MÁS
ALLÁ DEL DESARROLLO SOSTENIBLE: LA CONSTRUCCIÓN
DE UNA RACIONALIDAD AMBIENTAL PARA LA SUSTENTABILIDAD: UNA VISIÓN
DESDE AMÉRICA LATINA
ENRIQUE LEFF*, ARTURO ARGUETA**, ECKART BOEGE***
Y CARLOS WALTER PORTO GONÇALVES****
LA
GEOPOLÍTICA DE LA BIODIVERSIDAD Y EL DESARROLLO SUSTENTABLE
El
proceso de globalización –los crecientes intercambios
comerciales, las telecomunicaciones electrónicas con la
interconexión inmediata de personas y flujos financieros
que parecen eliminar la dimensión espacial y temporal de
la vida, la planetarización del calentamiento de la atmósfera
e incluso el aceleramiento de las migraciones y los mestizajes
culturales–, ha sido movilizado y sobredeterminado por el
dominio de la racionalidad económica sobre los demás
procesos de mundialización. Es esta sobre-economización
del mundo la que induce una homogeneización de los patrones
de producción y de consumo contra una sustentabilidad planetaria
fundada en la diversidad ecológica y cultural. La economía
y el concepto mismo de desarrollo –incluyendo al desarrollo
sustentable–, han venido afirmando el sentido del mundo
y de la vida en la producción.
Con
ello, la naturaleza ha sido cosificada, desnaturalizada de su
complejidad ecológica y convertida en materia prima de
un proceso económico; los recursos naturales se han vuelto
simples objetos para la explotación del capital. En la
era de la economía ecologizada la naturaleza ha dejado
de ser un objeto del proceso de trabajo para ser codificada en
términos del capital, transmutándose en una forma
del capital –capital natural– generalizando y ampliando
los modos de valorización económica de la naturaleza
(O´Connor 1993). Es en este sentido que, junto con las formas
ancestrales de explotación intensiva que caracterizaron
al “pillaje del Tercer Mundo” (Jalée 1968),
hoy se promueve una explotación “conservacionista”
de la naturaleza. La biodiversidad aparece no sólo como
una multiplicidad de formas de vida, sino como zonas de reservas
de naturaleza – territorios y hábitat de esa diversidad
biológica y cultural–, que hoy están siendo
valorizados por su riqueza genética, sus recursos ecoturísticos
o su función como colectores de carbono. Si en épocas
pasadas la razón moderno-colonial construyó en América
Latina latifundios de caña de azúcar, plátano,
café y algodón, el nuevo sentido de la biodiversidad
para el capital está llevando a generar un nuevo tipo de
latifundio, el latifundio genético.
Pero
¿sobre qué criterios se ha podido restringir el
valor de la biodiversidad a la de estos servicios ambientales?
Y más aún, ¿bajo que principios se pueden
establecer las nuevas formas de apropiación de estas riquezas
biológicas del planeta? ¿Cuáles son las bases
de una nueva racionalidad ambiental alternativa? Las políticas
recientes en torno a la biodiversidad no responden tan sólo
a una preocupación por la pérdida de especies biológicas
y su importante papel en el equilibrio ecológico del planeta.
La biodiversidad se ha revelado como un enorme banco de recursos
genéticos que son la materia prima de los grandes consorcios
de las industrias farmacéuticas y de alimentos, cuyo valor
económico supera ya el de los consorcios petroleros. Por
su parte, para los países y los pueblos donde se encuentran
localizadas las áreas de mayor biodiversidad, ésta
representa, por una parte, el referente de significaciones y sentidos
culturales que son trastocados cuando son transformados en valores
económicos; por otra parte, la biodiversidad es la expresión
del potencial productivo de un ecosistema, ante el cual se plantean
las estrategias posibles de su manejo sustentable, así
como las formas de apropiación cultural y económica
de sus recursos.
La
geopolítica de la biodiversidad y del desarrollo sustentable
no sólo prolonga e intensifica los anteriores procesos
de apropiación destructiva de los recursos naturales, sino
que cambia las formas de intervención y apropiación
de la naturaleza cuestionando la sustentabilidad posible de la
racionalidad económica. La economía se ha transmutado
en una “transeconomía”, y la búsqueda
del bienestar social por la vía del proceso económico
ha generado una inercia de crecimiento que se ha desbordado. La
economía ecológica ha venido argumentando sobre
las limitaciones del mercado para regular efectivamente los equilibrios
del entorno y su capacidad para internalizar los costos ambientales
a través de un sistema de normas legales, de impuestos
o de un mercado de permisos transables para la reducción
de emisiones. Se sugiere así que la economía debe
constreñirse a los límites de expansión que
asegure la reproducción de las condiciones ecológicas
de una producción sustentable y de regeneración
del capital natural, de un principio precautorio basado en el
cálculo del riesgo y la incertidumbre y en límites
impuestos a través de un debate científico-político
fuera del mercado.
Sin
embargo, la economía (la racionalidad económica,
el proceso económico) carece de flexibilidad y maleabilidad
para ajustarse a las condiciones de la sustentabilidad ecológica;
el debate político se ha enriquecido con los aportes de
la ciencia sobre la insustentabilidad creciente del planeta y
los riesgos ecológicos que la amenazan, pero no ha logrado
liberarse de las razones de fuerza mayor del mercado. La ley de
la entropía, preconizada por Georgescu-Roegen (1971) como
la ley límite del crecimiento económico, aparece
como la negatividad negada por la teoría y las políticas
económicas sobre su vínculo con la naturaleza. La
teoría crítica de la economía basada en la
ley de la entropía, antes de haber llegado a fundar la
positividad de un nuevo paradigma económico (de una economía
ecológica), ha abierto las compuertas de una ecología
política donde el debate científico se desplaza
hacia el campo político. En la última década,
la cuestión de la sustentabilidad se ha venido inscribiendo
dentro las luchas sociales contra la globalización y por
la reapropiación de la naturaleza, desplazando el discurso
del desarrollo sostenible hacia la desconstrucción de la
lógica económica y abriendo un campo para la construcción
de una racionalidad ambiental (Leff 1998, 2001a). La geopolítica
emergente de la sustentabilidad se configura en el contexto de
una globalización económica que, al tiempo que lleva
a la desnaturalización de la naturaleza –la transgénesis
que invade y transmuta tecnológicamente la vida–,
con el discurso del desarrollo sostenible promueve una estrategia
de apropiación que busca “naturalizar” –dar
carta de naturalización– a la mercantilización
de la naturaleza. En esa perversión de “lo natural”
se juegan las controversias entre la economización de la
naturaleza y la ecologización de la economía. A
la muerte de la naturaleza le sobrevive lo “sobrenatural”
del orden simbólico en la resignificación política
y cultural de la naturaleza.
La
conciencia ambiental surgió en los años sesenta
como parte del movimiento contracultura de búsqueda de
nuevos sentidos existenciales y una resignificación de
la vida y se convirtió en movimiento político en
los años 70, luego de la Conferencia sobre Medio Ambiente
Humano (Estocolmo 1972). En los últimos diez años,
y como efecto de la Cumbre Ambiental de Río 1992, ha cambiado
la geopolítica en torno al discurso y las políticas
del “desarrollo sostenible”. No sólo se ha
diluido el discurso del eco-desarrollo y se ha dado un vuelco
a la razón para ajustar las propuestas ecologistas a los
designios de la racionalidad económica; no sólo
se han intensificado los ritmos de explotación y transformación
de los recursos, sino que han surgido nuevas estrategias de intervención
de la naturaleza así como nuevas manifestaciones de sus
impactos y riesgos ecológicos. De esta manera se han puesto
en uso común y en la retórica oficial conceptos
antes reservados para los medios científicos y académicos;
esta terminología se inscribe dentro de nuevas estrategias
epistemológicas que alimentan una ecología política
y políticas ambientales, donde se expresan y manifiestan
interpretaciones controversiales y conflictos de intereses así
como principios y formas diferenciadas de reapropiación
de la naturaleza.
La
economía política engarzada en la relación
de la fuerza de trabajo, el capital y la tierra, se ha desplazado
en estos años hacia una ecología política
en la que los antagonismos de las luchas sociales se definen en
términos de identidades, territorialidades y procesos de
sustentabilidad. Las relaciones de producción y las fuerzas
productivas ya no se establecen entre el capital y el proletariado
industrial –entre capital, trabajo y tecnología–,
y se redefinen en sus relaciones con la naturaleza. En el nuevo
discurso sobre la biodiversidad y del desarrollo sustentable-sostenible,
los conceptos de territorio, de autonomía y de cultura
se han convertido en conceptos políticos que cuestionan
los derechos del ser y las formas de apropiación productiva
de la naturaleza (Escobar 1997, Leff 2001b, Porto-Gonçalves
2001).
Las
políticas de la globalización económico-ecológica
ponen de manifiesto la impotencia del saber para comprender y
solucionar los problemas que han generado sus formas de conocimiento
del mundo; el discurso del crecimiento sostenible levanta una
cortina de humo que corre un velo sobre las causas reales de la
crisis ecológica. Así, ante el calentamiento global
del planeta, se desconoce la degradación entrópica
que produce la actividad económica ejercida bajo la racionalidad
económica (cuyo último grado de degradación
es el calor) y se niega el origen antropogénico del fenómeno
al calificar sus efectos como desastres “naturales”.
La geopolítica del desarrollo sostenible mira con optimismo
la solución de las contradicciones entre economía
y ecología al proponer la reconversión de la biodiversidad
en colectores de gases de efecto invernadero (principalmente bióxido
de carbono), con lo cual se exculpa a los países industrializados
de sus excedentes en sus cuotas de emisiones, mientras se induce
una reconversión ecológica de los países
del Tercer Mundo. Esta capitalización de la naturaleza
genera nuevas formas de inequidad en la distribución ecológica
de los derechos de apropiación y transformación
de la naturaleza.
EQUIDAD
Y SUSTENTABILIDAD: DISTRIBUCIÓN ECOLÓGICA E INTERCAMBIO
DESIGUAL
Luego
de los esquemas de sustitución de importaciones e industrialización
de los años 60 y 70, inspirados en las teorías de
la dependencia, en los años 90 las economías latinoamericanas
han vuelto a orientarse hacia el uso intensivo de recursos naturales
para la exportación, ahora revestidas del discurso del
“desarrollo sostenible”. Y al tiempo que las normas
de sustentabilidad y los certificados verdes producen nuevas formas
de proteccionismo comercial disfrazadas de competencia por la
calidad ambiental y la conservación ecológica, el
crecimiento económico sustentable ecológicamente
y sostenible en el tiempo no deja de ser un mito que se evapora
ante la evidente reducción de la biodiversidad –a
pesar de las políticas de protección y reserva de
la naturaleza y de la diversificación de las exportaciones
de productos primarios–, los límites de la sustentabilidad
de sus ecosistemas, el calentamiento global y las crisis económicas
y financieras de los países de la región. Al mismo
tiempo, vuelve a intensificarse la dependencia tecnológica
de la que pensaron librarse las economías latinoamericanas
en los años setenta con el impulso a las políticas
científico-tecnológica. Hoy en día ningún
país de la región cuenta con una política
científico-tecnológica para el “desarrollo
sostenible”, entendida como el propósito de generar
los conocimientos propios necesarios para un aprovechamiento autodeterminadoy
sustentable de sus potenciales ecológicos. En la era de
la producción intensiva en conocimiento, la concentración
de este factor esencial de la producción en los países
del Norte se ha incrementado, tanto en el sector industrial como
en el agrícola. Apoyados en la promoción y la impostura
legal de los derechos de propiedad intelectual dentro del nuevo
orden global de la Organización Mundial de Comercio (OMC),
los grandes consorcios transnacionales se apropian la riqueza
genética de los países biodiversos para luego invadir
sus territorios con productos transgénicos, ahondando la
dependencia de los agricultores del Sur mediante el régimen
de patentes que les permite captar descomunales beneficios económicos
provenientes del control y explotación de sus recursos
genéticos. Hoy en día, los cinco gigantes de la
biotecnología concentran más riqueza que los grandes
consorcios petroleros y las transnacionales de otros sectores
industriales. Para algunos gobiernos y autores, esta nueva forma
de intercambio de naturaleza por tecnología resulta benéfica
en el plano económico y justificable bajo el principio
conservacionista. Tal es el caso de Costa Rica, que en América
Latina es paradigmático de la reconversión hacia
el desarrollo sostenible bajo las reglas del Mecanismo de Desarrollo
Limpio (MDL) y los Mecanismos de Implementación Conjunta
(MIC), es decir, la conservación de la biodiversidad y
la siembra de bosques artificiales para incrementar la capacidad
de captura de las emisiones excedentes de los países del
Norte, incapaces por sí mismos de reducir su “huella
ecológica”. En este sentido, la biodiversidad adquiere
un rol económico pasivo –por su capacidad de absorción
de carbono– en el balance de las emisiones de gases de efecto
invernadero y los procesos de mitigación del calentamiento
del planeta. Este intercambio de funciones estaría ofreciendo
dudosos beneficios a los países tropicales y la sustentabilidad
global del planeta: a cambio de la artificialización de
los ecosistemas del Norte, del avance sin freno de la industrialización
y la agricultura altamente capitalizada y tecnologizada, el Sur
se permitiría el lujo de volver a una economía natural
y a vivir de la generosidad de la madre tierra aprovechando las
ventajas comparativas que le ofrece a localización geográfica
de sus territorios.
En
la geopolítica del desarrollo sostenible se pone en juego
una distribución ecológica derivada de la localización
geográfica de los países. Más allá
de los aparentes beneficios de la valorización de la biodiversidad
y su inequitativa distribución económica, la situación
geográfica de los países tropicales y del Sur ha
tenido un efecto perverso en la concentración de impactos
ambientales. Así, los efectos del enrarecimiento de la
capa estratosférica de ozono aparentemente se han concentrado
en la Antártica y el Cono Sur; los desastres ecológicos
y humanos ocasionados por el impacto de huracanes y manifestaciones
meteorológicas derivados de fenómenos como el Niño
o la Niña, en la franja intertropical del planeta.
Además
de estos impactos visibles sobre la destrucción de la naturaleza,
la globalización económica está teniendo
efectos más velados sobre las formas posibles de intervención
sobre la naturaleza. De esta manera, los desastres “naturales”
se convirtieron en los últimos años en una “razón
de fuerza mayor” que ha obligado a las comunidades indígenas
y campesinas a abandonar sus prácticas milenarias de uso
del fuego en el sistema de roza-tumba-quema, muchas veces acusados
de ser los causantes de estas tragedias. Sería más
justo reconocer que el calentamiento global del planeta –el
cual no ha sido generado por estas comunidades, y del que son
contribuyentes menores– , han vuelto más vulnerables
sus ecosistemas y más riesgosas sus prácticas, limitando
sus opciones de un desarrollo sustentable propio, a las estrategias
del “desarrollo limpio”. Más allá de
la simulación de la posible equidad que pudiera resultar
de los cambios en el uso del suelo y la valorización económica
de los servicios ambientales que induce el MDL, la equidad frente
al problema del calentamiento global se ha planteado también
en términos de los niveles base de la reducción
de emisiones y de las cuotas respectivas entre países y
entre personas. La reducción proporcional por países,
como fuera planteado desde el inicio en el Convenio de Cambio
Climático estaría aceptando como base de este esfuerzo
global las desigualdades históricas y condenando a los
países en desarrollo como China y la India a un eterno
subdesarrollo. Ante esto, Agarwal y Narain (1991) propusieron
una distribución ecológica por habitante –la
cual estaría favoreciendo los altos índices demográficos
de esos países– y la formación de un fondo
para el desarrollo sustentable. En realidad, ninguna de estas
opciones ofrece una solución a la muerte entrópica
del planeta generado por la racionalidad económica dominante,
que induce un crecimiento ineluctable de la entropía. La
búsqueda de una solución efectiva a la sustentabilidad
y a la equidad debe considerar seriamente la desconstrucción
de la racionalidad económica y la construcción de
una racionalidad ecotecnológica fundada en el principio
de productividad neguentrópica (Leff 1994, 1995).
Las
dificultades para la entrada en vigor y la efectiva implementación
del Protocolo de Kioto ha puesto de manifiesto las resistencias
del orden económico para internalizar los costos ambientales
y ajustarse a las normas de la sustentabilidad ecológica
para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero y frenar
el avance del calentamiento global del planeta. La reciente firma
del Protocolo de Kioto sobre Cambio Climático fue posible
bajo un mínimo común denominador que logró
concertar voluntades de los gobiernos, pero que redujo sus alcances
y diluyó sus objetivos. Al poner énfasis sobre la
comercialización de derechos de emisiones, dicho protocolo
ofrece un salvoconducto a los países del Norte, quienes
en vez de reducir sus emisiones de CO2 y de gases de efecto invernadero
las compensan transfiriendo sus costos a países (como los
de la ex Unión Soviética) que se encuentran por
debajo de sus cuotas y que incluso por su situación económica
no estarían en condiciones de incrementar sus emisiones.
Por otra parte, la asignación de precios a la captura de
carbono por las reservas de biodiversidad dentro del MDL, funciona
como un verdadero subterfugio que permite a los países
que exceden su huella ecológica transferir el monto equivalente
a algún país rico en biodiversidad, cuya flora y
suelos supuestamente capturan el exceso de gases emitidos por
las industrias del país industrializado a precios de dumping
–a falta de un mecanismo de formación de precios
de captura– y al “mejor postor” porque, como
afirma Martínez Alier, los países pobres venden
barato sus servicios ambientales. En este sentido es cuestionable
la efectividad del Protocolo de Kioto, ya que el “valor
de uso sumidero” de la biodiversidad seguramente no habrá
de reducir sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero
que seguirá generando el imperio de la racionalidad económica,
debilitándose las acciones de mitigación a través
del MDL y el uso de tecnologías limpias. El resultado será,
en el mejor de los casos, una redistribución de “cuotas”,
con un aparente equilibrio entre emisiones y captura, pero el
calentamiento global seguirá agravándose. De esta
manera, la mercantilización de la naturaleza bajo la nueva
perspectiva económico-ecológica ahonda las diferencias
entre países ricos y pobres bajo los principios del desarrollo
sostenible. La nueva globalidad justifica las ventajas comparativas
entre los países más industrializados y contaminantes
y los países pobres que revalorizan su capacidad para absorber
los excesos de los países ricos y ofrecen los recursos
genéticos y globalidad de sus reservas de biodiversidad.
Las diferencias entre países centrales y periféricos
ya no sólo se dan por el pillaje y sobrexplotación
visible de los recursos, sino que queda camuflado bajo las nuevas
funciones asignadas a la naturaleza en las estrategias de apropiación
de los bienes y servicios ambientales del planeta.
Bajo
las reglas del MDL se introducen cambios en el uso del suelo y
formas de cultivo, como la siembra directa, mediante la cual se
pretende reducir las emisiones de gases y la aplicación
de agroquímicos, al tiempo que se implantan cultivos transgénicos,
cuyos riesgos ecológicos y a la salud están lejos
de poder ser evaluados y menos aún cuantificados. Así,
los Acuerdos Multilaterales Ambientales (AMA), no sólo
no generan sinergias, sino que sirven de parapeto a los procesos
de “reconversión ecológica”, que bajo
su protección y legitimación se ejecutan en favor
del “desarrollo sostenible”. En el fondo de los debates
en torno a los AMA se plantea la controversia entre la racionalidad
ecológica y la ética que subyacen a las normas ambientales,
y los principios y reglas de la racionalidad económica.
Sus incompatibilidades no sólo se expresan en la resistencia
de gobiernos como los de Estados Unidos de América y Japón
a firmar y ratificar los AMA; al mismo tiempo, la OMC ha generado
sus propios regímenes ambientales afines con los intereses
y mecanismos económicos establecidos. De esta manera, los
Acuerdos sobre Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual
relacionados con el Comercio (ADPIC) buscan legitimar y legalizar
los derechos de las empresas por encima de las provisiones a los
derechos de indígenas, campesinos y agricultores en la
CDB y el Tratado Internacional sobre Recursos Genéticos
para la Alimentación y la Agricultura.1 Estas controversias
desembocan finalmente en la necesidad de establecer marcos internacionales
de gobernabilidad que, bajo el principio de responsabilidades
comunes pero diferenciadas, sean capaces de generar sinergias
y relaciones que se refuercen mutuamente entre los AMA y la OMC
(UNEP 2001). Sin embargo, en su ánimo de evitar disputas
formales así como de prever y resolver anticipadamente
los conflictos entre los regímenes ambientales y comerciales,
la integración de las consideraciones relacionadas con
los recursos naturales en la toma de decisiones de los asuntos
económicos y sociales tiende a ceder la aplicación
de las normas ecológicas y los principios ambientales a
los regímenes del libre comercio. En este sentido se ha
acelerado la tendencia a elaborar y aplicar instrumentos económicos
para la gestión ambiental y a reducir el valor de la naturaleza
a los precios que puede adquirir en el mercado de bienes y servicios
ambientales. Los mecanismos del Protocolo de Kioto no permitirán
reducir las emisiones más allá de ciertos niveles
que no contravengan los ritmos de crecimiento económico,
la internalización de sus costos según las reglas
del mercado y los grados de “desmaterialización de
la producción” que hagan posible el progreso tecnológico,
que se hará asintótico, antes de lograr revertir
las leyes de la entropía y los ritmos de emisiones. La
apuesta del MDL es incrementar la captura de los excedentes de
gases de efecto invernadero por las capacidades de fotosíntesis
y biosíntesis de los bosques, los suelos y los océanos,
elevando los umbrales y niveles del equilibrio ecológico
del planeta. Pero la racionalidad económica y tecnológica
no podrá revertir esos procesos y orientarlos hacia un
desarrollo efectivamente sustentable. Sin embargo, en esas vías
de reconversión ecológica se abren posibilidades
de construir una nueva economía fundada no sólo
en la inercia de la productividad económicotecnológica
y las estrategias del conservadurismo ecológico –de
la función sumidero de la biodiversidad–, sino una
nueva racionalidad productiva basada en el potencial productivo
de los ecosistemas. Y esto abre nuevas formas diversificadas de
producción con la naturaleza y un deslinde con el mercado
como ley rectora del proceso de globalización.
En
este campo de controversias y búsqueda de opciones para
la sustentabilidad, el predominio de las estrategias de valorización
económica de la naturaleza excluye otras alternativas de
manejo productivo de la biodiversidad, lo cual ha venido generando
una oposición de las poblaciones indígenas a someter
el valor de sus bosques a la función de captura de carbono.2
El MDL no representa un instrumento neutro para los diferentes
países y actores sociales del desarrollo sostenible. Si
aparentemente resulta benéfico para algunos países
–v. gr. Costa Rica–, esta situación no puede
generalizarse a otras naciones y comunidades que no entran en
el juego de la “implementación conjunta”. Hoy
en día, el progreso tecnológico orientado hacia
la reconversión ecológica está siendo resultado
de disminuir los ritmos de producción de gases de efecto
invernadero, pero no de revertir un proceso que ya ha rebasado
los umbrales del equilibrio ecológico y ha empezado a desencadenar
severos impactos en el ambiente y en la humanidad, sobre todo
en las comunidades más vulnerables.
POLÍTICAS
FORESTALES, CAMBIO CLIMÁTICO Y VULNERABILIDAD ECOLÓGICA
La
política forestal tiene en la Agenda 21 un capítulo
especial, que parte del reconocimiento de las deficiencias importantes
de las políticas, instituciones y métodos para desarrollar
las múltiples funciones ecológicas, sociales, económicas
y culturales de los bosques. El nuevo paradigma que habría
de construirse a partir de la Convención sobre Diversidad
Biológica, la cual vierte directrices que orientan las
políticas de los distintos países hacia las sendas
de la sustentabilidad. Pero poco se ha explorado acerca de si
los presupuestos teóricos y prácticos planteados
realmente llevan a resolver los problemas y alcanzar las metas
originalmente propuestas en relación con el medio ambiente,
la desigualdad y la pobreza. Los acuerdos, los arreglos institucionales
y las políticas relacionadas con el desarrollo sustentable,
han sido insuficientes e ineficaces para enfrentar sistemáticamente
estos problemas. En América Latina los países megadiversos
siguen reportando altas tasas de deforestación y, en términos
relativos, México y Ecuador llevan la delantera. Estos
dos países, junto con Brasil y Colombia, deforestan cuatro
millones de hectáreas anualmente.
