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Evaluación de la vulnerabilidad a la desertificación

 

Oralia Oropeza Orozco*

 

INTRODUCCIÓN

 

LA DESERTIFICACIÓN ES un fenómeno muy complejo que se relaciona con el deterioro de los ecosistemas, la reducción del potencial biológico y la pérdida de la productividad del suelo, debido, fundamentalmente, a las variaciones climáticas y las actividades humanas en las zonas áridas1 del planeta. Este fenómeno constituye un problema ambiental de gran importancia mundial y, desde luego, para México que, a su vez, se vincula con otros de carácter global como son el cambio climático, la disminución de la biodiversidad y la captura de carbono, la poca disponibilidad de recursos hídricos, y el empobrecimiento y la migración de la población, por mencionar los más significativos.

A escala mundial, más de 3,500 millones de hectáreas, en aproximadamente 100 países, son afectadas por diversos procesos de desertificación. Asimismo, la desertificación perjudica directamente a más de 250 millones de personas e indirectamente a alrededor de 750 millones de personas.

En el Estudio de País: México ante el cambio climático, coordinado por el Instituto Nacional de Ecología en 1995 (INE 1995), se señala que la vulnerabilidad a la degradación de tierras en nuestro territorio es alta en 48.05% y moderada en 48.93% de la superficie total, lo cual significa que, por su posición geográfica, relieve, inclinación del terreno, clima, características de los suelos, y condiciones socioeconómicas, el país muestra una gran susceptibilidad a ser afectado por diversos procesos que conllevan a la desertificación, particularmente en las zonas áridas. Por otra parte, se crearon los escenarios actuales y futuros con los modelos de cambio climático Geophysical Fluids Dynamics Laboratory (GFDL) y Canadian Climate Center Model (CCCM), mediante índices climáticos de degradación de suelos y los resultados indican que, en el caso del riesgo por erosión hídrica (uno de los principales procesos de la desertificación) ésta se incrementará.

Las estimaciones más recientes refieren que en 64.03% del país se manifiesta alguno de los procesos de desertificación, y de este porcentaje, sólo en 9.31% se presenta un deterioro de moderado a fuerte. Cifras que difieren, con mucho, respecto a lo reportado en trabajos anteriores.

 

¿QUÉ ES LA DESERTIFICACIÓN?

 

El interés mundial por definir la desertificación surgió a partir del gran desastre provocado por la serie de sequías en el Sahel, África, durante 1968-1973, que se describió en el seno de la Conferencia sobre Desertificación de las Naciones Unidas, en 1977 (UN 1978). Desde entonces, el concepto ha generado controversia, por lo que continuamente se ha revisado en los sectores académicos. La definición más reciente de la desertificación, aceptada por consenso internacional, es la siguiente: “degradación de tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores, entre los cuales figuran las variaciones climáticas y las actividades humanas” (ver el capítulo Lucha contra la desertificación y lucha contra el calentamiento global, de G. Chapela, en la sección I).

La degradación de tierras se refiere a la reducción del potencial de productividad biológica y económica de las tierras agrícolas de secano, las tierras con cultivos de riego, los pastizales y bosques, ocasionada por un proceso o una combinación de procesos, entre los cuales cabe citar:

  1. El desplazamiento de los materiales de los suelos debido a la erosión del viento y el agua.
  2. El empobrecimiento interno de los suelos ocasionado por procesos físicos y químicos, salinización, acidificación, encostramiento y compactación, entre otros.
  3. La pérdida de la vegetación natural.

Entre las variaciones climáticas, la sequía es la de mayor relevancia; ésta se considera como una deficiencia constante de la precipitación que afecta amplias zonas de una determinada región y se traduce en un periodo de clima anormalmente seco y lo suficientemente prolongado como para que la escasez de agua dé lugar a un agudo desequilibrio hídrico (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente-ORPALC, 1993, citado en Oropeza y Alfaro 1994) (ver el capítulo Sequía Meteorológica, de M. E. Hernández y G. Valdez, en esta sección).

De alguna manera, esta definición es limitativa, pues el fenómeno de la desertificación involucra numerosas causas y procesos concatenados, así como consecuencias ambientales y socioeconómicas que tienen amplias repercusiones y que no quedan expresados en el concepto.

