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CAPÍTULO 2

La teoría


 


El concepto de modo de apropiación

La historia humana también puede ser visualizada desde una perspectiva agroecológica (Merchant 1987, Worster 1991). Los enfoques ecológicos de la historia, intentan comprender los fenómenos históricos no sólo a través de los cambios que operan al interior de las sociedades, sino estudiando las transformaciones que ocurren en el metabolismo eco-social, es decir, en las relaciones entre las sociedades y el universo natural (o los ecosistemas). Si bien es posible encontrar un sinnúmero de configuraciones sociales a lo largo de la historia humana (definidos como civilizaciones, modos de producción, etapas históricas, etc.), no más de tres o cuatro «modos de uso de los recursos» (Gadgil y Guha 1993), «modos de transformación» (Turner et al. 1990) o «modos de apropiación de la naturaleza» (Toledo 1995) son distinguidos a través del tiempo. Estas transformaciones constituyen grandes «saltos» de carácter megahistórico, dentro de los cuales se desenvuelven los ciclos de la historia humana y social.

Como quedó definido en el capítulo anterior, la apropiación de la naturaleza constituye el primer acto del proceso metabólico por medio del cual los seres humanos organizados en sociedad producen y reproducen sus condiciones materiales. Desde el punto de vista histórico, la apropiación de la naturaleza ha tomado diferentes configuraciones, como resultado de la relación general establecida entre diferentes grupos humanos y sus ecosistemas. Se trata, por supuesto, de configuraciones básicas, de carácter cualitativo, determinadas por tres criterios fundamentales: (1) el grado de transformación de los ecosistemas de los que se apropian las diferentes sociedades, (2) la fuente de energía empleada para realizar dicha apropiación y (3) el tipo de manipulación que los seres humanos efectúan sobre la estructura, los componentes y la dinámica de los ecosistemas (para una argumentación detallada del concepto de modo de apropiación véase el primer capítulo de Toledo 1994).

Dado lo anterior, más allá de las numerosas modalidades tecno-productivas, concretas y específicas, que toma la producción agrícola, pecuaria, forestal, extractiva o pesquera, es posible arribar a tres formas principales de uso de los recursos naturales, cada una de las cuales conforman modos históricamente determinados de apropiación de la naturaleza. Estos son: el modo extractivo o cinegético, propio de las primeras sociedades de pescadores nómadas, cazadores y recolectores; el modo campesino o agrario, que aparece con el inicio de la agricultura y la domesticación de diversas especies animales, y que se extiende a través de los siglos con algunas innovaciones (desde el uso de animales y de ciertos metales hasta la creación de molinos de viento y de máquinas hidráulicas), y el agroindustrial, también llamado «moderno», que es un producto de Occidente y de la revolución industrial y científica que tuvo lugar en Europa y otros países templados a partir del siglo xviii.

 

La modernización rural: de lo campesino a lo agroindustrial

 

Situados como dos modos radicalmente diferentes de apropiación de la naturaleza, el modo agrario o campesino y el agroindustrial conforman hoy en día las dos maneras fundamentales de uso de los recursos del mundo contemporáneo. Ellos representan dos maneras radicalmente diferentes de concebir, manejar y utilizar la naturaleza, es decir, conforman dos racionalidades productivas y ecológicas distintas. Se trata de dos modos no sólo con diferentes rasgos sino con distintos orígenes históricos: el modo agrario o campesino encuentra sus raíces en los orígenes mismos de la especie humana y en el proceso de coevolución que tuvo lugar entre la sociedad humana y la naturaleza. Por el contrario, el modo agroindustrial es una propuesta que surge del mundo urbano-industrial, especialmente diseñado para generar los alimentos, materias primas y energías requeridas en los enclaves no rurales del planeta.

 

El factor clave que dio lugar a la transformación de lo campesino a lo agroindustrial fue, sin duda, un cambio en las fuentes de energía (véase figura 2.1). Este fue un «salto tecnológico» que modificó de golpe la articulación de los productores con los fenómenos y elementos de la naturaleza. El uso de nuevas fuentes de energía (carbón, petróleo, gas), no sólo potenció la capacidad del productor para extraer un mayor flujo de bienes de la naturaleza, logrando un incremento notable en la productividad del trabajo. También modificó la escala de la producción, especializó a los productores y aumentó su dependencia respecto de insumos externos y, sobre todo, garantizó el abasto de alimentos, materias primas, agua, energía y materiales hacia las ciudades y promovió el despegue y la consolidación de la industria (Debeir et al. 1986, Smil 1994). Este salto cualitativo en la manera de apropiarse las potencialidades de la naturaleza tuvo por supuesto, consecuencias sociales, económicas, agrarias y finalmente ecológicas en los espacios rurales del planeta.

