la Ley General para
el Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente,
en 1988. En ella, el ejecutivo federal declaraba; "El control
y la prevención de la contaminación ambiental,
la adecuada utilización de los recursos naturales y el
mejoramiento de los ambientes naturales dentro de las comunidades
humanas son de competencia fundamental para el mejoramiento
de la vida."53 De acuerdo con la ley, el gobierno tenía
que tomar en cuenta los asuntos ambientales en sus planes nacionales
y revisar cualquier proyecto que se propusiera y que excediera
los límites ambientales fijados por la Federación.
De la misma importancia, la Ley General mencionada delegaba
más autoridad a los funcionarios estatales y municipales
para encargarse de los problemas ambientales. La administración
de De la Madrid pedía a los gobiernos, en todos los niveles,
"regular, controlar y, cuando fuera posible, evitar toda clase
de contaminación."54
La
legislación presentaba en términos generales un
programa para el control de la contaminación de aire,
agua, ruido y suelo, los materiales y desechos peligrosos y
la energía nuclear. Entre sus más notables disposiciones,
el estatuto prohibía la importación de pesticidas,
fertilizantes y otras substancias tóxicas que hubiesen
sido prohibidas en los países que las producían,
autorizaba el establecimiento de estaciones para inspección
de la contaminación, y autorizaba al gobierno para suspender
la circulación de vehículos durante períodos
de contaminación severa.55 La Ley General para el Equilibrio
Ecológico y la Protección del Ambiente incorporaba
muchos de los programas de la SEDUE así como muchos de
los elementos de leyes anteriores. Empero, la legislación
era más que un compendio de leyes y políticas
previas, una enérgica declaración de que el control
de la contaminación requería de la acción
concertada de los funcionarios de gobierno a todos los niveles
y de todos los miembros de la sociedad.
En
otra sección principal de la ley, el ejecutivo federal
presentaba una serie de proposiciones para conservar los recursos
naturales de México. Estas incluían la reutilización
de aguas de desecho, la aplicación de técnicas
de conservación del suelo y un cambio del método
de tumba y quema por otras formas de agricultura ecológicamente
más adecuadas.56 La administración de De la Madrid
también presentaba un razonamiento bien cimentado para
el establecimiento de áreas protegidas que tuvieran sus
raíces en la historia de la conservación del país.
En una página que recordaba las exposiciones de Miguel
Ángel de Quevedo, Miguel Alvarez del Toro, Enrique Beltrán,
Gertrude Duby Blom y Gonzalo Halffter, el ejecutivo federal
decía que la creación de reservas naturales era
justificada y necesaria para conservar la diversidad genética
de la cual dependía la continuidad del proceso de la
evolución, para asegurar la supervivencia de ecosistemas
representativos por su propio valor y para investigación
científica, para fomentar el uso racional de los recursos
naturales y su conservación y para proteger carreteras,
plantas industriales y granjas en zonas montañosas donde
se originaban las inundaciones y los ciclos hidrológicos
de las cuencas de los ríos. En relación a la creación
de parques nacionales, la administración de Miguel de
la
Madrid presentaba los mismos argumentos antropocéntricos
(paisaje, recreación y turismo) y biocéntricos
(la protección de la flora y la fauna) que Miguel Ángel
de Quevedo había usado medio siglo antes.57 Por lo menos
en el papel, el PRI estaba adoptando algunas de las ideas de
los pioneros del conservacionismo en México.
La
Ley General para el Equilibrio Ecológico y la Protección
al ambiente era una extensa pieza de legislación. Sin
embargo, incluso el secretario de la SEDUE Manuel Camacho Solís,
reconocía que la ley no era una panacea para los problemas
ambientales de México. Alfonso Ciprés Villarreal,
un líder ecologista en México, adoptó una
actitud incrédula hacia la ley. Como Ciprés Villarreal
apuntaba, parte del problema en el país era que las anteriores
leyes no habían sido cumplidas. Estaba preocupado por
el vago lenguaje que se refería al desarrollo y a la
implementación de "normas técnicas", que definirían
niveles inaceptables de degradación ambiental. Pedía
al gobierno agilizar el establecimiento de normas para asegurar
que "la ley sea aplicada y no quede en una declaración
de buenas intenciones". 58 La suerte de esta nueva ley dependería
del camino que siguiera el sucesor de Miguel de la Madrid, Carlos
Salinas de Gortari.
