Capítulo
1
El
contexto epistemológico
Reconceptualizar
lo rural desde una perspectiva multidisciplinaria
Surgida
a contracorriente de la tendencia predominante en la ciencia contemporánea,
la cual promueve la especialización excesiva y la parcelización
del conocimiento, desde por lo menos la mitad del siglo XX crece
y se multiplica un nuevo enfoque que busca la integración
de las ciencias de la naturaleza con las ciencias sociales y humanas.
Esta «revolución conceptual» como la ha denominado
Naredo, está siendo alimentada por una nueva visión
geocéntrica y por una nueva conciencia global e intenta
superar «el ‘neo-oscurantismo’ sin precedentes
al que conduce la especialización científica en
campos inconexos...» (1992: 139).
Y es que como lo señaló Lewis Mumford en su libro
The Trans-formation of Man (1972): «...hasta ahora hemos
vivido esencialmente en mundos parciales... Ni la vaga totalidad
subjetiva adquirida por el hombre primitivo, ni al otro extremo,
la objetividad fragmentaria y precisa investigada por la ciencia,
pueden hacerle justicia a todas las dimensiones de la experiencia
humana.» Se trata entonces de reconocer el surgimiento de
un renovado aparato conceptual de la ciencia que aparece como
respuesta a los limitados análisis reduccionistas del enfoque
analítico-parcelario. Un enfoque que dentro de las ciencias
sociales ha privilegiado una tendencia a crear abstracciones des-espacializadas
y desnaturalizadas y dentro de las ciencias naturales, ha dado
lugar a tratamientos sectoriales en total desconexión con
los fenómenos sociales y humanos.
El
surgimiento de disciplinas híbridas
La
necesidad de trascender esta «objetividad fragmentaria»
a través de una explicación multidimensional o integrativa,
ha motivado ya la aparición de nuevas propuestas epistemológicas
y metodológicas. Dos aportes notables son sin duda, el
principio de complejidad de Edgar Morin (1984) y lo que Rolando
García (1994) ha denominado el estudio de los sistemas
complejos. «Con el principio de complejidad se trata de
superar el conocimiento en mundos separados propio de la ‘ciencia
clásica’, [donde] ... ni las ciencias del hombre
tienen conciencia del carácter físico y biológico
de los fenómenos humanos, ni las ciencias de la naturaleza
tienen conciencia de su inscripción en una cultura, una
sociedad, una historia, ni de los principios ocultos que orientan
sus elaboraciones» (Morin 1984: 43). De esta forma una «ciencia
con conciencia» como le denomina Morin será aquella
que logre trascender (sin abolirlos) los distintos campos de las
especialidades. Al fin y al cabo muchos de los problemas a resolver
por los investigadores no se presentan en la realidad ya clasificados
por disciplinas.
García
(op. cit.) por su parte, reconoce que ciertas situaciones donde
confluyen múltiples procesos (por ejemplo, del medio físico-biológico,
de la producción, de la tecnología, demográficos
y de la organización social) constituyen la estructura
de un sistema que funciona como una totalidad organizada, a la
cual denomina sistema complejo que sólo es analizable desde
un abordaje interdisciplinario. Ello obliga a plantear una estrategia
de investigación que no puede quedar limitada a la simple
«suma» de los enfoques parciales de los distintos
especialistas, sino que debe constituir una verdadera interpretación
sistémica que dé lugar a un diagnóstico integrado.
Más
allá de lo que han reflexionado estos y otros pensadores,
en la práctica, la superación del parcelamiento
cognitivo se ha ido dando no como un proceso autoconciente y generalizado,
sino de una manera «espontánea», multipolar
y asincrónica, es decir, ha surgido en diferentes momentos
y en los diversos campos o dominios del conocimiento, ahí
donde los problemas a resolver han inducido la creación
de nuevos enfoques integradores.
El
ejemplo más ilustrativo de lo anterior lo constituyen los
llamados «problemas ambientales». Con el paso del
tiempo se ha ido descubriendo que estos pueden ser cabalmente
descritos, interpretados y sobre todo resueltos, solamente a través
de un enfoque integrativo. La problemática ambiental o
ecológica constituye hoy lo que quizás sea el reto
mayor para la ciencia contemporánea, no sólo porque
demanda urgentemente nuevos enfoques capaces de ofrecer información
confiable y completa para resolver numerosos problemas, sino especialmente
porque estos representan ya una colosal amenaza para la supervivencia
del planeta y de la sociedad humana.
