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Clima oceánico: los mares mexicanos ante el cambio climático global

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Artemio Gallegos García*

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INTRODUCCIÓN

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HA TRANSCURRIDO POCO MÁS de un siglo desde las primeras advertencias sobre el aumento en la concentración de bióxido de carbono atmosférico (CO2) debido a la quema de combustibles fósiles pudiera alterar las propiedades ópticas de la atmósfera (Arrhenius 1896 y Callendar 1938) e inducir cambios en las componentes de la ecuación del equilibrio termodinámico de la Tierra, particularmente la que se refiere a la temperatura media global de la capa límite de la troposfera baja.

En la década de 1950, algunos científicos —entre los que destacaron Carl Gustav Rossby y Roger Revelle— revivieron el tema de la creciente concentración del CO2 y alentaron la realización de estudios analíticos que condujeron a las primeras estimaciones detalladas de este problema (Revelle y Suess 1957, Bolin y Eriksson 1959). Tales trabajos germinales estimularon una línea de investigación geofísica de suprema importancia y de contundente actualidad —el estudio del clima terrestre y del cambio climático global— con la que al paso del tiempo se constata que la enérgica actividad desarrollista del conglomerado humano perturba la “evolución natural” de la atmósfera, del mar y de la tierra, a tal grado que pone en riesgo su propia supervivencia en éste nuestro planeta.

El tiempo transcurrido desde entonces ha atestiguado la emergencia vigorosa de las Ciencias Ambientales y el desarrollo de investigaciones teóricas y empíricas específicas, y la realización de extensos programas nacionales e internacionales de observación, registro y medición de muy diversas variables ambientales relacionadas con el clima terrestre; su evolución, variabilidad y predicción a escalas local, regional y global.

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EL CLIMA

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La más obvia manifestación del clima en algún lugar de nuestro planeta, escogido al azar, es el carácter de los cambios en las condiciones ambientales que suceden en ese punto geográfico. De esta manera emergen y se identifican los acontecimientos locales del estado atmosférico cotidiano —el ‘tiempo’ diario— de cuya estadística acumulativa resultan las definiciones de temporadas (‘lluvias’, ‘sequía’, ‘nevadas’, etc.) y las condiciones meteorológicas promedio que distinguen a las estaciones del año en ese lugar. Típicamente, en un periodo de varias décadas, estos cambios se dan regularmente y casi siempre en el mismo orden. Éstos se repiten año con año en la misma sucesión y con expresiones ambientales distintivas de cada época, aunque debe destacarse que en muchos lugares son notorias algunas manifestaciones anómalas entre estaciones similares, una o más veces en una década. Existen en la literatura científica muy diversas descripciones coherentes del clima terrestre (SCOPE 1986 y Schneider 1989), comúnmente conocidas como ‘modelos del Sistema Climático Global’. Refiriéndose a éstos de manera muy resumida, todos afirman que el Sol es la fuente principal —y prácticamente única— de energía del Sistema Climático Global (SCG), y que la radiación solar se distribuye y se absorbe de manera heterogénea y diferencial en la biosfera terrestre, creando persistentes gradientes generalizados, lo suficientemente intensos como para generar e impulsar movimientos atmosféricos y oceánicos de redistribución de energía, momentum y masa, que tienden a debilitar o eliminar a tales gradientes para establecer un estado de equilibrio termodinámico y de homogenei- dad total, que el SCG alcanzaría sólo después de que desaparezca el forza- miento externo de la radiación solar.

Algunos modelos del SCG enfatizan el origen y las características distintivas de las estaciones; otros se esfuerzan en destacar el ciclo regular anual del clima; unos cuantos enfocan una descripción que explique la ocurrencia de las manifestaciones anómalas en la sucesión de los ciclos anuales y también hay los que acentúan su descripción en las variaciones de muy largo plazo, como son las glaciaciones (ver el capítulo Investigaciones de los glaciares y del hielo de los polos de L. Vázquez, en esta sección) y otros cambios milenarios de escala geológica (Kraus 1982).