La
retórica de Salinas indicaba que estaba comprometido
con la causa de la protección ambiental. En 1982, declaró
que: "Tradicionalmente se ha afirmado que debemos estar preocupados
con la generación de empleos, y que después podremos
empezar a resolver los problemas ambientales. Esta tesis es
falsa, como la de que debemos de crecer primero y redistribuir
después... ¿De qué sirve el empleo si la salud
del trabajador se ve afectada por la contaminación del
aire, la contaminación de los alimentos y el ruido ensordecedor?"59
Y,
en un discurso en que prometía terminar con el saqueo
de la Selva Lacandona, Salinas declaró:
"México
está empeñado en progresar, y el progreso no significa
más degradación y destrucción de los recursos
naturales [de México]."60
Salinas
aparentemente no consideró a la protección ambiental
como un obstáculo para el desarrollo ni parecía
concebir a la industrialización y al crecimiento económico
como vacas sagradas. En vez de eso, profesaba la creencia de
que el cuidado del ambiente era esencial para el bienestar de
todos los mexicanos.
Durante
su campaña presidencial en 1988, Salinas prometió
hacer de la protección y restauración ambientales
una de las máximas prioridades de su administración.
Le preocupaba particularmente el colapso ecológico del
valle de México:
"Pocos
problemas en la ciudad han producido una preocupación
tan amplia y tan compartida por todos los sectores de la sociedad
como el deterioro del ambiente. Los recursos que permitieron
el rápido desarrollo de la región han llegado
a los límites de su explotación. Nuestro valle
ha perdido su equilibrio ecológico. Será la tarea
de varias generaciones restaurarlos, hasta que volvamos a tener
un horizonte claro para ver nuestros volcanes."61
La
administración de Salinas ha tomado medidas para comenzar
con el proceso de restauración ecológica en el
Valle de México. Un proyecto contempla el rescate de
Xochimilco. Los famosos canales de Xochimilco, por los cuales
navegan las embarcaciones adornadas con flores y cargadas de
turistas, se han obstruido con vegetación debido a la
"introducción" de aguas de drenaje que contienen fosfatos.
La creciente evaporación, los proyectos de drenaje y
la extracción de agua han llevado a la desecación
de muchos lagos y canales. El equilibrio ecológico de
Xochimilco se empezó a romper en 1909, cuando se construyó
un acueducto para desviar el agua que alimentaba a los lagos.
Para los años cincuenta, la mayoría de los manantiales
de la región se habían secado. Entonces se perforaron
pozos, pero ello condujo al hundimiento del suelo. La precipitación
pluvial anual promedio se ha reducido en un 30% desde el comienzo
del siglo.62 El plan de Salinas para rescatar Xochimilco incluye
el detener la marcha de la urbanización hacia la región,
preservar los manantiales existentes y recargar los acuíferos,
evitar que la contaminación entre en los canales (por
medio de la recolección y el tratamiento de las aguas
de drenaje), y crear nuevos espacios verdes y áreas recreativas.63
Aunque todavía no se termina, el programa del gobierno
para proteger las aguas de esta zona ha recibido el reconocimiento
de los grupos ambientalistas.64
Otros
esfuerzos del gobierno se han enfocado a la conservación
del agua y a la reforestación en el Valle de México.
Entre 1990 y 1992, el gobierno elevó las tarifas de agua
en un 400%, en un esfuerzo para estimular el ahorro de la misma
(antes de estos aumentos, los residentes de la Ciudad de México
pagaban una de las tarifas más bajas del mundo).65 Los
funcionarios mexicanos entienden que la conservación
es la única alternativa al bombeo del agua desde cuencas
hidráulicas cada vez más lejanas. Como ya lo han
aceptado, los costos económicos y ecológicos de
la importación del agua se están volviendo insoportables.66
En
lo que respecta a la reforestación, la administración
de Salinas ha tratado de reclutar el apoyo de los veinte millones
de habitantes del valle en programas cívicos de plantación
de árboles. En el verano de 1990, el gobierno colocó
carteles por toda la ciudad, exhortando a cada familia a plantar
un árbol. Como parte de esta campaña, empleados
del gobierno distribuyeron 750,000 renuevos sin costo a familias
que quisieran plantarlos en sus jardines y patios. Además,
reclutaron voluntarios para sembrar un millón de árboles
en áreas públicas,67. En 1990, la SEDUE inició
un programa similar en el que se les daba un árbol a
los padres de un bebé recién nacido, para que
lo cuidaran como a sus hijos.68 Estos programas eran el complemento
del propio programa de reforestación del gobierno.
