Introducción
El
venerable conservacionista mexicano Miguel Alvarez del Toro
(nacido en 1917) una vez se lamentaba que "es difícil
encontrar a un país menos interesado en la conservación
de sus recursos naturales que México" 1 Ciertamente,
la explotación de los recursos naturales ha sido un tema
dominante en la historia ambiental de este país. La Corona
española, los políticos mexicanos decimonónicos
y los gobiernos "revolucionarios" del siglo XX, contemplaron
la explotación a gran escala de la riqueza natural de
la región como la llave de su prosperidad económica.
Junto con funcionarios ambiciosos, indígenas, colonizadores,
mineros, granjeros, ganaderos e industriales acabaron con los
recursos que estaban a su disposición. Aún los
indígenas precortesianos de México, quienes, según
muchos ambientalistas e investigadores, se suponía que
practicaban la "sabiduría de la tierra" debido a su herencia,
tuvieron un impacto dañino sobre el ambiente.2
Considerando
los muchos ejemplos notorios de abuso ambiental en la historia
mexicana, sería fácil concluir que México
nunca ha tenido una historia de conservación. Más
aún, si la conseja popular de que la gente pobre no puede
permitirse proteger los recursos naturales es cierta, entonces
podría parecer que no hay bases para la conservación
en México. La falta general de apoyo gubernamental y
los tremendos obstáculos a la conservación en
México, sin embargo, no deben ser prueba de la ausencia
de preocupaciones ambientales. De hecho, un número significativo
de individuos dedicaron sus vidas a la protección de
la naturaleza.
¿Por
qué algunos mexicanos desean salvar al mundo natural?
Unos cuantos conservacionistas gozaban con la belleza de la
naturaleza, o tenían un gran respeto por los derechos
de todas las criaturas vivientes. Pero, más comúnmente,
los mexicanos apoyaban la conservación bien porque temían
que recursos económicamente valiosos se agotaran o porque
creían que el bienestar de la población dependía
del mantenimiento de ecosistemas estables. No es sorprendente
que la mayoría de los conservacionistas mexicanos dirigieran
la atención hacia la protección de los bosques
debido a su evidente valor económico y biológico.
También
los gobiernos reconocieron más pronto el valor de los
bosques que el de otros recursos renovables como la fauna silvestre,
el suelo y el agua. Así, la larga historia de legislación
forestal de México no fue igualada en otras áreas.
España buscaba proteger en el Nuevo Mundo únicamente
las especies económicamente valiosas, y el México
independiente no promulgó una ley sobre vida silvestre
sino hasta 1894. México no lanzó un programa de
conservación del suelo y del agua hasta los años
cuarenta. Los funcionarios del gobierno no apreciaban fácilmente
los argumentos éticos y estéticos para la conservación
de la vida silvestre. Siempre retrasados, y usualmente con tibieza,
llegaron a darse cuenta de la importancia de la conservación
del suelo y del agua para la producción agrícola.
Algunos
pobladores rurales cuidaban sus recursos independientemente
de cualquiera de los programas de conservación del gobierno.
Entre ellos había hacendados* que llevaban a cabo
trabajos para evitar la pérdida de agua y la erosión
de la tierra en sus propiedades y campesinos* que seguían
las sabias prácticas agrícolas de sus antepasados.
Un pequeño sector de la población rural, así
como algunos profesionales urbanos, reconocían la importancia
de mantener la salud de la tierra.
Los
indígenas anteriores a la conquista eran, con salvedades,
los primeros conservacionistas de la región. En algunos
casos, manejaban cuidadosamente el aprovechamiento del mundo
natural en un esfuerzo consciente por impedir el deterioro ambiental.
