Restauración
ecológica: algunos conceptos, postulados y debates al iniciar
el siglo XXI
Óscar
Sánchez
Consultor
en conservación de vida silvestre. Correspondencia: Av.
Ixtlahuaca 609, Col. Sánchez, Toluca 50040, Estado de México.
Correo-e: teotenango@yahoo.com.
“Los Dioses Viejos le dijeron a un macehual:
es menester que tus hijos conozcan nuestro mensaje
de vida. Nuestra palabra está escrita en esta mazorca
de maíz pinto; has de esforzarte en entenderla y usar de
ella.
El hombre, contento, tomó la mazorca y echó a correr,
pero
en su prisa tropezó y la mazorca se desgranó en
el suelo.
El
macehual, súbitamente lloroso, quiso componerla;
pero no logró restaurar el orden original de los granos.
Había destruido el mensaje antes de entenderlo.
Por eso hoy, los descendientes de ese hombre sabemos
muy poco y enfrentamos un destino tan incierto”.
Óscar Sánchez
Nuevos relatos antiguos (cuentos inéditos)
INTRODUCCIÓN
Dos
perspectivas contemporáneas confluyen en el tema de la
restauración ecológica: por un lado, la plena demostración
científica de que los ecosistemas no se hallan en estados
estáticos de equilibrio, sino en flujo, con etapas sucesivas,
unas de cambio drástico y otras de cambios paulatinos.
Esto implica que ciertos tipos de disturbios en los ecosistemas
forman parte de su dinámica normal (Pickett y White, 1985).
Por otro lado, finalmente se ha generalizado la percepción
de que los seres humanos debemos considerarnos, sin duda, parte
actuante dentro de los procesos que ocurren en los ecosistemas,
lo cual es especialmente relevante por la intensidad, extensión
y recurrencia de los disturbios que logramos ocasionar y que suelen
exceder, con mucho, a los que causan otros agentes bióticos.
La especie humana ha estado íntimamente vinculada con la
mayoría de los ecosistemas naturales, en ese carácter
histórico de actor trascendental respecto de los cambios
que éstos han experimentado. En el continente americano,
durante al menos 15 milenios, la humanidad ha coexistido con especies
vegetales, animales, fúngicas y microbianas de distintos
ecosistemas, mediante relaciones que tienen que ver con el alimento,
el vestuario, la habitación, la salud y otros aspectos.
Hasta el advenimiento del paradigma “estandarizante”
de los actuales mercados globales, la formación de las
distintas culturas autóctonas, en múltiples regiones
de la Tierra, fue una función directa de la interacción
humana con otros componentes de la biodiversidad en cada sitio.
Por ello, no es una mera coincidencia que las diferencias etnográficas
entre pueblos oriundos de desiertos, de bosques templados, de
selvas y litorales, y sus culturas respectivas, hayan sido tan
notorias. Incluso entre pueblos originarios de selvas, en África,
América, Asia y Oceanía, es claro que cada entorno
selvático local determinó los materiales con que
cada cultura contaría para satisfacer sus necesidades.
A escala local, los humanos hemos construido cada cultura (incluidos
los mitos y las expresiones artísticas según Levi
Strauss, 1962), en función de elementos utilizables, existentes
en el medio natural. Estas experiencias locales, generadas a través
de milenios, implican algún manejo de los recursos, desde
leve hasta intenso y que no puede ser ignorado.
El uso de elementos de la biodiversidad implica alteración
de los ecosistemas locales. Mientras los grupos humanos fueron
pequeños y nómadas, quizá la restauración
no fue una preocupación para ellos pues, eventualmente,
podrían pasar largos lapsos antes de que el grupo volviera
a cazar y recolectar en un mismo sitio. Pero con el advenimiento
de la agricultura, que ocurrió en varias partes del mundo,
la vida se hizo más sedentaria y probablemente el uso de
muchos recursos silvestres se intensificó localmente. Esto
generó una nueva preocupación: la necesidad de dar
algún tipo de mantenimiento al entorno natural cercano,
para evitar que otros recursos –los no cultivables, como
caza, leña, frutos silvestres, juncos para cestería,
entre otros– se agotaran. Numerosos ejemplos de grupos indígenas
en América muestran que éstos desarrollaron prácticas
de manejo para restaurar, en alguna medida, los daños causados
por el propio uso de las tierras y sus recursos bióticos.
(Nabhan, 2003; Fowler et al., 2003). Tan antigua como esto es
la noción intuitiva de la restauración ecológica.
Por otra parte, las culturas nativas, aunque hoy severamente fragmentadas
por los impactos de las sociedades industriales, aun mantienen
una sabiduría ecológica significativa, basada en
una larga experiencia de interacción con lugares particulares
del planeta (Martínez, 2003).
Pero el esfuerzo por ejercer una mayordomía efectiva a
favor del medio natural local se vio disminuido progresivamente,
en particular por la aparición de un modelo para la producción
económica a gran escala y con mercados de alcance global,
basado en la promoción del consumo excesivo en los países
ricos, y grandes exigencias en detrimento de los países
pobres (en los que se concentra también la biodiversidad,
fuente de materias primas). En unos cincuenta años (desde
mediados del siglo XX a la fecha) el modelo económico de
asalto al entorno natural propició que la escala del deterioro
ambiental alcanzara grandes magnitudes. Por sí mismas,
éstas rebasaron notoriamente los efectos de cualesquiera
medidas locales de conservación y restauración que,
a través de decenas de miles años, se hubieran desarrollado.
Hoy, dentro del marco general de la conservación de la
biodiversidad, la restauración ecológica ha experimentado
un nuevo pulso de interés. Este nuevo empuje busca, sobre
todo, poder reaccionar (a tiempo y en las escalas correctas) ante
el grave deterioro que han sufrido numerosos ecosistemas y procesos
ecológicos. Para ello pretende aprovechar, como coadyuvantes,
los conocimientos científicos, socioeconómicos y
humanísticos actuales. En esta nueva fase, la propia diversidad
de ecosistemas en el planeta igualmente ha significado que los
enfoques, métodos y técnicas para la restauración
ecológica sean muy variados. A esto se agrega que las distintas
circunstancias, que rodean a cada caso particular, significan
otro factor de complejidad en el abigarrado panorama de la restauración
en el mundo.
Históricamente es posible detectar ejemplos de intentos
de restauración ecológica “moderna”,
antes de la llamada Revolución Industrial, pero en realidad
el desarrollo de la restauración se ha intensificado recientemente,
a partir de que los efectos del abuso se consideraron preocupantes
y de trascendencia global (el abuso, claramente fue ocasionado
por las demandas de la población humana, que creció
explosivamente en la segunda mitad del siglo XX y por el desarrollo
de mercados de consumo de gran escala).
Las enormes dimensiones de este fenómeno hacen difícil
el abordaje de soluciones viables. En principio esto ocurre, aparentemente,
debido a que la percepción y la actitud humanas suelen
ser distintas cuando se refieren a lo mundial que cuando se relacionan
con lo doméstico. Por un lado, la pérdida y la degradación
de ecosistemas a escala mundial preocupan al individuo, pero esta
preocupación no suele ocuparlo de manera directa pues,
frecuentemente asume que las soluciones están fuera de
sus capacidades y esfera de influencia. Por otro lado, para un
individuo o grupo determinado, cuesta reconocer que muchas de
sus actividades cotidianas (especialmente aquellas que le producen
riqueza económica) son parte de los factores nocivos para
la salud de los ecosistemas locales. Claramente se tiende a minimizar
la parte local y personal de las causas que, sin embargo, son
parte de la afectación global). Si reconocer esto resulta
difícil, también lo es tomar una actitud responsable;
y más aun emprender acciones concretas que puedan ayudar
a revertir daños locales que, sin embargo, forman parte
de la afectación global.
