Nunca antes en la historia se había tenido tal nivel
de conciencia sobre la necesidad de conservar la biodiversidad actual. Sin embargo,
aunque conocemos la necesidad, sabemos poco de cómo hacerlo. Ante esta
ignorancia, el mundo entero ha aceptado la creación de redes nacionales
e internacionales de áreas protegidas, como una respuesta fácil
al problema. Poco se ha evaluado o cuestionado su eficacia; las únicas
reglas aceptadas han sido que más áreas son mejores que menos,
y que las grandes áreas son mejores que las pequeñas.
Sin embargo aún quedan muchas preguntas sin respuesta:
¿cuál es el objetivo central de la conservación a través
de áreas protegidas?; ¿la biodiversidad?; ¿ecosistemas prístinos?;
¿satis-acción de nuestra biofilia?; ¿nostalgia? Cada pregunta a su vez
genera muchas más: ¿qué biodiversidad queremos conservar?, ¿tienen
igual valor todas las especies?, ¿debemos hacer el mismo esfuerzo para conservar
por igual todas las especies de plantas, animales y microorganismos? Igualmente
preocupante es que ya que la mayor parte de las especies de nuestro planeta
aún están por descubrirse, ¿cómo podemos proteger lo que
desconocemos?
Es evidente que quizá ante la falta de respuestas para
estas preguntas, nuestra única opción ha sido la de apoyar ciegamente
una sola acción: crear más áreas protegidas. Intuimos que
hacer esto es mejor que no hacer nada. México ha seguido y sigue este
camino, sin embargo sabemos que no es suficiente.
México posee una gran diversidad biológica. La
riqueza de endemismos de la biota mexicana la hace una de las más importantes
del mundo (véase Sarukhán y Dirzo, 1992) y al mismo tiempo constituye
un reto para lograr su conservación. A continuación presentaremos
un análisis sucinto de la historia de algunas de las categorías
de áreas protegidas que nuestro país ha usado para conservar la
naturaleza.
Parques nacionales
Los parques nacionales constituyen la categoría de área
protegida más conocida y con mayor arraigo en el mundo.
La entrada formal de México a la corriente internacional
de parques nacionales la llevó a cabo el presidente Venustiano Carranza
al decretar el Desierto de los Leones como el primer parque nacional de México,
el 1° de noviembre de 1917 (Beltrán, 1974).
La categoría de parque nacional no fue utilizada otra
vez sino hasta el régimen de Lázaro Cárdenas. Con él
se inicia en grande la política de conservación de la naturaleza
mediante la creación de 41 parques nacionales.
Desafortunadamente la política de creación de
parques nacionales no tuvo en cuenta la necesidad de asegurar la tenencia de
la tierra de los sitios por proteger. La mayor parte de los decretos no fueron
seguidos por una expropiación de las áreas para fines de utilidad
pública. Lo único que se consiguió fue la restricción
legal del uso de la tierra. En esa época quizá esto no era importante,
dada la baja densidad de población; lo grave ha sido que esta política
marcó un precedente que se sigue en la actualidad.
De esta forma, durante los gobiernos de los presidentes Ávila
Camacho, Alemán, Ruiz Cortines y López Mateos se decretaron nuevos
parques con los mismos problemas: tenencia de la tierra no definida y pocos
recursos para su protección.
La motivación principal para declarar un área
como parque nacional era su valor histórico, turístico, estético
o incluso político, pero visto desde el ángulo de la sociedad
urbana. El aspecto biológico o ecológico prácticamente
no influyó.
Evidentemente los parques nacionales han desempeñado
un papel importante en la historia de la conservación en México;
sin embargo, es lamentable el estado de abandono al que han sido sometidos.
Su conservación se deja a la naturaleza y a la existencia del decreto
que restringe su uso. No obstante, a pesar de su triste historia, nuestro proyecto
ha identificado parques nacionales que son dignos de recuperarse y restaurarse,
los cuales son mencionados en otro capítulo de este libro.