Por otra parte, la interpretación que se hace del término es muy variada: puede ser sólo la degradación del suelo, sentido más restrictivo que el de degradación de tierras; o bien, de manera aislada, la erosión hídrica, o la eólica en pastizales y tierras de temporal, un cambio climático que provoca la desecación de los cuerpos de agua, la salinización de las tierras irrigadas, la improductividad de los ecosistemas debido a la acción humana, entre otras. Todos estos aspectos, y muchos más, interactúan conjuntamente en una serie de intrincadas relaciones, quizá por esta complejidad, la desertificación en el contexto global es difícil de analizarse y aún más cuando se le relaciona con otros aspectos de escala mundial, como el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad.

Las áreas más vulnerables a la desertificación son las áridas, semiáridas y subhúmedas secas, que abarcan una tercera parte de la superficie continental del planeta y en ellas, el fenómeno tiene repercusiones directas e indirectas en más de un millón de habitantes. Respecto a las áreas urbanas en dichas zonas, las partes densamente pobladas dependen de la agricultura de riego, en donde aproximadamente 30% de las tierras irrigadas (43 millones de hectáreas) tiene uno o más procesos de degradación. De los 457 millones de hectáreas con agricultura de temporal, 47% está degradado, y de las áreas destinadas a la ganadería extensiva y al pastoreo, 73% (más de tres mil millones de hectáreas) muestran algún grado de deterioro, (Williams y Balling 1996, Middleton y Thomas 1997).

 

INTERACCIONES DESERTIFICACIÓN-CAMBIO CLIMÁTICO: CAUSAS Y EFECTOS

 

Como se menciona en la definición, las causas fundamentales de la desertificación son de carácter natural y antropogénico. La sequía es el factor natural que más actúa como detonador o acelerador de la desertificación, aunque existen otros fenómenos atmosféricos que también influyen, como huracanes, granizadas y heladas.

De los factores antropogénicos relevantes que pueden derivar en un proceso de desertificación existe una gran variedad que depende de las diferentes sociedades y culturas; entre ellos cabe citar: la agricultura de riego y temporal (uso inadecuado de tecnologías, mal manejo del riego y drenaje, abuso de plaguicidas y fertilizantes o carencia de fertilizantes orgánicos, pérdida de control de fuego en labores agrícolas, reducción del tiempo de barbecho de las tierras cultivadas, conflictividad por el uso y tenencia de la tierra); la ganadería y el pastoreo (uso descontrolado del fuego para la regeneración de pastos, sobrepastoreo); la actividad forestal (extracción excesiva de madera y leña, pérdida de la cubierta vegetal, incendios forestales); el desarrollo urbano e industrial (asentamientos humanos sobre suelos fértiles, contaminación del suelo y agua), y los cambios de usos del suelo.

Los procesos de la desertificación también son muy diversos; sin embargo, por lo común se dividen en dos grupos: el primero considera la erosión hídrica y eólica, la degradación de la cubierta vegetal y la salinización; el segundo, la disminución de la materia orgánica, el encostramiento, la compactación del suelo y la acumulación de sustancias tóxicas.

Generalmente, la desertificación constituye un riesgo de dinámica retardada, pues es un proceso paulatino muy complejo y sus consecuencias muchas veces no se observan a corto plazo; por ello, en ocasiones resulta un fenómeno poco evidente, hasta cuando sus efectos son prácticamente irreversibles (Oropeza y Alfaro 1994); además, continuamente se está retroalimentando. Las consecuencias o efectos más frecuentes se reconocen en: la disminución de los rendimientos agrícolas, pecuarios y forestales; la disminución de la diversidad biológica y alteración de los ecosistemas; disminución del secuestro de carbono; el empobrecimiento y endeudamiento nacional e internacional, desintegración familiar, migración rural y marginación de la población, y conflictos bélicos por la apropiación de los recursos. Por lo anterior, este fenómeno tiene implicaciones de carácter global que dependen de factores naturales, socioeconómicos y políticos.