Los
programas más atrevidos de Salinas se dirigieron contra
los tremendos problemas de la contaminación del aire
en la Ciudad de México. En noviembre de 1989, dio inicio
la campaña para no circular: a los conductores se les
prohibía manejar sus vehículos durante un día
hábil, los meses de invierno, cuando la contaminación
del aire se encuentra en sus peores momentos. Este programa
retiró de la circulación a aproximadamente 500,000
carros cada día hábil de la semana. La multa por
manejar en un día prohibido, lo que se determinaba por
un engomado con la terminación de la placa y una clave
de colores, era de 115 dólares (el equivalente de un
mes de salario mínimo). Algunos conductores recalcitrantes
cohechaban a los policías para evitar el pago de la sanción.
Sin embargo, la mayoría cumplió con la nueva reglamentación,
a pesar de encontrar un sistema de transporte público
sobrecargado por nuevos usuarios. La principal oposición
al programa provino de los comerciantes quienes decían
que tenían menos clientes como resultado de la reducción
en la circulación de los carros, y mayores problemas
para hacer sus entregas. La administración de Salinas,
sin embargo, se basó en el resultado de encuestas que
mostraban un amplio apoyo para el "Hoy no circula", para justificar
la continuación de este agresivo programa para el control
de la contaminación. De hecho, la campaña de limitación
de la circulación de autos en la Ciudad de México
es una de las medidas restrictivas más agresivas que
haya tomado cualquier país contra el uso de automóviles.
En parte como resultado de la campaña, los niveles de
monóxido de carbono, hidrocarburos, bióxido de
azufre, plomo y óxidos de nitrógeno disminuyeron
en 15 % entre noviembre y marzo. Durante su primer invierno,
el programa "Hoy no circula" fue, por lo menos, un éxito
parcial.69
Después
de esto, sin embargo, la efectividad del programa disminuyó
porque la adquisición de autos aumentó. En el
año que siguió al inicio de la campaña,
los residentes de la Ciudad de México compraron 300,000
vehículos nuevos. Algunos fueron adquiridos como segundo
vehículo por mexicanos ricos, que así garantizaban
contar con un auto todos los días de la semana. Pronto,
el número de carros adicionales en la calle excedió
a aquellos que se habían retirado de la circulación
por la campaña. Así, el programa sólo podría
reducir el ritmo de incremento de la contaminación generada
por automóviles, y no reducirla en sí misma.70
Durante
el invierno de 1991, el gobierno implementó enérgicas
medidas para enfrentar uno de los peores períodos de
contaminación atmosférica que, como nunca antes,
se habían presentado en la Ciudad de México. El
gobierno redujo el abastecimiento de petróleo combustible
en 80 %, obligando a las industrias a cambiar a combustible
diesel o a gas natural para cubrir el déficit.71 Los
funcionarios públicos se comprometieron a invertir 1,300
millones de dólares en nuevos taxis y autobuses que tuvieran
convertidor catalítico o usaran gasolina sin plomo; los
nuevos vehículos reemplazarían el vetusto y contaminante
parque vehicular de la Ciudad de México (este programa
fue financiado en gran parte por un préstamo de los japoneses
por 1,000 millones de dólares).72 También desarrollaron
planes de contingencia para cerrar escuelas, cancelar actos
públicos y suspender industrias altamente contaminantes,
si los niveles de contaminación del aire rebasaban ciertos
niveles.73
La
administración de Salinas pronto aplicó esta estrategia
de una manera espectacular, cuando cerró la refinería
18 de marzo de Pemex. La refinería, un gran contaminador,
proporcionaba combustible a 15 millones de residentes en el
valle (el gobierno aumentó las importaciones para cumplir
con la demanda de gasolina) y daba empleo a más de tres
mil trabajadores. Su desmantelamiento, cuya reubicación
está programada fuera del Valle de México, costó
500 millones de dólares. En la actualidad existen en
ese espacio un parque y otras áreas verdes.74 El regente
(alcalde) de la Ciudad de México, Manuel Camacho Solís
(en el pasado había encabezado la SEDUE), declaró
que la clausura era una advertencia para otras industrias: "Si
esto se le pudo hacer a la refinería, se le puede hacer
a cualquier industria."75 Ciertamente, entre febrero y mayo
de 1991, el gobierno clausuró ochenta fábricas,
temporal o permanentemente, por violar las normas de calidad
del aire.76
Las
acciones de Salinas parecieron compensar la queja de su secretario
de desarrollo urbano y ecología, Patricio Chirinos, de
que la SEDUE "carecía de los fondos para revisar los
niveles de contaminación y para hacer cumplir la ineficaz
legislación contra la contaminación."77 Y, aunque
el presidente Salinas aumentó el número de inspectores
de la SEDUE de nueve a cincuenta (en abril de 1991) y aceleró
la clausura de fabricas, muchas industrias se la siguieron jugando
con la idea de que la administración no tenía
ni la capacidad ni la voluntad para cerrarlas. Por cierto, sólo
el 5 % de las 1,150 fábricas que SEDUE inspeccionó
en el Valle de México en 1991, cumplían con las
normas de calidad del aire. Muchas compañías evaluaron
correctamente la renuencia del gobierno para clausurar sus operaciones,
ya que Salinas sólo procedió contra unos cuantos
de los peores contaminadores.78
Preparándose
para otro invierno de severa contaminación, en noviembre
de 1991, Camacho Solís anunció sus planes para
retirar más rápidamente de las calles los autos
viejos, reducir el uso de vehículos oficiales en un 30
%, en parte mediante el uso del fax y la mensajería con
bicicleta para los asuntos oficiales, reducir la operación
de las plantas termoeléctricas, eliminar el uso de combustibles
con alto contenido de azufre en las industrias, e imponer normas
más estrictas de emisiones a los vehículos y a
las industrias. Alfonso Pérez Contreras, director del
Instituto Autónomo de Investigaciones Ecológicas,
criticó el paquete anticontaminación de Camacho
Solís por ser muy modesto: "La ciudad necesita grandes
soluciones, y estas son pequeñas soluciones agrupadas."