Reservas forestales
Otra categoría de protección a la naturaleza
son las llamadas reservas forestales. Éstas se crearon en el periodo
del general Álvaro Obregón y su principal objetivo fue mantener
las áreas así destinadas como zonas boscosas, restringiendo su
conservación a otros usos que no fueran los forestales. Bajo esta categoría
fueron decretadas sólo seis áreas, tres por Álvaro Obregón,
dos por Calles y una por Cárdenas.
Esta categoría desafortunadamente fue abandonada en
la política conservacionista de México, a pesar de que tiene la
enorme bondad de mantener bajo condiciones de bosque enormes áreas de
gran importancia biológica (conservación de especies) y ecológica
(mantenimiento de procesos y servicios ambientales).
En la actualidad se está haciendo un gran esfuerzo para
lograr el compromiso de las comunidades que viven en zonas forestales (y que
quieren manejar sus recursos), de definir sus áreas de bosque permanentes.
Estas áreas se mantendrían siempre como bosques o selvas naturales.
Esta decisión puede llegar a tener un impacto enorme en la conservación
biológica y ecológica. Un bosque en explotación o en recuperación
es biológicamente mucho más diverso y aporta mejores servicios
ambientales que un campo abandonado o un pastizal.
Es importante que esta categoría se revise y utilice
en forma amplia.
Zonas protectoras forestales
Ésta fue sin duda una de las categorías más
ambiciosas y peor ejecutadas en la historia de la conservación en México.
Su creador fue el presidente Obregón. Sin embargo, fue el general Cárdenas
quien utilizó plenamente esta categoría decretando 40 zonas protectoras
forestales. Los decretos incluyen ciudades, cuencas, sistemas de riego y un
estado completo: Aguascalientes.
Si el potencial de protección forestal de estas áreas
hubiera sido logrado, hoy en día estaríamos enriquecidos con recursos
forestales e hidráulicos de valor incalculable.
Se podrá suponer que una de las razones que impulsaron
al presidente Cárdenas a decretar una porción considerable del
país, fue la de tratar de adelantarse a un previsible crecimiento rural
y urbano desordenado. La idea subyacente a este conjunto de decretos sin duda
alguna es digna de elogio; sin embargo, desafortunadamente el cumplimiento de
sus objetivos no se logró.
El presidente Alemán dio un golpe mortal a esta categoría
al expedir en un solo decreto, 118 zonas protectoras forestales que incluían,
al igual que los anteriores, ciudades, cuencas hidrológicas y áreas
forestales alrededor de las presas.
Para este tiempo, nuestros gobernantes ya habían capitalizado
el precedente: los decretos no cuestan nada, no hacen daño a nadie y
adornan; y en algunas ocasiones, incluso, protegen la naturaleza.
La desacreditada categoría de zona protectora forestal,
que nadie toma en cuenta seriamente, se ha usado recientemente para proteger
sitios de gran importancia ecológica y biológica como son el rancho
Santa Gertrudis, en Veracruz y la famosa reserva El Ocote, en Chiapas, causante
de uno de los más agitados debates conservacionistas de los últimos
tiempos.
Dada la importancia de este tipo de áreas decretadas
y su cobertura, es necesario revisar el estado actual de cada una de ellas,
y evaluar la posibilidad de establecerlas como áreas prioritarias para
llevar a cabo trabajos de restauración ecológica. En estos programas,
por ejemplo, las áreas decretadas de este tipo podrían servir
como inóculo biológico para restaurar regiones más grandes
(véase Dirzo, 1991, para un estudio de caso).
Reservas de la biosfera
La comunidad conservacionista internacional agrupada en el
Programa El Hombre y la Biosfera (mab) de la unesco en los años setenta,
consciente y preocupada por la ineficacia de los sistemas de protección
de la naturaleza prevalecientes en los países en desarrollo, lanzó
la idea de un nuevo concepto de protección que combinaba cuatro elementos
fundamentales: la investigación científica, la necesidad de tener
áreas bien protegidas (llamadas zonas núcleo), la participación
local y la acep-ación de que los decretos oficiales de zonas amplias
tenían ciertas ventajas que debían aprovecharse para la creación
de un nuevo tipo de área protegida: las reservas de la biosfera (véase
discusión en Halffter, 1985).
