El
análisis del paisaje como base para la restauración
ecológica
Helena Cotler, Gerardo Bocco y Alejandro Velázquez
Instituto Nacional de Ecología Semarnat
Introducción
El
concepto “ecología del paisaje” incluye de
manera inseparable dos aspectos: el tratamiento analítico
de procesos que rigen en la naturaleza y el de la visión
sintética de los mismos (Troll, 1968). El concepto, a su
vez, está integrado por la inclusión de las interacciones
verticales y horizontales de los diversos componentes de un ecosistema.
En otras palabras, la ecología del paisaje representa el
marco espacial del “ecosistema”, enriquecido por la
indisoluble participación social propia de cada espacio
geográfico (Velázquez y Bocco, 2003). Bajo esta
concepción resulta obvio considerar que la ecología
del paisaje, como marco conceptual, puede ayudar a entender y
sobretodo a ejecutar acciones propias de la “restauración”
de los ecosistemas.
La restauración nace a partir del reconocimiento de la
alteración en los procesos que naturalmente rigen a un
ecosistema en condiciones prístinas. Las causas que desencadenan
procesos de alteración y que más ocupan a la restauración
son aquéllas derivadas de la acción humana desmedida.
La necesidad de restauración no son las causas sino las
consecuencias, a saber: pérdida de variabilidad genética
(biodiversidad), degradación de bienes y servicios ecosistémicos
(agua, suelo aire), trasformaciones climáticas, reducción
de la calidad de vida por alteración de belleza escénica,
entre muchas otras (Harker et al., 1999).
Con base en los dos párrafos anteriores, existen dos formas
de implementar acciones de restauración de ecosistemas
desde la perspectiva de paisaje. La primera se refiere a la “naturalización”
del paisaje y la segunda al “refuncionamiento” del
mismo. La naturalización comprende la recuperación
escénica o visual de un ecosistema ya sea a través
de elementos oriundos, que conforman la estructura original del
paisaje o exóticos; éstos últimos pueden
ser utilizados especialmente en condiciones de stress como desertificación
o salinidad, y sólo como una etapa sucesional temprana,
evitando su propagación en áreas naturales. El refuncionamiento
concibe la recuperación de los procesos inherentes al ecosistema
oriundo, por encima de pura percepción visual. Un ejemplo
de la naturalización es el efecto de una plantación
forestal, donde si bien se recupera la estructura original no
necesariamente se activan los procesos propios del ecosistema,
aún menos si son especies exóticas. El refuncionamiento
pone énfasis en aquellos procesos formadores de suelo,
ciclos biogeoquímicos, interacciones suelo-planta-animal,
entre otros, como los actores que ayudarán a la permanencia
del ecosistema (Harker et al., 1999). En general, si se planea
adecuadamente, la naturalización del paisaje debe ser una
fase del refuncionamiento, que en conjunto llevará a la
restauración del ecosistema.
La ecología del paisaje, desde su visión holística
y a su vez sintética de un ecosistema, permite abordar
las acciones de restauración de manera espacial y socialmente
explícitas. Esto incluye la conformación de una
línea base como punto de partida para un manejo efectivo.
Además permite la identificación de las áreas
y los procesos críticos y finalmente involucra el agente
principal, al hombre, como actor desencadenador de la acción
deseada.
Un buen análisis del paisaje permite alcanzar objetivos
deseables tales como la conservación de la integridad funcional
de los ecosistemas, la permanencia de la funcionalidad ecológica
(ciclos productivos y regulativos), el control de tasas de erodabilidad
(edáfica, genética y ecológica), la continuidad
en la aportación de bienes y servicios ecosistémicos
(agua, suelo, aire). Esto se fundamenta en el hecho de comprender
a la restauración como una acción espacio-dependiente.