Junto con esto, admiraban la belleza de la naturaleza y reverenciaban
muchas plantas y animales silvestres. Sin embargo, al mismo
tiempo, los pueblos antiguos de México frecuentemente
tenían creencias religiosas y realizaban prácticas
agrícolas que daban por resultado la explotación
del ambiente. Ciertamente, varios gobernantes tuvieron que limitar
el uso que sus súbditos hacían de los recursos
naturales para reducir las presiones sobre la tierra con sus
actividades extractivas y sus grandes poblaciones. Por ejemplo,
el rey de Texcoco, Nezahualcóyotl (reinó de 1418
a 1472) promulgó una ley de conservación de bosques
para detener el abuso de sus súbditos sobre ese recurso.
Durante el siglo XV, una política oficial de conservación
había empezado a surgir en el México central.
Consciente
de los destructivos resultados de la desforestación en
la península ibérica, y determinada a mantener
una adecuada provisión de madera para sus propias necesidades
en el Nuevo Mundo, la Corona española promulgó
un duro código forestal para sus colonias de ultramar.
Entre sus medidas, el código restringía el uso
de fuegos para desmontar los bosques, obligaba a solicitar permisos
para cortar madera y exigía la reforestación.
La Corona quería eliminar el desperdicio en el uso de
los recursos forestales, tanto por los colonizadores como por
los indígenas. Los funcionarios reales, sin embargo,
nunca tuvieron éxito en la estricta aplicación
de los reglamentos forestales, particularmente con los colonizadores
localmente poderosos y los indígenas empobrecidos; a
estos últimos, algunos funcionarios ocasionalmente les
concedían cierta clemencia.
Durante
el siglo XIX, algunos políticos y ciudadanos particulares
advirtieron acerca de las desastrosas consecuencias económicas
que resultarían si los mexicanos continuaban con su incesante
embate contra los bosques. Un grupo más pequeño
de mexicanos temían la desforestación por otra
razón: la destrucción de la cubierta forestal
daría por resultado la erosión del suelo, prolongadas
sequías, severas inundaciones y un ambiente insalubre
(menos oxígeno, menos árboles para absorber los
"malos vapores", humos de chimeneas, etc.). Las consecuencias
negativas de la desforestación eran más marcadas
en México que en otros países debido a su accidentada
topografía y a sus muy variables lluvias. Así,
los conservacionistas mexicanos tenían una evidencia
sólida para muchas de sus aseveraciones, de que el acabar
con los bosques era dañino para el bienestar de las personas.
Durante
la primera mitad del siglo XX, Miguel Ángel de Quevedo
fue el principal promotor para la conservación de los
bosques por razones biológicas. Fue el arquitecto de
casi todas las iniciativas forestales entre 1900 y 1946, que
fue el año de su muerte.
El
pináculo de la carrera de Quevedo llegó cuando
el presidente Cárdenas (1934-1940) lo nombró jefe
de la primera agencia autónoma de conservación.
Como comisionado de Cárdenas para la conservación,
Quevedo estableció el sistema de parques nacionales de
México y lanzó una vigorosa campaña para
restaurar y proteger sus bosques. Los tres pilares del programa
forestal de Quevedo eran: la reforestación, el desarrollo
de productos forestales a pequeña escala y la protección
estricta de los bosques cerca de las ciudades y a lo largo de
las cuencas hidráulicas. La aplicación severa
de las leyes forestales impulsada por Quevedo produjo una reacción
violenta. Campesinos, funcionarios de agricultura y aún
conservacionistas acusaron a Quevedo de imponer medidas draconianas.
Al
término de la gestión Quevedo, los funcionarios
de conservación adoptaron otra política: promovieron
el uso de los recursos. De acuerdo con ellos, el uso de los
recursos estimularía la conservación, porque la
gente se preocuparía de lo que le era económicamente
valioso. Dicha filosofía se ajustaba perfectamente con
el deseo de los altos funcionarios del gobierno para asegurar
una permanente provisión de recursos para la industrialización
y la "modernización" de la agricultura. A pesar de algunas
buenas palabras, los sucesores de Cárdenas veían
las políticas de conservación restrictivas como
un anatema para sus más amplias ambiciones económicas.
