1.
BREVE PANORAMA DE LA PROBLEMÁTICA AMBIENTAL:
LA CONSOLIDACIÓN DE LAS TENDENCIAS
"La
nueva mentalidad es más importante incluso que la nueva
ciencia y la nueva tecnología" A.N.Whitehead (citado
por E. Morín).
El propósito de este capítulo es exponer, en términos
generales, algunos de los rasgos más importantes que presenta
la problemática ambiental en México y sus principales
nexos con el conjunto de problemas mundiales, con especial interés
en la región latinoamericana. No se pretende un diagnóstico,
sino mostrar un contexto para ubicar la tarea educativa en un
campo problemático1 que le
otorga razón y sentido, pero que al mismo tiempo permite
establecer sus limitaciones y posibilidades.
Es decir, de ningún modo se plantea que mediante la educación
puedan resolverse complejos y seculares problemas ambientales,
cuyas causas se encuentran íntimamente interconectadas
con una serie de componentes socioeconómicos y políticos
de los más diversos órdenes. Ello sería ingenuo
o estaría asociado con aquellas posiciones educacionistas
de los años setenta, que afirmaban que incrementando los
índices educativos de los pueblos latinoamericanos, podrían
superarse rezagos económicos y democráticos. La
historia nos mostró un perfil diferente, justo en aquellos
países del cono sur que habían adquirido en esos
años una mayor escolaridad promedio. De ahí que
partimos de que el modelo educativo es subsidiario del estilo
de desarrollo (V. Sánchez 198:593).
Pero
tampoco puede subestimarse el valor de la educación2,
sobre todo en un campo que, si bien se encuentra profundamente
atravesado por intereses estructurales y dimensiones globales,
ofrece no sólo la posibilidad de la acción individual
responsable, sino la potencialidad de la organización social
y política. La educación, no es gestora de los procesos
de cambio social, pero si cataliza en determinada dirección
a los mismos.
Esto es importante porque los profesionales de la educación
nos vemos cada vez más obligados a incursionar en campos
del conocimiento que no han formado parte del quehacer del pedagogo.
De esta forma, en educación ambiental un profesional de
la educación necesita del aporte de disciplinas que no
forman parte de su curriculum regular, tales como: ecología,
desarrollo y economía. Otros campos en particular complejos,
como el de la educación indígena, por ejemplo, requiere
a su vez de la antropología y la lingüística.
No existe otra forma. Los fenómenos de globalización
que repercuten más ostensiblemente en el mundo de los procesos
económicos y en el medio ambiente, se están expresando
también en el cuerpo de las profesiones.
El
mundo
Los
últimos cuarenta años han sido testigos de algunos
de los más grandes y acelerados cambios en la historia
de la humanidad. La población mundial pasó de 2
515 a 5 292 millones, entre 1950 y 1990; es decir, un promedio
de casi 70 millones anuales (Worldwatch 1990: 6). Se espera que
se alcancen los 6 300 millones para el año 2000; un poco
más de 90% de este crecimiento ocurrirá en los países
en desarrollo. En palabras del PNUMA-ORPALC (1990: 6). , esto
significa que la población que se sumó al planeta
en este periodo, es equivalente al total de personas que lo habían
habitado desde la aparición del homo sapiens. Este crecimiento
demográfico sin precedentes estuvo asociado a una expansión
de la producción de bienes y servicios, misma que medida
en términos de PNB, se manifiesta en pasar de 2.9 billones
de dólares en 1950 a 13 billones de dólares en 1986.
Es decir, en sólo una generación la producción
económica mundial aumentó en más de 400%
(PNUMA-ORPALC). Resultados de otros estudios (CMMAD 1987: 250)
nos dicen que en 1950 se fabricaba sólo una séptima
parte de los bienes y se extraía apenas un tercio de los
minerales que se producen en la actualidad. La producción
industrial creció muy rápidamente entre 1950 y 1973,
pues registró un incremento de 7% anual en la manufactura
y de 5% en la minería. Aunque en épocas recientes
esta tendencia ha declinado en estos dos rubros, si se les compara
con otros sectores de la economía.
No se requiere ser un experto para inferir que estas colosales
transformaciones ocurrieron a costa de un consumo enorme de energía
y de la correspondiente extracción de recursos naturales
en el sur. De ahí que la magnitud de los cambios haya implicado
un costo mucho más alto para los países de esta
región, puesto que son ellos los poseedores de la mayor
parte de los recursos existentes.3 Se estima que 40 000 infantes
mueren a diario en el tercer mundo como resultado de severas deficiencias
nutricionales y enfermedades infecciosas (Worldwatch 1990: 17).
Por su parte un estudio de la FAO reporta que para 1980, cerca
de 500 millones de habitantes de los países en desarrollo
casi uno de cada seis estaban gravemente desnutridos (FAO 1984).
Una tercera parte de la población de estos países
(alrededor de 1 200 millones de personas). viven por debajo del
mínimo de 370 dólares per cápita. Esto es
con menos de un dólar por día (PNUMA 1991).
Los problemas ambientales son distintos en los países desarrollados
y en los denominados en desarrollo. Mientras que en los primeros,
la degradación del medio es consecuencia de un conjunto
de problemas vinculados con el exceso de consumo y el derroche,
en los segundos es un resultado de las condiciones de escasez
(CEPAL 1991: 10). En América Latina la pobreza es causa
y efecto del deterioro del medio ambiente local; pero el progreso
de los países industrializados se ha basado en la deforestación
y, en algunos casos, en la explotación depredadora de los
recursos naturales del sur (Comisión de Desarrollo y Medio
Ambiente en América Latina y el Caribe 1991: VIII).
La Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo
(CMMAD 1987). en su reporte titulado Nuestro futuro común,
mejor conocido como Informe Brundtland, señala en sus puntos
17 y 18:
En los últimos decenios las preocupaciones por los factores
ambientales que amenazan la vida han surgido también en
los países en desarrollo. Los campos sufren la presión
de un número cada vez mayor de agricultores y de gente
sin tierra. Las ciudades se llenan de gente, automóviles
y fábricas, pero al mismo tiempo esos países en
desarrollo deben evolucionar en un mundo donde la diferencia de
recursos entre la mayoría de los países en desarrollo
y los países industriales sigue aumentando y donde éstos
predominan en la adopción de decisiones de ciertos órganos
internacionales clave y ya han utilizado gran parte del capital
ecológico del planeta. Esta desigualdad es el principal
problema "ambiental" del planeta y su principal problema
de desarrollo.
Las relaciones económicas internacionales plantean un problema
especial a la gestión del medio ambiente en muchos países
en desarrollo. La agricultura, la silvicultura, la producción
de energía y la minería generan por lo menos la
mitad del producto nacional bruto de muchos países en desarrollo
y representan una proporción aún mayor del sustento
y el empleo. La exportación de los recursos naturales sigue
siendo un importante factor en sus economías, especialmente
en los países menos adelantados. La mayoría de estos
países se enfrentan con enormes presiones económicas
internacionales y nacionales que los llevan a explotar en exceso
la base de recursos del medio ambiente.
En efecto, los bajos precios internacionales de las materias primas,
las barreras comerciales, las sequías y catástrofes
naturales (como terremotos y huracanes). y la inducción
de patrones tecnológicos inapropiados; todo ello aunado
a los perniciosos efectos de una deuda externa con tasas de interés
manipulables, y a un rezago acumulado históricamente, provocan
que se exploten excesivamente los recursos para satisfacer obligaciones
financieras internacionales, con lo cual el tercer mundo se ha
convertido en un exportador neto de capitales. Además:
La ayuda de las naciones donantes no sólo ha sido inadecuada
en escala, sino que ha reflejado demasiado a menudo las prioridades
de las naciones que brindan ayuda y no las necesidades de los
países receptores (CMMAD 1987: 26).
Strahm y Oswald (1990: 93). mencionan que el ecosistema original
de la Tierra se encuentra al borde del colapso, debido a la destrucción
definitiva de grandes extensiones de bosques tropicales húmedos,
en porcentajes que varían de 72% en África del Oeste
y del Este, hasta 37% en América Central y del Sur. Esta
situación ha sido ocasionada por la demanda de los países
industrializados de finas maderas tropicales.
Por su parte Graciela de la Garza (1991:20). denuncia que:
40% de los recursos naturales del mundo son utilizados por los
países en vías de desarrollo para autoconsumo. El
23% de la contaminación global proviene del uso de tecnologías
obsoletas e inadecuadas que compran y utilizan los países
en desarrollo, el 77% restante por los procesos industriales de
seis de los países desarrollados entre los que se citan
Inglaterra, Estados Unidos, Japón y Canadá.
Asimismo, las estimaciones sobre el número de especies
vivas sobre la Tierra oscilan entre los 5 y los 80 millones, de
las cuales sólo 1.4 millones han sido descritas; aunque
no se conoce con precisión el número de especies
desaparecidas, los expertos coinciden en afirmar que aproximadamente
25% de la diversidad biológica del planeta está
en peligro de extinción durante los próximos 20
ó 30 años (PNUMA 1991).
Lo anterior representa el asimétrico marco donde se expresan
los problemas ambientales globales. Un marco que no puede reducirse
a consideraciones de carácter ecológico y que por
ello, da cuenta de su complejidad. Los problemas del medio biofísico
se encuentran de manera inexorable conectados con las condiciones
políticas, económicas sociales y culturales y con
sus determinaciones históricas. Comprender esta intrincada
red de mediaciones constituye un requisito indispensable cuando
existe el propósito de intervenir en ella desde la particular
situación del sur. De otro modo no podrían explicarse
las resistencias y singulares respuestas que presentan los países
industrializados ante problemas de magnitud planetaria, tales
como la destrucción de la capa estratosférica de
ozono, el cambio climático, la lluvia ácida y la
modificación de la química atmosférica, la
contaminación oceánica, la pérdida de la
biodiversidad y la desertificación, por citar algunos,
pretendiendo diluir su mayor responsabilidad.
Augusto Angel (1989:16). nos recuerda que un habitante del mundo
industrializado consume doce veces más energía que
uno del mundo en desarrollo4. Por su parte, Gonzalo Aguirre Beltrán
(1987). señala que el hombre moderno consume en el curso
de un año, la energía equivalente a la generada
por 1.5 toneladas de carbón, y que cuando el gasto es menor
de su equivalente de 0.750 toneladas per cápita, "el
subdesarrollo sobreviene inconcluso". Estas son las proporciones
de la desigualdad entre dos mundos que derivan en una correspondiente
calidad de vida. Estos son los resultados de un modelo civilizado
inequitativo violentamente impuesto, donde el sistema de cuenta
nacionales utilizando para medir el adelanto económico
incluye la depreciación de las plantas y el equipo, pero
no el agotamiento de los recursos o capital natural. Desde la
década de los cincuenta, el mundo ha perdido cerca de la
quinta parte de sus tierras de cultivo, un veinte por ciento de
sus selvas tropicales y decenas de miles de especies animales
y vegetales (Worldwatch 1990:3).
En el mundo, cada año, seis millones de hectáreas
de tierra productiva se convierten en desierto; se destruyen más
de once millones de hectáreas de bosques, gran parte de
cuya superficie se convierte en tierras para cultivo de calidad
inferior, incapaces siquiera de alimentar a los agricultores que
las cultivan. El empobrecimiento de la base de los recursos locales
puede arruinar vastas regiones más allá de las fronteras
nacionales (FUV 1990: 143). Huelga decir que estas pérdidas
se localizan sobre todo en los países en desarrollo, aunque
sus consecuencias tengan una dimensión planetaria, de cualquier
forma, desigual. El consumo de alimentos por persona en Africa
y en América Latina es más bajo hoy en día
que al principio de la década pasada, lo que confirma la
existencia de un círculo vicioso entre la degradación
del ambiente y la profundización de la pobreza (Worldwatch
1990: 5-9).
América
Latina
América
Latina ha sido, en el marco del estado de cosas descrito, una
de las regiones más afectadas, donde se generan profundas
transformaciones de diversa índole; donde los países
que modificaron en los últimos cuarenta años su
condición de eminentemente rurales a urbanos hasta aquellos
que revirtieron de manera sustancial las tendencias observadas
en la primera mitad del siglo, a resultas de un conjunto de causas,
entre las que se cuentan: los golpes militares, los conflictos
armados y la agudización de los problemas económicos.
La Oficina Regional para América Latina y el Caribe (ORPALC)
del PNUMA (1990: 10-17). nos dice que, en este período,
el crecimiento acelerado de la población y de la economía,
así como el estilo de relación con la naturaleza,
como son la concentración urbana de la población,
el desarrollo de una agricultura intensiva en capital y tecnología,
el mejoramiento de la salud pública, eficaces sistemas
de comunicación y transporte, integración económica,
crecimiento exponencial de la industria, incorporación
al ambiente de nuevos compuestos químicos para aplicaciones
agrícolas, industriales y domésticas (muchos de
ellos prohibidos en los países industrializados). y la
generación de desperdicios a escala masiva. Este organismo
agrega que:
La población de la región se ha triplicado entre
1950 y 1989, creciendo de 125 a 380 millones de habitantes.5 Durante
ese mismo lapso, el PNB se elevó de 100 a 700 mil millones
de dólares y el consumo total de energía de 50 a
250 millones de toneladas equivalentes de petróleo... Durante
el mismo período, se logró un progreso neto que
se reflejó en los indicadores de salud, educación,
esperanza de vida e ingreso per cápita. {pero} este progreso
fue tan desigual que incluso se puede hablar de dos extremos de
América Latina y el Caribe: las clases alta y media de
carácter urbano con elevados niveles de consumo, y las
masas en las áreas rurales empobrecidas... {que} dieron
lugar a grandes movimientos migratorios hacia las ciudades provocando
un proceso de urbanización precipitado y caótico.
De manera complementaria, Fidel Castro Ruz (1991). afirma que:
es bien conocido que {en América Latina} el producto por
habitante en 1990 fue igual al que se había obtenido en
1977. Hoy según datos más recientes contenidos en
la Declaración Final de la Segunda Conferencia sobre la
Pobreza en América Latina y el Caribe, efectuada en Quito
en noviembre de 1990, el número de pobres asciende a unos
270 millones de personas, que representan el 62% de la población
total, mientras que no menos de 84 millones viven en condiciones
de indigencia.
En esa década {años ochenta} no creció el
producto por habitante, ni ninguno de los indicadores positivos
del desarrollo económico y social, pero en cambio aumentó
en forma alarmante la pobreza, la deuda externa, la inflación,
el desempleo y el intercambio desigual. Los 270 millones de personas
sumidas en la pobreza contrastan dramáticamente con la
opulencia de pequeñas minorías que, en algunas ocasiones,
no rebasan un 5% de la población, pero absorben las mayores
proporciones del consumo, hasta alcanzar a veces no menos del
50% del ingreso.
Un ejemplo extremo podría ilustrar este contraste con respecto
a décadas pasadas.
En los años veinte, Argentina hubiera tenido que figurar
en el grupo de los ocho países de mayor poderío
económico del mundo, con base en sus exportaciones agropecuarias.
En 1946 donó un cargamento de trigo para mitigar el hambre
de la postguerra española. En 1989 se organizaron en el
país "ollas populares" para contribuir a la supervivencia
de importantes sectores de la propia sociedad argentina, sumida
ahora en una profunda crisis. Esta situación obedece a
causas estructurales, que tienen poco que ver con la capacidad
de producción y exportación de alimentos, y que
se reproducen en muchos otros países de la región,
en donde es hoy más profunda que nunca la brecha entre
la miseria real y la calidad de vida potencial que podrían
hoy deparar los niveles científicos, tecnológicos
y culturales a los que ha accedido la especie humana (PNUMA-AECI-MOPU,
1990).
