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Consideraciones socioeconómicas en el diseño de proyectos sustentables de restauración ecológica

 

Nayeli Cardona Carlin

Dirección de Manejo Integral de Cuencas Hídricas, Dirección General de Investigación en Ordenamiento Ecológico y Conservación de los Ecosistemas,
Instituto Nacional de Ecología. Periférico Sur 5000. Colonia Insurgentes-Cuicuilco
Correo-e: ncardano@ine.gob.mx

 

En general, un proyecto de restauración ecológica busca restablecer total o parcial la composición taxonómica, la estructura y la función de ecosistemas deteriorados por causas naturales o antrópicas, y reacondicionar aquellos ambientes que se encuentran degradados, restableciendo sus condiciones naturales originales o al menos algunas similares a las iniciales, de tal forma que se compensen los daños causados por actividades humanas o procesos naturales. Al abordar este tipo de proyectos hay que tomar en cuenta que los espacios donde se realizarán los esfuerzos de restauración, en la mayoría de los casos, son propiedad o han sido apropiados por personas para realizar sus actividades productivas, familiares y sociales. Son espacios habitados, trabajados y adecuados a la realidad y necesidades de los habitantes.

La realidad que enfrentan las comunidades es multidimensional, con características sociales, económicas y ambientales especificas que definen la manera de relacionarse con el entorno. “El contexto general dentro del cual se mueve el hombre está determinado, por un lado, por aquellos fenómenos físicos, geofísicos, biológicos, químicos, etcétera, que plasman una realidad ambiental cuya dinámica es la de los fenómenos naturales” (Bifani 1997). Según datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Dearrollo Rural, pesca y alimentación (SAGARPA), en México existen entre 130 y 170 millones de hectáreas en condiciones de erosión, 470 mil hectáreas con ensalitramiento y 40 millones de hectáreas de bosque se han perdido durante los últimos 50 años. Estos hechos son efecto de una inadecuada relación entre las actividades humanas y el medio ambiente en que se desenvuelven. Cuando el entorno ha sido degradado por la acción humana y se pretende emprender un proyecto de restauración, se necesita considerar los cambios que enfrentará la sociedad y los efectos negativos o positivos que resentirá en su estilo de vida, a partir del inicio del proyecto y a el largo plazo.

En muchas ocasiones los proyectos proponen aislar la zona a restaurar, impidiendo que los propietarios privados o comunitarios hagan uso del territorio. Este tipo de acciones suele generar resistencia, al crear la sensación de ser despojados de sus bienes y su forma de sustento; efecto que se acentúa cuando la compensación otorgada no es suficiente para cubrir los daños a los particulares o la comunidad. Hablar en términos de justicia en estos casos es muy difícil; por un lado habrá que considerar que un proyecto de restauración otorgará beneficios ambientales locales, nacionales y en algunos casos globales a la humanidad; sin embargo, cuando esto no es bien entendido por la comunidad o esos beneficios no se ven reflejados en mejoras sustantivas en su vida diaria de la localidad, pueden generar acciones para evitar, afectar o revertir por completo un proyecto de restauración que, desde otros puntos de vista, se consideraba importante y viable.

En este artículo trataremos los aspectos más importantes a considerar desde la perspectiva social y económica del diseño de un proyecto de restauración ecológica, con la finalidad de contribuir a la creación de planes económicamente sostenibles y respaldados por la comunidad en la que se realizan. Tomando en cuenta estos aspectos, la institución encargada de un proyecto encontrará un panorama más promisorio para el mantenimiento a largo plazo de los resultados y beneficios de la restauración ecológica.

 

Importancia del análisis socioeconómico

La restauración ecológica afecta a espacios, personas, expectativas, e intereses muy variados. Incluso si la restauración se realiza en zonas de propiedad privada y la llevan a cabo entidades privadas deja de existir un componente de interés público importante. Los sistemas ecológicos no están aislados y forman parte de un paisaje de más amplitud física y social que la zona de restauración. Por ello, debe recordarse que en una restauración ecológica deben colaborar tres esferas: ambiental, social y económica. Esta colaboración facilitará la realización del proyecto cuanto mayor sea el grado de intersección y de participación equilibrada de las tres, lo que ampliará las posibilidades de alcanzar con éxito los objetivos de un proyecto de restauración ecológica (véase figura 1).

Debemos ser conscientes de la importancia de las actividades humanas realizadas en el espacio donde se podría desarrollar un proyecto de restauración. Más de 26 millones de mexicanos viven en zonas rurales; en 2001 existían 3,756 millones de unidades de producción, de los cuales 1,191 millones son de pequeños propietarios, considerando que 1,797 millones son ejidatarios (véase figura 2).