En
la ruta del desinterés gubernamental y de la apatía
pública hacia la protección de la naturaleza en
la era post-cardenista, tres conservacionistas: Enrique Beltrán,
Miguel Álvarez del Toro y Gertrude Duby Blom, trabajaron
incansablemente para convencer a los funcionarios públicos
y a los ciudadanos, acerca de la locura y la tragedia de sus
destructivas acciones. El común denominador entre sus
variadas filosofías es que la supervivencia humana depende
de la del mundo natural. Su influencia en términos generales
era limitada, pero Beltrán, Álvarez del Toro y
Blom, ciertamente inspiraron a una nueva generación de
conservacionistas.
Para
la década de los setenta, un pequeño movimiento
conservacionista había nacido en México. Los conservacionistas
mexicanos adoptaron la idea, promovida por organizaciones internacionales
al principio de la década, de que el desarrollo debería
ser sostenible. En otras palabras, sin el mantenimiento de una
base de recursos (bosques, suelos, agua, etc.) la pobreza vendría
a ser un estado permanente en el mundo. Los conservacionistas
mexicanos exigieron la sustitución de los programas de
desarrollo y de los patrones de uso de la tierra ambientalmente
destructivos por alternativas ambientalmente sanas.
La
administración de Luis Echeverría (1970-1976)
respondió tibiamente a estas demandas, pero actuó
en un frente relacionado promulgando la primera ley de control
de contaminación en 1971. Durante los setenta, la meta
del gobierno era controlar la contaminación por medio
de tecnología permitiendo que la industrialización
siguiera su curso. Para los ochenta, los políticos mexicanos
reconocieron que los graves problemas de contaminación
de la Nación únicamente podrían ser disminuidos
apretándole las tuercas a las industrias altamente contaminantes
y cambiando el estilo de vida de la gente.
Insatisfechos
con la respuesta gubernamental a los problemas ambientales,
y preocupados por las consecuencias de la degradación
ambiental en la salud humana y en la salud del mundo natural,
un grupo de individuos organizó un movimiento ambientalista,
pequeño pero ruidoso, durante los años ochenta.
El movimiento instaba por un regreso al respeto de los antiguos
indígenas por la naturaleza. De los indígenas
precolombinos al movimiento ambientalista actual, México
ha tenido una larga, aunque débil, tradición por
la conservación.
Además
de su valor intrínseco, la historia de la conservación
en México aporta una útil comparación con
la historia de la conservación en los Estados Unidos.
Las dos historias no han sido similares debido a las grandes
diferencias geográficas culturales, sociales, demográficas,
políticas y económicas que existen entre los dos
países. Estas diferencias explican por qué los
indígenas de Mesoamérica alteraron más
severamente sus ambientes que los indígenas de Norteamérica;
porqué México promulgó una ley forestal
nacional tres décadas antes que los Estados Unidos; y
porqué el movimiento ambientalista mexicano nació
después y con menos apoyo que el norteamericano.4 También
existe un paralelismo importante entre las historias de la conservación
de México y de los Estados Unidos. Ambas coronas, tanto
la británica como la española, promulgaron para
sus colonias reglamentos de conservación forestal. Franklin
D. Roosevelt y Lázaro Cárdenas usaron la conservación
tanto para mejorar las condiciones de la gente como para tener
una tierra mejor. Durante el principio de los setenta, los presidentes
Nixon y Echeverría buscaron controlar la contaminación
por medio de innovaciones tecnológicas. Un paralelismo
mayor y más importante es que históricamente los
ciudadanos tanto de México como de los Estados Unidos
han tratado de conservar sus recursos por razones económicas
y ecológicas.
El
relato que sigue es la primera historia general de la conservación
en México. A través de sus páginas resuenan
muchas filosofías sobre la necesidad de balancear las
búsquedas económicas con las realidades ambientales,
pero ninguna es más importante que la responsabilidad
de la humanidad por la supervivencia de la biósfera.
Especialmente ahora, con el desarrollo de un pequeño
pero vibrante movimiento conservacionista y ambientalista en
México, es el tiempo apropiado para explorar las motivaciones
y esfuerzos de aquellos que trataron de proteger la herencia
natural de México.