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"la mayoría de la biodiversidad del mundo

no está dentro de reservas protegidas patrulladas, sino en paisajes manejados por gente local.

La mayor parte de la biodiversidad está en aguas

y tierras manejadas por grupos tradicionales marginales a la economía mundial."

Janis Alcorn

 

Nunca antes en la historia se había tenido tal nivel de conciencia sobre la necesidad de conservar la biodiversidad actual. Sin embargo, aunque conocemos la necesidad, sabemos poco de cómo hacerlo. Ante esta ignorancia, el mundo entero ha aceptado la creación de redes nacionales e internacionales de áreas protegidas, como una respuesta fácil al problema. Poco se ha evaluado o cuestionado su eficacia; las únicas reglas aceptadas han sido que más áreas son mejores que menos, y que las grandes áreas son mejores que las pequeñas.

Sin embargo aún quedan muchas preguntas sin respuesta: ¿cuál es el objetivo central de la conservación a través de áreas protegidas?; ¿la biodiversidad?; ¿ecosistemas prístinos?; ¿satis-acción de nuestra biofilia?; ¿nostalgia? Cada pregunta a su vez genera muchas más: ¿qué biodiversidad queremos conservar?, ¿tienen igual valor todas las especies?, ¿debemos hacer el mismo esfuerzo para conservar por igual todas las especies de plantas, animales y microorganismos? Igualmente preocupante es que ya que la mayor parte de las especies de nuestro planeta aún están por descubrirse, ¿cómo podemos proteger lo que desconocemos?

Es evidente que quizá ante la falta de respuestas para estas preguntas, nuestra única opción ha sido la de apoyar ciegamente una sola acción: crear más áreas protegidas. Intuimos que hacer esto es mejor que no hacer nada. México ha seguido y sigue este camino, sin embargo sabemos que no es suficiente.

México posee una gran diversidad biológica. La riqueza de endemismos de la biota mexicana la hace una de las más importantes del mundo (véase Sarukhán y Dirzo, 1992) y al mismo tiempo constituye un reto para lograr su conservación. A continuación presentaremos un análisis sucinto de la historia de algunas de las categorías de áreas protegidas que nuestro país ha usado para conservar la naturaleza.

Parques nacionales

Los parques nacionales constituyen la categoría de área protegida más conocida y con mayor arraigo en el mundo.

La entrada formal de México a la corriente internacional de parques nacionales la llevó a cabo el presidente Venustiano Carranza al decretar el Desierto de los Leones como el primer parque nacional de México, el 1° de noviembre de 1917 (Beltrán, 1974).

La categoría de parque nacional no fue utilizada otra vez sino hasta el régimen de Lázaro Cárdenas. Con él se inicia en grande la política de conservación de la naturaleza mediante la creación de 41 parques nacionales.

Desafortunadamente la política de creación de parques nacionales no tuvo en cuenta la necesidad de asegurar la tenencia de la tierra de los sitios por proteger. La mayor parte de los decretos no fueron seguidos por una expropiación de las áreas para fines de utilidad pública. Lo único que se consiguió fue la restricción legal del uso de la tierra. En esa época quizá esto no era importante, dada la baja densidad de población; lo grave ha sido que esta política marcó un precedente que se sigue en la actualidad.

De esta forma, durante los gobiernos de los presidentes Ávila Camacho, Alemán, Ruiz Cortines y López Mateos se decretaron nuevos parques con los mismos problemas: tenencia de la tierra no definida y pocos recursos para su protección.

La motivación principal para declarar un área como parque nacional era su valor histórico, turístico, estético o incluso político, pero visto desde el ángulo de la sociedad urbana. El aspecto biológico o ecológico prácticamente no influyó.

