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¿Qué es el efecto invernadero?

 

René Garduño*

 

TODOS –ABSOLUTAMENTE TODOS– los cuerpos emiten radiación; estos rayos o fotones son ondas electromagnéticas que no necesitan ningún medio material para propagarse, más bien la materia dificulta su avance. Como cualquier onda, las electromagnéticas se caracterizan por su longitud de onda o –alternativamente– por su frecuencia, siendo ambas cantidades inversamente proporcionales: una onda larga es de baja frecuencia y una corta es de alta frecuencia. Se llama espectro electromagnético el (o un) conjunto total (o parcial) de ondas de diversas frecuencias (Garduño 1998).

La luz (visible) es la radiación electromagnética más conocida; abarca cierto intervalo del espectro y tiene colores diversos que van del rojo al violeta conforme su frecuencia va aumentando. Más allá del violeta siguen, sucesivamente, según crece su frecuencia, la radiación (o luz) ultravioleta, los rayos X y los gama ( d?). Más cerca al rojo están formadas, conforme disminuye su frecuencia, la radiación (o luz) infrarroja, las microondas y las de TV y de radio (Garduño 1998).

La radiación emitida depende de la temperatura del cuerpo emisor en dos aspectos: por un lado, la cantidad de radiación aumenta tremendamente conforme lo hace la temperatura, y, por otro, su longitud de onda disminuye cuando la temperatura sube. En la atmósfera y el clima actúan dos tipos de radiación claramente distintos: la luz visible originada en el Sol y la radiación infrarroja (invisible) emitida por la Tierra. La enorme diferencia entre ellas se debe a la gran disparidad de temperaturas: el Sol emite su radiación como a 6 mil grados centígrados (ºC); en cambio, los elementos de la Tierra (el suelo, el mar, los casquetes polares, las capas atmosféricas, las nubes, etc.) lo hacen a temperaturas que andan alrededor de 0ºC. Por esta gran diferencia en su longitud de onda, a la radiación solar se le llama de onda corta, y a la terrestre, de onda larga, constituyendo espectros francamente ajenos (Toharia 1984 y Voituriez 1994).

Por estar a una cierta distancia del Sol y tener un determinado albedo (blancura, capacidad de reflejar la radiación que le llega), la Tierra debiera tener una temperatura característica de equilibrio llamada efectiva. Si el planeta estuviera más lejos del Sol sería más frío, y si fuera más negro (o mate) sería más caliente. Naturalmente, a mayor distancia de la fuente se recibe menos radiación, y un cuerpo más oscuro (o menos brilloso) absorbe más radiación. La temperatura efectiva es el resultado neto del balance entre la radiación solar (de onda corta) absorbida por la Tierra y la emitida (en onda larga) por ella misma (Toharia 1984). Los valores concretos del albedo planetario y de la distancia del planeta a la estrella determinan para la Tierra una temperatura efectiva de -18ºC, un valor muy diferente de la temperatura que realmente tiene el planeta (en su superficie), cuyo valor típico (promedio anual y global) es de +15ºC, ¡33ºC más arriba! Esta gran diferencia entre la temperatura efectiva y la real se debe al efecto invernadero (EI), que se da en cualquier planeta o satélite natural que tenga atmósfera. Es decir, si la Tierra no tuviera atmósfera sería 33ºC más fría, un planeta helado (Cosgrove 1994, Rivera 1999, Suplee 1998 y Voituriez 1994).

El efecto invernadero resulta de que el aire es (muy) transparente para la radiación de onda corta y (muy) opaco a la de onda larga. O sea que la atmósfera es un filtro radiativo, que deja pasar los rayos solares; unos de ellos son absorbidos por la superficie terrestre (y por los demás componentes de la Tierra), que se calienta(n) en consecuencia y entonces emite la radiación terrestre, que es detenida (absorbida) por la atmósfera y las nu- bes. Las capas atmosféricas (y las nubes) van sucesivamente absorbiendo, calentándose y reemitiendo (hacia arriba y hacia abajo) radiación térmica procedente de abajo. El resultado de este complejo mecanismo es sencillo: la atmósfera superficial es cálida y se va enfriando conforme uno asciende a través de ella. En realidad, el complejo dispositivo esbozado se complica más por mecanismos termodinámicos no radiacionales. En primer lugar, la convección atmosférica, consistente en que el aire inferior, al calentarse por el contacto directo con la superficie y por la radiación procedente de ella, se dilata, aligera y sube, al tiempo que las porciones frías (superiores) descienden, en un proceso continuo de mezcla vertical. En segundo lugar está el mecanismo de cambio de fase del agua, consistente en que el aire ascendente se enfría (principalmente porque la densidad y la presión de la atmósfera disminuyen con la altura) y entonces el vapor de agua contenido en él se condensa, pasando de la fase gaseosa a la líquida. Este proceso libera calor. De cualquier modo, el resultado neto es el ya mencionado: la temperatura disminuye con la altura. Es decir, aunque en última instancia el Sol es la fuente original de la energía térmica (o calor) contenida(o) en la atmósfera, ésta no se calienta por arriba sino desde abajo. Por supuesto, y debido al albedo planetario, no toda la radiación solar incidente es absorbida por la Tierra; una porción considerable es reflejada (y devuelta) hacia el espacio exterior. Tampoco toda la radiación terrestre es atrapada por la atmósfera (y las nubes); una parte se fuga (también) hacia el espacio. El EI es producido por la fracción absorbida de ambas radiaciones (Garduño 1998, Hardy et al. 1986 y Voituriez 1994).

