Investigaciones
de los glaciares y del hielo de los polos
Lorenzo Vázquez Selem*
LOS CAMBIOS CLIMÁTICOS DEL CUATERNARIO Y LAS GLACIACIONES
A
MEDIADOS DEL SIGLO XIX, algunos naturalistas europeos que realizaban
observaciones en la región de los Alpes notaron que existían
huellas de una extensión de los glaciares mucho mayor a
la de entonces. Bloques de roca de grandes dimensiones situados
lejos de su lugar de origen, extensos depósitos sedimentarios
formados por mezclas caóticas de rocas de todos tamaños,
y una variedad de formas de relieve muy características,
sugerían la presencia de masas de hielo en movimiento (glaciares)
en sitios para entonces cubiertos por bosques, prados, campos
de cultivo y poblados. Este des- cubrimiento, que tardó
varias décadas en ser plenamente aceptado por la comunidad
científica, representó una revolución en
las ciencias naturales, pues implicaba que el paisaje había
sufrido cambios dramáticos en épocas geológicas
relativamente recientes (ver el capítulo Evidencia del
cambio climático: cambios en el paisaje de S. Lozano, en
esta sección). A finales del siglo XIX ya habían
sido identificadas en los Alpes y en el norte de Europa huellas
de cuatro etapas de avance de los hielos, llamadas genéricamente
glaciaciones, separadas por periodos de clima más cálido
o interglaciales. Muy pronto ese mismo patrón se detectó
en las montañas y zonas boreales de Norteamérica
y gradualmente en otras zonas del planeta.
Tal vez la consecuencia más importante del descubrimiento
de las glaciaciones fue la idea de que el clima terrestre había
variado significativamente en tiempos recientes, ya que la presencia
de extensos glaciares era incompatible con el clima templado vigente
en las latitudes medias del planeta. Así, desde fines del
siglo XIX se estableció la noción de que el clima
del planeta está sujeto a fluctuaciones mayores con una
periodicidad de cientos de miles de años. Con esta idea
en mente, los geólogos subdividieron la era Cenozoica (últimos
60 millones de años) en dos periodos:
Terciario
y Cuaternario, el último de los cuales se inició
hace unos dos millones de años y se caracteriza fundamentalmente
por las glaciaciones. A su vez, el Cuaternario se subdividió
en dos épocas: el Pleistoceno, que consiste en varias fases
glaciales e interglaciales, y el Holoceno, que se inició
hace unos 10 mil años al finalizar la más reciente
de las glaciaciones y que continúa hasta hoy. Vivimos entonces
en una fase interglacial que tarde o temprano dará paso
a un nuevo periodo frío.
Acerca de las causas de estas fluctuaciones climáticas
de largo periodo se han formulado diversas hipótesis. La
más aceptada se refiere a las variaciones en la radiación
solar que llega a la Tierra como resultado de cambios cíclicos
en la órbita del planeta en relación con el Sol.
Éstos incluyen cambios graduales en la forma de la órbita
(variando de un círculo a una elipse); cambios en la inclinación
del eje terrestre, y cambios en el punto de la órbita en
que ocurren los equinoccios y solsticios. Estos tres tipos de
variaciones tienen ciclos de diferente duración y ocurren
simultáneamente, produciendo un patrón muy complejo
cuya explicación detallada escapa a los fines de este capítulo.
Lo que interesa destacar aquí es que los cambios orbitales
generan variaciones en la cantidad de radiación que llega
a una zona determinada de la Tierra. Por ello, en ciertos periodos
las zonas de latitud alta han recibido menos radiación,
sus climas se han enfriado y partes de ellas se han cubierto de
glaciares. El enfriamiento se ha generalizado en todo el planeta
mediante de complejos mecanismos de la circulación atmosférica
y oceánica.
En el último tercio del siglo XX, los estudios de las evidencias
de glaciación en los continentes, pero sobre todo los realizados
en núcleos de sedimentos extraídos de los fondos
marinos, mostraron que durante el Cuaternario han ocurrido cerca
de veinte y no sólo cuatroffases de enfriamiento planetario,
separadas por fases de calentamiento, cada una con duración
de varias decenas de miles de años. Todo ello en concordancia
con las variaciones orbitales del planeta (Imbrie e Imbrie 1979).
En las dos décadas pasadas se han hecho descubrimientos
de gran trascendencia sobre la naturaleza de los cambios climáticos.