Es frecuente que los proyectos de restauración ambiental se entiendan, y se contraten como obras corrientes, comprendiendo un periodo de garantía, que suele ser corto con respecto al tiempo que requiere dicha actividad, incluyendo la estabilización de las poblaciones biológicas, sus interacciones y la de los procesos biogeoquímicos del sistema. Si no se cuenta con la participación de la población, poco podrá hacerse por mantener un proyecto a largo plazo. Un proceso de monitoreo y vigilancia constante, efectuado por los responsables de un programa de restauración por largos períodos, es mucho más costoso que la vigilancia que la propia comunidad aportaría si se ve beneficiada con el proyecto.

Es importante reconocer la participación de la gente en el desarrollo de proyectos de restauración y el mantenimiento de sus resultados. Esto implica buscar nuevas maneras de trabajar con las comunidades locales, y propiciar que actúen de manera conjunta con los encargados como guardianes del proyecto, que construyan su propia capacidad de manejar las áreas de su comunidad.

La sustentabilidad financiera, ya sea con recursos propios y/o ayudas institucionales que minimicen los costos para la comunidad, ayudará a evitar conflictos y a preservar los proyectos. La sustentabilidad a largo plazo de las zonas restauradas depende de la consolidación de nuevos mecanismos financieros que proporcionen los recursos necesarios para la administración del proyecto y para el desarrollo local.

Se reconoce que la pobreza es multidimensional y que está determinada no solamente por el ingreso bajo, sino también por una carencia de activos, de oportunidades, de medios de opinión y de seguridad del sustento. Algunos representantes de comunidades locales e indígenas han afirmado que la creación de áreas protegidas, que bien pudieran ser empleadas como zonas de restauración, incrementan las posibilidades de pobreza local y aumentan a menudo la marginalización de la zona, dando como resultado ingresos perdidos, pocas oportunidades de desarrollo económico y separación y pérdida de áreas tradicionales. Las áreas protegidas no fueron diseñadas con la finalidad de reducir la pobreza, ni es ésta su función principal. Sin embargo, la consideración de la gente local y de sus fuentes de sustento está emergiendo como consideración suprema del establecimiento y de la gerencia de las zonas destinadas a proyectos de conservación o restauración. A menudo la supervivencia de los proyectos emprendidos depende de otros paralelos, encausados a la atención de la pobreza, creando esquemas de ganar-ganar. Las oportunidades para crear este tipo de esquemas son raras y el verdadero desafío es reconocer y balancear equitativamente las compensaciones, para asegurarse de que hay una remuneración justa y adecuada.

 

La realidad social y económica de una comunidad y su importancia en un proyecto de restauración ecológica

Tanto la diversidad ambiental como la diversidad cultural son características de México, caracterización manejada desde la década de los años 1950 bajo la fase “mosaico ecológico y cultural” (Palerm, 1968). Sin embargo los planes de desarrollo económico, en particular los relacionados con el control y el manejo del agua y del suelo, implantados por el Estado mexicano desde 1916 (Palerm, 1972) se caracterizan por su tendencia a homogeneizar y dar un tratamiento único a todo el territorio nacional, ignorando, las diferencias regionales.

Cuando se diseña un proyecto en el cual hay una comunidad involucrada, conocer sus características ayudará a facilitar el proceso de negociación y aprovechar su potencial en beneficio de la restauración. Existen ciertas características de la población que son indicativas de su nivel de desarrollo y por lo tanto de su capacidad de adaptarse o no a cierto proyecto. El conocimiento del nivel educativo, el tamaño de la comunidad, los servicios con los que cuenta, el porcentaje de población indígena, el sector económicamente preponderante o el nivel de ingreso, pueden ayudar a diseñar un proyecto adecuado a la situación prevaleciente, así como a buscar la conjunción de programas anexos de tipo social que refuercen las posibilidades de aceptación y éxito del proyecto de restauración ecológica.

Ciertas particularidades de la población pueden tener implicaciones en la forma de aceptar los proyectos que se les presentan y las actividades económicas alternas que pueden ser sugeridas a la comunidad. Por ejemplo, una sociedad con un mayor nivel educativo puede asimilar más fácilmente los conceptos necesarios para entender la importancia y las repercusiones de la restauración de un ecosistema y, por consiguiente puede tener más posibilidades de aprovechar y administrar por cuenta propia las nuevas posibilidades económicas. Una comunidad con mayores ingresos podría participar como co-financiera, en cambio una localidad con bajos ingresos, carencia de servicios o bajo nivel educativo, requerirá más apoyos al tener menos recursos disponibles para sustituir los ingresos provenientes de la explotación de los recursos naturales y, por lo tanto, requerirá un período más largo de adaptación a las nuevas actividades productivas.