El regente contestó recalcando los programas ambientales
más impresionantes en la Ciudad de México: "No
es poca cosa que el gobierno haya cambiado el combustible de
los microbuses por uno sin plomo, retirado los carros de la
circulación por un día, clausurado la mayor refinería
del área y plantado 12.6 millones de árboles al
año."79
Sin
embargo, los programas, ni grandes ni pequeños, pudieron
contrarrestar el aumento en la adquisición de autos ni
el fracaso de las industrias para instalar nuevos equipos anticontaminantes.
Más aún, varios de los programas del gobierno
contra la contaminación necesitaban mucho tiempo para
implementarse. Por ejemplo, los dueños de camiones, autobuses
y taxis tenían de plazo hasta 1996 para modificar sus
motores para que usaran combustibles alternativos, o para adquirir
nuevos vehículos con convertidor catalítico.80
No
fue sorprendente, pues, que los problemas de contaminación
atmosférica de la Ciudad de México se agravaran.
El 16 de marzo de 1992, los niveles de ozono (un contaminante
formado por la interacción de óxidos de nitrógeno
e hidrocarburos con la luz solar) alcanzaron 0.45 partes por
millón, más de cuatro veces el nivel máximo
aceptable por la Organización Mundial de la Salud. Los
funcionarios del gobierno respondieron con la imposición
de una segunda fase de contingencia que incluía un segundo
día sin auto, incluyendo los fines de semana (retirando
de la circulación el 40 % de los vehículos) el
cierre de dos mil escuelas, y una reducción en la operación
de 192 industrias del 50 al 75 %.81 Salinas levantó la
emergencia después de un día, pero tuvo que implantarla
nuevamente esa misma semana, cuando los niveles de los contaminantes
volvieron a dispararse.
En
medio de esta segunda emergencia, el presidente anunció
un nuevo pacto ecológico que concedió a los 200
peores contaminadores de la Ciudad de México un plazo
de dos años para reducir en 90 % las emisiones de bióxido
de azufre y los niveles de óxidos de nitrógeno
en 50 % o, si no, salirse del Valle de México. Para facilitar
la reconversión, ofreció a los dueños de
las industrias un paquete de prestamos por 300 millones de dólares.
Mientras que la mayoría de los industriales apoyaron
el plan, otros como Vicente Gutiérrez, presidente de
la Cámara Nacional de la Transformación, se quejaron
de que se le estaba pidiendo a la industria que aceptara gran
parte de la culpa por la contaminación del aire, siendo
que los automotores eran responsables del 75 % del problema
en el Valle de México (sin embargo, las industrias emitían
la mayor parte del bióxido de azufre y los metales pesados).
Por otra parte, algunos ambientalistas estaban decepcionados
de que Salinas no anunciara planes para clausurar inmediatamente
a los peores contaminadores. A pesar de las críticas,
la administración parecía estar empeñada
en tomar el camino intermedio.82
Queriendo
presentar como extraordinarias las medidas para el control de
la contaminación en la Ciudad de México, Fernando
Menéndez Garza, director de proyectos ambientales para
el Distrito Federal, dijo: "Tenemos un programa ambiental de
4,680 millones de dólares en una ciudad del Tercer Mundo,
que está saliendo de diez años de su peor crisis
económica. ¿Si eso no es un compromiso con el medio ambiente,
entonces qué es?83 Sin embargo, los residentes de la
Ciudad de México se preguntaban si eso era suficiente.