Por un lado, se ha detectado que dentro de las fases glaciales
e interglaciales existen fluctuaciones climáticas muy pronunciadas
con duración de mil-dos mil años hasta unos cuantos
siglos, y que en muchos casos el tránsito de un estado
del clima hacia otro radicalmente diferente puede ocurrir en unas
cuantas décadas o incluso en pocos años, es decir
de manera abrupta. Por ejemplo, entre los siglos XVI y XIX, ocurrió
un episodio conocido como la Pequeña Edad Glacial, que,
según los registros históricos, meteorológicos
y geológicos de muchas partes del mundo, se caracterizó
por un clima más frío que antes y después
(Grove 1988). Así pues, hay cambios climáticos de
escala milenaria y centenaria que se sobreponen a los de origen
orbital de ciclo mucho más largo. Estudios recientes sugieren
que ocurren con un periodo de alrededor de 1,500 años,
tal vez relacionados con fluctuaciones en la actividad solar (Bond
et al. 2001). Sin embargo, existen mecanismos complejos en el
sistema climático que transmiten y amplifican los cambios
de origen orbital o solar. La circulación de los océanos
parece ser el más importante de ellos. Otro descubrimiento
reciente de gran importancia es que las zonas intertropicales
no han permanecido ajenas a los cambios climáticos del
Cuaternario, en contraste con la idea hasta hace poco dominante
de que habían sido climáticamente estables. Si bien
los avances de los glaciares en los trópicos se limitaron
a montañas de gran altitud, los climas pleistocénicos
intertropicales fueron significativamente más fríos
y generalmente más secos que los actuales. Más aún,
inspirados en los recientes descubrimientos sobre el fenómeno
de El Niño/Oscilación del Sur (ver el capítulo
Consecuencias presentes y futuras de la variabilidad climática
y el cambio climático en México, de V. Magaña
et al., en la sección III), los científicos han
comenzado a explorar la posibilidad de que el cambio climático
global esté controlado en gran medida por lo que ocurre
en los trópicos, en especial por las fluctuaciones térmicas
de los océanos tropicales (Kerr 2001).
Muchos de los cambios climáticos planetarios o regionales
antes mencionados han podido ser detectados o corroborados por
medio de la reconstrucción de las fases de glaciación.
El siguiente apartado expone los fundamentos de este método.
LAS
FLUCTUACIONES DE LOS GLACIARES COMO INDICADORES DE CAMBIOS CLIMÁTICOS
Los
glaciares son masas de hielo formadas por la acumulación
prolongada de nieve y su transformación en hielo. Estas
masas se deforman y desplazan lentamente por efecto de la gravedad
sobre las laderas y en ocasiones simplemente por su propio peso.
De manera general existen dos tipos de glaciares: los casquetes
de hielo, como los de Groenlandia y la Antártida (o los
ya desaparecidos de Norteamérica y norte de Europa), que
se forman a manera de domos sobre grandes extensiones continentales
en latitudes altas y pueden alcanzar hasta miles de metros de
espesor; y los glaciares de montaña o alpinos, asociados
a climas fríos y topografías abruptas propias de
las altas montañas del mundo a cualquier latitud, que normalmente
tienen varias decenas de metros de espesor y longitudes entre
algunos cientos de metros y varios kilómetros.
En los glaciares se distingue un sector superior donde predomina
la acumulación neta de nieve y hielo, y un sector inferior
donde el clima es menos frío y por consiguiente predomina
la ablación o pérdida de masa por rasión
y sublimación.
Estas
dos zonas están separadas por una franja estrecha denominada
línea de equilibrio, que en los glaciares de montaña
corresponde aproximadamente con una temperatura media de verano
de 0°C. Cuando el clima se torna más frió y/o
aumenta la precipitación en forma de nieve, la zona de
acumulación se expande ladera abajo.
En
otras palabras, la línea de equilibrio desciende en altitud,
lo que significa que el frente del glaciar puede alcanzar cotas
más bajas, produciéndose entonces un avance glacial.
Cuando, por el contrario, la temperatura regional aumenta y/o
disminuye la precipitación sólida, la línea
de equilibrio asciende en altitud y el frente del glaciar migra
hacia cotas cada vez más altas, lo cual se denomina retroceso
glacial.
Se sabe entonces que la temperatura de una región y, en
menor medida, la precipitación sólida (nieve o granizo),
controlan la expansión y la retracción de ambos
tipos de glaciares (si bien los de montaña son más
sensibles a los cambios climáticos debido a sus menores
dimensiones). Por ello al reconstruir la extensión de glaciares
del pasado es posible reconstruir de manera indirecta las fluctuaciones
del clima. Por ejemplo, entre las evidencias más concluyentes
de la Pequeña Edad Glacial están los avances de
los glaciares en la región de los Alpes registrados en
pinturas y descripciones de la época (Grove 1988). De manera
similar, una de las pruebas más tangibles del calentamiento
global durante el siglo xx es el retroceso acelerado de los glaciares
de montaña en casi todo el mundo, incluyendo México
y otras zonas tropicales (Kaser 1999).