La
degradación entrópica del planeta ha seguido inexorablemente
su curso como producto de la incapacidad de establecer medidas
capaces de revertir la producción de gases de efecto invernadero,
también relacionados con los procesos de deforestación.
De esta manera, durante los últimos diez años (1992-2002),
el calentamiento global incrementó la vulnerabilidad socio-ambiental,
generando nuevos problemas emergentes de larga duración
que han desbordado las previsiones de la Agenda 21. Centroamérica
es un claro ejemplo de la limitada respuesta internacional ante
los problemas generados (probablemente) por el cambio climático
global. En esta década se intensificaron los eventos meteorológicos
que cíclicamente impactan a la región. Las fuertes
sequías y altas temperaturas alcanzadas en los últimos
años, los incendios masivos de 1998, así como los
superhuracanes y las inundaciones en 1998 y 1999, podrían
tener su origen en el cambio climático global. En el año
2001 se presentaron los primeros síntomas de hambruna en
algunas provincias de Guatemala y Honduras. El huracán
Mitch intensificó la erosión de las laderas de por
si lastimadas por la mano humana. En estos diez años se
han generado a su vez nuevas formas de intervención en
los ecosistemas y sus servicios ambientales, generando problemas
no previstos por los acuerdos de Río. Ejemplo de ello son
las insatisfactorias regulaciones de los países en materia
de bioprospección y bioseguridad, en las cuales las soberanías
nacionales y los derechos de los pueblos indígenas y las
comunidades campesinas se han visto restringidas frente a los
acuerdos internacionales sobre comercio. De
esta manera se ha incrementado la comercialización e introducción
de organismos genéticamente modificados y se han hecho
valer cada vez más los derechos de propiedad intelectual
en la comercialización de los productos de la bioprospección.
Posey (1992) calculó que a principios de la década
de los años 1990, existían transacciones por 43,000
millones de dólares anuales a partir de plantas medicinales
autóctonas o sus derivados sin incluir el nuevo y creciente
bodyshopbusiness y los colorantes naturales. Muchos de estos productos
derivados de plantas, animales e insectos han sido probados, elaborados
y utilizados por los grupos indígenas de manera ancestral
en diversas actividades. Las buenas intenciones de la Agenda 21
no se han traducido en leyes específicas y procedimientos
equitativos que pudiesen fortalecer el concepto de “derecho
de propiedad intelectual colectiva”.
Los
logros de la biotecnología en el campo de la modificación
genética han profundizado la brecha entre la promesa de
un mundo más justo y sin hambre y la realidad del control
de la naturaleza por unas cuantas empresas. Esta política,
en vez de resolver los problemas, ha generado una distancia mayor
entre los productores y las industrias de alta tecnología
que controlan cada vez más los procesos productivos. Los
sistemas de libre comercio colocan los intereses de las transnacionales
por encima de las soberanías nacionales sin posibilidades
de controlar procesos que pudieran dañarlos. A escala mundial,
en los últimos cinco años (1996-2001), la superficie
sembrada con semillas genéticamente modificadas pasó
de cero a 45 millones de ha. Estados Unidos de América
y Argentina son los países con mayor superficie sembrada
(Pengue 2000).
Este proceso ha generado grandes controversias sobre los riesgos
que conlleva tanto el control mundial del sistema alimentario
por unas cuantas compañías con enorme poder (simplemente
Monsanto controlaba en el 2000 el 86% del mercado), sobre el proceso
de la erosión genética de las semillas que forman
parte del sistema alimentario mundial, y la potencial contaminación
genética de las semillas criollas y entre las especies.
Este tema se vuelve especialmente agudo, ya que la principal dinámica
de deforestación en Brasil es para la siembra de soya,
misma que en Argentina se ha vuelto el producto genéticamente
modificado de exportación. Hasta la mitad de la década
de los 90, las grandes plantaciones de soya en Brasil se expandían
sobre los cerrados. Sin embargo, a partir de 1997, con el nuevo
Programa de Integración, la economía internacional
del gobierno brasileño –el Avanza Brasil–,
las estadísticas comienzan a mostrar un rápido aumento
de la producción de este grano (de 3,000 t en 1997 a 45,000
t en el 2002) en Rondonia, en plena Amazonía en áreas
de selva tropical densa, así como a lo largo de la carretera
que liga Manaus con Caracas. En el terreno forestal, se expanden
plantaciones con árboles de rápido crecimiento genéticamente
modificados, sin que se tome en cuenta los impactos actuales y
posibles sobre los bosques y las selvas naturales. Este tema se
vuelve especialmente sensible para los países megadiversos
de América Latina y los centros de origen de la agricultura
en donde ya se ha detectado contaminación genética
de los organismos genéticamente modificados. Detrás
de estos procesos domina la lógica de la división
internacional del trabajo por regiones ecológicas y sociales,
del sistema alimentario mundial para producir proteína
animal frente a otras alternativas. Este hecho produce también
una contradicción y dicotomía entre agricultura,
ganadería y manejo forestal. En América Latina,
Chile es el país que ha dado un impulso sustancial a la
producción forestal maderable en el esquema anteriormente
descrito. ¿A qué precio? Esta nación promovió
durante la contrarreforma agraria pinochetista, dos millones 100
mil hectáreas de plantaciones de Pinus radiata y eucalipto,
de tal manera que hoy en día, a pesar de que se cuenta
con 13 millones 500 mil hectáreas de bosques naturales,
la producción comercial es de tres millones de metros cúbicos,
mientras que las 2.5 millones de hectáreas producen 20
millones de metros cúbicos de madera. En 100 mil ha de
la cordillera de la Costa Provincia de Valdivia, el 44.8% de las
plantaciones se realizaron sobre la base de sustitución
de bosques nativos. Entre los años 1978 y 1986 se cortó
y quemó el 31% de los bosques nativos de la Cordillera
de la Costa en la VIII Región del Bío-Bío,
y sobre este territorio arrasado se instalaron 27,085 hectáreas
de plantaciones forestales. Estas plantaciones se parecen más
a un monocultivo de cereales que a un bosque. Son de alguna manera
una contribución humana al proceso de degradación
biológica de los ecosistemas y a la reducción funcional
como “trampas eficientes de energía solar”
intensivas en biomasa. Con respecto a la flora acompañante,
las plantaciones de pino presentan también desequilibrios
poblacionales, sobre todo cuando se hacen los aclareos o raleos.
Esto es, se eliminan otras especies y se interrumpe el ciclo normal
de sucesión ecológica. En relación con las
cuencas, la tendencia en las plantaciones de pino presente un
rendimiento hídrico 28% de menor en verano que en presencia
del bosque nativo, mientras que en invierno se observan en las
plantaciones caudales instantáneos mayores lo que vacía
rápidamente la cuenca. Asimismo, en las áreas de
plantaciones se registran cerca del doble de los sedimentos totales
que los encontrados en cuencas cubiertas con bosque nativo. La
población de la región del Bío-Bío
se queja de la alta contaminación de los ríos generada
por las fábricas de celulósicos. Para ser eficientes
y competitivos, el territorio tiene que manejarse en grandes áreas
sin más presencia humana que los que se requieren para
la administración de la gran empresa, expulsando a la población
indígena de sus territorios,3 y generando una aguda conflictiva
social.4 Como consecuencia, el modelo agroexportador chileno genera
una enorme deuda ecológica y social.
Dentro
de los diseños estratégicos de las políticas
del desarrollo sostenible para el desarrollo del sur de México
y Centroamérica, se prepara el Plan Puebla-Panamá.
El Plan pretende implantar, sin expresarlo explícitamente,
el modelo chileno agro-exportador. Se afirma que por la debilidad
del mercado interno y por la disponibilidad de agua, recursos
naturales y mano de obra habría que impulsar grandes plantaciones
de cultivos perennes tanto en los valles como en las laderas no
aptas para la agricultura. Para ello propone profundizar las reformas
del artículo 27 constitucional de 1992 para la privatización
del ejido y las tierras comunales. Bajo el concepto del “desarrollo
sostenible”, el Plan prevé una gran inversión
en infraestructura portuaria y carretera así como hidráulica;
los campesinos indígenas que viven en las laderas deben
castellanizarse, migrar y calificar su mano de obra para empresas
privadas.5
CULTURA
Y SUSTENTABILIDAD
Frente
al dominio de la racionalidad económica en el proceso de
globalización, en los últimos diez años se
han venido afianzando los principios de una “cultura ecológica”,
que movilizan y guían los procesos sociales hacia el desarrollo
sustentable arraigados en racionalidades culturales constituidas
por las diferentes formas de organización simbólica
y productiva de los pueblos indios y de las comunidades campesinas.
Estas racionalidades culturales comprenden un complejo sistema
de valores, ideologías, significados, prácticas
productivas y estilos de vida que se han desarrollado a lo largo
de la historia, que se especifican en diferentes contextos geográficos
y ecológicos y que se actualizan en el presente como estrategias
alternativas de sustentabilidad frente a la racionalidad imperante
del mercado global.
La
degradación ambiental y la destrucción de sus recursos,
causados por el proceso de crecimiento y globalización
económica, enmascaradas hoy en día por el propósito
de un “desarrollo sostenible”, han estado asociadas
a la desintegración de valores culturales, identidades
y prácticas productivas de las “sociedades tradicionales”
fundadas en otras matrices de racionalidad mucho más próximas
de una lógica ambiental. Frente a estos procesos dominantes,
las estrategias alternativas para el desarrollo sustentable, basadas
en la diversidad cultural, están legitimando los derechos
de las comunidades sobre sus territorios y espacios étnicos,
sobre sus costumbres e instituciones sociales, y por la autogestión
de sus recursos productivos. Los principios de diversidad en el
ambientalismo enfrentan la homogeneidad de patrones productivos,
defendiendo los valores de la diversidad de contextos ecológicos,
la pluralidad cultural y la preservación de las identidades
de los pueblos. Estos principios éticos aparecen como una
condición para alcanzar los objetivos del desarrollo sustentable
a escala local y global.
Muchas
de las condiciones ecológicas y culturales de una sustentabilidad
se han incorporado en las prácticas productivas de las
sociedades “tradicionales”,6 y se reflejan tanto en
sus formaciones simbólicas como en sus instrumentos tecnológicos,
configurados en largos procesos de co-evolución con la
naturaleza, de transformación ambiental y asimilación
cultural (Levi-Strauss 1972, Descola 1996). Las prácticas
productivas fundadas en la simbolización cultural del ambiente,
en creencias religiosas y en significados sociales asignados a
la naturaleza, han generado diferentes formas de percepción
y apropiación, reglas sociales de acceso y uso, prácticas
de gestión de ecosistemas y patrones de producción
y consumo de recursos. De esta manera se configuraron las “ideologías
agrícolas tradicionales” (Alcorn 1989) y las “estrategias
productivas mesoamericanas” (Boege 1988), basadas en el
uso múltiple y sustentable de los “ecosistemasrecurso”
(Morello 1986). Estas estrategias culturales para el manejo sustentable
de recursos naturales se basan en la racionalidad cultural que
subyace a las clasificaciones de la naturaleza –la taxonomía
folk– que refleja el conocimiento local de diferentes grupos
étnicos, es decir, los sistemas de crencias, saberes y
prácticas que forman sus “modelos holísticos”
de percepción y uso de los recursos (Pitt 1985). Estas
formas de significación están íntimamente
incorporadas a las identidades culturales de los pueblos y comunidades,
configurando los estilos étnicos (Leroi-Gourhan 1965) que
organizan prácticas de uso de la naturaleza y que constituyen
el patrimonio de recursos naturales y culturales de las poblaciones
indígenas y las sociedades campesinas. Desde perspectivas
alternativas del desarrollo sustentable de América Latina,
varios autores han estudiado el funcionamiento de la racionalidad
ecológica de las prácticas productivas arraigadas
el “estilo de desarrollo prehispánico” (Gligo
y Morello 1980), el “modo de producción campesino”
(Toledo 1980), las “complementariedades eco-simbióticas
verticales” (Condarco y Murra 1987), los campesinos de las
florestas, como los seringueiros de la Amazonía brasileña
(Almeida 1992, Porto-Gonçalves 2001) y la “utopía
andina” (Burgoa y Flores Galindo, 1982). Estos análisis
ponen de relieve los procesos mediante los cuales las diferentes
culturas de la región internalizaron las potencialidades
ecológicas de sus territorios en sus formas de organización
productiva para el uso sustentable de la tierra y de los recursos
naturales. Estas prácticas tomaron en cuenta las complementariedades
de la diversidad ecológica y los espacios geográficos,
integrando regiones que se extendían más allá
de los territorios de un grupo étnico particular. Dicha
estrategia permitió optimizar la oferta ecológica
de diversas geografías, el uso estacional de los espacios
productivos y de la fuerza de trabajo, el manejo de los ciclos
y pisos ecológicos, así como la fertilidad de la
tierra y los tiempos y procesos de regeneración de los
recursos, para ensayar diferentes estrategias de policultivos,
integrando la producción local al espacio territorial a
través del comercio interregional y el intercambio intercomunal
de excedentes económicos.
Los espacios étnicos de América Latina fueron y
siguen siendo hoy escenarios de estrategias de supervivencia y
de etno-eco-desarrollo mediante el desarrollo de prácticas
productivas sustentables; así se generaron importantes
tecnologías agrícolas y trabajos públicos
para el uso sustentable de recursos hidrológicos y para
el incremento de la fertilidad de la tierra, técnicas para
la conservación de agua y la prevención de erosión,
así como de variadas innovaciones y estrategias agroecológicas:
terrazas, chinampas, andenes y camellones (Murra 1975, Romanini
1876, Denevan 1980a, 1980b, Masuda et al. 1985, CEPAL-PNUMA 1983,
de la Torre y Burgoa 1986, Uribe 1988, San Martín Arzabe
1990, Altieri y Nicholls 2000). Este vasto repertorio de conocimientos
técnicos y prácticas productivas permitió
el desarrollo y guió la evolución de las diferentes
culturas que habitan la región andina y las zonas tropicales
americanas.
Las culturas autóctonas han resistido y asimilado procesos
de aculturación y cambio tecnológico en el curso
de la historia, reafirmando y transformando sus rasgos identitarios.
Así, las culturas indígenas americanas han preservado
y redefinido sus identidades en sus encuentros y fusiones interétnicas
en el período prehispánico y en los procesos de
mestizaje que siguieron después de las conquistas española
y portuguesa. De forma similar, la supervivencia de los “pueblos
originarios” en nuestros días está llevando
a las poblaciones indígenas a resignificar sus identidades
y a hibridar sus culturas frente a las estrategias económicas
y tecnológicas para reapropiarse la naturaleza y la biodiversidad
(Escobar 1997a, 1997b). Hoy en día, la cultura está
siendo revalorizada como un “recurso para el desarrollo
sustentable”.7 En esta perspectiva, el legado cultural de
los pueblos indígenas en Latinoamérica aparece como
una parte integral de su patrimonio de recursos naturales, definido
a través de las relaciones simbólicas y productivas
que han guiado la co-evolución de naturaleza y la cultura
a través del tiempo. La organización cultural de
las etnias y de las sociedades campesinas establece un sistema
de relaciones sociales y ecológicas de producción
que de soporte a prácticas alternativas de manejo integrado
y sustentable de los recursos naturales.8
COMPLEMENTARIEDADES
ECOLÓGICAS, TEMPORALIDADES CULTURALES E IDENTIDADES ÉTNICAS
Las
estrategias productivas de las culturas indígenas implicaron
el desarrollo de diferentes prácticas de uso sustentable
de los recursos de cada grupo étnico. Los principios ecológicos
de estas culturas fueron integrados en las relaciones sociales
y las fuerzas productivas de muchas comunidades campesinas. El
ordenamiento ecológico de sus procesos productivos operó
a través de la complementariedad de espacios territoriales
y ciclos ecológicos para el manejo sustentable y productivo
de recursos naturales: estaciones de lluvia y sequía; distribución
anual de diferentes cosechas seleccionadas por patrones de crecimiento
diferenciados y por las condiciones climáticas de cada
estación; el uso integral de plantas específicas
y el manejo integrado de variedades genéticas de diferentes
especies (maíz, papas), dependiendo de las condiciones
topográficas y la calidad del suelo; de diferentes estrategias
de uso final (autoconsumo/mercado) e insumos tecnológicos
(maquinaria, fertilizantes). Estas estrategias de complementariedad
y diversificación de funciones ecológicas generaron
prácticas de cultivos múltiples y combinados, así
como de uso integrado de los recursos naturales en huertos familiares,
milpas y acahuales; éstas significaron importantes estrategias
de aprovechamiento sustentable del bosque tropical, mediante el
manejo de la sucesión secundaria de los ecosistemas y la
regeneración selectiva de los recursos, que fueron desarrolladas
por diversas poblaciones indígenas y han sido incorporadas
a muchas comunidades campesinas.
Estos
“estilos prehispánicos de desarrollo sustentable”,
caracterizados por la articulación productiva de diferentes
ecosistemas y territorios étnicos, provenían de
la percepción de la naturaleza como un proceso sinérgico
e integrado y no como un acervo (stock) de recursos discretos.
Estas estrategias optimizaron el uso del trabajo a través
de la diversificación de la producción, ajustándose
a las condiciones ecológicas y al potencial ambiental de
cada región, integrando actividades agroforestales con
la caza, la pesca y la recolección de especies vegetales.
Este estilo de desarrollo fomentó la complementariedad
de los procesos de trabajo y las prácticas de cooperación
interétnicas para el manejo integrado de los recursos naturales.
De esta manera, la integración de las economías
familiares y comunales permitieron el intercambio y consumo de
productos dentro de sus territorios indígenas. Al mismo
tiempo, se establecieron reglas sociales para la regulación
colectiva de la producción, a través de largos procesos
de observación de la naturaleza, experimentación
productiva, innovación técnica e intercambio de
saberes. En este sentido, las identidades étnicas fueron
significando y definiendo diferentes estrategias de apropiación
sustentable de la naturaleza. Es en este sentido que la cultura
está integrada dentro de las condiciones generales de una
producción sustentable; las identidades étnicas
y los valores culturales, así como las prácticas
comunales para el manejo colectivo de la naturaleza, fueron y
son la base para el desarrollo del potencial ambiental para la
sustentabilidad de cada región y cada comunidad. La cultura
se convierte así en un principio activo para el desarrollo
de las fuerzas productivas, en un paradigma alternativo de sustentabilidad;
la productividad ecológica y la innovación tecnológica
están entretejidas con procesos culturales que definen
la productividad social de cada comunidad; y éstas, a su
vez, se enlazan para generar una economía global alternativa,
fundada en las fuerzas productivas de la naturaleza y en los sentidos
creativos de la cultura (Leff 1993, 1994a). En las culturas tradicionales,
el conocimiento, los saberes y las costumbres están entretejidas
en cosmovisiones, formaciones simbólicas y sistemas taxonómicos
a través de las cuales clasifican a la naturaleza y ordenan
los usos de sus recursos; la cultura asigna de esta manera valores-significado
a la naturaleza, a través de sus formas de cognición,
de sus modos de nominación y de sus estrategias de apropiación
de los recursos. La cultura se inscribe en las múltiples
funciones de la naturaleza a través de las prácticas
agrícolas de preservación de los procesos ecológicos,
de protección de la erosión y mantenimiento de la
fertilidad del suelo; de conservación de la diversidad
genética y biológica; de regeneración selectiva
de especies útiles; de manejo integrado de recursos naturales
silvestres y especies cultivadas; y de innovación de sistemas
agroecológicos altamente productivos, como los camellones
peruanos y las chinampas mexicanas. De esta manera, las prácticas
sociales y productivas están íntimamente asociadas
a valores y procesos simbólicos que organizan las formas
culturales de apropiación de la naturaleza y los servicios
ambientales. La organización cultural regula el uso de
recursos para satisfacer las necesidades de sus miembros, configurando
mecanismos culturales que norman el acceso social a la naturaleza,
dan forma al desarrollo tecnológico y regulan los ritmos
de extracción y transformación de los recursos.
Las relaciones de parentesco, las formas de reciprocidad, las
formas de propiedad comunal y los derechos territoriales favorecen
el uso sustentable de los recursos naturales. El acceso socialmente
sancionado a la naturaleza se define a través de tradiciones
culturales que establecen las formas de tenencia de la tierra,
de propiedad y manejo de recursos ambientales, las relaciones
de género y edad, la división del trabajo y la distribución
de actividades productivas. Estas condiciones sociales y racionalidades
culturales especifican los patrones de uso de los recursos naturales
de las culturas andinas, mesoamericanas y amazónicas del
continente. La percepción holística del medio ambiente
juega un papel fundamental en los sistemas cognitivos de las sociedades
tradicionales. Sus cosmovisiones integran sus mitos y rituales
a sus prácticas productivas; su
conocimiento de los fenómenos geofísicos (fases
lunares y estaciones; ciclos bio-geo-químicos, ecológicos
y ciclos hidrológicos) está asociado al conocimiento
de diferentes tipos de suelos y condiciones topográficas,
permitiendo un aprovechamiento complementario del espacio ecológico
y generando estrategias de uso múltiple e integrado de
los recursos. Estas prácticas de uso integrado y múltiple
de recursos naturales están basadas en normas culturales
y conocimientos tradicionales que codifican el ambiente, preservando
la biodiversidad e incrementando la capacidad de las comunidades
para satisfacer sus necesidades materiales y sus aspiraciones
culturales (Toledo y Argueta 1993, Leff y Carabias 1993, Porto
Gonçalves 2001). La naturaleza se convierte así
al mismo tiempo en un recurso económico y un patrimonio
cultural.
Los
valores culturales, entretejidos en las formaciones ideológicas,
en los sistemas de saberes y conocimientos, y en la organización
social y productiva de los pueblos, constituyen condiciones de
sustentabilidad. Estas formas de cohesión social y autosuficiencia
permiten hoy la supervivencia de diferentes poblaciones rurales
y contribuyen a la sustentabilidad global del planeta. Estas prácticas
de uso múltiple de los recursos naturales están
reafirmando identidades y enraizando una racionalidad ambiental
en territorios culturales para el desarrollo sustentable.
LOS
SABERES LOCALES Y LA REAPROPIACIÓN INDÍGENA DE LA
NATURALEZA
Los
saberes indígenas y sus derechos de apropiación
de la naturaleza se han abierto camino lentamente dentro de la
agenda del desarrollo sustentable. En este sentido, el Principio
22 de la Declaración de Río señala que: “Los
pueblos indígenas y sus comunidades, así como otras
comunidades locales, desempeñan un papel fundamental en
la ordenación del medio ambiente y en el desarrollo debido
a sus conocimientos y prácticas tradicionales. Los Estados
deberían reconocer y prestar el apoyo debido a su identidad,
cultura e intereses y velar porque participaran efectivamente
en el logro del desarrollo sostenible”. Adicionalmente,
los principios 9 y 10, relativos al acrecentamiento del saber
científico y tecnológico, a través del intercambio,
el desarrollo, la transferencia, la adaptación y la difusión
de las ciencias y la tecnología, así como el de
la participación de todos los ciudadanos han repercutido
en el Convenio sobre la Diversidad Biológica, como lo destaca
el debatido inciso J del artículo 8;9 los incisos C y D
del artículo 10,10 el inciso 2 del artículo 1711
y el inciso 4 del artículo 18.12 En la Cumbre Mundial sobre
Medio Ambiente y Desarrollo, la participación indígena
tuvo lugar en foros específicos pero también en
los de tipo general, en donde quedó claro que es a través
de sus patrimonios culturales, y en particular de sus saberes,
que pueden y deben participar ampliamente en tanto que pueblos
en el establecimiento de estrategias, programas y proyectos para
el desarrollo sustentable (Warren 1991, Argueta 1993, Davis y
Ebe 1995). De entonces a la fecha el tema ha sido de gran significación
e importancia para diversas organizaciones indígenas, entre
las que destacan aquellas de carácter regional y global
como la Alianza de los Pueblos de los Bosques Tropicales, la Red
Indígena sobre la Convención de la Biodiversidad,
la Organización Vía Campesina y otras, que vienen
participando activamente en los asuntos prioritarios en la agenda
global como el Convenio sobre Diversidad Biológica.