Por ejemplo, una acción puntual de restauración
será inútil si no se enmarca dentro de un contexto
socio-espacial en donde los actores locales y los procesos verticales
(v. gr. flujos de materia y energía) y horizontales (v.
gr. patrones de fragmentación, conectividad) son tomados
en cuenta de manera conjunta. Preguntas como el mínimo
espacio necesario, la ubicación de la actividad inicial,
el proceso clave a restaurar, entre otras, son temas en donde
la ecología del paisaje tiene mucho que aportar. Para gracia
o desgracia, un estudio desde la óptica del paisaje sólo
puede realizarse a través de un grupo interdisciplinario,
lo cual implica compromisos serios en cuanto a agendas de trabajo,
ponderación del peso de los diversos campos de conocimiento
y gran disponibilidad al trabajo en equipo. Esta situación
de trabajo conjunto no parece ser la regla sino la excepción
dentro del contexto de las acciones de restauración y merece
ser reevaluada si se desea lograr resultados significativos.
Ante la complejidad inherente de cada unidad de paisaje, dada
por el número de elementos e interacciones que se mantienen
con diferentes dinámicas espaciales y temporales, en este
artículo abordaremos principalmente el papel que juegan
los elementos relativamente más estables del paisaje, como
son el relieve y el suelo, enfatizando su papel en la restauración
ecológica.
El
levantamiento geomorfológico en la construcción
de unidades de paisaje como herramienta para la restauración
ecológica
El
levantamiento geomorfológico, acompañado de cartografía
geomorfológica digital, en el marco de un sistema de información
geográfica, representa una herramienta científica
valiosa, desde la perspectiva tanto teórica como aplicada.
La definición jerárquica (es decir, anidada), delineación
y representación de unidades que describen las formas del
relieve, su génesis y dinámica actual, es un tema
relevante para geólogos, edafólogos y geógrafos.
Asimismo, el tema tiene un valor práctico importante. Estos
procedimientos son básicos para el levantamiento de suelos,
indisolublemente ligados a la forma del relieve donde se localizan,
ya que permite estratificar el territorio para facilitar los esfuerzos
de muestreo. Esto ofrece la oportunidad de evaluar el suelo en
un marco geográfico; por un lado, como un soporte de la
agricultura, la ganadería y la actividad forestal, es decir,
desde el punto de vista productivo; por otro, como soporte de
las comunidades vegetales, los hábitats para fauna silvestre,
y por lo tanto, de la distribución geográfica de
la biodiversidad. De allí que este tipo de levantamiento
esté presente en cualquier tipo de plan de manejo de recursos
naturales.
Las características y propiedades de los suelos de una
zona o región, derivadas de un levantamiento edafológico
integrado con el relieve: (a) gobiernan relaciones particulares
entre suelo-agua-planta; (b) condicionan el potencial para el
uso del terreno y de los recursos naturales allí albergados;
(c) permiten explicar el tipo de manejo (aprovechamiento, conservación,
degradación) por parte de los actores sociales que ocupan
el territorio, y (d) ofrecen una base para comprender los patrones
que adoptan los procesos de degradación, tanto de la cobertura
vegetal, como de los suelos y los recursos hídricos.
El enfoque descrito, y la información que proporciona un
levantamiento geomorfológico integrado, es relevante en
los programas de restauración por tres motivos centrales:
(1) un plan de restauración debe partir de reconocer los
procesos de degradación que afectaron los ecosistemas de
interés; (2) la restauración de comunidades vegetales
suele, en general, ser antecedida por la rehabilitación
de los suelos en los cuales se implanta; (3) tanto la degradación
como su potencial restauración son producto del manejo
de recursos naturales por parte de comunidades humanas, que dejan
una huella interpretable sobre los ecosistemas.
Una ventaja adicional de este enfoque es que la distribución
geográfica de los ecosistemas (a la que podemos aproximarnos
a través de la idea de paisaje), su degradación
y posible restauración, reconoce una gran variabilidad
espacial, que puede ser comprendida a partir de utilizar los resultados
de levantamientos integrados, incluso a varias escalas geográficas.
Los
métodos y técnicas
Las
unidades de terreno o formas del relieve describen los componentes
relativamente más estables del paisaje (roca-relieve-suelo),
en comparación con los más dinámicos, como
la cobertura vegetal, cuyo cambio es más rápido
en el tiempo. Debido a su naturaleza y al tipo de estructuras
(contactos litológicos, fallas, fracturas, cauces fluviales,
etc.), las formas del relieve son más fácilmente
segmentables que los suelos o la vegetación, mismos que
tienden a cambiar a lo largo de gradientes (ecotonos, transiciones
de suelos), y por tanto los cambios son relativamente menos abruptos.
