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La restauración en relación con el uso extractivo de recursos bióticos

 

Diego R. Pérez Salicrup

Centro de Investigaciones en Ecosistemas, Universidad Nacional Autónoma de México

 

Introducción

 

El manejo forestal es una actividad productiva que incuestionablemente reduce la integridad de los ecosistemas con respecto de aquellos en los que solamente actúan procesos ecológicos y evolutivos (Bawa y Seidler, 1998; Struhsaker, 1998; Hartshorn y Bynum, 1999). Sin embargo, no implica la conversión del uso del suelo a ecosistemas claramente producidos por la actividad humana, como son las áreas dedicadas a la agricultura, ganadería, o uso urbano (Putz et al., 2000). Como consecuencia, el manejo forestal conserva más biodiversidad y servicios ecosistémicos que prácticamente cualquier otra actividad productiva.

En México, la historia del manejo forestal no ha sido muy alentadora. A pesar de que ha existido legislación en la materia desde prácticamente el inicio del siglo XX, esta actividad siempre estuvo supeditada a la producción agrícola y ganadera (Merino, 2001; Klooster, 2003; Cedeño y Pérez Salicrup, este volumen). Como consecuencia, su aporte nunca ha pasado del 2% del producto interno bruto (INEGI, 2000; CONAFOR, 2003). Lo que es más alarmante desde el punto de vista biológico, es que en México se pierden anualmente entre 189,000 y 501,000 ha de bosques tropicales y entre 127,000 y 167,000 ha de bosques templados (Masera et al., 1997) sin que ocurra ningún esfuerzo por llevar a cabo un manejo forestal. A pesar de que nuestro país se ubica en el décimoprimer lugar mundial en términos de superficie forestal, ocupa tan solo el sitio 26 en cuanto a producción. En el año 2000, ésta tan solo satisfizo 58% de la demanda de productos forestales nacionales, por lo que fue necesario importar el 42% restante, generando un déficit de 5,700 millones de dólares, 48% del déficit de la balanza comercial de México (Conafor, 2003). Paradójicamente, dadas las características de biodiversidad, control gubernamental sobre los cambios del uso del suelo, y presión social sobre los recursos naturales que prevalecen en México, el manejo de recursos forestales podría convertirse en una muy buena opción productiva que, al mismo tiempo, permitiría mantener una alta integridad ecológica.

La restauración ecológica, junto con la conservación y el aprovechamiento, son actividades humanas que se desprenden del marco teórico del manejo de ecosistemas (Christensen et al., 1996). A pesar de que el siglo XX se caracterizó por un mal manejo forestal, en México es factible restaurar zonas antaño cubiertas por vegetación natural. Sin embargo, antes de sugerir prácticas concretas de restauración, es pertinente aclarar y definir conceptos. Para ello resumiré algunos aspectos fundamentales del manejo de ecosistemas como un marco teórico, haciendo especial hincapié en lo que respecta a restauración. Posteriormente, definiré manejo forestal, para poder precisar qué es la restauración dentro de ese contexto. A continuación, hablaré de algunos de los factores que han limitado las prácticas de restauración en el contexto del manejo forestal en México, y concluiré señalando algunas de las necesidades de investigación que se requieren para poder restaurar algunos de los ecosistemas que han sido severamente dañados o modificados en nuestro país.

 

El manejo de ecosistemas

En 1996 una comisión de investigadores de primera línea de la Sociedad Ecológica de América presentó un reporte sobre las bases científicas del manejo de ecosistemas (Christensen et al. 1996). En él, se destaca que los humanos somos parte de los ecosistemas, y que estos son la escala de organización ecológica adecuada para el manejo, que debe de incluir, entre otras cosas, a la sustentabilidad y el establecimiento de metas concretas. Además, señala que el manejo adaptativo es la forma adecuada de trabajar hacia el manejo de ecosistemas, y que éste requiere de la interacción de los investigadores con la sociedad en general y con los tomadores de decisiones en particular (Christensen et al., 1996). Muchos de los elementos anteriores son fundamentales cuando son aplicados al manejo forestal, particularmente al referirnos al aprovechamiento o extracción de recursos bióticos.

