La
restauración en relación con el uso extractivo de
recursos bióticos
Diego
R. Pérez Salicrup
Centro de Investigaciones en Ecosistemas, Universidad Nacional
Autónoma de México
Introducción
El manejo forestal es una actividad productiva que incuestionablemente
reduce la integridad de los ecosistemas con respecto de aquellos
en los que solamente actúan procesos ecológicos
y evolutivos (Bawa y Seidler, 1998; Struhsaker, 1998; Hartshorn
y Bynum, 1999). Sin embargo, no implica la conversión del
uso del suelo a ecosistemas claramente producidos por la actividad
humana, como son las áreas dedicadas a la agricultura,
ganadería, o uso urbano (Putz et al., 2000). Como consecuencia,
el manejo forestal conserva más biodiversidad y servicios
ecosistémicos que prácticamente cualquier otra actividad
productiva.
En México, la historia del manejo forestal no ha sido muy
alentadora. A pesar de que ha existido legislación en la
materia desde prácticamente el inicio del siglo XX, esta
actividad siempre estuvo supeditada a la producción agrícola
y ganadera (Merino, 2001; Klooster, 2003; Cedeño y Pérez
Salicrup, este volumen). Como consecuencia, su aporte nunca ha
pasado del 2% del producto interno bruto (INEGI, 2000; CONAFOR,
2003). Lo que es más alarmante desde el punto de vista
biológico, es que en México se pierden anualmente
entre 189,000 y 501,000 ha de bosques tropicales y entre 127,000
y 167,000 ha de bosques templados (Masera et al., 1997) sin que
ocurra ningún esfuerzo por llevar a cabo un manejo forestal.
A pesar de que nuestro país se ubica en el décimoprimer
lugar mundial en términos de superficie forestal, ocupa
tan solo el sitio 26 en cuanto a producción. En el año
2000, ésta tan solo satisfizo 58% de la demanda de productos
forestales nacionales, por lo que fue necesario importar el 42%
restante, generando un déficit de 5,700 millones de dólares,
48% del déficit de la balanza comercial de México
(Conafor, 2003). Paradójicamente, dadas las características
de biodiversidad, control gubernamental sobre los cambios del
uso del suelo, y presión social sobre los recursos naturales
que prevalecen en México, el manejo de recursos forestales
podría convertirse en una muy buena opción productiva
que, al mismo tiempo, permitiría mantener una alta integridad
ecológica.
La restauración ecológica, junto con la conservación
y el aprovechamiento, son actividades humanas que se desprenden
del marco teórico del manejo de ecosistemas (Christensen
et al., 1996). A pesar de que el siglo XX se caracterizó
por un mal manejo forestal, en México es factible restaurar
zonas antaño cubiertas por vegetación natural. Sin
embargo, antes de sugerir prácticas concretas de restauración,
es pertinente aclarar y definir conceptos. Para ello resumiré
algunos aspectos fundamentales del manejo de ecosistemas como
un marco teórico, haciendo especial hincapié en
lo que respecta a restauración. Posteriormente, definiré
manejo forestal, para poder precisar qué es la restauración
dentro de ese contexto. A continuación, hablaré
de algunos de los factores que han limitado las prácticas
de restauración en el contexto del manejo forestal en México,
y concluiré señalando algunas de las necesidades
de investigación que se requieren para poder restaurar
algunos de los ecosistemas que han sido severamente dañados
o modificados en nuestro país.
El
manejo de ecosistemas
En
1996 una comisión de investigadores de primera línea
de la Sociedad Ecológica de América presentó
un reporte sobre las bases científicas del manejo de ecosistemas
(Christensen et al. 1996). En él, se destaca que los humanos
somos parte de los ecosistemas, y que estos son la escala de organización
ecológica adecuada para el manejo, que debe de incluir,
entre otras cosas, a la sustentabilidad y el establecimiento de
metas concretas. Además, señala que el manejo adaptativo
es la forma adecuada de trabajar hacia el manejo de ecosistemas,
y que éste requiere de la interacción de los investigadores
con la sociedad en general y con los tomadores de decisiones en
particular (Christensen et al., 1996). Muchos de los elementos
anteriores son fundamentales cuando son aplicados al manejo forestal,
particularmente al referirnos al aprovechamiento o extracción
de recursos bióticos.