Las formas del relieve son objetos naturales que han sido originadas
por uno o más procesos formadores. Esta relación
proceso-forma evoluciona en el tiempo, y en algunos casos hace
muy compleja su delimitación. Sin embargo, una forma del
relieve siempre podrá ser clasificada desde el punto de
vista de su geometría o morfometría (altitud, altura
relativa, inclinación y orientación de la pendiente,
etc.).
La
fotointerpretación geomorfológica
La
fotointerpretación geomofológica puede realizarse
sobre imágenes satelitales o fotografías aéreas
(véase figuras 1 y 2). Las primeras son adecuadas para
interpretar los cambios en las formas del relieve en grandes áreas
(en el orden de los miles de km²), en tanto que las segundas
son más apropiadas para el trabajo a nivel de localidades
(en el orden de los cientos de km²). El uso de fotos, dada
la posibilidad de la interpretación de pares estereoscópicos,
permite también analizar el relieve y sus formas en tercera
dimensión, bajo un estereoscopio. En cualquiera de los
dos casos, el intérprete basa su análisis en el
reconocimiento de rupturas de pendiente, en la diferenciación
de unidades orográficas positivas (del tipo de la montaña,
sierra o lomerío), negativas (del tipo de las planicies
o llanuras) o transicionales (del tipo de los relieves de piedemonte,
es decir, rampas que vinculan en el terreno las montañas
y las planicies vecinas). Otra ventaja es el uso de claves de
interpretación, tales como el tono o color de las fotos,
el patrón, la textura, la forma, tamaño, sitio y
emplazamiento de los objetos de interés.
El
uso del mapa topográfico y modelo digital de terreno
La interpretación del material aero-espacial (fotos o imágenes)
debe cotejarse con la expresión del relieve dada por las
curvas de nivel de un mapa topográfico a una escala cercana
a la de las fotos o imágenes. Una vez examinados estos
documentos, el intérprete debe formular una leyenda, o
sistema categórico, para poder etiquetar las formas que
va detectando sobre las
Figura 1. Delimitación de formas del terreno
sobre imágenes estereoscópicas (falso color), en
las inmediaciones de Tlalpujahua (Michoacán) y El Oro (Edo.
México).

Fuente: Bocco G. 1990.
Figura 2. Formas del relieve sobre fotografía
aérea, en blanco y negro

Fuente:
M. Mendoza y G. Bocco, 1998.
imágenes
y mapas (véase figura). Las formas del relieve se suelen
clasificar desde el punto de vista morfométrico en montañas,
lomeríos, piedemontes y planicies, como ya se mencionó.
Asimismo, pueden clasificarse desde el punto de vista de su morfogénesis
en volcánicas, estructurales, fluviales, lacustres, denudatorias,
kársticas, de acuerdo con el o los agentes que les hayan
dado origen. Además, las formas del relieve pueden caracterizarse
de acuerdo con los procesos actuales, o dinámica geomorfológica.
Se deberán distinguir entonces diferentes tipos de procesos
erosivos (laminares, en surcos, regueros y cárcavas), o
de remoción en masa (deslizamientos, derrumbes, etc.),
o deposicionales (abanicos aluviales, terrazas, etc.).
Una herramienta que se utiliza en los sistemas digitales es el
modelo de elevación digital del terreno, que ofrece una
representación tridimensional de una porción de
la tierra, con base en la diferencia de altitud entre puntos vecinos.
Estos valores de altitud se obtienen del mapa topográfico.
De este modo, las diferencias entre porciones elevadas y deprimidas,
o bien inclinadas y planas, puede apreciarse claramente. De igual
manera, a partir de estos datos, es posible trazar transectos
a lo largo de terrenos cuyas rupturas de pendiente quieran detectarse.