La lección central que parece derivarse de esto es que,
mientras que la estrategia de restauración ecológica
necesariamente debe tener una visión global, las acciones
concretas de solución tendrían que abordarse a las
escalas local y regional.
Hoy, al principio del siglo XXI, los retos de la restauración
ecológica son múltiples, aunque sus bases conceptuales
y operativas aún están en desarrollo. Pero dentro
de este complejo proceso, quizá la pregunta más
importante que haya que responder –y pronto– sigue
siendo: ¿hacia qué estado deberíamos restaurar
los ecosistemas? Esto lo expresan con claridad autores como Shrader-Frechette
y McCoy (1995): "Because natural systems are in flux, how
will management choose a point in time or any particular condition
that can be called natural? Conceptual difficulties in defining
a community or an ecosystem further complicate efforts to decipher
the natural.” El punto de la difícil delimitación
de la extensión física de los ecosistemas ha sido
discutido también por Maass (2003) y por Sánchez
(2003).
En los siguientes párrafos y en los capítulos subsecuentes
de este libro, trataremos de adentrarnos en este debate y en sus
diversas facetas.
Postulados generales de la restauración ecológica
Los
ecosistemas no responden a finalidad alguna, es decir, no son
entidades teleológicas (Maass, 2003). En realidad son conjuntos
de factores bióticos y abióticos cuyos variados
componentes interactúan, mediante adaptaciones locales
mutuas desarrolladas a través del tiempo. Claramente las
interacciones y sus circunstancias varían según
los lugares y de un tiempo a otro, por lo cual puede decirse que
los ecosistemas no tienen un estado particular que pueda considerarse
como “óptimo”.
En todo caso, parece más justificable suponer que bajo
un grupo dado de condiciones de estabilidad prevalecientes del
medio físico y para lapsos relativamente largos, los componentes
bióticos (plantas, animales, hongos y microorganismos),
desarrollan una serie de interrelaciones cuyos resultados confluyen
en una cierta apariencia del entorno, en una estructura general
reconocible del ecosistema, en un composición particular
de especies y, sobre todo, en una serie de funciones que se desarrollan,
con cierta estabilidad y en una progresión más o
menos clara, a través del tiempo. Por ello, aunque existen
perturbaciones, mientras éstas no rebasen un cierto límite,
un ecosistema natural suele tener una trayectoria general más
o menos definible.
Los ecosistemas son entidades naturales que en función
de su propia estructura, composición y funcionamiento,
tienen algún grado inherente de resistencia a ciertos cambios
originados por perturbaciones. Por otra parte, se ha demostrado
que alteraciones relativamente modestas pueden ser absorbidas
o “restauradas” de manera autónoma y eficaz
por un ecosistema dado, el cual se reorienta hacia una trayectoria
similar a la inmediata anterior al disturbio (esta propiedad elástica
se conoce como resiliencia). Resistencia y resiliencia son propiedades
emergentes de los ecosistemas (Maass, 2003). Esto significa que
no están presentes en los componentes por separado, sino
que son propiedades únicas, propias del conjunto llamado
ecosistema.
Lo anterior le permite a los ecosistemas un cierto grado de estabilidad.
Pero cuando la extensión, la magnitud y la recurrencia
de las alteraciones son mayores, rompen la resistencia y ocasionan
que las capacidades de resiliencia (recuperación de la
trayectoria) de un ecosistema sean insuficientes. Es así
que cambios cuantitativos pueden desencadenar cambios cualitativos
en los ecosistemas, que muchas veces resultan poco reversibles.
Pero en casos de ese tipo, la intervención humana puede
ser la única respuesta viable para intentar recuperar la
mayor cantidad posible de los componentes originales, de la estructura
y de las funciones de un ecosistema dañado. Es un principio
simple de entender –aunque difícil de poner en práctica–
y, por si fuera poco, constituye la esencia de la restauración
ecológica.
A escala mundial, en cada continente, los patrones de distribución
de la biodiversidad obedecen a variadas razones, tanto de historia
geológica y biogeográfica, como de las condiciones
ambientales actuales. En el caso particular de México,
la dotación de diversidad biológica es grande y,
por ello, se nos ha considerado un país megadiverso. Pero
tal como ocurre en muchos países de este tipo, la riqueza
biológica no está concentrada en una sola región.
Por el contrario, se halla distribuida en múltiples formas
e integrada en muy distintos tipos de ecosistemas en toda la extensión
nacional. Asimismo, históricamente la población
humana ha logrado ocupar la mayoría de las áreas
del país; por ello las interacciones de nuestra especie
con el resto de los componentes de los ecosistemas también
resultan diversas en tipos y magnitudes.
Pero volviendo al caso general, el proceso de ocupación
y uso humano de ecosistemas ha implicado, progresivamente, el
deterioro de muchos de ellos y por las más diversas causas.
La afectación a la vida silvestre nativa comprende desde
casos relativamente leves, hasta otros de remoción total
de la cubierta vegetal original y sus acompañantes, animales,
hongos y microorganismos. En función de los tipos y magnitudes
de los factores que originan tales alteraciones, algunas de ellas
son susceptibles de mitigación, pero otras no. Si se consigue
mitigar oportunamente una alteración dada, en algunos casos
el ecosistema local puede regresar, por sí mismo, a una
trayectoria ecológico–evolutiva similar a la que
tenía antes del disturbio, en tanto que casos de daño
profundo requieren complejos y costosos intentos de “reparación”
a través de actividades humanas, normalmente intensas y
que, en general, apenas consiguen el retorno de una parte de los
procesos que eran característicos del entorno en su estado
nativo.
En la disciplina hoy llamada restauración ecológica
hay un concepto que debe quedar claro: la diversidad actual en
todas sus manifestaciones (genes, organismos, poblaciones, comunidades,
ecosistemas), es consecuencia de los caminos seguidos por la evolución
biológica en cada lugar. Esta evolución, a su vez,
es consecuencia de la continuidad de los procesos ecológicos
en los cuales –a través de períodos muy prolongados–
esos componentes han estado interactuando como un todo funcional.
Por esa razón es muy poco probable que las circunstancias
ecológico-evolutivas originales de un ecosistema (i.e.
aquellas previas a eventos de deterioro), se repitan exactamente.
En consecuencia, el objetivo de la restauración ecológica
no puede ser el regresar a un ecosistema al punto exacto en el
que se hallaba antes de la alteración, sino propiciar que
éste asuma una trayectoria de reparación congruente
–tanto como sea posible- con los rasgos generales del entorno.
Puede decirse que existen condiciones que resultan sine qua non
para la restauración ecológica. Si éstas
no se cumplen, es poco probable que el resultado se logre o, si
se alcanza, es poco probable que tal resultado tenga permanencia.
Estas condiciones necesarias para la restauración incluyen,
al menos:
a)
la remoción o reducción al mínimo de las
causas que originaron el deterioro y
b) la reconsideración efectiva de aquellas actividades
humanas que originaron esas causas de daño, buscando la
mayor compatibilidad posible de las actividades humanas con el
funcionamiento ecosistémico.
En
resumen, la expectativa respecto de la restauración ecológica
es que, mediante una primera etapa de remoción de factores
adversos y acciones subsecuentes que propicien la recuperación
de trayectorias ecológicas similares a las originales,
se induzca al ecosistema a asumir un curso autógeno de
reparación.
La conservación de ambientes naturales y la restauración
de sitios dañados son conceptos distintos pero, al mismo
tiempo, son partes complementarias de una misma estrategia de
supervivencia que, sin duda, requieren las sociedades humanas.
