CAPÍTULO
2
La
teoría
El concepto de modo de apropiación
La
historia humana también puede ser visualizada desde una
perspectiva agroecológica (Merchant 1987, Worster 1991).
Los enfoques ecológicos de la historia, intentan comprender
los fenómenos históricos no sólo a través
de los cambios que operan al interior de las sociedades, sino
estudiando las transformaciones que ocurren en el metabolismo
eco-social, es decir, en las relaciones entre las sociedades y
el universo natural (o los ecosistemas). Si bien es posible encontrar
un sinnúmero de configuraciones sociales a lo largo de
la historia humana (definidos como civilizaciones, modos de producción,
etapas históricas, etc.), no más de tres o cuatro
«modos de uso de los recursos» (Gadgil y Guha 1993),
«modos de transformación» (Turner et al. 1990)
o «modos de apropiación de la naturaleza» (Toledo
1995) son distinguidos a través del tiempo. Estas transformaciones
constituyen grandes «saltos» de carácter megahistórico,
dentro de los cuales se desenvuelven los ciclos de la historia
humana y social.
Como
quedó definido en el capítulo anterior, la apropiación
de la naturaleza constituye el primer acto del proceso metabólico
por medio del cual los seres humanos organizados en sociedad producen
y reproducen sus condiciones materiales. Desde el punto de vista
histórico, la apropiación de la naturaleza ha tomado
diferentes configuraciones, como resultado de la relación
general establecida entre diferentes grupos humanos y sus ecosistemas.
Se trata, por supuesto, de configuraciones básicas, de
carácter cualitativo, determinadas por tres criterios fundamentales:
(1) el grado de transformación de los ecosistemas de los
que se apropian las diferentes sociedades, (2) la fuente de energía
empleada para realizar dicha apropiación y (3) el tipo
de manipulación que los seres humanos efectúan sobre
la estructura, los componentes y la dinámica de los ecosistemas
(para una argumentación detallada del concepto de modo
de apropiación véase el primer capítulo de
Toledo 1994).
Dado
lo anterior, más allá de las numerosas modalidades
tecno-productivas, concretas y específicas, que toma la
producción agrícola, pecuaria, forestal, extractiva
o pesquera, es posible arribar a tres formas principales de uso
de los recursos naturales, cada una de las cuales conforman modos
históricamente determinados de apropiación de la
naturaleza. Estos son: el modo extractivo o cinegético,
propio de las primeras sociedades de pescadores nómadas,
cazadores y recolectores; el modo campesino o agrario, que aparece
con el inicio de la agricultura y la domesticación de diversas
especies animales, y que se extiende a través de los siglos
con algunas innovaciones (desde el uso de animales y de ciertos
metales hasta la creación de molinos de viento y de máquinas
hidráulicas), y el agroindustrial, también llamado
«moderno», que es un producto de Occidente y de la
revolución industrial y científica que tuvo lugar
en Europa y otros países templados a partir del siglo xviii.
La
modernización rural: de lo campesino a lo agroindustrial
Situados
como dos modos radicalmente diferentes de apropiación de
la naturaleza, el modo agrario o campesino y el agroindustrial
conforman hoy en día las dos maneras fundamentales de uso
de los recursos del mundo contemporáneo. Ellos representan
dos maneras radicalmente diferentes de concebir, manejar y utilizar
la naturaleza, es decir, conforman dos racionalidades productivas
y ecológicas distintas. Se trata de dos modos no sólo
con diferentes rasgos sino con distintos orígenes históricos:
el modo agrario o campesino encuentra sus raíces en los
orígenes mismos de la especie humana y en el proceso de
coevolución que tuvo lugar entre la sociedad humana y la
naturaleza. Por el contrario, el modo agroindustrial es una propuesta
que surge del mundo urbano-industrial, especialmente diseñado
para generar los alimentos, materias primas y energías
requeridas en los enclaves no rurales del planeta.