Como
respuesta a lo anterior se ha gestado un interesante fenómeno
entre los diferentes campos del conocimiento que ha dado lugar
a una serie de «disciplinas híbridas» las cuales
operan como reacciones particulares al proceso general de parcelización
y especialización excesiva y como expresiones de una suerte
de «ciencia de salvamento» que busca ofrecer información
para detener y remontar la crisis ambiental. Este fenómeno
presenta dos rasgos principales. En primer término, ha
tenido como principal «foco de infección» a
la ecología, la disciplina que ha logrado una síntesis
original de los conocimientos provenientes de las ciencias de
la tierra y del mundo vivo, así como de la física
y de la química, síntesis que cristalizó
en la propuesta, rigurosidad y decantamiento del concepto de ecosistema,
su objeto de estudio.
En
segundo término, ha sido un proceso de carácter
multipolar en el que por un lado se han ido paulatinamente venciendo
las resistencias de los ecólogos empeñados en circunscribir
su enfoque al mero estudio de los fenómenos cuya naturaleza
está concebida como una entidad pura, prístina o
intocada (Gómez-Pompa y Kaus 1992, Ehrlich 1997); y por
el otro, se han ido derribando las barreras de imper-meabilidad
y pureza disciplinaria en al menos ocho áreas del conocimiento.
El resultado ha sido la aparición de casi una veintena
de «disciplinas híbridas» (figura 1.1), es
decir, de formas interdisciplinarias de abordar la realidad, en
las que el enfoque adoptado resulta de la integración del
estudio sintético de la naturaleza (la ecología)
con diferentes enfoques dedicados a estudiar el universo social
o humano.

FIGURA
1.1 El surgimiento de al menos 18 (disciplinas híbridas)
resulto de la integración de la ecología (biológica)
con otras áreas del conocimiento.
La
heterogeneidad ha sido el principal rasgo de esta fertilización
recíproca, de forma tal que todo intento por considerar
a estas disciplinas híbridas como fracciones de una supuesta
«metaciencia» resulta prematuro si no es que artificioso.
Por ejemplo, los reiterados intentos de visualizar y construir
una «ecología humana» concebida como una ciencia
general dedicada al estudio de la relación entre sociedad
y naturaleza (e.g. Young 1974, Hawley 1986, Buttel 1986, Begossi
1993), se enfrenta de entrada con la enorme dificultad teórica
y metodológica de un objeto de estudio que es tan complejo
que posiblemente sea inabarcable. En todo caso una cierta dosis
de cautela resulta lo más conveniente.
Visto
desde una perspectiva sociológica, los factores detonadores
de estas nuevas disciplinas híbridas han sido, sin duda,
el proceso de globalización del fenómeno humano,
el desarrollo mismo del conocimiento especializado, el despliegue
de nuevas tecnologías y en el centro de todo ello, la aparición
y el agudizamiento de la llamada crisis ambiental o ecológica
que, presente ya a una escala planetaria, se ha vuelto más
frecuente, más grave y de mayor escala en las últimas
décadas.
La
aparición de la sociología ambiental
La
sociología se ha visto influenciada y/o tentada a compartir
sus principios de «ciencia social» con la ecología
en dos periodos, dando lugar a por lo menos dos «disciplinas
híbridas». En la década de los años
1920 y 1930 una vigorosa corriente dentro de la sociología
urbana norteamericana (conocida como la Escuela de Chicago) hizo
suyos varios principios de la ecología para aplicarlos
a los fenómenos urbanos y construir una «ecología
humana» dentro de la sociología. Para esta corriente,
los conglomerados urbanos pueden interpretarse como una «comunidad
ecológica», es decir, como un sistema de relaciones
entre partes funcionalmente diferenciadas y localizadas territorialmente
(Park et al. 1925). Entre las publicaciones más relevantes
de esta corriente destaca el libro de R.E. Park y E.W. Burgess
(1921), Introduction to Science of Sociology, obra que influenció
durante varias décadas el pensamiento de numerosos autores;
y, más recientemente las aportaciones de Amos H. Hawley
(1950, 1978 y 1986). Al paso del tiempo, la «ecología
humana» fue fuertemente cuestionada por el excesivo y poco
riguroso manejo de los principios de la ecología que fueron
transferidos casi de manera mecánica para interpretar fenómenos
de las sociedades urbanas. Gradualmente fueron desechados por
las evidencias de la investigación empírica.