Evidentemente los parques nacionales han desempeñado un papel importante en la historia de la conservación en México; sin embargo, es lamentable el estado de abandono al que han sido sometidos. Su conservación se deja a la naturaleza y a la existencia del decreto que restringe su uso. No obstante, a pesar de su triste historia, nuestro proyecto ha identificado parques nacionales que son dignos de recuperarse y restaurarse, los cuales son mencionados en otro capítulo de este libro.

Reservas forestales

Otra categoría de protección a la naturaleza son las llamadas reservas forestales. Éstas se crearon en el periodo del general Álvaro Obregón y su principal objetivo fue mantener las áreas así destinadas como zonas boscosas, restringiendo su conservación a otros usos que no fueran los forestales. Bajo esta categoría fueron decretadas sólo seis áreas, tres por Álvaro Obregón, dos por Calles y una por Cárdenas.

Esta categoría desafortunadamente fue abandonada en la política conservacionista de México, a pesar de que tiene la enorme bondad de mantener bajo condiciones de bosque enormes áreas de gran importancia biológica (conservación de especies) y ecológica (mantenimiento de procesos y servicios ambientales).

En la actualidad se está haciendo un gran esfuerzo para lograr el compromiso de las comunidades que viven en zonas forestales (y que quieren manejar sus recursos), de definir sus áreas de bosque permanentes. Estas áreas se mantendrían siempre como bosques o selvas naturales. Esta decisión puede llegar a tener un impacto enorme en la conservación biológica y ecológica. Un bosque en explotación o en recuperación es biológicamente mucho más diverso y aporta mejores servicios ambientales que un campo abandonado o un pastizal.

Es importante que esta categoría se revise y utilice en forma amplia.

Zonas protectoras forestales

Ésta fue sin duda una de las categorías más ambiciosas y peor ejecutadas en la historia de la conservación en México. Su creador fue el presidente Obregón. Sin embargo, fue el general Cárdenas quien utilizó plenamente esta categoría decretando 40 zonas protectoras forestales. Los decretos incluyen ciudades, cuencas, sistemas de riego y un estado completo: Aguascalientes.

Si el potencial de protección forestal de estas áreas hubiera sido logrado, hoy en día estaríamos enriquecidos con recursos forestales e hidráulicos de valor incalculable.

Se podrá suponer que una de las razones que impulsaron al presidente Cárdenas a decretar una porción considerable del país, fue la de tratar de adelantarse a un previsible crecimiento rural y urbano desordenado. La idea subyacente a este conjunto de decretos sin duda alguna es digna de elogio; sin embargo, desafortunadamente el cumplimiento de sus objetivos no se logró.

El presidente Alemán dio un golpe mortal a esta categoría al expedir en un solo decreto, 118 zonas protectoras forestales que incluían, al igual que los anteriores, ciudades, cuencas hidrológicas y áreas forestales alrededor de las presas.

Para este tiempo, nuestros gobernantes ya habían capitalizado el precedente: los decretos no cuestan nada, no hacen daño a nadie y adornan; y en algunas ocasiones, incluso, protegen la naturaleza.

La desacreditada categoría de zona protectora forestal, que nadie toma en cuenta seriamente, se ha usado recientemente para proteger sitios de gran importancia ecológica y biológica como son el rancho Santa Gertrudis, en Veracruz y la famosa reserva El Ocote, en Chiapas, causante de uno de los más agitados debates conservacionistas de los últimos tiempos.

Dada la importancia de este tipo de áreas decretadas y su cobertura, es necesario revisar el estado actual de cada una de ellas, y evaluar la posibilidad de establecerlas como áreas prioritarias para llevar a cabo trabajos de restauración ecológica. En estos programas, por ejemplo, las áreas decretadas de este tipo podrían servir como inóculo biológico para restaurar regiones más grandes (véase Dirzo, 1991, para un estudio de caso).