 

Figura 2.1 Momentos claves en la historia de la sociedad humana en cuanto a las fuentes de energía utilizadas.


La revolución tecnológica en el agro, iniciada desde el siglo xviii, es lo que hoy conocemos como «modernización rural». Como un proceso social, el cambio agrotecnológico y modernizador se inició en los países europeos, norteamérica, Japón y otros enclaves del norte del orbe, hasta llegar a consolidarse, dos siglos después, por casi todos sus espacios rurales. En el resto del mundo se fue implantando paulatinamente, sin llegar nunca a dominar y creando más bien complejos mosaicos de situaciones híbridas. Este proceso inacabado de cambio se pone de manifiesto en el hecho de que hoy en día solamente de un 30% a un 40% de los productores rurales del planeta utilizan de manera regular o esporádica todas o algunas de estas nuevas tecnologías. El resto se mantiene aún en una situación de preindustrialidad, es decir, continúa basando sus actividades en el uso de energía humana y animal y en el abasto de la energía solar a través de la biomasa o en el empleo de diseños movidos por medio del viento o del agua.

 

Campesinidad y agroindustrialidad: nueve atributos para su diferenciación

 

 

Con base en lo planteado se puede definir el proceso de «modernización rural», como aquel fenómeno por el cual el modo campesino de apropiación se ve transformado o sustituido por el modo agroindustrial. Dependiendo de cada contexto, esta transformación puede ser gradual o súbita, por lo que resulta de primordial importancia teórica y práctica lograr una definción coherente y acabada de estos dos modos. La distinción de estos dos modos contrastantes se logra a través de diferentes criterios, los cuales se encuentran inmersos en el mismo proceso de apropiación/producción. Para identificar estos criterios resulta conveniente aproximarse al proceso productivo desde una perspectiva socio-ecológica (Toledo 1990). Desde este punto de vista, todo proceso de apropiación/producción es realizado por un segmento periférico de la sociedad (los productores rurales), quienes son los encargados de “internalizar” al organismo social, diversos materiales y energías de la naturaleza. Toda unidad de producción P, ubicada en la membrana o periferia social, establece por lo tanto dos tipos de intercambios materiales: con los ecosistemas (intercambios ecológicos) y con el resto de la sociedad a través de diferentes circuitos y mercados (intercambios económicos).

Del modelo anterior se desprende un conjunto de rasgos de enorme utilidad teórica, los cuales operan como atributos para diferenciar los modos históricamente determinados de apropiación de la naturaleza que prevalecen en el mundo contemporáneo (figura 2.2). Estos rasgos son: (1) el tipo de energía utilizada durante la producción, (2) la escala de las actividades productivas, (3) el grado de autosuficiencia de la unidad productiva rural, (4) su nivel de fuerza de trabajo, (5) el grado de diversidad (eco-geográfica, productiva, biológica, genética) mantenida durante la producción, (6) su nivel de productividad ecológica o energética, (7) su nivel de productividad del trabajo, (8) el tipo de conocimientos empleados durante la apropiación/producción y (9) la visión del mundo (natural y social) que prevalece como causa invisible u oculta de la racionalidad productiva.


Figura 2.2 Nueve rasgos del proceso de apropiación/producción realizado por la unidad de producción/apropiación P, utilizados como criterios para diferenciar los modos de apropiación

Las siguientes páginas están dedicadas a describir con detalle las diferencias encontradas entre ambos modos.

Energía. Una primera distinción básica se refiere al tipo de energía utilizada durante el proceso de apropiación/producción. En un extremo, la producción campesina o agraria se basa en el uso predominante de la energía solar, a través de la manipulación y el uso de especies domesticadas y silvestres de plantas, animales, hongos, microorganismo, etc. (convertidores biológicos) y de los procesos ecológicos, que existen y tienen lugar en su escenario productivo. A lo anterior se agrega el uso del viento o del agua como movilizadores de artefactos usados durante la producción, tales como molinos para extraer o transportar agua o para la molienda de granos. Por ello, la fuerza humana, animal y la utilización de la biomasa, el viento y el agua, más que los combustibles fósiles, son sus principales fuentes de energía.