La depauperación de amplios segmentos sociales y de pueblos
enteros se ha trasladado a la naturaleza; en efecto, vastas extensiones
de otrora ricas tierras en América Latina se han visto
sometidas a un creciente empobrecimiento, a resultas de la acelerada
extracción de los recursos naturales determinada por los
mecanismos económicos. Esta situación genera un
proceso de subdesarrollo sostenido. Toledo (1992). señala
que en el vértice de esta contradicción irresoluble
entre la racionalidad de la economía de mercado y un uso
ecológicamente adecuado de los recursos naturales y del
ambiente, se encuentra el intercambio desigual. Retomando los
datos del PNUMA (1990: 10-17). , sabemos que la desigual distribución
de la riqueza generada por la transformación de los recursos
naturales se conjuga con el empleo irracional de estos. Son los
casos de la cantidad enorme de energía y materiales dedicada
al desarrollo y mantenimiento de un sistema de transporte basado
en el automóvil, que beneficia a menos del 10% de la población
regional; así como recursos naturales con gran valor potencial
como los bosques, que se sacrifican en aras de la obtención
de beneficios a corto plazo mediante estrategias ineficientes
debido a las condiciones del mercado o limitantes ecológicas,
como el bien conocido caso de la ganadería extensiva en
el trópico húmedo. Tales políticas implicaron
que en los últimos 30 años se talaran 2 millones
de kilómetros cuadrados de bosques, superficie mayor que
la del territorio mexicano, con una tasa anual de desforestación
que asciende a más de 50 000 Km2 en la actualidad.
"A
principios de los años ochenta, la superficie estimada
de tierras en proceso moderado o grave de desertificación
afectaba unos 2.08 millones de km2, es decir, al 10% de la superficie
total de la región". En relación con estos
datos, N. Rodríguez y B. Torres (1990). nos dicen que para
1984, se calculaba que los ritmos de desforestación en
Costa Rica y Paraguay eran del 4% anual; que en El Salvador, Nicaragua,
Ecuador y Guatemala estaban entre el 2% y el 3% anual; en Colombia
y México entre el 1% y el 2% en Panamá, Belice,
Brasil, Perú, Venezuela, Bolivia y las Guyanas, cerca del
1% anual. las dimensiones reales de estos porcentajes en Brasil
significan 1 480 000 ha. desforestadas por año; en Colombia,
820 000 ha. y en México 595 000 ha. Esta actividad tiene
consecuencias directas en la desaparición de la flora y
la fauna de manera definitiva, afectando la posibilidad de regeneración
de los ecosistemas, por destrucción del sostén de
endemismos y de las relaciones que implican una riqueza biótica
única.
Por otra parte, pero íntimamente asociado con lo anterior,
la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo
(1987: 101) plantea que el crecimiento económico de América
Latina en la década de los setenta se facilitó por
los préstamos externos. Los bancos comerciales con excedentes
financieros concedían sin muchos requisitos empréstitos
a los países de la región que fueran ricos en recursos
naturales. Pero al cambiar las condiciones internacionales del
dinero, aumentaron las tasas mundiales de los intereses a niveles
sin precedentes, se restringió el acceso a los mercados
de exportación, se dejaron de conceder préstamos
y devino una fuga de capitales internos. Ello hizo insostenible
el problema de la deuda. Se adoptaron políticas de austeridad
para disminuir importaciones (40% en términos reales en
tres años). La contracción económica resultante
redujo el PIB per cápita en un promedio de 8% en los ocho
principales países latinoamericanos. Disminuyeron los salarios
y aumentó el desempleo. Las transferencias netas de siete
importantes países latinoamericanos a sus acreedores subieron
a casi 39 mil millones de dólares en 1984, y en ese mismo
año 35% de los ingresos de exportación sirvió
para pagar intereses de la deuda externa. Esta salida masiva representa
de 6 al 7% del PIB de la región, alrededor de un tercio
de los ahorros internos y casi 40% de los ingresos de exportación.
Fácilmente puede inferirse el impacto ambiental que esta
crisis económica produjo, al tenerse que presionar excesivamente
los ecosistemas para responder a las exigencias del agiotismo
internacional.
Estos son apenas unos cuantos datos que describen, de manera muy
general, la situación imperante. Profundizar en el estudio
de la problemática ambiental en América Latina nos
conduce a una pesadilla, en la que cobran vida calamidades que
se consideraban superadas en nuestro continente en los albores
del siglo XXI. La presencia del cólera en el área
andina y su extensión a otros países de la región
es sólo una muestra. Pero el conocimiento de algunos otros
problemas existentes derivados, por ejemplo, del tráfico
clandestino de desechos industriales tóxicos a nuestros
países o de la extinción de especies nos aporta
elementos para actuar de manera más crítica (una
propuesta de diez prioridades puede verse en F. Tudela 1991).
Dicho en otros términos:
La paradoja es profunda: una región que no tiene, según
la opinión generalizada, limitaciones en sus sistemas naturales
que le impidan la satisfacción de las necesidades de sus
pobladores, que dispone de una base educativa, cultural y tecnológica
incipiente, pero bastante más sólida que la de las
demás regiones del mundo en desarrollo, y que ha logrado
en su conjunto avances democráticos innegables, se está
viendo sometida a un proceso de deterioro social y ambiental sin
precedentes (PNUMA-ECI-MOPU 1990).
Tal situación sólo es equiparable, a 500 años
de distancia, a la destrucción provocada por la voraz colonización
europea.
México
En
el caso de México concurren un conjunto de fenómenos
que otorgan una particularidad que no puede soslayarse con respecto
a lo que ocurre en la gran mayoría de los países
de América Latina. Su vecindad con la economía más
poderosa del planeta determina una serie de características
que han acelerado procesos o les ha dado una cierta especificidad.
Desde el punto de vista de la cobertura de los medios, los problemas
ambientales se concentran mayoritariamente en las grandes zonas
urbanas (ciudad de México, Guadalajara y Monterrey). ;
en las conurbaciones con un alto grado de producción industrial
(Naucalpan-Tlalnepantla, Coatzacoalcos-Minatitlán, etcétera).
y sus respectivos efectos en los ecosistemas convergentes (como
el caso de las cuencas del Pánuco-Lerma-Santiago, San Juan,
Balsas, Blanco, Papaloapan, Coatzacoalcos, etcétera).
Por otro lado, un importante grupo de especialistas afirma que,
por el contrario, los principales problemas ambientales del país
se localizan en las áreas rurales y ya han comenzado a
manifestar consecuencias de orden superior. Algunos datos nos
pueden ilustrar lo anterior. En términos de migración,
los espléndidos suplementos del periódico La Jornada,
intitulados Los Emigrantes (junio 1991). , dedicados a analizar
este dramático fenómeno mundial nos señala
que de los poco más de tres millones de indocumentados
que regularizaron su situación migratoria en Estados Unidos,
entre 1987 y 1988, el 74.9% tienen a México como su país
de origen (OCDE 1991). No requiere ser un experto para inferir
que esta cifra constituye sólo una pequeña parte
del gigantesco iceberg migratorio. Por otro lado, según
datos reportados por miembros del Secretariado Técnico
del Consejo Consultivo del PRONASOL, en México existen
17 millones de personas que viven en la pobreza extrema; que en
su mayoría son habitantes rurales de zonas áridas,
semiáridas o comunidades indígenas, con condiciones
de vida muy precarias.
Se trata de familias compuestas por cinco o más miembros
y, por regla general, completamente analfabetas o con algunos
años de primaria. Su esperanza de vida es menor que la
del resto de la población y presentan una mortalidad infantil
mucho mayor; carecen de los servicios públicos elementales,
su alimentación es muy deficiente y la desnutrición
se presenta como fenómeno permanente.
A estos 17 millones se suman los 24 millones calificados como
pobres, a los cuales se les conceptualiza como aquellos que apenas
pueden cubrir sus necesidades elementales y destinan la mayor
parte de sus ingresos a la alimentación. La gran parte
de los municipios con mayor marginación se encuentra en
siete estados: Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Hidalgo, Zacatecas,
Puebla y Veracruz. (Gaceta UNAM 30 de mayo 1991).7
Estos problemas son la erosión de los suelos, la crisis
del agua y la pérdida de biodiversidad; mismos que si bien
no son tan evidentes para la opinión pública, tienen
repercusiones a distintos niveles de la vida nacional.
Por nuestra parte, es conveniente puntualizar lo que otros estudiosos
del tema ya ha señalado; esto es, que los problemas de
las zonas urbanas no deben visualizarse desvinculados de la problemática
del campo, habida cuenta que entre estos existe una relación
dialéctica. De ahí que el análisis de uno
de los términos del binomio carece de sentido al margen
del otro. Enfocados así los problemas, conceptuados como
partes que integran un todo, emerge una perspectiva que permite
apuntar hacia procesos de decisión de prioridades más
comprensivos. En las páginas que siguen se mostrarán
datos que contribuirán a formarse un juicio sobre dichas
posiciones.
1)
Recursos naturales
México
es un país rico en recursos naturales. Su territorio, con
una extensión aproximada de 2 millones de km2, entre superficie
continental e islas, y con un litoral de 9 953 km contiene diferentes
regiones y climas que propician la existencia de un gran número
de especies de flora y fauna silvestres. Empero, los estilos de
desarrollo nacional impulsados a partir de la década de
los años cuarenta y el tipo de consumo que los caracteriza,
han seguido un patrón incompatible con el cuidado del medio
ambiente8. Así, una parte importante del costo del desarrollo
ha sido financiado mediante la utilización irracional de
los recursos naturales y su concomitante depredación de
los ecosistemas.
En el territorio nacional se encuentra una gran diversidad de
ecosistemas. Situado entre los 14º 33’ y 32º 43’
de latitud norte y 117º 19’ de longitud oeste (es decir,
en la confluencia de dos regiones biogeográficas: la Neártica
al norte del Trópico de Cáncer y la Neotropical,
al sur del mismo). , es el quinto país en extensión
del continente americano. Por su ubicación entre el Océano
Pacífico y el Golfo de México, que bañan
sus costas con corrientes de agua fría y caliente, se produce
un efecto significativo sobre el clima y sus ecosistemas costeros.
Las características geográficas del territorio dan
lugar a grandes diferencias regionales en precipitación
pluvial y humedad.
El relieve del país acusa también una amplia variedad,
como lo muestran las sierras Madre Occidental, Madre Oriental
y Volcánica Transversal, la altiplanicie mexicana, la depresión
del Balsas y las extensas llanuras costeras. Estas características
han determinado la configuración de cuatro grandes zonas
ecológicas que, sin pretender precisión, se localizan:
la árida, principalmente en el noroeste del territorio;
la templada, en el centro del país; y los trópicos
húmedo y seco, en el sureste y norte respectivamente. Se
estima que la zona árida comprende aproximadamente 61%
de la superficie territorial, la templada 26% y la tropical 13%.
Ello favorece la existencia de una multiplicidad de ambientes
y especies de flora y fauna terrestre y acuática, que conforman
el patrimonio natural de la nación.
Agua
Los
recursos hidrológicos son de fundamental importancia para
el desarrollo socioeconómico. Sin embargo, la gran diversidad
fisiográfica y climática de México hacen
que este vital recurso no esté distribuido regularmente
en el territorio nacional. Estos recursos pueden considerarse
en dos grandes grupos:
- Aguas superficiales (mares costeros y aguas continentales como
ríos, presas y embalses, lagos y lagunas).
- Aguas subterráneas (mantos freáticos).
Las aguas continentales se encuentran en escurrimientos superficiales
cuyo volumen promedio se calcula en 410 millones de metros cúbicos
anuales, de los cuales el 37% constituye el total de la precipitación
en el mismo período. Estos escurrimientos se distribuyen
en 320 cuencas hidrológicas. Las más importantes
corresponden a la de los ríos Yaqui, Fuerte, Mezquital,
Lerma, Santiago y Balsas en la vertiente del Pacífico.
Las de los ríos Bravo, Pánuco, Papaloapan, Grijalva
y Usumacinta en la vertiente del Golfo y, la del río Nazas
entre las cuencas endorréicas.
Según estimaciones, el volumen medio anual de los ríos
en México es de 360 000 millones de metros cúbicos.
Aproximadamente, 60% de este caudal es aportado por sólo
siete ríos; sin embargo, la superficie territorial que
estos drenan representa apenas 27%, lo que indica la asimétrica
distribución señalada arriba (FUV-FES 1990: 76).
Es importante hacer notar que 80% de los recursos hidrológicos
del país se halla por debajo de la cota de 500 msnm, y
contrariamente por encima de este nivel es donde se encuentra
asentada más de 70% de la población total y 80%
de la actividad industrial. De esta última, 55% se localiza
en el Valle de México que sufre grandes problemas de agua
(CONADE 1992).
Del 100% de la capacidad total de almacenamiento de aguas en las
presas, 33% es empleado en obras de riego, especialmente en las
regiones semiáridas del norte y 37% es destinado para la
generación de energía eléctrica, principalmente
en el sur y sureste del país. Se considera que 15% está
destinado para el control de avenidas en épocas de lluvias
y 15% restante corresponde a capacidad muerta. Respecto a la distribución
volumétrica de almacenamiento, 95% corresponde a 59 presas
con capacidad superior a los 100 millones de m3, mientras que
el 5% restante está repartido en 1 250 embalses en todo
el país. El agua almacenada en lagos representa un volumen
estimado en 14 mil millones de m3. Este último volumen
(14 mil millones de m3). aunado al referido sistema de obras hidráulicas
para almacenamiento, cuya capacidad es del orden de los 125 mil
millones de m3, dan un total de 139 mil millones de m3, que corresponden
a 34% del escurrimiento anual.
La evaporación se ha calculado en 9 300 millones de m3
anuales en los cuerpos de almacenamiento del país (CONADE
1992: 47-48).
En cuanto a las aguas costeras, México ocupa una posición
privilegiada por su situación geográfica en el continente
americano; con acceso a dos océanos, con una gran extensión
de litorales y con una notable diversidad de ambientes en sus
zonas costeras. Gracias a sus más de 10 000 km de litoral
continental que cuenta con aproximadamente 1.6 millones de ha.
de estuarios y 1.25 millones de ha. de lagunas costeras. Asimismo,
el mar territorial de nuestro país que llega hasta 12 millas
mar adentro, ocupa 231 813 km2 y la superficie de la zona económica
exclusiva 2 892 000 km2, áreas en las que México
ejerce su soberanía (CONADE 1992).
Las aguas subterráneas son otra fuente importante de este
recurso, sobre todo en aquellas regiones en donde no existen escurrimientos
superficiales importantes. Se estima en 17 409 millones de m3
el promedio de la recarga anual y en 16 395 millones de m3 el
de extracción en el mismo período; así como
de 110 350 millones de m3 el volumen total de almacenamiento,
considerando una profundidad no mayor de 100 m y con un cobertura
de 57% del área total del país (CONADE 1992).
La precipitación pluvial es un factor determinante en el
mantenimiento de volúmenes, tanto en aguas superficiales
como subterráneas. Nuestro país presenta un promedio
anual de 780 mm de precipitación pluvial; lo que corresponde
a un volumen anual de 1 532 millones de m3. Sin embargo, mientras
que en la zona norte y el altiplano la media anual es inferior
a los 500 mm, en sólo una porción del sureste (7%
del territorio). , la precipitación alcanza valores superiores
a los 2 000 mm anuales (CONADE 1992).
Como consecuencia de lo anterior, se calcula que 50% del escurrimiento
anual total se encuentra en los ríos más caudalosos
ubicados en el sureste del país, y cuya región hidrológica
comprende únicamente 20% de la superficie del territorio
nacional. En cambio, en la zona norte sólo se tiene un
escurrimiento de 3% del total de un área equivalente a
30% del territorio. Dadas estas circunstancias es que por una
parte, se han tenido que construir numerosos sistemas de almacenamiento
y obras de riego para solucionar las sequías de los estados
del norte; y, por otra, para prevenir inundaciones por exceso
de lluvias, ha sido necesario construir bordos de protección
y rectificaciones, así como cauces de alivio (FUV, 1990:73).