Más
recientemente, hacia la década de los años setenta,
la sociología estableció por segunda vez una nueva
conexión con las disciplinas naturales, para dar lugar
a lo que Catton y Dunlap (1978) denominaron «sociología
ambiental» y que definieron como el estudio de la interacción
entre la sociedad y el ambiente. A diferencia de la «ecología
humana» que simplemente buscaba analogías inspiradas
en los aportes de la ecología, en la sociología
ambiental los investigadores intentan comprender los procesos
societarios por medio de un paradigma no antropocéntrico.
En la perspectiva de esta corriente, la sociedad humana se encuentra
determinada no sólo por factores intrínsecos a la
propia sociedad sino por procesos y fenómenos naturales
o ecológicos, los cuales fueron excluidos del análisis
sociológico. La sociología ambiental intenta entonces
situarse más allá del paradigma que supone que el
universo humano y social conforman un fenómeno metabio-lógico,
una visión heredada de la tradición durkheimiana
que establece que los fenómenos sociales sólo logran
explicarse por otros hechos sociales. En esta corriente, los procesos
y fenómenos sociales son visualizados como formando parte
del contexto natural o ambiental, la biosfera o los ecosistemas.
Como
lo señalaron Catton y Dunlap (1978), la férrea tradición
de pureza disciplinaria que la sociología experimentó
durante varias décadas, no fue sino el reflejo de una «época
de oro» de la sociedad industrial de la posguerra, que se
caracterizó por un crecimiento económico y un progreso
social sin precedentes, así como por la abundancia de recursos
naturales y un inusitado optimismo tecnológico. Esto vino
a reforzar una concepción donde la sociedad se visualizó
como una entidad exenta de cualquier limitante ambiental o natural.
Los sucesos que tuvieron lugar durante los años sesenta
y setenta forzaron finalmente las circunstancias dando lugar a
un cambio de paradigma dentro de la sociología.
Aunque
la mayor parte de sus analistas han considerado a la «sociología
ambiental» como una corriente, rama o subdisciplina, para
otros autores se trata de un replanteamiento a fondo de la sociología
misma (Woodgate 1997:15, Woodgate y Redclift 1998). Independientemente
de lo anterior, la nueva tradición inaugurada por la sociología
ambiental ha dado lugar a una corriente firmemente arraigada dentro
de la sociología de los países anglosajones (Estados
Unidos de América, Inglaterra, Canadá) y en otras
naciones (Japón, Brasil) ha dado inicio a un amplio debate
teórico y metodológico que propició un número
elevado y creciente de publicaciones y de asociaciones de investigadores
(véanse recuentos recientes en Dunlap 1997 y Buttel 1997).
Por ello constituye un antecedente obligado y un marco de referencia
impres- cindible para las tesis e ideas que serán presentadas
y discutidas en las siguientes secciones de este ensayo. Dado
que no es el objeto de esta contribución analizar a fondo
las peculiaridades, matices y contradicciones de esta corriente,
se recomienda a los lectores interesados en profundizar en el
tema consultar dos compendios de reciente aparición: el
Handbook of Environmental Sociology (Dunlap y Michelson 1997)
y The International Handbook of Environmental Sociology (Redclift
y Woodgate 1997).
Lo
rural como referente empírico
No
es objetivo de este trabajo involucrarse en la búsqueda
de una definición rigurosa de lo rural. Como lo han señalado
algunos autores (e.g. Moreno 1988), los intentos por vincular
una teoría de la sociedad con una teoría de la distribución
espacial de la población, es decir, por articular la dimensión
social con la espacial, generalmente han terminado en fracasos.