En el mundo actual, la necesidad de mantener en el mejor estado
posible aquellos ecosistemas naturales que han logrado persistir
parece estar fuera de cualquier duda. En aproximadamente 30 años
el concepto de la conservación ecológica ha arraigado
en el gran público (muestra de ello es que la idea de las
reservas ecológicas se ha convertido en un valor social
de gran aceptación). Pero, lamentablemente, la extensión
de las reservas ecológicas representa sólo una fracción
ínfima de la superficie de las tierras y los mares del
planeta. En contraste, la mayor parte de la vida silvestre del
mundo, terrestre y acuática, se encuentra en cercana vecindad
–o en franca superposición– con las áreas
en las que los humanos desarrollamos actividades productivas;
ésta es una situación propensa al conflicto.
Muchas de las actividades humanas orientadas al crecimiento económico
siguen dependiendo de la extracción de organismos silvestres,
de agua y de otros recursos abióticos, de la degradación
de distintos ambientes naturales o, incluso, de la destrucción
de ecosistemas. Algunas lesiones a los ecosistemas naturales ocurren
por afectaciones directas y otras muchas por afectaciones indirectas.
Algunos daños son deliberados y otros, inadvertidos.
Por todo ello, la conservación de ecosistemas y de especies
nativas que están dentro de áreas protegidas debe
complementarse con el rescate y la restauración de ecosistemas
con sus comunidades características de especies, en aquellas
áreas previamente afectadas por acciones humanas. Es urgente
buscar soluciones creativas para conciliar las actividades humanas
con la permanencia de un entorno natural que, a su vez, pueda
hacerlas viables en el largo plazo.
Debe mantenerse en mente que “largo plazo” resulta
un concepto móvil según el contexto y, a veces,
según los distintos intereses humanos; pero para la permanencia
y continuidad de los ecosistemas naturales, con un elemental sentido
de solidaridad hacia nuestra propia especie, largo plazo debería
entenderse como un lapso de al menos diez generaciones humanas.
Con estos antecedentes, el tema de la restauración ecológica
actualmente queda delineado como un tema en construcción,
más que como una disciplina plenamente consolidada. El
debate de sus conceptos fundamentales, de sus postulados filosóficos
y científicos, de sus enfoques, estrategias, métodos
y técnicas, es una actividad vigorosa en nuestros días.
Incorporar a un mayor número de científicos, técnicos
y otros especialistas a este debate, equivale a reforzar nuestra
capacidad de acceder a opciones viables de restauración
que, al menos, permitan recuperar las estructuras y los servicios
ecológicos más importantes de los ecosistemas dañados,
así como una fracción significativa de la diversidad
de formas de vida y especies nativas de cada uno de ellos.
La elección del tema de la restauración ecológica
para esta publicación, con énfasis en México
se basó, entre otros factores importantes, en que:
-
Una parte muy importante de la biodiversidad de México
no se halla dentro de los límites de las reservas ecológicas
y otros tipos de áreas protegidas.
-
La expansión humana continúa planteando crecientes
demandas de bienes y servicios del medio natural, las cuales
frecuentemente dan como resultado el deterioro de los ecosistemas
nativos y, por ende, de los propios bienes y servicios que
se demandan.
-
Las causas del deterioro son numerosas y distintas, en naturaleza,
magnitud, historia, tendencias y grados de persistencia.
-
Muchas actividades humanas son, simplemente, incompatibles
con la vocación natural de los ecosistemas en los que
se hallan enclavadas y deben ser modificadas hasta que encuentren
su punto de congruencia funcional con el entorno.
-
Una parte importante de los intentos actuales por restaurar
ecosistemas, parcial o totalmente dañados, no necesariamente
ha pasado por una etapa de remoción o de reducción
significativa de las causas del deterioro.
-
Muchos proyectos de restauración se han basado en modelos
desarrollados para tipos particulares de ecosistemas, en regiones
no necesariamente similares a aquéllas en las que se
intenta aplicarlos subsecuentemente.
-
En muchos casos, los criterios para la restauración
ecológica son insuficientes, reduciéndose a
la plantación de especies vegetales cualesquiera, con
el único propósito de retención del suelo
u otras consideraciones similares.
-
Muchos programas de restauración se reducen a una visión
simplista de reverdecimiento de un área, sin considerar
que las complejas interacciones entre múltiples especies
nativas son lo que da a los ecosistemas sus propiedades características
(de composición, estructura, función, adaptabilidad,
resistencia y resiliencia ante cambios ambientales y, sin
duda, sus opciones de evolución continua).
-
En muchos casos, la elección de las especies con que
se pretende restaurar se basa en meros criterios indebidamente
pragmáticos, como el que no importe si se trata de
especies exóticas propias del otro extremo del planeta,
con tal de que sobrevivan en el sitio de plantación
o introducción.
-
En muchos casos se ha subestimado la importancia de la restauración
del suelo, especialmente en casos drásticos de alteración
de la cubierta vegetal nativa.
-
Muchos proyectos de restauración de ecosistemas dulceacuícolas
solamente han tratado de restituir cuantitativamente el agua
de un sitio, sin considerar suficientemente la importancia
de la calidad del agua que se pretende retornar a los cauces,
vasos y cuencas originales.
-
Muchos problemas de restauración de cuerpos de agua,
lóticos y lénticos, se han desarrollado intentando
el tratamiento de las aguas en los propios cuerpos, sin considerar
la mayor efectividad de tratarlas directamente en cada fuente
o microcuenca de emisión, antes de llegar a los cuerpos
de agua receptores.
-
Programas oficiales, dedicados a incorporar tierras a la producción
económica agrícola mediante desecación
de cuerpos de agua, han confundido a la opinión pública
al ir equivocadamente contra la vocación natural de
distintos ecosistemas acuáticos, en lugar de promover
la producción económica en función de
las bondades propias de la vida acuática vegetal y
animal originales.
Indisolublemente
vinculada a las situaciones de conflicto entre el quehacer humano
y la permanencia de la biodiversidad y sus funciones, la restauración
ecológica es otra tarea pendiente que debe abordarse cuanto
antes, especialmente en países megadiversos (Sánchez,
2003).
La
restauración ecológica en general
Desde
una perspectiva simplista, la restauración ecológica
podría entenderse como lograr el retorno de un ecosistema
dado al estado previo, del cual fue sacado como consecuencia de
alguna actividad humana. Pero como se dijo antes, un ecosistema
tiene propiedades emergentes; es decir, que surgen como resultado
de haberse logrado un complejo nivel de integración entre
sus componentes, bióticos y abióticos (Maass, 2003).
Esto deja ver que la restauración ecológica no se
reduce al mero hecho de plantar especies vegetales en un sitio,
o de reintroducir especies animales espectaculares; por el contrario,
es un proceso de emulación de estadios de sucesión
de distintas comunidades biológicas conocidas en un sitio,
hasta lograr que éstas tomen una trayectoria autónoma
y viable de establecimiento permanente en el lugar.
Es momento para recordar lo antes dicho, acerca de que un ecosistema
significa más que la simple suma de sus especies, comunidades
y procesos componentes. Entre esas propiedades emergentes de orden
superior destacan la resistencia y la resiliencia, las cuales,
sin embargo, tienen límites. Si la resistencia se rompe,
un ecosistema tiende a cambiar drásticamente; la resiliencia,
asociada íntimamente con la complejidad del ecosistema
original, tiende a “cicatrizar” daños, pero
al igual que la resistencia, no es ilimitada. Una vez traspuesto
el límite de ambas un ecosistema no puede volver, por sí
mismo, a un estado similar al que tenía antes de una cierta
perturbación trascendental.
Lo anterior tiene implicaciones, pues aquello que originalmente
se había interpretado como un equilibrio llano entre los
componentes de un ecosistema es, en realidad, el resultado de
un delicado balance de procesos, que resulta esencialmente inestable.