En una radical alternativa para las políticas ambientalistas
en vigor, el director del programa de aire limpio para la ciudad,
sugirió un impuesto de 1,000% a la gasolina, prohibir
todo el transito de automóviles, distribuir cientos de
miles de bicicletas, y hacer accesible para todos el transporte
público.84 En este momento, sin embargo, el gobierno
cuenta con el uso de nuevas tecnologías para mejorar
la calidad del aire en la Ciudad de México.85
Salinas
se ha mostrado menos comprometido con la resolución de
muchos de los otros problemas ambientales de la Ciudad de México.
Unos meses después de tomar posesión declaró
una moratoria de tres meses para la tala en la Selva Lacandona,
y prohibió nuevos asentamientos en la región.86
Sin embargo, fracasó en la aplicación de estas
medidas, despertando dudas entre los conservacionistas acerca
de su dedicación para cuidar la selva húmeda de
México. La división ambiental del Banco Mundial,
entre otros, declaró sombríamente que: "la ausencia
de protección [para la Selva Lacandona]... da poca credibilidad
a la resolución del gobierno para promover la conservación."87
Con financiamiento del Banco Mundial y de Conservation International
(como parte del intercambio de naturaleza por deuda), a principios
de los noventa, Salinas inició programas para estudiar
la diversidad biológica de la selva húmeda y para
promover el desarrollo sostenible en la región. El resultado
de este último programa es particularmente crítico,
porque si los habitantes de la región no adoptan alternativas
a la destrucción del bosque, éste pronto desaparecerá.88
La
Cuenca Río Lerma-Lago de Chapala es otro ecosistema degradado
que necesita remediación inmediata. El Río Lerma,
que pasa por un extendido corredor industrial y agrícola
en el centro de México, es un resumidero para desechos
humanos y animales, metales pesados y productos químicos
tóxicos, incluyendo pesticidas y fertilizantes inorgánicos.
Más aún, debido al crecimiento de ciudades, industrias
y granjas, únicamente desagua al Lago de Chapala una
sexta parte del caudal del Río Lerma que hace una década
llegaba. Junto con el reducido volumen del río, el uso
del agua de Chapala por agricultores y por la ciudad de Guadalajara
(la segunda más grande de México) ha producido
un descenso del nivel del lago, en dos tercios, desde 1960.
Los ecologistas advierten que, a menos que este proceso se revierta,
la región pronto se convertirá en un desierto.
En
1989, Salinas asignó cincuenta y dos millones de dólares
para la construcción de plantas de tratamiento de aguas
negras, sistemas de drenaje y proyectos de mejoramiento (como
el recubrimiento de canales a tajo abierto) dirigidos a la reducción
a la mitad y a aumentar el nivel del lago en diez %. Sin embargo,
la construcción de muchos de estos proyectos va con lentitud
y, en algunos casos, todavía no empieza. Aún si
todos los sistemas eventualmente se terminan, es dudoso que
se alcancen las prometidas mejoras en calidad y cantidad del
agua, debido a las tremendas demandas a que están sujetos
el Río Lerma y el Lago de Chapala.89
Una
de las acciones de conservación más definitivas
de Salinas se dió en 1990, cuando prohibió la
explotación comercial de la tortuga marina. Antes de
este decreto, sólo la rara tortuga Kemps Ridley estaba
protegida oficialmente, aunque siete especies más también
estaban amenazadas. La piel y la concha de la tortuga significaban
un lucrativo comercio de exportación de prendas de vestir
y joyería. Además de su valor para la exportación,
algunos cazadores furtivos recolectaban huevos de tortuga y
las mataban para obtener su carne. Una de las amenazas para
la tortuga, empero, provino del propio gobierno. En 1989, en
rastros autorizados oficialmente, se sacrificaron aproximadamente
35,000 tortugas. Por lo menos, la prohibición de Salinas
evitó que el gobierno siguiera siendo cómplice
en la desaparición de la tortuga marina.90 Los ambientalistas
tienen la esperanza de que la decisión de Salinas de
firmar el tratado de CITES en 1991, refleje su compromiso de
eliminar el comercio de todas las especies amenazadas.91
La
administración de Salinas procedió menos decisivamente
para reducir el número de delfines que morían
en las redes de los pescadores mexicanos de atún (un
miembro de la familia de los delfínidos, la vaquita marina,
es una especie en peligro de extinción). En 1989, el
grupo ambientalista norteamericano Earth Island Institute obtuvo
una orden de la corte para obligar a una renuente administración
Bush a imponer un embargo atunero contra México, ya que
su flota excedía el nivel de delfines muertos que permitía
una enmienda a la Ley de Protección de Mamíferos
Marinos. Los funcionarios de pesca mexicanos objetaron enérgicamente
el uso de una ley ambiental de los Estados Unidos para restringir
el acceso a uno de sus recursos.92 En su campaña para
que fuera suspendido el embargo, el gobierno mexicano usó
dos estrategias: primero, solicitaron a un grupo de expertos
del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio) decidir
que la sanción violaba el principio de libre comercio
y, segundo, empezaron a desarrollar un programa de protección
de delfines. En agosto de 1991, el comité del GATT falló
en favor de México, declarando que "una nación
miembro no tiene derecho de obstruir el comercio que daña
al medio ambiente, más allá de sus fronteras."