Sólo la región central muestra un equilibrio entre
el promedio de escurrimiento y la extensión territorial,
teniendo una disponibilidad de 47% en 50% del territorio. Pero
aún en esta zona se ha tenido que recurrir al trasvase
de cuencas para satisfacer la demanda del área de la zona
metropolitana de la ciudad de México, con todas las implicaciones
que esto contiene para las zonas rurales afectadas (SEDUE-PNUMA
1990-1994).
El panorama nacional del agua estaría incompleto si no
se hiciera referencia a los problemas de contaminación
y sobreexplotación. La contaminación del agua se
deriva de tres principales fuentes: la municipal, asociada a las
cargas de origen doméstico y público que constituyen
una importante porción de aguas residuales; la agropecuaria,
representada por los afluentes de instalaciones dedicadas a la
crianza y engorda de ganado mayor y menor, así como por
las aguas de retorno de los campos agrícolas; y la industrial,
referida a las cargas originadas por las actividades correspondientes
a la extracción y transformación de recursos naturales
en bienes de consumo y satisfactores para la población.
La contaminación del agua se conforma por una sucesión
de fenómenos asociados a la concentración poblacional
y de la actividad económica, toda vez que se demanda crecientes
volúmenes de líquido y se generan más residuos
y descargas de agua sin tratamiento.
Para 1980 se estima que fueron descargados a los cuerpos de agua
del país 110 m3/seg de aguas residuales municipales, 74
m3/seg de residuos líquidos industriales y cerca de 0.5
m3/seg de aguas residuales provenientes de la agricultura (FUV,
1990:83).
Sólo en las ciudades de México, Monterrey y Guadalajara
se generan actualmente 46, 8.5 y 8.2 m3/seg de aguas residuales
respectivamente, que en conjunto equivalen a 34% del total a nivel
nacional estimado en 184 m3/seg. De estos, 105 corresponden a
descargas municipales y 79 a industriales. No obstante la estimación
anterior, consignada en el Programa Nacional para la Protección
del Medio Ambiente (PNUMA). 1990-1994, la Asociación Nacional
de la Industria Química (ANIQ). declaró que "el
problema de la contaminación del agua en el país
es provocado en 60% por la industria y en el 40% restante por
la población" (La Jornada, 21 de octubre, 1990).
La ANIQ según la misma fuente, agrega que dichos sectores
generan una vasta descarga de contaminantes, vertiendo a los cuerpos
receptores de agua 2 millones 300 mil toneladas de materia orgánica
al año —medida como demanda biológica de oxígeno—,
en la mayoría de los casos sin ningún tratamiento.
De la descarga total de aguas residuales municipales que es de
105 m3/seg de acuerdo con el PNUMA 1990-1994, sólo se trata
15.7%, haciendo hincapié en que aproximadamente la mitad
del volumen tratado es para reuso y no para el control de la contaminación.
Por lo que respecta a las aguas residuales industriales, cuyo
gasto es de 79 m3/seg, sólo se trata 15.5%. En cuanto a
los sistemas de tratamiento, se estima que del total de plantas
sólo 20% operan adecuadamente, 35% operan en forma ineficiente
y 45% se encuentran fuera de operación.
Los principales contaminantes que modifican la calidad natural
de las corrientes de agua son: altos contenidos de materia orgánica,
que aceleran los procesos de eutroficación y, por consiguiente,
la disminución de oxígeno disuelto; grasas y aceites,
que ocluyen las agallas de los peces y disminuyen la transferencia
de oxígeno; organismos patógenos, metales pesados,
detergentes y plaguicidas que afectan la salud humana y a la flora
y fauna acuáticas (CONADE 1992). Entre las manifestaciones
del deterioro asociado al agua se pueden mencionar: el agotamiento
paulatino de los suelos; el emprobrecimiento de terrenos de alta
productividad agrícola, por efecto de la salinización;
el abatimiento en general de los niveles de productividad del
sector agropecuario; la desertificación por la pérdida
de la cubierta vegetal; la inutilización de los cuerpos
de agua que surten a la población; la disminución
de acuíferos y la insalubridad de los polos urbanos.
De los estudios efectuados, se ha en encontrado que las 31 cuencas
más severamente deterioradas reciben 91% de la materia
orgánica generada en el país. Dichas cuencas son:
Pánuco, Lerma-Santiago, San Juan, Balsas, Blanco, Papaloapan,
Culiacán, Coatzacoalcos, Fuerte, Jamapa, La antigua, Guayalejo,
Grijalva, Nazas, Coahuayana, Armería, Ameca, Conchos, Tijuana,
Tehuantepec, Salado, Colorado, Bravo, Yaqui, Nautla, Sonora, San
Pedro, Laguna de Coyuca, Purificación, Presidio y Concepción.
Las cinco primeras requieren acción urgente, por las descargas
de grandes concentraciones urbano-industriales, aledañas
a dichas cuencas. (SEDUE-PNPMA 1990-1994:23).
La contaminación marina, cuyos agentes son los residuos
orgánicos e inorgánicos de toda índole, afecta
directamente al ecosistema y se manifiesta ostensiblemente en
la sobrevivencia de peces y de algunos moluscos bivalvos, de importancia
comercial y sanitaria, estos últimos por constituir filtros
biológicos del agua marina.
La contaminación marina ha registrado índices de
especial gravedad por derrames de hidrocarburos, no sólo
durante su transportación (barcos-tanque accidentados).
, sino por el proceso mismo de perforación de pozos marinos
y su explotación, ocasionado por descontrol en la operación
de los mismos o por explosión (Ixtoc I, Abkatum 91 y Yum
II). En un estudio ecológico realizado por Petróleos
Mexicanos (1988: 22-23), se consigna que los factores físico-químicos
que deben controlarse en el área marina donde se realizan
la perforación y explotación del pozo son, entre
otros, los siguientes:
a) Potencial de hidrógeno, temperatura, salinidad, oxígeno
disuelto, sólidos disueltos y suspendidos.
b) Hidrocarburos totales en agua y sedimentos.
c) Hidrocarburos totales en organismos.
d) Metales pesados en agua y sedimentos (cobre, níquel,
plomo, vanadio, mercurio, hierro, zinc y cromo).
e) Metales pesados en organismos (en tejidos de crustáceos,
peces y moluscos).
El mismo estudio señala tres comunidades biológicas
que pueden ser afectadas por los factores físico-químicos
antes indicados: fitoplancton, zooplancton y bentos. La opinión
de Petróleos Mexicanos respecto a lo anterior, es que las
concentraciones de los factores físico-químicos
y su afectación a las comunidades biológicas están
perfectamente controladas, desde que se puso en operación
un convenio entre la UNAM y CONACyT (14-XII-1980). , para mantener
un equilibrio armónico entre las actividades petroleras
y la conservación del ecosistema marino. No obstante lo
anterior, existen opiniones en contrario, a las cuales haremos
referencia más adelante.
En
lo que se refiere a la protección de los recursos marinos
es evidente que debe de prestarse primordial atención a
los problemas de la contaminación costera.
Al respecto, cabe agregar que siendo los mares el receptáculo
final de todos los escurrimientos continentales, los desechos
orgánicos e inorgánicos que estos arrastren, contaminarán
necesariamente las aguas costeras de nuestro país.
Lamentablemente, todavía no hay evaluaciones en este sentido.
Constantino Tapias (1980). señala que: los problemas más
graves de contaminación crónica ocurren en conexión
con la actividad del petróleo e industrias petroquímicas
en países como México, Colombia, Venezuela y Trinidad.
El intenso movimiento de carga y descarga de crudo, en la región
del Caribe y el Golfo de México, es una amenaza permanente
para las costas de la zona y para las muchas islas y arrecifes
coralinos allí existentes.
(Por otra parte, el mismo autor considera). que las concentraciones
subletales de plaguicidas han provocado cambios en el comportamiento
general y en la fertilidad de las poblaciones de peces (y otros
organismos marinos). al igual que mortalidad en aguas litorales.
P. Duvigneaud (1974) menciona que las mareas negras, como se designa
a las capas de aceite que flotan en los océanos y que alcanzan
las costas, provocan una importante pérdida de especies
de flora y fauna (bancos de ostras, miles de aves sobre todo aquellas
que se posan o se zambullen en el mar para alimentarse, etcétera)
, determinando que los ecosistemas litorales se encaminen hacia
una peligrosa simplificación. En alta mar, esta extendida
y delgada capa de petróleo retrasa las dinámicas
atmosféricas, frena la actividad solar y los intercambios
de bióxido de carbono-oxígeno indispensables para
los procesos fotosintéticos del fitoplancton y de las cadenas
tróficas que de ahí parten.
Por otro lado, la sobreexplotación del agua subterránea
se está generalizando principalmente en las zonas áridas
y semiáridas (noroeste del país) , lo que ha ocasionado
deterioros prácticamente irreversibles como intrusión
salina, hundimiento de terrenos y necesidad de bombeo a profundidades
cada vez mayores. En el caso de la Ciudad de México, 70%
del agua se extraen de los mantos freáticos, con la desventaja
de que la capa de pavimento y asfalto impide que el agua de lluvia
pueda recargar estos depósitos (La Jornada, 15-VI-1991).
A diferencia del dato anterior, en el boletín Oikos, de
marzo-abril de 1990, publicado por el Centro de Ecología
de la UNAM, se indica que la ciudad consume un promedio de 66
m3/seg de agua, de los cuales más de 80% (54 m3/seg). se
extrae de la propia cuenca y el resto (12 m3/seg) se importa de
las cuencas de los ríos Lerma y Cutzamala. Otra evaluación
sobre estos consumos los aporta Elizabeth Lee (1991:65), cuando
expresa que "del suministro de agua que llega a la zona metropolitana
de la Ciudad de México y zonas anexas (62 m3/seg), 44 provienen
del subsuelo del Valle de México, 7 del Lerma, 10 del Sistema
Cutzamala y de diversos aprovechamientos superficiales dentro
del mismo Valle". Por su parte, la Dirección de Construcción
y Operación Hidráulica del DDF, señala que
la extracción de agua en el Valle de México es superior
al 100% con respecto a la recarga, lo cual provoca hundimientos
graves en algunas zonas de la ciudad.
La Dirección General de Proyectos para el Medio Ambiente
del Departamento del Distrito Federal indica que la zona metropolitana
de la Ciudad de México consume actualmente 58 m3/seg de
agua potable. De este volumen, en el DF se utilizan 35m3/seg que
equivalen a llenar el Estadio Azteca dos veces al día.
Más de la mitad del agua disponible se consume dentro de
los hogares, y cerca de las tres cuartas partes de esta agua potable
se gasta en el excusado y la regadera; en tanto que la utilizada
para beber y cocinar solamente representa 5%. Todo lo anterior
da cuenta, en parte, del grave desperdicio de agua en esta ciudad
y de la potencialidad de la educación, aunada a la sustitución
del equipo que propicia este desperdicio, para revertir esta situación.
En lo tocante a la zonas áridas y semiáridas, Carabias
(1988: 15) expresa que en la comarca lagunera se han vivido ejemplos
dramáticos respecto a la sobreexplotación de los
mantos freáticos. "Se estima que se extraen para uso
agrícola, industrial y doméstico cerca de 290 millones
de m3 anuales de agua, siendo la recarga de sólo 18% de
lo extraído... (lo cual). ha provocado la movilización
de aguas fósiles con alto contenido de arsénico".
Según esta investigadora, "el 56% de los habitantes
padece envenenamiento crónico de arsénico y hay
una alta incidencia de cáncer epidémico y problemas
circulatorios" por la causa antes indicada. "A otro
nivel y con consecuencias no tan drásticas está
sucediendo lo mismo en muchas partes de la República",
por la sobreexplotación de los mantos freáticos.
A ello habría que sumar otros efectos en las aguas subterráneas,
como los que ocasionan los grandes tiraderos de basura a cielo
abierto en las principales urbes del país. "Estos
depósitos de basura, durante la época de lluvias,
producen lixiviados cuya filtración contamina los acuíferos,
sobreexplotados por el bombeo" (C. González et al.
1991).
La contaminación de las aguas residuales municipales, aprovechadas
para fines agrícolas en zonas áridas y semiáridas
en los estados de México e Hidalgo, donde también
se da una sobreexplotación de los mantos freáticos,
presenta problemas graves porque transportan una enorme cantidad
de agentes patógenos, además de desechos industriales
conteniendo una amplia variedad de substancias químicas
(entre ellas metales pesados como el mercurio, plomo, cadmio y
cromo). que, aún en pequeñas concentraciones, son
peligrosas para las especies vegetales y la salud de los animales
y las personas que las consumen.
Suelo
En
otro orden de cosas, pero estrechamente asociado con el problema
del agua en el país, se encuentra el suelo. La capacidad
de uso de suelo se clasifica por su vocación pecuaria,
agrícola, forestal, mixta, improductiva, urbana, o por
tratarse de cuerpos de agua. El 13.8% del territorio se utiliza
para la agricultura; sólo 8.6% del mismo exhibe condiciones
propicias para cualquier modalidad de aprovechamiento. En los
suelos mixtos se encuentran condiciones ecológicas que
permiten el desarrollo simultáneo de actividades agrícolas,
pecuarias y forestales. Cerca de la mitad del territorio se destina
a la ganadería semiextensiva y al pastoreo (SEDUE-PNPMA
1990-1994: 17). Todas estas actividades generan modificaciones
importantes en la articulación natural del agua, aire y
suelo, con la flora y la fauna. De acuerdo con la Fundación
Universo Veintiuno (1990:89) :
Los
dos millones de kilómetros cuadrados que comprende el territorio
mexicano, el 17% es apto para la agricultura (34 millones de ha).
, el 50% para la ganadería y el 14% está cubierto
de bosques. Sin embargo, la agricultura utiliza sólo 20.8
millones de hectáreas, de las cuales el 78% es de temporal;
la ganadería ocupa 128 millones de hectáreas.
De acuerdo con el Informe de la Situación General en Materia
de Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente,
1989-1990 (CONADE 1992: 37), el país cuenta con 270 182
km2 de suelo agrícola (o sea 27 millones de hectáreas
y fracción) , de los cuales 210 574 km2 son de temporal
y 58 031 km2 de riego. Se considera que, en general, se utilizan
para fines agrícolas cada año 168 mil km2, que representan
8.6 del territorio del país. El crecimiento demográfico
y los desordenados y acelerados procesos de urbanización
e industrialización, han modificado directamente al suelo,
afectándolo en ocasiones de manera irreversible. La expansión
de las fronteras agropecuarias y urbanas han alterado las superficies
que conforman macizos forestales, bosques, pastizales, valles
y cuencas naturales.
La pérdida de suelo por abuso de diferentes actividades
humanas, trae consigo la alteración ecológica de
la parte afectada, traduciéndose en un abatimiento de la
productividad a través del tiempo, disminución de
la producción neta y virtual, pérdida de grandes
extensiones de terreno con capacidad agrícola o ganadera.
Esto lleva aparejadas otras consecuencias negativas, como es el
avance sobre ecosistemas que no son aptos para prácticas
agropecuarias, principalmente forestales, cuyo ejemplo más
conspicuo son las selvas tropicales.
La acción de algunos agentes como la lluvia, el viento
y las corrientes de agua provoca la pérdida de suelo. Esto
constituye un fenómeno de tipo natural llamado intemperismo,
que bajo ciertas condiciones, se encuentra en equilibrio con el
propio proceso de formación de suelo. Pero en el caso de
las actividades humanas, la pérdida de suelo supera su
recuperación. Por ello este tipo de erosión se convierte
en un grave fenómeno con severas repercusiones en lo ecológico,
económico y social.
La erosión suele estar asociada con la destrucción
de los bosques para llevar a cabo actividades como la agricultura,
la ganadería y otras, lo cual reduce la capa de humus,
disminuye la permeabilidad y el agua de lluvia resbala sin infiltrarse
en el suelo. En consecuencia, el régimen hídrico
de los ecosistemas forestales se modifica rápidamente,
generando fenómenos como las crecidas violentas de los
ríos.
A medida que la erosión aumenta se produce un mayor arrastre
de materia orgánica hacia las tierras bajas, cuya fase
final suelen ser comarcas lacustres, estuarios u otros cuerpos.