Para la escala y el modo de percepción humana, un ecosistema
parece mantenerse estable (al menos en cuanto a sus componentes
y estructura), en tanto no acontezcan eventos trascendentes de
disturbio. Visto en plazos más largos que una vida o una
generación humana, las propiedades de un ecosistema dado
son el producto de una cadena de eventos sucesivos de perturbación
y de estabilización temporal. Los factores de disturbio
pueden tener orígenes muy distintos y efectos diferentes
pero, además de su propia naturaleza, también la
intensidad, la extensión y la recurrencia de los disturbios
determinan si éstos son trascendentes o no. Por ejemplo,
disturbios de baja intensidad que ocurren localmente (i.e. en
escalas de espacio muy pequeñas para un ecosistema) y en
una sola ocasión, suelen causar efectos que pueden ser
compensados por la dinámica de los componentes y procesos
del propio ecosistema. En un contraste extremo, cuando ocurren
disturbios intensos en espacios amplios del ecosistema y de manera
recurrente, todos los límites de compensación del
ecosistema son excedidos, lo que trasciende en un daño
profundo o en la remoción de componentes biológicos
críticos.
Cabe mencionar que existen distintos casos que van al extremo
de la remoción total de las formas de vida de un área
dada. Por ejemplo, indudablemente una erupción volcánica
arrasará con los ecosistemas en un paisaje determinado.
Sin embargo, la existencia de germoplasma en regiones vecinas
ofrece la posibilidad de recolonización del área
y, aunque esto no sea necesariamente un hecho para todas las especies
originales, sí puede serlo para una parte considerable
de ellas. El proceso será largo, pero eventualmente irá
construyendo nuevos ecosistemas, basados en algunas de las especies
biológicas nativas aún disponibles. Este ejemplo
quizá dé pie a preguntarse: entonces ¿tiene
sentido intentar la restauración de un sitio devastado
por un fenómeno natural? La verdad es que en eventos naturales
de disturbio, a menos que hubieran afectado directamente a una
comunidad humana, realmente no se justificaría emprender
programas de restauración, sino que resulta muy razonable
dejar que el sitio emprenda una nueva trayectoria, sin asistencia.
Pero un caso muy distinto sería el de una área en
la que, por ejemplo, una actividad industrial previa hubiera dejado
suelos y aguas contaminados, sin vegetación, fauna ni otras
formas de vida. La restauración allí resulta una
actividad obligada, aunque represente un reto muy difícil
(Chase y Boudouresque, 1987; Ward et al., 1996).
Lo anterior define los extremos entre los cuales se encuentra
la especie humana, al confrontar eventos de perturbación
ambiental trascendentes. Entre estos extremos deberemos encontrar
maneras de apoyar la recuperación de los atributos de composición
taxonómica, estructurales y funcionales de los ecosistemas,
de manera que, en la medida de lo posible, el entorno siga ofreciendo
condiciones propicias para la vida humana y para la vida silvestre
en el largo plazo.
El caso que plantea la restauración es devolver un ecosistema
a un estado en el cual se hayan recuperado la mayor parte de los
componentes, procesos y atributos que lo hacen autosustentable.
Esto significa devolverlo a un estado en el cual, bajo las condiciones
que ahora prevalecen, sea capaz de retomar una trayectoria ecológica
autónoma, continua hacia el largo plazo. Sin embargo, es
posible que no se logre recuperar la trayectoria evolutiva original
(al menos no para todas las especies eliminadas), lo cual es particularmente
riesgoso en aquellos ecosistemas que contenían especies
microendémicas, provenientes de linajes evolutivos cuya
larga historia biogeográfica les dio origen por vicarianza
u otros procesos irrepetibles.
El uso de los ecosistemas naturales siempre ha traído a
mi mente un idea contenida en un viejo proverbio: si haces fuego,
no puedes evitar el humo. Con base en esta metáfora, puedo
decir que si se usa un ecosistema, inevitablemente se producirán
consecuencias. Por ello, la aspiración de sustentabilidad
del desarrollo económico –tan manoseada actualmente
por políticos y otros personajes públicos, comúnmente
sin mayor reflexión– tendría que basarse,
sin la menor duda, en mantener las actividades humanas por debajo
de los umbrales de resistencia y de resiliencia propios de cada
ecosistema. Así, las consecuencias del uso se mantendrían
en posibilidad de ser atenuadas por el propio ecosistema.
Pero en la mayor parte de los casos ya hemos trascendido esos
umbrales gracias al consumo excesivo y desequilibrado, tanto entre
países como entre grupos dentro de cada sociedad. Por lo
tanto, no queda más que asumir una actitud dinámica,
intentando restaurar al menos los componentes y procesos mayores
de cada ecosistema alterado, modificar los hábitos de consumo
desmedido, dispendioso e innecesario, y buscar alternativas para
producir algunos de los bienes naturales que necesitamos, restaurando
la riqueza y productividad de ecosistemas previamente dañados.
Con ello, la esperanza es que la dinámica básica
del entorno natural se recupere y –cruzando los dedos–
que algunas de las especies, extirpadas por perturbaciones previas,
hayan sobrevivido en algún sitio vecino y eventualmente
recolonicen las áreas restauradas.
La necesidad de hacer reflexiones como las anteriores, ha conducido
a algunos organismos internacionales a proponer definiciones operativas
para la restauración ecológica en busca de unificación.
Así, por ejemplo, la Society for Ecological Restoration,
en su documento oficial más reciente, fruto del trabajo
de un grupo de especialistas miembros (SER, 2002), plantea la
siguiente definición: “Ecological restoration is
an intentional activity that initiates or accelerates the recovery
of an ecosystem with respect to its health, integrity and sustainability.”
Esclarecedora en general, esta definición hace énfasis
en la recuperación de la salud, la integridad y sostenibilidad
del ecosistema; no obstante, al menos desde mi punto de vista,
el concepto de “salud” de un ecosistema implica cierta
ambigüedad y, a su vez, la integridad de un ecosistema resulta
algo irrecuperable una vez que ha ocurrido un disturbio trascendente.
Indudablemente, el perfeccionamiento de una definición
satisfactoria de restauración ecológica es una tarea
colectiva, que tomará varios años más. Por
mi parte propongo una pequeña contribución a este
proceso de debate, proponiendo que la restauración ecológica
es la práctica de acciones orientadas a propiciar una trayectoria
de reestablecimiento de un ecosistema previamente alterado, en
compatibilidad con las condiciones actuales y con la historia
biológica del entorno, tal que enfatice una recuperación
significativa de sus atributos originales de composición
taxonómica, de rasgos estructurales y de funciones generales.
Además de seguir aportando esfuerzos al logro colectivo
de una definición operativa de restauración ecológica,
habrá que buscar la manera de unificar el lenguaje de esta
especialidad. En numerosos reportes técnicos y otros textos
es posible ver usos aún poco diferenciados de términos
como restauración, rehabilitación, reclamación,
remediación, mitigación, reverdecimiento, revegetación,
forestación y reforestación, entre otros más.
La Society for Ecological Restoration (SER) ha provisto un documento
crucial: The SER Primer on Ecological Restoration (SER, 2002)
en el cual se proponen conceptos unificadores, que resultarán
indispensables para los lectores vinculados directamente con programas
de restauración. Esperamos que el contenido del presente
libro también contribuya a documentar el debate y la estructuración
–conceptual y jerárquica– de estos y otros
términos relacionados, para dotarlos de una mayor precisión
y de mayor utilidad práctica. Lo exige el resarcimiento
de los vastos daños causados al planeta en el curso de
nuestra corta pero explosiva evolución como especie.
Algunos
supuestos de la restauración
La
restauración ecológica supone, entre otras cosas,
la mejor restitución posible de los ciclos biogeoquímicos
y de otros rasgos críticos de un ecosistema dado. Sin embargo,
la complejidad intrínseca de los sistemas ecológicos
y su importancia para la continuidad de la evolución de
las especies hacen necesario que la restauración se emprenda:
a) con especies oriundas del lugar y b) intentando reconstruir
la estructura que guardaban los componentes originales del ecosistema
antes del evento de disturbio humano responsable del daño.