Si se le considerara como una doctrina del GATT, esta decisión
amenazaría la permanencia de muchos tratados internacionales
de conservación.93 México, sin embargo, no pidió
una ratificación de esta decisión en el pleno
de este organismo, quizá con el temor de una reacción
ambientalista que pudiera poner en peligro el Tratado de América
del Norte de Libre Comercio (TLC). En vez de ello, la Secretaría
de Pesca presentó su programa de protección de
delfines que incluía el colocar observadores internacionales
en todos los barcos atuneros mexicanos y un proyecto de un millón
de dólares para desarrollar técnicas que redujeran
la muerte de delfines.94 En 1992, México estuvo de acuerdo
en no tender redes alrededor de cardúmenes de atunes
que incluyeran delfines, quizá resolviendo esta añeja
disputa entre la administración salinista y la comunidad
ambientalista internacional.95
A
pesar de la prometedora retórica de Salinas, desde un
principio los ambientalistas mexicanos cuestionaron su compromiso
con la protección ambiental. Cuando en el otoño
de 1989, un periodista preguntó al escritor y líder
ambientalista mexicano Homero Aridjis, si Salinas había
mantenido su promesa de hacer del ambiente la máxima
prioridad de su gobierno, respondió:
"Todavía
no. Su política ecológica ha sido muy débil.
La SEDUE ha fracasado en tomar posiciones respecto a casi todos
los problemas ambientales de México, la contaminación,
los incendios forestales en Quintana Roo el pasado verano, las
fugas radioactivas en la planta nuclear de Laguna Verde. Estamos
muy preocupados por la falta de una política ambiental
concreta, ya que aquí hay muchas crisis ecológicas."96
Desde
entonces, el expediente ambiental de Salinas ha sido objeto
de variadas revisiones por parte de Aridjis y otros ambientalistas.
Cuando la Asociación Tierra Unida, respaldada por la
ONU, honró a Carlos Salinas de Gortari por sus "valientes
acciones ecológicas que beneficiaran tanto a México
como al mundo", Aridjis reveló que, con Salinas, México
podría potencialmente convertirse en un modelo para el
resto de América Latina en el campo de la protección
ambiental. Pero también hizo notar que Salinas recibió
el premio en el mismo año (1991) en que la contaminación
del aire había alcanzado niveles peligrosos en el Valle
de México, los incendios forestales (95 % de los cuales
había sido intencionalmente provocado) habían
destruido 150,000 hectáreas de vegetación, se
habían desforestado más de 370,000 hectáreas,
la fauna silvestre había perecido debido a la cacería,
el tráfico y la destrucción de los hábitat,
y las fuentes de agua se habían agotado y contaminado.97
Para
aplicar la legislación ambiental, cualquier gobierno
mexicano enfrenta una tarea titánica debido a la naturaleza
misma de los problemas, la crónica escasez de recursos,
y el inmenso esfuerzo que representa el vigilar a tantos fabricantes
y a un territorio tan grande, pero ningún obstáculo
sería más serio que un gobierno que careciera
de la voluntad o del deseo de restaurar la calidad del medio
ambiente. Por un lado, Salinas ha dado pasos importantes para
disminuir el impacto destructivo de los seres humanos sobre
el ambiente, particularmente en el Valle de México. Por
el otro, está ideológicamente comprometido con
un programa de privatización e inversión extranjera
que considera necesario para revitalizar la economía
mexicana. Los dos objetivos no se excluyen mutuamente, pero
la pregunta aún permanece: ¿Hasta qué punto sacrificará
Salinas su compromiso con la calidad ambiental para lograr sus
metas económicas?