Para periodos sin evidencias documentales (como documentos históricos,
descripciones, pinturas, fotografías, etc.), los estudios
de las fluctuaciones de los glaciares se basan en evidencias geológico-geomorfológicas;
es decir, en la identificación, mapeo y fechamiento de
los sedimentos depositados por los hielos en sus márgenes
(llamados morrenas). Esto permite ubicar aproximadamente la altitud
a la que se encontraba la línea de equilibrio de los glaciares
en una época determinada. Con base en la coincidencia entre
esta línea y la temperatura de verano de 0°C, y tomando
como referencia la altitud a la que ocurre hoy en día ese
mismo valor de 0°C, es posible estimar el descenso de temperatura
asociado a determinada extensión de los glaciares.
Como se mencionó antes, durante el Cuaternario ocurrieron
numerosas fases de enfriamiento. Sin embargo, el registro de glaciaciones
en los continentes es limitado debido a que las huellas de un
avance de los hielos tienden a ser destruidas por la acción
erosiva y acumulativa del siguiente. Con todo, quedan claras evidencias
de varias glaciaciones en los últimos 500 mil años.
Las reconstrucciones más detalladas obviamente se han logrado
para la más reciente, llamada Wisconsin en Norteamérica
y Wurm en Europa, que se desarrolló entre 120,000 y 10,000
años antes de hoy con varias etapas de expansión
y contracción de los hielos. Los casquetes de hielo continentales
de Norteamérica y el norte de Europa alcanzaron su máxima
extensión y espesor hace unos 21,000 años, fase
que se denomina Último Máximo Glacial Global (UMMG),
cuando había tal cantidad de agua almacenada en forma de
hielo sobre los continentes que el nivel se encontraba 130 m por
debajo del actual. Hace unos 9,000 años quedaban sólo
restos de estos casquetes de hielo.
Los glaciares de montaña en algunas zonas alcanzaron su
máxima expansión hace 75,000-65,000 años,
en otras alrededor del UMMG, pero aparentemente en todo el mundo
avanzaron entre 18,000 y 16,000 años antes del presente,
para luego contraerse o desaparecer en forma abrupta (Clapperton
1997). La reconstrucción de los glaciares de montaña
sugiere que durante el UMMG las temperaturas medias eran alrededor
de 6°C más bajas que las actuales, en zonas tanto templadas
como tropicales. Posteriormente, los glaciares de todo el mundo
han presentado avances relativamente menores, el último
de los cuales corresponde a la Pequeña Edad Glacial.
Para
esta fase se ha calculado un descenso altitudinal de los glaciares
de 100-200 m, equivalentes a un enfriamiento de 0.5-1.2°C
(Porter 1986).
En México, las evidencias de glaciación se limitan
a las trece montañas con más de 3,800 m de altitud,
todas ellas ubicadas en el Sistema Neovolcánico Transversal.
El autor ha reconstruido las fases de glaciación y descensos
térmicos asociados en el volcán Iztaccíhuatl
(5,286 m) para los últimos 20,000 años (cuadro 1).
Estos datos deben ser extrapolables a otras montañas y
en general a todo el centro del país, ya que los avances
glaciales obedecen al clima regional. Investigaciones similares
se han realizado antes en el mismo Iztaccíhuatl y en otras
montañas de la zona (White 1987 y Heine 1994), aunque con
menos exactitud en los fechamientos. En general existe coincidencia
en la magnitud de los avances glaciales de México respecto
a los de otras zonas tropicales y templadas, lo cual indica que
se trata de fenómenos de alcance global controlados por
el clima.
CUADRO1 AVANCES GLACIALES DEL IZTACCÍHUATL EN LOS ÚLTIMOS
30,000 AÑOS Y DESCENSO TÉRMICO ESTIMADO (DATOS DEL
AUTOR).
|
Avance
glacial
|
Edad (años
antes del presente)
|
Límite
inferior de
los glaciares (msnm)
|
Altitud
de la línea de equilibrio de los glaciares (msnm)
|
Descenso
estimado de
temperatura (°C)
|
| Presente |
40
(año 1960) |
4,860 |
4,970 |
0 |
| Ayoloco |
400
- 100 |
4,510 |
4,715 |
1.5 |
| Milpulco-2 |
8,400
- 7200 |
4,050 |
4,420 |
3.3 |
| Milpulco-1 |
12,000
- 10,000 |
3,810 |
4,240 |
4.4 |
| Hueyatlaco-2 |
17,000
- 14,000 |
3,500 |
4,040 |
5.6 |
| Hueyatlaco-1 |
20,000
– 17,500 |
3,390 |
3,940 |
6.2 |
Hoy
en día en México sólo existen glaciares en
las tres montañas con altitud superior a los 5000 m, a
saber el Pico de Orizaba (5675 m), el Popocatépetl (5452
m) y el Iztaccíhuatl (5286 m). Su área total en
1960 era de apenas 11.4 km2 (Lorenzo, 1964).