Las visitas de campo o la permanencia en la comunidad donde se pretende realizar el proyecto pueden ayudar a identificar fácilmente ciertas características socioeconómicas, como los servicios, el material de las construcciones o los tipos de caminos; sin embargo, algunas otros aspectos no son perceptibles, por lo que en estos casos hay que recurrir a las estadísticas provenientes de censos y encuestas (el INEGI, por ejemplo, cuenta con un gran acervo de este tipo de datos al nivel nacional).

 

Índices resumen

Durante la última década ha surgido una amplia variedad de índices que buscan responder a las necesidades planteadas por las tareas de planeación del desarrollo económico y social. En México, un indicador que ha sido ampliamente utilizado es el de marginación, que es una medida de déficit y de intensidad de las privaciones y carencias de la población, en dimensiones relativas a la educación, la vivienda y los ingresos monetarios. En contraste, el índice de desarrollo humano es una medida de logros relativos respecto a un estándar de referencia. Ambos presentan cambios mínimos en las variables que consideran, a nivel estatal y municipal, pero ambos buscan proporcionar una métrica adecuada de las dimensiones que estudian.

 

Índice de marginalidad

El índice de marginación es una medida-resumen que permite diferenciar entidades y municipios según el impacto global de las carencias que padece la población, como resultado de la falta de acceso a la educación, la residencia en viviendas inadecuadas, la percepción de ingresos monetarios insuficientes y las carencias relacionadas con la residencia en localidades pequeñas.

El índice considera cuatro dimensiones estructurales de la marginación: educación, vivienda, ingresos monetarios y distribución de la población, a partir de las cuales identifica nueve formas de exclusión (analfabetismo, población sin primaria completa, viviendas particulares sin agua entubada, viviendas particulares sin drenaje ni servicio sanitario exclusivo, viviendas particulares con piso de tierra, viviendas particulares sin energía eléctrica, viviendas particulares con algún nivel de hacinamiento, población ocupada que percibe hasta dos salarios mínimos, localidades con menos de 5,000 habitantes). Mide su intensidad espacial como porcentaje de la población que no participa en el disfrute de los bienes y servicios esenciales para el desarrollo de sus capacidades básicas. Este índice está enfocado a las escalas municipal y estatal.

 

Índice de desarrollo humano

El índice de desarrollo humano comprende tres dimensiones: la capacidad de gozar de vida larga y saludable, medida a través de la esperanza de vida al nacer; la capacidad de adquirir conocimientos, medida por ejemplo, por el grado de analfabetismo de los adultos y el nivel de asistencia escolar en niños, adolescentes y jóvenes (de 6 a 24 años); la capacidad de contar con el acceso a los recursos que permitan tener un nivel de vida digno y decoroso, medido por el PIB per capita ajustado por el poder adquisitivo del dólar en los Estados Unidos. Se trata de un indicador compuesto, comparable internacionalmente, que combina: (i) la longevidad (medida mediante la esperanza de vida al nacer); (ii) el logro educacional (a través de la alfabetización de adultos y la matrícula combinada de varios niveles educativos); y (iii) el nivel de vida, mediante el PIB per capita anual ajustado (paridad del poder adquisitivo en dólares). Este índice se encuentra publicado en las escalas municipal y estatal.

¿Cómo se comparan ambos índices desde el punto de vista empírico? Existe una nítida y muy alta correlación inversa entre ambos indicadores a escala municipal, lo que indica que los municipios de baja y muy baja marginación tienden a registrar un grado alto de desarrollo humano y viceversa. Como se advertirá, ambos indicadores ponen de manifiesto, desde diferentes perspectivas, la existencia de mundos marcadamente distintos en México.

 

Niveles de bienestar

Con la finalidad de desarrollar un estudio que permita una ubicación geográfica más eficiente para los centros de distribución de Distribuidora e Impulsora Comercial Conasupo (DICONSA), una empresa de participación estatal mayoritaria coordinada por la Secretaria de Desarrollo Social (SEDESOL), esta empresa junto con INEGI desarrollaron un índice de marginación social y rezago. Para la planeación de los censos, el INEGI dividió el territorio nacional en áreas geoestadísticas básicas (AGEB), urbanas y rurales. Las primeras se conforman por grupos de manzanas de las localidades con 2,500 o más habitantes, y por las cabeceras municipales, independientemente de la cantidad de población. Las AGEB rurales son espacios geográficos que contienen localidades cuya población no alcanza los 2 500 habitantes.

