Lucha
contra la desertificación y lucha contra el calentamiento
global
Gonzalo
Chapela
A LOS DIEZ AÑOS de la Cumbre de la Tierra, celebrada en
Río de Janeiro, Brasil, en 1992, pudimos ver un reflujo
en el entusiasmo sobre los temas ambientales. Lo anterior es importante
dado que es notorio que los esfuerzos que la sociedad invierte
en enfrentar sus problemas ambientales, los lleva a cabo principalmente
cuando éstos son evidentes e inmediatos.
También se debe tomar en cuenta que existe una reducción
en los recursos aplicados y en los compromisos adoptados por los
países y los grupos sociales en materia ambiental y, por
otro lado, también existe la dificultad para visualizar,
desde cada campo sustancial del quehacer humano, el significado
ambiental de las grandes decisiones y también de las múltiples
pequeñas acciones y, de esa manera, establecer los acuerdos
para lograr una mayor efectividad para actuar conjuntamente.
Mientras diversos grupos de interés debaten sobre la importancia
de adoptar mayores compromisos y retomar una actitud más
activa respecto de esos problemas ambientales, una veta de acción
complementaria de gran importancia es el aprovechamiento de los
esfuerzos en marcha, con objeto de lograr mayores efectos, dentro
de las limitaciones existentes.
El calentamiento climático global es uno de los fenómenos
más complejos que tienen lugar en los días contemporáneos,
tanto en relación con su amplitud y la inclusión
de todos los países y culturas, como en su temática,
que incluye muy diferentes aspectos.
La estrategia para la disminución de gases con efecto invernadero
en la atmósfera, que es el objetivo de la Convención
Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático,
tiene dos componentes básicos: la reducción de las
emisiones de diversos gases y la captura o fijación de
bióxido de carbono por medio de la actividad fotosintética
de las plantas (ver el capítulo La Convención Marco
de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, de E.
de Alba, en esta sección).
La mayor parte de las acciones orientadas hacia la mitigación
del calentamiento global se refieren a los procesos que llamaremos
urbanos: la generación de energía, la combustión
en motores del autotransporte, el uso de gases de gran efecto
invernadero, etc. (ver los capítulos en la sección
IV).
Un factor importante en el balance de emisiones de gases con efecto
invernadero es la problemática de los recursos naturales.
Tanto en el caso de los procesos urbanos como en el manejo de
los recursos naturales, algunas acciones tienen efectos contradictorios
con objetivos del desarrollo, mientras que otras producen resultados
benéficos a la sociedad o a los particulares mismos, a
la vez que contribuyen a los objetivos ambientales.
Mientras que es ampliamente conocido el beneficio de mejorar la
eficiencia en el uso de combustibles fósiles, o reducir
los incendios descontrolados en las selvas, por ejemplo (SEMARNAT
2001), existen otros procesos menos evidentes y conocidos, como
es la lucha contra la desertificación.
LA
DESERTIFICACIÓN
La
desertificación es un fenómeno reconocido desde
la década de 1960-1970 (ver el capítulo Evaluación
de la vulnerabilidad a la desertificación, de O. Oropeza,
en la sección III), a raíz de las hambrunas que
tuvieron lugar en los países coloniales o recientemente
independizados al sur del desierto de Sahara (PNUMA 2000).
A raíz de diversos y rápidos cambios políticos
y de régimen de tenencia de la tierra, se suscitaron desequilibrios
en los delicados sistemas de uso de esas frágiles tierras,
lo que condujo a la reducción violenta de la productividad,
así como al incremento de la vulnerabilidad de los sistemas
agroalimentarios de la región (Drummond 1992).
Las sequías recurrentes que tuvieron lugar provocaron dramáticas
consecuencias en los países afectados por la degradación
de los recursos naturales y de su capital humano y social, con
efectos desastrosos en términos de mortalidad, migraciones,
pérdida de suficiencia alimentaria y de estabilidad social.
Por su cercanía con el Sahara, la connotación de
estos procesos fue la del crecimiento de ese desierto, al perderse
irreversiblemente la posibilidad de aprovechamiento de las tierras
en una franja de particular fragilidad.
Con una historia de dificultades y retrocesos, en 1992 los participantes
en la Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro, aprobaron
la formación de un Comité de Negociaciones para
la redacción de una Convención de Lucha Contra la
Desertificación, que fue concluida el 17 de junio de 1994.