Reservas de la biosfera

La comunidad conservacionista internacional agrupada en el Programa El Hombre y la Biosfera (mab) de la unesco en los años setenta, consciente y preocupada por la ineficacia de los sistemas de protección de la naturaleza prevalecientes en los países en desarrollo, lanzó la idea de un nuevo concepto de protección que combinaba cuatro elementos fundamentales: la investigación científica, la necesidad de tener áreas bien protegidas (llamadas zonas núcleo), la participación local y la acep-ación de que los decretos oficiales de zonas amplias tenían ciertas ventajas que debían aprovecharse para la creación de un nuevo tipo de área protegida: las reservas de la biosfera (véase discusión en Halffter, 1985).

La protección "legal" –por un decreto– de amplias zonas circundantes podría incluirse en este nuevo concepto bajo la frase de "la participación local" en las áreas de amortiguamiento e influencia.

La idea parecía genial y fue adoptada con entusiasmo. La clave de la aceptación fue que no impli-aba ningún cambio a lo que los países ya estaban haciendo, no había compromisos económicos, adquisición de tierras o reubicación de gente, ni sanciones de ningún tipo.

El comité mexicano del programa mab, decidió tomar a su cargo la creación de las reservas de biosfera en México con lo que se inició este nuevo modelo de área protegida en nuestro país. El modelo era muy atractivo, y al igual que en otras categorías, no contemplaba expropiar o comprar tierras. El modelo original ni siquiera pedía que existiera un decreto gubernamental. De hecho las primeras reservas de México, La Michilía y Mapimí, nacieron sin decreto a través de un acuerdo entre el comité mexicano del mab, el conacyt, la unesco y el Gobierno del estado de Durango.

Lo que sí pedía era desarrollar un activo programa de investigación y lograr la participación de los habitantes de la reserva en las actividades de conservación de ésta.

Problemas legales de las reservas de la biosfera. La legislación de México ha incluido la categoría de reserva de la biosfera para proteger, mediante decreto, áreas de importancia biológica reconocidas o no por la unesco dentro de su red internacional. Esto significa que de hecho tengamos dos tipos de reservas de la biosfera en México: diez reconocidas por la unesco (por ejemplo Mapimí, Montes Azules, Manantlán) y las aún no reconocidas (como Lacantún o Pantanos de Centla), lo que ha causado confusión.

Respecto de esta problemática, es importante señalar que en los últimos años el Instituto Nacional de Ecología ha mostrado un gran interés en que las reservas de la biosfera decretadas por el Gobierno mexicano queden incluidas en la red internacional de unesco. Así, en 1993 se propusieron cuatro más que fueron aceptadas. El número total de 10 comprende seis existentes antes de 1993 y cuatro aceptadas en 1993.

Otro punto de confusión es que en tiempos del presidente De la Madrid se decidió crear otro sistema de reservas de la biosfera, al que se llamó reservas especiales de la biosfera, para incluir áreas de importancia biológica que tenían menos de 10,000 ha de superficie. Esta categoría no ha sido formalmente usada en ningún decreto; sin embargo se usa extraoficialmente para varias áreas previamente decretadas bajo otras categorías.

Otras áreas protegidas

A través del tiempo se han decretado muchos otros tipos de áreas protegidas; entre ellas podemos citar los parques marinos, las áreas de protección de flora y fauna, de aves, etc. El total de áreas identificadas por nosotros hasta el momento es de 386, incluyendo las seis decretadas el 5 de junio de 1994, que protegen en teoría, el 40% del territorio nacional.

Áreas protegidas sin decretos

Dentro de esta categoría se incluyen todas las acciones de individuos u organizaciones, para proteger con fines conservacionistas un área de su propiedad. Estas áreas incluyen ranchos cinegéticos, reservas privadas, zonas forestales permanentes, estaciones de investigación con áreas protegidas y reservas campesinas. Aquí sólo haremos referencia, como ejemplo, a estas dos últimas áreas.