Otro supuesto básico de la restauración ecológica
es que, con un poco de ayuda humana, es factible inducir el retorno
de un ecosistema dado hacia una trayectoria biótica y abiótica
más o menos similar a la que tenía antes del deterioro.
Bajo tal supuesto los prerrequisitos de una restauración
razonada quizá debieran incluir, entre otros:
- disponibilidad oportuna de un inventario suficiente de la biodiversidad
original del sitio de interés,
- disponibilidad de un conocimiento suficiente sobre la estructura
de las especies dominantes en el ecosistema antes del deterioro,
- disponibilidad de un conocimiento suficiente acerca de los ciclos
y procesos más importantes del ecosistema antes del deterioro,
- disponibilidad de una idea suficientemente clara acerca de las
escalas de espacio y tiempo en las cuales se desarrollaban los
ciclos y procesos en el ecosistema antes del deterioro,
- disponibilidad de un conocimiento suficiente sobre las presiones
que originaron la alteración; su naturaleza y sus causas,
su severidad, la escala espacial de los impactos, y sus posibilidades
de recurrencia y frecuencia,
- disponibilidad de alguna información acerca de las trayectorias
ecológicas de los principales indicadores del ecosistema,
antes del deterioro,
- disponibilidad de información descriptiva e histórica,
suficiente, acerca de las características sociales, económicas
y políticas vinculadas al sitio que se desea restaurar,
Si
no se ha logrado construir un inventario suficiente de la biodiversidad
que era característica del sitio en su estado inicial (definido
éste, convencionalmente, como el que prevalecía
en tiempos históricos inmediatamente anteriores al momento
de la alteración) será más probable que se
cometan errores adicionales en la restauración. Uno de
los más comunes es la introducción de especies exóticas
a México (o incluso otras, provenientes de regiones distintas
del país que, para el caso, no dejan de ser exóticas
al área receptora). En el pasado, para muchos intentos
de “restauración” se eligió, con un
criterio simplemente pragmático, utilizar especies que
pudieran sobrevivir en un área dada; esto no basta ni es
lo adecuado pues, frecuentemente, el problema no es que una planta,
animal u hongo exótico no se adapten sino, por el contrario,
que lo hagan tan bien que inhiban, desplacen o eliminen especies
nativas que son las que estamos obligados a conservar (Hobbs y
Mooney, 1993). El obsoleto dogma de elegir para la restauración
una especie considerando solamente su facilidad de adaptación
local, debe desecharse cuanto antes. Una perspectiva de restauración
razonada debe considerar la biodiversidad nativa de cada área,
de manera que se devuelva en lo posible el potencial ecológico
y evolutivo anterior a los daños causados a ecosistemas
locales.
Algunas especies dependen, para su existencia continua, de que
un cierto hábitat local mantenga las condiciones abióticas
y bióticas que prevalecieron durante millones de años.
Otras especies, también nativas, por mucho tiempo originaron
y mantuvieron hábitat críticos con su mera presencia.
Estas complejas relaciones hicieron surgir las propiedades de
los ecosistemas en cuanto a composición taxonómica,
estructura, ciclos, resistencia, resiliencia y otros procesos
incluyendo los evolutivos (que a diferencia de los ecológicos,
ocurren en escalas no de miles sino de cientos de miles o millones
de años). Un buen conocimiento de la estructura y de las
funciones que tenía, antes del daño, un ecosistema
el cual se pretende restaurar, ayudará a elegir las especies
locales formadoras de hábitat más importantes, en
función de la dinámica de la sucesión vegetal
conocida para el área de interés.
En muchos casos se tiene alguna idea de los procesos propios del
ecosistema original, lo cual en mucho puede ayudar a proponer
una secuencia factible de etapas de restauración, que emulen
lo mejor posible las etapas de sucesión conocidas de la
vegetación (y de la fauna, la fungia y la microbiota, en
un proceso concomitante). Muchas especies solamente se reestablecerán
si sus entornos y nichos característicos ya se hallan disponibles
en un ecosistema sujeto a restauración. Esto destaca la
importancia de conocer lo esencial de los procesos de sucesión
locales, lo que permitirá evitar la introducción
de especies nativas sensibles, antes o después del tiempo
en que esto resultaría más adecuado. Por supuesto,
resulta fundamental una visión clara de las escalas de
tiempo y espacio respecto de los procesos involucrados (Clewell,
1999).
Una de las principales metas de la restauración ecológica
es tratar de revertir, en forma significativa, los procesos de
deterioro causados por las actividades humanas. A diferencia de
catástrofes naturales como las ya mencionadas (erupciones
volcánicas, huracanes u otros) los cambios provocados al
ambiente por actividades humanas tienen tres características
muy relevantes: suelen ser severos, recurrentes y, en casos, frecuentes,
lo que no deja tiempo suficiente en el cual las especies nativas
pudieran reubicarse y readaptarse. Me atrevería a llamar
a ese tipo de alteraciones disturbios de degradación progresiva.
En casos de ese tipo, al proceso de extinción natural de
especies se suma la extinción muy acelerada inducida por
nuestras actividades. En rigor la restauración debería
estar dirigida a reducir (o eliminar, si es posible) los factores
de perturbación de origen no natural, de modo que éstos
no afecten irreversiblemente a los procesos de supervivencia y
extinción de las especies propias del área.
Bajo ciertas circunstancias, la mera suspensión de actividades
humanas que son deletéreas para un ecosistema puede proveer
las condiciones básicas para la restauración, en
forma autónoma, especialmente si la extensión del
daño es pequeña, o si existen áreas aledañas
que cuenten con germoplasma nativo local (microorganísmico,
vegetal, fúngico y animal) y si no existe una secuela de
contaminación residual de larga duración en suelos,
agua y aire. En esos casos, varias especies pioneras pueden reiniciar
la secuencia de colonización y restablecimiento de la vida
silvestre local de manera continua y, en consecuencia, la recuperación
de las propiedades de orden superior del ecosistema (resistencia,
resiliencia, entre otras.). Para esas circunstancias la actividad
principal de un restaurador, aparte de vigilar que las causas
del deterioro no regresen, debiera ser, al menos, el seguimiento
cercano de la marcha de los procesos de sucesión vegetal
y animal.
Sin embargo, es más frecuente que la extensión y
magnitud de los daños causados por actividades humanas
sean considerables e, incluso, que tengan efectos sinérgicos
con otros factores ambientales; por ejemplo, un daño severo,
causado en un área grande, que se ha dejado contaminada
y en cuyos alrededores ya sólo existen vestigios del germoplasma
original, tiene muchos factores adversos. Esto implicará
una dificultad mucho mayor para propiciar procesos de recolonización
natural (Wiens, 1997). Estos casos representan los verdaderos
retos para la restauración ecológica, pues para
ellos habrá que proponer métodos tanto ingeniosos
como viables (y aceptables) para revertir los efectos del grave
deterioro.
En suma, los supuestos y fundamentos de la restauración
ecológica requieren que todo esfuerzo práctico sea
precedido por un razonamiento claro, basado en la evidencia biológica,
la historia del sitio en varias escalas de tiempo, el conocimiento
de las causales de deterioro, su extensión, severidad y
recurrencia, así como los alcances y posibilidades reales
de su eliminación o reducción. Igualmente, es importante
que todo proceso de restauración ecológica se plantee
posibles objetivos concretos, a la escala adecuada y con el énfasis
puesto en la recuperación a largo plazo.
Otros aspectos de debate actual sobre la restauración
La
mayor parte de las opiniones y algunos textos actuales sobre restauración
versan acerca de la restauración de los componentes vegetales.