El
factor clave que dio lugar a la transformación de lo campesino
a lo agroindustrial fue, sin duda, un cambio en las fuentes de
energía (véase figura 2.1). Este fue un «salto
tecnológico» que modificó de golpe la articulación
de los productores con los fenómenos y elementos de la
naturaleza. El uso de nuevas fuentes de energía (carbón,
petróleo, gas), no sólo potenció la capacidad
del productor para extraer un mayor flujo de bienes de la naturaleza,
logrando un incremento notable en la productividad del trabajo.
También modificó la escala de la producción,
especializó a los productores y aumentó su dependencia
respecto de insumos externos y, sobre todo, garantizó el
abasto de alimentos, materias primas, agua, energía y materiales
hacia las ciudades y promovió el despegue y la consolidación
de la industria (Debeir et al. 1986, Smil 1994). Este salto cualitativo
en la manera de apropiarse las potencialidades de la naturaleza
tuvo por supuesto, consecuencias sociales, económicas,
agrarias y finalmente ecológicas en los espacios rurales
del planeta.

Figura
2.1 Momentos claves en la historia de la sociedad humana en cuanto
a las fuentes de energía utilizadas.
La revolución tecnológica en el agro, iniciada desde
el siglo xviii, es lo que hoy conocemos como «modernización
rural». Como un proceso social, el cambio agrotecnológico
y modernizador se inició en los países europeos,
norteamérica, Japón y otros enclaves del norte del
orbe, hasta llegar a consolidarse, dos siglos después,
por casi todos sus espacios rurales. En el resto del mundo se
fue implantando paulatinamente, sin llegar nunca a dominar y creando
más bien complejos mosaicos de situaciones híbridas.
Este proceso inacabado de cambio se pone de manifiesto en el hecho
de que hoy en día solamente de un 30% a un 40% de los productores
rurales del planeta utilizan de manera regular o esporádica
todas o algunas de estas nuevas tecnologías. El resto se
mantiene aún en una situación de preindustrialidad,
es decir, continúa basando sus actividades en el uso de
energía humana y animal y en el abasto de la energía
solar a través de la biomasa o en el empleo de diseños
movidos por medio del viento o del agua.
Campesinidad
y agroindustrialidad: nueve atributos para su diferenciación
Con
base en lo planteado se puede definir el proceso de «modernización
rural», como aquel fenómeno por el cual el modo campesino
de apropiación se ve transformado o sustituido por el modo
agroindustrial. Dependiendo de cada contexto, esta transformación
puede ser gradual o súbita, por lo que resulta de primordial
importancia teórica y práctica lograr una definción
coherente y acabada de estos dos modos. La distinción de
estos dos modos contrastantes se logra a través de diferentes
criterios, los cuales se encuentran inmersos en el mismo proceso
de apropiación/producción. Para identificar estos
criterios resulta conveniente aproximarse al proceso productivo
desde una perspectiva socio-ecológica (Toledo 1990). Desde
este punto de vista, todo proceso de apropiación/producción
es realizado por un segmento periférico de la sociedad
(los productores rurales), quienes son los encargados de “internalizar”
al organismo social, diversos materiales y energías de
la naturaleza. Toda unidad de producción P, ubicada en
la membrana o periferia social, establece por lo tanto dos tipos
de intercambios materiales: con los ecosistemas (intercambios
ecológicos) y con el resto de la sociedad a través
de diferentes circuitos y mercados (intercambios económicos).
Del
modelo anterior se desprende un conjunto de rasgos de enorme utilidad
teórica, los cuales operan como atributos para diferenciar
los modos históricamente determinados de apropiación
de la naturaleza que prevalecen en el mundo contemporáneo
(figura 2.2). Estos rasgos son: (1) el tipo de energía
utilizada durante la producción, (2) la escala de las actividades
productivas, (3) el grado de autosuficiencia de la unidad productiva
rural, (4) su nivel de fuerza de trabajo, (5) el grado de diversidad
(eco-geográfica, productiva, biológica, genética)
mantenida durante la producción, (6) su nivel de productividad
ecológica o energética, (7) su nivel de productividad
del trabajo, (8) el tipo de conocimientos empleados durante la
apropiación/producción y (9) la visión del
mundo (natural y social) que prevalece como causa invisible u
oculta de la racionalidad productiva.