El nombre efecto invernadero proviene de su similitud con las instalaciones construidas para cultivar plantas en un ambiente más cálido que el exterior; dado que el techo de un invernadero tiene la misma propiedad de dejar entrar la radiación solar y bloquear la terrestre generada en su interior. Algunos autores dicen que el nombre efecto invernadero no es el más adecuado, pues un invernadero se calienta más por impedir la convección que por atrapar radiación, y sugieren que se le llame más bien efecto atmósfera. Pero, en fin, sigamos con la costumbre de nombrarlo EI. Otra diferencia entre un invernadero (botánico) y el EI de la atmósfera consiste en que el funcionamiento de aquél está concentrado en una capa delgada (el techo); en cambio, el EI actúa gradualmente a lo largo de todo el espesor de la atmósfera, la cual, además, no tiene ni siquiera una frontera exterior nítida, sino que se va atenuando indefinidamente con la altura. Por lo mismo, pecan de simplistas los esquemas gráficos del efecto invernadero que le ponen a la atmósfera una especie de tapa superior, para que se parezca a un invernadero, la cual funciona como el techo de éste; es decir, como la cubierta que bloquea la salida de la radiación, justamente arriba, donde la atmósfera es más tenue, siendo que la obstrucción de la radiación terrestre se da mayormente en los niveles inferiores, donde la atmósfera es más densa. De cualquier manera, esa imagen simple es una buena representación del EI en primera instancia (Garduño 1998 e IPCC 2001).

La atmósfera es una mezcla de gases y de aerosoles (partículas sólidas y líquidas) suspendidos en ella. Surge la pregunta: ¿cuáles de esos componentes son los responsables del efecto invernadero? Naturalmente, no todos; los aerosoles hacen más bien un efecto contrario: aumentan el albedo planetario, o sea que reflejan la radiación solar y reducen la cantidad de ella que penetra a las capas inferiores y llega a la superficie. Consecuentemente, este efecto se debe a los gases atmosféricos; pero no a todos, sólo a los más complejos y minoritarios, llamados justamente gases de invernadero (GI) o termoactivos. El oxígeno (O2) y el nitrógeno (N2) son abrumadoramente los componentes principales de la atmósfera (99%): el O2 constituye 21%, y el N2, 78%; sin embargo, ellos no son gases efecto invernadero. O sea que si la atmósfera estuviera formada sólo por N2 y O2, sería tan respirable como ahora, pero la temperatura típica de la Tierra sería de -18ºC, igual que si no hubiera atmósfera (Toharia 1984 y Voituriez 1994). Por lo tanto, los gases efecto invernadero están dentro del 1% restante de la composición atmosférica. En general, están constituidos por tres o más átomos; los que forman moléculas diatómicas (como el O2 y el N2) o monoatómicas son transparentes a la radiación terrestre. Los más importantes son el vapor de agua (H2O) y el bióxido de carbono (CO2); los demás GI (CH4, NOx, CFCs, etc.) se llaman gases traza (GT) por su presencia ínfima en la atmósfera (Hardy et al. 1986). Algunos autores incluyen al CO2 en los GT (Voituriez 1994); aquí lo excluimos.