Es evidente que existe una respuesta multidireccional respecto al impacto generado por la interacción de los procesos de la desertificación y el cambio climático; sin embargo, en la actualidad aún es difícil detectar la influencia de las actividades humanas en la degradación de las zonas áridas a escala de cambio climático mundial. Es decir, las consecuencias climáticas debidas a la desertificación todavía no se aprecian a dicha escala; más bien se manifiestan a escala local o regional dependiendo del área desertificada, y según Williams y Balling (1996), es muy poco probable que en este siglo los cambios inducidos por el hombre en dichas zonas sean detectados en los análisis climáticos de escala global (ver el capítulo Lucha contra la desertificación y lucha contra el calentamiento global, de G. Chapela, en la sección II).

Algunos de los efectos más importantes de los procesos antropogénicos de la desertificación que impactan en el clima están relacionados, por ejemplo, con la deforestación, pues al dejarse el suelo sin la cubierta vegetal aumenta la radiación reflejada a la atmósfera (albedo), reduciéndose la formación de nubes y a la vez la precipitación; además se incrementa la evaporación y disminuye la humedad del suelo, y todo esto crea desequilibrios en los balances energéticos de la superficie terrestre y la at- mósfera, que, por tanto, modifican el clima. Un impacto más lo constituye la emisión de gases y partículas derivadas de la quema de biomasa (Williams y Balling 1996, OMM 2001).

Por el contrario, el impacto del clima en las zonas áridas es mucho mayor, pues éstas son muy sensibles a las variaciones climáticas, particularmente a las sequías (entre otros efectos, se ha observado que las sequías múltiples y prolongadas son las principales causantes de la mortalidad y, consecuentemente, de las fluctuaciones en las poblaciones de ganado en zonas áridas) (Oba 2001). Como ya se mencionó, otros eventos climáticos, como los huracanes y fenómenos asociados, de alguna manera contribuyen a la desertificación; ejemplo de ello fue el huracán Gilbert, que en 1988 destruyó selvas en Quintana Roo, y al siguiente año, los restos de la vegetación (hojarasca, troncos y ramas caídos, etc.) sirvieron de combustible para los incendios que cubrieron una gran extensión. Las lluvias torrenciales que se precipitaron en Chiapas en 1998 sobre terrenos con fuerte pendiente, erosionados y deforestados, causaron deslizamientos y flujos de lodo, sepultando con bastantes sedimentos e inundando cultivos de frutales lo que provocó la muerte de los árboles por asfixia y anegamiento. Este tipo de desastres retroalimenta la degradación de las tierras.

Asimismo, la vulnerabilidad inherente de los suelos (poca materia orgánica, bajos niveles de actividad biológica, poca estabilidad de los agregados); la escasa cubierta vegetal, que favorece y acelera la erosión hídrica y eólica; la variación de los regímenes hídricos de los flujos superficiales, y el uso del suelo, de cuyas estrategias de manejo depende el alcance de la productividad agrícola y pecuaria, son aspectos determinantes del cambio climático y los procesos de desertificación, (Williams y Balling 1996, OMM 2001).

 

VULNERABILIDAD DEL PAÍS ANTE LA DESERTIFICACIÓN Y TENDENCIAS DEL PROCESO

 

En el Estudio de País: México ante el cambio climático, coordinado por el Instituto Nacional de Ecología y el Centro de Ciencias de la Atmósfera (INE, 1995), se llevó a cabo un análisis semicuantitativo para conocer el grado de vulnerabilidad global a la desertificación que tiene el territorio nacional. En una primera etapa se determinó la “vulnerabilidad inherente” que presentan las variables consideradas, tales como: posición geográfica, relieve e inclinación del terreno, condiciones climáticas, propiedades físico-químicas y morfológicas de los suelos, y uso del suelo y geosistemas; en la siguiente etapa se integraron los resultados en un mapa de vulnerabilidad global, donde se muestra que, debido a las características físicogeográficas y socioeconómicas, no solamente las zonas áridas son vulnerables, sino que prácticamente todo el país (96.98%) es susceptible de ser afectado por uno o varios procesos de degradación de tierras en grado alto (48.05%) y moderado (48.93%) (figura 1).