En el otro extremo, la producción agroindustrial o moderna tiende a maximizar el uso de energía fósil (petróleo y gas) a través del empleo de diversas maquinarias, gasolina, bombas eléctricas, fertilizantes químicos, pesticidas, semillas mejoradas, sistemas de regadío, secado y medios de transporte.

Escala. Un rasgo propio del modo agrario o campesino es la pequeña escala, por lo tanto los productores son pequeños propietarios (agrupados o no en comunidades). Esto resulta válido tanto para el manejo agríco-la o pecuario como para el forestal o el pesquero. Los estudios realizados sobre la estructura agraria de los países latinoamericanos muestran que el tamaño habitual de los predios agrícolas campesinos rara vez sobrepasan las 10 hectáreas, generalmente oscilan entre las 5 y las 10 ha, y en ocasiones se sitúan por debajo de las cinco. Ello los ubica por encima de los tamaños promedio de los predios campesinos de los países asiáticos (por ejemplo, China e India), donde la mayoría de los productores se ubican en torno a menos de cinco e incluso, una hectárea.

Por el contrario, la producción agroindustrial supone y requiere de predios mucho mayores. En Canadá y los Estados Unidos de América donde la producción agroindustrial predomina casi de manera absoluta, el tamaño promedio de las unidades de producción era de 208 y 187 hectáreas, respectivamente, hacia finales de los años ochenta. En el caso de la agricultura “moderna” se ha demostrado que el óptimo se alcanza sobre tamaños medios y grandes. Por ejemplo, un estudio reveló que en los EE.UU. los óptimos de producción de frutales se dan entre las 36 y las 44 hectáreas, en tanto que las de hortalizas, algodón, alfalfa y varios cereales, se alcanza en torno a las 260 hectáreas (Merrill 1976a).

Autosuficiencia. Un rasgo típico del modo campesino es su relativamente alto grado de autosuficiencia, pues las familias campesinas (la unidad de producción) consumen una parte sustancial de su propia producción y, concomitantemente, producen casi todos los bienes que consumen. En otros términos, en la producción preindustrial hay un predominio evidente de los valores de uso (bienes consumidos por la unidad de producción) sobre los valores de cambio (bienes no auto-consumidos que circulan como mercancías fuera de la unidad de producción). Esta primera singularidad deriva a su vez de un hecho: la producción combinada de valores de uso y mercancías busca la reproducción simple de la unidad doméstica campesina. Por lo anterior, el productor campesino presenta un nulo o bajo empleo de insumos externos, es decir, la apropiación/producción se realiza mediante un mínimo de inputs provenientes del exterior (sean estos energías, materiales vivos y no vivos o fuerza de trabajo asalariada).

En las unidades de producción agroindustriales, por lo contrario, la mayor parte, si no es que todo lo que se produce, se vuelca hacia el mercado. De la venta de estos productos se obtienen los fondos para comprar todos o casi todos los bienes requeridos por la unidad productiva. Por lo mismo, el proceso productivo se realiza mediante el empleo de un alto grado de insumos, es decir, existe una alta dependencia del proceso respecto del resto de la sociedad. Como una consecuencia de lo anterior, en los espacios sociales donde predomina el modo agroindustrial, tienden a estimularse y a expandirse los medios de transporte, confirmando la existencia de un proceso general de separación espacial entre la producción y el consumo.

Fuerza de trabajo. Los productores agrarios o campesinos están comprometidos en un proceso de producción basado predominantemente en el trabajo de la familia y/o de la comunidad a la que pertenecen. Ello hace que la unidad doméstica de producción campesina ni venda ni compre fuerza de trabajo. Aún cuando la unidad doméstica emplee fuerza de trabajo por fuera de lo que constituye la propia unidad de producción (la familia campesina), ésta se realiza de manera temporal y mediante mecanismos no mercantiles tales como acuerdos de carácter cultural e incluso religiosos (por ejemplo, la mano vuelta o el tequio de muchos sitios de Mesoamérica y de los Andes).

En el otro extremo, en las unidades de producción agroindustriales, quienes laboran la naturaleza pueden ser tanto los propietarios como los trabajadores contratados por ellos. En general, existe una tendencia en el modelo agroindustrial por la cual el tiempo invertido por los trabajadores contratados en el proceso productivo por lo común es mayor que el tiempo invertido por el propietario (o patrón). Asimismo, los requerimientos de la producción inducen el empleo de abundante fuerza de trabajo asalariada. Lo anterior no excluye, sin embargo, que en muchos casos la fuerza de trabajo familiar sea la predominante (como sucede en enormes porciones de Norteamérica y de Europa).