Con México en primer lugar, la mayoría de los países
ratificaron la Convención Contra la Desertificación
(CCD), la cual entró en vigencia en septiembre de 1996
(PNUMA, 2000). Su primera Conferencia de las Partes; es decir,
su asamblea general, se realizó en Roma en 1997, y a la
fecha ha celebrado ya su sexta Conferencia (Roma, Italia, 1997;
Dakar, Senegal, 1998; Recife, Brasil, 1999; Bonn, Alemania, 2000;
Ginebra, Suiza, 2001; y La Habana, Cuba, 2003).
Para México, que ha tenido un papel muy activo en la CCD,
la ratificación de la Convención por el Senado de
la República convierte a este instrumento jurídico
en un Tratado, con jerarquía constitucional.
A la vez que, desde su origen, la desertificación ha sido
asociada muy limitativamente con condiciones de aridez, ha sido
motivo de una reflexión sistematizada sobre sus características,
causas y consecuencias, lo que proporciona un marco conceptual
de carácter integral, que permite construir propuestas
programáticas completas y radicales (NU 1994).
De la misma manera, frecuentemente se utiliza un concepto restringido
sobre la naturaleza de las tierras objeto de la lucha contra la
desertificación, que incluye solamente el sustrato que
llamamos suelo. Una comprensión más útil
sobre las tierras debe abarcar una mayor riqueza de determinaciones.
La tierra, como recurso natural; es decir, sin la acción
constructiva humana, incluye variables relativamente estables,
como el relieve, la exposición, o la localización
en latitud, longitud o altitud, lo que determina los principales
climas y atributos de fragilidad de las tierras. A la vez, incluye
también la constitución geológica y el suelo
generado mediante largos procesos y el acervo genético
de microorganismos y organismos superiores, entre los que destacan
las plantas.
Sobre este sustrato natural ocurren acciones humanas que acondicionan
las tierras o les proveen características que facilitan
la producción y el acceso al abastecimiento de medios de
trabajo o a los mercados. En el primer grupo se encuentran las
obras de mejoramiento, como terrazas, abonados o prácticas
de pastoreo mejoradoras de la condición de los potreros;
en el segundo grupo se pueden encontrar las vías de comunicación
o infraestructura productiva como obras hidráulicas, almacenamientos
o electrificación, que tienen todas un efecto sustancial
sobre la producción, sin ser parte de la dotación
natural de recursos.
No
menos importante que lo anterior es la definición de las
tierras como objeto de relaciones humanas, tanto económicas
como sociales y culturales. Las diversas formas de derechos de
propiedad, que rebasan la estricta definición de lo jurídico;
las instituciones locales de regulación de la gestión
de recursos de propiedad común, el carácter territorial
y patrimonial de la tierra, son complejas determinaciones sin
las cuales no es posible entender la dinámica de la gestión
de las tierras (Chapela 2000).
Sólo desde una perspectiva inclusiva que considere estas
complejas interrelaciones, es posible abordar con éxito
la lucha por el mejoramiento de los recursos naturales y de la
calidad de vida de poblaciones que dependen directamente de su
producción e, indirectamente, de servicios ambientales
tales como, en este caso, la captura y almacenamiento de bióxido
de carbono.
Además debe hacerse notar que la desertificación
ocurre en tres planos de diagnóstico: el más inmediato
es el de los datos de daños sobre las tierras; el segundo
observa la relación inmediata entre los sistemas de manejo
de las tierras y su condición; el tercero indaga sobre
las causas que determinan la selección de técnicas
y sistemas de aprovechamiento de las tierras (SEMARNAP 1995).
Cada uno de esos planos implica una diferente percepción
y tratamiento del problema, como se observa en los ejemplos del
siguiente cuadro:
El concepto de la desertificación incluye, de esta manera,
los campos de los tres planos de diagnóstico y también
las determinaciones más amplias relacionadas con aspectos
como las políticas de comercio exterior, los criterios
sobre derechos de propiedad, la cuestión indígena,
la tasa cambiaria o el monto y orientación del gasto público.
El carácter integral de la percepción y programa
de lucha contra la desertificación, obliga a enfatizar
la necesidad de la armonización de las decisiones dentro
de las acciones sustanciales de la sociedad y no sólo el
actuar sobre los efectos más evidentes del problema (NU
1996 y Chapela 2003).
Por otro lado, la preocupación por la desertificación
considera sus consecuencias: migración, pobreza, discriminación
de género, o la pérdida de biodiversidad y, como
se mencionó anteriormente, servicios ambientales, como
la captura de bióxido de carbono.
Con estas definiciones, la lucha contra la desertificación
se convierte en un programa muy cercano a las acciones de desarrollo
regional, que busca interactuar, de manera privilegiada, con las
grandes iniciativas de transformación cultural y económica
de la sociedad rural.