 

Índice de desarrollo socioeconómico

Es habitual que el análisis municipal homogenice la realidad para todas las localidades que comprende, por el contrario el índice de desarrollo socioeconómico (Cardona, 2003) busca reflejar la situación de cada localidad y así obtener un análisis más preciso y detallado. Este índice está determinado por medio de la técnica estadística de los componentes principales, utilizando como insumo datos de 11 indicadores calculados a partir de variables socioeconómicas del Censo General de Población y Vivienda 2000 (INEGI 2000). Estos tabulados poseen una correlación teórica y empírica con el fenómeno del desarrollo socioeconómico, plasmados como indicadores que sintetizan de forma cuantitativa la expresión del desarrollo socioeconómico para cada localidad.

De esta forma se incluyeron las características de la población, así como su condición de educación (condición de alfabetismo, nivel de instrucción), empleo (salario mínimo, total ocupado, ingresos por trabajo, población económicamente activa e inactiva, población ocupada en los diferentes sectores económicos) y vivienda (drenaje, disponibilidad de electricidad y disponibilidad de agua entubada). Este índice evolucionó hacia polígonos definitivos de los tipos de nivel socioeconómico general (Cardona 2003), los cuales reflejan de forma espacial la realidad territorial a través del ajuste según los rasgos topográficos y socioeconómicos.

 

Tenencia de la tierra

“La situación de la tenencia de la tierra en las áreas de conservación es bastante delicada y esto no es nuevo para algunos sectores...Por lo tanto, una de las metas del sistema debe ser la búsqueda incansable de fondos para pagar las tierras, cuya fragilidad ambiental así lo indique, o en su defecto buscar alianzas que permitan que la situación se pueda hacer sostenible sin perjudicarse ninguna de las partes (propietario – estado)”.(SINAC-MINAE, 2000)

En México el uso del suelo es un tema donde convergen intereses políticos, económicos y sociales en un entramado complejo. Dentro de este panorama, si un particular es propietario de terrenos degradados podrá emprender su restauración cuando él y sólo él lo apruebe. Además, las administraciones públicas, aún trabajando sobre terrenos de propiedad estatal, están limitadas en sus iniciativas debido a que la aplicación de proyectos de restauración debe provenir de mandatos debidamente legitimados, los cuales están principalmente dirigidos a la restauración ecológica de áreas naturales protegidas (si no en sus normas constitutivas, al menos en sus programas de manejo aprobados, entre otros).

De este modo, solamente se emprende un proceso de restauración cuando hay un mandato concreto que así lo establezca, el cual debe estar debidamente justificado o tener como objetivos que la restauración de un hábitat se realice para preservar la biodiversidad (en muchos casos de especies en peligro de extinción), o que se pretende recuperar la funcionalidad ecológica del sistema (artículo 32 y 32bis de la Ley Forestal). Otro punto delicado es que cerca de tres cuartas partes de los bosques son ejidales, lo que significa que están en su mayoría, en manos de pobladores con escasos recursos económicos que dependen de la tierra para obtener alimento e ingreso. Por ello, restringir el uso de la tierra es un asunto sumamente delicado (Gómez-Ceccon, 2004).

 

Agenda socioeconómica anexa a un proyecto de restauración ecológica

La intervención en una comunidad para la restauración ecológica de una zona debe contribuir al desarrollo de conocimientos y adopción de actitudes deseables entre los pobladores, con relación al uso, conservación y restauración de los recursos naturales renovables. Esto, debe lograrse, a través de un proceso participativo en el que se aproveche el sinergismo entre el conocimiento local y el conocimiento técnico que aportan los agentes de cambio, promoviendo la organización social y el desarrollo autogestionado. Los proyectos de restauración deben ir apoyados con una agenda de desarrollo para las comunidades involucradas, agenda que debe intentar contribuir a la reducción de la pobreza y debe contener acciones que minimicen la afectación.

Si el proyecto a realizar disminuirá la gama de actividades productivas disponibles para la comunidad, hay que procurar mejorar el acceso a los recursos físicos y tecnológicos de la producción, a fin de incrementar la eficiencia y rentabilidad de los procesos productivos; hay que desarrollar procesos productivos comerciales, agrícolas, pecuarios o forestales y combinaciones de éstos en sistemas integrados; y también generar empleo e ingreso, no solo dentro de las actividades primarias, sino a través de la diversificación de las actividades económicas, familiares o asociativas, tales como la comercialización de los productos y el impulso de procesos artesanales y agroindustriales.

Uno de los componentes que mayor cambio genera en la calidad de vida de las comunidades es el acceso a servicios y vías de comunicación (SGSICA, 2001). Si los proyectos anexos al de restauración proporcionan o mejoran estas condiciones, habrá posibilidad de una participación más activa.