Eso provoca, a su vez, un incremento de la eutroficación
que afecta a múltiples especies acuáticas por la
disminución del oxígeno disuelto.
Asimismo, la erosión se vincula al fenómeno conocido
como desertificación, término usado para referirse
a la disminución o la destrucción del potencial
biológico de la tierra que puede desembocar en un deterioro
generalizado de los ecosistemas. (F. Medellín-Leal 1978).
Las principales causas de la erosión en México y,
en especial, en las regiones montañosas y tropicales, son:
destrucción de la vegetación natural; inadecuado
manejo de los cultivos en terrenos con pendientes acentuadas;
sobrepastoreo y tala inmoderada. Por su parte, el viento sólo
tiene un efecto realmente importante en las zonas áridas
y semiáridas.
Tal fenómeno se expresa de diversas maneras, pero la principal
es el arrastre de sedimentos por los ríos y, sobre todo
en las áreas comprendidas entre dichas corrientes (interfluvios).
, por efecto de la precipitación, lo que prevalece sobre
los demás agentes erosivos. De esta forma y en virtud de
la creciente devastación de extensiones de nuestro país,
antaño cubiertas por una rica y diversa vegetación
(fundamentalmente en las zonas tropicales). la erosión
hídrica se ha convertido en uno de los problemas ambientales
más críticos, puesto que si para la década
de los setenta, 80% del país sufría problemas de
erosión en diversos grados; en la actualidad se estima
que los suelos afectados representan un 86% del territorio nacional9
(OIKOS, mayo-junio 1990).
Las áreas más erosionadas son las de mayores pendientes,
así como las zonas áridas o subhúmedas, en
donde la limitante del agua no permite la presencia de la cubierta
vegetal durante todo el año. Las altas tasas de erosión
reportadas en zonas montañosas derivan, en gran medida,
de la ganadería extensiva y del cultivo intensivo del maíz
en condiciones de un manejo agropecuario inadecuado. En resumen,
los problemas de erosión provocan una pérdida de
productividad en los ecosistemas afectados y traen consigo problemas
de azolve de presas, fenómenos de eutroficación,
contaminación de ríos y lagos, inundaciones y reducción
de acuíferos.
Otro problema que afecta los suelos es la salinización.
Característico de las zonas de riego agrícola que
consumen grandes cantidades de agua, habida cuenta que las concentraciones
altas de iones cloruro, sulfato y carbonato son tóxicas
para las plantas e impiden su cultivo.
Más del 10% de la superficie total irrigada en nuestro
país, presenta problemas de salinización, principalmente
los distritos de riego del noroeste, como el del Río Colorado
en Baja California Norte, del Río Fuerte, del Río
Culiacán y del Río Humaya, en Sinaloa, así
como los del Río Mayo y el Río Yaqui en Sonora (FUV
1990:91).
Asimismo, como las aguas residuales de la población suelen
utilizarse para riego agrícola, sin tratamiento previo,
se ha observado una notable disminución en el rendimiento
medio de diferentes cultivos, determinándose que el factor
edáfico se encuentre afectado por esa causa.
Flora
y fauna
México
es un país cuya gran diversidad biológica es reconocida
mundialmente. La presencia de una fisiografía muy variada
y una posición geográfica que lo sitúa como
frontera de dos regiones biogeográficas, contribuyen de
manera determinante a este hecho. Los diferentes ecosistemas del
territorio ofrecen abrigo a uno de los inventarios silvestres
más completos y variados del planeta.
En cuanto a su fauna, México ocupa el segundo lugar mundial
en diversidad de mamíferos (cuenta con 449 de las 4 170
especies que hay en el mundo). después de Indonesia que
tiene 515. En aves, México ocupa el duodécimo lugar
( 1 150 especies de las 9 198 existentes). con 30% más
que las que contienen juntos Estados Unidos, Canadá y Rusia.
En anfibios ocupa el cuarto lugar con 282 de las 4 184 que existen
(63% de las especies son endémicas). En reptiles ocupa
el primer lugar con 717 especies de las 6 300 que se tienen registradas,
de las cuales 574, es decir 80% son endémicas. En mariposas
de la familia Papilionidae, México ocupa el décimo
lugar con 52 especies de las 1 012 registradas y además
cuenta con un total de 2000 especies de mariposas diurnas. En
plantas vasculares ocupa el cuarto lugar con 25 000 especies de
las 250 000 y se estiman en 30 000 más las que aún
no se han descrito en México.
Cabe señalar que entre los países neotropicales
de alta diversidad, México ocupa el primer lugar en mamíferos,
el séptimo en aves, el cuarto en anfibios, el primero en
reptiles, el sexto en mariposas y el tercero en plantas. (CONADE
1992: 61).
Tal diversidad ha ofrecido una gran cantidad de posibilidades
de aprovechamiento para los distintos pueblos que han habitado
nuestro territorio. Existe una gran cantidad de plantas que han
sido empleadas por los distintos grupos étnicos indígenas
para fines alimentarios, medicinales, habitacionales y rituales.
Esta enorme variedad de aplicaciones no ha sido aprovechada con
fines comerciales, reduciéndose prácticamente a
una aplicación doméstica, cada vez más en
desuso por efecto de la tranculturación.
El aprovechamiento de la flora silvestre se ha enfocado principalmente
a la explotación masiva de algunos grupos, particularmente
las coníferas, maderas preciosas, plantas ornamentales,
rizomas, ceras y resinas. No obstante, se estima que son aproximadamente
5 000 las especies de flora que se encuentran sujetas a algún
tipo de aprovechamiento por parte de las comunidades indígenas.
En cuanto a la fauna silvestre, su aprovechamiento se ha orientado,
principalmente a los usos cinegético, peletero, ornamental
y científico. En el calendario cinégetico, publicado
en el Diario Oficial de la Federación, en agosto de 1990,
se consideran 105 especies destinadas a propósitos de cacería;
de éstas 56 son aves y 42 mamíferos (CONADE 1992).
Las condiciones geográficas del país le confieren
características variadas que permiten la existencia de
una cubierta vegetal que lo sitúa enntre los países
con mayor diversidad florística del mundo; así,
tiene representados en su territorio prácticamente todos
los biomas que se han descrito en la Tierra. La superficie forestal
ocupa 73.3% del territorio nacional; es decir, 143.6 millones
de hectáreas, cuya superficie arbolada constituída
por bosques y selvas, ocupa 38.9 millones de hectáreas,
o sea, 19.9% de la superficie total del territorio (CONADE 1992).
De estos ecosistemas no todos son aprovechables forestalmente;
sin embargo, se consideran como tales: bosques de pino, pino-encino,
encino, encino-pino-enebro, liquidámbar, pino-enebro, oyamel,
oyamel-pino, pino-oyamel, cedro blanco, encino-liquidámbar,
aile, oyamel-enebro, enebro-encino, eucalipto, enebro-pino y pirul.
En la producción forestal no maderable, los productos con
mayor consumo son: la resina de pino, de la cual se extraen aguarrás,
brea y aceites esenciales y cubre casi 65% de la producción
nacional de estos productos; siguiéndole en importancia
las fibras, rizomas, ceras y gomas. Victor Manuel Toledo (1991).
indica que "la predominancia de los productos no maderables
sobre los maderables, rechaza la idea común de que las
selvas tropicales sean principalmente productoras de madera".
Por otro lado, también son aprovechables la vegetación
de galería, así como las selvas alta perennifolia,
media subperennifolia, media subcaducifolia, media caducifolia
y sus respectivos secundarios y, finalmente, los manglares.
Son particularmente abundantes los bosques de pino y encino, ya
sea formando bosques puros o compuestos, en donde predomina algunos
de los elementos. Con la posible excepción de la Península
de Yucatán, existen estos bosques en casi todo el país.
Su distribución coincide, a grandes rasgos, con la de los
macizos montañosos.
Con una extensión un poco menor, las selvas altas y medianas
constituyen las comunidades más ricas y variadas que se
distribuyen en el este y sureste del país, así como
en las vertientes del Golfo de México y el Pacífico
desde el centro del Estado de Sinaloa hasta Chiapas.
Los otros ecosistemas, constituidos por selvas bajas, chaparrales,
mezquitales, matorrales y vegetación hidrófila,
presentan un aprovechamiento forestal específico por parte
de las familias campesinas, en la elaboración de artesanías,
fabricación de utensilios, pequeñas construcciones
como cercas y alambradas o como combustible. Pero además,
se explotan de manera comercial, entre otras, la jojoba y la candelilla
para la extracción de aceites y ceras de alta calidad para
el mercado nacional y para exportación.
En este sentido cabe agregar que el potencial económico
de las zonas áridas y semiáridas es muy grande y
muestra expectativas de aprovechamiento que no perjudican significativamente
sus respectivos ecosistemas. Estudios al respecto demuestran que
es posible aprovechar comercialmente especies como el guayule,
la gobernadora y diversas cactáceas, entre muchas otras,
a partir de un manejo que permita al ecosistema absorber la perturbación,
favoreciendo así su dinámica de resiliencia; es
decir, el pluralismo simbiótico que caracteriza a la naturaleza.
La vegetación predominante en el territorio nacional es
el matorral xerófilo (28.6%). , seguida de la superficie
arbolada (bosques y selvas). y pastizales naturales. Es de notar
también que el matorral, que ocupa cerca de 56 100 000
ha., es la comunidad vegetal que probablemente esta menos alterada
por las actividades humanas (CONADE 1992). Por el contrario, la
afectación de bosques y selvas ha sido muy significativa,
siendo que estos operan como los grandes reguladores del clima,
además de constituir la fuente de oxígeno más
importante y desempeñar un papel importante en el control
de las inundaciones y la erosión. Aparte de ser recursos
para satisfacer la demanda de productos como madera y papel, los
bosques proporcionan servicios difíciles de cuantificar,
como la protección de cuencas hidrológicas, indispensables
para el abastecimiento de energía hidroeléctrica
y agricultura bajo riego, así como por constituir el medio
ambiente de la fauna y flora silvestres.
Respecto a las especies de flora y fauna acuáticas, aunque
no existen inventarios que arrojen información sobre su
cantidad y potencial aprovechable, se estima que en nuestras aguas
marinas habitan más 800 especies de peces. También
se sabe que se explotan quince especies de crustáceos,
18 de moluscos y únicamente tres de algas marinas (CONADE
1992).
La ictiofauna dulceacuícola de México está
constituída aproximadamente por 500 especies, distribuidas
en 47 familias. De aquellas, son más de 60 las que se explotan
regularmente. Los endemismos son múltiples y las cuencas
más importantes en este aspecto son las de los ríos
Lerma-Santiago, Usumacinta, Grijalba y Panúco; así
como las cuencas endorréicas de Cuatro Ciénegas
en Coahuila, Chichancanab en Yucatán y las lagunas de la
Media Luna en San Luis Potosí.
Por otro lado, se sabe que actualmente son quince las especies
de anfibios y reptiles que se aprovechan, entre las que se encuentran,
en primer término, las tortugas dulceacuícolas y
las ranas.
En este estado de cosas es evidente que nuestro país enfrenta
serios problemas ambientales que ponen en peligro la sobrevivencia
de cientos de especies vegetales y animales10.
La deforestación de miles de hectáreas de selvas
y bosques; la desecación de pantanos, humedales, esteros
y otros cuerpos de agua; la contaminación del suelo, aire
y agua; el tráfico de especies como los psitácidos
y las cactáceas, las prácticas cinegéticas
ilegales y la cacería de individuos jóvenes que
no alcanzan la edad reproductiva; el avance de la mancha urbana
y de la frontera agropecuaria; la introducción de especies
exóticas; entre otras, son las causas principales. De las
especies de flora y fauna existentes en México se calcula,
de manera preliminar, que 242 se encuentran en peligro de extinción;
435 están amenazadas y 164 son especies raras. Del total
de especies antes mencionado, 400 son endémicas y, de estas
últimas, 124 se encuentran en peligro, 180 están
amenazadas y 96 son raras. Entre estas especies se encuentran,
por ejemplo, el lobo mexicano, diversas tortugas marinas, el teporingo,
el águila arpía, el carpintero imperial, el jaguar,
el cedro de Guadalupe y la biznaga del Pedregal de San Angel (CONADE
1992). Se espera que el ingreso de México al CITES (Convention
on International Trade in Endangered Species of Wild Flora and
Fauna), en junio de 1991, muestre resultados concretos en el corto
plazo.
En relación con los recursos acuáticos, tanto costeros
como continentales, éstos han sufrido severas perturbaciones,
debido a la contaminación producida por el vertimiento
de aguas residuales, la pesca incidental, los asentamientos en
torno a plantas de procesamiento de productos pesqueros y la actividad
de los centros turísticos. Existen efectos notorios como
la destrucción de manglares y de recintos naturales para
el refugio, la alimentación, la reproducción y la
crianza de numerosas especies acuáticas migratorias. Los
problemas principales que afectan estos recursos son: la sobre
explotación de las especies de alto valor comercial y el
impacto ambiental sobre los elementos funcionales y estructurales
de los procesos ecológicos que tienen lugar en el entorno
acuático, sea continental, costero u oceánico. Todo
ello repercute en la disminución de la productividad de
la pesca a gran escala y la tradicional y el abatimiento de especies
importantes, desde el punto de vista comercial y ecológico.
Aun no han sido evaluadas, con precisión, las modificaciones
generadas en los fondos oceánicos y en los litorales.
En el caso de la fauna acuática, han sido y son explotadas
una gran cantidad de especies migratorias, como las tortugas marinas.
A las playas de nuestros litorales arriban a desovar siete de
las ocho especies que existen en el mundo, mismas que hasta mayo
de 1990 (fecha en que se decretó la veda total). soportaban
una pesquería de gran magnitud, en particular la tortuga
golfina, que era la única cuya captura se encontraba legalmente
permitida.
En la sección denominada "Actividades Primarias"
se formulan algunas consideraciones respecto de las consecuencias
negativas que han ocasionado las actividades pesqueras a los ecosistemas
marinos. Pero aquí es conveniente señalar, en lo
que se refiere a la actividad acuacultural, y específicamente
la camaronicultura, los impactos ambientales que pueden producir
las varias granjas camaroneras existentes en ambos litorales,
cuya instalación y operación deben planearse de
tal suerte que no desequilibren sus respectivos ecosistemas. Lo
anterior porque estas granjas modifican el flujo natural del agua
y, en ocasiones, contribuyen a la destrucción de los manglares
asociados. También obstruyen el libre flujo e intercambio
de nutrientes en los esteros, así como el movimiento continuo
de los organismos eurihalinos, entre el mar y estos ecosistemas.
En cuanto a la captura del camarón, es importante señalar
que se desconoce, en parte la composición cuantitativa
y cualitativa de la fauna de acompañamiento, así
como sus variaciones temporales, estacionales y geográficas.
No obstante, es conocido el hecho de que la relación de
captura entre el camarón y su fauna de acompañamiento
es de aproximadamente 1:10. Este volumen de fauna de acompañamiento
atrapada, generalmente, se regresa al mar como desperdicio.
La fauna de acompañamiento no se ha aprovechado adecuadamente
debido a la carencia de tecnología apropiadas para su conservación
y almacenamiento en las embarcaciones, considerando la diversidad
de especies y tamaños que la componen. A manera de ejemplo,
se han encontrado hasta 218 especies de fauna de acompañamiento
del camarón en el Mar de Cortés, pertenecientes
a tres familias de celenterados, catorce de artrópodos,
nueve de equinodermos, 20 de moluscos y 54 de cordados, principalmente
peces. El valor comercial de esta fauna no se aprecia. (CONADE
1992).
Deforestación
Según
el Programa Nacional para la Protección del Medio Ambiente
1990-1994, en México se reportan crecientes índices
de deforestación, equivalentes a 500 mil hectáreas
al año. Al margen de la estimación anterior, declaraciones
recientes del Subsecretario Forestal de la SARH, Manuel Mondragón
y Kalb, indican que suman "30 millones de hectáreas
las que a través de varias décadas han sido afectadas
por la deforestación", y que el Gobierno federal tiene
el propósito de que para 1994 "México tenga
una superficie en equilibrio entre la reforestación y la
deforestación... Durante el presente año (1991).