Los
saberes indígenas son parte de un conjunto mayor que se
denomina “saberes locales”, “sabiduría
popular”, “folklore”, o en formas más
precisas: “ciencia indígena” (De Gortari 1963),
“macrosistemas” (López-Luján y López-Austin
1996), “ciencias nativas” (Cardona 1986), “conocimiento
popular y ciencia del pueblo” (Fals Borda 1981, 1987), “conocimiento
campesino” (Toledo, 1994), y que a su vez son incluidos
en dominios más amplios tales como “saberes subyugados”,
“tradición científica no occidental”
o “ciencia emergente”. En la literatura anglosajona
se les denomina: traditional knowledge, non western knowledge
o traditional ecological knowledge. En términos generales,
estos saberes son conjuntos de conocimientos prácticos,
experimentales y reflexivos, que han sido patrimonio cultural
de los pueblos y que se transmiten entre generaciones. Se trata
de un conjunto muy diverso de saberes, a los que denominamos “sistemas
de saberes indígenas” (Argueta y cols. 1994), arraigados
en los campos que constituyen el patrimonio natural y social de
los pueblos: la tierra como referente central y base de la producción
alimentaria y la reproducción social; el cuidado de la
salud y apoyo contra la enfermedad; el territorio y la naturaleza
como espacios de elaboración y reelaboración de
la identidad; el lenguaje y los sistemas de comunicación;
la historia y la memoria colectiva; las normas de convivencia
entre parientes y vecinos; las relaciones con otros pueblos y
sociedades que se expresan en las formas de convivencia y en el
derecho consuetudinario; los mitos y ritos, la religiosidad y
las festividades donde se plantean las interrogantes de la vida
trascendente de los pueblos. En este punto es importante recordar
las propuestas de Baraona (1987), Leff (1998), Toledo (1994) y
Villoro (1989) relativas a los componentes del corpus y la praxis
de los saberes campesinos e indígenas, las diferencias
y las similitudes entre la ciencia y la sabiduría, y a
los saberes ambientales estructurados como formas de apropiación
cognoscitivas, como respuestas a los problemas que se han enfrentado
y que enfrentarán en el futuro para la sustentabilidad
de sus culturas y su etno-eco-desarollo.
LOS
PUEBLOS COMO SUJETOS SOCIALES Y POLÍTICOS
En
las últimas tres décadas del siglo XX, los pueblos
indígenas de América Latina, creadores y depositarios
de los saberes tradicionales, se gestaron como nuevos sujetos
sociales y políticos, tal como lo señalan las Declaraciones
de Barbados y otros documentos (Declaración de BarbadosI
1971, Documentos de la II Reunión de Barbados 1979, Rodríguez
y Varese 1981). Desde principios de los años setenta, estos
pueblos comenzaron a establecer organizaciones de carácter
abierto, de diversos niveles de participación, las cuales
no sólo generaron demandas sobre problemas ancestrales,
para los cuales plantearon propuestas y soluciones originales,
sino que abrieron perspectivas para la construcción de
una nueva racionalidad social y productiva y una alternativa al
paradigma de la civilización occidental y a su modelo insustentable
de desarrollo.
Desde
entonces se planteó entre sus reivindicaciones la de fortalecer
dentro de su patrimonio cultural y sus cosmovisiones, los sistemas
de saberes indígenas, sus formas simbólicas de percepción,
significación y relación con la naturaleza, y sus
normas culturales y de organización social para la gestión
de un desarrollo propio. Uno de los mayores “puntos de ruptura”
que permiten ver la diferencia radical entre el proyecto indígena
y el occidental, es su concepción y relación con
la naturaleza, donde “el hombre es parte integrante e indisoluble
del cosmos y su realización plena consiste en ajustarse
armónicamente al orden universal de la naturaleza. El hombre
es naturaleza, no domina ni pretende dominar, convive.”
(Bonfil 1981). Durante la década de los 70 y principios
de los 80, uno de los objetivos básicos de las luchas de
los pueblos indígenas estuvo orientado a la reapropiación
de la tierra y la defensa de los recursos naturales, así
como la adopción de una educación propia y el derecho
al goce de su cultura.
De
esta manera, Mejía y Sarmiento (1987) subrayan que el “movimiento
indígena es la expresión de un sector social que
no sólo se ha negado a desaparecer a través de los
siglos, sino que ahora exige, en virtud de su pertenencia a un
grupo étnico, recuperar sus tierras y recursos, recrear
su cultura preservando lenguas y costumbres y participar políticamente
en la planeación de su futuro.” Es a partir de los
esfuerzos realizados en esa perspectiva, que a principios de los
años 80 y durante los 90, fueron formulados, en foros y
reuniones de carácter regional, los conceptos de Etnodesarrollo
(Declaración de San José 1982), Desarrollo participativo
(1985), Dimensión cultural del desarrollo (1990), Desarrollo
culturalmente apropiado (1994) y Desarrollo con identidad (1996).
Asimismo, en los resolutivos de los congresos nacionales de la
Asociación de Profesionales Indígenas Bilingües,
del Consejo Nacional de Pueblos Indígenas, de la Coordinadora
Nacional Plan de Ayala, del Movimiento 500 Años y del Congreso
Nacional Indígena, entre otros, se desarrollaron propuestas
para reconocer estos conceptos políticos en apoyo a las
autonomías de los pueblos. Junto a las declaraciones y
los documentos señalados, los acuerdos y convenios regionales
e internacionales constituyen un marco legal y de compromisos
multilaterales que hacen posible e incluso obligatoria la participación
de los pueblos indígenas, con base en sus sistemas de saberes
indígenas en relación con la conservación
y aprovechamiento de la biodiversidad y los ecosistemas. En este
sentido, uno de los instrumentos jurídicos internacionales
más utilizados por las propias organizaciones indígenas
para apoyar sus demandas y derechos, ha sido la Convención
169 de la Organización Internacional del Trabajo.
Pero
uno de los documentos más recientes que reconoce los sistemas
de saberes indígenas es el que fue emitido por la Conferencia
del Consejo Internacional para la Ciencia (originalmente Consejo
Internacional de Uniones Científicas (ICSU-UNESCO), conocido
como la “Declaración sobre la ciencia y el uso del
saber científico” o Declaración de Budapest,
en enero de 1999, que estableció la necesidad de incluir
“los sistemas tradicionales y locales de conocimiento, como
expresiones dinámicas de la percepción y la comprensión
del mundo, pueden aportar, y lo han hecho en el curso de la historia,
una valiosa contribución a la ciencia y la tecnología,
y que es menester preservar, proteger, investigar y promover ese
patrimonio cultural y ese saber empírico” (Consideración
26), así como “desarrollar aún más
los marcos jurídicos nacionales para satisfacer las exigencias
específicas de los países en desarrollo y tener
en cuenta el saber, las fuentes y los productos tradicionales,
velar por su reconocimiento fundado de los propietarios consuetudinarios
o tradicionales de ese saber” (Proclama 38).
GLOBALIZACIÓN,
INTERCULTURALIDAD Y DIÁLOGO DE SABERES
El
proceso de globalización plantea tres retos fundamentales
a la sustentabilidad: la conservación de la biodiversidad
y los equilibrios ecológicos del planeta; la democracia,
la participación social y la diversidad cultural; el conocimiento,
la educación, la capacitación y la información
de la ciudadanía. En esos ámbitos se inscriben los
planteamientos que los pueblos indígenas de principios
del siglo XXI hacen a los estados nacionales de la región
latinoamericana: el respeto y apoyo a las formas productivas y
estilos de manejo de los recursos naturales, así como el
apoyo a sus sistemas de saberes y su expresión en sistemas
de educación interculturales; el reconocimiento y el pleno
ejercicio de sus derechos ciudadanos, con marcos de participación
más amplios que los actuales; el reconocimiento del derecho
consuetudinario y de las formas de elección de las autoridades
locales y regionales; el establecimiento de estatutos comunales
y regionales de autonomía, con el apoyo para el pleno ejercicio
de sus lenguas, y la recuperación y práctica de
las religiones ancestrales u originarias, al mismo tiempo que
el acceso a la intercomunicación y la información
contemporáneas. La incorporación de la dimensión
cultural en las perspectivas de la sustentabilidad abre el debate
a una diversidad de enfoques sobre las alternativas a los problemas
de la vida contemporánea y a la globalización. Los
patrimonios simbólicos de las diversas culturas ofrecen
vías para el enriquecimiento cultural del mundo a través
de la vía de la diferenciación, así como
para construir una nueva racionalidad productiva y un nuevo paradigma
de desarrollo (Leff 1993, 1994). Estos recursos culturales son
antídotos para las “enfermedades” del racionalismo
y para el “malestar de la cultura occidental” como
lo ha señalado Villoro (1996). Entre las aportaciones provenientes
de la cultura a un desarrollo diversificado, Arizpe (1994) señala:
las formas de gobierno de las poblaciones indígenas, sus
formas de conocimiento y sistemas de saberes, sus patrimonios
culturales tangibles e intangibles que han definido el perfil
histórico de la mayoría de las naciones de América
Latina, a través de sus formas de vida comunitaria, sus
simbolismos y sus identidades.
El
principio del diálogo ha implicado la tolerancia de las
creencias y los valores que, más allá de la aceptación
de la inevitable existencia de los otros puntos de vista, se expresa
como respeto, reconocimiento de su legitimidad y como buena voluntad
de entender sus razones. Primero fue el diálogo, después
la dialéctica. La dialéctica, cultivada desde las
doctrinas platónicas y la aristotélica hasta el
hegelianismo y el marxismo, deriva su nombre, del diálogo
en la historia de la filosofía. El diálogo de saberes
adquiere nuevos visos en las perspectivas del desarrollo sustentable,
concebido como una gestión participativa de los recursos
ambientales, pues lo que está en juego no es sólo
el objetivo de alcanzar la verdad a través del diálogo
y pensar el devenir a partir de la dialéctica. Lo que está
en juego es la resolución de problemas ambientales complejos,
pero también la cuestión de una reapropiación
social de la naturaleza, proceso en el que confluyen diversos
actores sociales, cada uno con sus identidades e intereses conformados
por conocimientos y saberes diferenciados. De manera que el desarrollo
sustentable reclama ir más allá de la idea de una
articulación de las ciencias para alcanzar una gestión
ambiental del desarrollo (Leff 2000), para plantear una re-articulación
o hibridación de conocimientos científicos y saberes
tradicionales.
Dentro
de las actuales estrategias del poder en el saber que establece
el discurso y la geopolítica del desarrollo sostenible
se han abierto así nuevos procesos de conocimiento y diálogo
de saberes, dentro de los que cabe señalar los siguientes:
a)
La problematización de las ciencias y sus aplicaciones
desde la perspectiva ambiental del desarrollo ha generado un conjunto
de nuevas disciplinas ambientales (economía ecológica,
agroecología, etc.).
b)
La privatización del conocimiento como la principal fuerza
productiva y forma de control económico y político
del capital, incluyendo no sólo la incorporación
de la ciencia y la tecnología a las fuerzas productivas
del capital, sino incluso la capitalización de los saberes
indígenas en los procesos de etno-bio-prospección.
c)
La reapropiación e hibridación de los conocimientos
y los saberes que poseen y realizan los indígenas y campesinos
dentro de sus prácticas productivas.
En
estos flujos y reflujos del conocimiento para la sustentabilidad
se debaten dos tendencias fundamentales, por una parte, la de
la privatización del conocimiento y la capitalización
del saber, y por la otra, la de la apropiación colectiva,
comunitaria de saberes. Mientras que la primera tendencia está
marcada por métodos de valoración de la naturaleza
procedentes de la economía ambiental (valorización
de la biodiversidad por su riqueza genética, sus valores
escénicos y ecoturísticos o como sumideros de carbono),
la segunda tendencia incluye un amplio intercambio de experiencias
campesino-campesino, fundadas en un diálogo de saberes,
donde están surgiendo nuevas estrategias de manejo sustentable
de los recursos, tales como las reservas extractivistas en Brasil
y el manejo de forestería social y la agricultura orgánica
en México y otros países de la región. Actualmente,
varios grupos de trabajo pioneros están empeñados
en el desarrollo del diálogo intercultural y señalan
que sobre un plano de intereses comunes y explícitos, se
pueden delinear puntos de contacto para llevar a cabo un diálogo
sin subordinaciones y una reeducación para el aprendizaje
mutuo que produzca una sinergia recíproca que genera conocimientos
prácticos más eficaces y adaptados a las condiciones
culturales y ecológicas de las comunidades involucradas
(Haverkurt 1996, Hernández 2000). Sin embargo, ello no
significa que hayan cambiado las situaciones de poder en el saber
que continúan determinando la subordinación de los
pueblos indígenas hacia las sociedades nacionales en los
países de la región, ya que el fortalecimiento y
transformación de los sistemas de saberes indígenas
está vinculado al desarrollo social, económico,
político y jurídico de los pueblos indígenas.
Los
saberes occidentales y los saberes indígenas conforman
sistemas de saberes o conocimientos que parten de perspectivas
distintas, operan bajo procesos diferentes y sirven a propósitos
distintos, aunque pueden arribar a resultados comparables. Por
todo lo anterior, ante la propuesta del diálogo y articulación
de saberes, tanto desde los rectores occidentales como desde los
rectores indígenas se ofrecen diversas respuestas, que
configuran por lo menos tres posiciones claramente definidas:
a)
La primera posición, defendida por las organizaciones y
los pueblos originarios, afirma que los sistemas de saberes indígenas
tienen sus propias formas de integración dentro del sentido
de cada cultura, sin que necesariamente puedan traducirse en formas
universales de conocimiento. Un “hombre de conocimiento”
mazateco de México, o un médico ashaninka de Perú
no necesitan saber que su conocimiento es regional o universal,
simplemente no se lo plantean y no les sirve de nada indagarlo,
ya que no les construye y no les fortalece. Sus saberes son explícitos
para ellos mismos, que se definen como hombres de conocimiento
y de poder dentro de las cosmovisiones de sus pueblos.
b)
La segunda posición afirma el diálogo pero después
de “cerrarse” para un largo proceso de depuración
y fortalecimiento interno. Por supuesto que es una perspectiva
casi imposible. La formulación del diálogo va junto
con la necesidad de abrirse, no de cerrarse, lo cual no significa
(ni evita tampoco) que no deba hacerse un intenso trabajo interno.
c)
Una última posición, más pragmática,
subraya que el “anti-diálogo” es muy antiguo
y el diálogo apenas ha comenzado por sectores y entre individuos
y que lo que debe hacerse hoy es no rechazarlo ni cerrarse para
después salir, sino sentar las bases y sumar esfuerzos
para un diálogo verdadero.
Por
parte de los portadores de los sistemas de saberes occidentales
–entre los que podemos incluir a algunos agrónomos,
médicos, ambientalistas, abogados, etc.–, existen
también diversas opiniones sobre los sistemas de saberes
indígenas, que permiten establecer cuatro tendencias: a)
la primera no percibe su existencia y cuando se aproxima a ellos
los califica de obsoletos y arcaicos; b) la segunda preconiza
su erradicación instantánea o paulatina, pues los
entiende como altamente destructivos y como barrera a la modernización;
c) la tercera los entiende de manera romántica o pretende
articularlos de manera instrumental; y de la cuarta tendencia,
todavía minoritaria, los ve como fuente de aprendizaje
para fortalecer el intercambio y el diálogo de saberes.
Empero, las cuatro tendencias están de acuerdo en que no
puede perpetuarse la clandestinización y la destrucción
de las bases históricas y sociales de los sistemas de saberes
indígenas u originarios. Los procesos que se han abierto
dentro de las perspectivas del diálogo de saberes estructuran
un conjunto de relaciones que pueden analizarse sobre la base
de lo que se ha denominado Hipótesis de la Separación
Orgánica (Argueta 1997), basadas en tres afirmaciones principales:
de la Divergencia, de la Convergencia y del Paralelismo Complementario.
La primera subraya la imposibilidad de diálogo alguno,
la segunda asegura la total incorporación de los saberes
no occidentales a la corriente general de la ciencia occidental,13
y la tercera propone el mantenimiento de las especificidades y
la articulación puntual en espacios no subordinados. En
la divergencia no hay articulación ni diálogo intercultural,
y por ahora solamente oposición de fuertes sectores de
ambas vertientes. La base argumentativa consiste en que el diálogo
ejercido hasta ahora se ha traducido siempre en atropello para
una de las partes. En la convergencia la articulación es
utilitaria e instrumental, subordinada, del tipo que Leff (1994:
capítulo 1) denomina “articulación técnica”.14
La única posibilidad para una articulación no subordinada,
igualitaria, es la de tipo complementario para saberes paralelos.
Esta tendencia niega la divergencia absoluta así como la
fatalidad de la convergencia.
Si
bien los puntos de partida y llegada son diferentes, cuando los
objetos son similares los procesos cognoscitivos sólo varían
en grado y los resultados son altamente similares y comparables.
Es por ello que al mismo tiempo que son susceptibles de articularse
para resolver problemas de interés mutuo, son capaces de
desarticularse una vez ocurrido el proceso anterior. En tales
puntos de contacto, puede haber momentos de gran intercambio y
enriquecimiento mutuo, y de hecho así ha sucedido históricamente
aunque sin reconocimiento explícito, sobre todo de parte
de la vertiente dominante (Zolla 1984, Fals Borda 1987).
El
diálogo en esta perspectiva tiene una utilidad específica
y un aporte, pues a lo que apunta es a que los sistemas de saberes
indígenas establezcan puntos de articulación y comparabilidad
en el diálogo universal de saberes, que se planteen la
construcción de una tradición rectora, que se estructuren
como poder para la toma de las decisiones que les afectan e instituyan
una tradición formalizada en el marco del conjunto de las
otras tradiciones. En tal sentido, los pueblos indígenas
avanzan en la constitución de sus saberes como conocimientos
explícitos, que reconocen su saber y lo expresan frente
a los otros conocimientos.
La
propuesta que establecemos aquí propone la construcción
de un diálogo posible y necesario (que significa intercambio
y articulación) entre Sistemas de saberes o conocimientos,
sin prejuicios, complacencias o subordinaciones mutuas y paralizantes.
La hipótesis de la Separación Orgánica y
la prevalencia de la Afirmación del Paralelismo Complementario,
se nutre e inscribe en la revisión de la historia de la
ciencia autóctona y la ciencia nacional (Saldaña
1989, 1992, 1996, Cueto 1995), de las tesis de la Teoría
de la Investigación- Acción Participativa (Fals
Borda 1981, 1985, 1987), y en la perspectiva abierta por la reflexión
sobre la interculturalidad, en la explicación de los problemas
culturales y educativos (Mosonyi y Rengifo 1983, Varese et al.
1983, Bonfil 1993, Gigante, 1996). En este sentido avanzan las
perspectivas de la historia de la ciencia y la historia social
de la ciencia en América Latina, desde la construcción
de la Teoría de la Investigación y Acción
Participativa y de la interculturalidad en el proceso educativo.15
El paradigma de la educación bilingüe-bicultural que
predominó en los años 70 y bien entrados los 80,
está comenzado a ser sustituido por el de la educación
intercultural, aunque muchos proyectos lo siguen viendo como solamente
multicultural, es decir, como agregación de culturas, sin
destacar ni reflexionar sobre lo fundamental, pues la perspectiva
intercultural atiende las variadas dimensiones de la diversidad
y “busca la articulación y complementación
entre creencias, saberes y conocimientos locales, regionales y
universales, y contribuye al logro de un pluralismo incluyente.”
(Gigante 1996)
Los
sistemas de saberes se están convirtiendo en un poderoso
instrumento para la reconstitución de los pueblos indígenas
a los cuales pertenecen. El desarrollo pleno de los sistemas de
saberes se dará, en lo general, en el marco del interculturalismo
y la diversidad, pero se está gestando y delineando en
la lucha por el pluralismo ideológico y religioso, la educación
intercultural, la autogestión y la autonomía, y
la transición de los estados nacionales hacía estados
pluriculturales con regímenes cada vez más democráticos.
Si bien los sistemas de saberes indígenas están
presentes en todos los ámbitos del quehacer cotidiano y
se ponen en juego frente a todos los procesos productivos y de
obtención de satisfactores a partir de los recursos naturales,
así como frente a las contingencias ambientales, las modificaciones
y desafíos del medio, también es claro que muchos
de ellos se encuentran en pleno proceso de diálogo con
los saberes occidentales para enfrentar la problemática
ambiental global. En estos procesos se hace una utilización
amplia de saberes, destrezas y capacidades de ambos sistemas entre
las que cabe resaltar tres grandes problemáticas en las
que se conjugan estos saberes:
La
primera es la biodiversidad, e incluye los programas nacionales
para su inventario, conservación y apropiación social,
la conservación de los bosques y selvas, la reducción
de los índices de deforestación y de desertificación
y la recarga de los acuíferos. Los pueblos y sus organizaciones
participan en la realización de los inventarios de recursos
naturales de los territorios indígenas, la prospección
de los recursos forestales no maderables, la formación
de co-investigadores; el establecimiento de equipos mixtos de
trabajo; de bancos de datos en manos de las organizaciones y de
sistemas geográficos de información, entre otras
tecnologías.
La
segunda problemática se refiere a la subsistencia y a la
producción. En territorios y tierras que albergan decenas
de miles de años de relación entre las sociedades
indígenas y las plantas cultivadas, a través de
depuradas tecnologías y procesos de domesticación
ininterrumpidos hasta el día de hoy, se ha planteado la
necesidad de apoyar las semillas nativas y las criollas, las formas
de interrelación entre las plantas cultivadas y las silvestres,
los estilos e instrumentos tecnológicos, las formas de
asociación para la producción, el fortalecimiento
de los mercados locales y regionales de productos agrícolas
que propicien la cobertura del abasto local y regional, la combinación
de tecnologías y estrategias “tradicionales”
y “modernas”, el manejo simultáneo de áreas
productivas y de reserva, la producción de básicos
junto con los cultivos rentables e incluso de exportación
para equilibrar consumo y comercialización, como es el
caso de los cultivos orgánicos, punta de lanza de una nueva
racionalidad para con la tierra, el aire, el agua, los ciclos
biogeoquímicos y la alimentación humana (Toledo
2001).
El
tercer tema es la conservación de los recursos bióticos
en las áreas de conservación establecidas nacional
e internacionalmente, mediante compromisos bilaterales o multilaterales
para lograr el cuidado, la investigación, la experimentación
de nuevos modelos y la conciliación de la conservación
con el desarrollo. En este punto, los saberes se conjugan en la
planeación local y la elaboración de decretos; en
la administración, zonificación y elaboración
del plan de manejo de las áreas naturales protegidas. Asimismo,
se integran saberes en la protección de los recursos de
las reservas (bosques, pastos, áreas lacustres, tierras
altas o bajas, etc.), en el diseño y monitoreo de las obras
de desarrollo que afectan o impactan los territorios, las tierras
y la producción, tales como presas, carreteras, oleoductos.
La conservación in situ con la participación local
de los pueblos indígenas, donde confluyen los centros de
domesticación de plantas cultivadas y las áreas
prioritarias para la conservación (WRI 1992, Mc Nelly y
otros 1990).
Hoy,
como nunca antes, se establecen proyectos locales y regionales,
se genera una masa crítica de técnicos y dirigentes
indígenas, se estructuran redes nacionales y regionales
para estudiar, asumir e impulsar los sistemas de saberes indígenas,
se promueve y apoya la participación de las organizaciones
en los talleres y seminarios nacionales e internacionales sobre
el tema. Los esfuerzos son llevados a cabo por organizaciones
indígenas del más variado nivel, apoyadas y acompañadas
por organizaciones no gubernamentales, universidades, organismos
de gobierno en algunos países, y organismos internacionales
y multilaterales. Pero al mismo tiempo, desde las organizaciones
mismas de los pueblos, se desarrollan en procesos autogestivos
y autonómicos muy diversas experiencias desde la base,
que van delineando y dando forma a una nueva racionalidad ambiental,
cuyo punto de partida son los saberes y la organización
social ancestral o reelaborada, cuya perspectiva es la construcción
de un nuevo horizonte social y ambiental. Lo que trae a la escena
política a nuevos actores sociales en la construcción
de una racionalidad ambiental.