Incorporar a los humanos como parte de los ecosistemas nos obliga a aceptar dos consecuencias. Primero, señala la necesidad de un abordaje interdisciplinario, tanto en la investigación como en la gestión, para alcanzar niveles cada vez más altos de sustentabilidad en el manejo (Masera et al., 1999). Segundo, nos recuerda que los humanos siempre hemos interactuado y aprovechado los recursos que provienen de los ecosistemas naturales, y que no existen hoy ecosistemas que no hayan sufrido alteraciones ocasionadas por actividades humanas (Chazdon, 1998). Como producto de lo anterior, es indispensable incorporar tanto a las actividades como a las aspiraciones de las sociedades que interactúan con los ecosistemas naturales para poder hacer evaluaciones sobre su manejo y para plantear metas concretas de manejo a futuro. Para el caso de la restauración en México, esto quiere decir que las metas que se fijan en programas de restauración deben de incorporar los intereses de la sociedad en general, pero lo más importante, es que consideren los de los actores que directamente ejercen actividades en los ecosistemas naturales que se pretenden restaurar.

Señalar al ecosistema como el nivel de organización adecuada para plantear el manejo es muy importante. En ecología se han definido diferentes escalas de organización, relevantes para entender los procesos que generan la distribución y abundancia de las especies sobre la biosfera (Begon et al., 1986). Los organismos, las poblaciones y las comunidades son tres escalas de organización generalmente reconocidas en dicha ciencia. Sin embargo, el reconocimiento del ecosistema como un nivel de organización no ha sido siempre aceptado sin debate (por ejemplo, ver Bazzaz, 1996). El ecosistema consiste de todos los organismos y las fuentes abióticas con las que ellos interactúan (Chapin III et al., 2002). Al reconocer que es el ecosistema la unidad de manejo se elimina el enfoque poblacional, que fue el prevaleciente hasta hace unos años (véase por ejemplo, Hartwick y Olewiler, 1986). Bajo un enfoque poblacional, el manejo estaría orientado a asegurarnos que siempre habrá individuos de la especie que es objeto de explotación. Este enfoque ha demostrado ser inadecuado, ya que en muchas ocasiones, al tratar de aumentar el tamaño de la especie aprovechada modificamos tanto al ecosistema, que podríamos tener efectos secundarios negativos, que potencialmente reducirían el tamaño poblacional de la especie de interés. Además, el soslayar todos los beneficios y servicios ambientales que son provistos por los ecosistemas en aras de aprovechar solo una o algunas especies, generalmente da como resultado en costos ambientales que exceden los beneficios potenciales de la explotación de una especie (Costanza, 1991; Kohm y Franklin, 1997).

Bajo un enfoque ecosistémico, el manejo de un recurso debe ocurrir sin ignorar las consecuencias que su aprovechamiento puede generar en el ecosistema. Más aún, se busca no reducir el aprovechamiento a una especie sino manejar el ecosistema de forma integral, valorando todos los posibles beneficios y servicios que el ecosistema puede aportar (Christensen et al., 1996).

El manejo adaptativo es quizás uno de los aportes más importantes que se incorporan en el manejo de ecosistemas y consiste en ir mejorando las prácticas de manejo conforme mejoramos nuestro conocimiento del ecosistema a manejar. Para ello, el manejo adaptativo requiere que se haga investigación sobre el ecosistema para diseñar las acciones y metas que se esperan del manejo. Una vez llevadas a cabo las acciones, se debe evaluar nuevamente, por medio de investigación, si se alcanzaron o no las metas. Una vez hecha esta evaluación, se decide si es necesario plantear nuevas metas o nuevas acciones, o si se alcanzaron las metas deseadas por medio de las acciones planteadas, con lo que comenzaría nuevamente el ciclo. Es decir, las metas y las acciones se van adaptando conforme nuestro conocimiento del ecosistema a manejar mejora (figura 1). Métodos de evaluación de la sustentabilidad, como el MESMIS (Masera et al., 1999) se basan precisamente en un esquema de manejo adaptativo. En el caso concreto de la restauración en México, es triste ver los pobres resultados de programas de reforestación llevados a cabo durante más de 50 años, sin que haya habido un verdadero planteamiento de evaluar por qué esos métodos no funcionan (Madrigal y Trujillo, 2001; Sáenz-Romero y Lindig-Cisneros, 2004, pero véase Pronare, 2000).