Los transectos pueden ser longitudinales, a lo largo de cauces,
o transversales, cortando cauces. Estos últimos permiten
apreciar con claridad los cambios en las formas del terreno, desde
una superficie cumbral, pasando por una ladera inclinada, un piedemonte
y una planicie o llanura.
La
Cartografía geomorfológica en sistemas de información
geográfica
Una vez terminada la interpretación sobre fotos e imágenes,
el intérprete debe transferir estos datos a una base topográfica
(véase figura 3), ya que las fotos encierran un error dada
la proyección que las generan. Esta transferencia de datos
debe hacerse mediante instrumentos fotogramétricos simples,
o bien en forma digital, mediante programas disponibles en muchos
sistemas de información geográfica, con apoyo en
varios puntos de control por cada foto interpretada. La idea es
correlacionar las coordenadas de la foto (incorrectas geométricamente),
con sus homólogas sobre el mapa (correctas geométricamente),
tratando que los residuales sean aceptablemente pequeños.
Figura
3. Interpretación de formas del relieve transferidas
a mapa topográfico

Fuente:
Mendoza y Bocco. 1998.
De
esta forma se construye un mosaico con las fotos sucesivas, corregido
geométricamente, al que denominamos mapa. Todas las unidades
similares deben llevar el mismo código y color (véase
figura). Esto se puede hacer manualmente, aunque en la actualidad,
la mayor parte de las operaciones se realizan automáticamente
en sistemas de información geográfica. Es importante
seguir las convenciones cartográficas en lo que respecta
a color, simbología, etc. Pero lo más importante
es que exista una correspondencia entre las escala de las fotos
o imágenes interpretadas, y la escala de la representación
cartográfica de dicha interpretación.
Antes de aceptar el trabajo como concluído, se debe realizar
una verificación de campo (antecedida de una preliminar
para familiarizarse con el terreno), de tal manera que la etiqueta
que reciba cada unidad de terreno sea constatada contra la realidad
y el error valorado cuantitativamente.
El uso de la información edáfica en la restauración
ecológica de los paisajes
Los
suelos son sistemas naturales estrechamente relacionados con los
otros componentes de los ecosistemas terrestres mediante flujos
interactivos. Como cuerpo natural, estos sistemas son tridimensionales,
dinámicos, complejos y activos en el espacio y en el tiempo.
Son frágiles, no renovables a escala humana y están
sujetos a la degradación bajo prácticas de manejo
arbitrarias. Pensando en la restauración de un ecosistema,
el conocimiento del suelo lo enfocaremos a conceptos relevantes
como las funciones que cumple el suelo y los indicadores que nos
permitan evaluar su calidad, su variabilidad espacial en el paisaje
y la relación temporal de los procesos degradación-restauración
en el sistema planta-suelo.
Las
funciones e indicadores de calidad del suelo
Las propiedades particulares de cada unidad de suelo, como pueden
ser su profundidad, textura, estructura, capacidad de intercambio
catiónico, entre otras, determinan la capacidad de los
suelos de cumplir con una o más funciones en el ecosistema.
La función del suelo más conocida es la de soporte
y suministro de nutrientes a las plantas. Sin embargo, cumple
con otras funciones igualmente trascendentes, como la de constituir
un medio poroso y permeable apto para la regulación del
sistema hidrológico, influyendo así en la retención
y pérdida de agua, su contaminación o purificación.
Constituye también el medio donde se realizan ciclos biogeoquímicos
necesarios para la reincorporación de los compuestos orgánicos.
Además, el suelo constituye el hábitat de una miríada
de organismos, muchos de los cuales cumplen un papel fundamental
en la salud vegetal (Brady y Weil, 1999). En síntesis,
los suelos juegan un papel fundamental como soporte de todos los
ecosistemas terrestres, determinando su funcionamiento y productividad
y en última instancia, determina la salud humana. Por lo
tanto, la calidad del suelo constituye un indicador de sustentabilidad
de las prácticas de manejo, entendiendo por calidad del
suelo “la capacidad de un determinado suelo de funcionar
dentro de una unidad de paisaje natural o alterada para sostener
la producción vegetal y animal, mantener o mejorar la calidad
del agua y sostener la salud humana” (Karlen et al., 1997).