Nosotros partimos de considerar a lo rural simplemente como un
referente empírico, en el sentido que señala Moreno
(op. cit.) y que como habremos de mostrar sólo es adecuadamente
analizable a través de un abordaje interdisciplinario o
integral. En efecto, desde una perspectiva funcional, lo rural
opera (ya sea como territorio geográfico y/o como espacio
social), como una dimensión estratégica entre el
mundo de la naturaleza y el mundo de los artefactos (las ciudades
y más recientemente la industria). Por ello, conforma un
corte o una instancia de la realidad donde se hace necesario utilizar,
de manera integrada, los enfoques particulares de las ciencias
naturales con los de las ciencias sociales y humanas.
En
efecto, lo rural, como ha sido señalado recurrentemente,
no puede estudiarse desconectándose del universo urbano
e industrial, mucho menos puede abordarse sin sus innumerables
conexiones con el mundo de la naturaleza. Este carácter
funcional que articula estos tres universos (el natural, el rural
y el urbano-industrial) logra revelarse cuando se toma como eje
de análisis el proceso general de metabolismo entre la
sociedad y la naturaleza, un fenómeno de un enorme potencial
teórico y metodológico (Toledo 1994, Fischer-Kowalsky
1997).
Lo
rural y el metabolismo entre la sociedad y la naturaleza
Las
sociedades humanas producen y reproducen sus condiciones materiales
de existencia a partir de su metabolismo con la naturaleza, una
condición que aparece como presocial, natural y eterna
(Schmidt 1976). Este metabolismo lo realizan los seres humanos
a través del proceso social del trabajo (o labor). Dicho
proceso implica el conjunto de acciones a través de las
cuales los seres humanos, independientemente de su situación
en el espacio (formación social) y en el tiempo (momento
histórico), se apropian, producen, circulan, transforman,
consumen y excretan, productos, materiales, energía y agua,
provenientes del mundo natural. Al realizar estas actividades,
los seres humanos consuman dos actos: por un lado «socializan»
fracciones o partes de la naturaleza, y por el otro “naturalizan”
a la sociedad al reproducir sus vínculos con la naturaleza.
Asimismo, durante este proceso general de metabolismo, se genera
una situación de determinación recíproca
entre la sociedad y la naturaleza, pues la manera en que los seres
humanos se organizan en sociedad determina la forma en que ellos
transforman a la naturaleza, la cual a su vez afecta cómo
las sociedades se configuran (principio eco-sociológico).
Los
seres humanos organizados en sociedad afectan a la naturaleza
(su estructura, su dinámica y su evolución) por
dos vías: al apropiarse de los elementos naturales (aprovechamiento
de los recursos naturales y de los servicios ambientales) y al
excretar elementos de la naturaleza ya socializados, pues al producir,
circular, transformar y consumir, los seres humanos arrojan materiales
(desechos) hacia la esfera de lo natural (figura 1.2). En su relación
con la sociedad, la naturaleza cobra entonces sentido social al
realizar dos funciones fundamentales: por un lado al proveer a
los seres humanos (energía endosomática) y a sus
estructuras externas (vestimentas, utensilios, máquinas,
medios de transporte y de comunicación, establecimientos:
energía exosomática) de materiales, energías
y servicios, y por el otro, al reciclar y finalmente absorber
los materiales desechados por las sociedades.

FIGURA
1.2 El enfoque ecológico visualiza a la sociedad en íntima
relación con la naturaleza a través de los flujos
de materia y energía que aquella establece durante la apropiación
y la excreción, actos inicial y final del metabolismo general
entre la sociedad y la naturaleza.
Si
en las sociedades menos complejas social y políticamente
dicho metabolismo es (y era) realizado por todos los miembros
de los conglomerados sociales, en las sociedades industriales
contemporáneas, altamente jereraquizadas y diferenciadas
socialmente una sola fracción social lleva a cabo exclusivamente
los intercambios con la naturaleza. De esta forma es posible distinguir,
desde el punto de vista ecológico, dos sectores bien demarcados
que se definen por el rol que juegan durante el metabolismo general
que tiene lugar entre la sociedad humana y la naturaleza: el rural
o primario y el urbano o industrial.
