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El análisis del paisaje como base para la restauración ecológica

 

Helena Cotler, Gerardo Bocco y Alejandro Velázquez

Instituto Nacional de Ecología Semarnat

 

Introducción

 

El concepto “ecología del paisaje” incluye de manera inseparable dos aspectos: el tratamiento analítico de procesos que rigen en la naturaleza y el de la visión sintética de los mismos (Troll, 1968). El concepto, a su vez, está integrado por la inclusión de las interacciones verticales y horizontales de los diversos componentes de un ecosistema. En otras palabras, la ecología del paisaje representa el marco espacial del “ecosistema”, enriquecido por la indisoluble participación social propia de cada espacio geográfico (Velázquez y Bocco, 2003). Bajo esta concepción resulta obvio considerar que la ecología del paisaje, como marco conceptual, puede ayudar a entender y sobretodo a ejecutar acciones propias de la “restauración” de los ecosistemas.

La restauración nace a partir del reconocimiento de la alteración en los procesos que naturalmente rigen a un ecosistema en condiciones prístinas. Las causas que desencadenan procesos de alteración y que más ocupan a la restauración son aquéllas derivadas de la acción humana desmedida. La necesidad de restauración no son las causas sino las consecuencias, a saber: pérdida de variabilidad genética (biodiversidad), degradación de bienes y servicios ecosistémicos (agua, suelo aire), trasformaciones climáticas, reducción de la calidad de vida por alteración de belleza escénica, entre muchas otras (Harker et al., 1999).

Con base en los dos párrafos anteriores, existen dos formas de implementar acciones de restauración de ecosistemas desde la perspectiva de paisaje. La primera se refiere a la “naturalización” del paisaje y la segunda al “refuncionamiento” del mismo. La naturalización comprende la recuperación escénica o visual de un ecosistema ya sea a través de elementos oriundos, que conforman la estructura original del paisaje o exóticos; éstos últimos pueden ser utilizados especialmente en condiciones de stress como desertificación o salinidad, y sólo como una etapa sucesional temprana, evitando su propagación en áreas naturales. El refuncionamiento concibe la recuperación de los procesos inherentes al ecosistema oriundo, por encima de pura percepción visual. Un ejemplo de la naturalización es el efecto de una plantación forestal, donde si bien se recupera la estructura original no necesariamente se activan los procesos propios del ecosistema, aún menos si son especies exóticas. El refuncionamiento pone énfasis en aquellos procesos formadores de suelo, ciclos biogeoquímicos, interacciones suelo-planta-animal, entre otros, como los actores que ayudarán a la permanencia del ecosistema (Harker et al., 1999). En general, si se planea adecuadamente, la naturalización del paisaje debe ser una fase del refuncionamiento, que en conjunto llevará a la restauración del ecosistema.

La ecología del paisaje, desde su visión holística y a su vez sintética de un ecosistema, permite abordar las acciones de restauración de manera espacial y socialmente explícitas. Esto incluye la conformación de una línea base como punto de partida para un manejo efectivo. Además permite la identificación de las áreas y los procesos críticos y finalmente involucra el agente principal, al hombre, como actor desencadenador de la acción deseada.

Un buen análisis del paisaje permite alcanzar objetivos deseables tales como la conservación de la integridad funcional de los ecosistemas, la permanencia de la funcionalidad ecológica (ciclos productivos y regulativos), el control de tasas de erodabilidad (edáfica, genética y ecológica), la continuidad en la aportación de bienes y servicios ecosistémicos (agua, suelo, aire). Esto se fundamenta en el hecho de comprender a la restauración como una acción espacio-dependiente. Por ejemplo, una acción puntual de restauración será inútil si no se enmarca dentro de un contexto socio-espacial en donde los actores locales y los procesos verticales (v. gr. flujos de materia y energía) y horizontales (v. gr. patrones de fragmentación, conectividad) son tomados en cuenta de manera conjunta. Preguntas como el mínimo espacio necesario, la ubicación de la actividad inicial, el proceso clave a restaurar, entre otras, son temas en donde la ecología del paisaje tiene mucho que aportar. Para gracia o desgracia, un estudio desde la óptica del paisaje sólo puede realizarse a través de un grupo interdisciplinario, lo cual implica compromisos serios en cuanto a agendas de trabajo, ponderación del peso de los diversos campos de conocimiento y gran disponibilidad al trabajo en equipo. Esta situación de trabajo conjunto no parece ser la regla sino la excepción dentro del contexto de las acciones de restauración y merece ser reevaluada si se desea lograr resultados significativos.