El
curso de las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio
entre México y los Estados Unidos probablemente revelará
el grado del compromiso de Salinas hacia la protección
ambiental. Ambientalistas en ambos lados de la frontera están
preocupados, ya que consideran que en su ansia por atraer inversión
extranjera, la administración de Salinas no aplicará
las leyes anticontaminantes a las compañías extranjeras.98
Los funcionarios de la SEDUE, interesados en aplacar este temor,
expresaron su determinación de evitar que corporaciones
multinacionales "fueran a tirar su contaminación" sobre
ciudadanos mexicanos. Agregaron que la meta del país
"no era atraer industrias contaminantes, sino usar el tratado
de libre comercio para sustituir con industrias limpias a las
sucias".99 Las autoridades mexicanas insistieron que podrían
moldear la dirección de la inversión extranjera.
La
experiencia reciente con el libre comercio en el norte de México,
sin embargo, ocasiona serias dudas sobre si el gobierno mexicano
puede reglamentar efectivamente a las compañías
extranjeras. En 1965, México y los Estados Unidos llegaron
a un acuerdo que no sólo permitiría a los negocios
norteamericanos operar al sur de la frontera, sino que, además,
los exentaba de la mayoría de las barreras arancelarias
y comerciales. Hoy en día, la industria maquiladora* (predominantemente corporaciones multinacionales con base en
los Estados Unidos que arman en México partes traídas
de Norteamérica y luego regresan el producto terminado),
está conformada por casi en dos mil empresas, muchas
de las cuales generan contaminantes atmosféricos y desechos
tóxicos. La Ley General para el Equilibrio Ecológico
y la Protección al Ambiente incluye reglamentación
estricta para la disposición de sustancias peligrosas,
las cuales se aplican a corporaciones tanto domésticas
como extranjeras.100 Aún así, sólo el 30
% de las maquiladoras que manejan productos químicos
tóxicos se han registrado con el gobierno y únicamente
19 % disponen apropiadamente sus desechos.101
Como
un anexo al Tratado de Libre Comercio, la Agencia de Protección
Ambiental (EPA) de los Estados Unidos y la SEDUE han acordado
evaluar los riesgos ambientales que presentan las maquiladoras que operan en la frontera.102 En un continuo esfuerzo por
agradar a los ambientalistas en ambos lados de la frontera,
y lograr su apoyo al Tratado de Libre Comercio, las administraciones
de Salinas y Bush anunciaron el establecimiento de plantas de
limpieza ambiental para los terrenos fronterizos.103 En 1990,
los gobiernos de México y los Estados Unidos acordaron
financiar conjuntamente una planta de tratamiento de aguas negras
para San Diego-Tijuana, con costo de 192 millones de dólares,
que se localizaría justo al norte de la frontera (12
millones de galones de aguas negras y productos químicos
se vierten diariamente en el río Tijuana, parte de los
cuales fluyen al Océano Pacífico y luego bañan
la Playa Imperial cerca de San Diego).104 México ha destinado
460 millones de dólares en tres años (1992-1994)
para atacar problemas de contaminación en la zona fronteriza.
Como parte de este esfuerzo, Salinas ofreció aumentar
el número de inspectores de la SEDUE en la frontera,
de cincuenta a doscientos.105 El programa norteamericano contempla
el gasto de 379 millones de dólares en dos años
(1992-1993) principalmente para tratar con los problemas ambientales
en el lado norteamericano de la frontera.106 El jefe de la EPA,
William Reilly, reconoció, sin embargo, que se necesitarían
tres mil millones de dólares para enfrentar solamente
los problemas del agua.107
De
cualquier modo, el plan México-Estados Unidos no apaciguó
a los ambientalistas que se oponen al acuerdo de libre comercio.
No sólo consideran inadecuado el esfuerzo de limpieza,
sino que también están molestos por las negativas
de los presidentes Bush y Salinas de llevar a cabo una evaluación
ambiental completa como parte del pacto de libre comercio.108
Debido a que los dos presidentes colocan en lugar secundario
los asuntos ambientales y tomando en cuenta los esfuerzos casi
infructuosos del gobierno mexicano para reglamentar la industria maquiladora*, los ambientalistas de ambos países
están justamente preocupados por las consecuencias ecológicas
de abrir a México para la inversión extranjera.
Temen que, junto con más industria, los problemas de
contaminación de México se verán exacerbados
por la expansión del comercio.109 Si el acuerdo de libre
comercio da por resultado un deterioro sustancial del medio
ambiente mexicano, será una amarga herencia de dos presidentes
que se decían preocupados por los problemas ambientales.110
Además
del TLC, otros dos eventos que se están desarrollando
pueden tener impacto sobre el futuro de la política ambiental
en México: las consecuencias desastrosas de la explosión
de gas en Guadalajara, que mató a 192 personas en 1992,
y la proyectada terminación de la SEDUE.