Incorporar a los humanos como parte de los ecosistemas nos obliga
a aceptar dos consecuencias. Primero, señala la necesidad
de un abordaje interdisciplinario, tanto en la investigación
como en la gestión, para alcanzar niveles cada vez más
altos de sustentabilidad en el manejo (Masera et al., 1999). Segundo,
nos recuerda que los humanos siempre hemos interactuado y aprovechado
los recursos que provienen de los ecosistemas naturales, y que
no existen hoy ecosistemas que no hayan sufrido alteraciones ocasionadas
por actividades humanas (Chazdon, 1998). Como producto de lo anterior,
es indispensable incorporar tanto a las actividades como a las
aspiraciones de las sociedades que interactúan con los
ecosistemas naturales para poder hacer evaluaciones sobre su manejo
y para plantear metas concretas de manejo a futuro. Para el caso
de la restauración en México, esto quiere decir
que las metas que se fijan en programas de restauración
deben de incorporar los intereses de la sociedad en general, pero
lo más importante, es que consideren los de los actores
que directamente ejercen actividades en los ecosistemas naturales
que se pretenden restaurar.
Señalar al ecosistema como el nivel de organización
adecuada para plantear el manejo es muy importante. En ecología
se han definido diferentes escalas de organización, relevantes
para entender los procesos que generan la distribución
y abundancia de las especies sobre la biosfera (Begon et al.,
1986). Los organismos, las poblaciones y las comunidades son tres
escalas de organización generalmente reconocidas en dicha
ciencia. Sin embargo, el reconocimiento del ecosistema como un
nivel de organización no ha sido siempre aceptado sin debate
(por ejemplo, ver Bazzaz, 1996). El ecosistema consiste de todos
los organismos y las fuentes abióticas con las que ellos
interactúan (Chapin III et al., 2002). Al reconocer que
es el ecosistema la unidad de manejo se elimina el enfoque poblacional,
que fue el prevaleciente hasta hace unos años (véase
por ejemplo, Hartwick y Olewiler, 1986). Bajo un enfoque poblacional,
el manejo estaría orientado a asegurarnos que siempre habrá
individuos de la especie que es objeto de explotación.
Este enfoque ha demostrado ser inadecuado, ya que en muchas ocasiones,
al tratar de aumentar el tamaño de la especie aprovechada
modificamos tanto al ecosistema, que podríamos tener efectos
secundarios negativos, que potencialmente reducirían el
tamaño poblacional de la especie de interés. Además,
el soslayar todos los beneficios y servicios ambientales que son
provistos por los ecosistemas en aras de aprovechar solo una o
algunas especies, generalmente da como resultado en costos ambientales
que exceden los beneficios potenciales de la explotación
de una especie (Costanza, 1991; Kohm y Franklin, 1997).
Bajo un enfoque ecosistémico, el manejo de un recurso debe
ocurrir sin ignorar las consecuencias que su aprovechamiento puede
generar en el ecosistema. Más aún, se busca no reducir
el aprovechamiento a una especie sino manejar el ecosistema de
forma integral, valorando todos los posibles beneficios y servicios
que el ecosistema puede aportar (Christensen et al., 1996).
El manejo adaptativo es quizás uno de los aportes más
importantes que se incorporan en el manejo de ecosistemas y consiste
en ir mejorando las prácticas de manejo conforme mejoramos
nuestro conocimiento del ecosistema a manejar. Para ello, el manejo
adaptativo requiere que se haga investigación sobre el
ecosistema para diseñar las acciones y metas que se esperan
del manejo. Una vez llevadas a cabo las acciones, se debe evaluar
nuevamente, por medio de investigación, si se alcanzaron
o no las metas. Una vez hecha esta evaluación, se decide
si es necesario plantear nuevas metas o nuevas acciones, o si
se alcanzaron las metas deseadas por medio de las acciones planteadas,
con lo que comenzaría nuevamente el ciclo. Es decir, las
metas y las acciones se van adaptando conforme nuestro conocimiento
del ecosistema a manejar mejora (figura 1). Métodos de
evaluación de la sustentabilidad, como el MESMIS (Masera
et al., 1999) se basan precisamente en un esquema de manejo adaptativo.
En el caso concreto de la restauración en México,
es triste ver los pobres resultados de programas de reforestación
llevados a cabo durante más de 50 años, sin que
haya habido un verdadero planteamiento de evaluar por qué
esos métodos no funcionan (Madrigal y Trujillo, 2001; Sáenz-Romero
y Lindig-Cisneros, 2004, pero véase Pronare, 2000).