Por otra parte, se elaboraron los escenarios base del riesgo actual a la desertificación, y también ante un posible cambio climático causado por una duplicación de bióxido de carbono (escenarios futuros 2025). Se trabajó con los modelos de circulación general GFDL y CCCM. Los escenarios del riesgo actual y futuro se crearon mediante índices climáticos de degradación de suelos (erosividad hídrica y eólica, salinización y alcalinización, degradación química y degradación biológica). Estos índices tienen aplicación a escala mundial, sobre todo para países que no cuentan con información detallada ni con un monitoreo sistemático de la degradación del suelo, como es el caso de México. Respecto al riesgo por erosión hídrica, uno de los principales procesos de la desertificación, las estimaciones indican que éste se incrementará según dichos modelos, en la figura 2 se observan las zonas donde aumenta el riesgo por erosión hídrica de acuerdo con el modelo GFDL.

Aun cuando la definición de la desertificación señala como principales zonas vulnerables a las áridas, semiáridas y subhúmedas secas, en nuestro país es un hecho que la degradación de tierras ha rebasado el límite de éstas, extendiéndose a otras áreas climáticas como consecuencia de la deforestación, los cambios de uso del suelo, el sobrepastoreo y, en general, la explotación excesiva de los recursos naturales.

 

Figura 1. Vulnerabilidad global a la desertificación, 1995. Fuente: INE 1995.

 

De acuerdo con el tercer informe del IPCC (2001), en América Latina la tendencia general de la vulnerabilidad y el riesgo a la desertificación indica que el fenómeno seguirá incrementándose en este siglo y los impactos aumentarán en intensidad y frecuencia debido a eventos extremos como las sequías (éstas se asocian al fenómeno de El Niño para varios países, incluyendo México). Además, se prevé una reducción general de la disponibilidad de agua para la población y la disminución del potencial agrícola de las zonas áridas, entre otros aspectos. Según la Comisión Nacional Forestal, actualmente, 60% de las grandes ciudades del país tiene problemas de abasto de agua potable (Cynetic 2003). Aproximadamente 54.43% de la población mexicana habita en zonas áridas, y en éstas 24.38% de los habitantes se asienta en las zonas subhúmedas secas, por lo que incrementan su vulnerabilidad (Cedillo 2003).

 

Figura 2. Variación del riesgo por erosión hídrica del modelo GFDL respecto al escenario base. Fuente: INE 1995.

 

EVALUACIÓN DE LA DESERTIFICACIÓN EN MÉXICO

 

Desde hace ya varias décadas ha sido una preocupación nacional evaluar la situación que presenta el país frente a la desertificación. Los estudios se han enfocado principalmente a la cuantificación de la erosión hídrica, la eólica y la salinización; sin embargo, en la actualidad el problema se está abordando de manera interdisciplinaria e integral, considerándose las diversas causas y procesos naturales y antropogénicos que provocan el fenómeno, así como sus múltiples consecuencias.

No obstante lo anterior, se observan varios problemas que deben corregirse en futuras evaluaciones. Existen diferencias conceptuales y metodológicas; la delimitación de las zonas áridas cambia según el autor y criterio (a esto se agrega la variabilidad intrínseca en la distribución temporal y espacial de la precipitación, lo cual dificulta aún más la delimitación); el inventario y cartografía de los recursos naturales aún es deficiente, y en ocasiones no está actualizado o disponible; las escalas de trabajo también son muy variables; las bases de datos son inconsistentes e insuficientes, pues no hay monitoreos sistemáticos, por tanto, los resultados son muy heterogéneos, de tal forma que las interpretaciones pueden resultar erróneas y también dificultan las comparaciones con otros países.

Baste citar los siguientes ejemplos; el porcentaje de superficie con tierras áridas del país es de 77.4%, según el índice de Thornthwaite (Hernández y García 1997); 66.27% es reportado en Dregne y Chou (1992); 52.8% de acuerdo con el Sistema Modificado de Köeppen (García 1988, citado en Hernández y García 1997), y 47.5% es definido por la SEMARNAP (1999, cita- do en INEGI-INE 2000).