En ellos generalmente se hace énfasis en componentes que
son dominantes o que, estructuralmente, dan su fisonomía
general al paisaje natural. Son mucho menos los textos que se
refieren explícitamente a otros tipos de especies vegetales,
o a la restauración integral (incluyendo enfoques florísticos,
faunísticos, fúngicos y microorganísmicos).
Por ejemplo, los hongos frecuentemente son subestimados en programas
de restauración, a pesar de que muchas especies fungales
resultan cruciales (principalmente mediante procesos micorrícicos
asistidos por la actividad animal; Maser et al., 1978) en el establecimiento
de especies vegetales importantes en los ecosistemas. Muchas relaciones
de interdependencia entre muy distintos elementos de flora, fungia,
fauna y otros, son poco conocidas y esto constituye un factor
de déficit, que es importante remontar para mejorar el
panorama actual de la restauración ecológica.
Por otra parte, los procesos de restauración que se han
emprendido no superan, en los mejores casos, los 50–100
años; esto significa que a las escalas de tiempo en que
ocurren muchos procesos ecológicos y evolutivos, aun no
sabemos qué tan permanentes y exitosos serán los
resultados de tales esfuerzos. Esto subraya la necesidad de ir
documentando mejor los esfuerzos de restauración emprendidos,
procurando instalar esquemas sistemáticos para el seguimiento
de los resultados y para mejorar estudios comparativos (Westman,
1991; Sánchez, 2000).
Para verificar si se están obteniendo los efectos deseados
de la restauración ecológica, naturalmente se requiere
disponer de una idea mínima acerca de la trayectoria esperada
del ecosistema en restauración. Pero no se trata de un
asunto menor; existe evidencia de casos en los cuales la trayectoria
de sucesión en un ecosistema, originalmente supuesta por
un equipo de restauradores, se ha apartado de lo esperado (Zedler
y Callaway, 1999). Esto puede ocurrir debido a factores circunstanciales,
a un conocimiento insuficiente de la sucesión en el tipo
de ecosistema de que se trate (bosque, selva o humedal, sólo
como ejemplos entre muchos más), a errores en acciones
específicas de restauración, a la persistencia de
secuelas de contaminación o erosión derivadas de
las actividades que originaron el disturbio, u otros.
Para ello, otra necesidad sobresaliente en el momento actual es
reunir la mejor información que sea posible en relación
con proyectos de restauración en marcha, en relación
con sus supuestos, su organización, sus acciones y los
resultados de éstas. Por razones históricas, la
mayor parte de la literatura acerca de restauración se
relaciona claramente con ecosistemas templados, en tanto que los
subtropicales y los tropicales son entornos en los cuales la restauración
ha dependido más del impulso intrínseco de la vida
silvestre que de acciones claramente exitosas por parte de los
humanos, más interesados en la producción de madera
y otros bienes que en la restauración integral de los ecosistemas
(véase, por ejemplo, Lieth y Lohmann, 1993). Los resultados
obtenidos de la restauración de humedales en México
también están en espera de ser documentados de manera
más contundente.
La definición de tipos generales de trayectorias de sucesión
ecológica, para distintas clases de ecosistemas en diferentes
regiones, es un asunto cuyo desarrollo aun es incipiente. La acumulación
de más y mejor evidencia al respecto permitirá alimentar
el actual debate, acerca de qué tanto los procesos de restauración
de ecosistemas naturales pueden inducirse y preverse, y qué
tanto el resultado final depende de las circunstancias actuales
(distintas de las originales) y de factores estocásticos
(Zedler y Callaway, 1999). Si éste es un trabajo arduo
en países con una biodiversidad limitada, lo es más
aun en países megadiversos.
La sustentabilidad es otro concepto que continúa sujeto
a debate. Y lo está, en principio, porque la capacidad
de los recursos naturales para regenerarse –en calidad y
cantidad– tiene un límite y, si bien algunos ecosistemas
son capaces de mostrar resistencia y resiliencia iniciales buenas,
ante demandas de extracción moderadas, ante una demanda
reiterada o mayor pierden esa capacidad. El punto de discusión
es si realmente puede existir compatibilidad entre las demandas
actual y futura de esos recursos, y las capacidades reales de
regeneración autónoma de los ecosistemas naturales,
en caso de que los modelos de producción y consumo no cambien.
Se remite al lector a Jordan (1995) para una discusión
a fondo sobre estos temas.
Un ejemplo que ilustra claramente este debate acerca de la sustentabilidad
es el relacionado con la restauración de bosques boreales
del noroeste de Norteamérica, una vez cortados con propósitos
comerciales. Alrededor de 1990, los proyectos tradicionales de
uso forestal (i.e. los basados en la remoción total de
material maderable dejando claros evidentes) comenzaron a preocupar
a una nueva generación de especialistas en asuntos del
uso forestal. Los datos (que al menos era algo de lo que se disponía)
indicaban que muchos bosques no se habían alterado significativamente
por el uso de la madera sino hasta que, concluida la II Guerra
Mundial, la demanda experimentó un vigoroso incremento
relacionado con la expansión industrial (Harris, 1984).
Esas personas, preocupadas por la pérdida de biodiversidad
atribuible a las prácticas forestales tradicionales, propusieron
un enfoque distinto a la remoción total y que se basaba
en el corte selectivo de cantidades moderadas de madera, a fin
de no afectar demasiado la estructura, las funciones y la propia
restauración autógena en las áreas sujetas
a uso.
Lertzman (1990) definió esa Nueva Forestería como
“forest management with timber production as a by-product
of its primary function: sustaining biological diversity and maintaining
log term ecosystem health”. El postulado básico de
esta tendencia era dejar, tras el corte, un “legado biológico”
consistente en árboles verdes en pie, árboles secos
en pie, troncos caídos, arbustos y otros materiales de
desecho. Con ello se proponía facilitar la restauración
de los daños causados por el aprovechamiento, promoviendo
así un más rápido retorno a los procesos
naturales, partiendo de un entorno con daños menos drásticos.
Otros promotores de la llamada Nueva Forestería expresaron
que parte de la filosofía de esta era una actitud de humildad
en el manejo forestal, dado lo incompleto de nuestro conocimiento
(Franklin et al., 1989).
Pero, simultáneamente, para los expertos forestales tradicionales,
cuyo enfoque estaba evidentemente basado en maximizar la producción
de madera por acre, la visión era muy distinta. Como ejemplo,
Atkinson (1990) escribió: “For whatever its virtues,
New Forestry will not produce anything like the timber that can
be produced under plantation forestry”…” The
wood supply situation is too serious for hobby silviculture”…”We
see a tremendous increase in world population and soaring demand
for wood products. Where are we going to grow wood?”
A ambos grupos contendientes les importaba restaurar el bosque,
pero mientras que a los técnicos forestales con educación
tradicional les interesaba la recuperación de especies
arbóreas de interés económico (i.e. producir
calidad y cantidad de madera), el objetivo de los proponentes
del otro enfoque era restaurar ante todo la biodiversidad y considerar
la cosecha mesurada de madera como un subproducto deseable del
manejo forestal.
El debate se recrudeció cuando una especie de ave asociada
con bosques antiguos (el búho manchado, Strix occidentalis)
se incluyó en la ESA (Endangered Species Act). Esto obligó
legalmente a conservar extensiones de bosque antiguo, sin tocarlas
en absoluto. Mientras ecólogos y promotores de la Nueva
Forestería celebraron el acontecimiento, las airadas protestas
de los leñadores comerciales (principal ocupación
económica por cientos de años en Oregon y Washington)
propiciaron, incluso, remociones de personas en cargos muy altos
de la autoridad forestal norteamericana. El debate acerca de cuál
parecía ser la mejor manera de cortar árboles y
de restaurar los ecosistemas así alterados continuó
durante algunos años y aún hoy existe, en tanto
que la evidencia indica claramente que ninguno de los dos enfoques
garantiza el retorno del ecosistema a un estado previo deseable
para todos. Como se dijo en párrafos anteriores, las trayectorias
de la restauración pueden depender de situaciones locales
propias de la región (y de factores aleatorios), así
como de los métodos para propiciarla.