Figura
2.2 Nueve rasgos del proceso de apropiación/producción
realizado por la unidad de producción/apropiación
P, utilizados como criterios para diferenciar los modos de apropiación
Las
siguientes páginas están dedicadas a describir con
detalle las diferencias encontradas entre ambos modos.
Energía.
Una primera distinción básica se refiere al tipo
de energía utilizada durante el proceso de apropiación/producción.
En un extremo, la producción campesina o agraria se basa
en el uso predominante de la energía solar, a través
de la manipulación y el uso de especies domesticadas y
silvestres de plantas, animales, hongos, microorganismo, etc.
(convertidores biológicos) y de los procesos ecológicos,
que existen y tienen lugar en su escenario productivo. A lo anterior
se agrega el uso del viento o del agua como movilizadores de artefactos
usados durante la producción, tales como molinos para extraer
o transportar agua o para la molienda de granos. Por ello, la
fuerza humana, animal y la utilización de la biomasa, el
viento y el agua, más que los combustibles fósiles,
son sus principales fuentes de energía.
En
el otro extremo, la producción agroindustrial o moderna
tiende a maximizar el uso de energía fósil (petróleo
y gas) a través del empleo de diversas maquinarias, gasolina,
bombas eléctricas, fertilizantes químicos, pesticidas,
semillas mejoradas, sistemas de regadío, secado y medios
de transporte.
Escala.
Un rasgo propio del modo agrario o campesino es la pequeña
escala, por lo tanto los productores son pequeños propietarios
(agrupados o no en comunidades). Esto resulta válido tanto
para el manejo agríco-la o pecuario como para el forestal
o el pesquero. Los estudios realizados sobre la estructura agraria
de los países latinoamericanos muestran que el tamaño
habitual de los predios agrícolas campesinos rara vez sobrepasan
las 10 hectáreas, generalmente oscilan entre las 5 y las
10 ha, y en ocasiones se sitúan por debajo de las cinco.
Ello los ubica por encima de los tamaños promedio de los
predios campesinos de los países asiáticos (por
ejemplo, China e India), donde la mayoría de los productores
se ubican en torno a menos de cinco e incluso, una hectárea.
Por
el contrario, la producción agroindustrial supone y requiere
de predios mucho mayores. En Canadá y los Estados Unidos
de América donde la producción agroindustrial predomina
casi de manera absoluta, el tamaño promedio de las unidades
de producción era de 208 y 187 hectáreas, respectivamente,
hacia finales de los años ochenta. En el caso de la agricultura
“moderna” se ha demostrado que el óptimo se
alcanza sobre tamaños medios y grandes. Por ejemplo, un
estudio reveló que en los EE.UU. los óptimos de
producción de frutales se dan entre las 36 y las 44 hectáreas,
en tanto que las de hortalizas, algodón, alfalfa y varios
cereales, se alcanza en torno a las 260 hectáreas (Merrill
1976a).
Autosuficiencia.
Un rasgo típico del modo campesino es su relativamente
alto grado de autosuficiencia, pues las familias campesinas (la
unidad de producción) consumen una parte sustancial de
su propia producción y, concomitantemente, producen casi
todos los bienes que consumen. En otros términos, en la
producción preindustrial hay un predominio evidente de
los valores de uso (bienes consumidos por la unidad de producción)
sobre los valores de cambio (bienes no auto-consumidos que circulan
como mercancías fuera de la unidad de producción).
Esta primera singularidad deriva a su vez de un hecho: la producción
combinada de valores de uso y mercancías busca la reproducción
simple de la unidad doméstica campesina. Por lo anterior,
el productor campesino presenta un nulo o bajo empleo de insumos
externos, es decir, la apropiación/producción se
realiza mediante un mínimo de inputs provenientes del exterior
(sean estos energías, materiales vivos y no vivos o fuerza
de trabajo asalariada).
En
las unidades de producción agroindustriales, por lo contrario,
la mayor parte, si no es que todo lo que se produce, se vuelca
hacia el mercado. De la venta de estos productos se obtienen los
fondos para comprar todos o casi todos los bienes requeridos por
la unidad productiva. Por lo mismo, el proceso productivo se realiza
mediante el empleo de un alto grado de insumos, es decir, existe
una alta dependencia del proceso respecto del resto de la sociedad.