EL
RETROCESO RECIENTE DE LOS GLACIARES EN EL MUNDO Y EN
MÉXICO
Desde mediados o fines del siglo XIX, pero en especial durante
las últimas décadas, los glaciares en casi todo
el mundo han retrocedido -muchos hasta el punto de desaparecer-
como resultado del aumento global de las temperaturas. Este fenómeno,
que representa una de las evidencias más notables de los
cambios climáticos recientes y en curso, ha sido especialmente
acentuado en las montañas de los trópicos (Kaser
1999) y se observa claramente en México. Esto se debe a
que en los trópicos el calentamiento se amplifica con la
altitud a causa del aumento conexo de la humedad atmosférica
(Beniston et al. 1997).
El aumento de la temperatura parece ser la causa dominante, aunque
no única, del retroceso. No hay duda de que los glaciares
continuarán contrayéndose en un escenario de calentamiento
global, aun cuando la precipitación también aumentase
localmente en algunos glaciares.
Los casquetes de hielo de Groenlandia y la Antártida representan
96% del área cubierta por glaciares en el planeta y el
99% del volumen de agua terrestre en forma de hielo. Por ello
su contracción es de interés no sólo como
indicador del cambio climático, sino sobre todo por sus
consecuencias potenciales. Se estima que la fusión total
del casquete de la Antártica (21.5 millones de km3 de agua)
ocasionaría un ascenso del nivel del mar global de unos
59 m, y en el caso de Groenlandia (2.38 millones de m3), de unos
6 m (Sugden y John 1976). En contraste, la fusión total
del resto de los hielos del mundo provocaría un ascenso
de solamente 0.3 a 0.7 m.
Aunque
estos escenarios extremos son improbables, sí existe una
tendencia general hacia la fusión de parte de este hielo
como resultado del calentamiento global, con los consecuentes
riegos de ascenso del nivel marino e inundación de las
tierras bajas adyacentes al océano. De hecho, el nivel
global del mar aumentó entre 10 y 20 cm durante los últimos
100 años (Oerlemans y Fortuin 1992). Si bien el calentamiento
global puede incrementar la precipitación sobre partes
del casquete de la Antártida y engrosarlo, en general las
proyecciones indican una disminución en los volúmenes
de hielo y un aumento del nivel del mar en el rango de 0.09 a
0.88 m hacia el año 2100 (McCarthy et al. 2001).
En glaciares de montaña de zonas templadas del Hemisferio
Norte la altitud de la línea de equilibrio ha ascendido
100-200 m desde el máximo avance de la Pequeña Edad
Glacial a mitad del siglo XIX (Porter 1986). El retroceso de los
glaciares no ha sido continuo, sino más bien interrumpido
por cortas fases de avance (1880-1890, 1900-1910, 1915-1930, 1960-1980)
tanto en zonas templadas como en tropicales (Porter 1986 y Kaser
1999). En los trópicos las fluctuaciones han obedecido
a distintas (y a veces complejas) combinaciones de factores. El
retroceso ocurrido durante la segunda mitad del siglo XIX parece
haberse debido a una disminución en la humedad atmosférica;
el de 1930-1950, a un aumento de la temperatura combinado con
menor humedad atmosférica; el ligero avance de 1960-1980
coincide con aumentos en la precipitación; y el acelerado
retroceso desde 1980 resulta de un aumento de temperaturas combinado
con un aumento de la humedad atmosférica (Kaser 1999).
Durante la Pequeña Edad Glacial los glaciares de las tres
montañas más altas de México descendieron
hasta una altitud de -4,500 m. En el Iztaccíhuatl, la línea
de equilibrio se encontraba en promedio a 4,715 m; es decir, unos
300 m más abajo que en la actualidad. El glaciar de Ayoloco,
el más extenso de esa montaña, descendía
hasta 4,300 m y su línea de equilibrio se hallaba a 4,675
m. No se sabe lo ocurrido en la segunda mitad del siglo XIX, pero
en 1898 el frente se encontraba a 4,465 m; en 1953, a 4,660 m;
y en 1960, a 4,725 m. En total, entre 1898 y 1960 el frente del
glaciar de Ayoloco retrocedió 260 m en altitud y 810 m
en distancia, a razón de 13 m/año (White 1981).