Diversidad. Aunque la agricultura tiende a ser la actividad productiva central de cualquier unidad doméstica del modo campesino en las áreas terrestres, ésta es siempre complementada (y en algunos casos reemplazada como actividad principal) por prácticas como la recolección, la extracción forestal, la horticultura, la arboricultura, la pesca, la caza, la cría de ganado mayor y menor y las artesanías. La combinación de estas prácticas protege a la familia campesina tanto contra las fluctuaciones medioambientales como contra las irregularidades del mercado. Una explotación campesina típica es aquella donde sus dos fuentes de recursos naturales (los ecosistemas transformados y no transformados) se convierten en un mosaico donde los cultivos agrícolas, las áreas en barbecho, los bosques primarios y secundarios, los huertos familiares, los pastos y cuerpos de agua son segmentos de un sistema integrado de producción.

Este mosaico representa el escenario sobre el que el productor campesino, con una estrategia del uso múltiple, realiza el juego de la subsistencia a través de la manipulación de los componentes geográficos, ecológicos, biológicos y genéticos (genes, especies, suelos, topografía, clima, agua y espacio), y de los procesos ecológicos (sucesión, ciclos de vida, movimiento de materiales, etc.). La misma disposición diversi-ficada tiende a ser reproducida en cada uno de los sistemas productivos, por ejemplo, cultivos poliespecíficos terrestres o acuáticos en lugar de monocultivos agrícolas o piscícolas. Bajo esta estrategia, la producción campesina tiende a volverse un sistema integrado de carácter agropecuario-forestal-(pesquero) o agro-silvo-pastoril-(piscícola), no carente de una cierta racionalidad ecológica (Toledo 1990).

En contraste con lo anterior, el modelo agroindustrial es casi siempre un sistema especializado de producción en donde todo el espacio productivo es dedicado a la implantación de sistemas agrícolas, pecuarios, forestales o pesqueros especializados. El nivel de especialización aunado a la escala en la que tiene lugar el proceso productivo (expresado por el tamaño del predio terrestre o acuático), aparentemente tiende a simplificar la heterogeneidad del espacio, pues la homogeneidad paisajística parece facilitar el manejo de áreas mayores. Por todo lo anterior, el modelo «moderno» induce sistemas productivos de muy baja diversidad eco-geográfica, biológica, genética y productiva.

Productividad ecológica o energética. En sentido estricto, el concepto de productividad (o eficiencia) de las actividades rurales, agrupa o contiene dos diferentes dimensiones: la ecológico-energética (ligada a las maneras como se utilizan los recursos naturales que entran a la producción) y la ligada a la fuerza de trabajo (es decir, la eficiencia del esfuerzo humano). La gran cantidad de datos y evidencias empíricas reunidas por los estudiosos del tema muestran marcadas diferencias de productividad entre el modo campesino y el agroindustrial, derivadas de sus características intrínsecas y de su propio contexto económico y social. En primer término, el modelo campesino que subsiste bajo condiciones minifundarias de escasez de tierra (sea por razones demográficas, agrarias o de capacidad técnica), poco o nulo acceso a recursos financieros (capital), uso predominate de energía solar, y un manejo diversificado (no especializado) de los recursos, tiende a presentar mayores índices de productividad (o eficiencia) ecológico-energética que el modelo agroindustrial. Lo anterior ha sido ampliamente demostrado por diversos autores (por ejemplo Pimentel y Pimentel 1979, Netting 1993). El cuadro 2.1 presenta datos acerca de la eficiencia energética de diferentes sistemas de producción de maíz bajo diferentes condiciones tecnológicas.

Productividad del trabajo. Por su parte, el modelo “moderno” que dispone de abundantes recursos (tierras o aguas), hace uso en abundancia de energéticos fósiles (que resultan baratos no por razones naturales sino de economía política), y tiene acceso a recursos financieros, presenta una mucho mayor productividad en la fuerza de trabajo (y tiende a incrementarla de manera permanente) como resultado de la implantación de tecnologías cada vez más sofisticadas. La mayor productividad en el trabajo expresada en los impresionantes rendimientos de la agricultura norteamericana o europea (con su consecuente expulsión de población rural hacia las ciudades) sin parangón en la historia, es el mejor ejemplo de este patrón. Lo anterior puede ser demostrado para el caso de México, a partir de la comparación de datos empíricos disponibles en la literatura. En la producción de maíz las mayores productividades del trabajo se observan en los sistemas que utilizan energía fósil durante la producción. La productividad en estos casos es de cinco a nueve veces mayor que en la de los sistemas maiceros que sólo utilizan energía humana, y más de tres veces la de los sistemas con energía animal o mixta (véase capítulo 3).