 

El manejo forestal

De acuerdo con la intensidad de la actividad humana, o de la integridad de los procesos ecológicos y evolutivos que se dan en los distintos ecosistemas, uno puede esperar distintos elementos de manejo, y también diferentes beneficios (Christensen et al., 1996). El manejo forestal incorpora las prácticas de conservación, aprovechamiento y restauración de ecosistemas naturales o tipos de vegetación originales, de los cuales se extraen productos, servicios o beneficios ecosistémicos. Lo que distingue a zonas bajo manejo forestal de aquéllas con mayor intensidad de actividad humana, como las zonas agrícolas, ganaderas, urbanas o industriales, es que no se requiere cambiar la cobertura del suelo, ni modificar drásticamente la cobertura vegetal original. Lo que distingue a zonas bajo manejo forestal de zonas con completa integridad de procesos ecológicos y evolutivos, como deberían de serlo las áreas naturales protegidas, es que la estructura y composición de la vegetación se ven alteradas por el aprovechamiento de recursos.

Es muy importante distinguir entre manejo y explotación forestal. Como hemos visto antes, la palabra manejo, bajo el concepto de manejo de ecosistemas, involucra la gestión integral y a largo plazo de los ecosistemas, lo que conlleva a la necesidad de un manejo sustentable. En cambio, la palabra explotación implica el aprovechamiento de los recursos hasta que éstos se consumen, lo que también se le ha llamado explotación de tipo minero (Hartwick y Olewiler, 1986).

 

Figura 1. Representación esquemática del manejo adaptativo en forma de espiral. Las letras en negritas y las flechas en grises corresponden al proceso completo al tiempo 1. Las letras en itálicas y las flechas en blanco corresponden al tiempo 2.

 

 

El concepto de manejo forestal generalmente se ha reducido al aprovechamiento, en términos de las acciones que se pueden desarrollar, y a bosques templados, en términos de los ecosistemas que pueden ser manejados desde el punto de vista forestal (Challenger, 1998; Caballero, 2000). Este reduccionismo ha sido parcialmente responsable de la disminución en la integridad y extensión de los recursos forestales de México, tal y como ocurrió con la transformación de las selvas tropicales a zonas agrícolas entre las décadas de 1970 y 1990 (Challenger, 1998).

El manejo no debe limitarse solo al aprovechamiento, y mucho menos al aprovechamiento de productos maderables. Dependiendo de la integridad del ecosistema, es factible manejar con fines de conservación, de aprovechamiento no extractivo (por ejemplo, manteniendo los servicios ecosistémicos), de aprovechamiento extractivo de productos maderables y/o no maderables, y de restauración. El manejo forestal encaminado a la conservación se debe dar en ecosistemas poco alterados, con el fin de que los procesos ecológicos y evolutivos sigan su curso, tal y como debería de ocurrir en las zonas núcleo de las reservas de la biosfera bajo la legislación actual. El aprovechamiento forestal no extractivo se debe dar en ecosistemas razonablemente bien conservados y que pueden proveer de bienes y servicios ecosistémicos, o bien que pueden ser utilizados para el esparcimiento y disfrute de la sociedad, tal y como debería de ocurrir con los parques nacionales (Vargas-Márquez, 1984). El manejo forestal enfocado al aprovechamiento de productos forestales maderables o no maderables debe darse en ecosistemas con razonable integridad ecosistémica, y en donde exista algún producto que puede ser extraído para su posterior venta. Es importante recalcar que el manejo forestal centrado en el aprovechamiento no puede reducirse a un solo producto, sino que debe planificarse con base en todo el ecosistema, de forma integral.

 

Figura 2. Diagrama de las acciones que se incluyen en el manejo forestal

 

 

Finalmente, cuando han existido perturbaciones, ya sean naturales o causadas por la actividad humana, que hayan reducido drásticamente la integridad de un ecosistema, o lo hayan modificado del todo, la única opción de manejo forestal es la restauración.