CUADRO
1. PROBLEMAS DE DESERTIFICACIÓN, PLANOS DE DIAGNÓSTICO
Y PROGRAMAS DE ACCIÓN
|
|
Diagnóstico
inmediato
|
Sistemas
de manejo
|
Causas
de selección de malas técnicas y sistemas de manejo
|
| Diagnóstico |
Erosión
en ganadería |
Pastoreo
continuo Sobrecarga |
Ausencia
de sistema de derechos de pastos |
| Ganadería
de pastoreo, norte de México |
Compactación
Perdida de infiltración de agua |
|
Falta
de acceso a conocimientos, de recursos financieros, de infraestructura
básica |
| Programa |
Construcción
de retenes Acondicionamiento mecánico Resiembra |
Ajuste
de carga Pastoreo rotativo Programación de partos y ventas |
Organización
e instituciones locales de gobierno Inversiones públicas temporales
en infraestructura Acompañamiento a la gestión de los productores |
Diagnóstico Agricultura
de montaña costa sureste |
Inundaciones
catastróficas Erosión Perdida de cubierta forestal |
Agricultura
migratoria Ganadería extensiva permanente Concentración de
drenes deficientes |
Insuficiente
asesoría experimentación Aislamiento de los productores Mercados
alternativos |
| Programa |
Programas
militares de contingencia Reforestación |
Cultivos
bajo sombra Cultivo de cobertura Barreras vivas con especies
útiles locales Pastoreo estacional en la costa y en la sierra
Dispersión de drenes |
Desarrollo
de mercados Concentración entre ganaderos de la sierra y la
costa Cambio de criterios de integración de cuencas |
La
pérdida de productividad de las tierras puede ocurrir por
efecto de los grandes cambios naturales en los que no hay injerencia
de los hombres, tales como las glaciaciones, la circulación
general de la atmósfera o el relieve. Lo que, en español,
es nombrado convencionalmente como desertización. El término
desertificación se reserva, también de manera convencional,
a la degradación de las tierras causada por los humanos.
La degradación antrópica de las tierras es un proceso
dinámico que puede ser reversible, dentro de límites
marcados por la posibilidad de recuperación del suelo,
sustrato fundamental prácticamente no renovable, dada la
longitud del periodo necesario para esa recuperación. Se
podría decir que, prácticamente, todos los problemas
ambientales son teóricamente reversibles, a excepción
de la pérdida de los recursos genéticos y del suelo.
Cuando la degradación de la tierra alcanza un estado irreversible,
se dice que se ha desertificado, dando, en ocasiones, la falsa
impresión de un proceso abrupto, cuando más bien
es gradual y puede ocurrir en cualquier condición climática,
en donde son aplicables todos los conceptos y acciones relativos
a la desertificación, tal como lo establece para México
la Ley de Desarrollo Rural Sustentable aprobada por el Congreso
de la Unión en 2001 (Congreso de la Unión 2001).
La lucha contra la desertificación es pues, para México,
un objetivo prioritario, jurídicamente obligatorio, con
aplicación en todo el territorio nacional.
COINCIDENCIAS
DE LAS AGENDAS DE LUCHA CONTRA LA DESERTIFICACIÓN Y
LA DE CAMBIO CLIMÁTICO
La
fotosíntesis es la característica esencial de vinculación
entre algunos de los esfuerzos por reducir el calentamiento global
y por detener la desertificación. Como proceso básico
generador de vida, la fotosíntesis es la única manera
natural conocida para transformar en material orgánico
el bióxido de carbono contenido en la atmósfera
y almacenarlo en diversas formas posteriormente.
La fotosíntesis, de hecho, fue el mecanismo mediante el
cual las plantas que existieron en eras geológicas anteriores
fijaron la energía del sol y el bióxido de carbono
que actualmente contienen los combustibles que utiliza la sociedad
industrial, regresando, al consumirlos, el bióxido de carbono
nuevamente a la atmósfera, con el consecuente aumento del
efecto de invernadero.
Los puntos de encuentro entre las dos convenciones son en primera
instancia, por consecuencia, las acciones que se pudieran emprender
para la protección de las reservas de bióxido de
carbono que existen almacenadas en los recursos naturales de vegetación
y materia orgánica de los suelos; a la vez, el incremento
de la masa de materia orgánica contenida en los organismos
vivos o sus productos y el suelo.
Se
pueden identificar las siguientes líneas esenciales de
acción sinérgica:
a) Garantizar la base de la producción primaria, como forma
fundamental para la captura de carbono. Lo anterior implica la
protección y el mejoramiento de las tierras, como sustrato
productivo básico.