 

Coeficiente
ENERGÍA ESFUERZO HUMANO RENDIMIENTO

(A)

ENERGÍA

INVERTIDAD

(KCAL)

(B)

ENERGÍA

OBTENIDA

(KCAL)

(C)

PROTEÍNA

OBTENIDA

(KG)

ENERG-

ÉTICO

(H/A)

ALIMEN-

TICIO

(CX 1,000/A)

REFERENCIA
Humana
MÉXICO                
-1 589,160 1,944 642,338 6,901,200 175 10.74 0.27 Pimentel y Pimentel 1979
-2 202,965 1,711 202.965 6,269,104 154 30.8 0.75 Caballero 1978
-3 139,289 382 138,289 1,399,648 34 10.1 24 Caballero 1978
-4 193,037 1,632 192,037 5,979,648 147 34.1 0.76 Caballero 1978
GUATEMALA                
-1 728,725 1,066 781,903 3,784,300 96 4.86 0.12 Pimentel y Pimentel 1979
-2 184,129 846 184,129 3,054,060 76 16.6 0.41 Krisch, 1973
NIGERIA                
-1 319,300 1,004 555,778 3,564,200 90 6.41 0.16 Pimentel y Pimentel 1979
Animal        
MEXICO                
-1 197,245 941 770,253 3,340,550 85 4.34 0.11 Pimentel y Pimentel 1979
(02)a 156,333 1,123 1,431.78 4,059,222 101 2.83 0.07 Palma, 1983
-3 135,113 1,076 765,153 3,721,157 96 3.11 0.07 Pimentel y Pimentel 1979
GUATEMALA                
-1 336,500 1066 1,216,.080 3,784,300 96 3.11 0.07 Pimentel y Pimentel 1979
FILIPINAS                
(01)a 152,440 941 660,053 3,340.55 85 5.06 0..12 Pimentel y Pimentel 1979
Animal y fósil        
MÉXICO                
(01)b 164,016 3,095 2,781,568 9,792,580 278 3.52 0.09 Palma
E.E. UU.                
-1 5,580 5,394 6,532,071 19,148,700 485 2.93 0.07 Pimentel y Pimentel 1979
INGLATERRA                
-1 0 5,020 4,170,114 17,821,000 452 2.34 0.1 Pimentel y Pimentel 1979

(A) CON FERTILIZANTES QUÍMICOS (B) UTILIZA YUNTA TRACTOR Y FERTILIZANTES QUÍMICOS (C) EN 1975
Cuadro 2.1 Evaluación energética de la producción de maíz en diferentes sistemas agrícolas (por hectárea).

Conocimientos. Este criterio se refiere al tipo de saberes que se ponen en acción durante el proceso productivo. El corpus agrario campesino por lo común es una amalgama de conocimientos objetivos y de creencias subjetivas, derivado de la práctica cotidiana y de carácter holístico, presente en las mentes o memorias de los productores. Es este también un conocimiento individual y colectivo en tanto que se construye y se comparte permanentemente con otros productores locales o regionales. Trasmitido intergeneracionalmente a través del lenguaje, no echa mano de la escritura (es ágrafo) y responde a la lógica de la oralidad. Su dominio se encuentra restringido en el tiempo y en el espacio debido a sus propias peculiaridades.

En contraste con lo anterior, el conocimiento del productor “moderno” es de carácter objetivo, predominantemente técnico y especializado. Compuesto de información fundamentalmente cuantitativa y originado en ámbitos al productor (en los centros de investigación científica y tecnológica), el conocimiento se trasmite a través de medios escritos (y con frecuencia electrónicos) desde los centros de extensionismo o de distribución y venta de insumos (maquinarias, fertilizantes químicos, semillas mejoradas, antibióticos y alimentos procesados). Basado en fórmulas u operaciones estandarizadas, el conocimiento del productor moderno generalmente incluye no sólo elementos del universo natural (profundamente transformado y simplificado) sino también (y de manera creciente) de los aspectos administrativos y gerenciales de la unidad productiva.