, se pretende reforestar de 30 a 50 mil hectáreas".
El problema de la deforestación se atribuye no sólo
a la expansión de la frontera agropecuaria y al crecimiento
urbano, sino también a los incendios forestales naturales,
accidentales e inducidos. Por su parte, según afirma Carabias
(1988). , la deforestación anual abarca cifras mucho mayores,
ubicándola entre 400 y 800 mil ha y reconociendo que "más
de 60 millones de hectáreas están seriamente erosionadas,
otros 70 millones presentan erosión moderada y casi un
15% de la flora se ha declarado en peligro de extinción".
Otras fuentes (V: Toledo 1987, en FUV 1990: 114). indican que
la deforestación anual puede estimarse en 1.5 millones
de hectáreas:
Para las décadas 1940-1950, 1950-1960 y 1960-1970 (se registraron).
incrementos anuales promedio en la superficie ganadera de 1.11,
1.08 y 1.14 millones de hectáreas respectivamente, las
que, junto con los incrementos registrados entre 1981 y 1983 dejan
un ritmo de deforestación, sólo por razón
de expansión ganadera, de 1.1 millones de hectáreas.
Si a esto se agrega la cifra de nuevas tierras abiertas anualmente
a la agricultura y de la pérdida por incendios forestales,
la cifra de 1.5 millones de hectáreas deforestadas anualmente
bien puede manejarse como bastante probable.
Retomando a Carabias y como contraparte a lo anterior, sólo
el 0.86% del territorio se encuentra protegido en algunos parques
nacionales, reservas ecológicas, parques urbanos y monumentos
naturales. Peor aún, el 50% de estas áreas de jurisdicción
de protección, también están deterioradas
por la tala, sobrepastoreo y erosión, debido a la carencia
de recursos financieros.11
En cuanto a incendios, durante 1988, estos afectaron a 518 265
ha en todo el país. En 1989, como consecuencia del Huracán
Gilberto en el año anterior y la intensa sequía
en el norte del Estado de Quintana Roo, los incendios forestales
afectaron 119 233 ha en dicha entidad, alcanzándose la
cifra de 507 471 ha en el territorio nacional (CONADE 1992).
Un caso particular lo constituye la Selva Lacandona. La zona lacandona
y gran parte de la cuenca del río Usumacinta, constituyen
el área compacta de selva alta perennifolia más
extensa del territorio nacional. Antes de 1970, esta selva ocupaba
más de 1 millón 200 mil hectáreas, pero en
los últimos quince años la superficie arbolada se
ha reducido casi a la mitad; o sea, una deforestación que,
de continuar a ese ritmo, hará desaparecer el ecosistema.
A este respecto, un estudio preliminar sobre deforestación
en la región fronteriza del Río Usumacinta (A. Cortés
Ortíz 1990). afirma que hasta 1980, la frontera México-Guatemala
presentaba una cubierta vegetal relativamente uniforme; en tanto
que en 1988, la mayor parte de la misma, en el lado mexicano,
estaba desmontada de tal modo que solamente la selva alta perennifolia
se había reducido de 3 209.5 ha a 2 032.25 km2. Esta deforestación
se ha hecho para favorecer las actividades ganaderas, sin una
planificación adecuada, lo que ocasiona y ocasionará
fuertes problemas ecológicos y sociales.
La región aún selvática de la zona lacandona
se localiza al noreste de Chiapas, comprendiendo los municipios
de Palenque, Ocosingo y Margaritas, los cuales han seguido deforestándose
en beneficio de la ganadería extensiva y de una agricultura
temporalera de roza, tumba y quema. A este deterioro hay que agregar,
según informes de Quadri (1987), los efectos de la explotación
petrolera que contribuyen a la destrucción.
Para preservar, en alguna medida, el equilibrio ambiental de la
región, por Decreto presidencial de 1978 se creó
la Reserva de la Biosfera de Montes Azules, protegiéndose
con ella 331 mil ha de las 600 mil que aún subsisten de
la selva alta. Por su parte y en años recientes, la SEDUE
diseñó un Programa de Desarrollo Integral Zona Reserva
de la Biosfera Selva Lacandona, con propósitos de investigación
y preservación biótica, así como para desarrollar
actividades productivas con criterios ecológicos. algunos
grupos ecologistas señalan que el Programa se ha quedado
en buenos propósitos, por lo que sería conveniente
una evaluación de sus resultados (Quadri 1987). Más
recientemente (junio 1991). , la SEDUE concertó un importante
convenio con el Gobierno del Estado de Chiapas que destaca la
necesidad del desarrollo integral de la entidad en armonía
con el ambiente. El documento comprende las políticas que
habrán de seguirse para preservar este vital ecosistema
tropical.
2) Impacto ambiental de las actividades económicas.
La preocupación mundial por los problemas de medio ambiente
y su impacto en la calidad de vida, como binomio sociedad-naturaleza,
se asocia con los efectos de un desarrollo basado en la economía
de mercado. La articulación insoslayable entre los satisfactores
que, de manera creciente, demanda la población y la urgencia
de preservar par alas generaciones futuras los recursos naturales,
conduce al análisis de la problemática implicada
en las actividades económicas primarias, secundarias y
terciarias.
En el caso México, las políticas para promover la
producción primaria, en las últimas décadas,
se han caracterizado por ignorar la heterogeneidad ambiental,
implantándose modelos tecnológicos inapropiados
para las distintas condiciones ecológicas, los cuales no
siempre tienden al mejoramiento de la producción y, en
cambio, impactan negativamente sobre los recursos naturales.
En cuanto a las actividades secundarias, está probado que
la industria contribuye significativamente al desperdicio y contaminación
del agua; produce diariamente cientos de miles de toneladas de
desechos sólidos, muchos de ellos con características
tóxicas y peligrosas para la salud humana y el medio ambiente;
y ha sido una de las causas, en medida considerable, de la contaminación
atmosférica en todo sitio donde se hallan sus instalaciones.
En lo que corresponde a las actividades terciarias (transporte,
comercio, servicios municipales y servicios del sector público
y del privado). el problema fundamental radica en la producción
, acumulación y manejo inadecuado de sus desechos sólidos.
Actividades
primarias
Las
cinco actividades primarias que, de manera relevante, están
deteriorando los ecosistemas son: la agricultura, la explotación
forestal, la ganadería extensiva y el pastoreo, la porcicultura
y la pesca.
Según cifras del Informe Bienal de Ecología y Medio
ambiente 1990, las superficies en producción agrícola
de riego y temporal, correspondientes a los años 1982,
1985 y 1990 fueron, respectivamente, de 19.3, 20.6 y 22.9 millones
de hectáreas12, de acuerdo con la información del
Plan Nacional Hidráulico. En cuanto a cultivos de riego,
estos generaron aguas residuales que constituyen una fuente de
contaminación por arrastre de agroquímicos, con
un impacto creciente en los cuerpos de agua en proceso de eutroficación.
De acuerdo con el Informe citado, esas aguas residuales son estimadas
anualmente como sigue: 1980: 8 056.8 millones de m3, 1990: 8 345.0.
Extrapolando a futuro estas estimaciones, para el año 2000,
las aguas residuales ascenderán a 11 085.0 millones de
m3.
Aún más, en una arista distinta del problema, la
actividad agrícola al utilizar el suelo y el agua de los
ecosistemas naturales, muchas veces, de modo indiscriminado y
exhaustivo, ocasiona la extinción de especies vegetales
y animales, y modifica las relaciones ecológicas originales.
Esto da como resultado un ecosistema artificial, en el cual fueron
alterados los ciclos del agua y de los nutrientes al tiempo que
las cadenás tróficas. Al desaparecer ciertas plantas
e insectos que en el ecosistema original funcionaban como predadores
—o en competencia con el resto de las especies—, otras
de ellas comienzan a proliferar y compiten alimentariamente con
los propios cultivos, lo cual obliga a aplicar agroquímicos
diversos para obtener un relativo equilibrio dentro del ecosistema
artificial. Dicho de otra manera, éste se vuelve dependiente
de la acción humana para su manejo y mantenimiento. Algunos
datos (Strahm y Oswald 1990:98). muestran que de 1970 a 1989,
en México ha habido un incremento de 218% de fertilizantes
químicos por hectárea, por sólo un aumento
de 68% de rendimiento por hectárea de trigo o arroz.
La actividad forestal, por otra parte, ha venido desarrollándose
de una forma que ocasiona la modificación del ciclo hidrológico
debido, principalmente, por la transformación de la cubierta
vegetal original. Como ya se mencionó, la pérdida
de la vegetación, además de la destrucción
del hábitat de la flora y la fauna silvestres, incrementa
el escurrimiento, disminuye la infiltración y puede alterar
ciertos fenómenos climáticos. Ello produce cambios
en la recarga de acuíferos, aparición de inundaciones
catastróficas, reducción de humedad en las laderas
(lo cual favorece la aparición de incendios forestales).
, cambios en la dinámica geomorfológica y, por supuesto,
erosión, el más severo problema ecológico
del país.
El aprovechamiento forestal ha sido proclive a la explotación
de unas cuantas especies de alta estima económica, como
son las maderas llamadas preciosas (caoba, cedro rojo, guanacastle,
ceiba, entre otros). y las coníferas (pino, oyamel, cedro
blanco, ciprés, encino, etcétera). El 80% de la
madera proviene de la explotación de especies de pino extraídos
de Durango, Chihuahua, Michoacán y Jalisco.
Basar la producción maderable prácticamente sólo
en el pino ha sido causa de un deterioro de las zonas templadas.
Esta sobreexplotación de los bosques de pino contrasta
con el desperdicio de recursos maderables de las zonas tropicales.
En las selvas, a pesar de que se tumban centenares de hectáreas
para convertirse primero en campos agrícolas y después
en potreros, la madera no es utilizada más que para el
autoconsumo, el resto por lo general se quema. Sólo las
maderas tropicales preciosas tienen demanda y un mercado establecido.
Durante décadas han sido extraídas sin preocuparse
de su capacidad regenerativa. Por ello casi se han agotado, afectando
no sólo el hábitat que ocupan, sino la intrincada
cadena trófica de la cual forman parte. Tal es el caso
de la caoba, que en la selva lacandona constituía un recurso
abundante en el pasado.
Otra forma de explotación forestal es la de los productos
no maderables como las resinas, fibras, rizomas, ceras y gomas,
entre otros. La mayoría de los cuales se exportan como
materias primas, pero la falta de regulación de la explotación
de los recursos no maderables, también ha causado daños
a los ecosistemas. Ejemplos conocidos son el tráfico que
existe con la palma Chamaedorea, componente del sotobosque de
las selvas tropicales, que por millares es vendida diariamente
en el clandestinaje; o la sobreexplotación de la candelilla.
Para 1989 se estimó que México había perdido
ya más del 95% de sus selvas húmedas; más
de la mitad de sus selvas bajas; más de dos terceras partes
de sus bosques mesófilos y una significativa proporción
de sus humedales (La Jornada, 19-VI-1989). Veracruz, Campeche,
Chiapas y Tabasco se convierten rápidamente en un enorme
potrero. En el norte del país, donde está concentrada
la mayor cantidad de ganado vacuno, el problema es diferente.
La ganadería se establece en los ecosistemas naturales,
generalmente, matorrales. La superficie que una vaca requiere
para alimentarse en estas condiciones puede llegar a ser de 20
a 40 ha. Esto, dado las características de la legislación
que establece como pequeña propiedad ganadera aquella que
sea necesaria para sostener a 500 cabezas de ganado, propicia
la reconcentración de tierras en neolatifundios de hasta
20 o 25 mil ha. En contraste, la mayoría de los campesinos
sólo cuenta con una hectárea para cultivar (Carabias
1988). Un informe más detallado sobre la ganadería
y su impacto ambiental (J. Carabias 1990). indica que:
más del 50% del territorio nacional (100 millones de hectáreas).
está dedicado a la ganadería bovina de libre pastoreo.
Alrededor de 37 millones de cabezas de ganado vacuno, que producen
un millón de toneladas de carne, han ocupado el 90% de
las selvas tropicales, el 25% del trópico, el 80% de las
zonas áridas y semiáridas y el 20% de las templadas.
Se establecen incluso en terrenos con potencialidad agrícola.
Es una práctica productiva poco tecnificada e ineficiente
y derrochadora de recursos naturales, aunque económicamente
muy rentable. La rentabilidad se ha logrado a costa de los ambientes
naturales.
Resumiendo, puede decirse que la ganadería extensiva, por
un lado, es un serio problema ecológico que destruye sistemas
naturales y desperdicia decenas de especies útiles que
podrían aprovecharse y, por otro, genera un importante
problema social que profundiza las desigualdades de los productores
del campo.
En una perspectiva complementaria, es importante mencionar que
la actividad agrícola para producir alimento para la ganadería
intensiva ha venido ocupando una cada vez mayor superficie. La
alfalfa, la cebada, los pastos y el sorgo ocupan 75% y 70% de
los terrenos dedicados a cultivos de ciclo corto y perennes, respectivamente.
Si se remite esta actividad a la situación que guarda en
las distintas regiones ecológicas, encontraremos que la
superficie requerida para alimentar una cabeza de ganado (índice
de agostadero). en las áreas tropicales cálido-húmedas
es de 0.8 ha; pero se necesitan hasta 70 ha aproximadamente en
las porciones más secas del país. Tal situación
se agudiza debido a que la banca pública otorgó
prioridad en sus créditos y financiamiento, a principios
de los años ochenta, a la agricultura de ciclo corto y
cultivos perennes, aportando 76% del total de recursos económicos
que se canalizaron, en gran medida, a la producción de
alimento para ganado (FUV 1990: 125-126).
{Consecuentemente}, "la superficie dedicada a los cultivos
básicos se ha estancado en las últimas tres décadas.
Su incremento fue de 31%. Sin embargo, los cultivos destinados
al consumo animal crecieron en un 1000%, ocupando incluso importantes
extensiones maiceras en áreas de temporal. En los dos primeros
años de esta década se presentó una importante
revitalización de la superficie destinada a granos básicos,
como consecuencia de las políticas del Sistema Alimentario
Mexicano, tendencia que no se ha mantenido en el resto de la década...
Esta forma de desarrollo delc ampo mexicano ha provocado una fuerte
polarización del campesinado. Por un lado una agricultura
económicamente dinámica, basada en el capital, dedicada
principalmente a los cultivos comerciales, de exportación
y a los alimentos balanceados para la ganadería, ocupa
las mejores tierras agrícolas y utiliza una tecnología
costosa económica y energéticamente... En el otro
extremo, encontramos una agricultura marginada, productora principal
de los alimentos que demanda el mercado nacional, temporalera,
con escaso apoyo económico, técnico y de infraestructura,
con gran heterogeneidad de prácticas productivas y de ambientes
naturales, situada en las regiones más pobres del país,
donde se localizan los asentamientos indígenas (J. Carabias
1990).
En cuanto a la porcicultura, si bien no se cuenta con información
suficiente del consumo de agua que implica, ni de la generación
de aguas residuales, hay datos que aportan pistas sobre las magnitudes
de la contaminación producida. En la zona de la Piedad,
Michoacán, se ha observado que se utilizan de diez a quince
litros de agua por kilogramo de estiércol y que, en promedio,
se generan 2 kg de excremento por cabeza cada día, considerando
un peso promedio de los cerdos de granja de 70 kg (CONADE 1992).
La actividad de la crianza porcina representa actualmente un aspecto
crítico de deterioro ambiental y sanitario en las regiones
donde se practica, debido a la agresividad de sus desechos, al
escaso o nulo tratamiento que reciben y a la inadecuada disposición
final de los mismos. Se han realizado y se realizan grandes esfuerzos
por resolver este problema.