 

Financiamiento

Los proyectos de restauración de un ecosistema deben ser valorados en su contexto local, nacional y global, para tener una mejor aproximación a sus beneficios y, por lo tanto, mayor oportunidad de más y mejores fuentes de financiamiento a largo plazo. Los costos de los proyectos de restauración deben ser compartidos por los diferentes actores que se verán beneficiados; así se crean incentivos para la planeación y la vigilancia de los recursos. Pero cuando se hace referencia al financiamiento, no hay que pensar únicamente en los recursos que apoyarán la etapa que comprende la restauración como tal; en adición al presupuesto proyectado para el arranque de un proyecto de restauración ecológica, los responsables de los distintos órdenes de gobierno deberán asegurar la sustentabilidad financiera a largo plazo, es decir, encontrar los recursos que permitirán mantenerlo y conservarlo.

Deben considerarse los recursos que servirán para la agenda social paralela, la cual puede tener diversas directrices, desde la compensación por la restricción al uso de los recursos hasta el diseño de nuevas actividades productivas amigables con el entorno. Recordemos que cuando el proyecto tenga impactos negativos en la esfera social, cultural o económica, las comunidades deben ser justamente compensadas. Las compensaciones otorgadas deben resarcir las pérdidas que enfrentan en sus ingresos y en sus libertades de manejo de las áreas escogidas para la restauración. El diseño de los proyectos debe ser incluyente, buscando no solamente que tengan beneficios ambientales sino que mejoren efectivamente su calidad de vida (en los términos deseables o, por lo menos, aceptables para las comunidades) y que provean de bienes y servicios a los propios grupos organizados, lo que ayudará a su sostenimiento autónomo. Se debe buscar incluir estos proyectos dentro del marco de los planes de desarrollo nacionales e internacionales.

Deben desarrollarse innovaciones financieras y sistemas gubernamentales que optimicen las sinergias entre los proyectos de restauración y los esfuerzos de reducción de la pobreza, pues esto ahorrará esfuerzos gubernamentales y distribuirá los costos de los programas. Es importante considerar una diversidad más amplia de fuentes de financiamiento para otorgar una compensación adecuada y justa a las comunidades pobres por su colaboración en los bienes públicos globales (en este caso, los servicios que prestará el ecosistema restaurado).

 

Responsabilidad compartida

Es muy importante crear alianzas con las comunidades, convirtiéndolas en responsables solidarias del desarrollo de los proyectos, ya que a largo plazo serán los principales agentes encargados de vigilar y, en su caso, aprovechar los beneficios de la restauración de un ecosistema. Se debe pensar en aumentar los mecanismos para que las comunidades compartan activamente la toma de decisiones y se conviertan en promotoras del proyecto.

Dentro de una comunidad dada es importante aumentar la conciencia y el conocimiento del impacto de un proyecto de restauración, en el ecosistema global y en la calidad de vida de las comunidades (tanto en positivo como negativo), así como reconocer y respetar durante los periodos de negociación y el proceso de toma de decisiones las costumbres de los propietarios de las tierras, previniendo futuros conflictos. También es importante evitar la posible pérdida de tradiciones locales que les proporcionan identidad y arraigo a su territorio. Al mismo tiempo, es vital aumentar la transparencia y la rendición de cuentas de los procesos de toma de decisiones; sólo así se impedirá la suspicacia sobre las intenciones de los objetivos ambientales. El enfoque de género es relevante para aprovechar las ventajas de los roles que desempeña cada sexo así como contribuir a repartir los beneficios equitativamente.

Si esperamos una restauración ecológica exitosa, debemos pensar en procesos más amplios del desarrollo de la comunidad, hacer una revisión integral local y buscar alianzas entre sectores, actores e instituciones. Todo esto es fundamental para establecer plataformas que permitan articular los procesos de restauración, además de que fomenta la amplia y directa participación de las personas de las comunidades y de sus dirigentes.

 

Opciones de actividades económicas alternas.

En diversos espacios locales en países de América Latina se aprecian esfuerzos reales por gestar actividades económicas rentables aprovechando los servicios ecológicos existentes (CLADES, 2004). Hay iniciativas que han sido promovidas en forma conjunta o a través de la interacción creativa de ONG, empresas privadas, municipios, organizaciones campesinas y universidades. Este tipo de proyectos requiere la participación de productores privados, de instituciones de asesoría técnica y financiera e incentivos públicos.