La humedad atmosférica, o sea el contenido de vapor de agua en el aire, es sumamente variable, tanto en el espacio (horizontal y verticalmente) como en el tiempo (ver el capítulo El cambio climático global: comprender el problema, de V. Magaña, en esta sección); sin embargo, su distribución vertical tiene una regularidad: la humedad del aire disminuye con la altura; en otras palabras, además de que hay menos aire entre más arriba estemos, hay menos vapor en el aire superior que en el inferior. En cambio, el CO2 está bien mezclado en el aire, la proporción de CO2 es casi uniforme. Por consiguiente, tanto el vapor como el CO2 disminuyen con la altura, pero el vapor disminuye más rápido que el CO2, dado que aparte de la atenuación del aire (y del CO2) mismo, el vapor se atenúa dentro del aire. Los perfiles verticales de la concentración de vapor y de CO2 son curvos, o sea que no decaen proporcionalmente con la altura sino más rápido, y (por lo dicho antes) el perfil de vapor es más curvo. Siendo ambos los principales gases que causan el efecto invernadero, y siendo éste el causante del perfil vertical de temperatura en la atmósfera, resulta curioso que éste sí sea recto; es decir que la temperatura disminuye proporcionalmente con la altura, a razón de 6.5 ºC/ km, o sea que por cada kilómetro que uno ascienda, la temperatura disminuye 6.5ºC. Esta cantidad se llama gradiente térmico y es igual en cualquier lugar geográfico. Los tres perfiles descritos se ilustran en la figura 1, para los primeros 10km de altura a partir del nivel del mar. Esta capa inferior de la atmósfera se llama troposfera, en ella está contenida prácticamente toda el agua atmosférica y, por lo mismo, encima de ella no hay propiamente clima (Cosgrove 1994, Eden y Twist 1997 y Toharia 1984).

 

Figura 1

 

La figura 2 ilustra la esencia del efecto invernadero. La radiación solar atraviesa la atmósfera y llega a la superficie (continente y océano), que la absorbe. Entonces la superficie se calienta y emite radiación terrestre, la cual es absorbida por el vapor de agua y el CO2 contenidos en la atmósfera. Como esta radiación va de abajo hacia arriba y los gases absorbedores se atenúan (más rápido el vapor que el CO2) en la misma dirección, también la radiación terrestre se va distribuyendo más o menos en el mismo sentido. Al simplificar la figura quedaron fuera muchos elementos: la radiación solar reflejada (hacia arriba) por las nubes y la superficie, la radiación solar dispersada (en todas direcciones) por la atmósfera, la radiación terrestre emitida en direcciones distintas a la vertical, la radiación (terrestre) reemitida por la atmósfera y las nubes, la radiación terrestre que se fuga al espacio exterior, la presencia y acción de los GT, etc. (Hardy et al. 1986 y Voituriez 1994).

 

Figura 2

 

El EI siempre ha existido; es consecuencia de la composición natural de la atmósfera y por él tenemos en la Tierra una temperatura relativamente alta, que ha propiciado el surgimiento y la evolución de la vida. Sin embargo, esta situación normal y natural ha sido alterada anormal y artificialmente por el progreso humano de los últimos siglos, debido a que la industrialización ha inyectado a la atmósfera CO2 y GT (ver el capítulo Los principales países emisores, emisiones históricas, de J. L. Arvizu, en esta sección). El CO2 antropógeno procede de la quema de combustibles fósiles (petróleo, gas natural y carbón mineral) y de la deforestación (por urbanización, agricultura, etc.) (Hardy et al. 1986, Suple, 1998, Tanck 1971). Los GT son emitidos también por diversos artefactos y actividades industriales, domésticas, agropecuarias, etc. Con excepción de los clorofluorocabonos (CFCs) (y sus sustitutos recientes), los GT y el CO2 son componentes naturales del aire, siempre han existido en la atmósfera; lo que ha hecho el hombre es acrecentarlos (ver el capítulo Los gases regulados por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, de D. H. Cuatecontzi y Jorge Gasca, en esta sección), y este fenómeno conlleva, por supuesto, al aumento del efecto invernadero, pues más gases absorbedores presentes atrapan más radiación en el sistema climático (Eden y Twist 1997, Hardy et al. 1986, Ri- vera 1999, Tanck 1971, Toharia 1984 y Voituriez 1994). Por lo tanto, el efecto invernadero, del que se habla mucho en las últimas décadas, debe llamarse propiamente incremento antropógeno de éste, y a su correspondiente efecto en el clima, denominado comúnmente calentamiento global o cambio climático global, debe ponérsele el apellido antropógeno o actual, dado que ha habido otros calentamientos (y enfriamientos) naturales y el clima ha cambiado muchas veces antes, de hecho “Lo único constante del clima es su variabilidad” (Rolando García) (Garduño 1998, Tanck 1971 y Toharia1984).