La protección "legal" –por un decreto– de
amplias zonas circundantes podría incluirse en este nuevo concepto bajo
la frase de "la participación local" en las áreas de
amortiguamiento e influencia.
La idea parecía genial y fue adoptada con entusiasmo.
La clave de la aceptación fue que no impli-aba ningún cambio a
lo que los países ya estaban haciendo, no había compromisos económicos,
adquisición de tierras o reubicación de gente, ni sanciones de
ningún tipo.
El comité mexicano del programa mab, decidió
tomar a su cargo la creación de las reservas de biosfera en México
con lo que se inició este nuevo modelo de área protegida en nuestro
país. El modelo era muy atractivo, y al igual que en otras categorías,
no contemplaba expropiar o comprar tierras. El modelo original ni siquiera pedía
que existiera un decreto gubernamental. De hecho las primeras reservas de México,
La Michilía y Mapimí, nacieron sin decreto a través de
un acuerdo entre el comité mexicano del mab, el conacyt, la unesco y
el Gobierno del estado de Durango.
Lo que sí pedía era desarrollar un activo programa
de investigación y lograr la participación de los habitantes de
la reserva en las actividades de conservación de ésta.
Problemas legales de las reservas de la biosfera. La
legislación de México ha incluido la categoría de reserva
de la biosfera para proteger, mediante decreto, áreas de importancia
biológica reconocidas o no por la unesco dentro de su red internacional.
Esto significa que de hecho tengamos dos tipos de reservas de la biosfera en
México: diez reconocidas por la unesco (por ejemplo Mapimí, Montes
Azules, Manantlán) y las aún no reconocidas (como Lacantún
o Pantanos de Centla), lo que ha causado confusión.
Respecto de esta problemática, es importante señalar
que en los últimos años el Instituto Nacional de Ecología
ha mostrado un gran interés en que las reservas de la biosfera decretadas
por el Gobierno mexicano queden incluidas en la red internacional de unesco.
Así, en 1993 se propusieron cuatro más que fueron aceptadas. El
número total de 10 comprende seis existentes antes de 1993 y cuatro aceptadas
en 1993.
Otro punto de confusión es que en tiempos del presidente
De la Madrid se decidió crear otro sistema de reservas de la biosfera,
al que se llamó reservas especiales de la biosfera, para incluir áreas
de importancia biológica que tenían menos de 10,000 ha de superficie.
Esta categoría no ha sido formalmente usada en ningún decreto;
sin embargo se usa extraoficialmente para varias áreas previamente decretadas
bajo otras categorías.
Otras áreas protegidas
A través del tiempo se han decretado muchos otros tipos
de áreas protegidas; entre ellas podemos citar los parques marinos, las
áreas de protección de flora y fauna, de aves, etc. El total de
áreas identificadas por nosotros hasta el momento es de 386, incluyendo
las seis decretadas el 5 de junio de 1994, que protegen en teoría, el
40% del territorio nacional.
Áreas protegidas sin decretos
Dentro de esta categoría se incluyen todas las acciones
de individuos u organizaciones, para proteger con fines conservacionistas un
área de su propiedad. Estas áreas incluyen ranchos cinegéticos,
reservas privadas, zonas forestales permanentes, estaciones de investigación
con áreas protegidas y reservas campesinas. Aquí sólo haremos
referencia, como ejemplo, a estas dos últimas áreas.