Los
eventos inmediatos que rodearon a la explosión en Guadalajara
en 1992, fueron extrañamente similares a aquellos en
San Juan Ixhuatepec ocho años antes. Una vez más,
Pemex trató de culpar del desastre a otra industria,
ahora una planta de aceite comestible, a pesar de que los tanques
de hexano (un liquido volátil) de la planta, estaban
llenos un día después de la explosión.
Más aún, durante varios días antes del
evento, la gente se había quejado de un olor a gas que
venía del drenaje de la ciudad, gas que se había
fugado de una tubería de Pemex. La diferencia con otros
desastres similares anteriores fue que los investigadores oficiales
rápidamente implicaron en el desastre al monopolio petrolero,
junto con autoridades estatales y municipales. Unos días
después de la explosión, el gobierno acusó
de homocidio por negligencia a cuatro funcionarios de Pemex,
a tres de la compañía de aguas municipal, al presidente
municipal de Guadalajara y al secretario de desarrollo urbano
de Jalisco. Por otro lado, la explosión mostró
el fracaso de las autoridades para hacer cumplir las leyes de
salud, de seguridad y ambientales. La administración
de Salinas pudo tomar la tragedia como una oportunidad para
revisar la seguridad de todas las instalaciones de Pemex en
México y para reparar las inseguras. Manuel Camacho Solis
anunció que se revisarán todos los sistemas de
drenaje de la Ciudad de México para localizar posibles
fugas de gas. Desafortunadamente, sin embargo, la tragedia de
Guadalajara probablemente no permanecerá mucho tiempo
en las mentes de los funcionarios públicos.111
Algunos
ambientalistas mexicanos están desconcertados con la
proposición de Salinas de reemplazar a la SEDUE con una
supersecretaría de desarrollo social que administrará
su programa de obras públicas contra la pobreza conocido
como Solidaridad, promoverá los derechos y la educación
de los indígenas, y asumirá las funciones de la
Secretaría de Vivienda y Planeación, de la Secretaría
Forestal y de Manejo de la Tierra y de la Comisión Nacional
de Ecología. Homero Aridjis dijo que la decisión
de Salinas de desmantelar la SEDUE lo hace "ver como si tratara
de marginar la ecología o enterrar los riesgos políticos."
Martín Goebel, que encabeza el programa mexicano de Conservation
International, hizo notar que la inclusión de funcionarios
ambientales y forestales en una misma secretaría probablemente
llevaría a un enfrentamiento, ya que "el servicio forestal
ha combatido al movimiento ambientalista en México a
cada paso. Los forestales están entrenados en la administración
de cultivos y no en manejar el bosque como un ecosistema." Por
el otro lado, Federico Estévez, un politólogo
del Instituto Tecnológico Autónomo de México,
cree que si la nueva Comisión Nacional de Ecología
"tiene dientes y es manejada por técnicos expertos, y
no por políticos, entonces una agencia descentralizada
y apolítica haría un mejor papel que un ministerio
de ecología." Ciertamente, el punto crítico es
saber si las preocupaciones ecológicas perecerán
o florecerán en una secretaría de desarrollo social.112
Como en el acuerdo de libre comercio, la respuesta podrá
depender del compromiso del presidente hacia la protección
ambiental.
Aparentemente,
en los ochenta ocurrió un cambio importante en la percepción
de los problemas ambientales por parte de los líderes
políticos. La retórica de Miguel de la Madrid
y de Carlos Salinas de Gortari indicó un cambio en la
interpretación de que tenían Luis Echeverría
y José López Portillo con respecto a que la contaminación
debería ser considerada como una amenaza a la salud pública
que podría ser resuelta por medio de la acción
gubernamental limitada. Miguel de la Madrid y Carlos Salinas
a su vez, la identificaron como una parte de un conjunto de
problemas ecológicos que sólo se podrían
resolver mediante acciones concertadas entre el gobierno y la
sociedad. Mientras que Echeverría y López Portillo
pretendían resolver los problemas ambientales sin alterar
significativamente el desarrollo industrial, de la Madrid y
Salinas hablaban de modificar los planes económicos para
tomar en cuenta las necesidades del medio ambiente. En la retórica,
por lo menos, de la Madrid y Salinas han colocado las consideraciones
ecológicas al mismo nivel que las consideraciones económicas.
La mayoría de los ambientalistas mexicanos ponen en duda
seriamente el que haya ocurrido ese cambio fundamental. El impacto
del complejo movimiento ambientalista sobre los políticos
y la sociedad de México es un relato aparte por derecho
propio.