Ante la complejidad inherente de cada unidad de paisaje, dada por el número de elementos e interacciones que se mantienen con diferentes dinámicas espaciales y temporales, en este artículo abordaremos principalmente el papel que juegan los elementos relativamente más estables del paisaje, como son el relieve y el suelo, enfatizando su papel en la restauración ecológica.

 

El levantamiento geomorfológico en la construcción de unidades de paisaje como herramienta para la restauración ecológica

El levantamiento geomorfológico, acompañado de cartografía geomorfológica digital, en el marco de un sistema de información geográfica, representa una herramienta científica valiosa, desde la perspectiva tanto teórica como aplicada. La definición jerárquica (es decir, anidada), delineación y representación de unidades que describen las formas del relieve, su génesis y dinámica actual, es un tema relevante para geólogos, edafólogos y geógrafos. Asimismo, el tema tiene un valor práctico importante. Estos procedimientos son básicos para el levantamiento de suelos, indisolublemente ligados a la forma del relieve donde se localizan, ya que permite estratificar el territorio para facilitar los esfuerzos de muestreo. Esto ofrece la oportunidad de evaluar el suelo en un marco geográfico; por un lado, como un soporte de la agricultura, la ganadería y la actividad forestal, es decir, desde el punto de vista productivo; por otro, como soporte de las comunidades vegetales, los hábitats para fauna silvestre, y por lo tanto, de la distribución geográfica de la biodiversidad. De allí que este tipo de levantamiento esté presente en cualquier tipo de plan de manejo de recursos naturales.

Las características y propiedades de los suelos de una zona o región, derivadas de un levantamiento edafológico integrado con el relieve: (a) gobiernan relaciones particulares entre suelo-agua-planta; (b) condicionan el potencial para el uso del terreno y de los recursos naturales allí albergados; (c) permiten explicar el tipo de manejo (aprovechamiento, conservación, degradación) por parte de los actores sociales que ocupan el territorio, y (d) ofrecen una base para comprender los patrones que adoptan los procesos de degradación, tanto de la cobertura vegetal, como de los suelos y los recursos hídricos.

El enfoque descrito, y la información que proporciona un levantamiento geomorfológico integrado, es relevante en los programas de restauración por tres motivos centrales: (1) un plan de restauración debe partir de reconocer los procesos de degradación que afectaron los ecosistemas de interés; (2) la restauración de comunidades vegetales suele, en general, ser antecedida por la rehabilitación de los suelos en los cuales se implanta; (3) tanto la degradación como su potencial restauración son producto del manejo de recursos naturales por parte de comunidades humanas, que dejan una huella interpretable sobre los ecosistemas.
Una ventaja adicional de este enfoque es que la distribución geográfica de los ecosistemas (a la que podemos aproximarnos a través de la idea de paisaje), su degradación y posible restauración, reconoce una gran variabilidad espacial, que puede ser comprendida a partir de utilizar los resultados de levantamientos integrados, incluso a varias escalas geográficas.

 

Los métodos y técnicas

Las unidades de terreno o formas del relieve describen los componentes relativamente más estables del paisaje (roca-relieve-suelo), en comparación con los más dinámicos, como la cobertura vegetal, cuyo cambio es más rápido en el tiempo. Debido a su naturaleza y al tipo de estructuras (contactos litológicos, fallas, fracturas, cauces fluviales, etc.), las formas del relieve son más fácilmente segmentables que los suelos o la vegetación, mismos que tienden a cambiar a lo largo de gradientes (ecotonos, transiciones de suelos), y por tanto los cambios son relativamente menos abruptos.