Reservas en estaciones de investigación biológica
En 1967, el Jardín Botánico de la unam creó
la primera área protegida privada para la investigación biológica
en el país, con el objetivo de tener un sitio para realizar estudios
de mediano y largo plazo en la regeneración de las selvas. El sitio se
localizó en la región de Los Tuxtlas en el estado de Veracruz,
y se convirtió en un centro de vanguardia en la investigación
de selvas de México y también en un centro neurálgico de
la formación de personal para conservación biológica y
ecológica del trópico.
Posteriormente otras universidades, fundaciones y asociaciones
civiles siguieron el ejemplo y establecieron áreas privadas de conservación
para la investigación y la educación.
Reservas campesinas
Otro tipo de iniciativa de conservación sin decreto,
pero de gran importancia, son los predios propiedad de ejidos o comunidades
indígenas que se dedican por voluntad de la misma comunidad a la conservación
ecológica. En éstos se incluyen no sólo las zonas forestadas
con poca perturbación, sino también sus diversos agroecosistemas
que constituyen el reservorio genético más importante de plantas
cultivadas (Rzedowski, 1992).
Es costumbre antigua de muchas comunidades indígenas
mantener porciones de sus bosques y selvas con un mínimo grado de perturbación.
Estos sitios son sus "reservas" para el futuro. En ellos se encuentran
sus plantas medicinales, sus semillas y múltiples productos necesarios.
Se han estudiado estos sitios en La Huasteca, en la zona totonaca y en la maya.
Se sabe de su existencia en muchos otros sitios más pero no se cuenta
con descripciones precisas.
En el pasado, la legislación agraria no favorecía
estas iniciativas de conservación campesina, ya que incluso las penalizaba
a través de la Ley de las Tierras Ociosas que declaraba enajenables las
tierras no utilizadas. Muchos campesinos se vieron en la necesidad de desmontar
terrenos para evitar que se los quitaran. Afortunadamente, otros muchos no lo
hicieron y hoy en día la mayor par-
te de las zonas bien conservadas del país están en manos de comunidades
indígenas y campesinas.
Este hecho nos ha permitido ver la enorme posibilidad y el
potencial que tienen las iniciativas campesinas para la conservación
efectiva sin decreto. El Programa de Acción Forestal Tropical de México
(proaft) ha venido promoviendo este tipo de iniciativas campesinas en las distintas
comunidades con las que colabora (Del Amo y Gómez-Pompa, 1994).
Es indispensable buscar las mejores formas para estimular,
compensar y reconocer estas acciones conservacionistas campesinas. Hasta ahora,
el costo de la mucha o poca conservación de la naturaleza en México
ha estado recayendo en los más pobres, ya que son ellos los que de acuerdo
con la ley ya no pueden usar el suelo como quieran, ni explotar sus bosques.
A pesar de esto, muchos campesinos han decidido crear sus propias
reservas. Estas reservas creadas por iniciativa y bajo la responsabilidad de
campesinos las hemos llamado "reservas campesinas". Éstas pueden
o no tener algún documento legal que las acredite (decreto, acuerdo,
etc.); en realidad esto no es lo que importa, lo fundamental es que las reconozcamos,
estimulemos y apoyemos. Esta es una gran oportunidad para lograr una conservación
a nivel nacional cuyo foco primordial sean las comunidades de base.
Un ejemplo notable de reserva campesina es la llamada Reserva
Comunal de la Sierra de la Cojolita, acordada en asamblea de la comunidad lacandona;
fue creada por ellos y constituye la única conexión selvática
entre la reserva de Montes Azules y las áreas protegidas de Guatemala.
Otra reserva campesina es la de Mazunte en Oaxaca, creada por acuerdo de la
comunidad con la finalidad de proteger las selvas, que son un atractivo para
las actividades ecoturísticas que ellos promueven. La iniciativa de reserva
campesina más importante por su extensión y complejidad es la
de Los Chimalapas, la cual está siendo desarrollada a través de
acuerdos con todas las comunidades de la región.
La reserva de Yum Balam, en el norte de Quintana Roo, es otro
ejemplo de área protegida creada por iniciativa de campesinos. En este
caso la zona tiene además un decreto presidencial.