En cuanto a las evaluaciones de la desertificación, a escala nacional, Estrada y Ortiz (1982) señalan una afectación por erosión hídrica de 99.83% desde la clase ligera hasta la severa; la Comisión Nacional de Zonas Áridas menciona que más de 97% del país muestra algún proceso de degradación de tierras, y de este porcentaje, más de 60% manifiesta una degradación severa o extrema (CONAZA-SEDESOL 1994, citado en Oropeza y Alfaro 1994). Dregne y Chou (1992) informan 55.65% considerando los rangos de moderada a extrema. Las estimaciones más recientes realizadas por la SEMARNAP (1999), aplicando la metodología GLASOD (Global Assessment of Soil Degradation, dentro del proyecto internacional que constituye un primer paso para estimar la degradación de tierras a la escala mundial), indican que en 64.03% del país se desarrolla alguno de los procesos de desertificación, y de este porcentaje, sólo en 9.31% se presenta un deterioro de moderado a fuerte. Como puede observarse, es difícil determinar cuáles cifras se aproximan a la realidad del país.

 

MITIGACIÓN Y ADAPTACIÓN

 

Actualmente, las políticas de adaptación y mitigación de la lucha contra la desertificación se enmarcan en el desarrollo sustentable y tienen enfoques integrales. Entre los objetivos prioritarios se encuentra la recuperación de tecnologías tradicionales, pues desde tiempos remotos la adaptación a la sequía y a la desertificación ha sido un reto para los campesinos, por ello muchos países Latinoamericanos (Brasil, Perú, Chile, Bolivia, Ecuador, Argentina, Venezuela, México, Cuba, Guatemala y Nicaragua, entre otros) están rescatando los conocimientos y las tecnologías que se estaban perdiendo. Otras formas de adaptación se relacionan con la protección del suelo mediante el control de la erosión hídrica y eólica; la conservación del agua superficial y subterránea, reduciendo la demanda y mejorando el suministro; y la búsqueda de cultivos tolerantes a las sequías y al uso eficiente de la energía, particularmente la relacionada con la leña. Asimismo, varios de estos países cuentan con sus Programas de Acción Nacional (PAN) como herramientas para combatir la desertificación. No obstante lo anterior, aún falta mucho por hacer.

 

CONCLUSIONES

 

Dado el deterioro ambiental que está ocurriendo por los procesos de la desertificación, no sólo en México sino en todo el mundo, actualmente también se le considera un problema global, a la misma altura de otros temas como son el cambio climático y la pérdida de la diversidad biológica; por ello es fundamental que se realicen investigaciones permanentes que permitan conocer con mayor detalle la variabilidad climática que ocurre en las zonas áridas, a fin de prevenir desastres.

El análisis de la vulnerabilidad y el riesgo a la desertificación realizado para el Estudio de País, constituye una de las primeras aproximaciones cuya interpretación tiene fundamentalmente un carácter regional, por lo que es necesario continuar con investigaciones sistemáticas para mejorar los pronósticos a corto, mediano y largo plazos y, de esta manera, proporcionar alertas tempranas para que la población se prepare y desarrolle estrategias para enfrentar las sequías y la desertificación.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Cedillo, F. Y. 2003. La desertificación relacionada al cambio climático en México. Tesis de maestría. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.

Cynetic (Servicios Informáticos). 2003. En los últimos 50 años México ha perdido la mitad de sus bosques y selvas. Periódico Electrónico de México, 11 de julio de
2003. México.

Dregne, H. E. y N.-T. Chou. 1992. Global Desertification Dimensions and Costs In: E. Harold and H. Dregne (eds.) Degradation and Restoration of Arid Lands. Lubbock, Texas: International Center for Arid and Semiarid Lands Studies, Texas Tech University.

Estrada, B. W. J. y S. C. Ortiz. 1982. Plano de erosión hídrica del suelo en México.
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Notas

* Instituto de Geografía, Universidad Nacional Autónoma de México.
1. En este texto, con el nombre de zonas áridas se engloba a las áridas, semiáridas y subhúmedas secas; se excluyen las hiperáridas.


 

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Última Actualización: 15/11/2007