El manejo forestal no debe limitarse ni reducirse a bosques templados. En México, contamos con al menos diez tipos distintos de vegetación, que corresponderían a una decena de diferentes ecosistemas naturales (Rzedowski, 1988). Todos ellos pueden ser manejados desde el punto de vista forestal, es decir, en todos se pueden llevar a cabo actividades de conservación, aprovechamiento y restauración. Mientras las actividades de manejo no impliquen cambios de la cobertura original de la vegetación, éstas pueden considerarse como manejo forestal.

 

La restauración en el manejo forestal

Las actividades relacionadas con el manejo forestal siempre tendrán un efecto sobre la integridad de los ecosistemas, aunque no los alteren drásticamente. Por ejemplo, los bosques tropicales bajo manejo forestal en Borneo, en el sureste asiático, no mostraron cambios drásticos en su biodiversidad con relación a los bosques maduros no manejados (Cannon et al., 1998). Sin embargo, como consecuencia del manejo forestal en la misma región, aumentó la cantidad de materia orgánica en descomposición en el suelo, lo que generó un aumento de combustibles (Hartshorn y Bynumm, 1999). Durante el año de 1997, debido al fenómeno de El Niño, los bosques bajo manejo fueron más susceptibles a incendios forestales que los bosques maduros sin manejo (Hartshorn y Bynumm 1999).

Ejemplos como el anterior nos sugieren la siguiente pregunta: considerando que toda actividad relacionada con el manejo forestal tendrá un impacto sobre los ecosistemas, ¿hay que hacer siempre tareas de restauración? La respuesta es no, pero para responderla, antes es necesario definir qué es restauración.

La Sociedad de Restauración Ecológica definió a la restauración como “el proceso de alterar intencionalmente un sitio para establecer un ecosistema definido, indígena e histórico. La meta de este proceso es emular la estructura, función, diversidad y dinámica del ecosistema específico” (Society of Ecological Restoration, 1991, en Primack, 2002). Hay varios elementos importantes que resaltar en esta definición. Por principio de cuentas, nuevamente aparece el ecosistema como la unidad a restaurar. Esto se debe a que al hacerlo, estaremos restaurando también sus componentes. En segundo término, y al igual que en el manejo de ecosistemas, se habla de establecer intencionalmente un ecosistema definido, lo que implica que antes de emprender cualquier esfuerzo de restauración, se deben de plantear metas precisas y cuantificables. Finalmente, de manera implícita, se habla de los elementos de perturbación. Al hablar de un ecosistema histórico, se plantea intentar regenerar al ecosistema que existía antes de que éste desapareciera como consecuencia de perturbaciones. Sin embargo, este último punto ha causado fuerte debate entre los especialistas en restauración. ¿Es realista pensar que siempre podremos volver un ecosistema a su estado original?

Las perturbaciones que reciben los ecosistemas pueden ser naturales o generadas por las actividades humanas. Los ecosistemas pueden responder a las alteraciones restableciendo la vegetación original por mecanismos y procesos conocidos en general como regeneración o sucesión. Una propiedad de los ecosistemas es su resiliencia, que es la capacidad de regenerarse luego de recibir una perturbación. Sin embargo, hay perturbaciones naturales o humanas que simplemente transforman completamente al ecosistema, por lo que este no puede re-establecerse. En estos casos hablamos de que las perturbaciones modificaron al ecosistema más allá de su capacidad de regeneración, o que rebasaron su resiliencia, y es entonces cuando se presenta la necesidad de restauración.

Primack (2002), basándose en el esquema propuesto por Bradshaw (1990), habla de cuatro cursos de acción potenciales ante un ecosistema que ha sido modificado mas allá de su capacidad de re-establecerse. Primero, cuando es irreal plantear acciones de restauración, ya sea por variables ecológicas o sociales, Primack sugiere como alternativa no desarrollar ninguna acción. Segundo, cuando un ecosistema ha sido modificado drásticamente y es muy costoso o biológicamente irreal suponer una restauración del ecosistema nativo, ante lo que se propone crear un ecosistema que proporcione más servicios ecosistémicos o cause menos daños. A esto se le llama rehabilitación. Tercero, cuando es posible restaurar solo algunos elementos del ecosistema original, proceso denominado restauración parcial. Finalmente, cuando se tiene un conocimiento suficiente del ecosistema a restaurar, y es factible hacerlo, se plantea la restauración total (Primack, 2002).