La creación de este tipo de alternativas ha respondido a una demanda creciente por productos y servicios ecológicos pagados a precios muy convenientes. Experiencias a gran escala, como la venta que ha hecho Costa Rica de servicios ecológicos de su selva tropical a países como Holanda, han sido muy inspiradoras, como también lo ha sido la exportación de la producción llamada “orgánica”. En algunos países de Latinoamérica también se lleva a cabo la cría y comercialización de carne producida sin insumos artificiales, para el mercado europeo, la agroindustria basada en frutos nativos diversos proveniente de sistemas agroforestales y, más recientemente, la reforestación para vender bonos por captación de CO y CO2. Las experiencias basadas en la venta de servicios ecológicos han tenido la característica que todos los que participan ganan, el medio ambiente es protegido y la población con menos recursos también ha podido beneficiarse, mejorándose así la equidad.

Mas que la intervención temprana de los entes públicos es importante movilizar a los emprendedores locales, a partir de las buenas experiencias en otros lugares incluyendo la agricultura orgánica y el agro-ecoturismo. La agricultura orgánica, según información proporcionada por la FAO genera enormes beneficios ambientales (captación de CO, retención de materia orgánica, preservación de la biodiversidad y enriquecimiento de la microfauna del suelo, entre otros) y entrega productos buenos para la salud humana a uno de los mercados más dinámicos, el rubro alimentario. El agro-ecoturismo es una forma de relación entre el ser humano y la naturaleza que constituye una expresión de interacción sinérgica entre ecología y economía.

Hay una gran oportunidad para aumentar los ingresos de los pequeños propietarios a través de este tipo de actividades económicas, ya que en general el ingreso que obtienen de la agricultura convencional es muy bajo, al no tener la superficie suficiente para una agricultura de gran escala, por lo que estarían más dispuestos a emprender proyectos que mejoren sus condiciones de vida y les permitan mantenerse en su lugar de origen, en lugar de emigrar en búsqueda de mejores oportunidades (véase figura 3).

Este tipo de proyectos da lugar a un conjunto de actividades económicas complementarias de asesoría técnica, financiamiento, seguros y transporte, entre otros, que enriquecen la vida económica local y aumentan los ingresos públicos municipales.

A continuación, analizaremos algunas de las principales actividades productivas que pueden derivar de un proyecto de restauración ecológica de un ecosistema.

 

Ecoturismo

La conservación y desarrollo pueden ir de la mano, en la medida que la protección y restauración generen fuentes de empleo locales más sustentables que la extracción irracional de sus recursos. Sin duda, el éxito económico que obtenga la comunidad local a través de su participación en el ecoturismo contribuirá a un mayor apoyo por parte de ésta a la preservación del área protegida, lo cual constituye un elemento crucial en todo plan conservacionista.

Según el ecólogo norteamericano George Wallace (1992 citado en Ceballos- L- 1998), el turismo puede verdaderamente denominarse "ecológico" y "ético" cuando logra lo siguiente:

a) Orienta hacia una percepción de las áreas naturales tanto como "un hogar para todos nosotros" en un sentido planetario como "un hogar para los residentes locales" en su significado específico.

b) Conduce a un tipo de uso que minimiza los impactos negativos tanto en el medio ambiente natural como en los habitantes locales.

c) Contribuye a la gestión de las áreas protegidas y a mejorar los vínculos entre las comunidades locales y los administradores de dichas zonas.

d) Propicia beneficios económicos y de otra índole para los habitantes del lugar y maximiza su participación en el proceso de toma de decisiones que determina el tipo y la cantidad de turismo que debe aceptarse.

e) Promueve una auténtica interacción entre visitantes y anfitriones, así como un interés genuino en el desarrollo sostenible y la protección de áreas naturales tanto en el país que se visita como en la nación de origen del turista.

f) Suplementa o complementa prácticas tradicionales (agricultura, ganadería, pesca, sistemas sociales, etc.) sin marginarlas o intentar reemplazarlas, con lo que se fortalece a la economía local y se la hace menos susceptible a cambios bruscos, internos o externos.

g) Ofrece oportunidades especiales para que los habitantes locales y los empleados de agencias turísticas puedan también utilizar de manera sostenible las áreas naturales y aprender, y apreciar, más sobre las maravillas que los visitantes foráneos vienen a conocer.

 

Entre las actividades cuyo desempeño puede ser de interés para los pobladores en proyectos de ecoturismo se encuentran: guías de turismo, provisión de alimentación, alojamiento, artesanías y productos forestales no maderables. En muchos casos es necesario contar con cierta infraestructura necesaria –cabañas, áreas para acampar, establos, pesebres, viveros forestales y sistemas de señalizaciones– para convertir los senderos en una oferta de alto nivel que potencie y articule los proyectos de conservación, servicios y productos desarrollados localmente, sin permitir el deterioro gradual de las áreas naturales por su uso para actividades no permisibles. Los ingresos generados por la actividad ecoturística podrían, en muchos casos, autofinanciar las actividades de conservación de las zonas restauradas y/o ampliar las zonas de restauración.

