Introducción
La conservación ecológica es un camino complejo
que no solamente pasa por la prevención de la pérdida
de la diversidad biológica, por evitar el deterioro de
los paisajes nativos y por evitar la simplificación indebida
de las funciones de los ecosistemas que aun permanecen. Actualmente
la conservación tiene una de sus vertientes más
urgentes en la restauración de aquellos ecosistemas que,
en mayor o menor medida, ya se encuentran alterados y que en México
representan mucho más que la mitad del territorio nacional.
Una larga historia de modificaciones, frecuentemente severas,
de muchos tipos de ecosistemas terrestres y acuáticos,
ha acompañado la evolución de México hasta
su estado actual, con todas las contradicciones que el crecimiento
económico implica, desde las perspectivas ecológica,
social y económica. Sabemos que en muchos casos las exorbitantes
demandas de bienes y servicios ambientales están relacionadas
con un síndrome de hiperconsumo, inducido, a su vez, por
arrolladoras tendencias de comercialización global. Y también
sabemos que la conservación y la restauración efectivas
dependen de moderar cuanto antes ese consumo, pues los recursos
naturales son finitos y no pueden crecer al ritmo que lo hace
la demanda.
En este complejo panorama, ningún esfuerzo razonable de
la imaginación permitiría aspirar al retorno del
mundo a un estilo de vida preindustrial o a mantener a un país
totalmente aislado de las demandas mundiales de bienes y servicios
ambientales. Pero tampoco es aceptable asumir una actitud pasiva
mientras el deterioro avanza. De hecho, existe la oportunidad
de ingeniar maneras para reencauzar nuestras actividades de consumo
y producción, para orientarlas correctamente respecto del
medio natural y para mantenerlas en niveles realistas de compatibilidad,
todo lo cual puede garantizar la permanencia y estabilidad, a
largo plazo, de los procesos ecológicos y evolutivos que
sostienen la vida. Sin ánimo panfletario, puede decirse
que la humanidad debe lograr elucidar cuanto antes cómo
pueden revertirse las nocivas tendencias actuales de globalización
salvaje y mercantilista, pero al mismo tiempo, es urgente buscar
maneras de asegurar la permanencia de la integridad estructural
y funcional de los ecosistemas.
La resistencia de los ecosistemas naturales respecto de los cambios
provocados por distintas actividades humanas, es uno de sus atributos.
A su vez, esta resistencia se debe a la resiliencia (o elasticidad)
que poseen los ecosistemas. Y la elasticidad de cualquier ecosistema
depende de varios factores; por ejemplo, de que su riqueza y composición
de especies nativas no se deteriore; de que la estructura física
formada por suelo, agua, microorganismos, hongos, plantas y animales
se conserve; y de que las funciones derivadas de todo ello se
mantengan dentro de un flujo dinámico no interrumpido.
Los procesos ecológicos a mediano plazo son la base de
los procesos evolutivos a largo plazo; por ello es indispensable
mantener la funcionalidad y continuidad de ambos, en todo tipo
de ecosistemas.
Para la mayor parte de los científicos y otros intelectuales
existe una preocupación filosófica –perfectamente
válida– por mantener la continuidad de la evolución
de las formas de vida actuales y la variedad y belleza del mundo
natural. Pero además, desde una perspectiva práctica,
debemos reconocer que muchos ecosistemas ya han sido alterados
de modo significativo y que sólo será posible continuar
disponiendo de los servicios y bienes ambientales que sustentan
la civilización, si se logra regresar esos ecosistemas
hacia un estado de composición, estructura y función,
al menos semejante al que tenían a fines del siglo XIX
o al principio del siglo XX.
La
diversidad de tipos de ecosistemas naturales en México
es muy grande, por lo que el conocimiento detallado acerca de
los patrones de regeneración natural en cada uno de ellos
aun se encuentra en construcción. No obstante, muchos principios
generales descubiertos por la investigación científica
sobre los ecosistemas ya se encuentran al alcance. Éstos
proveen una base suficientemente sólida para emprender
iniciativas tendientes a devolver, a esos ecosistemas alterados,
al menos una parte significativa de sus rasgos originales de composición,
estructura y función. De la recuperación de esos
atributos depende el resarcimiento de la resistencia y la resiliencia
de los ecosistemas.
Por
fortuna, hoy se conocen un poco mejor muchos de los factores sociales
y económicos que toman parte en los procesos de degradación
y de recuperación de ecosistemas. Este saber tiene el potencial
para construir relaciones más estables entre el desarrollo
humano y la conservación, una vez que asumamos en los hechos
que las sociedades humanas no han sido ni son espectadores o actores
externos, sino partes actuantes dentro de los ecosistemas. En
tal calidad corresponde a las sociedades aportar mantenimiento
a los ecosistemas, para poder cosechar de ellos los bienes que
se necesitan, con la calidad y continuidad que se desea.
Lo anterior deja claro que no existe un recetario para la restauración
ecológica. En cambio, sí existe una serie de fundamentos
los cuales, si se articulan de manera inteligente en la práctica,
pueden contribuir a atenuar los daños causados a distintos
ecosistemas. Probablemente nunca podremos recuperar la condición
prístina de cada uno de ellos, pero sí podremos
devolverle a áreas actualmente inservibles una proporción
significativa de su composición, estructura y funciones
originales, de suerte que buena parte de su riqueza y productividad
se recuperen y que, con ello, los servicios y bienes ambientales
que demandamos puedan tenerse disponibles por más tiempo.
A lo largo de este libro (el cuarto de una serie iniciada en 1999
con distintos temas de conservación, principalmente orientados
hacia los contextos mexicano y latinoamericano), un grupo de especialistas
aporta sus opiniones y analiza conceptos, métodos y técnicas.
Espero que en esta obra los interesados encuentren conocimientos
y referencias útiles, y que incrementen y actualicen sus
propios conocimientos sobre la recuperación de ecosistemas.
Pero la expectativa principal es que los distintos capítulos
puedan generar en los lectores inspiraciones propias, innovadoras,
tanto individuales como colectivas, para buscar nuevas rutas en
este quehacer. Una actitud de responsabilidad efectiva hacia la
restauración nos permitirá ejercer en México,
con efecto y trascendencia reales, la tarea de mayordomía
que le debemos a la naturaleza de este país, generosa proveedora
de los elementos que han permitido nuestro desarrollo social y
cultural al menos durante los últimos 10,000 años.
La restauración ecológica debe entenderse como una
muestra de solidaridad transgeneracional, dirigida hacia la población
humana que en el futuro también necesitará recurrir
a los ecosistemas naturales para subsistir. Esto queda fuera de
cualquier duda.
Óscar
Sánchez
Diciembre de 2004.
A
Óscar Emiliano; uno más entre millones de
niños mexicanos cuyo mundo dependerá
de aquellos ecosistemas que hoy logremos
conservar y restaurar.