Como una consecuencia de lo anterior, en los espacios sociales
donde predomina el modo agroindustrial, tienden a estimularse
y a expandirse los medios de transporte, confirmando la existencia
de un proceso general de separación espacial entre la producción
y el consumo.
Fuerza
de trabajo. Los productores agrarios o campesinos están
comprometidos en un proceso de producción basado predominantemente
en el trabajo de la familia y/o de la comunidad a la que pertenecen.
Ello hace que la unidad doméstica de producción
campesina ni venda ni compre fuerza de trabajo. Aún cuando
la unidad doméstica emplee fuerza de trabajo por fuera
de lo que constituye la propia unidad de producción (la
familia campesina), ésta se realiza de manera temporal
y mediante mecanismos no mercantiles tales como acuerdos de carácter
cultural e incluso religiosos (por ejemplo, la mano vuelta o el
tequio de muchos sitios de Mesoamérica y de los Andes).
En
el otro extremo, en las unidades de producción agroindustriales,
quienes laboran la naturaleza pueden ser tanto los propietarios
como los trabajadores contratados por ellos. En general, existe
una tendencia en el modelo agroindustrial por la cual el tiempo
invertido por los trabajadores contratados en el proceso productivo
por lo común es mayor que el tiempo invertido por el propietario
(o patrón). Asimismo, los requerimientos de la producción
inducen el empleo de abundante fuerza de trabajo asalariada. Lo
anterior no excluye, sin embargo, que en muchos casos la fuerza
de trabajo familiar sea la predominante (como sucede en enormes
porciones de Norteamérica y de Europa).
Diversidad.
Aunque la agricultura tiende a ser la actividad productiva central
de cualquier unidad doméstica del modo campesino en las
áreas terrestres, ésta es siempre complementada
(y en algunos casos reemplazada como actividad principal) por
prácticas como la recolección, la extracción
forestal, la horticultura, la arboricultura, la pesca, la caza,
la cría de ganado mayor y menor y las artesanías.
La combinación de estas prácticas protege a la familia
campesina tanto contra las fluctuaciones medioambientales como
contra las irregularidades del mercado. Una explotación
campesina típica es aquella donde sus dos fuentes de recursos
naturales (los ecosistemas transformados y no transformados) se
convierten en un mosaico donde los cultivos agrícolas,
las áreas en barbecho, los bosques primarios y secundarios,
los huertos familiares, los pastos y cuerpos de agua son segmentos
de un sistema integrado de producción.
Este
mosaico representa el escenario sobre el que el productor campesino,
con una estrategia del uso múltiple, realiza el juego de
la subsistencia a través de la manipulación de los
componentes geográficos, ecológicos, biológicos
y genéticos (genes, especies, suelos, topografía,
clima, agua y espacio), y de los procesos ecológicos (sucesión,
ciclos de vida, movimiento de materiales, etc.). La misma disposición
diversi-ficada tiende a ser reproducida en cada uno de los sistemas
productivos, por ejemplo, cultivos poliespecíficos terrestres
o acuáticos en lugar de monocultivos agrícolas o
piscícolas. Bajo esta estrategia, la producción
campesina tiende a volverse un sistema integrado de carácter
agropecuario-forestal-(pesquero) o agro-silvo-pastoril-(piscícola),
no carente de una cierta racionalidad ecológica (Toledo
1990).
En
contraste con lo anterior, el modelo agroindustrial es casi siempre
un sistema especializado de producción en donde todo el
espacio productivo es dedicado a la implantación de sistemas
agrícolas, pecuarios, forestales o pesqueros especializados.
El nivel de especialización aunado a la escala en la que
tiene lugar el proceso productivo (expresado por el tamaño
del predio terrestre o acuático), aparentemente tiende
a simplificar la heterogeneidad del espacio, pues la homogeneidad
paisajística parece facilitar el manejo de áreas
mayores. Por todo lo anterior, el modelo «moderno»
induce sistemas productivos de muy baja diversidad eco-geográfica,
biológica, genética y productiva.