LOS NUEVOS ACTORES SOCIALES Y LA CONSTRUCCIÓN DE UNA RACIONALIDAD
AMBIENTAL
La
resignificación de la naturaleza a partir de los años
60 trajo aparejada una serie de protagonistas que con ella habían
tejido sus vidas y culturas –indígenas, afro-descendientes,
campesinos, ribereños, pescadores –, así como
segmentos sociales que habían sido asimilados a la naturaleza,
como las mujeres. A partir de esa época se cuestiona la
dominación de la naturaleza, como idea central subyacente
al pensamiento moderno-colonial (Porto Gonçalves 2002).
A
partir de los años setenta y ochenta, en varias regiones
de la América Latina y el Caribe, la resistencia de las
poblaciones –que estuvo presente desde el inicio del proceso
de moderno-colonización, se torna visible y es transmitida
en vivo y a todo color a todo el mundo. Así, en el momento
en que se publica Nuestro futuro común, la revista Time
declara al Planeta Tierra como personalidad del año y Chico
Mendes organiza la Alianza de los Pueblos de la Floresta junto
con el indio Ailton Krenak, y en el Pacífico colombiano,
las poblaciones afrodescendientes comenzaban a organizarse en
cooperativas y a reivindicar sus territorios (los palenques).
Así, las poblaciones que hasta ese momento habían
sido invisibilizadas, emergen a la escena política con
prácticas poco conocidas, como la acción conjunta
entre indígenas y no-indígenas subalternizados,
como es el caso de la Alianza de los Pueblos de la Floresta, donde
los seringueiros de la Amazonía establecen lazos de solidaridad
y acción política con indígenas que, históricamente,
acostumbraban matar en sus correrias.16 De esta manera, tanto
la nueva Constitución brasileña de 1988 como la
colombiana de 1991 reconocen formalmente los derechos de las poblaciones
negras a sus territorios –quilombos o quilombolas en Brasil,
palenques en Colombia–.
Es
como si en la década de los 80 se actualizaran los 500
años de moderno-colonización de América Latina
y el Caribe y se tornaran visibles, en función de las nuevas
posibilidades de las comunicaciones y de la resignificación
de la naturaleza al interior de la tercera revolución tecnológica
(biotecnología), muchas de las prácticas societarias
inventadas por aquellos que no solamente sufrieron las acciones
del colonialismo, sino que se reinventaron a partir de sus propias
identidades desde el límite de la sobrevivencia. A pesar
de la opresión a que esas poblaciones fueron sometidas,
no sólo no desaparecieron, sino que existieron resistiendo
–r-existieron–; revivieron reinventándose a
partir de sus propios signos. Hoy, aún después de
500 años de moderno-colonización, muchas poblaciones
en vastas áreas de México, Guatemala, Perú,
Bolivia, Ecuador y Chile ni siquiera hablan el español;
y en el caso más emblemático de Paraguay, la lengua
de las poblaciones originarias –el guaraní–
es lengua oficial.
Esas
poblaciones reinventaron el significado de territorio, concepto
que hasta hace poco fuera aplicado al campo jurídico-político
y como atributo del Estado moderno-colonial, o en el campo de
la biología, como el espacio apropiado por una determinada
especie o como una geografía de cuño naturalista
que asimiló el Estado a su espacio vital. Esas poblaciones,
por medio de diferentes movimientos sociales, trajeron su espacio
geográfico (Gonçalves 2002) cotidiano al centro
de la nueva polis que se estaba constituyendo y con su acción
contribuyeron a ampliar. En ese espacio geográfico concreto
del día a día, lugar de coexistencia de lo diverso,17
se construye el tiempo y la historia. Varias categorías
teóricas hasta entonces marginalizadas en el medio científico,
filosófico y político –espacio geográfico,
territorio, lugar, cotidiano, saber local– ganan legitimidad
a partir de estos nuevos movimientos socioambientales.
Estos
nuevos protagonistas, con sus saberes locales, afirman sus derechos
al territorio –sea cuando plantean que “biodiversidad
es igual a territorio y cultura” (Escobar 1996) como lo
sostienen los afrocolombianos del Pacífico sur de Colombia;
o cuando dicen “no queremos tierra, queremos territorio”,
como afirman los indígenas y campesinos del altiplano boliviano–.
Cuando los seringueiros, las poblaciones de ribereños,
o las mujeres quebradoras de coco de babaçu o coyol (Orbygnia
phalerata) de la Amazonía se territorializan reinventando
sus prácticas como Reservas Extractivistas, están
valorizando todo el contexto ecológico-socio-cultural en
el que habitan.
Se
revela así, por medio de esos movimientos sociales el carácter
absolutista y centralizado del Estado contra los lugares de los
pueblos y sus culturas.18 Así, el centro es absoluto y
la periferia, el saber local, los lugares nada más serían
un espejo deformado del centro, un noser propio. Así, en
Río 1992 se encontraron tanto aquellos que buscaban alternativas
de desarrollo como los que buscaban alternativas al desarrollo.
La fuerte presencia de movimientos sociales de varios tipos contribuyó
a valorizar aquellos que propugnaban por la inserción de
la cuestión ambiental en el contexto sociocultural y político.
El Fórum de Organizaciones No Gubernamentales y de Movimientos
Sociales apuntó definitivamente que la cuestión
ambiental, por lo menos a partir de la sociedad civil, no era
solamente del interés de los ambientalistas, sino también
de los indígenas, campesinos, mujeres, habitantes de las
periferias desvalorizadas y contaminadas y, por eso, habitadas
por pobres, negros y otros sectores marginados de la sociedad
que allí aparecían ampliando la comprensión
de la complejidad socioambiental del planeta en sus diferentes
escalas local, regional, nacional y planetaria. Emerge así
una enorme diferencia que va a caracterizar al campo ambiental,
entre las políticas gubernamentales, donde lo ecológico
se mantiene fuera de los niveles donde verdaderamente se decide
el rumbo general de las políticas (siempre vinculadas al
área económica y financiera) y del otro lado el
campo de la sociedad civil, donde se da una aproximación
cada vez mayor entre los más diferentes movimientos sociales
y al ambientalismo.
El
año 1992 fue un encuentro de la humanidad consigo misma
en su diversidad y no más como espejo del mundo moderno-colonial.
Y eso es lo que hay de verdaderamente nuevo. En ese contexto tiene
sentido hablar de nuevas y, sobretodo, de otras experiencias que
surgen a partir de diferentes matrices de racionalidad –la
de los topoi de Boaventura de Souza Santos y su búsqueda
de una hermenéutica diatópica; la de la revalorización
del lugar que Arturo Escobar busca en una antropología
posdesarrollista (Escobar 2000); la de una racionalidad ambiental
(Leff); la de un mundo en búsqueda de nuevas territorialidades
(Gonçalves 2001, Gonçalves 2002); en fin, de un
mundo donde quepan muchos mundos (Comandante Marcos).
LAS
LUCHAS POR DERECHOS CULTURALES Y LA REAPROPIACIÓN SOCIAL
DE LA NATURALEZA
Nuevas
identidades colectivas están surgiendo en el léxico
político latinoamericano y caribeño, emanando de
añejas condiciones sociales y étnicas, como es el
caso de las poblaciones indígenas o negras; de las múltiples
relaciones con la naturaleza (seringueiro, castañero, pescador,
mujer quebradora de coco de babaçu, retireiro,20 geraizeiro)21
así como las diferentes culturas que recubren los diversos
modos de ser campesino.
Así
como el capitalismo se consolidó en varias regiones del
mundo separando al hombre de la naturaleza, mercantilizando a
esta última y a la fuerza de trabajo, homogeneizando las
relaciones sociales, los diferentes movimientos sociales reivindican
un vínculo mayor con el entorno no sólo como condición
de vida biológica y económico-social, sino también
en el sentido de la vida y de sus múltiples significaciones.
En esa perspectiva emergen en los últimos años varios
movimientos sociales que, por las propias identidades reivindicadas,
indican que nuevos sujetos sociales están entrando en escena.
A partir de mediados de los años ochenta varios encuentros
reúnen a pescadores, seringueiros, poblaciones negras provenientes
de quilombos (Brasil), afro-descendientes (Colombia), así
como afectados por las represas, mujeres quebradoras de coco babaçu,
pueblos de la floresta, además de múltiples comunidades
indígenas y campesinas. Son estos movimientos de r-existencia,
puesto que no sólo luchan para resistir contra la deforestación,
sino que pugnan por una nueva forma de existencia, un determinado
modo de vida y de producción, por modos diferenciados de
sentir, actuar y de pensar.
LA
R-EXISTENCIA DE LOS INDIOS: TRADICIÓN Y MODERNIDAD
En
los últimos años comienza a despuntar en los medios
científicos y ambientalistas una resignificación
de la problemática indígena y campesina. Más
allá de la r-existencia que vienen emprendiendo desde el
inicio del proceso de moderno-colonización, surge una nueva
perspectiva derivada de las novedosas posibilidades abiertas por
la revolución biotecnológica. Emerge así
una nueva geopolítica de la biodiversidad que trae al centro
de la escena política mundial a las poblaciones indígenas
y campesinas. Finalmente, la mayor parte de la riqueza natural
del planeta está asociada a las regiones habitadas por
esas poblaciones. Así, la r-existencia indígena
y campesina adquiere de esta forma un nuevo sentido.
Un
análisis de los diferentes dominios morfo-climáticos
de los paisajes de América del Sur nos permite visualizar
que en esta parte del mundo, hoy cubierta en su mayor parte por
densos bosques tropicales, como la Amazonía con sus ocho
millones de kilómetros cuadrados, así como las extensas
áreas de Mata atlántica, que cubre casi totalmente
la costa Atlántica brasileña, no había floresta
sino vegetación herbácea y arbustiva que, en Brasil
son conocidas como cerrados y caatinga. En esas áreas los
climas dominantes hace entre 12,000 y 18,000 años, eran
mucho más secos y, por eso, limitaban la formación
de selvas densas que estaban restringidas a algunos nichos y refugios.
La
información arqueológica nos muestra que las poblaciones
que se asentaron en esas inmensas áreas de la América
del Sur, inclusive, sus florestas, no esperaron a que los ecosistemas
estuvieran listos para ocuparlos. Al contrario, los tupi y los
guaraní, así como los aruaques, entre otros pueblos,
fueron tomando posesión de esas áreas tan pronto
como esos ecosistemas se formaban, y así fueron co-evolucionando
con ellos.
En
la región montañosa central del Istmo de Tehuantepec,
que se inicia en Chiapas, que atraviesa Oaxaca y continua hasta
la parte central de Veracruz, en el sur de México, podemos
identificar dos zonas –Uxpanapa y Chimalapas– que
representan áreas especialmente ricas del complejo y dinámico
refugio florístico que caracteriza a la región.
En los inventarios realizados en las selvas de Uxpanapa, Toledo
(1978) identificó 924 plantas, 150 aves, 34 mamíferos,
siete tortugas y 13 peces en tres ecosistemas. En un inventario
específico realizado en el ejido Agustín Melgar
en Uxpanapa, fueron reconocidas 168 especies útiles en
la selva primaria; 155 en la secundaria y 33 en los ríos,
con un total de 356 especies útiles entre alimentos, remedios,
materiales de construcción, instrumentos y maderas, forrajes,
pieles y fibras, gomas, ceras, venenos, colorantes y aromatizantes.
Si a esta riqueza se agrega la aportada por las comunidades indígenas
en sus zonas de cultivo y huertos familiares, tenemos un total
de 783 productos útiles. América Central y la Amazonía
son las dos áreas más extensas del planeta en lo
que respecta a diversidad biológica, no sólo por
la extensión del área tropical que ocupan, sino
también por la presencia, en el caso sudamericano, del
arco de la Cordillera de los Andes, que da lugar a las nacientes
de los ríos que conforman la cuenca amazónica.
Las
zonas montañosas de México y América Central
permiten la existencia de regiones con diferentes gradientes altimétricos
y también, en el caso particular de Centroamérica,
un complejo dinamismo biológico debido a la distancia reducida
que separa al Atlántico del océano Pacífico
–menos de 100 kilómetros en las regiones más
estrechas–, y que hace muy singular esa faja de tierras.
La Floresta Amazónica que comprende a Brasil, Colombia,
Perú, Ecuador, Bolivia y Venezuela, además de Surinam,
la Guayana y la Guayana Francesa, cubre nada menos que una extensión
de ocho millones de kilómetros cuadrados prácticamente
continuos de una zona selvática que tiene entre 350 a 550
toneladas de biomasa por hectárea y que contiene también
70% de agua en promedio, como todo ser vivo. Estamos así
ante un inmenso “océano verde” responsable
de la evapo-transpiración que produce un equilibrio dinámico
para la hidrología de todo el planeta, un servicio ambiental
del que se beneficia toda la humanidad.
En
el caso de esas dos regiones nos encontramos ante un enorme patrimonio
de diversidad biológica y de paisajes tejidos por una larga
historia de convivencia de diferentes pueblos con la naturaleza.
Sin duda los pueblos que allí habitan detentan un enorme
acervo de conocimientos fundamentales no sólo para ellos
mismos, sino para toda la humanidad.
Cabe
recordar que muchas de las principales plantas que hoy sirven
de alimento a la humanidad fueron domesticadas por los pueblos
amerindios: la papa (Solanum tuberosum), originaria de Perú,
donde son conocidos más de 7,000 cultivares; la yuca o
cassava amarga (Manihot esculenta) y la cassava dulce (Manihot
dulcis); el maíz (Zea mays), base de la alimentación
humana u animal en todo el mundo; el camote (Ipomoea batatas);
el tomate (Lycopersicum esculentum); los frijoles y las habas,
el cacahuate (Arachis hypogaea); las frutas como el cacao (Theobroma
cacao), la piña (Ananas sativus), el caju, marañon
o nuez de la India (Anacardium occidentale), la papaya (Carica
papaya), las distintas íngas (Inga spp.), las almendras
como la castaña do Pará o nuez de Brasil (Bertholletia
excelsa); plantas estimulantes como el guaraná (Paullinia
cupana), la hierba mate (Ilex paraguariensis), el tabaco (Nicotiana
tabacum); las plantas medicinales como la ipecacuana (Cephalis
ipecacuanha) de la que se extrae el clorhidrato de emetina; la
copaíba (del género Copaifera) usada contra afecciones
de las vías urinarias; la quinina (Cinchona officinale),
que hasta 1930 era el único antimalárico disponible;
hasta plantas de uso industrial como el hule (Hevea brasiliensis),
no totalmente substituido por el sintético, sobre todo
en el uso de guantes quirúrgicos y de preservativos de
alta calidad; la palmera carnaúba (Copernicia sp.) de la
que se extrae cera y paja; el timbó (Theprosia sp.) que
contiene un ingrediente del DDT –la rotenona– usado
como insecticida, en la medicina sanitaria y en la agricultura;
además de las plantas manufactureras que los indígenas
cultivaban o utilizaban en estado silvestre como los distintos
algodones (Gossypium spp.); la carúa (Neoglaziovia varietata),
especie de bromelia que usaban para hacer hilo y tejido y la piaçaba
(Leopoldinia piasaba) de largo uso como escobas para barrer y
para capachos.
Además
de esos productos que hoy la humanidad puede aprovechar, existe
todo un conocimiento de la ecología de esas especies que
implica modos específicos de apropiación material
y simbólica de la naturaleza, matrices de racionalidad
distintas, fundamentales en este momento de busca de nuevas relaciones
hombre-naturaleza. Es una de las razones para que reconsideremos
el significado de esos pueblos y de sus culturas ante la importancia
que tiene para el futuro de toda humanidad. Finalmente, ellos
detentan todo un acervo cultural de convivencia con esos complejos
ecosistemas que llegaron hasta nosotros con su enorme diversidad
biológica; gracias a esos pueblos que se abrigaron en los
valles intramontanos y en las selvas, escapando a las tentativas
de dominación desde los inicios del período moderno-colonial.
Es por eso que la región del Sur de México y de
la América Central cuentan con una de las mayores diversidades
socio-culturales del planeta. Se trata, por lo tanto, de una región
estratégica para los destinos del planeta, lo que hace
que el conocimiento de las poblaciones que conviven con esos ecosistemas
adquieran una importancia para toda la humanidad. Todo indica
que se están abriendo nuevas perspectivas para las poblaciones
indígenas y otros grupos locales. Esa reconfiguración
geopolítica, en la cual se alinean diferentes grupos y
clases sociales, ya está produciendo efectos positivos
frente a la tendencia de la diminuición de la población
indígena en Brasil, que pasó de 180,000 en 1980
a 380,000 en el año 2000. Sin embargo, continúan
las interferencias en las áreas indígenas con los
proyectos que quieren promover el desarrollo a través de
la construcción de presas y caminos, la explotación
de maderas nobles, o la invasión de las tierras indígenas
para explotación de los recursos minerales, sea por garimpeiros,
o por empresas mineras. Pero los propios indígenas han
desencadenado varias iniciativas para la autodemarcación
de sus tierras y para revertir el proceso de devastación
de sus recursos naturales; para el rescate de sus tradiciones
culturales y para mejorar la calidad de sus productos, integrándose
en redes de mercados solidarios y verdes.
Lo
anterior plantea la necesidad de nuevas relaciones de las culturas
y de los diferentes pueblos entre sí, comenzando por el
reconocimiento de que estamos ante interlocutores calificados,
portadores de una cultura y no de un objeto a ser dominado. Las
transformaciones histórico-culturales en curso, que surgen
de las luchas de las poblaciones indígenas por sus derechos
colectivos, plantean formas más complejas de pensar el
espacio y nuevas territorialidades no necesariamente incompatibles
con el Estado nacional. En esa nueva configuración geopolítica
el movimiento indígena está teniendo un papel extremadamente
importante para el devenir de la humanidad, por el significado
que adquieren esas diferentes matrices de racionalidad que surgen
como la mejor expresión de la propia diversidad cultural.
LA
R-EXISTENCIA DE LAS POBLACIONES NEGRAS
Entre
las múltiples identidades político-culturales que
emergen de las luchas sociales en América Latina destaca
la de las poblaciones afrodescendientes. Un caso sobresaliente
es el de las poblaciones negras del Pacífico colombiano,
cuyas luchas llevaron a inscribir en la Constitución de
1991 los derechos de dichos pueblos a sus territorios (palenques)
y sus culturas (Escobar 1997). En Brasil, la Constitución
de 1988 también reconoce el derecho de las poblaciones
negras a la demarcación de sus territorios. Existe allí
toda una historia de r-existencia en la que esas poblaciones procurando
huir del régimen de esclavitud se vieron obligadas a refugiarse
en las regiones de más difícil acceso (montañas,
áreas de relieve accidentado, áreas inundables y
bosques cerrados) que, paradójicamente, son áreas
riquísimas en diversidad biológica. Sólo
en el Maranhão, departamento situado en la Amazonía
occidental brasileña, se identificaron recientemente más
de un millón de hectáreas de tierras cuyos propios
habitantes usan la caracterización de “negros”
para indicar su identidad. En Amapá, otro departamento
de la Amazonía Occidental, existen comunidades negras en
varios municipios. El origen de estas tierras es muy variado,
yendo desde antiguas plantaciones comerciales decadentes en las
que permanecieron descendientes de esclavos; tierras donadas a
antiguos esclavos por el Estado brasileño como pago por
los por servicios prestados durante la Guerra de Paraguay, hasta
zonas donde se establecieron los quilombos o mocambos, como territorios
de libertad de los negros. Es sabido que en las regiones del noreste
y del sudeste, los quilombos se establecieron en lugares serranos
que servían como escondijos para que los negros vivieran
en libertad. Así, más allá de toda una tradición
cultural y religiosa venida de África, que mantiene vínculos
estrechos con la naturaleza, los negros en Brasil se vieron en
la necesidad de apropiarse de tierras con determinadas características
naturales para afirmar en ellas sus valores de libertad. En la
Amazonía, donde la esclavitud aunque presente no tuvo la
misma expresión que en las regiones citadas, los negros
procuraron refugiarse en los bosques o en las áreas montañosas
de las cachoeiras, como en la región de río Trombetas
y sus afluentes. Estas comunidades permanecieron en libertad practicando
una agricultura de subsistencia y vendiendo pequeños excedentes
comercializables tanto de productos agrícolas, como de
aquellos derivados del extractivismo como la seringa, la castaña
y el cacao. Los regatões mantenían con esas poblaciones
una relación de complicidad, informándoles de la
existencia de expediciones que buscaban rescatarlos para los antiguos
latifundios. Al mismo tiempo buscaban establecer un monopolio
de comercialización con esas poblaciones llegando a constituirse
en sus “patrões”, como son llamados en la región
de Trombetas.
A
partir de los años 70 también esas Comunidades Negras
Provenientes de Quilombos pasaron a confrontarse con los grandes
proyectos que se implantaban en la región. La Compañía
minera río del Norte que explota la bauxita en la región
del río Trombetas es un ejemplo. Incluso la acción
de órganos ambientales, como IBAMA, planteó diferentes
concepciones de la naturaleza. Las selvas y las cachoeiras, que
hasta entonces aparecían en el imaginario de esas poblaciones
como símbolos de libertad, comienzan pasar a manos privadas,
como en el caso de las compañías mineras contra
el uso comunitario y de convivencia que esas poblaciones hacen
con la naturaleza.
La
Reserva Biológica de Río Trombetas, creada en 1979
y administrada por el IBAMA, contribuyó para afirmar, por
contraste y conflicto, la identidad de esas poblaciones negras
provenientes de los quilombos. El IBAMA creó el Centro
Nacional del Quelonio de la Amazonía y, para preservar
las tortugas, prohibían a esas comunidades comer las tracayas
y las tartarugas, nombres populares de esas especies. Sin embargo,
las poblaciones negras por lo menos desde el inicio del siglo
XIX habitan la región, y en sus prácticas culturales
siempre se alimentaron de ellas. Los técnicos de IBAMA,
en lugar de considerar a estas poblaciones como parte del proceso
de reproducción de las especies y del ecosistema, miraron
a la naturaleza en una perspectiva naturalista que los excluía.
En contraste con esa visión estrecha del medio ambiente,
la presencia de la Compañía minera Río del
Norte contribuyó a afirmar la identidad de esas comunidades.
El hecho de haber quedado excluidas del proceso de alfabetización
formal no les impidió elaborar un conocimiento complejo
de la realidad en la que viven. Su historia de lucha por la libertad
y de resistencia se presenta hoy como una perspectiva de existir
positivamente a través de los conocimientos que elaboraron
sobre sus ecosistemas. Finalmente, la cachoeira, más que
un potencial de megawatts de energia se ha convertido en una expresión
de libertad y de otros caminos para la humanidad.
Ante
los conflictos que se volvieron cada vez más frecuentes,
esas comunidades constituyeron la Asociación de Comunidades
Provenientes de Quilombos del município de Oriximiná-PA-AROMO
a través de la cual buscan afirmar sus derechos, entre
ellos a la demarcación das sus tierras conforme al artículo
68 de las Disposiciones Transitorias de la Constitución
Federal que reconoce los territorios negros.
LA
R-EXISTENCIA DE LAS MUJERES QUEBRADORAS DE COCO DE BABAÇU
El
babaçu (Orbygnia phalerata) es una palma que predomina
“en zonas de várzeas, junto a los valles de los ríos
y eventualmente en pequeñas colinas o elevaciones”
(MIC 1982) asociada a otros tipos de vegetación, propia
de las tierras calientes o húmedas en los estados de Maranhão,
Pará, Tocantins, Mato Groso y, ya fuera de lo que convencionalmente
se considera Amazonía, en Piauí. Comprende en conjunto
14,5 millones de hectáreas de tierras. Según la
Asociación de Industrias de Babaçu, en 1991, más
de 300,000 personas se dedicaban a la extracción de coco
de babaçu. Tradicionalmente éste no era un recurso
natural de interés comercial. Por el contrario, siempre
estuvo íntimamente vinculado a las prácticas culturales
de reproducción de las familias campesinas, sobre todo
en el valle de Mearim, en Maranhão. Su utilización
fue inclusive una forma que encontraron los grandes proprietarios
de tierras para mantener la mano de obra campesina: el babaçu
era de libre explotación. En los últimos años,
con la expansión capitalista y el mayor acceso a esas tierras,
muchos hacenderos comenzaron a prohibir la extracción del
babaçu alegando invasión y contrariando así
las prácticas culturales consagradas por la costumbre.