En algún momento se propuso que podría hallarse
una solución intermedia para propiciar la restauración
ecológica de esos bosques del noroeste de los Estados Unidos
de América, manteniendo su potencial de producción
económica. Se sugirieron, entre otros temas: el hacer claros
razonablemente dimensionados y separados entre sí; el efectuar
un solo evento de corte cada 50 o más años; dejar
la materia muerta en el claro, aunque quizá permitir su
colecta parcial como leña; dejar árboles –tanto
vivos como secos en pie– para uso de fauna silvestre en
el borde de cada claro y replantar los claros con especies nativas
de interés. No se logró un acuerdo pleno en esos
años, aunque hoy las posibilidades para ello parecerían
relativamente alentadoras.
Las controversias no se han zanjado del todo, especialmente porque
la evidencia de los resultados de la restauración, bajo
uno u otro esquema, requiere acumularse para plazos mucho más
largos que 50 años. En cualquier caso, si algo ha sido
incuestionable en todo este asunto, es la demostración
de un hecho: o la demanda de madera se racionaliza, o no habrá
enfoque filosófico –ni método de manejo forestal
alguno– que logren “estirar” los límites
de integridad, productividad, resistencia y resiliencia de los
ecosistemas. De hecho, con los actuales niveles de consumo, la
sustentabilidad de los aprovechamientos forestales queda en entredicho
bajo casi cualquier esquema de uso y pretendida restauración
de bosques.
La historia relatada en párrafos anteriores está
ocurriendo en una región biológicamente menos diversa
que las existentes en México, sucede en un país
en el cual las regulaciones del aprovechamiento forestal tienden
a ser estrictas y en general se cumplen cabalmente. Aun así,
el debate parece centrarse en los métodos y técnicas
de uso y restauración y no en la moderación del
consumo. Como contraste, sólo hay que imaginar lo que ocurre
en países en los cuales la tala clandestina no permite
siquiera disponer de tiempo para deliberar sobre los métodos
menos lesivos para aprovechar un recurso forestal, sino que arrasa
con todo a la primera oportunidad que se le presenta. En países
biológicamente muy diversos y con grandes problemas sociales
y económicos, obviamente incluido México, además
de la obligación de conservar las extensiones relativamente
naturales que han quedado, una necesidad fundamental es buscar,
lo antes posible, métodos que permitan inducir algún
grado de restauración en las muchas áreas previamente
taladas, promoviendo una recuperación parcial de la biodiversidad
nativa de cada área, al tiempo que también se contribuye
a combatir la irracionalidad de los modelos de hiperconsumo global.
La protección de especies, comunidades, paisajes y ecosistemas,
en áreas legalmente establecidas para ello, es sólo
una parte de las tareas necesarias. La otra, más compleja
y desafiante, es la restauración ecológica de numerosos
sitios, terrestres y acuáticos, en los que la riqueza natural
nativa ha sido objeto del dispendio propio de estrategias de desarrollo
equivocadas (tendencia sin duda reforzada por las tensas relaciones
económicas globales). Lo que es claro, es que una parte
muy considerable del territorio nacional ya se halla en urgente
necesidad de restauración ecológica.
El qué y el por qué de la restauración pueden
ser abordados con mayor facilidad que el cómo. Aunque el
debate es multifacético y no ha concluido en modo alguno,
es tiempo de replantear estrategias y métodos de restauración
ecológica, en busca de soluciones prácticas que
permitan la supervivencia humana y del resto de la biodiversidad
en el largo plazo.
Para poder recapitular acerca de aciertos y errores de nuestras
acciones de restauración es necesario publicar más
informes científicos relacionados con proyectos de restauración
ecológica en México. Todo esto aportará nuevas
evidencias que cuestionen nuestros actuales paradigmas y que nos
permitan ajustar nuestra percepción de la realidad.
¿Es posible definir lineamientos generales para
la restauración?
Como
se explicó arriba, son muchos los factores que intervienen
en procesos de restauración ecológica. Esto hace
que la incertidumbre sea un aspecto invariablemente presente en
los programas dirigidos a ese fin. Sin embargo, en la mayoría
de las instituciones que tienen que desarrollarlos, suele requerirse
la definición de objetivos y metas específicas;
esto significa potenciales complicaciones. Entonces ¿es
posible aspirar a definir lineamientos generales para la restauración
ecológica?
Es claro que sería poco realista definir protocolos generalizados
para lograr resultados específicos de restauración
en cada uno de los distintos ecosistemas. Pero en todo caso, al
tratarse con sistemas que involucran alta incertidumbre respecto
de la obtención de resultados positivos, puede al menos
recurrirse al mayor apego posible a ciertos lineamientos, con
fundamento y sentido científico. Sin olvidar nunca que
la restauración ecológica requiere tratamiento caso
por caso, algunos puntos generales a considerar podrían
incluir:
-
Desarrollar, como punto de partida, una reconstrucción
histórica de las características (fisonomía,
extensión, composición taxonómica, estructura
y funciones) del ecosistema original que se pretende restaurar,
acotando la época o fecha a la cual se refiere dicha
reconstrucción.
-
Describir la historia del deterioro enfatizando las causas,
la importancia relativa de cada una de éstas y sus
principales correlaciones con fenómenos sociales y
económicos.
-
Definir si los agentes causales del deterioro ya desaparecieron
o si se mantienen vigentes.
-
Definir hasta qué punto las condiciones que prevalecen
actualmente en el área permitirán la recuperación
del ecosistema hacia la condición convencionalmente
definida como meta.
-
Definir, si las condiciones no fueran favorables, cuáles
son éstas y cuáles sus magnitudes.
-
Definir un plan de acción que procure, como primera
fase, remover permanentemente los agentes del deterioro del
ecosistema original y las condiciones que son negativas para
la restauración.
-
Buscar que el diseño de la restauración ecológica
promueva la recuperación de la composición taxonómica,
de la estructura, de las funciones del ecosistema y de sus
relaciones con otros (tanto en lo abiótico como en
lo biótico).
-
Explorar la aceptabilidad que tendría el eventual programa
de restauración, en función del entorno social-económico
que prevalezca en el área; con especial atención
a las aspiraciones propias de las comunidades humanas locales,
en términos del futuro que desean.
-
Definir si es necesario emprender una fase de reacondicionamiento
del suelo y el agua presentes, antes de proceder a otros aspectos
de la restauración.
-
Evaluar cuáles son las posibilidades de arribo de germoplasma
nativo, una vez que se remuevan las condiciones desfavorables
y los agentes causales del propio deterioro.
-
Aprovechar la llegada de plantas y otros organismos “voluntarios”
nativos, provenientes de ecosistemas naturales vecinos. Esto
hace más fácil restaurar procesos complejos
como los de polinización especializada, mutualismo
y muchos otros más.
-
Buscar que la inducción de fases de sucesión
ecológica siga un orden similar al conocido para cada
tipo de ecosistema, al menos hasta que la biota del área
presente tendencias de autoorganización sin necesidad
de insumos.
-
Procurar, hasta donde sea posible, la integración natural
del área restaurada con el aspecto del paisaje natural
remanente.
-
Mantener un seguimiento puntual de la llegada de especies
exóticas invasoras al área de restauración,
procurando evitar su establecimiento por todos los medios
posibles.
-
Diseñar un sistema de seguimiento, objetivo y sistemático,
del estado que guarda el área sujeta a restauración,
dejando claramente establecidos los indicadores que resulten
más apropiados para la escala y tipo de caso que se
trate y un método estándar para medir sus variaciones,
referidas al espacio y al tiempo.