Productividad
ecológica o energética. En sentido estricto, el
concepto de productividad (o eficiencia) de las actividades rurales,
agrupa o contiene dos diferentes dimensiones: la ecológico-energética
(ligada a las maneras como se utilizan los recursos naturales
que entran a la producción) y la ligada a la fuerza de
trabajo (es decir, la eficiencia del esfuerzo humano). La gran
cantidad de datos y evidencias empíricas reunidas por los
estudiosos del tema muestran marcadas diferencias de productividad
entre el modo campesino y el agroindustrial, derivadas de sus
características intrínsecas y de su propio contexto
económico y social. En primer término, el modelo
campesino que subsiste bajo condiciones minifundarias de escasez
de tierra (sea por razones demográficas, agrarias o de
capacidad técnica), poco o nulo acceso a recursos financieros
(capital), uso predominate de energía solar, y un manejo
diversificado (no especializado) de los recursos, tiende a presentar
mayores índices de productividad (o eficiencia) ecológico-energética
que el modelo agroindustrial. Lo anterior ha sido ampliamente
demostrado por diversos autores (por ejemplo Pimentel y Pimentel
1979, Netting 1993). El cuadro 2.1 presenta datos acerca de la
eficiencia energética de diferentes sistemas de producción
de maíz bajo diferentes condiciones tecnológicas.
Productividad
del trabajo. Por su parte, el modelo “moderno” que
dispone de abundantes recursos (tierras o aguas), hace uso en
abundancia de energéticos fósiles (que resultan
baratos no por razones naturales sino de economía política),
y tiene acceso a recursos financieros, presenta una mucho mayor
productividad en la fuerza de trabajo (y tiende a incrementarla
de manera permanente) como resultado de la implantación
de tecnologías cada vez más sofisticadas. La mayor
productividad en el trabajo expresada en los impresionantes rendimientos
de la agricultura norteamericana o europea (con su consecuente
expulsión de población rural hacia las ciudades)
sin parangón en la historia, es el mejor ejemplo de este
patrón. Lo anterior puede ser demostrado para el caso de
México, a partir de la comparación de datos empíricos
disponibles en la literatura. En la producción de maíz
las mayores productividades del trabajo se observan en los sistemas
que utilizan energía fósil durante la producción.
La productividad en estos casos es de cinco a nueve veces mayor
que en la de los sistemas maiceros que sólo utilizan energía
humana, y más de tres veces la de los sistemas con energía
animal o mixta (véase capítulo 3).
Coeficiente |
| ENERGÍA |
ESFUERZO
HUMANO |
RENDIMIENTO |
(A)
ENERGÍA
INVERTIDAD
(KCAL) |
(B)
ENERGÍA
OBTENIDA
(KCAL) |
(C)
PROTEÍNA
OBTENIDA
(KG) |
ENERG-
ÉTICO
(H/A) |
ALIMEN-
TICIO
(CX
1,000/A) |
REFERENCIA |
Humana |
| MÉXICO |
|
|
|
|
|
|
|
|
| -1 |
589,160 |
1,944 |
642,338 |
6,901,200 |
175 |
10.74 |
0.27 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
| -2 |
202,965 |
1,711 |
202.965 |
6,269,104 |
154 |
30.8 |
0.75 |
Caballero
1978 |
| -3 |
139,289 |
382 |
138,289 |
1,399,648 |
34 |
10.1 |
24 |
Caballero
1978 |
| -4 |
193,037 |
1,632 |
192,037 |
5,979,648 |
147 |
34.1 |
0.76 |
Caballero 1978 |
| GUATEMALA |
|
|
|
|
|
|
|
|
| -1 |
728,725 |
1,066 |
781,903 |
3,784,300 |
96 |
4.86 |
0.12 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
| -2 |
184,129 |
846 |
184,129 |
3,054,060 |
76 |
16.6 |
0.41 |
Krisch,
1973 |
| NIGERIA |
|
|
|
|
|
|
|
|
| -1 |
319,300 |
1,004 |
555,778 |
3,564,200 |
90 |
6.41 |
0.16 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
Animal |
| MEXICO |
|
|
|
|
|
|
|
|
| -1 |
197,245 |
941 |
770,253 |
3,340,550 |
85 |
4.34 |
0.11 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
| (02)a |
156,333 |
1,123 |
1,431.78 |
4,059,222 |
101 |
2.83 |
0.07 |
Palma,
1983 |
| -3 |
135,113 |
1,076 |
765,153 |
3,721,157 |
96 |
3.11 |
0.07 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
| GUATEMALA |
|
|
|
|
|
|
|
|
| -1 |
336,500 |
1066 |
1,216,.080 |
3,784,300 |
96 |
3.11 |
0.07 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
| FILIPINAS |
|
|
|
|
|
|
|
|
| (01)a |
152,440 |
941 |
660,053 |
3,340.55 |
85 |
5.06 |
0..12 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
Animal
y fósil |
| MÉXICO |
|
|
|
|
|
|
|
|
| (01)b |
164,016 |
3,095 |
2,781,568 |
9,792,580 |
278 |
3.52 |
0.09 |
Palma |
| E.E.