Cosmovisión. Existen también aquí dos actitudes frente a la naturaleza y la producción nítidamente contrastantes. El proceso campesino de apropiación/producción se basa en una visión no materialista de la naturaleza, heredada de una tradición que hunde sus raíces en formas civilizadoras premodernas o preindustriales. Este rasgo aparece más nítidamente en aquellos sectores campesinos que pertenecen a alguna cultura indígena, y tiende a desvanecerse y a ocultarse en aquellos grupos aculturizados o culturalmente recreados por la modernidad. En estas visiones, la naturaleza (y sus elementos y procesos) aparece siempre como una entidad sacralizada y viviente con la cual o dentro de la cual los seres humanos interactúan y con la que es necesario dialogar y negociar durante el proceso productivo.

En oposición a lo anterior, los productores del modo agroindustrial poseen una visión productivista y pragmática del universo natural que concibe a la naturaleza como una entidad separada de la sociedad y sujeta de ser manipulada y dominada mediante la tecnología y la investigación científica contemporáneas. Esta visión se origina a partir de los nuevos esquemas ideológicos (racionalistas y mecanicistas) desencadenados por la revolución industrial y científica, en los que la naturaleza es vista como una máquina o sistema que encierra una riqueza potencial que es necesario explotar (Sheldrake 1990).

 

Hacia una tipología multicriterial de productores rurales

 

Los modelos antes definidos operan como dos «formas puras» cuya representación en la realidad no presenta el claro contraste de su definición teórica dada la gama de situaciones existentes en cada uno de los nueve rasgos utilizados como criterios básicos y las posibles combinaciones que se generan entre los casos particulares y concretos. Sin embargo, estos modelos resultan, como veremos, de un enorme valor teórico y práctico en la creación de una tipología de productores desde una perspectiva multidisciplinaria o socio-ecológica. En efecto, como lo muestra la figura 2.3, entre los dos arquetipos antes definidos existe toda una gama de estados intermedios que son el resultado de las diferentes combinaciones entre los rasgos típicamente campesinos y los agroindustriales. Estas combinaciones (512) que resultan de aplicar una simple fórmula matemática (figura 2.4), a su vez también los son del «momento» que vive el proceso por el cual los mecanismos «moderni-zadores»” tienden a transformar el modo campesino en uno agroindustrial.

En efecto, bajo la visión dominante, el reiteradamente utilizado término de “modernización”, “desarrollo (rural)” o “progreso”, no es más que la continua transformación del modo campesino y su sustitución por el modo agroindustrial, con todas las consecuencias ecológicas, sociales, culturales, etc., que ello conlleva. Dado que este proceso ni es total ni completo, pues a la fuerzas modernizadoras siempre se les oponen otras fuerzas de resistencia preindustrial o campesina, el examen de casos particulares y concretos expresa situaciones intermedias entre ambos extremos.

 

Figura 2.3 Espectro teóricamente esperable entre la forma arquetípica campesina (columna izquierda) y la agroindustrial (columna derecha), donde los nueve atributos sin excepción, corresponden a la definción teórica. Las variantes intermedias son el resultado de las combi-naciones posibles entre los nueve atributos considerados. Cada columna de izquierda a dere-cha representa un estadio cada vez menos campesino y más agroindustrial, expresando el proceso de “modernización rural”. Así, los casos de la segunda columna presentan ocho rasgos campesinos y uno agroindustrial, los de la tercera siete rasgos campesinos y dos agroindustriales, y así sucesivamente. El número posible de combinaciones (total = 512) fue obtenido al aplicar la fórmula de la figura 2.4.

 

Como resultado de lo anterior, la realidad aparece no como un tablero de ajedrez de cuadros blancos y negros nítidamente contrastados sino como una matriz de tonalidades grises, resultado de la intensidad que toma el proceso de transformación de lo campesino hacia lo agro-industrial en el fragmento de la realidad que se examina. En los espacios rurales, los diversos niveles de «modernización» se expresan como mosaicos con diferentes grados de campesinidad o agroindustrialidad. La identificación y caracterización de estas tonalidades permite, por último, generar una tipología de productores y, de paso, evaluar el grado de «modernización rural» que presenta un espacio determinado. El capítulo siguiente está dedicado a construir una metodología, coherente y precisa, para hacer realidad, a través de datos empíricos, la propuesta teórica que halla su síntesis en una tipología multicriterial de productores rurales.

donde n= número de atributos a seleccionar
m= número total de atributos

Figura 2.4 Fórmula utilizada para obtener el número total de combinaciones posibles de los nueve atributos empleados para identificar los arquetipos campesino y agroindustrial.

 

 

Periférico 5000, Col. Insurgentes Cuicuilco, C.P. 04530, Delegación Coyoacán, México D.F.
Última Actualización: 15/11/2007