El
manejo forestal
De
acuerdo con la intensidad de la actividad humana, o de la integridad
de los procesos ecológicos y evolutivos que se dan en los
distintos ecosistemas, uno puede esperar distintos elementos de
manejo, y también diferentes beneficios (Christensen et
al., 1996). El manejo forestal incorpora las prácticas
de conservación, aprovechamiento y restauración
de ecosistemas naturales o tipos de vegetación originales,
de los cuales se extraen productos, servicios o beneficios ecosistémicos.
Lo que distingue a zonas bajo manejo forestal de aquéllas
con mayor intensidad de actividad humana, como las zonas agrícolas,
ganaderas, urbanas o industriales, es que no se requiere cambiar
la cobertura del suelo, ni modificar drásticamente la cobertura
vegetal original. Lo que distingue a zonas bajo manejo forestal
de zonas con completa integridad de procesos ecológicos
y evolutivos, como deberían de serlo las áreas naturales
protegidas, es que la estructura y composición de la vegetación
se ven alteradas por el aprovechamiento de recursos.
Es muy importante distinguir entre manejo y explotación
forestal. Como hemos visto antes, la palabra manejo, bajo el concepto
de manejo de ecosistemas, involucra la gestión integral
y a largo plazo de los ecosistemas, lo que conlleva a la necesidad
de un manejo sustentable. En cambio, la palabra explotación
implica el aprovechamiento de los recursos hasta que éstos
se consumen, lo que también se le ha llamado explotación
de tipo minero (Hartwick y Olewiler, 1986).
Figura 1. Representación esquemática
del manejo adaptativo en forma de espiral. Las letras en negritas
y las flechas en grises corresponden al proceso completo al tiempo
1. Las letras en itálicas y las flechas en blanco corresponden
al tiempo 2.

El concepto de manejo forestal generalmente se ha reducido al
aprovechamiento, en términos de las acciones que se pueden
desarrollar, y a bosques templados, en términos de los
ecosistemas que pueden ser manejados desde el punto de vista forestal
(Challenger, 1998; Caballero, 2000). Este reduccionismo ha sido
parcialmente responsable de la disminución en la integridad
y extensión de los recursos forestales de México,
tal y como ocurrió con la transformación de las
selvas tropicales a zonas agrícolas entre las décadas
de 1970 y 1990 (Challenger, 1998).
El manejo no debe limitarse solo al aprovechamiento, y mucho menos
al aprovechamiento de productos maderables. Dependiendo de la
integridad del ecosistema, es factible manejar con fines de conservación,
de aprovechamiento no extractivo (por ejemplo, manteniendo los
servicios ecosistémicos), de aprovechamiento extractivo
de productos maderables y/o no maderables, y de restauración.
El manejo forestal encaminado a la conservación se debe
dar en ecosistemas poco alterados, con el fin de que los procesos
ecológicos y evolutivos sigan su curso, tal y como debería
de ocurrir en las zonas núcleo de las reservas de la biosfera
bajo la legislación actual. El aprovechamiento forestal
no extractivo se debe dar en ecosistemas razonablemente bien conservados
y que pueden proveer de bienes y servicios ecosistémicos,
o bien que pueden ser utilizados para el esparcimiento y disfrute
de la sociedad, tal y como debería de ocurrir con los parques
nacionales (Vargas-Márquez, 1984). El manejo forestal enfocado
al aprovechamiento de productos forestales maderables o no maderables
debe darse en ecosistemas con razonable integridad ecosistémica,
y en donde exista algún producto que puede ser extraído
para su posterior venta. Es importante recalcar que el manejo
forestal centrado en el aprovechamiento no puede reducirse a un
solo producto, sino que debe planificarse con base en todo el
ecosistema, de forma integral.
Figura 2. Diagrama de las acciones que se incluyen
en el manejo forestal

Finalmente, cuando han existido perturbaciones, ya sean naturales
o causadas por la actividad humana, que hayan reducido drásticamente
la integridad de un ecosistema, o lo hayan modificado del todo,
la única opción de manejo forestal es la restauración.
El manejo forestal no debe limitarse ni reducirse a bosques templados.