Los conflictos han sido cada vez más intensos en torno
a los diferentes valores y prácticas relacionados con los
frutos de esa palma. Como suele acontecer en estos casos, el propio
conflicto acaba por alinear en posiciones encontradas a los grupos
sociales, llevando a la afirmación de identidades colectivas
que, en el caso del babaçu, por la importancia que tiene
el trabajo femenino e infantil, llevó a las mujeres quebradoras
de dicho coco a la escena político-cultural. Estas mujeres
están empeñadas en una lucha contra la devastación
de los babaçuales y por ponerle fin a las prohibiciones
a su colecta, o sea, por el “Babaçu libre”.
En el II Encuentro Interestatal de Quebradoras de Coco Babaçu,
realizado en Teresina, PI, en 1993, exigían:
1.
Desapropiación de todas las áreas de conflicto en
la región de los babaçuales; 2. El coco libre: acceso
a las palmeras de babaçu para las mujeres y niños
dedicadas a la extracción, incluso en las propiedades privadas
que no cumplan su función social; 3. Fin a los cortes de
las palmeras de babaçu; 4. Fin a la violencia contra trabajadores
rurales en las áreas de los babaçuales; 5. Recursos
para el desarrollo de cooperativas; 6. Inmediata implementación
de las acciones de asentamiento en las áreas ya desapropiadas
y de las reservas extractivistas; 7. Cumplimiento del Estatuto
de la Niñez y del Adolescente en la Zona Rural;. 8. Medidas
que aseguren el cumplimiento del Decreto de las Reservas Extractivistas.
En este caso se combina la pugna por la tierra con la lucha por
un determinado modo de vida que implica la defensa de los babaçuales.
La dimensión ambiental emerge profundamente implicada con
la cuestión social y cultural, sin separar lo natural de
lo cultural. Para esas poblaciones, la defensa de sus modos de
vida significa la superación de la miseria a la que estaban
sometidas. Sin embargo, todo el esfuerzo que esas poblaciones
vienen haciendo para mejorar sus condiciones de vida y que al
mismo tiempo garantizan la convivencia con la floresta, con el
beneficio que trae no sólo para ellas sino para toda la
humanidad, se ve amenazado por una visión que privilegia
los intereses estrictamente económicos sin tomar en consideración
los costos para la sociedad de quienes migran para las áreas
urbanas, donde cada vez son menores las perspectivas de conseguir
empleo digno. Así, las mujeres quebradoras de coco de babaçu
se ven ante los mismos problemas que enfrentan los seringueiros
y los castañeros: al no haber políticas públicas
que apoyen sus estrategias de producción y de vida, y al
facilitar el gobierno la importación, sea de aceite o de
hule se contribuye a volver inviable la posibilidad de que las
poblaciones que viven en el interior de la floresta se integren
a la sociedad a partir de sus propias condiciones ecológicas
y culturales. Se plantea así la necesidad de pensar en
políticas de desarrollo sustentable que involucren a estos
nuevos protagonistas. Ello implica complejizar la relación
entre lo local, lo nacional y lo global donde la diversidad cultural
y la equidad social se convierten en pilares para la construcción
de otra racionalidad, una racionalidad ambiental.
CONSTRUYENDO
NUEVAS PERSPECTIVAS DE SUSTENTABILIDAD
A
partir de estos movimientos –de conflictos tensos e intensos
entre la matriz de racionalidad instrumental hegemonizada por
la economía y otras matrices de racionalidad–, se
viene dando un proceso de construcción social de una racionalidad
ambiental donde confluye una serie de ideas, proyectos y derechos
que conjugan categorías –territorio, autogestión,
saber local– en nuevas estrategias productivas. Más
allá de los protagonistas que reseñamos en la sección
anterior, es posible identificar muchas otras experiencias que
apuntan hacia la construcción de esta nueva racionalidad
ambiental. En Brasil, un grupo de técnicos y asesores del
Instituto Brasileño de Recursos Naturales Renovables (IBAMA)
ha propuesto instituir en algunos estados la creación del
salario-veda. La veda o prohibición es un instrumento de
protección de una determinada especie cuando se establecen
limitaciones a la pesca durante sus periodos de reproducción.
Con
la aplicación del salario-veda, los pescadores reciben
un salario mínimo durante todo el período que dure
la misma. Y durante esta época los pescadores desarrollan
o aprenden una serie de actividades para diversificar sus fuentes
de alimento.
La
propuesta del salario-veda es una innovación en el campo
del derecho que supera la falsa dicotomía entre naturaleza
y sociedad. El principio es claro, ya que la sociedad considera
que la productividad de biomasa existente en un determinado ecosistema
es fundamental para ella, es decir, en la medida que la naturaleza
pasa a ser un valor, la sociedad, en cuanto colectividad se asigna
la responsabilidad de preservarla. El salario-veda nos permite
escapar de esa dicotomía donde o se actúa contra
los pescadores y a favor de la preservación de una especie
o de un ecosistema, o se actúa a favor de los pescadores
y contra la naturaleza. A través de este instrumento la
sociedad preserva la naturaleza –el río, la playa,
la laguna y sus peces– y al mismo tiempo cuida a los pescadores
con su cultura. Ello lleva a revalorizar el conocimiento del pescador,
lo que es un avance en el sentido de considerarlo ciudadano y,
por tanto, como portador de derechos y más que eso, protagonista
del derecho. Esa perspectiva, al compatibilizar a los seres humanos,
la cultura y la naturaleza, que dentro de la racionalidad occidental
son tratados de manera antagónica, no sólo abre
nuevas perspectivas paradigmáticas, sino que traduciéndolas
y dialogando con protagonistas sociales concretos capaces de constituirse
en sujetos instituyentes de nuevas referencias, que emanan de
prácticas sociales culturalmente enraizadas, in-corporadas,
inscritas en el habitus. La experiencia de los movimientos sociales,
no sólo en Brasil y en América Latina, sino también
en Asia y África, muestra una enorme capacidad creativa
al lidiar con situaciones vivas y por tanto abiertas, pudiendo
contar con otras racionalidades no-occidentales a partir de las
cuales reinventan sus vidas, sus historias y sus geografías,
casi siempre contra una razón instrumental utilitarista
a través de la cual el capitalismo busca penetrar en sus
espacios geográfico-socioculturales.
Las
experiencias exitosas impulsadas por los movimientos sociales
recientes y orientadas hacia una reapropiación social de
la naturaleza ponen en evidencia la necesidad de reconocer que
las poblaciones son portadoras de saberes sin los cuales resulta
inviable la gestión del ambiente. Quienes viven en un determinado
contexto durante años, que aprenden con sus padres y madres,
con sus abuelos y abuelas, han podido observar larga y pacientemente
la naturaleza y, a través del trabajo, han adecuado medios
y fines, desarrollando raciocinios y prácticas sustentables
de su ambiente. Así, han llegado a ser portadores de un
conocimiento propio sobre el mundo en el que viven. Un habitante
de la selva, un indio o un seringueiro detentan un saber. Sobre
ese conocimiento, ellos y ellas, generalmente no saben hablar
sobre.22 Porque no es para hablar que ellas/ellos saben. El hacer
de ellos no es hablar, lo que con frecuencia nos induce a pensar
que ellos no saben. Pero si no supiesen no harían, porque
sólo hace quien sabe. El hecho de que vivimos de hablar
de lo que los otros saben da la impresión de que sabemos.
Y, de hecho, sabemos ... hablar. Somos capaces de hacer una tesis
sobre la pesca pero no sabemos pescar. Y sabemos lo importante
que es nuestra producción y transmisión de conocimiento.
Pero el pescador que no sabe hablar sobre la pesca, sabe pescar
porque el acto de pescar presupone saber pescar. Existen, pues,
saberes implícitos y saberes explicitados.
La
política misma del conocimiento que se desarrolla en los
procesos de apropiación social de la naturaleza han generado
en estos años un importante debate sobre la interdisciplinariedad
en la gestión ambiental incorporando saberes producidos
a partir de otras matrices de racionalidad que no son ni de carácter
científico ni “disciplinario”, aunque impliquen
otro tipo de disciplina. Son saberes que fueron desarrollados
por poblaciones que descalificamos como no portadoras de conocimientos,
pensando que debíamos civilizarlas y catequizarlas, y considerándolas
seres inferiores a quienes en el mejor de los casos debíamos
llevar nuestro conocimiento superior. Al respetar sus saberes
y racionalidades estaremos dando un primer paso para reconocerlos
como iguales en su diferencia. Basta mirar una heladería
de Belem, en la Amazonía brasileña, donde se pueden
degustar más de 100 sabores de helados de frutas regionales.
Y no olvidemos que los sabores presuponen saberes que transforman
lo crudo (la naturaleza) en lo cocido (la cultura) (Lévi-
Strauss). Así, cuando se desmonta una selva no sólo
se pierde biodiversidad, sino también variedad cultural.
Así, la humanidad se empobrece cuando quienes detentan
esos saberes se ven obligados a abandonar la floresta. Hoy la
humanidad comienza a revalorizar la naturaleza y los aportes de
esas poblaciones a la humanidad, tanto en términos de condiciones
de sobrevivencia –los servicios ambientales que proporcionan
a todos y sin los cuales ninguna sociedad puede vivir: agua, oxígeno,
diversidad biológica–, como en términos culturales
y estéticos.
Así,
esas poblaciones que tejieron sus prácticas en íntima
relación con la naturaleza afirman hoy sus derechos sobre
sus prácticas, territorios y recursos, al tiempo que sus
saberes son reconocidos y revalorizados por la modernidad. Finalmente,
la bioprospección presupone el conocimiento del caboclo,
del indio, del ribereño y del pescador, como fuente de
información de material genético. Ahora es posible
un verdadero diálogo de saberes, lo que hace necesario
disolver la dicotomía entre lo moderno y lo tradicional.
Hoy es posible afirmar que esos saberes “tradicionales”,
que portan diferentes matrices de racionalidad, apuntan hacia
nuevas posibilidades de diálogo, muy diferentes de aquellas
establecidas por la moderno-colonial. El diálogo con otras
matrices de racionalidad implica estar abiertos a otras culturas
y clases sociales, a otros saberes, formas de sentir, pensar y
actuar. La informática y el mundo de la telemática
han abierto posibilidades para establecer relaciones creativas
entre diferentes matrices de racionalidad. Hoy podemos navegar
de un asunto a otro en redes que están mucho más
cerca del saber de las cosmogonías tradicionales, donde
no se habla linealmente. El lenguaje de las nuevas tecnologías
legitima esas otras formas de saber, que el lenguaje escrito,
linear, no permitía. Esta complejidad emergente abre las
compuertas de la interdisciplinariedad hacia un diálogo
entre disciplinas diferentes y hacia un diálogo entre saberes
distintos sin pretensiones de cientificidad (Leff 1998). Las poblaciones
indígenas, campesinas y afro-descendientes de América
Latina y el Caribe emergen allí como importantes protagonistas
de una interculturalidad, diálogo de saberes y relaciones
con la naturaleza, en la construcción de la nueva racionalidad
ambiental.
ALGUNOS
PROTAGONISTAS SOCIALES EN LA CONSTRUCCIÓN DE UNA RACIONALIDAD
AMBIENTAL
LA
INVENCIÓN DE LAS IDENTIDADES AGROFORESTALES DE LOS SERINGUEIROS
Y LOS RIBEREÑOS EN LAS RESERVAS EXTRACTIVISTAS Y RESERVAS
PESQUERAS DE
BRASIL
En
Brasil, como en tantos otras regiones de América Latina,
a partir de muy diferentes orígenes sociales y culturales,
se han desarrollado prácticas convergentes de agroforestería,
de convivencia de la agricultura con la floresta o de prácticas
agrícolas asimilando los procesos de reproducción
típicos de las florestas tropicales, manteniendo la diversidad.
A juzgar por los trabajos de los antropólogos William Balée
y Darrell Posey, esas prácticas se remontan a las poblaciones
indígenas que poblaron la floresta con especies que no
les eran típicas, como es el caso del cacao, nativo de
la América Central, o de la domesticación de la
pupunha o pejibaye (Bactris gasipaes).
La
antropóloga Berta G. Ribeiro destaca que “el manejo
indígena de la floresta, transmitido al caboclo, consiste
en la práctica de una agricultura itinerante combinada
con la colecta de productos naturales, de la caza y la pesca.
La idea vigente de que a poblaciones aborígenes de la Amazonía
están adaptadas a la floresta primaria debe ser invertida:
dicha adaptación se da como resultado del agroforestamiento
y al manejo del medio ambiente” (Ribeiro 1990: 57). El antropólogo
William Balée, por su parte, afirma que “los diferentes
perfiles de esas florestas pueden ser vistos como artefactos arqueológicos,
en nada distintos a los instrumentos y vasijas de cerámica,
una vez que ellas nos abren una ventana para el pasado de la Amazonía”.
Este mismo autor sugiere que las concentraciones de la palmera
babaçu (Orbygnia phalerata, O. speciosa) en el estado de
Maranhão, de la Amazonía oriental brasileña,
pueden haber sido el resultado de la actividad agrícola
de los kaapor, grupo indígena tupi que anteriormente habitó
esa región ahora ocupada por los guaya, pertenecientes
al mismo grupo tupi, que también hoy extraen gran parte
de su dieta proteica vegetal de la pulpa y la semilla de esa oleaginosa
Especies como la castaña, el babaçu, el cupuassu
o cacao ‘salvaje’ (Theobroma grandiflorum), las íngas
(Inga spp.) se encuentran en los biotopos más variados
y dan pistas importantes para estudiar la ocupación humana
de la Amazonía. Posey demostró que los antiguos
campos de cultivo o rozas de los kayapó, llamadas capoeiras,
no son terrenos abandonados después de dos a tres años
de producción. Al contrario, en las capoeiras se siguen
almacenando: camote, por cuatro o cinco años; cará,
durante 5 a 6 años; papaya, por 4 a 6 años. Algunas
variedades de plátano continúan dando frutos durante
10 a 15 años. El urucu o achiote (Bixa orellana) planta
tintórea usada en la alimentación y en la ornamentación
indígena, siguen su producción durante 25 años
y más; y el cupá (Cissus gongylodes), un tubérculo
semejante a la cassava (Manihot dulcis), durante 40 años
(Posey 1986: 174-175). Berta G. Ribeiro, con base en el trabajo
de Posey, nos dice que “las capoeiras –antiguas rozas
dejadas en reposo después de dos a tres años de
cultivo– tienen otra función que es la de ofrecer
brotes y follaje tierno para la fauna. A la par de eso, los indios
plantan árboles frutales en rozas nuevas y viejas, como
cebos, para atraer a los animales que serán cazados (Posey
1986: 175). Las capoeiras son por ello: a) bancos de germoplasma,
o sea, reservas de brotes y semillas; b) huertos, para el transplante
de pejibaye (Bactris gasipaes), cucura (Porouma sp.), íngas
(Inga spp.) y otras; y, c) predios de cacería. En resumen,
las etapas de una capoeira, avanzan desde una roza de yuca (Manihot
esculenta), de otros tubérculos y de frutas para roza residual
(capoeira) a huerto y selva alta. Se permite el crecimiento de
plantas invasoras para propiciar nuevas quemas, una vez que las
cenizas fertilizan la tierra y el fuego aleja las plagas, cuando
se encienden terrenos pequeños” (Ribeiro 1990: 62-63).
El
mismo Posey, en estudios realizados entre los kayapó admite
la hipótesis de una categoría intermediaria entre
plantas domesticadas y las silvestres: la de plantas semidomesticadas.
Habla de los períodos de largas caminatas, con duración
de hasta tres meses, que las familias kayapó emprenden
en la estación seca, encontrando en los senderos abiertos
por ellos y en los nichos creados por ellos o por sus antepasados,
todo lo necesario para la vida. Es posible afirmar, con base en
estas investigaciones, que las poblaciones indígenas contribuyeron
enormemente a la composición de la selva tropical actual,
y en este sentido, bien podrían ser llamadas Selvas Culturales
Tropicales Húmedas.
Estas
experiencias aparecen como estrategias de adaptación y
sobrevivencia; son procesos creativos generados a través
de un diálogo de saberes entre productores y un nuevo diálogo
con la naturaleza. Así lo manifiestan testimonios de agricultores
como João Pereira dos Santos, lugareño de Nueva
California, en la frontera de Rondonia con Acre:
...los
sendas y picadas abiertas por el servicio topográfico para
demarcar el área ya se habían cerrado cuando los
agricultores vinieron de todas partes, especialmente de las ciudades
del interior de Rondonia, donde no habían conseguido una
porción de tierra. Para llegar a los lotes fue necesaria
la fuerza; ir hacia adelante y bajo la orientación de los
antiguos habitantes de la región, localizar los lotes,
ya que las picadas no existían más y los técnicos
del INCRA no lograban localizarlas en la selva... El agricultor
es un pensador y estudioso por naturaleza. Cualquier agricultor
de Nueva California sabe y habla en las reuniones y en los encuentros,
se informa y comenta: esta región no es Paraná o
Mato Groso ... El trabajo blanco aquí no tiene futuro...
esta tierra no aguanta la mecanización ... Tienen que parar
la deforestación y las quemas ...
Es evidente la sabiduría del agricultor lanzado a la Amazonía
sin ningún conocimiento previo de las condiciones ambientales.
Más claramente, también, se expresa cuando dice
que:
...los
agricultores empobrecidos de nuestra localidad comenzaron a aprender
a hablar otras lenguas. Más allá de la tradicional
actividad de desmontar y quemar para plantar arroz, frijol, yuca,
café y cacao, comenzaron a discutir, reflexionar y trabajar
con plantas amazónicas, en forma de consorcios adaptados
a las características de la región, y con criterios
conservacionistas y ecológicos.
En
Sena Madureira, Acre, en el Proyecto Boa Esperança un ex
seringueiro, Dico, nos ofrece un testimonio con respecto de su
experiencia en este proyecto de colonización.
Venimos
para acá pensando que mejoraríamos teniendo un terruño.
Plantamos, mas el mal camino no nos deja llegar hasta la ciudad.
Con el tiempo comenzamos a plantar la seringa (hule) en medio
de la capoeira. Algunos aquí recogen la seringa directamente
de la selva, otros plantan en medio del rozado. En la capoeira
planto también cacao salvaje, naranja, limón, lima,
plátano, aguacate. De enero a marzo junto y quiebro la
castaña para vender. En mi rozado planto arroz, o maíz,
o frijol, yuca y tabaco.
El
caso de los seringueiros apunta en la misma dirección.
Al inicio eran impedidos por los patrões de practicar la
agricultura, para que dedicasen todo su tiempo de trabajo a la
extracción de látex. De esa manera permanecían
dependientes del barracón de los seringalistas, donde se
abastecían con lo necesario para su sobrevivencia a precios
de extorsión, lo que aumentaba la necesidad de producir
más para tener un saldo positivo en sus cuentas. Además
de ello, el ciclo del hule dependía de ese flujo de trabajo
doble que llevaba víveres para los seringales y traía
el hule que tornaba viable la actividad de los intermediarios
aviadores. Así todo el sistema de extracción del
látex estaba basado en la explotación y prohibición
de plantar del seringueiro. Solamente con la crisis del hule los
patrones se vieron obligados a permitir la agricultura como forma
de mantener al seringueiro en la selva. De allí surge una
rica experiencia acumulada por esas poblaciones combinando agricultura
y las actividades de extracción. Los que migrararon recientemente
acabaron por convertirse a la agrosilvicultura. Asimismo, los
ex seringueiros que fueron a vivir en proyectos de colonización,
acabaron combinando la agricultura con la extracción. De
ello da cuenta el testimonio de João Pereira dos Santos,
de Nueva California en Rondonia:
La
gran singularidad de nuestro RECA (Reflorestamento Económico
Consorciado e Adensado) fue haber sido un proyecto concebido y
generado exclusivamente por hombres de la tierra, verdaderos agricultores,
y con una nueva propuesta organizacional y social ecológicamente
adaptada a las peculiaridades regionales... Conseguimos a lo largo
de los años involucrar a 274 familias que asumieron una
nueva postura en el hablar, el actuar y la forma de trabajar,
llagando hoy a autodenominarnos agrosilvicultores y no sólo
agricultores. Desarrollamos una sensibilidad y mayor respeto a
la Amazonía y sus peculiaridades. Hoy nuestros compañeros
conocen las plantas desde pequeñas (castaña, hule,
frijol, mogno, ipe, mamui, piqui) y no las cortan más,
sino que dejan que crezcan en medio a labranza suave que enriquece
la tierra. Valorizan nuestra floresta y ayudan a preservarla evitando
las quemas y haciendo uso sustentable del área que están
cultivando.
Esas
experiencias que nacieran de iniciativas no oficiales, sobretodo
en los últimos años con la emergencia en la escena
política de sectores en busca de derechos, a través
de sindicatos o de asociaciones de productores rurales, han generado
articulaciones con técnicos e investigadores. Buscando
suplir la ausencia de políticas específicas orientadas
a esos segmentos sociales por parte del Estado, han estableciedo
formas institucionales originales, como el Programa de Desarrollo
Agroforestal para Pequeños Productores del Estado de Acre
(PESACRE); el Centro Agro-Ambiental do Tocantins (CAT); el Programa
Pobreza y Medio Ambiente de la Amazonía (POEMA); el Centro
de Investigación Indígena en la Reserva de los Xavantes
de Pimentel Barbosa, todos los cuales involucran a técnicos
e investigadores de varias instituiciones que buscan asociar las
experiencias que vienen emergiendo del fondo de los senderos y
de las picadas, de los ramás y de la selva. Varias organizaciones
no gubernamentales también se han asociado a ese proceso,
además de los técnicos e investigadores del INPA,
del Museo Goeldi, del CEPATU/ EMBRAPA, de la UFPA, de la UFAM,
de la UFAC, de la UNIR, e incluso de fuera de la Amazonía,
como de la Unicamp, de la USP y de la UFF, entre otras.
Los
seringueiros emergen a la escena política a partir del
Acre en la década de los setenta. A través de los
empates tratan de impedir que hacendados tumben la selva para
plantar pasto. La prueba de que se estaban defendiendo de una
invasión está en el modo como denominaban a esos
hacenderos: paulistas. Esa expresión se reproduce en varios
lugares de la Amazonía para designar a los que vienen ‘de
fuera’ y ‘desde arriba’ de la jerarquía
social.
Los
seringueiros, que al principio estaban bajo la dirección
política de la Confederación Nacional de los Trabajadores
de la Agricultura (CONTAG), se asumían como posseiros.23
A partir de esa condición reclamaban el reconocimiento
de la propiedad individual. Llegaron incluso a partir de los empates,
a negociar el intercambio de sus colocaciones de seringa por otros
lotes. Ya a inicios de los años ochenta comenzaron a percibir
la situación de miseria y abandono a que estaban sometidos
los colonos de los Proyectos de Asentamento Dirigido (PAD) o los
seringueiros que habían cambiado sus antiguas colocaciones
de seringa por lotes. A partir de entonces, y bajo el liderazgo
político del Sindicato de Trabajadores Rurales de Xapuri
y de Chico Mendes, en oposición al Contag de Acre, comienzan
a formular una propuesta política original que combinaba
la lucha por la tierra con la defensa del modo de vida seringueiro.