La producción de ganado porcino se desarrolla, preponderantemente,
en los estados de Guanajuato, Jalisco, México, Michoacán,
Sonora y Veracruz; observándose un crecimiento constante
en la producción. En forma específica, el corredor
comprendido entre las poblaciones de Abasolo, Guanajuato y La
Piedad, Michoacán se ha caracterizado por ser el lugar
de mayor relevancia, a nivel nacional, en la generación
de contaminantes por esta actividad.
Por último, la pesca representa una industria que se ha
desarrollado en relativamente poco tiempo en el país, dada
su riqueza acuática, toda vez que, en la actualidad, México
se encuentra entre los primeros 17 países pesqueros, con
una producción aproximada de 1 574 000 toneladas en el
período noviembre 1989-octubre 1990. A este desarrollo
ha contribuído de una manera cada vez más evidente
la acuacultura, la cual aportó con 179 000 toneladas en
el mismo período.
Por otra parte, las 2 239 embarcaciones con redes de arrastre,
especialmente las camaroneras, hacen un barrido en el fondo del
mar, acarreando muchas especies no deseadas por la tripulación
que son devueltas al mar, por lo general ya sin vida -delfines,
tortugas marinas, fauna de acompañamiento del camarón,
etcétera- (CONADE 1992). Ante este tipo de deficiencias
de la actividad pesquera, a mediados de 1990, el Instituto Nacional
de la Pesca inició estudios con miras a corregirlas.13
Actividades
secundarias
Es
el sector industrial el que genera volúmenes más
significativos de la contaminación de agua y suelo y, en
menor proporción actualmente, en aire. Por consecuencia
en esta parte se considerarán solamente los giros industriales
que, de acuerdo con informaciones técnicas y científicas,
contribuyen mayoritariamente al deterioro del medio ambiente.
El sector industrial, según los índices de extracción
(captación), consumo y contaminación del agua, se
ha clasificado en 39 grupos, de los cuales nueve son los que mayor
cantidad de aguas residuales producen: azúcar, química
en general, papel y celulosa, petróleo, bebidas, textiles,
siderúrgica, eléctrica y alimentos. En conjunto,
estos nueve grupos arrojan 81.7% del total de aguas residuales
de origen industrial. Sólo los dos primeros representan
59.8% del total (CONADE 1992).
En cuanto a la generación de residuos sólidos, el
sector industrial genera 370 mil toneladas diariamente. De este
total, según cifras consignadas en el Informe General de
Ecología (SEDUE-CONADE 1988) 8 219 toneladas/día
(3 millones anuales). fueron considerados de naturaleza peligrosa.
No obstante, otras fuentes (SEDUE-PNPMA 1990-1994; CONADE 1992)
consideran cantidades entre 13 y 14 mil toneladas por día
de residuos sólidos peligrosos. El Programa Nacional de
Protección al Medio Ambiente 1990-1994, por ejemplo, menciona
que la explotación minera genera más del 90% de
los residuos a nivel nacional, que representa 120 millones de
toneladas/año (328 767 toneladas/día), algunos de
ellos francamente peligrosos por su alto contenido de metales
pesados. Por su parte, los procesos siderúrgicos y de fundición
de chatarra producen además polvos y lodos que contienen
metales pesados, como cromo, plomo y cadmio, entre otros. Un gran
número de estas industrias depositan sus residuos en terrenos
baldíos y basureros municipales.
Datos de la Fundación Universo Veintiuno (1990: 16 y 93).
señalan que este problema se encuentra tan sin control
que el 49% de los desechos municipales se tiran a cielo abierto,
35% en lotes baldíos y carreteras y sólo 16% restante
se trata o confina en rellenos sanitarios y plantas de recuperación
e industrialización de materiales. De estas últimas,
únicamente se han constituído cinco que operan en
San Juan de Aragón, D.F.; Zapopan y Tonalá, Jalisco;
Monterrey y Oaxaca, con una capacidad instalada total de 2 070
toneladas diarias. Cantidad insignificante, en virtud de las cifras
precedentes y cuando se estima que se producen alrededor de 693g/hab./día
de desechos; proceso en que recientemente se ha observado un incremento
de desperdicios de origen industrializado como papel, plásticos
diversos y vidrio.
Por otra parte y a diferencia de los contaminantes orgánicos,
el plomo no se degrada biológica ni químicamente
en la naturaleza. De allí que la presencia de este metal
en el organismo humano, o en plantas y animales, en niveles que
rebasen los índices normales de absorción y concentración
estipulados como tolerables, sean motivo de preocupación
a nivel mundial. En el caso México, un estudio difundido
por el Grupo de los Cien (El Día, 29-V-1991). indica que
los niños del Distrito Federal pueden contener en su organismo
cantidades peligrosamente superiores a las estipuladas por la
OMS. El estudio en cuestión fue realizado, por una parte
en el Hospital Infantil de México, y por la otra, es resultado
de investigaciones llevadas a cabo por la química Hilda
Muñoz y los doctores Palazuelos y Hernández. El
plomo interviene en procesos industriales muy diversos (pigmentos
para pinturas, combustibles para motores, soldadura de latas para
envasar jugos, chiles y otros, fabricación de lápices,
etcétera). Aunque actualmente las autoridades están
imponiendo mayores restricciones para disminuir, en lo posible,
la utilización del plomo (en la gasolina y en la fabricación
de tuberías y latas), las poblaciones urbanas y las que
habitan zonas periféricas a las industrias, presentan concentraciones
elevadas de plomo en la sangre, debido a la inhalación
de humos y a la ingestión de partículas contenidas
en el agua y en los alimentos.
Otro motivo de preocupación en cuanto a riesgos para la
salud ocasionados por los procesos industriales, es el reportado
por Iván Restrepo (1991) referente al alto grado de contaminación
por asbesto que presentan las ciudades fronterizas de Mexicali,
Ciudad Juárez, Chihuahua, Hermosillo y Piedras Negras en
las que frecuentemente se utilizan tanques de este peligroso material
par almacenar agua.
Un estudio de dos investigadores de la Universidad de Amsterdam
revela que 350 colonias de la Ciudad de Chihuahua, donde habitan
450 mil personas cuentan con tubería de asbesto, mientras
el 80% de las viviendas de Mexicali disponen de tanques de almacenamiento
de agua fabricados con dicho material, sobradamente reconocido
por su potencial carcinógeno. En tanto se reveló
que tambos de 200 litros utilizados por las maquiladoras para
almacenar substancias tóxicas y peligrosas, como plomo
y sulfato, posteriormente los utiliza la gente para guardar agua
que luego les sirve para preparar alimentos y otros usos caseros.
Ello provoca un lento envenenamiento que empieza a manifestarse
en casos de leucemia, sobre todo en niños.
Por otra parte, los agroquímicos representan otra importante
fuente de contaminación ambiental. Los fertilizantes depositan
grandes cantidades de nitratos y fosfatos en los sistemas de agua
dulce, favoreciendo una intensa actividad biológica que
genera consecuencias indeseables, como la acumulación de
plantas acuáticas en lagos y embalses, eutroficación
y afectación de la vida acuática.
En nuestro país, el empleo y aplicación de plaguicidas
y fertilizantes, tanto para propósitos de agricultura como
para la salud pública, se inició apenas en 1946.
En la actualidad, con el objeto de incrementar la producción
y como protección contra las plagas, el uso de insecticidas,
herbicidas y fungicidas es común en todas las zonas agrícolas
del país. La utilización de compuestos químicos
para el control de plagas causa impactos negativos tanto al ambiente
como a la salud, e incluso, a la larga, actúa desfavorablemente
en el proceso productivo del sector agropecuario. Es sabido que
muchos insecticidas (las aldrinas, por ejemplo). matan sin distinción
a todos los organismos del suelo, o sea también a aquellos
que, en otras condiciones, tendrían funciones simbióticas
favorables a las plantas en cultivo, como en el caso de las leguminosas,
donde las bacterias nitrificantes ayudan a fijar el nitrógeno
en las raíces de la planta.
La acumulación de ciertos insecticidas (caso DDT) en tejidos
de plantas y animales ha sido probada ampliamente. El camino seguido
por el veneno ha sido este: el insecticida aspersado sobre el
follaje del cultivo fue disuelto por la lluvia y cayó al
suelo. Después fue absorbido por los gusanos de la tierra.
Estos almacenaron el DDT en su organismo sin estar aparentemente
intoxicados ellos mismos. Pero los jóvenes pájaros
alimentados con estos gusanos de tierra murieron envenenados en
la primavera siguiente. Un caso paralelo es el de numerosos insecticidas
disueltos por las lluvias y que se escurren hacia los arroyos,
lagos y estanques utilizados en acuacultura, acumulándose
"en el plancton y alimento de los peces, teniendo una influencia
directa sobre ellos. Los salmónidos (salmones, truchas).
son particularmente sensibles a estos tóxicos". Por
efecto sinergético (multiplicador). se ha observado que:
cuando una vaca, por ejemplo, come la hierba que ha sido tratada
con DDT, dialdrina y heptacloro, estas sustancias se acumulan
en la grasa y reaparecen en la leche. La fabricación de
leche condensada aumenta la concentración... al pasar estos
alimentos contaminados al tracto digestivo del hombre, el efecto
tóxico multiplicado puede ser especialmente grave.
Así se consigna que investigaciones sobre malestares digestivos,
detectados en lactantes, han manifestado la presencia de DDT en
la leche materna (Kuhnelt 1969). Igualmente, se han encontrado
significativos rastros de DDT acumulados en la grasa de fauna,
alejada considerablemente de los sitios donde se realizó
la aplicación, como el caso de los pingüinos de la
Antártida.
Todo lo anterior, además de los problemas causados al suelo
por efecto de la salinización y pérdida de fertilidad
que han sido mencionados en apartados previos. Por lo mismo, es
conveniente promover el control integrado de plagas, que incluye
el uso de plaguicidas en mínimas cantidades, dando énfasis
a los métodos biológicos de control, manejo del
hábitat y ciclos de vida de las plagas.
Otra actividad productiva que ha sido causa de destrucción
de los ecosistemas, es la petrolera. La exploración de
las reservas, la extracción de petróleo, su transformación
y los accidentes y fallas, han perturbado profundamente el agua,
el suelo y la atmósfera de ecosistemas terrestres y acuáticos,
lo cual ha afectado, a su vez, otras actividades humanas como
la pesca, la agricultura y la ganadería, y a la salud humana.
El trópico húmedo es la región que ha sido
más alterada. En ella se encuentran las mayores reservas
de petróleo, concentrándose además de los
pozos, la industria petroquímica. Es conocida la destrucción
de la flora y la fauna del río Coatzacoalcos debido a la
contaminación de las aguas causada por los desechos de
la petroquímica La Cangrejera, Pajaritos y Minatitlán-Cosoleacaque,
así como la alteración provocada al pantano de Santa
Alejandrina, a resultas de los 40 cm de grasas, aceites y fenoles
que se depositaron en él. Los efectos no solo recayeron
en la flora y fauna locales, sino en numerosas especies de aves
migratorias.
Otros ríos afectados han sido el Usumacinta-Grijalva por
la presencia de Ciudad Pemex, Cactus y La Venta; el Papaloapan,
por Matopiche, y el Pánuco, por Ciudad Madero. Diversas
y productivas lagunas se han visto afectadas, por ejemplo, Tamiahua
en Tamaulipas, Términos en Campeche, El Ostión en
la desembocadura del Coatzacoalcos y Superior en Oaxaca. Los motivos
de la contaminación en todos estos casos son diferentes.
En algunas lagunas, la exploración ha producido derrames,
en otras, la petroquímica vierte sus desechos a las aguas;
en otras más, las obras de construcción y la instalación
de ductos ha destruído selvas, manglares, palmares, pastizales
y campos de cultivo.
Los efectos se manifiestan en la destrucción de ecosistemas
y en la pérdida de tierras y aguas productivas. Numerosas
son las denuncias y demandas de campesinos de Tabasco que han
perdido sus tierras, cultivos y animales; o de cooperativas pesqueras,
que no sólo han visto desaparecer especies de peces de
los lagos y lagunas, disminuir drásticamente sus poblaciones,
acabar con los cultivos de camarones y ostiones, sino que también
sus artes de pesca se han deteriorado por el aceite, grasa y chapopote.
La industria petrolera, en sus procesos de refinación y
petroquímica, genera anualmente 1.7 millones de toneladas
de residuos. De este volumen, corresponde a desperdicios semisólidos
90.15%; a líquidos, 9.6% y a sólidos 0.25%. Se consideran
peligrosos a 13% del total. Los residuos que se reciclan representan
tan sólo 0.1%, siendo susceptibles de ser reutilizados
11% (SEDUE-PNPMA 1990-1994). Petróleos Mexicanos, desde
la misma explotación hasta la transformación y distribución
de sus productos ha llegado a afectar terrenos, principalmente
por derrames accidentales de hidrocarburos y por las aguas residuales
que se generan en los diferentes procesos.
La actividad petrolera y portuaria industrial en el Golfo de México
ha producido importantes beneficios para el país. No obstante,
la concentración de actividades inherentes a la explotación
de hidrocarburos ha impactado sensiblemente a la región.
Por igual se puede mencionar el corredor industrial del Bajío
y la zona de Tula-Vito-Apasco. En esta última, la explotación
y aprovechamiento de minerales, junto con la industria petroquímica
y la generación de energía eléctrica, han
superado la capacidad de asimilación del medio, con una
emisión de contaminantes del orden de 350 mil toneladas
anuales, siendo el bióxido de azufre y las partículas
las más abundantes -80%- (CONADE 1992).
Actividades
terciarias
En
lo que corresponde a las actividades terciarias (servicios), los
problemas ambientales que producen pueden resumirse como sigue.
Un efecto correlativo a la contaminación atmosférica
es el uso creciente del automóvil: 95% se emplean para
usos privados, transportan 19% de los viajes-persona-día,
ocupan 70% de la vialidad y consumen quince veces más combustible
por persona que el sistema colectivo. La cantidad de combustible
que emplean es muy elevada: entre 1970 y 1988 su consumo sólo
en la ciudad de México se incrementó a más
del doble y representó un tercio del total nacional. En
1980 automóviles particulares y taxis consumieron 4 903
millones de litros de gasolina (alrededor de 13.4 millones diarios).
y los autobuses y camiones 1, 102 millones de litros de diesel
(aproximadamente 3 millones diarios). Para 1988 la demanda había
crecido a 16.2 millones de litros de gasolina al día (casi
un litro por habitante). y más de 5 millones de diesel.
En este orden de evaluaciones, "las cifras correspondientes
al balance energético de México (sólo en
1984). nos permiten afirmar que: el transporte es una gran consumidor
de energía (ocupando el segundo lugar a nivel nacional).
" (L. Chía Becerril y V. G. Pérez 1990).
El ruido es otra forma importante de contaminación del
aire, típicamente originado por actividades terciarias.
El uso constante y creciente de vehículos automotores es
una de las principales fuentes de contaminación sónica.
En los últimos quince años, la tecnología
y las aglomeraciones han determinado su incremento en las ciudades.
La Organización Mundial de la Salud (OMS). considera que
el límite recomendable para no afectar el oído,
es de 85 decibeles (dB); sin embargo, desde los años sesenta,
en el primer cuadro de la Ciudad de México y en algunas
de sus arterias principales existían niveles superiores
a los 95 dB.
simismo,
la cabecera de aterrizaje del aeropuerto, la colonia Industrial
Vallejo y las delegaciones Atzcapotzalco, Cuauhtémoc y
Gustavo A. Madero, son zonas de la ciudad con graves problemas
al respecto (J. Legorreta 1991). Como es sabido, además
de los daños al aparato auditivo, el ruido puede producir
otras afecciones y molestias derivadas como el estrés.
Las veinticinco ciudades del país con mayor problema de
ruido, alfabéticamente, son (CONADE 1992). :
1.