Durante varios siglos previos a la industrialización, el CO2 tuvo una concentración casi constante en la atmósfera, con 280 partes por millón en volumen (ppmv), y a esta cantidad se le llama, en consecuencia, nivel preindustrial. A partir de mediados del siglo XIX, esta concentración ha aumentado, estando ahora en 370 ppmv (IPCC 2001). Con los GT pasa algo parecido. El comportamiento radiacional de los gases efecto invernadero se calcula con la teoría cuántica y se observa experimentalmente en el laboratorio, pero también lo demuestra la historia del clima (Voituriez 1994). La figura 3 muestra los paleo-registros de temperatura y de contenido de CO2 y metano (CH4) en la atmósfera, a lo largo de 420 mil años. Se observa un claro paralelismo entre estas tres variables: suben y bajan juntas (IPCC, 2001; Steffen, 2000). No obstante, la situación actual rompe esta secuencia; en el pasado, los tres registros han tenido cuatro oscilaciones, con periodo de unos cien mil años, y oscilan dentro de los mismos límites superior e inferior. Este comportamiento representa un sistema bio-geo-físico-químico complejo y autocontrolado, es el metabolismo natural de la biosfera terrestre, del cual el EI es sólo un componente. El máximo de CO2 alcanzado cinco veces en este periodo geológico es de 280 ppmv, nunca se sobrepasó; ahora hay ¡370 ppmv, un valor insólito que se sale del cuadro que contiene los registros, además se ha alcanzado con una rapidez también insólita, en cosa de un siglo, siendo que los cambios previos de ese tamaño necesitaron decenas de milenios para darse. Gran duda y preocupación significan las consecuencias que esta violenta perturbación antropógena del CO2 pueda tener en el equilibrio de los sistemas naturales, como el clima a largo plazo (Steffen 2000).

La sincronía observada entre la temperatura y los (principales) GI es notoria en el intervalo geológico mostrado en la figura 3; en periodos menores no es tan clara, pues otros fenómenos de plazos cortos perturban la (señal de) temperatura; entre ellos destacan oscilaciones naturales internas del sistema climático como el Niño y la Niña: el primero eleva la temperatura a escala planetaria, y la segunda la reduce (Voituriez 1994). Otro factor importante de la variabilidad interanual del clima son las erupciones volcánicas, que inyectan hasta la estratosfera aerosoles que quedan suspendidos por años y enfrían el clima planetario (Eden y Twist 1997, Hardy et al. 1986, Suplee 1998 y Voituriez 1994). El Niño tiene cierta periodicidad de recurrencia (ver el capítulo Consecuencias presentes y futuras de la variabilidad climática y el cambio climático en México de V. Magaña, Juan M., Rubén M. y Cecilia M., en la sección III); en cambio, el vulcanismo es más bien azaroso en su manifestación, y la magnitud de ambos es muy variable. Hay un aerosol artificial, el sulfato, producido también por la industria, que au- menta sistemáticamente y atenúa el calentamiento debido al incremento del efecto invernadero. Por todos estos elementos, adicionales al efecto invernadero, que afectan al clima, los registros históricos (no mostrados) de CO2 (aumentado antropógenamente) y de la temperatura a partir de mediados del siglo XIX no van paralelos, aunque sí hay un incremento claro de ésta, como de 0.6ºC (IPCC 2000, Toharia 1984 y Voituriez 1994).

 


Figura 3
Fuente: Petit, J.R. et al. 2001, Vostok Ice Core Data for 420,000 Years, IGBP PAGES/World Data Center for Paleoclimatology Data Contribution Series #2001-076. NOAA/NGDC Paleoclimatology Program, Boulder CO, USA.

 

Los fenómenos antropógenos detectados a escala planetaria se intensifican localmente en las ciudades, por la aglomeración de gente, industria, etc. En las urbes se acumulan gases efecto invernadero y aerosoles (polvo, hollín, etc.) antropógenos, con efectos térmicos contrapuestos; pero dominan los primeros, dando por resultado la llamada isla de calor: la mayor temperatura de la ciudad respecto a su entorno rural o respecto al mismo lugar antes de la urbanización (ver el capítulo La variabilidad climática en los registros instrumentales de México de E. Jáuregui, en la sección III). Por supuesto que muchos otros elementos artificiales contribuyen al clima urbano: el cambio de albedo asociado al uso del suelo, la resequedad debida a la deforestación, la ventilación natural bloqueada por los edificios, el calor emitido por máquinas, vehículos, etc. (Eden y Twist 1997 y Garduño 1998).