Demostrando una capacidad propia de construir sus identidades
y de articular nuevas intermediaciones políticas fundan,
en Brasília en 1985 el Consejo Nacional de los Seringueiros
(CNS), el cual se constituyó en una organismo sui generis
pues, al mismo tiempo que amplía los marcos de actuación
de los sindicatos, mantiene un vínculo de representación
política de base sindical: ningún dirigente del
CNS puede ser de fuera del movimiento sindical, evitando la desvinculación
de la base social y territorial tan común en las ONG. Al
mismo tiempo, por haber ampliado el espectro de la lucha por la
tierra de los trabajadores rurales hacia su modo de vida, el caso
de los seringueiros implicaba la defensa de la selva, estableciendo
vínculos con los ecologistas que por otras razones, también
la defendían.
La
propuesta de Reservas Extractivistas es el coronamiento de esa
identidad seringueira. El calificativo “extractivista”
lejos está de ser la defensa de una determinada actividad
de modo exclusivo. Desde la gran crisis del hule de 1912, el seringueiro
sobrevivió en la floresta porque dejó de ser un
extractor exclusivo y comenzó a practicar la agricultura
junto a su colocación, transformándose en un productor
agroextractivista. Las Reservas Extractivistas se presentan así
como un laboratorio vivo para la búsqueda de un modelo
de desarrollo a partir de poblaciones que tienen un saber efectivo
tejido en la convivencia con la floresta. La Reserva Extractivista
es una construcción que emanó de una íntima
relación entre intelectuales y el movimiento social sindical
de los seringueiros. Surgió de la necesidad de construir
una propuesta que correspondiese a la vivencia de los que luchaban,
que incorporase su cultura. En términos rigurosos, no vino
de fuera. Al mismo tiempo, esa propuesta habría de dialogar
con la sociedad nacional, con sus códigos propios que tradicionalmente
fueron construidos excluyendo a esas poblaciones. No hay duda
que, detrás del concepto de las Reservas Extractivistas
está la idea de Reserva Indígena que, a su vez,
establecía la tutela del Estado sobre las comunidades de
características culturales diferentes. Subvierte también
el sentido de la propiedad comunitaria que, en la tradición
jurídica brasileña no es extensivo a los ciudadanos,
esto es, a los no-indios, que en el presente caso de las Reservas
Extractivistas, se amplía a los seringueiros. En la Reserva
Extractivista la tierra comunitaria es propiedad de la Unión
con derecho de usufructo por parte de las familias a través
de sus entidades organizadas (sindicatos, asociaciones de vecinos,
cooperativas) que formularan su Plan de uso. Aquí, una
vez más, la experiencia de los seringueiros abre caminos
originales al crear una nueva relación de la sociedad civil
con el Estado. Nos encontramos ante una propiedad del Estado –la
Unión– que, sin embargo, está bajo la gestión
de las entidades de la sociedad civil organizada. La RESEX combina
así el usufructo de cada familia individualmente con la
propiedad comunitaria, bajo la tutela gubernamental, teniendo
como objetivo garantizar un uso sustentable de los recursos naturales
y generando así las condiciones institucionales para transitar
hacia una sociedad autogestionaria. Como ninguna sociedad o grupo
social es autosuficiente, el vínculo institucional con
el Estado abre una posibilidad de diálogo donde puedan
establecerse pactos de regulación con la sociedad en su
conjunto.
Los
seringueiros también traen a la escena política,
en cuanto movimiento social organizado, una aproximación
con las poblaciones indígenas que, hasta donde sabemos,
sólo estuvieron presentes en la historia de la Amazonía
durante la Cabanagem. Formularon explícitamente la propuesta
de una Alianza de los Pueblos de la Floresta, uno de los legados
políticos más importantes de su líder, Chico
Mendes. Esa alianza fue muy importante para que otra visión
de la Amazonía ganase al mundo, pues tanto los indios como
los seringueiros tienen como hábitat a la selva, y eso
indiscutiblemente amplió sus horizontes políticos
a través de la alianza con el movimiento ambientalista.
Los seringueiros, desde la fundación del CNS, en el seno
del cual formularon la propuesta de las Reservas Extractivistas,
han mantenido una íntima relación con los investigadores
y los técnicos. Uno de los principales objetivos perseguidos
por los seringueiros es la diversificación de la producción
y la comercialización de los productos de la floresta.
Conocen por experiencia propia los riesgos de depender de uno
o de pocos productos comercializables dejados a la suerte de las
oscilaciones del mercado. Al mismo tiempo saben que esa diversificación
productiva depende de una mayor aceptación en el mercado
de una serie de productos que la floresta y la cultura de los
caboclos seringueiros ofrecen. Saben por eso que la producción
de castaña y el hule, cuyo mercado y sistema de comercialización
son conocidos, deben mejorarse tanto en su calidad como en su
productividad. La concentración de especies de interes
comercial, como las “islas de alta productividad”,
es un buen ejemplo de diálogo de saberes, donde bajo la
orientación del Profesor Paulo Kageyama de la ESALQ, de
Piracicaba-SP, los seringueiros siembran plantas de hule (Hevea
brasilensis) en algunas hectáreas aisladas entre sí
fitosanitariamente a través de la propia selva.
Los
seringueiros han desarrollado cooperativas para escapar del intercambio
desigual al que estaban sometidos en el barracão, los regatões
y los marreteiros. La CAEX –Cooperativa Agroextractivista
de Xapuri–, fundada en 1988, es hoy la mayor empleadora
del municipio, así como la institución que más
contribuye con impuestos en la recaudación del municipio.
Estas cooperativas han sido posibles gracias a la importancia
que los seringueiros han dado a la educación en la propia
construcción de su identidad política. Sentirse
robado en las cuentas del patrón, o de su presupuesto es
parte de la cultura seringueira. Aprender a leer, escribir y contar
era una necesidad política. Sin eso jamás hubieran
sido capaces de emanciparse. Es preciso considerar que esas prácticas
fundadas en lo que podemos caracterizar como una racionalidad
ambiental, aprovechan la enorme capacidad de los ecosistemas amazónicos
para sustentar biomasa, en una media de 460 toneladas por hectárea.
“Estudios comparativos recientes cuantificaron en Acre las
diferencias de costos y beneficios entre la cría de ganado,
la agricultura y el extractivismo, tomando en cuenta, por primera
vez, el costo de recuperación del suelo, excluyendo los
efectos globales de las quemas o la pérdida de germoplasma.
Pero, aún sin descontar el precio de recuperación
del suelo, para un proyecto de 15 años, el extractivismo
genera ganancias medias anuales cinco veces mayores que la agricultura
y quince veces por encima de la actividad pecuaria. Si introducimos
el costo de recuperación del suelo para que la tierra pueda
nuevamente servir a la producción, dados los altos costos
de recuperación de los pastizales tenemos, en 20 años,
resultados negativos de US$ 28,000 a US$ 55,000 para la agricultura
y de US$ 60,000 a US$ 100,000 para la actividad pecuaria. Los
únicos resultados positivos, entre US$ 30,460 y US$ 50,000,
son los del extrativismo, dada la ausencia de costos de recuperación
y la permanencia en un mismo nivel de los recursos extraidos”,
según nos informa la profesora Manuela Carneiro de la Cunha,
citando investigaciones de Susana Hecht y Steve Schwartzmann (1988).
De esta manera, el agroextrativismo se presenta como una alternativa
posible para la Amazonía, no sólo porque ya está
inserto en las prácticas culturales de sus poblaciones,
sino también porque resulta más eficiente cuando
los parámetros son los intereses de la sustentabilidad
y de la sociedad y no los intereses imediatistas de la ganancia
económica individual o corporativa. Los seringueiros cuentan
hoy con más de cuatro millones de hectáreas de tierra
decretadas como Reservas Extractivistas, donde buscan implementar
ese modelo productivo sustentable.
LAS
RESERVAS DE PESCA DE LOS RIBEREÑOS AMAZÓNICOS
La
Amazonía registraba en sus colonias de pesca cerca de 120,000
pescadores en 1985. El caboclo24 ribereño es, sin duda,
el personaje amazónico más característico.
En sus prácticas están presentes las culturas más
diversas que vienen de los más diferentes pueblos indígenas,
del inmigrante portugués, de migrantes nordestinos y de
poblaciones negras. Habitando las várzeas desarrolló
todo un saber en su convivencia con los ríos y la selva.
La pesca fue una de las actividades de su complejo cultural, por
lo que han sido caracterizado como pescadores polivalentes, para
diferenciarlos del pescador monovalente que vive básicamente
de la pesca. Esos “amazónidas” tienen una visión
y una práctica donde la floresta y el río se encuentran
interconectados, una dependiendo del otro, donde todo un modo
de vida y de producción se fue tejiendo, combinando las
diferentes partes de los ecosistemas amazónicos con la
agricultura, el extractivismo y la pesca.
En
torno de los ríos se desarrollaron diferentes culturas
y matrices de racionalidad aunque no dispusieran todas del mismo
poder, ya que por encima de la motivación de dominación
colonial, la resultante de ese proceso no fue necesariamente aquella
que los dominadores quisieron imponer. De este modo, las diferentes
comunidades indígenas, más o menos afectadas por
el proceso de dominación colonial, se vieron obligadas
a desarrollar las más diferentes estrategias de sobrevivencia,
negando muchas veces su identidad indígena, como es el
caso de los indios Barés, del bajo río Negro. Sin
embargo, no fueron sólo las comunidades indígenas
las que sufrieron las consecuencias de la dominación colonial
e imprimieron sus marcas al paisaje social ribereño de
la Amazonía. Muchos descendientes de colonos portugueses
y de poblaciones negras se mezclaban dando lugar a un patrón
cultural que bebe en diferentes fuentes culturales y que forja
un complejo conocimiento con los ríos, las várzeas
y las florestas adyacentes. El cabanagem, movimiento político
que reunió en 1835 a muchos de los “de abajo”,
fue la primera expresión de voluntad política de
ese complejo cultural que emergió a lo largo de los ríos
amazónicos.
Los
pescadores polivalentes viven, en general, más alejados
de los centros urbanos en los sitios, poblados o lugares, pequeñas
villas situadas en los márgenes de los ríos, igarapés,
furos y paranás manejados con sus técnicas tradicionales.
Segun Lourdes Gonçalves Furtado, dividen el tiempo en actividades
vinculadas a los ecosistemas terrestres, tales como pequeños
criaderos, labranza agrícola, caza, colecta, extractivismo,
desarrollados cíclicamente durante el año; labran
la tierra (propia o arrendada), crían ganado, cultivan
juta, cazan, colectan semillas, frutos, resinas, fibras silvestres
y fabrican carbón, muelen harina de yuca o de pez para
su consumo y comercialización. La pesca se destina primordialmente
al autoabastecimento y en segundo término a la comercialización.
Las poblaciones ribereñas de pescadores-agricultoresextractivistas
manipulan, hace varios años, ecosistemas extremamente delicados
sin que se haya dado ningún esfuerzo sistemático
de las políticas públicas en su apoyo. Toda una
rica tradición de construcción de barcos y habitaciones
adaptados a las condiciones regionales está siendo amenazada
en virtud de la prioridad otorgada al transporte ferroviario,
en una región que poseyó la mayor cuenca hidrográfica
del mundo. Los pescadores monovalentes –o como quieren llamarlos
algunos, pescadores efectivos–, casi siempre migraron del
interior para los municipios o hacia las principales ciudades
de la región y, al contrario de los primeros, que desarrollaron
sus actividades en las proximidades de sus casas, se alejaron
durante semanas y meses de sus residencias, yendo hacia regiones
más lejanas. Estos pescadores han quedado a merced de los
comerciantes y atravesadores, debido a sus precarias condiciones
de conservación. Sin embargo, a través de la salga
o salación del pescado, son responsables de gran parte
del abastecimento local y regional de este producto, sobre todo
para las poblaciones de bajos ingresos.
Esas
comunidades ribereñas, cuya lógica de reproducción
no se rige por una racionalidad económica capitalista,
se han visto involucradas en los conflictos más variados
en virtud del reciente proceso de disputa de sus recursos naturales
por parte de empresas capitalistas. Entre los conflictos entre
esas comunidades y la mercantilización de la naturaleza
destacan:
a)
La prohibición de pesca por parte de hacenderos y proyectos
agropecuarios, como se observa en la región del Bajo Amazonas
en la “región de las ijas”, sobre todo con
la creación de ganado bubalino, como es el caso de los
constantes conflictos entre los vargeiros y la Compañía
Agroflorestal Monte Dourado, el famoso Proyecto Jari.
b)
La paulatina expulsión de las comunidades de pescadores
de sus villas y poblados, sobre todo los próximos a las
ciudades más importantes, por la expansión de la
“industria del turismo”. Los antiguos pescadores,
portadores de un riquísimo acervo cultural, están
siendo convertidos en porteros y caseros, en regiones cercanas
a Belém, en Salinas, Mosqueiro, Marudá y Ajuruteua
en la región de las cachoeiras alrededor de Manaus, donde
el turismo ha traído serios problemas a las comunidades
de pescadores.
c)
Complicaciones generadas por la diminuición de la pesca
en virtud de la construcción de represas, como es el caso
de las regiones cercanas a la hidrelétrica de Tucuruí.
d)
Conflictos generados por la contaminación y asolvamiento
de los ríos por los garimpos y empresas mineras, como se
ve en el río Madeira, en Tapajós, Trombetas y en
el trecho de la carretera BR 174, entre Manaus y Presidente Figueiredo,
donde actúa la Empresa Paranapanema en la extracción
de casiterita.
e)
El conflicto por la apropiación de la fauna ictiológica
entre esas comunidades y las empresas de pesca industrial, con
sus sonares, frigoríficos y geleiras que les permite llevar
a cabo la pesca itinerante. Aunque haya toda una legislación
que discrimine las áreas de pesca industrial de las de
la pesca artesanal, esos límites no son respetados, particularmente
por los barcos de gran calado. Como observa Lourdes Gonçalves
Furtado:
En
las consideraciones de los habitantes de la ribera de los lagos
que dependen de sus recursos ictiológicos, esa presión
causa impacto en la medida en que el pez se va haciendo escaso
y el pescador siente dificuldad para conseguir una buena pesca
capaz de suplir las necesidades de alimentación y de venta
de un pequeño excedente con el cual adquirir bienes complementarios;
es vista como amenazadora de la sustentabilidad del stock y de
la cadena trófica que permite la renovabilidad de los recursos
necesarios para la vida (...) ese cuadro va engendrando conjeturas,
expectativas, construyendo tensiones internas, transformándose
muchas veces en conflictos que se presentan variados aspectos
desde simples amoestaciones al “invasor”, el retiro
y quema de redes majadeiras, toma de barcos y canoas de pesca,
hasta la prohibición de pesca en los lagos... David Mcgrath
(1993) señala por su parte que: ...
como respuesta a esa presión, algunas comunidades ribereñas
están tomando posesión de lagos locales, estableciendo
reglas que buscan limitar la captura de pescado para garantizar
a produtividad de la pesca (...) Como forma de control local de
los recursos pesqueros, el manejo comunitario de los lagos puede
ser una estrategia promisoria para el desarrollo sustentable de
los recursos de la várzea.
Lourdes
Furtado destaca así las alternativas abiertas por esas
poblaciones para garantizar su sobrevivencia, con prácticas
que son indicativas de las bases para una política pública
de otro tipo:
A
lo largo de ese eje de lucha por la subsistencia y la preservación
del medio ambiente, surgen leyes consensuales por las cuales los
miembros de las comunidades se comprometen a observarlas y hacerlas
respetar de modo que garanticen su desideratum. Esas leyes son
comumente llamadas Acuerdos y son elaboradas por los miembros
de las comunidades de pescadores en las asambleas generales de
sus asociaciones comunitarias, y buscan llegar a los órganos
de poder como el IBAMA, a fin de convertirlas en instrumento de
ordenamento pesquero para la Cuenca Amazónica.
De
estas luchas de las comunidades ribereñas surge la propuesta
de Reservas Pesqueras, en algunos lugares llamados Reserva de
Lago, como la que fuera generada en el I Encuentro de Pescadores
Artesanales del Medio Amazonas realizado en Óbidos en noviembre
de 1984, en la cual se le solicitó a las autoridades “la
creación oficial de los Lagos de Reserva como medida para
resolver los conflictos y preservar los recursos de la naturaleza
en la región del Medio Amazonas”. En este sentido,
resolvieron “Convocar a todos los pescadores artesanales
y personas comprometidas con la defensa de los elementos de la
naturaleza a hacerse conscientemente fiscales de esa causa, observando
estos principios: a) prohibir las pesquerías que prejudican
al ambiente como redes de bloqueo de pirarucu y otras especies,
redes de arrastre y bombas; b) no desmontar la selva por corte
o quema de la cubierta vegetal del entorno de los lagos, ríos,
igarapés y otros cursos de agua; c) no desmontar las cabeceras
de los cursos de agua; d) no matar los peces jóvenes, estableciendo
un tamaño mínimo de captura y edad adulta; e) no
agarrar los peces como fijotes ovados; no permitir invasión
de geleiras en los lagos de Arrimo de las comunidades (lagos utilizados
por una o varias comunidades para subsistencia).”
Este
posicionamiento no sólo revela una respuesta a los problemas
que enfrentan esas comunidades, sino también un conocimiento
de los mecanismos de reproducción de sus ecosistemas que
representa un acervo cultural esencial para cualquier política
ambiental que no se limite a una concepcion estrecha del ambiente.
Davis Mcgrath (1993) establece un importante paralelismo entre
la Reserva de Lago y las Reservas Extractivistas:
La
Reserva de Lago es una forma de ocupación del suelo muy
parecida a la Reserva Extractivista. Ambas son tentativas de la
población tradicional de garantizar su acceso a los recursos
que son la base de la economía familiar local, preservando
así su modo de vida. Si bien ambas buscan conservar los
ecosistemas naturales y están basadas en formas tradicionales
de ocupación, existen también diferencias importantes
entre ellas debido a las características de los principales
recursos. En su forma inicial, la Reserva Extractivista está
basada en la organización tradicional del seringal y está
dividida en “colocaciones”. Esta es la unidad de producción
del seringal y se compone de una familia, su casa y los tres o
cuatro caminos de seringa que definen el área de la colocación.
Aunque haya una organización colectiva de la Reserva y
del seringal que es responsable de las reglas generales sobre
la utilización de los recursos selváticos, cada
colocación es explotada individualmente, y el impacto de
esa explotación individual (seringa, castaña y madera,
pero no la caza) no afecta directamente la produtividad de esas
actividades en las otras colocaciones. En el caso de la Reserva
de Lago, la mobilidad del recurso pesquero hace que se vuelva
inviable la creación de territorios individuales. Todos
los pescadores explotan la misma población de peces y de
modo general la producción de cada pescador afecta la productividad
de los demás pescadores. Aunque en las tierras alrededor
del lago haya propietarios individuales, el lago es considerado
un “bien común” y, por eso de manejo colectivo,
involucrando a todos los pescadores de la comunidad. En este contexto,
la viabilidad económica de la reserva depende no sólo
de las reglas, sino también de la calidad de la organización
comunitaria, especialmente del grado de participación de
los pescadores en los acuerdos de pesca definidos por la comunidad.
De manera similar a estas experiencias de las Reservas Extractivistas
y las Reservas de Lago, es posible identificar los mismos principios
y procedimientos básicos en las propuestas de las mujeres
quebradoras de coco de babaçu, de diferentes comunidades
indígenas y en las experiencias de comunidades de agricultores
en varios puntos de la Amazonía, de América Latina
y del Caribe.
LA
EXPERIENCIA DE LA EXPLOTACIÓN COMUNITARIA DE LOS BOSQUES
EN MÉXICO
Una
alternativa al modelo de plantaciones altamente competitivas en
el mercado internacional, pero con grandes costos ecológicos
y sociales, es la experiencia de la forestería comunitaria
mexicana. Los conflictos ambientales en torno a la gobernabilidad
sobre áreas determinadas para lograr la sustentabilidad,
ecológica, cultural, social y económica ha llevado
durante estos años a la construcción de una economía
política de los bosques, selvas, de conservación
y desarrollo con base en las tierras campesino-indígenas
de uso común. Esta experiencia no es nueva y ha tenido
en el norte de Italia, Suiza, sur de Alemania y Francia un sustento
sólido. En América Latina se desarrolla dentro de
experiencias múltiples que apuntan hacia un proyecto alternativo
de sustentabilidad sobre la base de experiencias culturales, sociales,
económicas y ecológicas de grupos campesinos e indígenas.
Estas han sido producto de movimientos sociales como los generados
por poblaciones indígenas de la selva amazónica
brasileña, que han logrado así el reconocimiento
de su territorio que abarca alrededor de 150 millones de hectáreas
de alta biodiversidad. Experiencias similares se han desarrollado
en México y Centroamérica.
En
efecto, con la creación del Corredor Biológico Mesoamericano,
50 organizaciones campesinas con proyectos propios formaron la
Coordinadora del Corredor Biológico Indígena Campesino
(CICAFOC). La experiencia de las organizaciones que conforman
la CICAFOC fue importante en la reconstrucción productiva,
social y ecológica de los efectos devastadores del huracán
Mitch en 1998. Se desarrollaron así experiencias de organización
comunitaria y metodologías agroecológicas “de
campesino a campesino” fundadas en los procesos culturales
y ecológicos. La actividad de estos grupos locales de campesinos
e indígenas demuestra que el proyecto campesino indígena
es esencial para reducir la vulnerabilidad de la región,
incluyendo los bosques y la biodiversidad.25 Esta misma idea es
corroborada por un equipo de investigación en Nicaragua,
Honduras y Guatemala que comparó los efectos del huracán
sobre la agricultura convencional de plantaciones y tradicional
de ladera con aquellos que tenían un proyecto alternativo
campesino de manejo de cuencas y laderas con sistemas agroforestales
y agroecológicos (Holt- Giménez 2000). El resultado
de este estudio muestra que los daños fueron muchos menores
en el segundo caso. En los incendios de la primavera de 1998,
que abarcaron áreas enormes en México y Centroamérica,
los ejidos y comunidades forestales organizadas no tuvieron daños
importantes por la excelente organización interna que movilizó
a toda la comunidad. Estas experiencias podrían ser la
base para definir las estrategias de desarrollo rural alternativo
dirigido al mejoramiento de las condiciones de vida, manejo de
agua y conservación de la biodiversidad y de los recursos
naturales.
Las
experiencias de la explotación comunitaria de bosques en
México ofrecen un buen ejemplo de los procesos recientes
de manejo de territorios, biodiversidad, y productos forestales
por parte de comunidades campesinas e indígenas que apuntan
hacia la construcción social de una racionalidad productiva
sustentable. Sin pretender abarcar toda la complejidad de procesos
que hoy en día inciden sobre el cambio climático
global y la gobernabilidad ambiental, estas estrategias resultan
determinantes de la sustentabilidad global, ya que los bosques
y selvas representan gran parte de los reservorios de biodiversidad
y de cultura. Estas experiencias han generado varias enseñanzas
que podrían contribuir a evaluar las políticas públicas
generadas precisamente en el contexto de la Convención
de Diversidad Biológica y de la Agenda 21. Ellas se inscriben
dentro de los movimientos de apropiación de los procesos
productivos, de ordenamiento territorial y reglas de uso común
que de una forma u otra han surgido a partir de la conferencia
de Río y de las instituciones ambientales y programas piloto
creados en relación con el Convenio sobre Diversidad Biológica.
En México, 80% de los bosques y las selvas se encuentran
en manos campesinas principalmente en propiedad común.
Los campesinos y comunidades indígenas no están
peleando por estas tierras, puesto que ya las tienen. Por ello,
el manejo del bien común adquiere una relevancia estratégica
para la conservación y para el desarrollo sustentable del
país. Las experiencias recientes muestran evidencias empíricas
con tres escenarios respecto a la economía del bien común.
Uno, en donde existen éxitos fehacientes de sustentabilidad
a partir del manejo de los recursos naturales, especialmente los
forestales; otro, en donde hay posibilidades de llegar a la sustentabilidad
habiendo políticas públicas adecuadas, y un tercer
escenario en donde la colectividad perdió el control sobre
su territorio y dominan claramente la violencia y los conflictos
derivados de intereses aviesos y privados. En todo caso, los ejemplos
exitosos se refieren a una minoría ejemplar de la totalidad
de ejidos y comunidades que manejan los bienes de propiedad común.