En México, contamos con al menos diez tipos distintos de
vegetación, que corresponderían a una decena de
diferentes ecosistemas naturales (Rzedowski, 1988). Todos ellos
pueden ser manejados desde el punto de vista forestal, es decir,
en todos se pueden llevar a cabo actividades de conservación,
aprovechamiento y restauración. Mientras las actividades
de manejo no impliquen cambios de la cobertura original de la
vegetación, éstas pueden considerarse como manejo
forestal.
La
restauración en el manejo forestal
Las
actividades relacionadas con el manejo forestal siempre tendrán
un efecto sobre la integridad de los ecosistemas, aunque no los
alteren drásticamente. Por ejemplo, los bosques tropicales
bajo manejo forestal en Borneo, en el sureste asiático,
no mostraron cambios drásticos en su biodiversidad con
relación a los bosques maduros no manejados (Cannon et
al., 1998). Sin embargo, como consecuencia del manejo forestal
en la misma región, aumentó la cantidad de materia
orgánica en descomposición en el suelo, lo que generó
un aumento de combustibles (Hartshorn y Bynumm, 1999). Durante
el año de 1997, debido al fenómeno de El Niño,
los bosques bajo manejo fueron más susceptibles a incendios
forestales que los bosques maduros sin manejo (Hartshorn y Bynumm
1999).
Ejemplos como el anterior nos sugieren la siguiente pregunta:
considerando que toda actividad relacionada con el manejo forestal
tendrá un impacto sobre los ecosistemas, ¿hay que
hacer siempre tareas de restauración? La respuesta es no,
pero para responderla, antes es necesario definir qué es
restauración.
La Sociedad de Restauración Ecológica definió
a la restauración como “el proceso de alterar intencionalmente
un sitio para establecer un ecosistema definido, indígena
e histórico. La meta de este proceso es emular la estructura,
función, diversidad y dinámica del ecosistema específico”
(Society of Ecological Restoration, 1991, en Primack, 2002). Hay
varios elementos importantes que resaltar en esta definición.
Por principio de cuentas, nuevamente aparece el ecosistema como
la unidad a restaurar. Esto se debe a que al hacerlo, estaremos
restaurando también sus componentes. En segundo término,
y al igual que en el manejo de ecosistemas, se habla de establecer
intencionalmente un ecosistema definido, lo que implica que antes
de emprender cualquier esfuerzo de restauración, se deben
de plantear metas precisas y cuantificables. Finalmente, de manera
implícita, se habla de los elementos de perturbación.
Al hablar de un ecosistema histórico, se plantea intentar
regenerar al ecosistema que existía antes de que éste
desapareciera como consecuencia de perturbaciones. Sin embargo,
este último punto ha causado fuerte debate entre los especialistas
en restauración. ¿Es realista pensar que siempre
podremos volver un ecosistema a su estado original?
Las perturbaciones que reciben los ecosistemas pueden ser naturales
o generadas por las actividades humanas. Los ecosistemas pueden
responder a las alteraciones restableciendo la vegetación
original por mecanismos y procesos conocidos en general como regeneración
o sucesión. Una propiedad de los ecosistemas es su resiliencia,
que es la capacidad de regenerarse luego de recibir una perturbación.
Sin embargo, hay perturbaciones naturales o humanas que simplemente
transforman completamente al ecosistema, por lo que este no puede
re-establecerse. En estos casos hablamos de que las perturbaciones
modificaron al ecosistema más allá de su capacidad
de regeneración, o que rebasaron su resiliencia, y es entonces
cuando se presenta la necesidad de restauración.
Primack (2002), basándose en el esquema propuesto por Bradshaw
(1990), habla de cuatro cursos de acción potenciales ante
un ecosistema que ha sido modificado mas allá de su capacidad
de re-establecerse. Primero, cuando es irreal plantear acciones
de restauración, ya sea por variables ecológicas
o sociales, Primack sugiere como alternativa no desarrollar ninguna
acción. Segundo, cuando un ecosistema ha sido modificado
drásticamente y es muy costoso o biológicamente
irreal suponer una restauración del ecosistema nativo,
ante lo que se propone crear un ecosistema que proporcione más
servicios ecosistémicos o cause menos daños. A esto
se le llama rehabilitación. Tercero, cuando es posible
restaurar solo algunos elementos del ecosistema original, proceso
denominado restauración parcial. Finalmente, cuando se
tiene un conocimiento suficiente del ecosistema a restaurar, y
es factible hacerlo, se plantea la restauración total (Primack,
2002).