Sólo
la práctica permitirá saber hasta qué punto
es factible que estas recomendaciones funcionen para casos particulares.
Por ahora, la convergencia de distintos sectores sociales, que
ya empieza a darse en la tarea común de la restauración
ecológica, aparece como un campo fértil para el
desarrollo de puntos de vista más objetivos y para la propuesta
de nuevos conceptos, modelos, métodos y técnicas.
La sistematización de las experiencias previas y la publicación
de sus resultados, proveerán mejores materiales para realizar
análisis críticos que permitan evaluar la efectividad
y permanencia logradas.
Paralelamente cabe esperar que, si se tiene éxito en la
homogeneización de criterios entre los distintos actores
de la restauración –principalmente de la sociedad
civil, académicos, oficiales de gobierno y políticos–
podrán darse actividades sinérgicas positivas para
recuperar, al menos en parte, la biodiversidad hoy amenazada en
sus distintos niveles de organización. Hay que confesar
que esto puede calificarse, hoy, como un simple pensamiento esperanzado;
pero según creo, es posible transformarlo en acciones y
resultados concretos durante el resto del siglo XXI.
Bibliografía
Atkinson,
W. 1990. Another view of New Forestry. Paper presented at the
Annual Meeting, Oregon Society for American Forestry, Eugene,
Oregon, May 4th. 1990. Publicado como Pp. 84-95 en: D. Hopwood
(Ed.). 1991. Principles and practices of New Forestry. Research
Branch, Ministry of Forests, British Columbia, Canada, 95 pp.
Chase, R. G. y E. Boudouresque. 1987. A study of methods for revegetation
of barren, crusted sahelian forest soils in the region of Niamey
(Niger). Agriculture, Ecosystems and Environment, 18:211-221.
Clewell, A. F. 1999. Restoration of riverine forest at Hall Branch
on phosphate-mined land, Florida. Restoration Ecology, 7(1):1-14.
Fowler, C. S., P. Esteves, G. Goad, B. Helmer, and K. Watterson.
2003. Caring for the Trees: Restoring Timbisha Shoshone Land Management
Practices in Death Valley National Park. Ecological Restoration,
21(4):302-306.
Franklin, J. F., D. A. Perry, T. D. Schowalter, M. E. Harmon,
A. McKee y T. A. Spies. 1989. Importance of ecological diversity
in maintaining long-term site productivity. Pp. 82-97 en: Maintaining
the long-term productivity of Pacific northwest forest ecosystems.
D. A: Perry, R. Meurisse, B. Thomas, R. Miller, J. Boyle, J. Means,
C. R. Perry y R. F. Powers (Eds.). Timber Press, Portland, Oregon,
USA.
Harris, L. D. 1984. The fragmented forest: island biogeography
theory and the preservation of biotic diversity. University of
Chicago Press, Chicago, IL, USA.
Hobbs, R. J. y H. A. Mooney. 1993. Restoration ecology and invasions.
Pp. 127-133 en: D. A. Saunders, R. J. Hobbs y P. R. Ehrlich (Eds.).
Nature Conservation 3: reconstruction of fragmented ecosystems,
global and regional perspectives. Surrey Beatty and Sons, Chipping
Norton, New South Wales, Australia.
Jordan, C. F. 1995. Conservation: Replacing Quantity with Quality
as a Goal for Global Management. John Wiley and Sons, N.Y., 190
pp.
Leopold, A. 1949. A sandy county almanac. Ballantine Books, N.
Y., USA.
Lertzman, K. 1990. What’s new about New Forestry:replacing
arbocentrism in forest management. Forestry Planning Canada 6(3):5-6.
Levi Strauss, C. 1982 (1962). El pensamiento salvaje. Colección
Breviarios. Fondo de Cultura Económica, 8ª reimpresión,
México, D. F., 413 pp.
H. y M. Lohmann (Eds.). 1993. Restoration of Tropical Forest Ecosystems.
Kluwer Academic Publishers. Dordrecht, The Netherlands, 269 pp.
Maass, M. 2003. Principios generales sobre manejo de ecosistemas.
Pp. 117-135 en: Sánchez, O., E. Vega, E. Peters y O. Monroy-Vilchis
(Eds.). 2003. Conservación de Ecosistemas Templados de
Montaña en México, Diplomado en Conservación,
Manejo y Aprovechamiento de Vida Silvestre. 2003. Semarnat; Instituto
Nacional de Ecología; U. S: Fish & Wildlife Service;
UPC; IGUNAM; Ford Foundation, Conanp, CIRB, SEGEM; Conabio; Sierra
Madre; Fondo Pro-Cuenca de Valle de Bravo. México, D. F.,
315 pp.
Martínez, D. 2003. Protected Areas, Indigenous Peoples,
and The Western Idea of Nature. Ecological Restoration, 21(4):247-250.
Maser, C, J. Trappe y R. Nussbaum. 1987. Fungal small-mammal interrelationships
with emphasis on Oregon coniferous forests. Ecology, 59:799-809.
Nabhan, G. P. 2003. Destruction of an Ancient Indigenous Cultural
Landscape: An Epitaph from Organ Pipe Cactus National Monument.
Ecological Restoration, 21(4):290-295.
Pickett, S. T. A. y P. S. White (Eds.). 1985. The Ecology of Natural
Disturbance and Patch Dynamics. Academic Press, NY, USA.
Sánchez, Ó. 2000. Programas de conservación
de vida silvestre: diseño, ejecución y seguimiento.
Pp. 19-34 en: Sánchez, O., M. C. Donovarros-Aguilar y J.
E. Sosa-Escalante (Eds.), Conservación y Manejo de Vertebrados
en el Trópico de México. INE-Semarnap, U. S. Fish
& Wildlife Service, UPC, A. C., Universidad Autónoma
de Yucatán y Conabio. México, D. F., 190 pp.
———. 2003. Biología de la conservación
a escala de ecosistemas: algunas bases para el seguimiento de
unidades del paisaje. Pp. 195-236 en: Sánchez, O., E. Vega,
E. Peters y O. Monroy-Vilchis (Eds.). 2003. Conservación
de Ecosistemas Templados de Montaña en México, Diplomado
en Conservación, Manejo y Aprovechamiento de Vida Silvestre.
2003. Semarnat; Instituto Nacional de Ecología; U. S: Fish
& Wildlife Service; UPC; IGUNAM; Ford Foundation, Conanp,
CIRB, SEGEM; Conabio; Sierra Madre; Fondo Pro-Cuenca de Valle
de Bravo. México, D. F., 315 pp.
Shrader-Frechette, K. S. y E. D. McCoy.1995. Natural landscapes,
natural communities, and natural ecosystems. Forest and Conservation
History, 39:138-142.
Society for Ecological Restoration (SER) Science & Policy
Working Group. 2002. The SER Primer on Ecological Restoration.
www.ser.org/.
Ward, S. C., J. M. Koch y G. L. Ainsworth. 1996. The effect of
timing of rehabilitation procedures on the establishment of a
jarrah forest after bauxite mining. Restoration Ecology, 4(1):
19-24.
Westman, W. E. 1991. Ecological restoration projects: measuring
their performance. The Environmental Professional, 13(3):207-215.
Wiens, J, 1997. The emerging role of patchiness in conservation
biology. Pp. 93-108 en: S. T. A. Pickett, R. S. Ostfeld, M. Shahchak
y G. E. Likens (Eds.). The Ecological Basis of Conservation. Heterogeneity,
ecosystems and Biodiversity. Chapman and Hall, USA.
Zedler, J. B. y J. C. Callaway. 1999. Tracking wetland restoration:
do mitigation sites follow desired trajectories? Restoration Ecology,
7(1):69-73.