A
través de la producción primaria o rural, las sociedades
extraen materiales y energías de la naturaleza que sirven
como materias primas que luego serán transformadas a través
de la producción manufacturera y/o industrial para su posterior
consumo, o bien como productos (alimentos y otros bienes) para
ser consumidos directamente por los seres humanos. Esto nos lleva
a visualizar a la sociedad en su relación material con
la naturaleza como un organismo cuya periferia estaría
constituida por una «membrana rural» cuyas «células»
estarían encargadas de extraer directamente elementos de
la porción externa a dicho organismo, y de una parte interna
cuyo rol fundamental consiste en transformar los bienes que la
porción rural proporciona (figura 1.3). Ambos sectores
son, por supuesto, los consumidores finales de todo fragmento
arrancado a la naturaleza y la distancia que el bien o producto
consumido recorre durante su circulación, desde su apropiación
hasta su consumo, permite reconocer la ubicación de los
diferentes sectores sociales.
Por
último, los seis procesos arriba mencionados que en conjunto
conforman el metabolismo general de la sociedad con la naturaleza,
encuentran en estos tres sectores una cierta representación
espacial cuyos límites se van haciendo menos nítidos
conforme nos aproximamos a las sociedades contemporáneas,
donde diversos fenómenos de nuevo cuño, transgreden
e incluso disuelven la antigua relación, altamente correlativa,
entre unidad espacial y función eco-social.
En
el mundo contemporáneo, donde las diferentes formaciones
sociales (representadas por las naciones) se hallan cada vez más
integradas a través de los circuitos económicos,
culturales y de información, cada sociedad presenta una
diferente configuración de sus sectores natural, rural
y urbano-industrial y un distinto y particular arreglo de los
procesos básicos que conforman el metabolismo general entre
estos. De igual forma, cada sociedad se articula y afecta a la
naturaleza de diversas maneras y con diversos grados de intensidad.
El complejo entramado de articulaciones de procesos al interior
y entre las naciones da lugar, finalmente, a una realidad ecológico-social
donde los fenómenos de cáracter natural, social
y humano, se determinan mutuamente.

FIGURA
1.3 En el metabolismo que se establece entre la sociedad (S) y
la naturaleza (N), las unidades de producción rural (P)
las encargadas de realizar el acto de apropiación/producción
porel cual los ecosistemas (Ec) son internalizados en forma de
materia, energía, bienes y servicios. Nótese la
distinción que se establece entre el intercambio ecológico
y el intercambio económico.
El
resultado de esta doble conceptualización (ecológica
de la sociedad y social de la naturaleza) toma cuerpo en una visión
cualita-tivamente superior de la realidad del planeta en razón
de dos hechos. Por un lado, porque deriva de un abordaje que supera
el conocimiento parcelado y la habitual separación entre
las ciencias naturales y las sociales y humanas al que nos tiene
condenados la práctica dominante del quehacer científico.
Por el otro, porque inserta esta visión abstracta en la
dimensión concreta del espacio (planetario), es decir,
sitúa cada fenómeno social y natural en un contexto
donde la posición y la escala se vuelven también
factores determinantes.
La
apropiación de la naturaleza como eje de lo rural
En
más de un sentido, el concepto de metabolismo que emerge
desde una perspectiva ecológico-social resulta casi equivalente
al concepto de producción (produktion) empleado por Carlos
Marx, un término que ha sido recurrentemente reducido a
su mera expresión economicista no obstante que conlleva
una idea de carácter holístico: «Para él,
la producción comprendía simultáneamente
las relaciones del género humano con la naturaleza, las
relaciones sociales en cuyo seno entran los humanos en el curso
de las transformaciones consecuentes de la capacidad simbólica
humana. Por consiguiente, el concepto no es meramente económico
en el sentido estricto sino también ecológico, social,
político y psicológico-social. Es de carácter
relacional.» (Wolf 1982: 21)
Por
ello, el término apropiación viene a representar,
en cierto modo, una fracción del proceso general de la
producción en tanto que se refiere al momento (concreto,
particular y específico) en el que los seres humanos se
articulan con la naturaleza a través del trabajo. En otro
sentido la apropiación conforma la dimensión propiamente
ecológica de este proceso general de producción,
un aspecto que ha sido largamente olvidado por la gran mayoría
de sus analistas.