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EL OCÉANO Y EL CLIMA GLOBAL

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Otro aspecto fundamental que los modelos del SCG tienen en común es que todos ellos establecen, como premisa elemental, que el océano juega un papel central en la evolución del clima por su capacidad para almacenar, transportar y liberar enormes cantidades de calor latente. En efecto, todos parten del hecho de que el océano es el que conduce y modula el SCG mediante tres procesos básicos de interacción océano- atmósfera: (1) la absorción y emisión de radiación electromagnética (fundamentalmente se absorbe radiación solar y se emite radiación infrarroja); (2) la evaporación y precipitación del agua, y (3) los flujos de momentum, flotabilidad y calor.

Al océano se le considera, en todos los modelos, como una especie de ‘volante inercial’ del SCG en virtud de que el clima terrestre está dominado por la intensidad, duración, ubicación y extensión geográficas de las tasas de transferencia de energía, momentum y masa entre el océano y la atmósfera. Tales condiciones físicas determinan el carácter, la frecuencia, las dimensiones y la fuerza de los meteoros que constituyen el tiempo meteorológico y contribuyen de manera acumulativa a las singularidades y a la identidad del clima local.

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EL CAMBIO CLIMÁTICO GLOBAL

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En principio, todo intento para abordar el problema del cambio climático global debe tener como base el conocimiento preciso del estado actual de la circulación atmosférica y oceánica en nuestra región, la caracterización física de las fuerzas que producen tales circulaciones y los cambios que tales fuerzas sufrirán como consecuencia del calentamiento global. Para ello es necesario, desde el punto de vista metodológico, detectar e identificar los cambios estadísticamente significativos en la circulación regional de la atmósfera y del océano que pudieran asociarse claramente al calentamiento global.

Para el caso del océano, infortunadamente y a pesar de que durante los últimos 30 años se ha avanzado notablemente en el conocimiento de la estructura hidrográfica regional de los mares de México, no existe suficiente información oportuna y contemporánea de la circulación regional del océano, ni en cantidad ni en calidad, para abordar el problema únicamente de esta manera. La situación para el caso de la atmósfera no es muy distinta.


MODELOS NUMÉRICOS

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La modelación numérica del movimiento del océano es una disciplina fundamental en la investigación oceanográfica moderna. Es una metodología en permanente desarrollo y expansión, siguiendo de cerca los avances más recientes en tecnología cibernética y en algoritmos numéricos. No existe área de las Ciencias del Mar que no haya sido tocada con las técnicas de la modelación numérica, y el tema de la circulación oceánica es sin duda el que más a fondo ha sido abordado: así lo corrobora la gran familia de modelos de circulación oceánica. Hoy en día existen modelos que se pueden usar para imitar la circulación del océano a escala global, o bien para remedar el flujo de las corrientes en una bahía de unos cuantos kilómetros de extensión.

Los modelos numéricos se usan para examinar la física de los procesos dinámicos y termodinámicos de tendencia al equilibrio que ocurren en el océano, en un amplio rango de escalas de tiempo y espacio. En particular, con los modelos de circulación del océano se intenta reproducir corrientes y transferencias de calor, masa y momentum bajo diversas condiciones de forzamiento, entre otras por viento y por flujos de flotabilidad. Además de tener ahora una mejor resolución espacial y temporal, muchos modelos actuales admiten procedimientos de asimilación de información e incorporan datos in situ (hidrografía, altimetría satelital, nivel del mar, precipitación, nubosidad, radiación solar, temperatura de la superficie del mar, etc.).

El beneficio de tales avances se refleja ahora en reproducciones más parecidas a las observaciones oceanográficas. En resumen, los modelos numéricos actuales de la circulación del océano son herramientas muy útiles para la predicción y, en consecuencia, tienen una gran aplicación en los estudios sobre los impactos del cambio climático global.