Existen hoy en día en México alrededor de ocho mil
ejidos forestales, de los cuales dos mil tienen un plan de manejo
y permiso estatal para la extracción de la madera. De entre
ellos, aquí nos referiremos a las experiencias de manejo
del bosque como bien común desarrolladas durante los últimos
treinta años. Desde la Península de Yucatán,
pasando por Chiapas, Oaxaca –en donde predomina el manejo
forestal de comunidades indígenas–, Guerrero, Michoacán
y Durango, existe un abanico de problemas y situaciones distintas
para comprender las posibilidades en el manejo de los bienes comunes.
En el caso de los bienes comunes indígenas obser vamos
arreglos institucionales comunales anteriores al manejo del bien
común forestal con orientación hacia el mercado.
Estas ocho mil cuatrocientas unidades se encuentran en áreas
prioritarias de biodiversidad.
El
siguiente listado es revelador, en el sentido de que la mayoría
de las estrategias campesino-indígenas en donde se ubica
la biodiversidad no se centran únicamente en la producción
de madera ni dependen exclusivamente del bosque como principal
fuente de ingresos.
UNIDADES
SOCIALES (COMUNIDADES INDÍGENAS Y EJIDOS ) EN SUPERFICIES
FORESTALES: 8,420
·
45% pertenece a grupos indígenas
· 65% con potencial comercial
· 25% con programas de manejo forestal (1,800 unidades)
· 5% donde el aprovechamiento forestal es la principal
fuente de ingresos.
FUENTE:
Merino y Segura 2002.
El
buen desempeño ecológico, social y económico
de la forestería social se debe a la interacción
de tres componentes: el poder de las comunidades agrarias sobre
su territorio con su aproximación económica múltiple
a los recursos naturales, las políticas públicas
y el servicio forestal. A este proceso se le agrega la relación
que tienen las comunidades con instituciones externas, como las
organizaciones no gubernamentales. Estos componentes han variado
a lo largo de la historia del manejo forestal. La importancia
de cada una de las partes ha dependido de la capacidad de las
comunidades de construir a partir de sus experiencias nuevas instituciones,
así como de la capacidad de apropiarse de los procesos
de producción y de los servicios técnicos. En contraposición
con la experiencia chilena de grandes plantaciones de monocultivos
de dos especies, la forestería comunitaria está
basada en el manejo de la biodiversidad de los bosques naturales.
Por lo general, estos bosques se encuentran en territorios ubicados
en las sierras que, con sus distintos pisos ecológicos
se encuentra la mayor biodiversidad terrestre; por ello, el manejo
del bien común forestal es también el manejo de
la diversidad genética, de especies y de ecosistemas y,
finalmente, de servicios ambientales. Surgen de este hecho dos
importantes preguntas: ¿Qué permite que las comunidades
indígenas y campesinas se fortalezcan y desarrollen esquemas
de desarrollo sustentable que van más allá de la
lógica del mercado sin desecharlo? y ¿Qué
certeza tenemos que se estén manejando sustentablemente
el bosque y las selvas en el sentido de que se aproveche la biodiversidad,
sin destruirla como ecosistemas y sus servicios ambientales, que
sean socialmente equitativos y culturales y económicamente
viables? Comencemos por la segunda pregunta. A finales del año
2001 había en México más de 500 mil hectáreas
de uso común certificadas por su buen manejo. Todas las
áreas certificadas están bajo el régimen
de bienes comunes con la modalidad de tenencia de la tierra ejidal
o comunal. A veces, las áreas forestales mencionadas concuerdan
con territorios indígenas, mismos que son considerados
como zonas de alta prioridad para la preservación de la
biodiversidad. Es así cómo las comunidades forestales
exitosas están custodiando parte de la biodiversidad sin
que se trate especialmente de áreas protegidas. La certificación
es un procedimiento que se asemeja a una auditoria ecológica,
social y económica del buen manejo, y constituye un instrumento
independiente que se ha dado a la sociedad para examinar la sustentabilidad
de los procesos. Los predios “auditados” representan
aproximadamente el 10% de los terrenos con permiso de extracción
forestal. México es el país que tiene la mayor área
certificada en el mundo en lo que se refiere a bienes comunes
bajo manejo de forestería social (Alatorre 2001).
Al igual que el origen de las selvas extractivistas en Brasil,
la forestería social parte de una lucha intensa por la
recuperación de sus recursos, que en el caso mexicano estaban
en manos de grandes concesionarios estatales o privados. La toma
de tierras, aserraderos, unidades de transportes, así como
la lucha legal en contra de las concesiones, es parte del “mito”
fundador de lucha que le de la identidad al grupo para construir
una nueva institucionalidad alrededor del manejo forestal. Se
establece así un marco ético social renovado que
permite reinventar las instituciones anteriores ganando la lucha
en contra de las grandes concesiones forestales.
EL
CONTROL ESPACIAL-SOCIAL DERECHOS AL USUFRUCTO DE LOS RECURSOS
NATURALES
Para
lograr el buen gobierno de los bienes comunes tiene que haber
una delimitación clara de quienes tienen acceso directo
o indirecto a los recursos y al territorio. Se trata de la construcción
de poderes locales comunitarios sobre un área perfectamente
delimitada. De hecho, este aspecto ha sido crítico en la
constitución de los ejidos y comunidades y los que tienen
derecho a acceder al bien común.26 Se trata de una sociedad
de socios de una comunidad agraria que ha decidido manejar sus
bosques y selvas. Como ejidatario o comunero se tiene derecho
a participar de los beneficios que resultan del manejo forestal,
donde el universo de personas está perfectamente definido
y avalado por el Estado en el registro agrario.27 La gestión
del recurso tiene múltiples niveles y accesos diferenciales
por la comunidad. Por ejemplo, la leña y los hongos comestibles
pueden ser recogidos por todos y donde sea, mientras que la cosecha
de la madera y el manejo del bosque sólo lo puede hacer
la empresa de los ejidatarios o comuneros reconocidos legalmente.
El
sistema ejidal o comunal implica generalmente una gran cantidad
de socios. Si atendemos la dinámica poblacional, es difícil
que los hijos se integren a la empresa sin mermar los ingresos
de los socios existentes. En algunos casos se adquiere el derecho
de ser comunero cuando los hombres como las mujeres cumplen 16
años. Se trata de una comunidad en donde sus jóvenes
emigran a los Estados Unidos de América por un lapso largo
de tiempo. Mientras están ausentes se pierde el derecho
de comunero, mismo que se reactivará en el momento que
regresen.28 Lo interesante de este esquema es que el padrón
de socios se va renovando rápidamente al integrar las nuevas
generaciones. Sin embargo, frecuentemente la membresía
de comunero se refiere a un acuerdo interno que no es registrado
en el Registro Agrario Nacional. Este padrón de socios
solo es posible bajo un régimen comunitario. Tenemos así
el caso de una comunidad que tiene 1,229 comuneros y una superficie
de más de 14 mil hectáreas. Imaginemos aquí
que la asamblea comunal de socios (tal como ciertos funcionarios,
ideólogos y pequeños y grandes propietarios locales
desearían a partir de los cambios a la Ley Agraria de 1992)
decidiera la repartición del bien común. Cada comunero
obtendría en promedio 14 hectáreas. La repartición
del territorio no permitiría la construcción de
un plan de manejo, un ordenamiento territorial y ecológico
ni reglas claras para el manejo forestal, de un frente comercial,
así como la inversión colectiva para crear nuevas
fuentes de trabajo. En cambio, si se establece un plan de ordenamiento
del territorio comunal, que sea vigilado por una autoridad reconocida
por todos, es posible mantener en el mismo territorio 800 hectáreas
de refugios faunísticos, 1,600 hectáreas de bosques
para regulación hidrológica además de la
producción forestal del bosque natural. En el caso del
esquema ejidal, los ejidatarios reconocidos por la comunidad y
registrados por el Estado como socios, van envejeciendo sin que
se integren ágilmente las nuevas generaciones. El interés
de los socios es desigual, algunos sólo le apuestan a la
renta que pudiesen obtener de la empresa. Hay ejidos que excepcionalmente
integran a sus jóvenes. Una de las reglas para el buen
manejo de los bienes de propiedad común es la estabilidad
de la población. En México hay un número
importante de ejidatarios y comuneros en muchos ejidos y comunidades
forestales. Depende de la gestión empresarial si el aumento
poblacional en un ejido o comunidad se convierte en un problema
relevante que presionaría sobre la sustentabilidad de uso
de los recursos. Por una parte, los socios podrían presionar
para aumentar las cuotas de aprovechamiento del recurso. Sin embargo,
pronto se llegaría al límite de la capacidad para
cosechar sustentablemente. En una lógica más sustentable,
en una de las comunidades estudiadas más exitosas, la asamblea
de comuneros tomó un acuerdo mayoritario para que no se
repartieran las utilidades por la venta de madera en rollo o aserrada.
Parte de las “ganancias” se invierten en bienes y
servicios, y otra parte en la construcción de empresas
que generen nuevas fuentes de empleo para los comuneros y sus
hijos o bien para grupos de mujeres organizadas.
En
general las reglas para la cacería no han sido desarrolladas
de manera clara en los ejidos y comunidades forestales. Es importante
señalar, que ciertas comunidades tradicionales, tienen
o tenían regulaciones internas para distintos recursos
(agua, fauna, leña, madera para construcción). Estas
reglas estaban o están anclados en códigos míticos
(Boege 1988) “de castigo” para los que rompen las
reglas basadas en reciprocidad. Con la reciente legislación
ambiental de las Unidades de Manejo Ambiental (UMA) se está
delimitando el acceso; sin embargo, frecuentemente las disposiciones
burocráticas sobre los momentos en que se puede cazar y
los permisos de cacería son tan complicadas que no son
funcionales a la cacería de autoconsumo. En el caso del
recurso agua para uso doméstico se forman comités
para su administración sin que sea obligatorio que sus
miembros sean comuneros o ejidatarios.
EL
ORDENAMIENTO DEL TERRITORIO Y LAS REGLAS DE ACCESO COMUNITARIO
A LOS RECURSOS NATURALES
El
otro elemento para un gobierno de los bienes comunes es la delimitación
del territorio forestal al cual se le han de aplicar las reglas
comunitarias. Estas reglas internas deben ser reconocidas por
las autoridades locales pero también por la autoridad agraria
forestal y ambiental. Mención especial merece la estrategia
de generar conscientemente áreas forestales permanentes
objeto de manejo y de ordenación territorial voluntarias
por parte de los propios ejidos o comunidades. Si bien los programas
de manejo marcan las hectáreas que están subsumidas
al manejo, éstas pueden variar. La creación de las
áreas forestales permanentes de los ejidos que pertenecen
a las sociedades civiles que creó el Plan Piloto Forestal
de Quintana Roo provocó el efecto del principio de exclusión,
mismo que no permite el uso del suelo para otros fines que no
sean forestales. Este hecho le permite a la comunidad fijar las
reglas de manejo forestal y de otras actividades como la extracción
de resinas, cacería, etcétera. Lo que aparece como
obvio no lo es para una enorme cantidad de ejidos forestales.
Ni la ley forestal vigente, ni el inventario forestal nacional
de gran visión incluyen este concepto específico
de inventarios para bosques manejados aprovechables, y así
apoyar a las comunidades en la elaboración de los mismos
que pudiesen ser objeto de cuentas nacionales ambientales. Un
segundo paso vinculado al proceso anterior sería la generación
de diseños de ordenamiento que den cuenta de la economía
campesina agrícola y forestal. Pocos ejidos y comunidades
forestales se dedican exclusivamente a la actividad forestal.
Todas las experiencias exitosas delimitan su territorio boscoso.
El ordenamiento territorial y ecológico como acto consciente
para el buen manejo forestal y del territorio es un proceso nuevo
para las comunidades. Por ejemplo, este proceso de ordenamiento
tardó por ejemplo tres años en el caso de las comunidades
de la organización UZACHI (Unión de Comunidades
Productoras Forestales Zapoteca-Chinanteca de la Sierra de Juárez,
Oaxaca). Entre más participativo es este proceso, con más
facilidad se llega a reglas claras de consenso para el manejo.
Si el ordenamiento fuera decretado por las autoridades federales
y estatales con los mejores sistemas de información geográfica
no habría posibilidad que las reglas impuestas se cumplan.
Observamos que el ejercicio amplio, abierto y consciente del ordenamiento
territorio y ecológico y el establecimiento de las reglas
prácticas con acciones determinadas, genera un nuevo pacto
social grupal sobre el territorio. El ordenamiento territorial
contiene áreas de conservación estricta de biodiversidad,
de protección de cuencas y manantiales, de aprovechamiento
forestal, de agricultura intensificada con riego y de espacios
para el crecimiento urbano. Un tercer nivel necesario para el
desempeño sustentable de la comunidad forestal es el que
se refiere al plan de manejo de los productos maderables y no
maderables en relación con el ordenamiento espacial. El
ordenamiento de los aprovechamientos forestales tiene sus reglas
exteriores y tiene que ser aprobado con los permisos que otorga
la autoridad ambiental.
REAPROPIACIÓN
DEL CONOCIMIENTO Y DIÁLOGO DE SABERES EN LAS EMPRESAS FORESTALES
COMUNITARIAS
Por
la naturaleza del aprovechamiento forestal de los maderables,
la regulación y frecuencia de la apropiación del
recurso tiene un respaldo técnico y legal. Sin embargo,
las comunidades que mejor han desarrollado su manejo, pasaron
y pasan por un proceso de apropiación y construcción
de conocimiento, sobre la base del prexistente. En Quintana Roo,
por ejemplo, los chicleros (acopiadores de la resina del chicozapote,
Manilkara zapota) que llegaron en la primera mitad del siglo pasado
desde el estado de Veracruz, aprenden de los mayas cómo
se nombran los puntos geográficos, los nombres de la vegetación,
el comportamiento de los animales silvestres, la medicina tradicional,
los mitos e interpretaciones del ciclo anual de las lluvias y
la compleja clasificación de los suelos y sus usos. A partir
de la cancelación de las concesiones forestales a principio
de la década de los ochenta, a una gran empresa paraestatal
que había cosechado en 25 años 600 mil metros cúbicos
de cedro y caoba, los campesinos, han tenido que apropiarse de
las técnicas de la cosecha ordenada en el bosque natural.
Para ello, los inventarios forestales son un requisito importante
para mantener una cosecha constante de la madera comercial, sin
que merme el recurso. Cuando se hacen los primeros inventarios
forestales, se genera un proceso intelectual colectivo de apropiación.
Los técnicos forestales que trabajaban en la zona eran
pasantes en ingeniería forestal educados para las áreas
templadas. Los saberes mayas de la selva correspondían
a otra lógica productiva. La asamblea decidió que
la mayoría de los socios participaran en los inventarios,
abriendo brechas, midiendo, clasificando y aprendiendo técnicas
de muestreo. Se dio así un intercambio de conocimiento
horizontal en que se aportaban nombres de los árboles,
y de los suelos según los conocimientos mayas y la asimilación
de la comunidad de lo que tenía en su territorio. Este
proceso de re-conocimiento no ha terminado. El contacto cotidiano
de los jóvenes con la selva, que después son enviados
por la comunidad a las escuelas técnicas o a la universidad
para su posterior incorporación a la empresa forestal como
técnicos con saberes asimilados desde las dos perspectivas.
La empresa forestal campesina genera así sus propios intelectuales
que piensan junto con los otros socios las estrategias en un proceso
constante. De hecho, las empresas forestales campesinas exitosas
han emprendido desde su fundación un proceso de apropiación
y reapropiación de los saberes locales con los técnicos.
En este contexto, se producen procesos constantes de negociación
entre los conocimientos técnicos del ingeniero forestal
y las formas tradicionales de regulación del bosque. Así
por ejemplo en comunidades de Oaxaca, los comuneros no aceptan
pequeñas matarrasas para regenerar bosques coetáneos.
En casi ninguna de las empresas forestales comunitarias se aprovecha
todo el volumen autorizado y la asamblea decide cuánto
del mismo se va a aprovechar (Alatorre 2002). Casi todas las empresas
sociales así como los ejidos y comunidades tradicionales
tienen sistemas de vigilancia para la observancia de estas reglas
por parte de sus miembros, y también para evitar la entrada
de saqueadores que provienen del exterior. A pesar de que las
organizaciones sociales parten de las estructuras oficiales que
el Estado mexicano ha diseñado para las comunidades con
tenencia de la tierra comunal o ejidal, hay matices importantes
en su organización. Así por ejemplo, en los bosques
del estado de Oaxaca conviven dos mecanismos de regulación
sobre las tierras comunales: por un lado, las instituciones internas
representadas por las autoridades comunales tradicionales, responsables
de los bienes comunales y, por el otro, las reglas y prescripciones
establecidas en los programas de manejo forestal. Así cuando
una comunidad tiene autoridades internas sólidas y funcionales,
el programa de manejo forestal se incorpora como uno más
de los mecanismos que regulan el uso y acceso del bosque (Gerez
2002).
El
estatus de comunero implica derechos y obligaciones que no se
limitan sólo al bosque. Los derechos comunales son sobre
toda la propiedad común, y no solo para el territorio forestal.
Participar en la asamblea es obligatorio y un derecho. En el terreno
político, los comuneros tienen que participar obligatoriamente
en el sistema de cargos que por un lado se refiere a la gestión
del bosque, pero igual puede ser para la administración
municipal, el agua, la escuela, para la iglesia. La mayoría
de estos cargos no son remunerados, aunque el de los bienes comunales
y de la empresa sí lo son. Es difícil que un comunero
se niegue a asumir un cargo asignado por una asamblea. La organización
social y el diseño institucional deben generar una estructura
de poder de consenso para evitar la apropiación privada
del recurso. Para ello debe haber instituciones y mecanismos para
resolver los conflictos, generalmente a través de las asambleas
periódicas.
Las
experiencias recientes muestran por lo menos tres situaciones
distintas: a) la que se refiere a las situaciones en que la asamblea
ha perdido el control sobre los recursos y en las que, si bien
no existe un escenario de acceso abierto al exterior, grupos internos
se apropian ilegítimamente del recurso; b) la asamblea
controla a sus autoridades y al recurso; c) en la medida en que
las empresas forestales vuelven más complejo su quehacer
y generan estrategias empresariales comunitarias a mediano y largo
plazo se van creando instancias intermedias de toma de decisión
que se ubican entre la asamblea y la administración de
la empresa. Los estudios de los casos exitosos muestran que la
estructura ejidal y comunitaria puede generar esquemas autogestionarios
por excelencia. La asamblea tiene la autoridad de elegir a sus
autoridades –esto es, la presidencia del comisariado ejidal
o comunal y al consejo de vigilancia–, de decidir qué
equipo se va adquirir y qué proporción del volumen
autorizado se aprovecha.
Avalado
por la ley agraria, la asamblea es la máxima autoridad
del ejido o comunidad, y está en la base del gobierno de
los bienes comunes. Las autoridades ejidales o comunales son la
directiva de la empresa. La ventaja de esta forma de organización
es que hay un recambio constante y muchos ejidatarios y comuneros
pueden acceder a los puestos directivos. En realidad la gestión
del poder de las comunidades forestales es muy compleja. No hay
uniformidad en las experiencias y éstas dependen del liderazgo,
historia y cultura de cada una de ellas.
La
empresa forestal fundada en la asamblea tiene que regular las
relaciones de trabajo. En varios ejidos y comunidades la asamblea
fija las reglas que definen la intensidad del trabajo. Se genera
así una tensión entre la eficiencia exigida por
los precios del mercado y la idea de la gente de lo que quiere
y puede trabajar. Así, en una importante empresa social
de Oaxaca, el lunes no se trabaja porque es el día de mercado
en la cabecera municipal. En los ejidos de Quintana Roo el tabulador
para el pago de ciertas actividades se negocia anualmente. Estamos
ante la curiosa situación en que los dueños de la
empresa fijan sus salarios. Depende de la gestión estratégica
si la empresa social logra mantener el empleo de sus socios todo
el año. El concepto de eficiencia empresarial capitalista
es muy relativo. Para los campesinos, la medida económica
de la “eficiencia” de su empresa es satisfacer un
ingreso de subsistencia. La estrategia de la gestión empresarial
de la empresa social es el logro de números negros, para
que la empresa pueda desarrollar nuevas fuentes de trabajo durante
todo el año para la mayoría de los socios. Este
hecho no limita el uso cultural de los activos o ganancias de
la empresa misma.
Así,
las empresas forestales de muchas comunidades apoyan y organizan
el servicio de transporte, la clínica del pueblo o el quirófano
en la ciudad, las becas a los hijos, la introducción de
agua potable, la construcción de un palacio municipal o
una iglesia o la organización de la fiesta del pueblo.
Varios servicios los debería cubrir el Estado. Cuando la
Secretaría de Hacienda y Crédito Público
quiso embargar una de las empresas por falta de pago de impuestos,
los campesinos respondieron airadamente que ellos habían
pagado los servicios que el gobierno no había sido capaz
de introducir.
Otro
aspecto importante del desempeño de la empresa que maneja
el bien común forestal está en la misma administración
de la empresa forestal. En la mayoría de los casos ésta
se centra en el comisariado ejidal o comunal. El desempeño
de la administración está traspasado por varios
factores ajenos a la propia empresa, como es la representación
de todo el ejido en su carácter agrario, reuniones con
funcionarios y dependencias gubernamentales que impulsan proyectos
ajenos a lo forestal, etcétera. Es de esta manera como
la empresa forestal subsidia otras actividades. En el desempeño
de la empresa comunal se discute mucho alrededor de la honorabilidad
de los que detentan los puestos directivos. La desconfianza sistemática
hacia ellos genera sistemas regulatorios complejos. Una de estas
medidas es la renovación de la directiva cada dos años.
En algunas comunidades la asamblea elige a los miembros de un
“consejo de caracterizados” mismos que con anterioridad
habría tenido experiencia en el manejo de la empresa forestal.
Se trata de una organización comunal intermedia entre una
asamblea y la directiva. Por lo menos una vez al año este
consejo audita los ingresos y egresos, las cuentas, cuestiona,
y aprueba o desaprueba su reporte anual y elige al gerente de
la empresa si fuera necesario. Con las experiencias de la forestería
comunal en México y ahora en algunos casos del Petén,
Guatemala, se cumplen algunas de las premisas que se refieren
a las autonomías comunitarias como base para un proyecto
alternativo de las comunidades y ejidos campesinas e indígenas.
Con esta experiencia, se muestra cómo para desarrollar
el concepto de sustentabilidad es necesario que las comunidades
campesinas e indígenas administren su territorio con proyectos
propios, y no expulsándolos tal como lo hizo la dictadura
chilena con los mapuches. Es un laboratorio importante para analizar
la ocupación social y cultural del territorio que generalmente
contiene una parte importante de la alta biodiversidad. Se trata
del manejo del bosque natural con ordenamientos territoriales
para garantizar las aproximaciones culturales y productivas múltiples,
que involucra en su expresión más avanzada la agricultura
con enfoque agroecológico por pisos ecológicos con
su manejo correspondiente del suelo, la conservación de
especies en peligro de extinción, la ganadería y
agroforestería comercial y el manejo sostenible de fauna.
Para su buen desempeño es necesario que se fijen reglas
de acceso y uso claros, mismos que son avaladas por la asamblea
de socios sobre la base de la racionalidad del manejo sustentable
del bosque natural. Estas experiencias agroforestales en México
se van acercando a las experiencias de las Reservas Extractivistas
brasileñas, si bien en otros contextos. Así, la
población indígena-campesina de Los Chimalapas reivindica
un área de 600.000 hectáreas de las selvas tropicales
del sur de México, entre los estados de Oaxaca y Chiapas,
propugnando por la creación de la Reserva Campesina de
Biodiversidad de Los Chimalapas. La invención de este concepto
muestra la misma preocupación que los seringueiros al afirmar
ambos el contenido ecológico (biodiversidad) y sociológico
(campesino), sin los cuales la problemática ambiental pierde
su radicalidad instituyente de nuevos paradigmas de sustentabilidad.
Así, la Reserva Campesina de Biodiversidad y la Reserva
Extractivista superan el concepto de Unidad de Conservación
Ambiental, donde la población queda excluida. Por el contrario,
en los dos primeros la población es protagonista de la
gestión de los recursos naturales.