En el ámbito de la restauración ecológica,
el concepto de calidad de suelo permitirá el establecimiento
de indicadores de evaluación y monitoreo a partir de los
cuales se podrían desarrollar, adaptar e incentivar prácticas
de manejo y sistemas de producción no degradativos y productivos.
En la práctica se define a la calidad del suelo como función
de atributos del suelo. Se han realizado esfuerzos por definir
un número mínimo de mediciones que pudiesen dar
una idea de los cambios que están ocurriendo en el suelo
(Karlen et al., 1997); sin embargo, la definición de los
indicadores que se emplearán varía según
la función dominante del suelo, su localización
en el paisaje, la escala del estudio, su facilidad de medida y
su reproductibilidad. Por lo tanto, aún no existe un consenso
sobre las propiedades que debe incluir este conjunto mínimo
de datos. Muchos de los atributos que requieren ser tomados en
cuenta por el impacto sobre la calidad del suelo son difíciles
de medir en campo o bien resultan costosos. Sin embargo, muchas
propiedades del suelo están interrelacionadas por lo cual
podrían predecirse otras propiedades usando funciones de
pedotransferencia (PTF). Éstas son funciones matemáticas
que relacionan entre sí a las características de
suelo y sus propiedades para evaluar la calidad del suelo (Bouma
y Droogers, 1998) y pueden ser utilizadas para extender la utilidad
del conjunto mínimo de datos para monitorear la calidad
del suelo.
En
el cuadro
1 se presentan algunas propiedades del suelo y la metodología
para su evaluación mediante funciones de transferencia.
Cuadro
1. Lista limitada de funciones de pedotransferencia
|
Propiedad
estimada
|
Relaciones*
|
| Cambio
en materia orgánica (M.O.) |
?C=
a+b M.O. |
| Capacidad
de Intercambio Catiónico (CIC) |
CIC=
aCo+bA |
| Densidad
aparente |
DA=
? (Co, arcilla) |
| Retención
de agua |
Ra=
bo+b1 A+b2L |
| Conductividad
hidráulica |
Ks=
? (textura) |
| Profundidad
de enraizamiento |
E=?
(DA, C agua, pH) |
*Co=Carbón
orgánico; A= arcilla; L= limo; Ar= arena; Cagua= capacidad
de retención de agua; las variables a, b1, b2, b3 son coeficientes
determinados por regresión
Fuente: Larson y Pierce, 1996.
Sin
embargo, las funciones pedológicas sólo proveen
una solución parcial para estimar las calidades del suelo
ya que ellas funcionan como filtros a través de los cuales
la información básica del levantamiento se transforma
para utilizarse en modelos.
En todo caso, cualquiera que sea la metodología utilizada
para inferir la calidad del suelo es necesario contar con una
base de datos que contenga los atributos físicos, químicos
y biológicos básicos, los cuales sólo pueden
obtenerse de las lecturas de los perfiles de suelo y sus correspondientes
análisis.
La
variabilidad espacial de los suelos en el paisaje
La formación del suelo está controlada principalmente
por cinco factores formadores, a saber el material parental, el
clima, la biota, la topografía y el tiempo. Su interacción
condiciona una jerarquía de la asociación de suelos
en el paisaje. Las variaciones determinadas por las condiciones
lito-climáticas del sitio, el drenaje, la historia geomorfológica
y el uso de la tierra explican que en México, a nivel nacional,
se presenta una gran variabilidad espacial de los suelos, encontrándose
25 de las 28 unidades de suelo reconocidas por la FAO/UNESCO/ISRIC
en 1988 (Flores, 2003). Cada uno de estos suelos desempeña
una serie de funciones manteniendo distintos niveles de fragilidad
y vulnerabilidad a las diversas presiones antrópicas.
Cambiando de escala, a lo largo de un transecto, los suelos también
presentan una variación lateral que afecta propiedades
fundamentales como la profundidad, el contenido de materia orgánica,
la textura, la pedregosidad y algunas características químicas,
entre otras. En estas catenas o toposecuencias el cambio gradual
en varias de las propiedades edáficas se da como respuesta
a un cambio en la topografía (forma, pendiente, exposición)
que además de influir en el microclima condiciona la escorrentía,
la erosión y la sedimentación.