No es posible pensar en la captura de carbono mediante el incremento
en la fotosíntesis, sin establecer medidas para incrementar
el potencial productivo de las tierras.
El incremento del contenido de materia orgánica, la retención
del agua, la construcción de obras de conservación
de suelos, como son las terrazas, el subsoleo, el surcado en contorno,
la extracción de sales, la corrección de los valores
de reacción, o los abonados, entre otras, son prácticas
que, en su contexto particular, contribuyen a incrementar la tasa
potencial de fotosíntesis, que significa una mayor captación
de bióxido de carbono, a la vez que una mejoría
en los ingresos o bienes para la población.
b)
Protección eficaz de la cubierta vegetal y los ecosistemas
como conjunto integral.
Lo anterior puede significar la segregación de tierras
a la actividad productiva, lo cual en algunos casos es necesario;
sin embargo, otra opción de gran potencialidad es la promoción
de acciones de manejo y aprovechamiento sustentable que proporcionen
beneficios tangibles a sus dueños. En el caso de México,
donde una condición casi endémica es la presencia
de comunidades campesinas en las áreas con ecosistemas
naturales, existen notables ejemplos de manejo sustentable de
recursos de flora y fauna.
Desde el punto de vista de la captura de bióxido de carbono,
es importante tener presente que los ecosistemas segregados tienden
a estabilizar su relación producción-consumo, mientras
que en aquellos manejados con una tasa de extracción sostenible,
la fijación neta de bióxido de carbono es persistente.
En todo caso, sería conveniente evaluar comparativamente
los resultados de los enfoques y buscar un equilibrio aceptable
entre ambos.
c)
Adopción de patrones agropastoriles que incluyan mayor
persistencia de la cobertura vegetal y mayor productividad primaria.
No sólo la vegetación de los ecosistemas naturales
es capaz de fijar bióxido de carbono. De hecho, la domesticación
y selección de plantas útiles al hombre, ha permitido
identificar y generar organismos altamente especializados en acumular
materia orgánica. Casos sobresalientes de lo anterior son
los cultivos de granos, los forrajes, la caña de azúcar,
el bambú o los árboles de rápido crecimiento.
El incremento de la productividad en la agricultura puede ser
un componente muy significativo en la captura de carbono.
d) Promoción de productos agropecuarios y forestales de
mayor persistencia en uso, para incrementar la relación
volumen-tiempo en la captura de carbono.
Como tema de balance contable, la captura efectiva de carbono
está correlacionada con el tiempo útil de los productos
del campo que contienen carbono capturado. Así, el azúcar
tendría, como energético que es, una vida útil
de menos de un año, mientras que una pieza de madera para
construcción debería tener una vida útil
de entre 50 y 100 años. Una de las líneas de acción
contra el calentamiento global, desde la perspectiva de la producción
de las tierras, es la promoción de formas de prolongar
la vida útil de los productos provenientes de fotosíntesis,
como, por ejemplo, la utilización del bagazo de caña
como materia prima del papel, el tratamiento de las maderas para
una mayor durabilidad de las construcciones, etc. Por lo general,
estas medidas deberían ser rentables por su propio carácter
y contribuirían a otros propósitos sociales, como
reducir el costo del papel o de la vivienda.
e) Incremento en el contenido de materia orgánica de los
suelos.
El potencial de almacenamiento de carbono en el suelo, en forma
de materia orgánica, ha sido poco reconocido (FAO, 2001).
Sin embargo, un ejercicio aritmético simple que considere
los suelos de los 200 millones de hectáreas de México,
con una profundidad de 40 cm y un contenido actual promedio de
materia orgánica del orden de 1.5%, representa una reserva
actual aproximada de 22,000 millones de toneladas de bióxido
de carbono y un potencial adicional de dos veces esa cifra.
Además
de las medidas mencionadas de conservación e incremento
del carbono capturado, es conveniente anotar que ambas convenciones
consideran en sus agendas tres componentes importantes:
•
Medidas de mitigación de los efectos del calentamiento
Gracias
a las compañías de seguros es posible ahora documentar
el aumento en la incidencia y la intensidad de las catástrofes
meteorológicas a la par que continúa el calentamiento
atmosférico, con mayor frecuencia e intensidad de las oscilaciones
térmicas marinas que dan origen a los fenómenos
de El Niño y La Niña.
La CCD considera también atender este aspecto, principalmente
en lo referente a la mitigación de los efectos de la sequía
y su impacto indirecto sobre la calidad de los recursos (ver el
capítulo Sequía meteorológica, de M. E. Hernández,
en la sección III). Las técnicas de cosecha de agua,
las de incremento de la infiltración o las de incremento
en la cubierta vegetal en las tierras de pastoreo, son medios
para la reducción del efecto de las sequías.