En la mayoría de las áreas con potencial ecoturístico, cualquier esfuerzo que se haga por ganar el apoyo de la población lugareña para la conservación de los recursos naturales deberá realizarse no sólo mediante la contratación y adiestramiento de los habitantes locales para que se desempeñen como guardaparques, guías ecoturísticos o prestadores de algún otro servicio, sino también a través de mecanismos para modificar patrones insostenibles de agricultura, ganadería o pesca, para intensificar la producción en áreas aledañas a las protegidas y para mejorar los servicios públicos de vialidad, salud pública, educación y agua potable.

Es muy importante proporcionar apoyo económico y técnico a operaciones modestas en las áreas rurales, ya que en éstas normalmente no hay suficiente capital ni la experiencia y habilidades requeridas para poner en marcha una empresa ecoturística y proporcionar los servicios que demandan los visitantes. Aún pequeñas cantidades de capital pueden tener efectos significativos en el empleo y recursos locales, al tiempo que favorecen la restauración de manera significativa pues, al sumarse varias pequeñas iniciativas en áreas vecinas, se contribuye a recuperar la continuidad de los espacios naturales en un área dada (Óscar Sánchez, com. personal, 2004). Esta modalidad de inversión también tenderá a mantener los beneficios económicos dentro de la economía local. En México, el Fondo Nacional de Fomento del Turismo (FONATUR) ha realizado este tipo de esfuerzos en diversas localidades (dos casos concretos son Mazunte en Oaxaca y los Altos de Chiapas). (Ceballos 1998).

 

El pago por servicios ambientales.

El pago de servicios ambientales (PSA) es un tema nuevo en muchos países de América Latina y el Caribe. Una gran cantidad de agencias, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil analizan esta opción como una estrategia que articula los objetivos de eliminar la pobreza rural y de conservar el medio ambiente. Sin embargo, la instrumentación de esta alternativa no es sencilla, pues los mercados para estos servicios solo existen incipientemente y falta aún mucho que explorar y aprender en materia de instituciones, mecanismos, métodos e instrumentos. Entendemos los servicios ambientales como los beneficios que obtiene la sociedad, en su acepción general, de los recursos naturales, tales como la provisión y la calidad del agua, la captura de contaminantes, la mitigación del efecto de los fenómenos naturales adversos, el paisaje y la recreación, entre otros (SAGARPA, 2004). Cuando restauramos un ecosistema, restituimos también su capacidad de brindar estos servicios, pero no debe olvidarse que tales espacios eran ocupados por campesinos, pequeños, medianos y grandes productores agropecuarios y propietarios de bosques, o comunidades indígenas. Esta situación abre interesantes perspectivas para proponer a esos grupos humanos alternativas productivas y de ingreso económico a través de los servicios ambientales, que son novedosas, amigables con el ambiente y no excluyentes, situando el tema en una “corriente central”, de uso sostenible e inteligente de los recursos naturales (Espinoza-Gatica-Smyle, 1999)

Los servicios ambientales son aquellos que brindan, principal pero no exclusivamente, las áreas silvestres (sean bosques, pantanos y humedales, arrecifes, manglares, llanuras, sabanas), es decir, las áreas que en su conjunto conforman ecosistemas, paisajes, cuencas hidrográficas y eco-regiones. Estos servicios todavía no se valoran adecuadamente y en general no se pagan, con excepción de unos pocos países. Estos servicios son, entre otros, los siguientes: (i) mitigación de las emisiones de gases con efecto invernadero; (ii) conservación de la biodiversidad; (iii) protección de recursos hídricos, en términos de calidad, distribución en el tiempo y cantidad de agua; (iv) belleza escénica y (v) mitigación de los impactos de desastres asociados con fenómenos naturales (Espinoza-Gatica-Smyle, 1999). Podemos incluir también la conservación de suelos, conservación de los ciclos biogeoquímicos, producción de O2.

En términos generales, quienes financian los servicios ambientales son aquellos agentes pagadores de dichos servicios que: (i) para el caso de los proyectos de fijación, reducción y almacenamiento de carbono, se ubican en países donde la legislación vigente está regida por el principio de quien contamina paga; (ii) para proyectos de prospección de la biodiversidad, han llegado a ser financiados por empresas farmaceúticas nacionales e internacionales, a algún instituto o laboratorio local, en busca de información sobre especies, especímenes y principios activos, para desarrollo de fármacos u otros productos; (iii) en proyectos de belleza escénica, son las empresas turísticas y visitantes de parques y de diferentes categorías de áreas protegidas, los que pagan el servicio; (iv) en el caso de proyectos sobre protección de recursos hídricos, el financiamiento puede provenir de empresas de generación y distribución de energía hidroeléctrica, agua potable para consumo humano, uso industrial y para riego; o (v) los mismos ciudadanos de los países donde hay conciencia sobre la necesidad de cobrar los costos de la degradación de los recursos naturales y de pagar el valor que los servicios ambientales, aportan a la ciudadanía y al mundo.