Las formas del relieve son objetos naturales que han sido originadas por uno o más procesos formadores. Esta relación proceso-forma evoluciona en el tiempo, y en algunos casos hace muy compleja su delimitación. Sin embargo, una forma del relieve siempre podrá ser clasificada desde el punto de vista de su geometría o morfometría (altitud, altura relativa, inclinación y orientación de la pendiente, etc.).

 

La fotointerpretación geomorfológica

La fotointerpretación geomofológica puede realizarse sobre imágenes satelitales o fotografías aéreas (véase figuras 1 y 2). Las primeras son adecuadas para interpretar los cambios en las formas del relieve en grandes áreas (en el orden de los miles de km²), en tanto que las segundas son más apropiadas para el trabajo a nivel de localidades (en el orden de los cientos de km²). El uso de fotos, dada la posibilidad de la interpretación de pares estereoscópicos, permite también analizar el relieve y sus formas en tercera dimensión, bajo un estereoscopio. En cualquiera de los dos casos, el intérprete basa su análisis en el reconocimiento de rupturas de pendiente, en la diferenciación de unidades orográficas positivas (del tipo de la montaña, sierra o lomerío), negativas (del tipo de las planicies o llanuras) o transicionales (del tipo de los relieves de piedemonte, es decir, rampas que vinculan en el terreno las montañas y las planicies vecinas). Otra ventaja es el uso de claves de interpretación, tales como el tono o color de las fotos, el patrón, la textura, la forma, tamaño, sitio y emplazamiento de los objetos de interés.

 

El uso del mapa topográfico y modelo digital de terreno

La interpretación del material aero-espacial (fotos o imágenes) debe cotejarse con la expresión del relieve dada por las curvas de nivel de un mapa topográfico a una escala cercana a la de las fotos o imágenes. Una vez examinados estos documentos, el intérprete debe formular una leyenda, o sistema categórico, para poder etiquetar las formas que va detectando sobre las

 

Figura 1. Delimitación de formas del terreno sobre imágenes estereoscópicas (falso color), en las inmediaciones de Tlalpujahua (Michoacán) y El Oro (Edo. México).

 

Fuente: Bocco G. 1990.

 

Figura 2. Formas del relieve sobre fotografía aérea, en blanco y negro

 

Fuente: M. Mendoza y G. Bocco, 1998.

 

imágenes y mapas (véase figura). Las formas del relieve se suelen clasificar desde el punto de vista morfométrico en montañas, lomeríos, piedemontes y planicies, como ya se mencionó. Asimismo, pueden clasificarse desde el punto de vista de su morfogénesis en volcánicas, estructurales, fluviales, lacustres, denudatorias, kársticas, de acuerdo con el o los agentes que les hayan dado origen. Además, las formas del relieve pueden caracterizarse de acuerdo con los procesos actuales, o dinámica geomorfológica. Se deberán distinguir entonces diferentes tipos de procesos erosivos (laminares, en surcos, regueros y cárcavas), o de remoción en masa (deslizamientos, derrumbes, etc.), o deposicionales (abanicos aluviales, terrazas, etc.).

Una herramienta que se utiliza en los sistemas digitales es el modelo de elevación digital del terreno, que ofrece una representación tridimensional de una porción de la tierra, con base en la diferencia de altitud entre puntos vecinos. Estos valores de altitud se obtienen del mapa topográfico. De este modo, las diferencias entre porciones elevadas y deprimidas, o bien inclinadas y planas, puede apreciarse claramente. De igual manera, a partir de estos datos, es posible trazar transectos a lo largo de terrenos cuyas rupturas de pendiente quieran detectarse. Los transectos pueden ser longitudinales, a lo largo de cauces, o transversales, cortando cauces. Estos últimos permiten apreciar con claridad los cambios en las formas del terreno, desde una superficie cumbral, pasando por una ladera inclinada, un piedemonte y una planicie o llanura.