De la misma manera, el efecto de los excesos de lluvia, que causan
avalanchas e inundaciones, es objeto de la preocupación
de la CCD, que promueve medidas de manejo y mejoramiento de las
cuencas, que, junto con la reducción del riesgo y vulnerabilidad,
al ser mejoradas cuentan con mejores atributos productivos.
•
Establecimiento de sistemas de alerta temprana
El
establecimiento de sistemas de alerta temprana, que ocupa a ambas
convenciones, incluye la generación y difusión de
mapas de riesgo y fragilidad, que permitan focalizar la atención
a las zonas con mayores problemas potenciales.
Igualmente, la utilización de medios modernos de detección
de incendios y condiciones de incidencia de siniestros, el trazado
de rutas de tormentas y ciclones y otros medios prospectivos deben
acompañarse de medidas preventivas que incluyen el ordenamiento
del territorio, a fin de que los usos de la tierra consideren
el factor de riesgo y las actividades humanas se ubiquen en condiciones
de baja amenaza, así como acciones más directamente
orientadas a reducir los impactos de los siniestros en el corto
plazo, por medio del aligeramiento de la carga animal que deberá
ser suplementada, la restricción de siembra cuando no se
pronostican buenas cosechas, y la disposición de estrategias
alternativas para la alimentación, en su caso.
•
Monitoreo e información
El
monitoreo es un instrumento de planeación que comparten
ambas convenciones. La aplicación de los sistemas de inventario
y monitoreo de las tierras tiene múltiples beneficios,
incluida la posibilidad de destinar los recursos escasos disponibles
a los propósitos que lo ameriten (CONAZA 1993; Santibáñez
1999).
Otra aplicación importante del monitoreo es la evaluación
del efecto de las decisiones y medidas aplicadas. Este aspecto,
por sí solo tiene un enorme impacto en la gestión
y la gobernabilidad, como forma de aplicar el principio básico
de rendición de cuentas y hacer posible el escrutinio por
parte, en primer lugar, de los miembros de la sociedad, del poder
legislativo en su función de vigilante del Ejecutivo e,
inclusive, tratándose de compromisos internacionales, de
órganos internacionales.
Sin lugar a dudas, se puede afirmar que todas las acciones en
favor de la conservación y mejoramiento de los recursos
naturales; es decir, la lucha contra la desertificación,
contribuyen sin excepción a la mitigación del calentamiento
atmosférico. Dichas acciones, tanto directas como indirectas,
deberían ser coordinadas con provecho para los propósitos
de ambas convenciones.
PROPUESTAS
PARA INCREMENTAR LA SINERGIA ENTRE LAS CONVENCIONES DE CAMBIO
CLIMÁTICO Y DESERTIFICACIÓN
Con
los múltiples puntos en común de las dos convenciones,
es evidente la urgencia de dar pasos hacia la coordinación
de las acciones de ambas. Entre las principales medidas que se
pueden sugerir están:
- El trabajo conjunto para promover un proceso profundo y sistemático,
de largo alcance, para armonizar las políticas relacionadas
con el campo, a fin de mejorar su desempeño ambiental,
sin demérito de los objetivos específicos para
los que fueron creados los instrumentos correspondientes.
- Coordinación de los planes sectoriales de los diversos
programas de gobierno, a fin de que todas las acciones relevantes
coincidan en su enfoque de promoción de la sustentabilidad.
- Formulación, promulgación, reglamentación
y aplicación de un marco jurídico congruente,
que incluye, al menos, la Ley de Desarrollo Rural Sustentable,
la Ley Forestal, la Ley de Aguas Nacionales y la Ley de Conservación
de Tierras, que se entrelazan de manera múltiple y
estrecha y deberían ser objeto de un trabajo minucioso
de carácter integral.
- Acceso a bonos y transferencias relacionados con la captura
y conservación de depósitos de bióxido
de carbono y la prevención de daños en las cuencas
hidrográficas y los ocurridos por sequías.
- Inclusión del tema de desertificación y degradación
de tierras en los instrumentos financieros ambientales, como
el Fondo Mundial para la Naturaleza, como fue aprobado en
la Conferencia de las Partes de la CCD, celebrada en La Habana,
en 2003 (NU 1996). Los lineamientos y decisiones internas
del Fondo, han sido plasmadas en el Documento Operativo 15
(FMAM 2003).
- Establecer un mecanismo institucional permanente de coordinación
entre las acciones de ambas convenciones.
- Endosar a la CCD la agenda “verde” de la Convención
de Cambio Climático.
BIBLIOGRAFÍA
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