Los recursos financieros, bienes u otro tipo de recursos generados por el pago de los servicios ambientales podrían tener varios destinos, ingresos monetarios para los propietarios de los territorios donados o cedidos para la realización de un determinado proyecto de restauración; ingresos monetarios; equipamiento para las comunidades indígenas en caso de tierras comunales, así como para refinanciar el propio proyecto de restauración o su ampliación.

 

Agroturismo

Una opción de desarrollo, en sectores rurales, es el impulso al turismo rural y agroturismo, orientado inicialmente a segmentos poblacionales del mercado interno y ocasionalmente, a extranjeros de paso en el país que se interesan particularmente por la cultura rural. Entre las múltiples actividades relacionadas con el turismo están las producciones de artesanías de tradición local, la producción de conservas artesanales de productos hortofrutícolas, y en general, la posibilidad de apertura del mundo rural para ser conocido en todas sus expresiones. Por turismo rural se entiende una actividad turística que se desarrolla en un espacio rural y que consiste en retornar al conocimiento de este entorno, viviendo y participando de la cultura propia de sus habitantes, y que permite practicar ciertas actividades simples (cuidado de animales, recolección de frutos) y deportes que propician el contacto con la naturaleza (senderismo, rutas en bicicleta o a caballo), o simplemente la contemplación de los paisajes.

El agroturismo puede incluir el alojamiento compartido o independiente en la vivienda de los propietarios locales, dedicados a la actividad ganadera, agrícola o forestal. Se trata de reactivar las zonas más deprimidas con una mejora de su calidad de vida, complementando las actividades económicas tradicionales con las turísticas. Además es una actividad que integra a toda la familia campesina y resguarda sus costumbres y tradiciones. La idea es que la agricultura familiar campesina tenga nuevas alternativas de negocio, a través de las cuales pueda complementar y/o diversificar sus ingresos.

Cualquiera que sea la actividad económica propuesta a la comunidad es importante mantener el objetivo de preservar a largo plazo los resultados de la restauración, por lo que las actividades que mantengan la interacción con la zona restaurada debe planificarse para no sobrepasar la capacidad de carga del ecosistema. El concepto de capacidad de carga sirve de base objetiva para definir la sustentabilidad de las actividades económicas.

 

Consideraciones finales

Cuando un proyecto de restauración ecológica tiene un cierto impacto (positivo o negativo), en una o varias comunidades, debe pensarse en la manera de involucrar a la sociedad en todas sus fases de desarrollo y crear compromisos a largo plazo. Conocer a la comunidad con la que se va a trabajar es muy importante, ya que así podemos incrementar sus potencialidades y crear proyectos acordes a su realidad cultural, social y económica. Con esto evitaremos posibles conflictos y aseguraremos un programa incluyente.

Si se afectan intereses privados o comunitarios, debe pensarse en programas alternos que ayuden a compensar y, si es posible, mejorar la situación de los pobladores. También es deseable impulsar proyectos rentables que propicien la conservación de las zonas restauradas y que incentiven la participación social en la vigilancia y expansión de las mismas.

La sustentabilidad de un proyecto determinado recae en la capacidad de considerar las necesidades locales y la posibilidad de adecuarlas a los objetivos ambientales esperados, buscando una relación armónica a largo plazo y un balance costo-beneficio viable, que pueda alargar su vida útil.

 

Bibliografía

 

Bifani, P. 1997. La relación hombre-naturaleza como fenómeno social. Pp. 31-36 en: Medio Ambiente y Desarrollo. Tercera edición. Universidad de Guadalajara. México.

Cardona, N. 2003. Nota metodológica del índice de desarrollo socioeconómico, DGIOECE, Instituto Nacional de Ecología, México. Disponible en World Wide Web: www.ine.gob.mx. México.

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LEY DE DESARROLLO RURAL SUSTENTABLE, Articulo 3, Legislación Federal vigente al 28 de Junio de 2004.



Figura 1.
Ámbitos a considerar

 

 

Figura 2.

 



Fuente: elaboración propia con datos de SAGARPA, 2003.

 

Figura 3.

 

Fuente: elaboración propia con datos de SAGARPA, 2003.

 

 

 

Periférico 5000, Col. Insurgentes Cuicuilco, C.P. 04530, Delegación Coyoacán, México D.F.
Última Actualización: 15/11/2007