El
término apropiación que califica el acto por el
cual un sujeto social hace suya una «cosa» se aplica
en este caso a la acción por la cual los seres humanos
extraen elementos o se benefician de algún servicio de
la naturaleza para volverlos un elemento social. Es decir, se
trata del acto por el cual los humanos hacen transitar un fragmento
de materia (o energía) desde el «espacio natural»
hasta el «espacio social», momento en el cual la apropiación
se transforma en producción (en su sentido estricto, es
decir, como el segundo acto particular del proceso productivo).
En tal sentido, la apropiación de la naturaleza es un acto
de internalización o asimilación de elementos o
servicios naturales al «organismo» social.
Esta
acción que determina y es determinada por las fuerzas naturales
representadas por los ecosistemas, es al mismo tiempo un acto
que determina y es determinado por el resto de los procesos que
conforman ese metabolismo general: la circulación, la transformación,
el consumo y la excreción. Dependiendo del momento histórico
en el que se realiza el abordaje, la apropiación-producción
será, según sea el caso, el elemento determinante
o determinado del proceso metabólico general.
Por
ejemplo, mientras que en las sociedades agrarias la apropiación-producción
fue (y es) el elemento determinante, en las modernas sociedades
industriales es la transformación y el consumo lo que determina
a la primera dupla. Por otra parte, desde un punto de vista meramente
ecológico, la forma que toma la apropiación, esto
es, la acción mediante la cual los seres humanos extraen
elementos naturales, determinará los efectos que esta operación
tenga sobre la naturaleza que, como sabemos, es la base material
de toda producción (social). En tal sentido, el calificativo
de productor que reciben los seres humanos desde una óptica
estrictamente económica cuando ejecutan el proceso del
trabajo se traduce en el de apropiador cuando el acto de la producción
se enfoca desde una perspectiva primordialmente ecológica
(es decir, de sus relaciones con los procesos naturales).
Esto
es así porque, en última instancia, los seres humanos
son al mismo tiempo especie biológica y especie social,
un supuesto que confirma el carácter bifacético
del trabajo (Schmidt 1976), el cual encarna tanto en intercambio
ecológico (las relaciones materiales con la naturaleza)
como en intercambio económico (las relaciones materiales
entre los propios seres humanos) (Toledo 1981). Por todo lo anterior,
se utiliza aquí el término de apropiación
de la naturaleza de manera diferente a como lo han usado otros
autores, particularmente aquellos ligados a la corriente del estructuralismo
marxista. Así, dentro de dicha perspectiva tenemos, por
ejemplo, que Terray (1972) ha empleado el término para
diferenciar formas tecnológicas de uso de la naturaleza,
que Godelier (1978) lo utiliza en relación con las formas
jurídicas de propiedad y acceso a los recursos, y que a
Ingold (1987) le sirve para diferenciar lo humano de lo animal.
La
apropiación de la naturaleza constituye el primer acto
del proceso metabólico que la especie humana, erigida en
sociedad, establece con el universo natural y constituye el acto
clave que permite distinguir lo rural de los otros dos universos.
Como hemos señalado anteriormente, estos universos considerados
como espacios sociales hallaron una expresión territorial
casi unívoca durante sus orígenes (por ejemplo,
la revolución agrícola o neolítica dio lugar
a los primeros paisajes rurales, y lo mismo sucedió con
la aparición de las ciudades y siglos después con
el surgimiento de la industria).
Ocurre,
sin embargo, que esta original nitidez de las demarcaciones territoriales
tiende inexorablemente a disolverse conforme nos acercamos al
presente. Un presente marcado por la moderna sociedad industrial
donde el cambio tecnológico, la transmisión de la
información y de la cultura, los nuevos medios de transporte
y, en fin, el proceso general de globalización, tienden
a diluir la estrecha correlación que existía entre
aquellos tres universos y sus correspondientes territoriales.
Hoy
en día, en las naciones más cercanas al modelo industrial
avanzado, la apropiación de la naturaleza puede realizarse
dentro de territorios nada rurales (por ejemplo, la extracción
de minerales metálicos y no metálicos) e incluso
totalmente urbanos (como la captura de energía solar y
su conversión en electricidad a nivel doméstico).