Reservas en estaciones de investigación biológica

En 1967, el Jardín Botánico de la unam creó la primera área protegida privada para la investigación biológica en el país, con el objetivo de tener un sitio para realizar estudios de mediano y largo plazo en la regeneración de las selvas. El sitio se localizó en la región de Los Tuxtlas en el estado de Veracruz, y se convirtió en un centro de vanguardia en la investigación de selvas de México y también en un centro neurálgico de la formación de personal para conservación biológica y ecológica del trópico.

Posteriormente otras universidades, fundaciones y asociaciones civiles siguieron el ejemplo y establecieron áreas privadas de conservación para la investigación y la educación.

Reservas campesinas

Otro tipo de iniciativa de conservación sin decreto, pero de gran importancia, son los predios propiedad de ejidos o comunidades indígenas que se dedican por voluntad de la misma comunidad a la conservación ecológica. En éstos se incluyen no sólo las zonas forestadas con poca perturbación, sino también sus diversos agroecosistemas que constituyen el reservorio genético más importante de plantas cultivadas (Rzedowski, 1992).

Es costumbre antigua de muchas comunidades indígenas mantener porciones de sus bosques y selvas con un mínimo grado de perturbación. Estos sitios son sus "reservas" para el futuro. En ellos se encuentran sus plantas medicinales, sus semillas y múltiples productos necesarios. Se han estudiado estos sitios en La Huasteca, en la zona totonaca y en la maya. Se sabe de su existencia en muchos otros sitios más pero no se cuenta con descripciones precisas.

En el pasado, la legislación agraria no favorecía estas iniciativas de conservación campesina, ya que incluso las penalizaba a través de la Ley de las Tierras Ociosas que declaraba enajenables las tierras no utilizadas. Muchos campesinos se vieron en la necesidad de desmontar terrenos para evitar que se los quitaran. Afortunadamente, otros muchos no lo hicieron y hoy en día la mayor par-
te de las zonas bien conservadas del país están en manos de comunidades indígenas y campesinas.

Este hecho nos ha permitido ver la enorme posibilidad y el potencial que tienen las iniciativas campesinas para la conservación efectiva sin decreto. El Programa de Acción Forestal Tropical de México (proaft) ha venido promoviendo este tipo de iniciativas campesinas en las distintas comunidades con las que colabora (Del Amo y Gómez-Pompa, 1994).

Es indispensable buscar las mejores formas para estimular, compensar y reconocer estas acciones conservacionistas campesinas. Hasta ahora, el costo de la mucha o poca conservación de la naturaleza en México ha estado recayendo en los más pobres, ya que son ellos los que de acuerdo con la ley ya no pueden usar el suelo como quieran, ni explotar sus bosques.

A pesar de esto, muchos campesinos han decidido crear sus propias reservas. Estas reservas creadas por iniciativa y bajo la responsabilidad de campesinos las hemos llamado "reservas campesinas". Éstas pueden o no tener algún documento legal que las acredite (decreto, acuerdo, etc.); en realidad esto no es lo que importa, lo fundamental es que las reconozcamos, estimulemos y apoyemos. Esta es una gran oportunidad para lograr una conservación a nivel nacional cuyo foco primordial sean las comunidades de base.

Un ejemplo notable de reserva campesina es la llamada Reserva Comunal de la Sierra de la Cojolita, acordada en asamblea de la comunidad lacandona; fue creada por ellos y constituye la única conexión selvática entre la reserva de Montes Azules y las áreas protegidas de Guatemala. Otra reserva campesina es la de Mazunte en Oaxaca, creada por acuerdo de la comunidad con la finalidad de proteger las selvas, que son un atractivo para las actividades ecoturísticas que ellos promueven. La iniciativa de reserva campesina más importante por su extensión y complejidad es la de Los Chimalapas, la cual está siendo desarrollada a través de acuerdos con todas las comunidades de la región.

La reserva de Yum Balam, en el norte de Quintana Roo, es otro ejemplo de área protegida creada por iniciativa de campesinos. En este caso la zona tiene además un decreto presidencial.