Sin lugar a dudas las zonas denominadas como áreas forestales
permanentes caen en este tipo de reserva campesina. Son áreas bajo aprovechamiento
de los bosques y selvas naturales que se mantendrán como zonas forestales.
El estado de Quintana Roo con su Plan Piloto Forestal ha estado a la vanguardia
en esta iniciativa y tiene aproximadamente 500,000 ha de áreas forestales
permanentes.
Conclusiones
Son indudables los esfuerzos que los mexicanos hemos hecho
por tratar de proteger el patrimonio biológico y ecológico del
país. El Sistema Nacional de Áreas Protegidas (sinap) que tenemos
representa la acumulación a través de los años de las distintas
visiones, sesgos y vicios administrativos.
Los gobernantes en turno han descargado su conciencia a través
de los decretos, esperando que un milagro permita que las áreas realmente
se conserven; sin embargo a la hora de la verdad los recursos asignados han
sido mínimos.
El resultado de esta errónea decisión es palpable:
la gran mayoría de nuestras áreas protegidas están en un
estado lamentable y prácticamente sin infraestructura o con presupuestos
mínimos para su mantenimiento. Su protección ha sido lograda por
su aislamiento, su inaccesibilidad, la conciencia de sus habitantes o por la
terquedad de algunos conservacionistas.
Es evidente que la evolución de este sistema de áreas
protegidas no se hizo basándose en un plan integral que buscara la conservación
de la diversidad biológica y ecológica de México. La protección
se logró en forma parcial basándose en la intuición, más
que en los conocimientos.
El trabajo de evaluar el sistema actual de protección
a la naturaleza era una asignatura pendiente de nuestro país. Como parte
de esta tarea hemos creado una gran base de datos textual y geográfica
sobre todas las áreas protegidas del país, con decreto o sin decreto,
que incluye datos históricos, administrativos, ecológicos y biológicos.
El material que constituye este libro es un ejemplo de ello. Esta base de datos
es enriquecida por consultas bibliográficas, consultas con expertos y
talleres de trabajo. En forma paralela estamos creando una base de datos de
taxa que en opinión de los expertos requieren algún tipo de protección.
Una importante conclusión ha sido que, además
de los ya detectados, existen muchos otros ecosistemas y taxa que requieren
protección urgente.
La información que hasta el momento se ha obtenido revela
la necesidad de contar con nuevos instrumentos conservacionistas. Estos instrumentos
deberían incluir varios tipos de acciones para la conservación in situ y ex situ.
Estamos preparando un plan y una política a largo plazo
para la conservación de la naturaleza en México que esperamos
sea realista y refleje la visión de protección del patrimonio
biótico de México, de quienes nos antecedieron y nos permita adelantarnos
a las necesidades de los que nos seguirán.
Biorregiones para la conservación ecológica y
biológica
Una recomendación de nuestro estudio es la creación
de grandes unidades geográficas de conservación biológica
y ecológica, en donde se incluyan las áreas protegidas legalmente,
junto con un plan de ordenamiento territorial conservacionista que abarque reservas
privadas de todo tipo, planes de desarrollo urbano, protección de cuencas,
etc. A estas grandes unidades las hemos llamado "biorregiones para la conservación
ecológica y biológica". La integración de estas unidades
debe hacerse con un gran esfuerzo regional de planificación participativa,
que tenga el total respaldo administrativo y financiero. Se vislumbran como
grandes distritos de planeación, en donde la conservación de la
naturaleza y el desarrollo sostenible sean los objetivos por alcanzar. Para
lograrlo se requerirá de más investigación científica
sólida, personal bien preparado en el trabajo interdisciplinario, fuertes
centros regionales de conservación biológica y un tipo de funcionario
que entienda la necesidad de un cambio de las prioridades que hasta ahora han
prevalecido, en favor de un nuevo estilo de desarrollo más participativo,
más humano y, sobre todo, más conservacionista.
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