 

La Cartografía geomorfológica en sistemas de información geográfica

Una vez terminada la interpretación sobre fotos e imágenes, el intérprete debe transferir estos datos a una base topográfica (véase figura 3), ya que las fotos encierran un error dada la proyección que las generan. Esta transferencia de datos debe hacerse mediante instrumentos fotogramétricos simples, o bien en forma digital, mediante programas disponibles en muchos sistemas de información geográfica, con apoyo en varios puntos de control por cada foto interpretada. La idea es correlacionar las coordenadas de la foto (incorrectas geométricamente), con sus homólogas sobre el mapa (correctas geométricamente), tratando que los residuales sean aceptablemente pequeños.

 

Figura 3. Interpretación de formas del relieve transferidas a mapa topográfico

 

Fuente: Mendoza y Bocco. 1998.

 

De esta forma se construye un mosaico con las fotos sucesivas, corregido geométricamente, al que denominamos mapa. Todas las unidades similares deben llevar el mismo código y color (véase figura). Esto se puede hacer manualmente, aunque en la actualidad, la mayor parte de las operaciones se realizan automáticamente en sistemas de información geográfica. Es importante seguir las convenciones cartográficas en lo que respecta a color, simbología, etc. Pero lo más importante es que exista una correspondencia entre las escala de las fotos o imágenes interpretadas, y la escala de la representación cartográfica de dicha interpretación.

Antes de aceptar el trabajo como concluído, se debe realizar una verificación de campo (antecedida de una preliminar para familiarizarse con el terreno), de tal manera que la etiqueta que reciba cada unidad de terreno sea constatada contra la realidad y el error valorado cuantitativamente.

 

El uso de la información edáfica en la restauración ecológica de los paisajes

Los suelos son sistemas naturales estrechamente relacionados con los otros componentes de los ecosistemas terrestres mediante flujos interactivos. Como cuerpo natural, estos sistemas son tridimensionales, dinámicos, complejos y activos en el espacio y en el tiempo. Son frágiles, no renovables a escala humana y están sujetos a la degradación bajo prácticas de manejo arbitrarias. Pensando en la restauración de un ecosistema, el conocimiento del suelo lo enfocaremos a conceptos relevantes como las funciones que cumple el suelo y los indicadores que nos permitan evaluar su calidad, su variabilidad espacial en el paisaje y la relación temporal de los procesos degradación-restauración en el sistema planta-suelo.

 

Las funciones e indicadores de calidad del suelo

Las propiedades particulares de cada unidad de suelo, como pueden ser su profundidad, textura, estructura, capacidad de intercambio catiónico, entre otras, determinan la capacidad de los suelos de cumplir con una o más funciones en el ecosistema. La función del suelo más conocida es la de soporte y suministro de nutrientes a las plantas. Sin embargo, cumple con otras funciones igualmente trascendentes, como la de constituir un medio poroso y permeable apto para la regulación del sistema hidrológico, influyendo así en la retención y pérdida de agua, su contaminación o purificación. Constituye también el medio donde se realizan ciclos biogeoquímicos necesarios para la reincorporación de los compuestos orgánicos. Además, el suelo constituye el hábitat de una miríada de organismos, muchos de los cuales cumplen un papel fundamental en la salud vegetal (Brady y Weil, 1999). En síntesis, los suelos juegan un papel fundamental como soporte de todos los ecosistemas terrestres, determinando su funcionamiento y productividad y en última instancia, determina la salud humana. Por lo tanto, la calidad del suelo constituye un indicador de sustentabilidad de las prácticas de manejo, entendiendo por calidad del suelo “la capacidad de un determinado suelo de funcionar dentro de una unidad de paisaje natural o alterada para sostener la producción vegetal y animal, mantener o mejorar la calidad del agua y sostener la salud humana” (Karlen et al., 1997).