Sin lugar a dudas las zonas denominadas como áreas forestales permanentes caen en este tipo de reserva campesina. Son áreas bajo aprovechamiento de los bosques y selvas naturales que se mantendrán como zonas forestales. El estado de Quintana Roo con su Plan Piloto Forestal ha estado a la vanguardia en esta iniciativa y tiene aproximadamente 500,000 ha de áreas forestales permanentes.

Conclusiones

Son indudables los esfuerzos que los mexicanos hemos hecho por tratar de proteger el patrimonio biológico y ecológico del país. El Sistema Nacional de Áreas Protegidas (sinap) que tenemos representa la acumulación a través de los años de las distintas visiones, sesgos y vicios administrativos.

Los gobernantes en turno han descargado su conciencia a través de los decretos, esperando que un milagro permita que las áreas realmente se conserven; sin embargo a la hora de la verdad los recursos asignados han sido mínimos.

El resultado de esta errónea decisión es palpable: la gran mayoría de nuestras áreas protegidas están en un estado lamentable y prácticamente sin infraestructura o con presupuestos mínimos para su mantenimiento. Su protección ha sido lograda por su aislamiento, su inaccesibilidad, la conciencia de sus habitantes o por la terquedad de algunos conservacionistas.

Es evidente que la evolución de este sistema de áreas protegidas no se hizo basándose en un plan integral que buscara la conservación de la diversidad biológica y ecológica de México. La protección se logró en forma parcial basándose en la intuición, más que en los conocimientos.

El trabajo de evaluar el sistema actual de protección a la naturaleza era una asignatura pendiente de nuestro país. Como parte de esta tarea hemos creado una gran base de datos textual y geográfica sobre todas las áreas protegidas del país, con decreto o sin decreto, que incluye datos históricos, administrativos, ecológicos y biológicos. El material que constituye este libro es un ejemplo de ello. Esta base de datos es enriquecida por consultas bibliográficas, consultas con expertos y talleres de trabajo. En forma paralela estamos creando una base de datos de taxa que en opinión de los expertos requieren algún tipo de protección.

Una importante conclusión ha sido que, además de los ya detectados, existen muchos otros ecosistemas y taxa que requieren protección urgente.

La información que hasta el momento se ha obtenido revela la necesidad de contar con nuevos instrumentos conservacionistas. Estos instrumentos deberían incluir varios tipos de acciones para la conservación in situ y ex situ.

Estamos preparando un plan y una política a largo plazo para la conservación de la naturaleza en México que esperamos sea realista y refleje la visión de protección del patrimonio biótico de México, de quienes nos antecedieron y nos permita adelantarnos a las necesidades de los que nos seguirán.

 

 

Biorregiones para la conservación ecológica y biológica

Una recomendación de nuestro estudio es la creación de grandes unidades geográficas de conservación biológica y ecológica, en donde se incluyan las áreas protegidas legalmente, junto con un plan de ordenamiento territorial conservacionista que abarque reservas privadas de todo tipo, planes de desarrollo urbano, protección de cuencas, etc. A estas grandes unidades las hemos llamado "biorregiones para la conservación ecológica y biológica". La integración de estas unidades debe hacerse con un gran esfuerzo regional de planificación participativa, que tenga el total respaldo administrativo y financiero. Se vislumbran como grandes distritos de planeación, en donde la conservación de la naturaleza y el desarrollo sostenible sean los objetivos por alcanzar. Para lograrlo se requerirá de más investigación científica sólida, personal bien preparado en el trabajo interdisciplinario, fuertes centros regionales de conservación biológica y un tipo de funcionario que entienda la necesidad de un cambio de las prioridades que hasta ahora han prevalecido, en favor de un nuevo estilo de desarrollo más participativo, más humano y, sobre todo, más conservacionista.

 

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Última Actualización: 15/11/2007