Para mediados de 1980, dos de los nueve glaciares existentes en
el Iztaccíhuatl en 1960 habían desaparecido y uno
más estaba cerca de desaparecer (Delgado et al. 1985).
Mediciones preliminares del autor indican una reducción
de cerca de 40% en el área cubierta por glaciares en el
Iztaccíhuatl entre 1960 y 1983. En el Popocatépetl,
la tendencia ha sido similar, aunque modificada por la actividad
eruptiva de 1919-1921 y la registrada desde 1994 (Delgado 1997).
En el Pico de Orizaba también se ha observado una acelerada
contracción en las últimas décadas (Palacios
y Vázquez-Selem 1996). A las tasas actuales de retroceso,
es posible que los glaciares mexicanos desaparezcan por completo
en menos de 30 años.
LOS HIELOS ACTUALES: UN ARCHIVO DE LA HISTORIA CLIMÁTICA
DEL PLANETA
En
climas fríos extremos como los de los polos y las cimas
de las altas montañas, cada año se acumula una capa
de nieve que gradualmente se transforma en hielo por efecto de
la compactación y la recristalización. Al igual
que las capas de sedimentos de mares y lagos, estas sucesiones
de capas de hielo contienen evidencia detallada de las fluctuaciones
ambientales de los últimos miles o decenas de miles de
años, con una precisión en muchos casos anual para
los últimos siglos. Mediante perforaciones en los casquetes
de los polos y en los glaciares de algunas montañas de
gran altura se han obtenido muestras de estos hielos, denominadas
núcleos de hielo. Entre los más importantes están
el núcleo Vostok de la Antártida, con un registro
de más de 400 mil años; y los núcleos GRIP
y GISP de Groenlandia, con más de 100 mil años,
todos ellos con más de 300 m de profundidad. Varios núcleos
más cortos pero con información invaluable han sido
obtenidos en glaciares tropicales y subtropicales del Tibet y
los Andes y abarcan desde algunos siglos hasta más de 20
mil años (Bradley 1999).
El hielo de los glaciares consiste mayoritariamente en agua, pero
también contiene impurezas tales como burbujas de aire,
iones disueltos y partículas sólidas. El análisis
de estas impurezas, así como la composición molecular
del hielo mismo, proporciona información sobre los cambios
ambientales pasados y presentes.
La composición isotópica del hielo permite reconstruir
la temperatura que existía al momento de producirse la
precipitación, ya que de la temperatura depende la proporción
de uno u otro isótopo de oxígeno presente en las
moléculas de agua, en particular qué tan abundante
es el isótopo 16O con relación al 18O. De este modo,
las capas anuales sucesivas producen un registro continuo de los
cambios de temperatura en la región del glaciar. Las burbujas
de “aire fósil” atrapadas en el hielo representan
muestras de la composición de la atmósfera del tiempo
en que ocurría la precipitación. Su análisis
ha mostrado que el contenido de “gases invernadero”
tales como el dióxido de carbono (CO2) y el metano (CH4)
ha variado sustancialmente en el tiempo, haciendo posible determinar
el papel que estos gases han tenido en las fases de calentamiento
y enfriamiento climático. El estudio de las variaciones
en la concentración de polvo atmosférico y de iones
solubles en el hielo arroja información sobre los cambios
en intensidad y dirección de la circulación atmosférica,
mientras que la presencia de partículas de ceniza volcánica
y los picos de acidez (asociados a SO2) registran el depósito
de aerosoles inyectados a la atmósfera por erupciones volcánicas.
De particular importancia son los núcleos de hielo extraídos
en montañas tropicales y subtropicales, pues muestran que
los trópicos han registrado cambios climáticos similares
a los de otras zonas del planeta (Thompson et al. 1998). Por ejemplo,
los núcleos del Huascarán (Perú) y del Nevado
Sajama (Bolivia) indican temperaturas 8-12°C más bajas
durante la última glaciación, y presentan clara
evidencia de enfriamientos durante la Pequeña Edad Glacial.
Asimismo, contienen un registro de cambios climáticos abruptos
(como el inicio y el final de la Pequeña Edad Glacial),
de periodos de sequía y de mayor humedad, que muestran
que el calentamiento planetario afecta de manera especialmente
acentuada a los trópicos.
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Notas
* Instituto de Geografía, UNAM.