UU. |
|
|
|
|
|
|
|
|
| -1 |
5,580 |
5,394 |
6,532,071 |
19,148,700 |
485 |
2.93 |
0.07 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
| INGLATERRA |
|
|
|
|
|
|
|
|
| -1 |
0 |
5,020 |
4,170,114 |
17,821,000 |
452 |
2.34 |
0.1 |
Pimentel
y Pimentel 1979 |
(A)
CON FERTILIZANTES QUÍMICOS (B) UTILIZA YUNTA TRACTOR Y
FERTILIZANTES QUÍMICOS (C) EN 1975
Cuadro 2.1 Evaluación energética de la producción
de maíz en diferentes sistemas agrícolas (por hectárea).
Conocimientos.
Este criterio se refiere al tipo de saberes que se ponen en acción
durante el proceso productivo. El corpus agrario campesino por
lo común es una amalgama de conocimientos objetivos y de
creencias subjetivas, derivado de la práctica cotidiana
y de carácter holístico, presente en las mentes
o memorias de los productores. Es este también un conocimiento
individual y colectivo en tanto que se construye y se comparte
permanentemente con otros productores locales o regionales. Trasmitido
intergeneracionalmente a través del lenguaje, no echa mano
de la escritura (es ágrafo) y responde a la lógica
de la oralidad. Su dominio se encuentra restringido en el tiempo
y en el espacio debido a sus propias peculiaridades.
En
contraste con lo anterior, el conocimiento del productor “moderno”
es de carácter objetivo, predominantemente técnico
y especializado. Compuesto de información fundamentalmente
cuantitativa y originado en ámbitos al productor (en los
centros de investigación científica y tecnológica),
el conocimiento se trasmite a través de medios escritos
(y con frecuencia electrónicos) desde los centros de extensionismo
o de distribución y venta de insumos (maquinarias, fertilizantes
químicos, semillas mejoradas, antibióticos y alimentos
procesados). Basado en fórmulas u operaciones estandarizadas,
el conocimiento del productor moderno generalmente incluye no
sólo elementos del universo natural (profundamente transformado
y simplificado) sino también (y de manera creciente) de
los aspectos administrativos y gerenciales de la unidad productiva.
Cosmovisión.
Existen también aquí dos actitudes frente a la naturaleza
y la producción nítidamente contrastantes. El proceso
campesino de apropiación/producción se basa en una
visión no materialista de la naturaleza, heredada de una
tradición que hunde sus raíces en formas civilizadoras
premodernas o preindustriales. Este rasgo aparece más nítidamente
en aquellos sectores campesinos que pertenecen a alguna cultura
indígena, y tiende a desvanecerse y a ocultarse en aquellos
grupos aculturizados o culturalmente recreados por la modernidad.
En estas visiones, la naturaleza (y sus elementos y procesos)
aparece siempre como una entidad sacralizada y viviente con la
cual o dentro de la cual los seres humanos interactúan
y con la que es necesario dialogar y negociar durante el proceso
productivo.