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ESCENARIO DEL CLIMA

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La Tierra, durante el último millón de años, ha completado ocho ciclos glaciales, oscilando de manera irregular entre un periodo ‘glacial primordial’, cuando las condiciones ambientales promedio del planeta son de frío, sequedad o lluvias escasas, gran extensión de los hielos polares y glaciares y el consecuente descenso del nivel del mar, y un periodo ‘interglacial húmedo’, caracterizado por condiciones ambientales medias de gran humedad y precipitación intensa, calor persistente, ausencia o presencia escasa de hielo polar y glaciar y un elevado nivel del mar (Broecker 1982). El clima actual se encuentra entre tales condiciones extremas, pero de manera inexorable avanza hacia alguna de ellas. Superpuestas sobre estas milenarias oscilaciones de escala global, existen otras fluctuaciones climáticas de mucho más corta duración y de menor extensión geográfica. Un ejemplo es el periodo que dura alrededor de 400 años (de 800 a 1200 d. C.), conocido como el ‘Pequeño Medioevo Cálido’, cuando el nivel medio del mar estuvo casi medio metro por arriba de su valor actual y la temperatura media ambiental fue 1°C más cálida que ahora. Sin duda ha sido ése el periodo más caliente de los últimos 2000 años, y fue más claramente percibido en las costas de la región del Atlántico del norte (Williams y Wigley 1983). Cambios en el clima regional como éste podrían dispararse a causa de un aumento en la concentración de gases invernadero en la atmósfera, y son dichos cambios futuros los que demandan la atención de nuestra sociedad actual.

El ciclo hidrológico de la Tierra se sustenta en la capacidad del océano para almacenar, transportar y liberar enormes cantidades de calor, y debido a esta virtud tiene una influencia determinante en el clima y su variabilidad. Sin embargo, el océano se subordina a los cambios que ocurren en la atmósfera, particularmente a las fluctuaciones en el régimen de vientos sobre la superficie del mar, a los procesos de evaporación-precipitación marina y a la radiación neta sobre el océano. Este hecho nos permite indagar sobre las condiciones oceánicas que prevalecerían en una Tierra más caliente si se conocen con un nivel razonable de certidumbre la distribución geográfica y la intensidad media de los vientos dominantes, régimen de precipitación-evaporación y radiación neta sobre la superficie de nuestro planeta.

Diversos estudios sobre paleoclima y sobre el clima reciente (Butzer 1964, Lamb 1964, Harris y Fairbridge 1967, Kellog 1977, Palutikof et al.1984, y Jones y Wigley 1990) proporcionan elementos para reconstruir de manera razonable la distribución geográfica de vientos dominantes, evaporación, precipitación, radiación neta y presión atmosférica a nivel del mar, bajo condiciones típicas de una Tierra más caliente, lo mismo que de una más fría. Bajo esta premisa se puede intentar entonces la descripción de la circulación oceánica en las condiciones ambientales imaginadas.

Circunscribimos nuestro interés en la circulación del océano en una Tierra más caliente, en virtud del inminente calentamiento global (ver el capítulo El ciclo global del carbono, de V. Jaramillo, en esta sección).

Así, los resultados de las reconstrucciones sugieren que en una Tierra con temperatura ambiental promedio más alta:

 

  • El calentamiento en verano sobre los continentes es más pronunciado, lo cual es causa a su vez de que las presiones atmosféricas a nivel del mar sean más bajas que las actuales, la radiación neta sea mayor, la evapo-transpiración más intensa, y ocurra una intensificación en las circulaciones tipo monzón entre tierra y mar, en la troposfera baja. Además, aumenta el contraste entre las condiciones meteorológicas promedio sobre tierra y sobre mar, que se traduce en una mayor precipitación a lo largo de la franja costera y, consecuentemente, decrece la precipitación tierra adentro.
  • Durante los veranos, los gradientes térmicos y de presión atmosféri- ca a nivel del mar entre tierra y mar son mucho más acentuados que los que se desarrollan durante el invierno. Así, la interacción entre centros de alta y baja presión atmosférica resulta en una conversión de energía potencial disponible a energía cinética más violenta y efectiva. Este proceso se manifiesta en la intensificación de los vientos dominantes y, consecuentemente, se ejerce un mayor esfuerzo del viento sobre el océano.
  • Los inviernos muestran una diferencia muy débil entre los centros semi-permanentes de alta y de baja presión atmosférica (a nivel del mar). Los mecanismos que mantienen la circulación atmosférica se tornan laxos y la radiación neta estimula movimientos convectivos endebles. En consecuencia, los desplazamientos relativos latitudinales de masas de aire húmedo tropical y de aire seco subtropical provocan ciclones y anticiclones en latitudes medias que inducen débiles vientos dominantes.

