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Conclusiones

 

 

Cuando en 1982, Carlos Salinas de Gortari rechazó la tesis de que México debería de desarrollarse primero, y preocuparse por el ambiente después, estaba expresando una opinión que tenía antecedentes históricos.1 Aún cuando los gobernantes, tanto españoles como mexicanos, promovieron la implacable explotación de los recursos naturales, unos cuantos funcionarios públicos advirtieron sobre las fatales consecuencias de la escasez de recursos. Verdaderamente, la mayoría de estos funcionarios condenaban a los colonizadores, a los indígenas o a los ejidatarios*, más que al gobierno, por el uso desperdiciado de los recursos naturales. E incluso, su interés en la conservación rara vez iba más allá de un deseo por asegurar un aprovisionamiento de materias primas para un futuro desarrollo económico. Empero, los argumentos utilitarios estrictos para la conservación, nunca eclipsaron completamente otras perspectivas. Tanto los servidores públicos como los particulares, llamaron la atención sobre los múltiples beneficios que se derivarían de la conservación, incluyendo el papel que jugarían los ecosistemas estables para salvaguardar la subsistencia y la salud de la gente, y la importancia de los sitios silvestres para la recreación y la salud mental. Durante la administración de Cárdenas, este razonamiento, para la conservación, de hecho ganó ascendencia sobre la perspectiva estrictamente utilitaria. Cárdenas fue el primer presidente mexicano que consideró que la conservación y el desarrollo podían ocurrir simultáneamente.

Pasó casi medio siglo de crecimiento irrestricto, antes que otro dirigente político, Carlos Salinas de Gortari, volviera a invocar está idea. A diferencia de Cárdenas, sin embargo, Salinas no ha hecho del desarrollo sostenible una prioridad máxima de su administración. De hecho, ha permitido que muchos problemas ecológicos, como la destrucción de la selva tropical lacandona y la contaminación del río Lerma, se hayan dejado virtualmente sin control. Ha implementado audaces medidas para reducir los insoportables niveles de contaminación de la Ciudad de México, pero aún aquí, la administración no se animaba a coartar el desarrollo económico por el bien de un ambiente más limpio. Más aún, la ansiedad de Salinas por concluir un tratado de libre comercio con los Estados Unidos y el Canadá sin una garantía férrea de mantener a las industrias "sucias" fuera del país, parece indicar su disposición a poner de lado las consideraciones ambientales, en bien de las inversiones extranjeras. El compromiso de Salinas para evitar la degradación ecológica parece estar condicionado.

Ciertos personajes públicos mexicanos no comparten el entusiasmo limitado de Salinas por la restauración ambiental. A pesar de que la desforestación y la erosión del suelo están destruyendo la capacidad productiva de la tierra, y que la contaminación está reduciendo la productividad y las expectativas de vida de los mexicanos, distinguidas personalidades en el país siguen manteniendo que los avances económicos deben de preceder a la protección ambiental. Como el ex-presidente Echeverría dijo recientemente: "La gente en los países en desarrollo no pueden darse el lujo de preocuparse sobre la calidad del aire que respiran."2 De acuerdo a Echeverría (y otros), los mexicanos de clase baja no pueden preocuparse sobre problemas ambientales, ya que su subsistencia depende de la fuerza del sector industrial o de la explotación de los recursos naturales. Más aún, el gobierno es incapaz de financiar programas ambientales ambiciosos debido a una inmensa deuda externa, ingresos limitados, y una buena cantidad de otros problemas sociales más apremiantes. Desde esta perspectiva, México primero debe generar ingresos y elevar los niveles de vida por medio de un rápido desarrollo económico, antes de que permitirse el abordar los problemas ambientales. Irónicamente, tal estrategia pondrá a México en la posición de primero destruir su ambiente, para poder salvarlo después.

México sí necesita desarrollo, pero no en una forma que desgaste a largo plazo la base de recursos o exacerbe la contaminación. Empero, el surgimiento de vigorosas políticas ambientales y una mayor conciencia ambiental no incidirán totalmente sobre el desarrollo futuro. Los ingresos absolutos son limitados, pero los políticos pueden redistribuir más dinero para programas ambientales. En el caso de los proyectos de la comunidad, como recolección de basura, reciclado y plantación de árboles, el gobierno puede hacer una importante contribución en la forma de materiales y publicidad con poco desembolso. Organizaciones internacionales de conservación, gobiernos extranjeros, y organizaciones gubernamentales internacionales pueden atenuar el problema de escasez de recursos proveyendo a las dependencias mexicanas con ayuda técnica extranjera para programas ambientales. En última instancia, el éxito de las políticas ambientales mexicanas depende más de la voluntad política que del tamaño de la hacienda mexicana.

Más importante es que, el éxito de los esfuerzos ambientales de México descansa sobre el grado de apoyo (o exigencia) público de estos. Los grupos ambientalistas mexicanos se componen casi exclusivamente por miembros de la clase media. Sin embargo, el apoyo para las causas ambientales de México, no está restringido a una pequeña (aunque potencialmente poderosa) clase. En años recientes, los pescadores de subsistencia han protestado contra proyectos de desvío de aguas y contra la contaminación de los ecosistemas acuáticos; los campesinos de Tabasco han llevado a cabo actos públicos contra los derrames de petróleo de Pemex, y comunidades de precaristas han demandado mejores servicios, incluyendo sistemas de drenaje y agua potable, y la aplicación de los reglamentos de salud y seguridad industrial. Estos grupos no perciben la protección ambiental como un obstáculo para su bienestar. De hecho, es precisamente lo opuesto; consideran un ambiente no contaminado como esencial para su supervivencia económica y física. Un movimiento ambientalista en México, con apoyo de bases más amplias está dentro de las posibilidades existentes, a medida que más mexicanos se dan cuenta de cómo los daños ecológicos afectan negativamente la calidad de sus vidas.

En 1940, John Steinbeck y Edward Ricketts vieron como pescadores japoneses diezmaban las poblaciones de camarón en las aguas costeras de México. Steinbeck se sintió impelido a escribir:

"A cincuenta millas, los barcos camaroneros japoneses están rastreando con cangilones, recogiendo toneladas de camarón, destruyendo la especie rápidamente para que nunca pueda regresar, y con la especie están destruyendo el equilibrio ecológico de toda la región. Eso no es muy importante en el mundo. Y a miles de millas la bombas están cayendo y las estrellas no se conmueven con eso. Nada de eso es importante, o todo lo es."3

El número de mexicanos que mantienen la posición de que todo es importante ha crecido en los últimos años. Sobre su capacidad para convencer a los políticos y a la gente común de restaurar el equilibrio natural que se ha perdido se cifra la esperanza de una tierra y de su gente.

 

 

Periférico 5000, Col. Insurgentes Cuicuilco, C.P. 04530, Delegación Coyoacán, México D.F.
Última Actualización: 27/08/2007