Para alcanzar metas precisas de restauración, se han planteado
pasos concretos de acción. En primer término, es
necesario identificar los procesos y componentes que generan la
degradación del ecosistema original (línea base).
Como segundo paso, se deben generar métodos capaces de
detener o inhibir dichos procesos. Como tercer paso, se deben
determinar metas realistas para re-establecer a las especies y
a las funciones del ecosistema que se pretende establecer. Para
ello, es fundamental definir parámetros concretos y observables
de éxito. Una vez alcanzado este punto, se recomienda desarrollar
técnicas prácticas para implementar las metas establecidas
en el tercer paso, y finalmente, cuando estas técnicas
demuestran ser efectivas, se deben documentar y comunicar a la
sociedad (Hobbs y Norton, 1996). Si bien todos estos pasos son
esenciales, el primero de ellos es primordial. Muchas veces los
ecosistemas se degradan no por un solo agente de perturbación,
sino por la acción sinérgica de varios. Además,
un mismo ecosistema puede caer en diferentes umbrales de perturbación,
y las acciones encaminadas a revertir los procesos que generan
la perturbación, deben de ser consecuentes con dichos umbrales
(Hobbs y Norton, 1996).
Con los elementos expuestos anteriormente, ahora podemos responder
nuevamente a la pregunta planteada al inicio de esta sección.
No todas las perturbaciones ocasionadas por el manejo forestal
requieren de un esfuerzo de restauración. Solo se requiere
restaurar un ecosistema cuando, a causa de un mal manejo, el ecosistema
ha sido alterado más allá de su capacidad de regeneración,
o dicho de otra manera, más allá de la resiliencia
máxima del ecosistema. Cuando un ecosistema ha sido extremadamente
perturbado es posible que no lo podamos restaurar, pero al menos
si lo podamos rehabilitar (sensu Primack, 2002). Para ello, hay
que definir metas concretas y establecer cuales son los servicios,
funciones ecosistémicas o componentes de la comunidad de
especies que más nos interesa rehabilitar.
Las
limitaciones a la restauración en el contexto del manejo
forestal en México
Aunque
hay ejemplos decorosos, en general las prácticas de restauración
en el contexto del manejo forestal en México no han sido
exitosas. Por ejemplo, en la cuenca del lago de Cuitzeo, Michoacán,
se han hecho esfuerzos de restauración desde principios
del siglo XX, con resultados que distan mucho de ser alentadores
(Madrigal y Trujillo, 2001). En un estudio reciente se estimó
que la sobrevivencia dentro del primer año de plántulas
sembradas en el estado de Michoacán con fines de restauración
solo alcanzó 37.8% (Semarnap, 2000). Y eso no considera
la mortalidad de los años subsiguientes. Incuestionablemente,
hay una larga lista de aspectos prácticos que influyen
para que los esfuerzos de restauración generen tan pobres
resultados. Desmenuzarla sería objeto de un trabajo mucho
más extenso (véase, por ejemplo, Sáenz-Romero
y Lindig-Cisneros, 2004). En esta sección señalaré
únicamente los principales aspectos conceptuales que limitan
los éxitos de restauración en México.
La restauración aparece como concepto desde la primera
ley forestal (Cedeño y Pérez-Salicrup, este volumen).
Sin embargo, la definición que se le da difiere mucho de
la discutida en los párrafos anteriores. En la legislación
mexicana, y en las prácticas de manejo ejecutadas por la
política pública, se confunden los términos
plantación, reforestación y restauración
como si fueran sinónimos, cuando en realidad no lo son.
Más aún, los esfuerzos de restauración no
se centran en el ecosistema, sino que tienen un enfoque netamente
poblacional. Finalmente, hasta hace poco no existían en
México criterios que permitieran evaluar el éxito
de los esfuerzos de restauración.
En párrafos anteriores definimos restauración. Reforestación
consiste en establecer árboles, y al tener el prefijo “re”,
se supone que deben ser árboles de las mismas especies
a los que existían antes de que fuera necesario reforestar.
Como vemos, estos términos no son sinónimos. Es
posible restaurar ecosistemas en los que la forma dominante de
crecimiento vegetal no es la arbórea, por lo que sería
ridículo hablar de reforestación. Más aún,
en muchos escenarios de restauración es conveniente primero
regenerar a las plantas del sotobosque (arbustos y herbáceas)
para mitigar la erosión, y posteriormente intentar incorporar
a los árboles (Lindig-Cisneros, com. pers.).