 

En la suposición de tales condiciones atmosféricas típicas de una Tierra más caliente, la circulación del océano, por lo menos de su estrato superficial (0 -1000 m), debe responder a un forzamiento atmosférico con fuertes contrastes entre invierno y verano. Pero la inercia dinámica y térmica del océano hace que éste responda al forzamiento con un retraso de dos a cuatro meses. Así, los impulsos atmosféricos de verano se manifiestan en el océano plenamente hasta mediados o fines de otoño y su señal persiste hasta la primavera o principios del verano siguiente, según la magnitud del flujo de energía que la atmósfera haya cedido al océano —principalmente por efecto del viento— el verano anterior. De esta manera, un invierno suave no establecería condiciones propicias para la disipación de la energía cinética de las corrientes marinas de superficie, y el forzamiento atmosférico del verano siguiente sería más eficaz que el anterior. Por el contrario, si se da un invierno crudo y prolongado, la disipación de las corrientes marinas superficiales sería más drástica y el forzamiento del verano siguiente tendría condiciones iniciales poco favorables para el restablecimiento de corrientes superficiales de magnitud similar al verano anterior.

Esta línea de pensamiento conduce a proponer escenarios posibles de la circulación oceánica en una Tierra más caliente. Así, por ejemplo, una sucesión de inviernos suaves favorece la intensificación de las corrientes marinas, en tanto que la sucesión de inviernos crudos y prolongados debilitaría el movimiento del estrato superficial del mar.

El punto que se debe enfatizar es que en una Tierra más caliente, la variabilidad de la circulación superficial del océano es básicamente el resultado de la magnitud y rapidez con que se den los cambios verano-invierno en el forzamiento atmosférico, así como de su extensión y ubicación geográfica. Tales cambios: (1) determinan la posición, rapidez y dirección de las corrientes marinas superficiales; (2) establecen la localización, extensión y frecuencia de episodios de surgencia eólica; (3) definen la localización, extensión y frecuencia de episodios de sedimentación-erosión y de inundación costera; (4) controlan la magnitud y variabilidad de los transportes de volumen, masa y calor a través de estrechos, pasos y canales entre cuencas oceánicas, y (5) gobiernan la generación, desplazamiento y disipación de los movimientos de mesoescala en el océano (anillos, vórtices, filamentos, ondas largas de muy baja frecuencia, etc.). En resumen, el inminente calentamiento del SCG inducirá cambios en la circulación superficial de los mares, por lo que la manifestación de tales cambios y sus posibles efectos deben anticiparse con toda oportunidad.

 

¿Qué se requiere para que esto sea posible?

 

RECOMENDACIONES

 

La medición y el registro regularizado de variables físicas, químicas y biológicas de los mares de México es una actividad de primordial importancia para cubrir las demandas básicas de cualquier estudio serio del impacto potencial del cambio climático global en la región marina y continental de México. La observación sistemática es necesaria para conocer, medir y describir de manera apropiada la variabilidad oceánica que pudiera identificarse como una manifestación regional del cambio climático y para advertir posibles impactos de carácter ambiental (ver el capítulo La variabilidad climática en los registros instrumentales de México, de E. Jáuregui, en la sección III).

¿Qué variables marinas, en qué lugares y con qué frecuencia se deben registrar y medir para detectar cambios significativos y de probables efectos de las condiciones oceánicas de los mares de México a causa del cambio climático?

 

Las variables oceánicas que se deben registrar de manera sistemática son:

 

  • Hidrográficas físicas, químicas y biológicas: temperatura, salinidad, oxígeno disuelto, nutrientes (nitratos, fosfatos, etc.), clorofila y productividad primaria.
  • De superficie: nivel del mar, temperatura del aire, presión atmosférica, radiación incidente, emitida y neta; nubosidad, evaporación, precipitación y temperatura de la superficie del mar.
  • Cinemáticas: perfiles de la velocidad del agua de mar (corrientes marinas, mínimo de la superficie hasta 1000 m de profundidad) registrados con tecnología moderna [ADCP’s (perfilador acústico dopler de corriente), anclajes de correntímetros, flotadores rastreados con satélite, etc.].
  • De condición de frontera: viento y esfuerzo del viento sobre el mar, descarga de ríos y batimetría de alta resolución, particularmente en la zona de transición de la plataforma continental.