Para alcanzar metas precisas de restauración, se han planteado pasos concretos de acción. En primer término, es necesario identificar los procesos y componentes que generan la degradación del ecosistema original (línea base). Como segundo paso, se deben generar métodos capaces de detener o inhibir dichos procesos. Como tercer paso, se deben determinar metas realistas para re-establecer a las especies y a las funciones del ecosistema que se pretende establecer. Para ello, es fundamental definir parámetros concretos y observables de éxito. Una vez alcanzado este punto, se recomienda desarrollar técnicas prácticas para implementar las metas establecidas en el tercer paso, y finalmente, cuando estas técnicas demuestran ser efectivas, se deben documentar y comunicar a la sociedad (Hobbs y Norton, 1996). Si bien todos estos pasos son esenciales, el primero de ellos es primordial. Muchas veces los ecosistemas se degradan no por un solo agente de perturbación, sino por la acción sinérgica de varios. Además, un mismo ecosistema puede caer en diferentes umbrales de perturbación, y las acciones encaminadas a revertir los procesos que generan la perturbación, deben de ser consecuentes con dichos umbrales (Hobbs y Norton, 1996).

Con los elementos expuestos anteriormente, ahora podemos responder nuevamente a la pregunta planteada al inicio de esta sección. No todas las perturbaciones ocasionadas por el manejo forestal requieren de un esfuerzo de restauración. Solo se requiere restaurar un ecosistema cuando, a causa de un mal manejo, el ecosistema ha sido alterado más allá de su capacidad de regeneración, o dicho de otra manera, más allá de la resiliencia máxima del ecosistema. Cuando un ecosistema ha sido extremadamente perturbado es posible que no lo podamos restaurar, pero al menos si lo podamos rehabilitar (sensu Primack, 2002). Para ello, hay que definir metas concretas y establecer cuales son los servicios, funciones ecosistémicas o componentes de la comunidad de especies que más nos interesa rehabilitar.

 

Las limitaciones a la restauración en el contexto del manejo forestal en México

Aunque hay ejemplos decorosos, en general las prácticas de restauración en el contexto del manejo forestal en México no han sido exitosas. Por ejemplo, en la cuenca del lago de Cuitzeo, Michoacán, se han hecho esfuerzos de restauración desde principios del siglo XX, con resultados que distan mucho de ser alentadores (Madrigal y Trujillo, 2001). En un estudio reciente se estimó que la sobrevivencia dentro del primer año de plántulas sembradas en el estado de Michoacán con fines de restauración solo alcanzó 37.8% (Semarnap, 2000). Y eso no considera la mortalidad de los años subsiguientes. Incuestionablemente, hay una larga lista de aspectos prácticos que influyen para que los esfuerzos de restauración generen tan pobres resultados. Desmenuzarla sería objeto de un trabajo mucho más extenso (véase, por ejemplo, Sáenz-Romero y Lindig-Cisneros, 2004). En esta sección señalaré únicamente los principales aspectos conceptuales que limitan los éxitos de restauración en México.

La restauración aparece como concepto desde la primera ley forestal (Cedeño y Pérez-Salicrup, este volumen). Sin embargo, la definición que se le da difiere mucho de la discutida en los párrafos anteriores. En la legislación mexicana, y en las prácticas de manejo ejecutadas por la política pública, se confunden los términos plantación, reforestación y restauración como si fueran sinónimos, cuando en realidad no lo son. Más aún, los esfuerzos de restauración no se centran en el ecosistema, sino que tienen un enfoque netamente poblacional. Finalmente, hasta hace poco no existían en México criterios que permitieran evaluar el éxito de los esfuerzos de restauración.

En párrafos anteriores definimos restauración. Reforestación consiste en establecer árboles, y al tener el prefijo “re”, se supone que deben ser árboles de las mismas especies a los que existían antes de que fuera necesario reforestar. Como vemos, estos términos no son sinónimos. Es posible restaurar ecosistemas en los que la forma dominante de crecimiento vegetal no es la arbórea, por lo que sería ridículo hablar de reforestación. Más aún, en muchos escenarios de restauración es conveniente primero regenerar a las plantas del sotobosque (arbustos y herbáceas) para mitigar la erosión, y posteriormente intentar incorporar a los árboles (Lindig-Cisneros, com. pers.).