De forma similar, resulta ya un lugar común la aparición
de actividades industriales (y especialmente agrodustriales) en
el seno mismo de territorios que a primera vista aparecen como
predominantemente rurales. Aún más, en algunas regiones
de países como Holanda, en el nivel meramente perceptual
se vuelve ya prácticamente imposible distinguir dentro
del continuum paisajístico el jardín del hogar,
el parque urbano, el área agropecuaria y la vegetación
no manejada. La aparición de las nuevas industrias dispersas
aquí y allá, e incluso camufladas en el paisaje
de una naturaleza completamente humanizada, terminan por trastocar,
de manera definitiva, la expresión territorial o geográfica
de lo que, en esencia, continúan siendo los tres universos
eco-sociales.
El
carácter multidimensional del fenómeno de apropiación
de la naturaleza
El
fenómeno de apropiación es, entonces, el acto que
convierte a lo rural en un área neurálgica de la
realidad que sólo se deja analizar de manera apropiada
a través de un abordaje integral o multidisciplinario.
Ello es así porque el propio fenómeno de apropiación
de la naturaleza es de por sí un proceso multifacético
o multidimensional.
Como lo muestra la figura 1.4, el análisis completo o integral,
es decir eco-sociológico de este fenómeno, implica
el abordaje de por lo menos siete dimensiones diferentes: (1)
la cantidad y calidad de los recursos y servicios ofrecidos por
el fragmento de naturaleza, es decir los ecosistemas, que una
unidad de apropiación/producción P se apropia, (2)
la dinámica de la población que conforma P, (3)
el significado de los intercambios materiales que se establecen
entre P y la naturaleza o los ecosistemas y entre aquella y los
mercados (análisis económico), (4) el carácter
e implicaciones del conjunto de tecnologías que P aplica
durante la apropiación, (5) el conjunto de conocimientos
(corpus) que los miembros de P ponen en juego durante el acto
de la apropiación, (6) la cosmovisión (kosmos) que
como un «conjunto de creencias» rige los comportamientos
de quienes forman parte de P y (7) el conjunto de instituciones
(económicas, políticas y culturales) dentro de las
que P se mueve: formas de propiedad y de acceso a los recursos
naturales (estructuras agrarias), instituciones familiares, religiosas
y educativas, organismos crediticios, tipos de mercados, instituciones
gubernamentales, etcétera.
Estudiando
lo rural desde una perspectiva multidisciplinaria
El
enfoque ecológico-sociológico constituye una manera
diferente y más completa de iluminar la realidad, en donde
«lo rural» se traslapa (e incluso se confunde) con
«lo ambiental». Ello permite re-conceptualizar muchos
de los problemas que en el pasado fueron examinados desde una
óptica más sectorial y menos integrada. Hoy existen
innumerables ejemplos de cómo este enfoque interdisciplinario
es aplicado al análisis de «problemáticas
rurales», pues en la práctica ha sido ya adoptado
por un número creciente de investigadores. Entre estos
ejemplos destacan los nuevos tratamientos al fenómeno demográfico
en relación con la cantidad y calidad de los recursos a
través del concepto de capacidad de carga; las relaciones
entre las formas de propiedad (estructuras agrarias) y el uso
de los recursos naturales; el análisis de ciertos fenómenos
de destrucción ecológica (como la deforestación)
en función de sus determinantes sociales, económicos,
políticos y culturales; la construcción de tipologías
de productores rurales con base en información multicriterial
(ecológica y social) o, en fin, la re-conceptualización
de los actores sociales (jornaleros, campesinos, pescadores o
pueblos indígenas) y sus movilizaciones, que a la luz de
la crisis ecológica adquieren nuevos perfiles y nuevas
potencialidades.

FIGURA
1.4 Los siete principales factores reconocibles en el estudio
multidisciplinario del fenómeno de apropiación de
la naturaleza por el cual toda unidad de producción/apropiación
(P) se articula a través del intercambio material tanto
con los ecosistemas como con los mercados.
La
re-visualización del desarrollo y la modernización
rural
Existe
aún un último aspecto develado por el análisis
ecológico-sociológico que resulta fundamental: la
re-visualización del desarrollo y del proceso de modernización.