LA
LOCALIZACIÓN DE LA GLOBALIZACIÓN. HACIA UNA POLÍTICA
DE LA IDENTIDAD Y LA DIFERENCIA
Hoy, la globalización está alcanzando los límites
del logocentrismo, el centralismo económico y la concentración
del poder. Una fuerza centrífuga está siendo generada
hacia la descentralización económica, la autonomía
de las comunidades y la apertura del conocimiento, de donde emergen
nuevos significados que reorientan el curso de la historia y de
la civilización humana. Aun cuando el discurso del desarrollo
sustentable está siendo asimilado por la racionalidad económica
y por las políticas de capitalización de la naturaleza,
los principios de la sustentabilidad se están arraigando
en el ámbito local a través de la construcción
de nuevas racionalidades productivas, sustentadas en valores y
significados culturales, en las potencialidades ecológicas
de la naturaleza, y en la apropiación social de la ciencia
y la tecnología. Mientras la globalización promueve
la distribución espacial de su lógica autocentrada,
penetrando cada territorio, cada ecosistema, cada cultura y cada
individuo, las políticas de la localidad están construyendo
una globalidad alternativa desde la especificidad de los ecosistemas,
la diversidad cultural y la autonomía de las poblaciones
locales, sustentadas en una racionalidad ambiental. Más
allá de la valoración económica de la naturaleza
y de la cultura, esta nueva racionalidad depende de la actualización
y reconfiguración de las identidades y la emergencia de
nuevos actores sociales que puedan construir una nueva racionalidad
productiva, basada en los potenciales ecológicos de la
naturaleza y en los significados culturales de los pueblos. La
construcción de esta nueva racionalidad productiva pasa
por la reconstitución de los saberes y prácticas
de los actores sociales del ambientalismo emergente. El conocimiento
local no es solamente el arsenal de técnicas y saberes
construidos por la práctica. Este está edificado
sobre significados elaborados a través de procesos simbólicos
que configuran estilos étnicos de apropiación de
la naturaleza. Esto conduce a la actualización de las diversas
formas culturales del ser con la revalorización del etnicismo
y la reivindicación de la autonomía de los pueblos
indios. El conocimiento pasado, dominado y oprimido, se está
reconstruyendo en un nuevo saber local, mezclado de manera híbrida
con los nuevos discursos de la globalización y de la sustentabilidad,
con la ciencia y la tecnología modernas. La sustentabilidad
es una cuestión del ser y del tiempo, y no de la economización
de la naturaleza. Las sociedades “tradicionales” y
las economías locales no producen solo valores de uso y
de cambio; también generan “significados de uso”
que reflejan la compleja relación del orden simbólico-natural
en las relaciones de producción económico-políticas.
La naturaleza no está solamente codificada por un lenguaje
y guiada por una racionalidad económica dominante. Las
invenciones de la humanidad, grabadas en la memoria colectiva
de los pueblos remergen hoy dentro de procesos de resignificación,
reafirmación y actualización de las identidades
de los pueblos, como una “relocalización” de
sus mundos de vida.
Los “entes culturales” están siendo recodificados,
recobrando aquello que alguna vez fue depositado en la memoria
de la cultura, desenredando la madeja del tiempo y forjando un
nuevo vínculo entre el pasado y el futuro. El espacio y
el lugar están siendo “reinventados” desde
las identidades culturales para enraizar y especificar las condiciones
de sustentabilidad allí donde las construcciones del logocentrismo
de las ciencias se han extraviado, perdiendo sus referentes geográficos
y sus sentidos culturales. Sin embargo, no sólo se trata
de la necesidad de dar soporte empírico y referencias locales
a una racionalidad globalizadora y globalizante, de encontrar
el balance y la simetría entre lo global y lo local, el
punto de equilibrio entre la conservación y el crecimiento
económico. Los procesos donde arraiga la sustentabilidad
son al mismo tiempo de carácter “material-objetivo”
y “simbólico-subjetivo”, y están marcados
por principios, valores y significados diferenciados. El lugar
es el locus de la co-existencia de lo diverso, donde la naturaleza
y la cultura necesariamente conviven y contiene siempre una materialidad
constituida por los distintos cuerpos de los entes que constituyen
cada lugar, lo que exige una percepción del tiempo siempre
concreta y, por eso, distinta. Es el locus donde se encuentran
y conviven las diferentes matrices de racionalidad. La política
del lugar está emergiendo como un reclamo social, movilizada
por los nuevos derechos a la identidad y a la diferencia cultural
de los pueblos (CNDH 1999, Sandoval y García 1999), legitimando
reglas más plurales y democráticas de convivencia
social. El lugar es el territorio donde la sustentabilidad entierra
sus raíces en las bases ecológicas y en las identidades
culturales. Es el espacio social donde los actores sociales ejercen
su poder para controlar la degradación ambiental y para
movilizar potenciales ambientales en proyectos autogestionarios
generados para satisfacer necesidades, aspiraciones y deseos de
la gente. El nivel local es donde se forjan las identidades culturales,
donde se expresan como una valorización social de los recursos
económicos y como estrategias para la reapropiación
de la naturaleza. Si la globalización es el espacio donde
las sinergias negativas hacen manifiestos los límites del
crecimiento, lo local es el espacio donde emergen las sinergias
positivas de la racionalidad ambiental. Una nueva política
del lugar y el ser está siendo construida a través
de las luchas actuales por la identidad, por la autonomía
y por el territorio. Una política del ser subyace al clamor
por el reconocimiento de los derechos a la supervivencia, a la
diversidad cultural y a la calidad de vida de los pueblos; es
una política del devenir y la transformación, que
valoriza el significado de la utopía como el derecho de
cada comunidad para forjar su propio futuro. Los territorios culturales
están siendo fertilizados por un tiempo pleno de significados.
No es sólo la reivindicación de los derechos culturales
que incluyen la preservación de los usos y costumbres de
sus lenguas autóctonas y sus prácticas tradicionales,
sino una política cultural para la reconstrucción
de las relaciones sociales y productivas con la naturaleza en
la perspectiva de la sustentabilidad del desarrollo. Esta política
cultural esta siendo forjada por diversos movimientos emergentes
de las poblaciones indígenas, comunidades campesinas y
grupos afrodescendientes, como lo muestra el movimiento negro
del Pacífico Colombiano, que emerge justamente de un proyecto
de biodiversidad gestado dentro de las políticas emergentes
del proceso de Río-92 (Grueso, Rosero y Escobar, 1997):
Los principios primordiales del movimiento para la organización
política [son] el derecho a una identidad, esto es, el
derecho a ser negro de acuerdo a la lógica cultural y la
visión del mundo arraigada en la experiencia negra [...]
para la reconstrucción de la propia conciencia negra y
el rechazo del discurso dominante de la “igualdad”
con su obliteración concomitante de la diferencia. Segundo,
el derecho a un territorio como un espacio para ser y como elemento
esencial para el desarrollo de la cultura. Tercero, el derecho
a una autonomía política como un pre-requisito para
la práctica de ser, con la posibilidad de promover la autonomía
social y económica. Cuarto, el derecho de construir su
propia visión del futuro, del desarrollo y de sus prácticas
sociales basadas en los usos y costumbres en la producción
y la organización social. Quinto, el principio de solidaridad
con las luchas de las poblaciones negras del mundo en busca de
visiones alternativas [...] Los activistas conceptualizan el territorio
como un espacio para la creación de futuros, para la esperanza
y la continuación de la existencia. (Escobar, 1997a: 14-16)
De
esta manera, las poblaciones indígenas están generando
nuevos derechos culturales para recuperar el control sobre su
territorio como un espacio ecológico, productivo y cultural
para reapropiarse un patrimonio de recursos naturales y significados
culturales. La racionalidad ambiental está siendo internalizada
por nuevos actores sociales, expresándose como una demanda
política que guía nuevos principios para la valorarización
del ambiente y para la reapropiación de la naturaleza,
arraigándose en nuevos territorios y nuevas identidades
(Leff 1995). La política cultural está emergiendo
junto con la construcción de un conocimiento del ambiente
donde el tiempo-significante habita el ser (Leff 2000). La política
cultural se está forjando en el crisol de la diferencia,
de actores sociales que incorporan diferentes significados y prácticas
culturales, en la hibridación de diferentes procesos materiales
y simbólicos, en la actualización de seres hechos
de tiempo, de vida y de historia. Dentro de la globalización
se están forjando nuevas identidades donde se conjugan
diferentes regímenes históricos y epistémicos,
donde el despertar de tradiciones, la supervivencia de significados
y la gestación de nuevos saberes se articulan con las ciencias
y las tecnologías modernas; donde se abren las posibilidades
para la convivencia de lo diverso. Estas son alternativas promisorias
para un nuevo mundo, para un futuro sustentable.
NOTAS
1 El Tratado Internacional sobre Semillas y Derechos de los Agricultores
(primer tratado internacional del siglo XXI, aprobado el 3 de
noviembre de 2001), establece un sistema multilateral para el
acceso al germoplasma de 35 géneros de cultivos básicos
para la alimentación (entre ellos maíz, trigo, arroz,
frijol y avena) y 29 especies de forrajeras, las cuales no podrán
ser patentadas ni reclamadas bajo ninguna forma de propiedad intelectual.
Define los derechos del agricultor que reconocen formalmente su
derecho a conservar, utilizar, intercambiar y vender semillas
conservadas en su propia finca, así como el derecho a la
protección de los conocimientos tradicionales sobre las
semillas y a participar en la distribución de los beneficios
derivados de la utilización de estos recursos.
2 En este sentido, los pueblos indios representados en el Primer
Foro Internacional de los Pueblos Indígenas sobre Cambio
Climático, celebrado en Lyon, Francia en septiembre de
2000, expresaron su rechazo a la inclusión de los sumideros
de carbono bajo el “mecanismo de desarrollo limpio”,
por que “significa una forma reducida de considerar nuestros
territorios y tierras a la captación o liberación
de gases de efecto invernadero, lo cual es contrario a nuestra
cosmovisión y filosofía de vida. La inclusión
de sumideros provocara además una nueva forma de expropiación
de nuestras tierras y territorios y la violación de nuestros
derechos que culminaría en una nueva forma de colonialismo
[...] creemos que [el MDL] es una amenaza por la continua invasión
y pérdida de nuestras tierras y ter ritorios y la apropiación
de ellas a través del establecimiento o la privatización
de nuevos regímenes de áreas protegidas [...] Nos
oponemos rotundamente a la inclusión de sumideros, plantaciones,
plantas de energía nuclear, mega hidroeléctricas
y de energía del carbón. Además nos oponemos
al desarrollo de un mercado de carbono que ampliaría el
alcance de la globalización”.
3 “En días pasados ocurrieron graves incidentes en
la ciudad de Temuco, que finalizaron con más de 125 comuneros
presos, muchos lesionados y destrozos graves. Estos incidentes
son producto de una larga cadena de usurpaciones que ha sufrido
el pueblo mapuche durante todo el siglo XX y que permanecen sin
tener el reconocimiento público y fundamentalmente del
Estado, que sigue actuando a favor de las empresas forestales
y brindándoles su apoyo de muchas formas, entre otras poniendo
la fuerza policial al servicio de las empresas. Quienes tienen
más derecho para hablar de daños y violencia son
los mapuche, que en estos últimos años han denunciado
insistentemente el ahogamiento y acorralamiento que sufren las
comunidades que colindan con empresas forestales, la pérdida
de sus tierras, la improductividad, contaminación y la
escasez de agua causadas por las plantaciones exóticas,
las emigraciones forzadas, la presencia de grupos paramilitares
de seguridad forestal; el complot, el sabotaje y las actitudes
represivas de empresas en contra de mapuches, las detenciones
y procesamientos judiciales arbitrarios. Los mapuche vienen manifestando
de diversas formas su disconformidad frente a los procesos que
hoy se verifican en sus territorios ancestrales afectando sus
derechos. Destaca fundamentalmente la expansión de la actividad
forestal sobre tierras que históricamente les pertenecen
y que son reconocidas y protegidas por la legislación por
su carácter indígena. La plantación de árboles
exóticos literalmente ha encerrado a las comunidades dentro
de su propio espacio ancestral (las empresas forestales posen
1,5 millones de hectáreas al sur del Bío Bío),
afectando seriamente las tierras y las aguas de los mapuche. A
pesar de que los forestales aducen tener derechos Constitucionales
sobre las tierras que posen, los mapuche “han visto sus
tierras disminuir gradualmente desde mediados del siglo XIX, primero
mediante la radicación en reducciones, luego a través
de la división y enajenación de sus tierras comunales
promovida por el Estado, y más tarde, a través de
la pérdida de las tierras que les fueran entregadas a través
de la reforma agraria. Se trata de un proceso que los mapuche
conocen con un nombre: usurpación.
Todo esto ha conducido a un creciente distanciamiento entre el
mundo mapuche y el Estado y las empresas privadas presentes en
su territorio. Los mapuche reclaman lo que de acuerdo con su historia,
concepción del mundo, a su sistema de normas y valores
consideran que les pertenece y les ha sido arrebatado. El Estado,
por su par te, impone su ley, su estado de derecho. Las consecuencias
de dicha incomunicación son la situación de violencia
que hoy se vive en las comunidades mapuche y que se agrava progresivamente.
Es hora de que el Estado chileno asuma su responsabilidad histórica
en el drama del pueblo mapuche y que empiece a buscar soluciones
reales, que necesariamente pasan por la devolución de tierras
usurpadas por las empresas forestales durante la dictadura pinochetista”.
Boletín no. 48, julio 2001.
4 Véase Boletines del Movimiento Mundial por los Bosques
Tropicales.
5 “Las estrategias de desarrollo social y productivo deben
ser complementarias. La acciones de política social procuran
for talecer el capital humano de las familias de la región
particularmente su salud, educación (incluyendo la castellanización)
y su capacitación laboral, mejorando la calidad de la oferta
laboral y, en algunos casos, facilitando su migración.
Las acciones de desarrollo pr oductivo deben traducirse en el
fortalecimiento y la diversificación de la demanda privada
de trabajo, lo que a su vez debe aumentar la rentabilidad de las
inversiones en capital humano de las familias de la región.”
(Dávila, Kessel y Levy 2000)
6 El hecho mismo de que existan sociedades fundadas en múltiples
matrices de racionalidad nos plantea incluso la dificultad de
etiquetarlas con un nombre general. Decir que son “no-occidentales”
significa hablar de lo que ellas no son y no de ellas mismas.
Asimismo, cuando hablamos de sociedades tradicionales, en la medida
que las designamos por oposición con las sociedades modernas,
significa aceptar una distinción que sólo tiene
sentido para las sociedades modernas. Y conocemos las significaciones
que inducen esas clasificaciones: jerarquizaciones, discriminaciones,
descalificaciones.
7 “La cultura es el complemento de los recursos naturales
en los sistemas productivos campesino-indígenas; la cultura
orienta el uso de los recursos, mientras que éstos condicionan,
hasta cierto grado, las opciones de vida del grupo étnico.
Así concebida, la cultura es un recurso social, capaz de
usarse destructiva o racionalmente, de perderse o desarrollarse.”
(Varese y Martin 1993: 738)
8 “El patrimonio cultural es un recurso importante para la
región. El logro de la sustentabilidad en las grandes estrategias
agrícolas de los Andes, en las selvas tropicales y en las
tier ras anegadizas, requerirá la incorporación
de tecnologías mayas, incaicas y preincaicas, aztecas y
de otras etnias. Tales etnias campesinas posen un riquísimo
patrimonio tecnológico, cuyo deterioro ha provocado enormes
costos ecológicos en numerosos países, especialmente
en México y Perú. Ellos lograron resolver problemas
en los que la tecnología del Norte ha fracasado […]
como en ar ticular el policultivo agrícola en pequeños
desmontes con el uso extensivo de la selva contigua (lo hacen
los descendientes de los mayas); manejar rodeos mixtos multipropósito
para sobrevivir en climas semiáridos de alta variabilidad
(los aymaras y los quechua en Bolivia); manejar la selva caducifolia
para trasformarla en ecosistema poliproductivo, incluso en épocas
de sequías extraordinarias; desarrollar germoplasma que
responda a climas de baja predectibilidad y de lluvias (variedades
de maíz y frijol de ciclos muy cortos, cortos y largos);
desarrollar variedades adaptables a distintos pisos altitudinales
(incas, mayas) y al gradiente latitudinal (pueblos andinos, mayas)...”
(Morello 1990)
9 “Con arreglo a su legislación
nacional, respetará, preservará y mantendrá
los conocimientos, las innovaciones y las prácticas de
las comunidades indígenas y locales que entañen
estilos tradicionales de vida pertinentes para la conser vación
y la utilización sostenible de la diversidad biológica
y promoverá su aplicación más amplia, con
la aprobación y la participación de quienes posean
esos conocimientos, innovaciones y prácticas, y fomentará
que los beneficios derivados de la utilización de esos
conocimientos, innovaciones y prácticas se compar tan quitativamente”.
10 c) Protegerá y alentará la utilización consuetudinaria
de los recursos biológicos, de conformidad con las prácticas
culturales tradicionales que sean compatibles con las exigencias
de la conser vación o de la utilización sustentable;
d) Prestará ayuda a las poblaciones locales para preparar
y aplicar medidas correctivas en las zonas degradadas donde la
diversidad biológica se ha reducido.
11 Que señala la necesidad de la transferencia de conocimientos
especializados, autóctonos y tradicionales, por sí
solos o en combinación con las tecnologías per tinentes
para la conservación y utilización sostenibles.
12 “4. De conformidad con la legislación y las políticas
nacionales, las Partes Contratantes fomentarán y desar
rollarán métodos de cooperación para el desar
rollo y utilización de tecnología, incluidas las
tecnologías autóctonas y tradicionales, para la
consecución de los objetivos del presente Convenio. Con
tal fin, las par tes promoverán también la cooperación
para la capacitación del personal y el intercambio de expertos”.
13 Esta tendencia señala que toda tradición científica
y cualquier conocimiento que interactúa o se relaciona
con la ciencia occidental, acaban finalmente siendo subyugado
por ella e incorporados a sus acervos (Feyerabend 1988).
14 Se trata por ejemplo, de la instrumentación que supone
la formación de parataxónomos para la etnobioprospección,
por parte de organismos como INBIO. Los parataxónomos conocen
y trabajan sobre un conjunto de tareas muy delimitadas y constreñidas,
pero no participan del conjunto del proyecto.
15 Dado que consideramos a la interculturalidad como un fenómeno
propio de las sociedades complejas y de los individuos que las
conforman, y que la educación puede contribuir al desarrollo
de una interacción respetuosa y fecunda entre individuos
y culturas, postulamos el respeto y atención pedagógica
de la diversidad en todos los niveles y modalidades del sistema
educativo . (Gigante 1996)
16 La correria fue una práctica común a finales del
siglo XIX e inicio del siglo XX, en que los trabajadores llevados
para extraer el látex de las seringueiras mataban o ahuyentaban
con sus armas a las poblaciones originarias. Es el otro lado de
la segunda revolución industrial a la que tanto contribuyó
el hule.
17 Es en el espacio geográfico constituido de lugares donde
conviven naturaleza y cultura; que los vectores verticales que
vienen de fuera y se encuentran con las horizontalidades que caracterizan
a los lugares; habitat y habitus se mezclan y dialectizan; es
el lugar donde existe una historia objetivada en las cosas y una
historia incorporada en el cuerpo de hombres y mujeres de carne
y hueso (Thompson 1998).
18 Es interesante obser var que el Centro nunca se ve como parte.
Lo regional es siempre una categoria inferior. La región
siempre es par te. En Brasil, por ejemplo, existe nordestino de
la región nordeste; nortista de la región Norte
y surista de la r egión sur. No existe sudestino de la
región sudeste ni tampoco centro-oestista de la región
centro-oeste en esta región donde la mayor parte de los
capitales vienen de fuera. De allí su falta de identidad
regional.
19 Las luchas por los derechos culturales y la reapropiación
social de la naturaleza se expresan en muy diversos movimientos
sociales en todos los países de América Latina,
desde los seri del norte de México hasta los mapuche de
la región austral de Argentina y Chile, pasando por los
movimientos indígenas y campesinos de México, Mesoamérica,
los países andinos y los pueblos amazónicos. Ante
la imposibilidad de hacer un análisis comprehensivo de
todos ellos en este corto espacio, nos limitaremos a esbozar algunos
de los movimientos sociales de la Amazonía brasileña.
20 Son pequeños criadores de ganado del valle de Médio
Araguaia (Mato Grosso, Brasil) que ocupan vastas áreas
de ese río, que es la segunda mayor área continental
alagada del planeta (la primera es el Pantanal matogrossense)
por medio del uso común de pastizales regulando sus prácticas
por las cheias y vazantes del río. Se trata de un área
de contacto de la Floresta Ombrófila
Densa
con lo Cerrado y, por tanto, de un ár ea de altísima
diversidad biológica y cultural (allí habitan los
indios karajá y los tapirapé entre otros, además
de campesinos que vienen de diferentes regiones del nordeste y
de diferentes regiones del Sur de Brasil).
21 Son campesinos que tejen su cultura en íntima relación
con el cerrado y sus fondos de valle. Se caracterizan también
por hacer uso común de recursos naturales y son r esponsables
de una rica culinaria y un enorme acervo de conocimientos acerca
de la naturaleza del cerrado.
22 Hablar sobre algo presupone colocarse fuera. Heidegger ya lo había
señalado.
23 En Brasil se llama posseiro a quien ocupa una tierra sin tener
la titularidad jurídica de la misma. El posseiro no es
un propietario de la tierra. La permanencia en la tierra algunos
años, sin la titularidad jurídica, hace posible
reivindicarla como propietario.
24 Es preciso tener cuidado con la expresión caboclo, ya que
fue muy usada por los hacendados en Acre, en la década
de los setenta para indicar que no eran indígenas las poblaciones
que habitaban aquellos ríos, sobre todo los del Alto Juruá.
Así, la expresión caboclo era utilizada para negar
la identidad indígena y todos los derechos a la demarcación
de tierras que deriva de esa condición. Entretanto, en
décadas anteriores los proprios indios se denominabam caboclo,
porque así, al no identificarse como indios se libravan
de las massacres y “correrias”. Como se ve, las identidades
son un juego de cartas que se manipula de acuerdo con las circunstancias.
La identidad no es sustantiva sino relacional.
25 World Rainforest Movement Boletín Nº 44, marzo, 2001.
26 Con estas observaciones se rebaten en la práctica el abuso
de las generalizaciones de la “tragedia de los comunes”
de Hardin. El acceso abierto y la destrucción de los recursos
naturales es una de varias opciones del manejo del bien común.
27 No tienen derechos sobre el recurso maderable los avecindados,
los hijos de los ejidatarios y las mujeres que no estén
acreditadas como ejidatarias. En el caso de la modalidad comunal
de tenencia de la tierra, depende de los acuerdos internos, de
cuando se adquiere el carácter de comunero(a).
28 Es interesante observar que esa práctica es común
en regiones, pueblos y culturas donde no hay un predominio de
la propiedad privada de la tierra, sino un uso comunitario de
los recursos naturales. Identificamos esas prácticas en
varias regiones de Brasil, tanto en la región semiárida
del Nordeste como en los Cerrados de Minas Gerais; entre los indios
guaraníes, del sur y sudeste brasileño y en Paraguay
(Ladeira 2001) y entre familias campesinas de Galicia en el nordeste
de España. Todo indica que esa práctica es mucho
más generalizada de lo que se ha admitido hasta ahora (Campos,
2000).
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Coordinador de la Red de Formación Ambiental para América
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Caribe, PNUMA, México. Correo-e: eleff@rolac.unep.mx.
** Secretario Académico de la Dirección General
de Estudios de Posgrado de la
UNAM, México. Correo-e: argueta@mail.rolac.unep.mx.
*** Profesor- Investigador del Instituto de Antropología
e Historia, México.
Correo-e: eboege@infosel.net.mx.
**** Coordinador del Programa de Posgrado en Geografía
de la Universidad Federal
Fluminense (Niterói, Rio de Janeiro, Brasil). Corre-e: cwpg@nitnet.com.br.