En
oposición a lo anterior, los productores del modo agroindustrial
poseen una visión productivista y pragmática del
universo natural que concibe a la naturaleza como una entidad
separada de la sociedad y sujeta de ser manipulada y dominada
mediante la tecnología y la investigación científica
contemporáneas. Esta visión se origina a partir
de los nuevos esquemas ideológicos (racionalistas y mecanicistas)
desencadenados por la revolución industrial y científica,
en los que la naturaleza es vista como una máquina o sistema
que encierra una riqueza potencial que es necesario explotar (Sheldrake
1990).
Hacia
una tipología multicriterial de productores rurales
Los
modelos antes definidos operan como dos «formas puras»
cuya representación en la realidad no presenta el claro
contraste de su definición teórica dada la gama
de situaciones existentes en cada uno de los nueve rasgos utilizados
como criterios básicos y las posibles combinaciones que
se generan entre los casos particulares y concretos. Sin embargo,
estos modelos resultan, como veremos, de un enorme valor teórico
y práctico en la creación de una tipología
de productores desde una perspectiva multidisciplinaria o socio-ecológica.
En efecto, como lo muestra la figura 2.3, entre los dos arquetipos
antes definidos existe toda una gama de estados intermedios que
son el resultado de las diferentes combinaciones entre los rasgos
típicamente campesinos y los agroindustriales. Estas combinaciones
(512) que resultan de aplicar una simple fórmula matemática
(figura 2.4), a su vez también los son del «momento»
que vive el proceso por el cual los mecanismos «moderni-zadores»”
tienden a transformar el modo campesino en uno agroindustrial.
En
efecto, bajo la visión dominante, el reiteradamente utilizado
término de “modernización”, “desarrollo
(rural)” o “progreso”, no es más que
la continua transformación del modo campesino y su sustitución
por el modo agroindustrial, con todas las consecuencias ecológicas,
sociales, culturales, etc., que ello conlleva. Dado que este proceso
ni es total ni completo, pues a la fuerzas modernizadoras siempre
se les oponen otras fuerzas de resistencia preindustrial o campesina,
el examen de casos particulares y concretos expresa situaciones
intermedias entre ambos extremos.

Figura
2.3 Espectro teóricamente esperable entre la forma arquetípica
campesina (columna izquierda) y la agroindustrial (columna derecha),
donde los nueve atributos sin excepción, corresponden a
la definción teórica. Las variantes intermedias
son el resultado de las combi-naciones posibles entre los nueve
atributos considerados. Cada columna de izquierda a dere-cha representa
un estadio cada vez menos campesino y más agroindustrial,
expresando el proceso de “modernización rural”.
Así, los casos de la segunda columna presentan ocho rasgos
campesinos y uno agroindustrial, los de la tercera siete rasgos
campesinos y dos agroindustriales, y así sucesivamente.
El número posible de combinaciones (total = 512) fue obtenido
al aplicar la fórmula de la figura 2.4.
Como
resultado de lo anterior, la realidad aparece no como un tablero
de ajedrez de cuadros blancos y negros nítidamente contrastados
sino como una matriz de tonalidades grises, resultado de la intensidad
que toma el proceso de transformación de lo campesino hacia
lo agro-industrial en el fragmento de la realidad que se examina.
En los espacios rurales, los diversos niveles de «modernización»
se expresan como mosaicos con diferentes grados de campesinidad
o agroindustrialidad. La identificación y caracterización
de estas tonalidades permite, por último, generar una tipología
de productores y, de paso, evaluar el grado de «modernización
rural» que presenta un espacio determinado. El capítulo
siguiente está dedicado a construir una metodología,
coherente y precisa, para hacer realidad, a través de datos
empíricos, la propuesta teórica que halla su síntesis
en una tipología multicriterial de productores rurales.

donde
n= número de atributos a seleccionar
m= número total de atributos
Figura 2.4 Fórmula utilizada para obtener
el número total de combinaciones posibles de los nueve
atributos empleados para identificar los arquetipos campesino
y agroindustrial.