 

Los lugares donde se considera conveniente realizar observaciones y registros de manera regular y programada, son estrechos, pasos y canales y aquellos identificados como áreas de surgencia persistente. Específicamente, se debe medir en la boca, en la parte media y en el extremo interior del Golfo de California; también a lo largo de por lo menos 10 transectos (al menos de 250 km de longitud) perpendiculares a la costa mexicana del Pacífico, uniformemente espaciados, desde la frontera con Estados Unidos hasta la frontera con Guatemala.

El Golfo de Tehuantepec es un área de singular interés en virtud de que se conecta meteorológicamente con el Golfo de México durante la temporada de ‘nortes’. Esta señal es muy rica en información climática.

En el Golfo de México es necesario realizar observaciones y registros en el Canal de Yucatán, en por lo menos 10 transectos (de al menos 250 km de longitud) perpendiculares a la franja costera, espaciados de manera regular desde Tampico hasta Chetumal; uno de éstos desde Tuxpan, Veracruz, hasta el Arrecife de Alacranes, sobre la Plataforma de Yucatán. Además, se deben hacer las observaciones y mediciones marinas pertinentes para la detección y seguimiento de los anillos anticiclónicos que se generan intermitentemente en el Golfo de México.

Hay también, en la frecuencia, magnitud e intensidad de éstos, una señal climática muy importante.

Las observaciones sistemáticas que se realicen deben ser tales que la resolución espacial y temporal de las series de tiempo que de ellas resulten, permitan identificar con claridad señales oceánicas estacionales, anuales, interanuales y decadales. Ello implica, por ejemplo, que si se ‘siembran’ anclajes de correntímetros, éstos se mantengan en servicio por un periodo de al menos tres años.

El registro sistemático y regular del nivel del mar, que debería efectuarse en todos los puertos de México, es una señal de importancia fundamental para el estudio del clima oceánico y del cambio climático. Sus fluctuaciones de muy baja frecuencia (o largo plazo), una vez filtradas las mareas, están correlacionadas con cambios en la presión atmosférica a nivel del mar (efecto del barómetro invertido), con la expansión térmica del agua de mar y con los cambios en las corrientes marinas. La instrumentación científica para registrar y medir el nivel del mar es asequible y se puede instalar en casi cualquier lugar de la costa o en aguas someras. Todo proyecto de investigación integral del cambio climático que se precie sensato debe examinar la variable ‘nivel del mar’ con todo detalle (Gallegos et al. 1993).

Los acervos históricos nacionales de información meteorológica y oceanográfica existentes en la actualidad deben someterse a un nuevo análisis, si es que ya antes han sido analizados, para extraer de ellos la máxima información posible relativa al cambio de clima en la región mexicana y alimentar con ella a los modelos numéricos del clima más confiables. Los productos contribuirán, seguramente, a una predicción más acertada de los impactos potenciales, adversos o benéficos, que el cambio climático imponga en México.

 

CONCLUSIONES

 

La circulación superficial del océano es una condición de frontera para los sistemas de corrientes marinas sobre la plataforma continental que afectan el equilibrio del agua dulce versus agua de mar de los ecosistemas costeros y modifican la ubicación y magnitud de los procesos costeros de sedimentación y erosión (Hendry 1993). La circulación superficial del océano es también determinante en la distribución de huevos y larvas y en los patrones de migración de especies marinas de importancia comercial; luego entonces, es un factor importante en la localización y comportamiento de las áreas de pesca. Más aún, los planes de contingencia para derrames marinos de sustancias contaminantes y el trazado de rutas óptimas para la transportación marítima se diseñan sobre la base de la mejor información regional posible de las condiciones meteorológicas y ambientales, incluyendo a las corrientes marinas. Luego entonces, es necesario conocer los cambios esperados en la circulación oceánica con el propósito de estar preparados para atenuar los impactos socioeconómicos negativos y para administrar los beneficios regionales que pueda traer consigo el cambio climático en México, principalmente en la zona costera.