El ozono (O3) es gas efecto invernadero y está presente en dos ámbitos atmosféricos distintos. Por un lado, forma la capa estratosférica planetaria, que en las últimas décadas se ha reducido notablemente, sobre todo en la Antártida, situación llamada comúnmente hoyo de O3. Por otro lado, el O3 es un contaminante en las ciudades (de hecho es ahora el principal en la Cd. de México); está concentrado en los niveles bajos de la atmósfera y por eso se llama O3 troposférico. La disminución del O3 estratosférico (debida a los CFCs, que también son gases efecto invernadero) y el aumento del O3 troposférico son fenómenos antropógenos y ambos perjudican la salud, porque el O3 estratosférico bloquea la radiación solar ultravioleta y el O3 troposférico irrita las mucosas y la piel. Sin embargo, los efectos térmicos de ambas alteraciones del O3 atmosférico son pequeños y contrarios entre sí; por un lado, al haber menos O3 en la estratosfera, más radiación terrestre se fuga del planeta y eso enfría el clima; por otro lado, al haber más O3 en la troposfera, más radiación terrestre se atrapa en la atmósfera y eso calienta el clima. De modo que el hoyo de O3 se contrapone al efecto invernadero y la contaminación urbana por O3 refuerza el EI (Eden y Twist 1997, IPCC 2001, Tank 1971 y Voituriez 1994).

A escala global no se aprecia una alteración del vapor de agua atmosférico como consecuencia directa de la acción humana, pero sí la hay como consecuencia indirecta. Cuando el clima se calienta, por cualquier causa en general y por el aumento del CO2 y de GT en particular, la atmósfera tiende a conservar su humedad relativa; por lo tanto, el agua superficial (principal- mente del océano) se evapora en mayor cantidad y el contenido de vapor en la troposfera aumenta, incrementando así el efecto invernadero y reforzando el calentamiento original (ver el capítulo El cambio climático global: comprender el problema de V. Magaña, en esta sección). Resulta entonces que el vapor de agua no es un gas efecto invernadero estrictamente antropógeno, pero sí es un retroalimentador positivo del efecto climático inducido por el aumento antropógeno de los otros gases efecto invernadero, ya que amplifica el calentamiento debido a ellos (Garduño 1998 e IPCC 2001).

El cambio climático global antropógeno actual continuará seguramente, dado que seguirán creciendo el CO2 y los GT, pues sus emisiones son consustanciales al estilo de vida de nuestra civilización, misma que ha comenzado a interesarse y preocuparse del problema y sus repercusiones en los sistemas naturales y artificiales (IPCC 2001).

 

AGRADECIMIENTOS

 

A Oscar Sánchez y Rodolfo Meza por las figuras, y a Elvira Morales por la captura del texto.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Cosgrove, B. 1994. La atmósfera y el tiempo. México: Biblioteca Visual Altea. Eden, P. y C. Twist. 1997. Tiempo y clima. México: Publicaciones Citem-CNCA.

Garduño, R. 1998. El veleidoso clima. México: La Ciencia para Todos, #127. FCE SEP-
CONACYT.

Hardy, R., P. Wright, J. Gribbin y J. Kington. 1986. El libro del clima, Vol. III. Barcelona: Ediciones Orbis, S.A.

IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change). 2001. Climate Change 2001: The Scientific Basis. Contribution of Working Group I to the Third Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Technical Summary. Cambridge: WMO-UNEP. Cambridge University Press.

Rivera, M. A. 1999. El cambio climático. México: Colección Tercer Milenio, CNCA. Steffen, W. 2000. An integrated approach to understanding Earth’s metabolism. IGBP Newsletter 41: 9-16.

Suplee, C. 1998. Desentrañando el enigma del clima. National Geographic 2 (5): 38-70. Tanck, H. J. 1971. Meteorología. Madrid: Alianza Editorial.

Toharia, M. 1984. Tiempo y clima. Colección Temas Clave, Madrid: Salvat Editores. Voituriez, B. 1994. La atmósfera y el clima. Barcelona: Colección Conocer la Ciencia.
RBA Editores.

 

Notas

* Centro de Ciencias de la Atmósfera, UNAM.


 

 

Periférico 5000, Col. Insurgentes Cuicuilco, C.P. 04530, Delegación Coyoacán, México D.F.
Última Actualización: 15/11/2007