Celaya 6. Guanajuato 11. Manzanillo 16. Pachuca 21. Saltillo
2. Colima 7. Hermosillo 12. Mazatlán 17. Puebla 22. Tepic
3. Chetumal 8. Irapuato 13. Mérida 18. Querétaro
23. Tijuana
4. Durango 9. C. Juárez 14. C. México 19. Salamanca
24. T. Gutiérrez
5. Guadalajara 10. León 15. Monterrey 20. S. L. Potosí
25. Zacatecas
El deterioro ambiental ocasionado por las actividades terciarias
tiene efectos especialmente dramáticos en la ciudad de
México, Guadalajara y Monterrey. Del total de los 81.1
millones de habitantes que, según los resultados preliminares
del Censo de 1990, viven en la República Mexicana, 28%
se concentran en estas tres ciudades, dando lugar a problemas
críticos derivados de la necesidad de abastecimiento (agua,
alimentos), servicios municipales y vivienda, así como
suministro de energéticos. Como contraparte, el 33% de
la población total se halla dispersa en pequeños
poblados rurales con menos de 2 500 habitantes cada uno, y 39%
restante en localidades de más de 2 500 y menos de un millón
(FUV-FES 1990: 15). Esta desigual distribución demográfica
está asociada directamente con los problemas ambientales
y coincide con la conflictiva social y económica que presupone
el desarrollo urbano adoptado en México, observándose
una marcada relación entre el nivel de contaminación,
el tamaño del asentamiento y el nivel de crecimiento económico.
En los últimos 50 años la presión ejercida
por el crecimiento demográfico e industrial y la deficiente
planeación del uso del suelo y sus recursos han motivado
un desarrollo desequilibrado, en donde los usos más comprometidos
del suelo se derivan de la interacción urbano-industrial,
minimizando la posibilidad de un desarrollo armónico y
maximizando los costos ambientales. La causa de estos desajustes
de crecimiento tiene sus antecedentes en el modelo de desarrollo
adoptado, a partir de los años cuarenta, que se centró
en el proceso industrial. Ello propició el rezago del sector
agropecuario, el cual fue incluido en el proyecto pero con la
peculiaridad de ser considerado como abastecedor de materias primas,
alimentos y mano de obra baratos.
De ahí que durante los últimos 50 años y
aunque la producción industrial en México aumentó
cincuenta veces, superando el crecimiento de la tasa demográfica
en 3.5% anual promedio, los rezagos de épocas pasadas no
han permitido dotar a la población mexicana del bienestar
deseable, habida cuenta que las altas tasas de crecimiento demográfico
aunadas a su inadecuada distribución, han ido aparejadas
a una creciente migración de los habitantes de pequeñas
comunidades rurales hacia las ciudades. Con el aumento descontrolado
de las poblaciones urbanas, aparecen mayores índices de
contaminación de aire, agua y suelo, así como la
pérdida constante de áreas naturales, o su afectación
como es el caso de muchas cuencas hidrológicas del país.
Es así que los grandes polos de desarrollo, por una parte,
demandan cantidades cada vez mayores de agua y, por otra, aportan
mayores volúmenes de contaminantes (aguas residuales y
desechos sólidos municipales e industriales). El suministro
de agua a los centros urbanos representa grandes erogaciones,
ya que en tanto las mayores demandas provienen de regiones situadas
por encima de los 500 msnm, la mayoría de las cuencas susceptibles
de servir como fuentes de abastecimiento se localizan por debajo
de esa cota. Estas condiciones han obligado a construir sistemas
de captación y conducción con inversiones extraordinariamente
costosas.
No se ponen en duda, sin embargo, los beneficios económicos
que los polos de desarrollo producen al país. No obstante,
sus ventajas no compensan los daños al medio ambiente y
a la salud, ni los costos sociales implicados. Es más,
el deterioro ambiental restringe las posibilidades de un desarrollo
sustentable de largo plazo, por lo que los procesos de urbanización
e industrialización deben verse con perspectivas cualitativamente
distintas a las que han dominado hasta la fecha. Esto conduce
a analizar de manera crítica situaciones que prevalecen
en ciudades fronterizas como Tijuana, Ciudad Juárez, Reynosa,
Matamoros y Piedras Negras y en puertos industriales y centros
turísticos como Acapulco, Coatzacoalcos, Ensenada, Salina
Cruz, Lázaro Cárdenas y Villahermosa que han visto
mermadas sus posibilidades de desarrollo y la calidad de vida
de la población, a consecuencia de los problemas ambientales
que padecen.
Urbanización
Aunque
en la sección anterior se han señalado algunos de
los problemas derivados de la expansión urbana descontrolada
que el país ha sufrido en los últimos años,
se ha abierto este apartado para precisar algunos datos referidos
a las tres ciudades más grandes: México, Guadalajara
y Monterrey, mismas que por sí solas concentran la tercera
parte de la población nacional; producen 40% de los contaminantes
emitidos a la atmósfera y generan 34% del total de aguas
residuales.
Guadalajara
El
crecimiento demográfico de la zona metropolitana de Guadalajara
en los últimos años ha sido tal que cuenta en la
actualidad con tres millones de habitantes, lo que se ha traducido
en un incremento en la demanda de energéticos y de transporte.
Se estima que la cantidad de vehículos automotores asciende
a 700 mil unidades; en tanto que ser reportan más de 23
mil establecimientos industriales, comerciales y de servicios
(industria química, fundición, generación
de energía eléctrica y cementera). Vehículos
y establecimientos comerciales generan 600 mil toneladas anuales
de contaminantes; 65% provienen de fuentes móviles y 35%
de las fijas.
La ciudad de Guadalajara y sus municipios conurbados han contribuido
de manera significativa a la degradación que presenta la
cuenca Lerma-Chapala-Santiago, al descargar en ella sus aguas
residuales municipales e industriales, así como por las
aguas de retorno agrícola. Como una extensión a
esta fuente de contaminación de la citada cuenca, debe
considerarse el corredor industrial Ocotlán-Tequila, congiros
de bebidas, ingenios azucareros, alimentos, industria metalmecánica,
papel, textil y hulera. Conviene agregar que además de
los contaminantes directamente aportados por Guadalajara, contribuyen
al deterioro ambiental de este sistema hidrológico, la
desecación y sobreexplotación del recurso agua en
esa cuenca, situación que ha disminuído gravemente
los niveles del lago de Chapala.
En cuanto a recolección, traslado y disposición
final de los desechos sólidos, el área metropolitana
de Guadalajara no cuenta todavía con sistemas adecuados
para esas operaciones. En la misma situación se hallan
las localidades de Ameca, Ocotlán, Puerto Vallarta, Ciudad
Guzmán y Lagos de Moreno. En relación con los residuos
peligrosos debe señalarse que gran parte de la Entidad
carece de confinamientos controlados para el caso. Igualmente
carecen de ellos, diversas áreas agrícolas del Estado,
contribuyendo así a la degradación del suelo (CONADE
1992).
Monterrey
La
ciudad de Monterrey pasó de 0.2 a 2.8 millones de habitantes
en el período 1940-1989. Circulan en ella más de
450 mil vehículos automotores y la actividad industrial
está representada por más de siete mil instalaciones
industriales, entre las cuales destacan: la rama metalmecánica,
de maquinaria y equipo; química, hule y plásticos;
madera y muebles; alimentos, bebidas y tabacos, y vidrio, cerámica
y material para la construcción. Estas industrias generan
más de 1 000 toneladas diarias de emisiones a la atmósfera.
Como las condiciones meteorológicas son desfavorables para
la dispersión de contaminantes, con una actividad industrial
representada por 7 650 empresas, Monterrey está clasificada
como zona crítica.
Anualmente se producen alrededor de 800 mil toneladas de contaminantes,
de los cuales 51% corresponde a la industria y el 49% al parque
vehicular, dando como resultado la concentración significativa
de contaminantes en la atmósfera. Entre otras, partículas
suspendidas en un rango de 190 a 305 microgramos por m3 en promedio
diario.
La cuenca más importante es la del río San Juan
que recoge las descargas de aguas residuales municipales e industriales
que provienen del área metropolitana de Monterrey y sus
municipios conurbados (Apodaca, Guadalupe, Garza García,
San Nicolás de los Garza, Escobedo, Santa Catarina, San
Pedro, Ciudad Juárez y la localidad de García).
En Monterrey se generan aproximadamente 8.2 m3/seg de aguas residuales,
las cuales un alto porcentaje se emplean, sin tratamiento, con
fines agrícolas con el consecuente problema de salud pública.
Las plantas de tratamiento de aguas residuales abastecen al sector
industrial; sin embargo, los lodos biológicos subproducto
de dicho tratamiento, son descargados al sistema de alcantarillado,
provocando serias obstrucciones y complicando aún más
la calidad final de las aguas residuales.
El problema de contaminación por residuos sólidos
de la Entidad, se agudiza en los nueve municipios conurbados que
integran la zona metropolitana de la ciudad de Monterrey. Se estima
una generación de aproximadamente 2 120 toneladas diarias
de residuos sólidos municipales y 4 500 toneladas diarias
de residuos industriales (CONADE 1992).
Ciudad
de México
La
zona metropolitana de la ciudad de México (ZMCM). constituye
el mejor ejemplo de la conflictividad que se establece entre medio
ambiente y desarrollo urbano, por ser la megalópolis más
poblada del mundo con todos los problemas inherentes en cuanto
a contaminación atmosférica, acumulación
incontrolada de desechos sólidos (muncipales e industriales).
sobre-explotación del recurso agua y deterioro de su calidad,
así como en relación al abasto de alimentos y energéticos,
aunado a un interminable problema de vivienda. Diversos estudios
(E. Ezcurra y otros 1991; FEV-FEs, 1990). coinciden, sin embargo,
en señalar que el problema de la ciudad de México
no son sólo sus dimensiones actuales, sino su crecimiento,
toda vez que contaba con 1 642 000 habitantes en 1940 y para 1985,
el área metropolitana se calculó en 15 656 000.
Los siguientes datos estimados anualmente permiten presumir los
problemas asociados: 4.8% de crecimiento demográfico; 5.2%
de expansión de la mancha urbana y 6% de aumento en el
parque automotor. Todo lo cual complica la dotación de
servicios y el mantenimiento de la calidad del ambiente. Aún
más, como el crecimiento de la mancha urbana ocurre a costa
de suelos de gran vocación agrícola de la cuenca
endorréica, que es el Valle de México, se ha degradado
la capacidad productiva agropecuaria de la región.
La contaminación atmosférica, en la zona metropolitana,
es consecuencia de la excesiva concentración urbano-industrial,
junto con las condiciones geográficas y meteorológicas
de la región. En ella se localiza 20% del total de establecimientos
industriales de la república; 40% de la inversión
del sector secundario y 42% de la población económicamente
activa. Uno de sus principales problemas es la emisión
de contaminantes, alrededor de 5 millones de toneladas anuales.
De estas, 4 millones son causadas por fuentes móviles;
570 mil provienen de la industria y el resto corresponde a fenómenos
naturales (SEDUE-PNPMA 1990-1994).
Se
estima que en la zona metropolitana circulan cerca de 3 millones
de vehículos automotores que contribuyen con el 80% del
total de la contaminación. Emiten, principalmente, monóxido
de carbono, óxidos de nitrógeno, bióxido
de azufre, hidrocarburos no quemados y otras partículas
contaminantes. En relación con las fuentes fijas (30 mil
aproximadamente). , la mayor parte de ellas se localiza en el
norte y noroeste de la zona. Las emisiones principales provienen
de las industrias: química, fundición del hierro
y acero, textil, de minerales no metálicos, hulera, papelera,
alimentos, vidriera, de plásticos, metal-mecánica,
de asfalto, de grasas y aceites y cementera. La Refinería
18 de Marzo (recién clausurada). y las termoeléctricas
aportaban 37% del total de contaminantes provenientes de fuentes
fijas.
La evaluación de la contaminación producida por
hidrocarburos de origen industrial es difícil, puesto que
las emisiones originadas por evaporación reaccionan con
mucha facilidad en la atmósfera en presencia de luz solar,
produciendo ozono. Dichas emisiones provienen en forma importante,
de las instalaciones de almacenamiento de combustibles, así
como de la fabricación y empleo de pinturas, tintas y adhesivos,
entre otros. En términos cuantitativos, el ozono es el
principal contaminante atmosférico en la ciudad de México;
se produce, como se señaló por reacciones fotoquímicas,
a partir no sólo de los hidrocarburos, sino también
de los óxidos de nitrógeno, principalmente. Su concentración
en el área capitalina rebasa, en ciertas zonas y en algunas
épocas del año (cada vez más frecuentes).
, los niveles permisibles que fija la norma establecida de calidad
del aire. Las concentraciones más altas de ozono se registran
en la zona suroeste de la ciudad, con niveles máximos durante
el final de la mañana y con tendencias a extenderse a las
zonas norte y centro (SEDUE-PNPMA 1990-1994).
El nivel de contaminación del aire en la ZMCM varía
en forma ostensible. Se agudiza durante el invierno, cuando se
acentúan los efectos de las condiciones geográficas
y meteorológicas particulares de la región, que
dificultan la dispersión de elementos por ausencia de corrientes
de aire y por el fenómeno de la inversión térmica.
El Departamento del Distrito Federal (DDF). en el Programa General
de Reforestación del Valle de México y su Area de
Influencia Ecológica (1990-1994). , estima que "la
calidad del aire de la ZMCM se ve afectada principalmente por
altas concentraciones de ozono y partículas suspendidas
totales, las cuales rebasan las normas el 72 y 60% de los días
al año, respectivamente". Por su parte, la Fundación
Universo Veintiuno (FEV-FES, 1990). considera que las normas de
la calidad del aire son rebasadas 90% de los días del año.
El propio Departamento del Distrito Federal reconoce en el Reporte
mensual sobre la calidad del aire en la ciudad de México
(mayo de 1991). elaborado por la Coordinación General de
Reordenación Urbana y Protección Ecológica,
qu entre 1980 y 1990, el ozono mantuvo un porcentaje de días
con excedencias en cualquier zona de la ciudad cercano al 80%,
con máximos registrados de más de 300 IMECA... {En
tanto} entre 1989 y 1990, las PST (las partículas suspendidas
totales). excedieron la norma en cerca de 90% de los días
medidos...
Por otra parte, de los 30 mil establecimientos industriales en
la ZMCM, alrededor de 200 industrias se consideran "altamente
peligrosas", las cuales deben cumplir con las disposiciones
de la nueva "legislación de alto riesgo industrial"
que señala la obligatoriedad de delimitar una zona intermedia
de salvaguardia o amortiguamiento", a fin de proteger a la
población asentada en torno a las zonas industriales (El
Día 11-VI-1991).
Por lo que corresponde a los desechos sólidos (La Jornada
Ecológica, 15-IV-1991). , los cálculos más
confiables indican que diariamente cada hogar del Distrito Federal
tira alrededor de 2.2 kg. de basura... En total la ciudad debe
resolver el problema de recolección y disposición
final de más de cuatro mil toneladas de dicha basura, a
la que se agrega un volumen parecido proveniente de industrias,
hospitales, mercados, vía pública, servicios, etcétera.
En el Distrito Federal el material más común hallado
en la basura hogareña son los desechos orgánicos,
pero también se encuentran cantidades notables de vidrio
y plástico... Por su parte, el sistema de abasto de la
ciudad también conlleva el desperdicio (sic) de grandes
cantidades de basura, alguna de ella tóxica y peligrosa,
que contribuye a la contaminación del suelo y de los mantos
acuíferos; asimismo a deteriorar la calidad del aire y
a crear problemas de salud.
La disposición de los residuos sólidos de la ciudad
de México representa un problema de la mayor importancia.
"La ciudad elimina cerca de 12 mil toneladas de basura por
día y una cantidad importante no es eliminada a través
del sistema de recolección domiciliaria y se tira en sitios
clandestinos o en la vía pública", lo cual
deriva, además de los problemas ya comentados, en la proliferación
de fauna nociva (Ezcurra y otros 1991).