Es por ello urgente e indispensable conocer, describir y entender la variabilidad de las condiciones oceanográficas de los mares mexicanos e indagar sobre sus tendencias a escalas climáticas. La caracterización de la estructura espacio-temporal del clima oceánico es crucial para la oportuna detección de cambios significativos en la circulación del estrato superficial de los mares mexicanos.

Si bien los modelos numéricos y la paleoclimatología son herramientas útiles para reconstruir escenarios posibles del clima regional, éstas no sustituyen de manera alguna los indispensables programas de observación, medición y registro sistemático de las variables ambientales elementales del SCG. En tanto estos programas, obligatorios e ineludibles, no se lleven a cabo de manera apropiada, será imposible hacer predicciones razonables y plausibles sobre los impactos potenciales que en México —sus tierras y sus aguas marinas— tendrá el inminente cambio climático global.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Arrhenius, S. 1896. On the influence of carbonic acid in the air upon the temperature of the ground. Phil. Mag. 41: 237.

Bolin, B. y E. Eriksson. 1959. Changes of the carbon content of the atmosphere and the sea due to fossil fuel combustion. In: Bolin, B. (ed.), The atmosphere and the sea in motion. Rossby Memorial Volume. New York: The Rockefeller Institute Press.

Broecker, W. S. 1982. Glacial to interglacial changes in ocean chemistry. Progress in Oceanography 11(2): 151-197.

Butzer, K. M. 1964. Environments and Archaeology. Chicago: Aldine Publishing Co. Callendar, G. S. 1938. The artificial production of carbon dioxide and its influence
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Gallegos, A., S. Czitrom, J. Zavala y A. Fernández. 1993. Scenario modeling of climate change on the ocean circulation of the Intra-Americas Sea. En: G. A. Maul (ed.). Climate Change in the Intra-Americas Sea. London: Edward Arnold Publishers.

Harris, S. A. y R. W. Fairbridge. 1967. Ice-age climatology. In: R. W. Fairbridge (ed.) The Encyclopedia of Atmospheric Sciences and Astrogeology. London: Reinhold Publishing Corp.

Hendry, M. 1993. Sea-level movements and shoreline change. En: G. A. Maul (ed.). Climate Change in the Intra-Americas Sea, London: Edward Arnold Publishers.

Jones, P. D. y T. M. L. Wigley. 1990. Global warming trends. Sci. Am. 263(2): 66-73.

Kellog, W. W. 1977. Effects of human activities on global climate. Geneve: WMO Tech. Note No. 156.

Kraus, E. B. 1982. Oceanic variability on climatic scales. Progress in Oceanography
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Lamb, H. H. 1964. The role of atmosphere and oceans in relation to climatic changes and the growth of ice-sheets on land. In: Problems in Paleoclimatology. London: John Wiley & Sons, Interscience.

Palutikof, J. P., T. M. L. Wigley y J. M. Lough. 1984. Seasonal scenarios for Europe and North America in a high-CO2, warmer world. U.S. Dept. of Energy, Carbon Dioxide Research Division. Tech. Report TR012.

Revelle, R. y H. E. Suess. 1957. Carbon dioxide exchange between atmosphere and ocean and the question of an increase of atmospheric CO2 during the past decades. Tellus 9:18.

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SCOPE, B. Bolin (editor). 1986. The greenhouse effect, climatic change and ecosystems. Great Britain: John Wiley and Sons Publisher.

Williams, J. y T. M. L. Wigley. 1983. A comparison of evidence for late Holocene summer temperature variations in the Northern Hemisphere. Quaternary Res. 20: 286-307.

 

Notas

* Instituto de Ciencias del Mar y Limnología, UNAM.

 

 

Periférico 5000, Col. Insurgentes Cuicuilco, C.P. 04530, Delegación Coyoacán, México D.F.
Última Actualización: 15/11/2007