Plantación es el acto de plantar, es decir, propagar plantas
poniéndolas en la tierra para que arraiguen. En términos
forestales, las plantaciones nuevamente se refieren a árboles,
solo que en este caso no son necesariamente de las mismas especies
de las que existían en el ecosistema previo al disturbio.
El incorporar especies exóticas a un ecosistema, puede
ser, en sí misma, una perturbación más. Por
ejemplo, hoy en día los eucaliptos plantados en diferentes
partes de México impiden el restablecimiento de bosques
naturales (Espinosa-García, 1996). Por ello, es claro que
plantar no es lo mismo que restaurar. A pesar de que es posible
restaurar la vegetación original de ecosistemas por medio
de plantaciones, incluso de especies exóticas (Lugo 1992,
1997; Parrotta et al., 1997; Pérez-Salicrup et al., en
revisión), es fundamental comprender que los objetivos
y alcances de una plantación, una reforestación
y un esfuerzo de restauración no son necesariamente iguales
ni compatibles. Por ello, es fundamental que tanto en la legislación,
como en las políticas publicas relacionadas con el manejo
forestal, se incorpore el concepto de restauración como
fue presentado en este texto, y distinguirlo de las plantaciones
y las reforestaciones.
Las plantaciones y reforestaciones han sido promovidas en México,
esencialmente como una consecuencia de una visión reduccionista
del manejo. Lejos de hacer manejo forestal teniendo al ecosistema
como unidad de manejo, en la legislación mexicana, incluyendo
la nueva ley forestal, la restauración de los recursos
forestales tiene un enfoque completamente poblacional. Se supone
que el aprovechamiento tendrá como consecuencia una reducción
en la densidad de los organismos a ser extraídos, y que
consecuentemente éstos pueden ser remplazados artificialmente
para compensar su abundancia. Por supuesto, ignorando que las
especies manejadas no existen aisladas de su ecosistema.
Finalmente, aunque la legislación marca claramente la necesidad
de restaurar, no proporciona criterios mínimos aceptables
para poder evaluar el éxito de una acción de restauración.
Esto es fundamental, pues como ya se discutió, no es posible
restaurar, ni manejar ecosistemas, sin antes fijarnos una meta
concreta. Como ejemplo, el Pronare publicó un manual con
criterios para evaluar el éxito de reforestaciones, pero
en el mismo no se establecen cuáles deben de ser las metas
a alcanzar en términos de sobrevivencia y crecimiento de
las plántulas (Pronare, 2000).
Conclusiones
El
éxito de los programas de restauración en México
no depende únicamente de la incorporación de tecnologías
o prácticas concretas, según el escenario a restaurar.
Es fundamental modificar el marco teórico en el que se
plantean la restauración y el manejo forestal, incorporando
los conceptos de manejo de ecosistemas. Para ello, un paso imprescindible
es incorporar a la investigación en todos los procesos
relacionados con la restauración. Hoy en día, hay
muchos ecosistemas para los que no tenemos el suficiente entendimiento
ecológico como para pretender restaurarlos. Por ello, es
fundamental que investigadores y gestores planifiquen tareas conjuntas
encaminadas a proveer información básica que permita
plantear estrategias y metas concretas de restauración.
Agradecimientos
Le
agradezco a Óscar Sánchez la invitación para
participar en el diplomado en restauración ecológica,
y a los editores de este volumen por sus correcciones, que incuestionablemente
mejoraron la calidad del manuscrito. Muchos de los conceptos y
datos que se presentan aquí son resultado del trabajo y
discusión con mis estudiantes Ana Alice Aguiar Eleuterio,
Heidi Cedeño Gilardi, Angélica Murillo, Cristina
Berenice Peñaloza Guerrero, Erika del Carmen Pérez,
Sonia Ramos Guardián y Yunuhé Zacarías Eslava.
El programa UC-MEXUS-Conacyt, el Programa de Apoyos a Proyectos
de Investigación e Innovación Tecnológica
de la UNAM (proyecto IN227802-03), y el Centro de Investigaciones
en Ecosistemas de la UNAM aportaron fondos a partir de los cuales
se han investigado los conceptos aquí vertidos.
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