En cuanto al agua potable, la ciudad cuenta con una compleja red
de distribución de más de 13 000 km de tuberías,
cuyo principal problema consiste en las pérdidas de líquido
por fugas y por el desperdicio de los consumidores; problema que
se calcula en 20% del total del agua que se consume, suficiente
para abastecer a una población de casi 4 millones de habitantes
(A. Castillo 1990). Los 19 millones de habitantes que se localizan
en el Distrito Federal y sus 17 municipios conurbados tienen una
demanda de agua potable que se estima entre 66 a 75 m3/sesg, la
cual supera la disponibilidad de las fuentes locales; de ahí
que se ha acudido al aprovisionamiento de agua de fuentes externas,
primero del Lerma y recientemente del Cutzamala, provocando diversos
impactos ambientales en las cuencas donde se extrae el líquido
(SEDUE 1989: 13).
Atinente a las aguas residuales, la ciudad cuenta con otros 13
000 km de cañerías que las desalojan del valle,
junto con el agua de lluvia. Esta red saca alrededor de 40 m3/seg
de agua, a través del Tajo de Nochistongo y del Portal
de salida del Drenaje Profundo en el norte de la ciudad. Estas
aguas mayoritariamente son empleadas para el riego de cultivos
en el vecino Estado de Hidalgo, puesto que las diez plantas de
tratamiento existentes sólo pueden reciclar 2m3/seg de
agua, los cuales se destinan principalmente al riego de prados
y jardines (A. Castillo 1990). El informe de Elizabeth Lee (1991:
65). considera que del agua disponible por la precipitación
media anual en la cuenca del Valle de México, 80% (178m3/seg).
se evapora, 11.3% (25 m3/seg). se filtra en el subsuelo, 8.7%
(19m3/seg). escurre superficialmente, 3m3/seg se regulan para
su aprovechamiento y el resto se desaloja a través del
sistema de drenaje pluvial para evitar inundaciones.
Las redes de agua potable y alcantarillado, pese a su extensión,
no son suficientes para atender las demandas sanitarias de la
población de la ZMCM. Esto se manifiesta más álgidamente
en los llamados cinturones de miseria, que cuentan apenas con
una letrina común para varias familias y, en algunos casos,
carecen de este servicio elemental. Como puede inferirse, el fecalismo
a cielo abierto constituye otro de los graves problemas de la
ciudad, que se suma la que produce la gran cantidad de perros
callejeros y las malas costumbres de los poseedores de perros
y otros animales domésticos.
En otro orden de ideas, la magnitud del área urbana y la
intensa vida económica y social de la ciudad, obliga a
la gran mayoría de sus pobladores a transitar enormes distancias
para cumplir con sus actividades cotidianas. Se estima que diariamente
se realizan 29.5 millones de viajes por tal motivo. En traslados
que emplean 2.4 millones de automóviles privados, 57 mil
taxis, 69 mil combis y microbuses y 10 500 autobuses, además
de la transportación a cargo del Metro, el tren ligero
y 450 trolebuses (datos sólo para el D.F.). A excepción
de los últimos tres medios de transporte, la operación
de los otros produce emisiones contaminantes que se estiman en
76 a 80% del total de partículas y gases que degradan la
calidad del aire en la ciudad. Además, en la zona metropolitana
circulan 196 000 camiones movidos por gasolina y otros 60 000
por diesel, ambos de pasajeros, los que aumentan los grados de
contaminación atmosférica (CONADE 1992). Dado que,
como ya se mencionó, uno de los principales problemas de
la ZMCM radica en los altos niveles de contaminación atmosférica
(por monóxido de carbono, bióxido de azufre, bióxido
de nitrógeno, ozono y partículas suspendidas). ,
el DDF y la SEDUE han tomado medidas para corregirlo, las cuales
son:
Programa de verificación obligatoria de emisiones de automóviles
en la ZMCM.
. Adición de éter-metil-terbutílico (MTBE).
al 5%, en las gasolinas para mejorar la combustión.
. Programa "Hoy no circula".
. Sustitución del 80% de combustóleo por gas natural
en las centrales termoeléctricas Jorge Luque y Valle de
México.
Las medidas aplicadas, a la fecha, empiezan a dar resultados alentadores,
pues la emisión de contaminantes estimada para el año
1988 fue de 4 864 397 y para el año de 1990 fue de 4 356
391; lo que significa una reducción del orden de 500 mil
toneladas, o sea una diferencia del 10%.. Con base en lo anterior
y tomando en cuenta que durante el período 1988-1990 el
parque vehicular se incrementó en 250 000 unidades, con
lo cual el potencial de aporte contaminante de los automotores
fue mayor, la disminución de emisiones observada es significativa
(SEDUE-DDF 1991).
Como puede observarse a lo largo de este capítulo, los
problemas ambientales mundiales, regionales y nacionales no pueden
comprenderse al margen de un conjunto de situaciones multideterminadas
y en un determinado marco histórico. El deterioro ecológico
y su concomitante deterioro social son resultado de causas complejas,
que se entreveran en diversas direcciones con factores de orden
cultural, económico y político, a partir de lo cual
es que adquieren posibilidades de comprensión. Reducir
los problemas a expresiones simplificadas, restringe el alcance
y trascendencia de sus soluciones, así como la posibilidad
de construir proyectos realmente educativos.
Esto ha sido reconocido, en distintos foros por el Gobierno mexicano,
en palabras del titular de la SEDUE, durante el acto inaugural
del Congreso Nacional de Derecho Ecológico, en Guadalajara,
Jalisco el 29 de mayo de 1990:
Es claro que el trasfondo de la cuestión ecológica,
subyacen decisiones e intereses políticos y económicos
que deben ser regulados conforme a derecho... Reconozcamos que
está en juego la soberanía de los países,
la salud de los pueblos y la viabilidad misma de los proyectos
nacionales. Esa es la discusión de fondo...
Este es también nuestro punto de partida para proyectar
propuestas de educación ambiental.
NOTAS
1. Asumimos con Zemmelman (1988). a un campo
problemático como aquel espacio de articulación
y delimitación de niveles de realidad, donde la construcción
de los objetos de estudio se propone dar cuenta del movimiento
de interacción y contradicción de los elementos
básicos que los constituyen.
2. Para mostrar algunos de los efectos de los
procesos informativos y educativos en torno a los problemas ambientales
de las áreas urbanas, me remitiré a los resultados
de una encuesta publicada en el periódico El Economista,
el 19 de junio de 1991. La encuesta fue aplicada del 10 al 14
del mismo mes, a 100 habitantes del Distrito Federal. Se realizó,
por encargo del periódico, por el Departamento de Investigación
y Análisis de Mercado de Benro Publicidad, bajo la dirección
de Rosario Monroy. Entre los datos que nos parecen más
significativos, para los fines del presente trabajo, se encuentra
la pregunta dirigida a la suspensión del programa "Hoy
no circula", donde 88% respondieron que no. Esto pese a que
sólo 28% considera que los coches particulares son los
que más contaminan y apenas 8% opinan que la contaminación
de la ciudad de México ha disminuido.
3. Por ejemplo, Bolaños (1990: 72). menciona
que los diez países con la mayor área forestal densa
son: Brasil, Indonesia, Zaire, India, Papúa-Nueva Guinea,
Birmania, Perú, Congo, Gabón y República
Unida del Camerún. Distribuida de manera porcentual a nivel
mundial del siguiente modo: Africa, 18%; América, 56.5%
y Asia 25.4%. "Cinco de los doce países más
ricos del mundo en cuanto a especies vegetales y animales los
llamados países de megadiversidad ecológica están
en América Latina: Brasil, Colombia, México, Perú
y Ecuador" (Comisión de Desarrollo y Medio Ambiente
de América Latina y el Caribe 1991: XI). Otros informes
(The Economist. Science & Technology. 4 de junio 1988). mencionan
la existencia del grupo M7, refiriéndose también
a sus características de megadiversidad. Se constituye
por Brasil, Colombia, México, Zaire, Madagascar, Indonesia
y Australia. Todos se localizan en regiones tropicales y en ellos
se concentra la mitad de las especies del planeta. Contiene 40%
de mamíferos (entre ellos, 79% de todos los primates);
60% de las aves y 50% de las plantas. México e Indonesia
comparten la característica de localizarse en la conjunción
de dos zonas biogeográficas y Madagascar y Australia se
encuentran en el grupo, no tanto por su gran número de
especies, sino por su alto grado de endemismo. Citando a diferentes
autores, María de Jesús Ordoñez (1990: 20).
nos indica que México ocupa el primer lugar en reptiles
y posiblemente en mamíferos y se encuentra entre los primeros
sitios en cuanto a la riqueza de plantas con flores. Con alrededor
de 30 000 plantas vasculares, nuestro país cuenta con una
flora más vasta que la de la URSS y del mismo orden que
Estados Unidos y Canadá juntos. En efecto diversas fuentes
nos señalan que México posee 957 especies de anfibios
y reptiles, que representan 10% del total mundial; el mayor número
de vertebrados terrestres (sólo después de Brasil).
y 439 especies de mamíferos, de los cuales 140 son exclusivos
del país, lo cual representa el número más
alto de América Latina y tal vez del mundo.
4. El Informe Brundtland (1987: 206), sin embargo,
nos señala en torno a estos datos que el crecimiento de
la demanda de energía que han traído consigo la
industrialización, la urbanización y la prosperidad
social ha provocado en el mundo una distribución sumamente
desigual del consumo de energía.
5. El excelente estudio publicado por el PNUMA,
la Agencia Española de Cooperación Internacional
y el MOPU, intitulado Desarrollo y medio ambiente en América
Latina y el Caribe. Una visión evolutiva indica, para el
período comprendido entre 1950 y 1988, un crecimiento demográfico
que pasó de 160 a 430 millones. La diferencia entre los
datos es importante.
6. La Comisión de Desarrollo y Medio Ambiente
de América Latina y el Caribe (1990. 31). nos menciona
que la región "contiene el 40% de las especies vegetales
y animales de los bosques tropicales del mundo; pero a la tasa
de deforestación actual se prevé que dentro de 40
años entre 100 000 y 350 000 especies habrán desaparecido".
7. En el documento "La niñez mexicana:
prioridad de la nación", que constituyó la
contribución del Gobierno de México a la Cumbre
Mundial en Favor de la Infancia, llevada a cabo en Nueva York
el 29 y 30 de septiembre de 1990 se consigna que de los 81 millones
de habitantes que componen la actual población del país
"más del 45% son menores de 18 años... De ese
45% que no han cumplido la mayoría de edad, el 13.3% tiene
menos de cuatro años y el 24.8% corresponde al grupo de
5-14 años. Los que tienen entre 15 y 17 años representan
el 7.3%... Se puede estimar que hacia 1988 había en el
país cerca de 28 millones y medio de pobres, lo que representa
el 35% de la población total estimada para ese año.
Esto significó que la situación de pobreza afectó
a más de 5 millones de niños menores de seis años".
8. Alejandro Díaz Camacho (1991). sostiene
que "Durante estos cincuenta años, los centros de
población, los desarrollos industriales, las actividades
comerciales, turísticas y de otros servicios, la agricultura
y ganadería extensivas han crecido explosivamente dejando
de lado la vocación del suelo y el impacto ambiental de
las actividades productivas, las cuales en su mayoría han
generado modificaciones importantes en la articulación
natural del agua, aire y suelo, afectando en consecuencia la flora
y la fauna y provocando la alteración de la cubierta vegetal
por el cambio de uso del suelo".
9. Otros informes (J. M. Maass y F. García
Oliva 1990: 11). plantean cifras diferentes, a partir de diversos
estudios: entre 150 000 y 200 000 ha de tierra arable se pierden
anualmente debido a la erosión, por lo que en los últimos
30 años México ha perdido cinco veces más
suelo que en toda su historia. A principios de los años
ochenta, diversos estudios ubican que entre 71 y 98% del país
sufría de erosión acelerada. Análisis más
recientes lo ubican en 86%, lo cual supera la prospectiva de la
SARH en 5%. Toledo (1990: 15). afirma que distintas fuentes señalan
la existencia de entre 30% y 40% del territorio nacional con grados
severos o muy severos de erosión, o sea, entre 60 y 80
millones de hectáreas. La Fundación Universo Veintiuno
(1990: 89). considera, en torno a estas ideas que "en el
año 1987, la Secretaría de Agricultura y Recursos
Hidráulicos calculó que únicamente el 20.8%
del suelo del país no manifestaba erosión; el 26.4%
presentaba erosión leve; el 36.8% erosión moderada;
12.2% erosión severa y el 16.7% erosión total. Los
estados de Campeche, Quintana Roo, Yucatán, Tabasco, Tamaulipas
yVeracruz, por su clima y orografía, son los que presentan
menor erosión. Baja California, Chihuahua y Durango tienen
grados medios de erosión, mientras que los estados de México,
Guanajuato, Michoacán y Jalisco son los más erosionados
debido, principalmente, a su accidentada topografía".
10. Oscar Flores Villela (1990: 19). señala
al respecto que "se calcula que hay unos 283 géneros
endémicos en México, concentrados en 62 familias.
La Unión Internacional para la Conservación de la
Naturaleza (UICN). ha registrado hasta ahora 2 870 especies de
plantas vasculares endémicas al país, correspondiendo
14% del total. Estas cifras, sin embargo cambian constantemente
al incrementarse el conocimiento de la flora mexicana. Hay que
resaltar asimismo, que la UICN ha estimado también que
aproximadamente 477 especies de plantas endémicas a México
se encuentran en peligro de extinción. Esta cifra significa
que aproximadamente 17% de las especies de plantas endémicas
al país están amenazadas... desafortunadamente con
las especies animales sucede algo similar que con las vegetales.
De acuerdo con la UICN, CITES y la US Endangered Species Act,
existen 194 especies en peligro de extinción, representando
8% del total registrado para el país y distribuidas de
la siguiente manera aves, 123; mamíferos, 32; reptiles,
35; y anfibios, 4". Frente a esto, fuentes oficiales (de
la Garza, G., 1991: 17). consignan que "La superficie de
territorio bajo régimen de protección es de 6.2
millones de ha 2.3%, representado por 65 áreas naturales
protegidas bajo las categorías de Parques Nacionales, reservas
de la biosfera, reservas especiales de la biosfera, Zonas de protección
de flora y fauna y corredores biológicos". En algunas
de las cuales, se acota, no ha podido evitarse la tala ilegal.
11. Alfredo D. Cuarón (1990: 10). aporta
importantes datos para el caso del sur de México, obtenidos
mediante el procesamiento de imágenes digitales de satélite.
"Un análisis general para el área mexicana
al este del Istmo de Tehuantepec, muestra que menos del 45% se
conserva con algún tipo de vegetación natural. El
análisis detallado de un área (c. 27 000 km2). que
incluye la porción noreste de Chiapas (zona lacandona),
este de Tabasco, suroeste de Campeche, así como el noroeste
de El Petén, Guatemala, señala drásticas
tasas de transformación de la vegetación natural.
Por ejemplo, 60% de las selvas húmedas existentes en 1974
se habían perdido para 1986. Esto equivale a una tasa de
deforestación de 5% anual. La gran mayoría de estas
selvas fueron convertidas a pastizales para ganadería".
12. Víctor M. Toledo (1988: 14). menciona
sobre este tema que "de las 200 millones de hectáreas
del país, solo 30 son susceptibles de destinarse al cultivo
agrícola. Actualmente se cultivan alrededor de 19 millones
de hectáreas al año, lo cual podría indicar
que aún existen tierras "potenciales" para abrirse
al cultivo. Sin embargo, diversos estudios sugieren que si se
añaden a estas 19 hectáreas la superficie de barbecho
u ociosas, o desechadas por procesos erosivos, se tiene como resultado
que el país se encuentra ya muy cerca del límite
de su superficie potencialmente agrícola".
13. Una discusión interesante sobre el
problema de los delfines y del embargo atunero impuesto por el
gobierno de los Estados Unidos, sus antecedentes y algunos de
los intereses económicos vinculados a ello, puede leerse
en La Jornada Ecológica, 20 de junio de 1991.