Como resultado, la variación espacial de los suelos implica
que las características resultantes de un perfil analizado
en un punto no son exactamente los mismos en ningún otro
punto. Esta diversidad hizo necesaria la definición de
un “suelo individual” o pedón como la unidad
de muestreo más pequeña que presenta el conjunto
de propiedades característicos de un suelo particular (figura
4).
Figura 4. Jerarquía en las dimensiones
espaciales de los suelos
Fuente: Brady y Weil, 1999.
Ahora
bien, cabe preguntarse ¿dónde debe realizarse un
perfil de suelo? y ¿qué área se encontrará
representada por ese perfil? Como dijimos anteriormente un suelo
responde a ciertas condiciones ambientales de formación,
por ende un perfil de suelo será representativo del área
donde esas condiciones permanezcan relativamente homogéneas.
Para poder delimitar geográficamente esa porción
de territorio relativamente homogénea requerimos utilizar
un elemento del ecosistema cuya principal característica
sea la estabilidad. Como ya se dijo, el elemento más estable
del paisaje es el relieve, el cual nos permite segmentar el territorio
en unidades discretas. Además la información topográfica
(pendiente, disección, exposición) junto con la
litología explica gran parte de la formación y del
desarrollo de los suelos. Por lo tanto, un perfil de suelo es
representativo de una unidad homogénea en cuanto al conjunto
relieve-litología, a partir de lo cual se desarrolla el
concepto de las unidades morfo-edafológicas, las cuales
constituyen porciones de territorio que poseen una estructura,
dinámica y problemas comunes (Geissert, 2000). La estructura
representa la organización espacial de las unidades, definidas
por sus límites y sus componentes, expresa la organización
de la red hidrográfica y el arreglo de las formas de relieve.
La dinámica hace referencia a la estabilidad o la inestabilidad
del medio a partir del balance morfogénesis-pedogénesis.
Los problemas distinguen cada unidad en función de sus
restricciones para determinadas actividades productivas. Este
tipo de estratificación del ambiente es suficientemente
flexible como para incorporar otras variables, como la vegetación
y el uso de la tierra, permitiendo la generación de unidades
de paisaje.
La
relación temporal del proceso degradación-restauración:
implicaciones en suelos y plantas
Como se dijo en un inicio, la necesidad de restauración
no reside en las causas sino en las consecuencias. En ese sentido,
es importante reconocer que los procesos de degradación
del suelo afectan de manera distinta a las propiedades edáficas,
alterando su funcionamiento y presentando repercusiones e implicaciones
en los otros componentes y funciones de los ecosistemas como pueden
ser el ciclo hidrológico, la biodiversidad, la productividad
de las plantas, la producción de sus semillas y la germinación
de las mismas (Jordan, 1983).
Las repercusiones de la degradación del suelo no se restringen
a la parcela donde se originan sino que sus impactos pueden llegar
a ser regionales o globales (Cotler, 2003). Por lo tanto, la recuperación
integral de los ecosistemas degradados en términos de su
estructura, funcionalidad y autosuficiencia debe comenzar reconociendo
las fuerzas (naturales y sociales) que conllevan a la degradación
del suelo, el grado y tipo de alteración de las propiedades
edáficas y las consecuencias en términos de la pérdida
de sus funciones. La intensidad de estos procesos dependerá
también de la capacidad de amortiguamiento del suelo y
de su resiliencia. El conocimiento de este equilibrio dinámico
sustenta el planteamiento de técnicas y prácticas
de restauración de suelos como parte de la restauración
ecológica.
Ahora cabría preguntarse ¿cómo ocurre la
interacción vegetación-suelos ante procesos de degradación?
y ¿cuáles son las tendencias de la dinámica
vegetal en el contexto de la restauración ecológica?
Mediante el planteamiento de dos situaciones representativas presentadas
en las figuras 5 y 6 discutimos la relación existente entre
los requerimientos de la vegetación-las funciones del suelo-el
disturbio-la intensidad de la degradación resultante- la
resiliencia del sistema y las posibilidades de éxito de
la restauración.