En el ámbito de la restauración ecológica, el concepto de calidad de suelo permitirá el establecimiento de indicadores de evaluación y monitoreo a partir de los cuales se podrían desarrollar, adaptar e incentivar prácticas de manejo y sistemas de producción no degradativos y productivos. En la práctica se define a la calidad del suelo como función de atributos del suelo. Se han realizado esfuerzos por definir un número mínimo de mediciones que pudiesen dar una idea de los cambios que están ocurriendo en el suelo (Karlen et al., 1997); sin embargo, la definición de los indicadores que se emplearán varía según la función dominante del suelo, su localización en el paisaje, la escala del estudio, su facilidad de medida y su reproductibilidad. Por lo tanto, aún no existe un consenso sobre las propiedades que debe incluir este conjunto mínimo de datos. Muchos de los atributos que requieren ser tomados en cuenta por el impacto sobre la calidad del suelo son difíciles de medir en campo o bien resultan costosos. Sin embargo, muchas propiedades del suelo están interrelacionadas por lo cual podrían predecirse otras propiedades usando funciones de pedotransferencia (PTF). Éstas son funciones matemáticas que relacionan entre sí a las características de suelo y sus propiedades para evaluar la calidad del suelo (Bouma y Droogers, 1998) y pueden ser utilizadas para extender la utilidad del conjunto mínimo de datos para monitorear la calidad del suelo.

En el cuadro 1 se presentan algunas propiedades del suelo y la metodología para su evaluación mediante funciones de transferencia.

 

Cuadro 1. Lista limitada de funciones de pedotransferencia

 

Propiedad estimada
Relaciones*
Cambio en materia orgánica (M.O.) ?C= a+b M.O.
Capacidad de Intercambio Catiónico (CIC) CIC= aCo+bA
Densidad aparente DA= ? (Co, arcilla)
Retención de agua Ra= bo+b1 A+b2L
Conductividad hidráulica Ks= ? (textura)
Profundidad de enraizamiento E=? (DA, C agua, pH)

*Co=Carbón orgánico; A= arcilla; L= limo; Ar= arena; Cagua= capacidad de retención de agua; las variables a, b1, b2, b3 son coeficientes determinados por regresión
Fuente: Larson y Pierce, 1996.

 

Sin embargo, las funciones pedológicas sólo proveen una solución parcial para estimar las calidades del suelo ya que ellas funcionan como filtros a través de los cuales la información básica del levantamiento se transforma para utilizarse en modelos.

En todo caso, cualquiera que sea la metodología utilizada para inferir la calidad del suelo es necesario contar con una base de datos que contenga los atributos físicos, químicos y biológicos básicos, los cuales sólo pueden obtenerse de las lecturas de los perfiles de suelo y sus correspondientes análisis.

 

La variabilidad espacial de los suelos en el paisaje

La formación del suelo está controlada principalmente por cinco factores formadores, a saber el material parental, el clima, la biota, la topografía y el tiempo. Su interacción condiciona una jerarquía de la asociación de suelos en el paisaje. Las variaciones determinadas por las condiciones lito-climáticas del sitio, el drenaje, la historia geomorfológica y el uso de la tierra explican que en México, a nivel nacional, se presenta una gran variabilidad espacial de los suelos, encontrándose 25 de las 28 unidades de suelo reconocidas por la FAO/UNESCO/ISRIC en 1988 (Flores, 2003). Cada uno de estos suelos desempeña una serie de funciones manteniendo distintos niveles de fragilidad y vulnerabilidad a las diversas presiones antrópicas.

Cambiando de escala, a lo largo de un transecto, los suelos también presentan una variación lateral que afecta propiedades fundamentales como la profundidad, el contenido de materia orgánica, la textura, la pedregosidad y algunas características químicas, entre otras. En estas catenas o toposecuencias el cambio gradual en varias de las propiedades edáficas se da como respuesta a un cambio en la topografía (forma, pendiente, exposición) que además de influir en el microclima condiciona la escorrentía, la erosión y la sedimentación.