Para el análisis sectorial o normal de los espacios rurales,
la visión del desarrollo se encuentra cautiva del paradigma
que impone la modernización occidental el cual establece
como único referente el esquema bipolar entre «tradición»
y «modernidad», explicado sólo en función
de los aspectos productivos y económicos (y a veces sociales
y culturales). En otros términos, el desarrollo rural es
concebido como la transformación productiva, súbita
o paulatina, pero ineludible y unívoca de las formas campesinas,
«tradicionales» o preindustriales en modalidades agroindustriales
o «modernas» tanto en su versión estatal-socialista
como en la del libre mercado.
Frente a esta visión unidireccional, la perspectiva interdisciplinaria
erige un nuevo paradigma en donde la sociedad y la naturaleza
se conciben como entidades que forman parte de un proceso megahistórico
de co-evolución (Noorgard 1994) resultado de la observación
del fenómeno general del metabolismo eco-social a través
del tiempo. El desarrollo rural es entonces re-conceptualizado
en función del papel jugado, a lo largo de la historia,
por los actores rurales dentro de este (mega) proceso metabólico.
Ello obliga, por supuesto, a realizar un abordaje donde es necesario
articular conceptos provenientes tanto de las ciencias naturales
como de las ciencias sociales (e.g. Berkes y Folke 1997).
La
demoledora crítica realizada por la investigación
ecológica desde principios de los años sesenta a
los sistemas productivos modernos de carácter agroindustrial,
que puso en evidencia su irracionalidad e inviabilidad a través
de la acumulación de pruebas empíricas sobre el
uso de suelos, recursos hídricos, organismos vivos, genes
y energía, junto con la revalorización de los sistemas
productivos tradicionales o campesinos realizados desde la agroecología
y la etnoecología (e.g. Altieri y Hecht 1990, Toledo 1990,
Netting 1993), dieron lugar a una nueva visión que, rompiendo
la hegemonía impuesta por Occidente, permitió vislumbrar
un nuevo esquema donde la modernización es puesta en evidencia
como un proceso ilegítimo e incluso perverso.
En
esta nueva perspectiva, la crisis del mundo moderno y, en especial
la de su porción rural, que en buena medida es consecuencia
de la transgresión de los límites biofísicos
del planeta, logra resolverse mediante la superación de
las reducidas maneras en que tanto los «tradicionales»
como los «modernos» se articulan entre ellos mismos
y con la naturaleza (véase el capítulo 2).
De
esta forma surgió el concepto de desarrollo sustentable,
confeccionado desde diferentes círculos académicos,
avalado (casi siempre a nivel retórico) por todos los gobiernos
del mundo en la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, y tomado
como símbolo y programa por miles de movimientos sociales
de todo el planeta.
En
la perspectiva de lo rural hoy este nuevo concepto permite visualizar
una tercera alternativa al dilema casi eterno entre «tradición»
y «modernidad»: la sociedad sustentable, cuyos perfiles
se delinean casi con la misma intensidad entre los círculos
académicos y los movimientos sociales, lo mismo que los
métodos para alcanzarla (véase Sevilla-Guzmán
y Woodgate 1997). Ello permite visualizar una «modernidad
alternativa» erigida como una nueva opción tanto
para las formas premodernas campesinas como para las pertenecientes
al mundo de lo agroindustrial, a través de un proceso de
«posmodernización» que visto en una perspectiva
histórica no es más que la adopción de un
nuevo modo de apropiación de la naturaleza (véase
el capítulo 2).
Queda
por último el señalar que, para el caso específico
de México y de Latinoamérica, esta vía de
«posmodernización» que ha quedado abierta bajo
el nuevo concepto de desarrollo sustentable, ha ido más
allá de los meros círculos académicos para
volverse una realidad dentro del discurso y las acciones políticas
de innumerables movimientos sociales agrarios. Dicho en otros
términos, el enfoque ecológico-sociológico
no sólo ha inyectado de nuevos bríos al mundo de
la academia, también ha dado elementos para construir nuevas
demandas y para alimentar nuevas utopías y nuevas esperanzas.