En ambas figuras partimos de un desarrollo conjunto y equilibrado
entre suelos-vegetación. La premisa de base es que, de
manera relativa a cada unidad de paisaje, a medida que un suelo
evolucione será capaz de satisfacer mejor los requerimientos
de la vegetación así como de ofrecer una mayor variedad
de servicios ambientales. Ante la presencia de un disturbio ligero
(figura 5) que afecte principalmente la cobertura vegetal (como
las prácticas de ramoneo o un clareo del bosque), la composición
y funcionamiento de la vegetación se verá directamente
afectado. Dadas las interacciones entre los sistemas suelo-vegetación
(en términos de entrada de biomasa, de estabilización
estructural a través de las raíces o de protección
de la superficie del suelo, entre otros), el sistema suelo también
sufrirá un deterioro, cuya intensidad estará en
función de la fragilidad intrínseca del suelo (erosionabilidad).
Entre las características edáficas más propensas
a cambios podemos señalar la densidad aparente, el contenido
de materia orgánica y como consecuencia, la estabilidad
estructural.
Figura 5. Interacción entre la cobertura
vegetal y los suelos ante la presencia de un disturbio ligero

Ante esta situación la evolución de la restauración
dependerá de la resiliencia del suelo y de la exigencia
de requerimientos edáficos de la vegetación.
Ante un fuerte disturbio, como en el caso de la deforestación,
(figura 6), las características edáficas se verán
afectadas provocando una disminución en la capacidad de
cumplir sus funciones y por ende, de satisfacer los requerimientos
de las plantas. Generalmente, ante los suelos erosionados, los
programas de restauración inician con prácticas
de reforestación. Sin embargo, es también en ese
momento cuando las propiedades de los suelos se encuentran más
deterioradas. En este punto es importante reconocer que la estructura
vegetal, a la cual se tiende a regresar, respondía a ciertas
condiciones edáficas ahora inexistentes.
Figura
6. Interacción entre la cobertura vegetal y los
suelos ante la presencia de un fuerte disturbio

Ante
un disturbio, las relaciones planta-suelo expuestas resaltan la
relevancia de un conocimiento espacial y funcional del suelo,
de sus propiedades, funciones y vulnerabilidad como premisa para
el establecimiento de prácticas de restauración.
A
manera de conclusión
La
ecología del paisaje representa el marco espacial del “ecosistema”,
enriquecido por la indisoluble participación social propia
de cada espacio geográfico. Bajo esta concepción
la ecología del paisaje puede ayudar a entender y sobretodo
a ejecutar acciones propias de la restauración de los ecosistemas.
Entendiendo a la restauración como una acción espacio-dependiente
que requiere enmarcarse dentro de un contexto socio-espacial en
donde los actores locales y los procesos verticales y horizontales
sean tomados en cuenta de manera conjunta.
En este artículo abordamos principalmente el papel que
juegan los elementos relativamente más estables del paisaje,
como son el relieve y el suelo, haciendo hincapié en su
papel en la restauración ecológica.
La descripción de los métodos y las técnicas
para el levantamiento geomorfológico permiten estratificar
el territorio para facilitar los esfuerzos de muestreo y evaluar
la aptitud del suelo en un marco geográfico. Además,
la distribución geográfica de los ecosistemas (a
la que podemos aproximarnos a través de la idea de paisaje),
su degradación y posible restauración, reconocen
una gran variabilidad espacial, que puede ser comprendida a partir
de utilizar los resultados de levantamientos integrados, incluso
a varias escalas geográficas.
Partiendo de la premisa que la restauración de comunidades
vegetales en general suele ser antecedida por la rehabilitación
de los suelos en los cuales se implanta, resulta relevante el
conocimiento de las funciones de estos suelos así como
de su variabilidad espacial. Las complejas relaciones existentes
entre las plantas y los suelos, antes y después de un proceso
de disturbio, son un amplio tema que requiere aún de mucha
experimentación y estudio para determinar las prácticas
de restauración más apropiadas.
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