Como resultado, la variación espacial de los suelos implica que las características resultantes de un perfil analizado en un punto no son exactamente los mismos en ningún otro punto. Esta diversidad hizo necesaria la definición de un “suelo individual” o pedón como la unidad de muestreo más pequeña que presenta el conjunto de propiedades característicos de un suelo particular (figura 4).

 

Figura 4. Jerarquía en las dimensiones espaciales de los suelos

 

Fuente: Brady y Weil, 1999.

 

Ahora bien, cabe preguntarse ¿dónde debe realizarse un perfil de suelo? y ¿qué área se encontrará representada por ese perfil? Como dijimos anteriormente un suelo responde a ciertas condiciones ambientales de formación, por ende un perfil de suelo será representativo del área donde esas condiciones permanezcan relativamente homogéneas. Para poder delimitar geográficamente esa porción de territorio relativamente homogénea requerimos utilizar un elemento del ecosistema cuya principal característica sea la estabilidad. Como ya se dijo, el elemento más estable del paisaje es el relieve, el cual nos permite segmentar el territorio en unidades discretas. Además la información topográfica (pendiente, disección, exposición) junto con la litología explica gran parte de la formación y del desarrollo de los suelos. Por lo tanto, un perfil de suelo es representativo de una unidad homogénea en cuanto al conjunto relieve-litología, a partir de lo cual se desarrolla el concepto de las unidades morfo-edafológicas, las cuales constituyen porciones de territorio que poseen una estructura, dinámica y problemas comunes (Geissert, 2000). La estructura representa la organización espacial de las unidades, definidas por sus límites y sus componentes, expresa la organización de la red hidrográfica y el arreglo de las formas de relieve. La dinámica hace referencia a la estabilidad o la inestabilidad del medio a partir del balance morfogénesis-pedogénesis. Los problemas distinguen cada unidad en función de sus restricciones para determinadas actividades productivas. Este tipo de estratificación del ambiente es suficientemente flexible como para incorporar otras variables, como la vegetación y el uso de la tierra, permitiendo la generación de unidades de paisaje.

 

La relación temporal del proceso degradación-restauración: implicaciones en suelos y plantas

Como se dijo en un inicio, la necesidad de restauración no reside en las causas sino en las consecuencias. En ese sentido, es importante reconocer que los procesos de degradación del suelo afectan de manera distinta a las propiedades edáficas, alterando su funcionamiento y presentando repercusiones e implicaciones en los otros componentes y funciones de los ecosistemas como pueden ser el ciclo hidrológico, la biodiversidad, la productividad de las plantas, la producción de sus semillas y la germinación de las mismas (Jordan, 1983).

Las repercusiones de la degradación del suelo no se restringen a la parcela donde se originan sino que sus impactos pueden llegar a ser regionales o globales (Cotler, 2003). Por lo tanto, la recuperación integral de los ecosistemas degradados en términos de su estructura, funcionalidad y autosuficiencia debe comenzar reconociendo las fuerzas (naturales y sociales) que conllevan a la degradación del suelo, el grado y tipo de alteración de las propiedades edáficas y las consecuencias en términos de la pérdida de sus funciones. La intensidad de estos procesos dependerá también de la capacidad de amortiguamiento del suelo y de su resiliencia. El conocimiento de este equilibrio dinámico sustenta el planteamiento de técnicas y prácticas de restauración de suelos como parte de la restauración ecológica.

Ahora cabría preguntarse ¿cómo ocurre la interacción vegetación-suelos ante procesos de degradación? y ¿cuáles son las tendencias de la dinámica vegetal en el contexto de la restauración ecológica? Mediante el planteamiento de dos situaciones representativas presentadas en las figuras 5 y 6 discutimos la relación existente entre los requerimientos de la vegetación-las funciones del suelo-el disturbio-la intensidad de la degradación resultante- la resiliencia del sistema y las posibilidades de éxito de la restauración.