Plantación es el acto de plantar, es decir, propagar plantas poniéndolas en la tierra para que arraiguen. En términos forestales, las plantaciones nuevamente se refieren a árboles, solo que en este caso no son necesariamente de las mismas especies de las que existían en el ecosistema previo al disturbio. El incorporar especies exóticas a un ecosistema, puede ser, en sí misma, una perturbación más. Por ejemplo, hoy en día los eucaliptos plantados en diferentes partes de México impiden el restablecimiento de bosques naturales (Espinosa-García, 1996). Por ello, es claro que plantar no es lo mismo que restaurar. A pesar de que es posible restaurar la vegetación original de ecosistemas por medio de plantaciones, incluso de especies exóticas (Lugo 1992, 1997; Parrotta et al., 1997; Pérez-Salicrup et al., en revisión), es fundamental comprender que los objetivos y alcances de una plantación, una reforestación y un esfuerzo de restauración no son necesariamente iguales ni compatibles. Por ello, es fundamental que tanto en la legislación, como en las políticas publicas relacionadas con el manejo forestal, se incorpore el concepto de restauración como fue presentado en este texto, y distinguirlo de las plantaciones y las reforestaciones.

Las plantaciones y reforestaciones han sido promovidas en México, esencialmente como una consecuencia de una visión reduccionista del manejo. Lejos de hacer manejo forestal teniendo al ecosistema como unidad de manejo, en la legislación mexicana, incluyendo la nueva ley forestal, la restauración de los recursos forestales tiene un enfoque completamente poblacional. Se supone que el aprovechamiento tendrá como consecuencia una reducción en la densidad de los organismos a ser extraídos, y que consecuentemente éstos pueden ser remplazados artificialmente para compensar su abundancia. Por supuesto, ignorando que las especies manejadas no existen aisladas de su ecosistema.

Finalmente, aunque la legislación marca claramente la necesidad de restaurar, no proporciona criterios mínimos aceptables para poder evaluar el éxito de una acción de restauración. Esto es fundamental, pues como ya se discutió, no es posible restaurar, ni manejar ecosistemas, sin antes fijarnos una meta concreta. Como ejemplo, el Pronare publicó un manual con criterios para evaluar el éxito de reforestaciones, pero en el mismo no se establecen cuáles deben de ser las metas a alcanzar en términos de sobrevivencia y crecimiento de las plántulas (Pronare, 2000).

 

Conclusiones

 

El éxito de los programas de restauración en México no depende únicamente de la incorporación de tecnologías o prácticas concretas, según el escenario a restaurar. Es fundamental modificar el marco teórico en el que se plantean la restauración y el manejo forestal, incorporando los conceptos de manejo de ecosistemas. Para ello, un paso imprescindible es incorporar a la investigación en todos los procesos relacionados con la restauración. Hoy en día, hay muchos ecosistemas para los que no tenemos el suficiente entendimiento ecológico como para pretender restaurarlos. Por ello, es fundamental que investigadores y gestores planifiquen tareas conjuntas encaminadas a proveer información básica que permita plantear estrategias y metas concretas de restauración.

 

Agradecimientos

 

Le agradezco a Óscar Sánchez la invitación para participar en el diplomado en restauración ecológica, y a los editores de este volumen por sus correcciones, que incuestionablemente mejoraron la calidad del manuscrito. Muchos de los conceptos y datos que se presentan aquí son resultado del trabajo y discusión con mis estudiantes Ana Alice Aguiar Eleuterio, Heidi Cedeño Gilardi, Angélica Murillo, Cristina Berenice Peñaloza Guerrero, Erika del Carmen Pérez, Sonia Ramos Guardián y Yunuhé Zacarías Eslava. El programa UC-MEXUS-Conacyt, el Programa de Apoyos a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica de la UNAM (proyecto IN227802-03), y el Centro de Investigaciones en Ecosistemas de la UNAM aportaron fondos a partir de los cuales se han investigado los conceptos aquí vertidos.

 

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Última Actualización: 15/11/2007