En ambas figuras partimos de un desarrollo conjunto y equilibrado entre suelos-vegetación. La premisa de base es que, de manera relativa a cada unidad de paisaje, a medida que un suelo evolucione será capaz de satisfacer mejor los requerimientos de la vegetación así como de ofrecer una mayor variedad de servicios ambientales. Ante la presencia de un disturbio ligero (figura 5) que afecte principalmente la cobertura vegetal (como las prácticas de ramoneo o un clareo del bosque), la composición y funcionamiento de la vegetación se verá directamente afectado. Dadas las interacciones entre los sistemas suelo-vegetación (en términos de entrada de biomasa, de estabilización estructural a través de las raíces o de protección de la superficie del suelo, entre otros), el sistema suelo también sufrirá un deterioro, cuya intensidad estará en función de la fragilidad intrínseca del suelo (erosionabilidad). Entre las características edáficas más propensas a cambios podemos señalar la densidad aparente, el contenido de materia orgánica y como consecuencia, la estabilidad estructural.

 

Figura 5. Interacción entre la cobertura vegetal y los suelos ante la presencia de un disturbio ligero

 

 

Ante esta situación la evolución de la restauración dependerá de la resiliencia del suelo y de la exigencia de requerimientos edáficos de la vegetación.

Ante un fuerte disturbio, como en el caso de la deforestación, (figura 6), las características edáficas se verán afectadas provocando una disminución en la capacidad de cumplir sus funciones y por ende, de satisfacer los requerimientos de las plantas. Generalmente, ante los suelos erosionados, los programas de restauración inician con prácticas de reforestación. Sin embargo, es también en ese momento cuando las propiedades de los suelos se encuentran más deterioradas. En este punto es importante reconocer que la estructura vegetal, a la cual se tiende a regresar, respondía a ciertas condiciones edáficas ahora inexistentes.

 

Figura 6. Interacción entre la cobertura vegetal y los suelos ante la presencia de un fuerte disturbio

 

 

Ante un disturbio, las relaciones planta-suelo expuestas resaltan la relevancia de un conocimiento espacial y funcional del suelo, de sus propiedades, funciones y vulnerabilidad como premisa para el establecimiento de prácticas de restauración.

 

A manera de conclusión

La ecología del paisaje representa el marco espacial del “ecosistema”, enriquecido por la indisoluble participación social propia de cada espacio geográfico. Bajo esta concepción la ecología del paisaje puede ayudar a entender y sobretodo a ejecutar acciones propias de la restauración de los ecosistemas. Entendiendo a la restauración como una acción espacio-dependiente que requiere enmarcarse dentro de un contexto socio-espacial en donde los actores locales y los procesos verticales y horizontales sean tomados en cuenta de manera conjunta.

En este artículo abordamos principalmente el papel que juegan los elementos relativamente más estables del paisaje, como son el relieve y el suelo, haciendo hincapié en su papel en la restauración ecológica.

La descripción de los métodos y las técnicas para el levantamiento geomorfológico permiten estratificar el territorio para facilitar los esfuerzos de muestreo y evaluar la aptitud del suelo en un marco geográfico. Además, la distribución geográfica de los ecosistemas (a la que podemos aproximarnos a través de la idea de paisaje), su degradación y posible restauración, reconocen una gran variabilidad espacial, que puede ser comprendida a partir de utilizar los resultados de levantamientos integrados, incluso a varias escalas geográficas.

Partiendo de la premisa que la restauración de comunidades vegetales en general suele ser antecedida por la rehabilitación de los suelos en los cuales se implanta, resulta relevante el conocimiento de las funciones de estos suelos así como de su variabilidad espacial. Las complejas relaciones existentes entre las plantas y los suelos, antes y después de un proceso de disturbio, son un amplio tema que requiere aún de mucha experimentación y estudio para determinar las prácticas de restauración más apropiadas.

 

Bibliografía

 

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Última Actualización: 15/11/2007